Encuentro

Miró el reloj, cuyo tic tac incesante se había convertido en un molesto ruido que le crispaba sus oídos. Ese día Yashiro había estado ocupado debido a la reestructuración de su agenda, a pesar de que ya había hablado con todos los representantes sobre su estado había preferido ir en persona uno a uno para explicar su delicada situación, por lo que no había ido a visitarle. Sin embargo, alguien si lo había hecho; alguien que no esperaba que estuviese ahí. Había sido sorprendido mientras terminaba de ver uno de los últimos capítulos de Dark Moon por una mujer de aproximadamente cincuenta años que había abierto la puerta con una tarjeta parecida a la que él tenía.

Se trataba de su asistenta, la cual desconocía su existencia, al parecer visitaba su apartamento tres veces por semana y se encargaba de limpiarlo, ya que él, al ser un actor de renombre, no tenía tiempo para encargarse de tales banalidades. Si bien se había sorprendido de encontrarlo ahí simplemente saludó educadamente antes de ponerse a quitar el polvo de los muebles del salón, ordenando todo el pequeño caos que había construido. A pesar de que él estaba ahí no parecía nerviosa ni demasiado interesada en lo que estaba haciendo, sólo parecía estar centrada en su trabajo, cosa que comprendía. Para evitar que ella le tomara por sorpresa le preguntó, disimuladamente, qué días venía además de aquel, fingiendo haberlo olvidado al no estar nunca en casa, por ello sabía que tanto el martes como el jueves próximo volvería a aparecer por allí.

Tras aquella súbita introducción nada más había ocurrido, sumiéndose en una absurda y aburrida monotonía. Se había terminado de ver todo el material referente a Dark Moon, centrándose sobre todo en su papel como Katsuki y en su relación con el resto de personajes. Le había dicho a Yashiro que cuando contactase con el director Ogata que le avisara porque tenía que hablar con él sobre la sugerencia que él le había hecho. Comprendía a la perfección la preocupación de éste por su estado de salud, si perdía al actor principal antes de rodar las escenas finales sería un desastre. Sin embargo, él era perfectamente consciente de sus capacidades. Aparte de las grabaciones su representante también le había traído el guión de la serie, por lo que, a grosso modo sabía en qué consistía la escena de la autovía. Él había aprendido a conducir con quince años, por lo que a pesar de haber perdido la memoria aún recordaba como se hacía, aunque nunca había usado un coche japonés, pero suponía que no sería muy diferente.

La escena de la persecución no tenía diálogo, era básicamente acción, por lo que a pesar de no haber recobrado la memoria podía hacerla perfectamente. Aunque hubiera sufrido tal accidente estaba convencido de que conseguiría rodarla esta vez sin problemas, confiaba en sus habilidades. Ladeó la cabeza, fijándose de nuevo en el reloj, sintiéndose ligeramente impaciente. Ya había pasado la hora acordada en la que ella le había dicho que vendría y, aunque su presencia inicialmente había sido extraña, era la única que podía ayudarle con lo que tendría que enfrentarse próximamente. Trabajaba en Dark Moon, por lo que conocía mejor que él cómo era enfrentarse a Katsuki y, además, era Setsuka Heel, la única que sabía su verdadera identidad dentro de Tragic Maker. Fuera como fuese la necesitaba.

Se levantó del sofá, dispuesto a servirse un poco de whisky cuando el suave sonido de unos nudillos golpeando la puerta le desviaron de su meta original. Caminó en silencio, acercándose hasta la puerta mientras escuchaba una voz aguda maldecir en voz baja. Él hizo una mueca, abriendo la puerta para verla aparecer cargada con dos pesadas bolsas de color ocre, dejando únicamente su cabeza sobresalir de éstas.

—¡Buenas…!—exclamó de forma entrecortada—. ¡Buenas noches, Tsuruga-san!

Parecía a punto de perder el equilibrio, sosteniendo peligrosamente ambas bolsas cargadas excesivamente de comida mientras procuraba que todo su cuerpo dejara caer el peso sobre los talones. Vio como daba un paso hacia adelante, casi tambaleándose y, más por vaticinar qué era lo que podía pasar si no lo hacía que por tratar de mostrarse amable, le arrebató una de las pesadas bolsas aliviándole un poco la carga.

—¡No hace falta que me ayude, Tsuruga-san! —bramó cerrando la puerta tras de sí.

—Sí la hace —respondió—, parecías a punto de caerte. Además, no es ninguna molestia.

Vio como ella apretaba los labios, frunciendo ligeramente el ceño por lo que él le había dicho. Casi parecía que iba a responderle pero, en vez de eso, aceleró el paso adelantándole mientras se acercaba a la cocina y dejaba la comida encima de la encimera. Lo primero que pudo contemplar era que había demasiada para hacerle la cena, a no ser que fuese a ofrecerle un banquete.

—Mogami-san —dijo con cautela—, ¿qué se supone que es todo esto?

La chica parecía distraída guardando las verduras en el primer cajón de la nevera.

—La compra de los próximos días —comentó—. No puedo hacerlo siempre justo antes de venir ya que termino de trabajar bastante tarde y voy con el tiempo justo para coger el tren —añadió—. Por lo que he comprado todo lo necesario para que dure al menos hasta el martes, así no me entretendré antes de venir.

Aquella era una respuesta lógica, aunque esperaba que para entonces su memoria fuera algo más locuaz que lo que había sido estos días. Dejó la bolsa encima de la mesa, apoyando los codos sobre ella mientras observaba como guardaba los alimentos, clasificándolos cuidadosamente. Hizo una mueca pensando en de qué manera debía de haberla conocido. Ella había cuidado de él cuando estuvo enfermo por lo que le había dicho, además trabajaban juntos en Dark Moon, aunque no se pareciera en nada al personaje que interpretara. Pero, ¿de qué se conocían? ¿Cuánto tiempo hacía de ello? No parecía ser una veterana, más que nada parecía ser una chica completamente normal.

—Mogami-san —llamó con voz suave.

—¿Sí? —dijo volviéndose mientras sostenía un pequeño bote entre las manos—. ¿Pasa algo, Tsuruga-san?

—Puedes dejar eso un momento, me gustaría hablar contigo —contestó señalando a los sofás del salón.

Ella pareció sorprendida por su petición, pero no se negó. Cerró la nevera y rodeó la encimera de la cocina acercándose a uno de los pequeños sillones que estaban frente a la televisión, esperando que él dijera algo.

—Antes que nada, siento mi comportamiento de ayer —respondió—. Aunque estuviera sorprendido de verte aparecer no debí actuar de esa forma, lo lamento.

Kyoko parpadeó, bastante anonadada por esa extraña confesión. Es cierto que la actitud de su senpai el día anterior había sido fuera de lo común, pero teniendo en cuenta que verla era como dejar en casa a un desconocido no lo había culpado por ello.

—No tiene nada por lo que disculparse, Tsuruga-san. Seguramente si yo hubiera estado en su misma situación no me fiaría ni de mi propia sombra —masculló—. Quiero decir, a las horas que vine, vestida con el uniforme de la sección LME y cargada de comida. Es algo bastante raro, ¿no le parece?

Su despreocupada actitud le hizo sonreír, parecía sincera. No había signo de ofensa ni malestar en su rostro y eso le agradó.

—Pero no era de lo que quería hablarte —continuó—. Ya que vas a venir a menudo me gustaría saber unas cuantas cosas de ti, si no te importa claro está.

—¡Por supuesto que no, Tsuruga-san! —exclamó—. El presidente me dijo que cuanto más supiera acerca de las personas que lo rodeaban más pronto recuperaría la memoria. Así que cualquier cosa que desee saber, si le ayuda a mejorar, estoy dispuesta a responderle encantada.

Su espontánea reacción le tomó desprevenido. Podía ver en sus ojos una férrea determinación, predispuesta a lo que fuera con tal de que se recuperara.

—Bueno, me gustaría empezar por el principio —dijo calmadamente—. ¿Cómo nos conocimos?

Nada más hacer esa pregunta pudo ver como el rostro de la muchacha se petrificaba, quedándose inmóvil durante varios minutos. Al principio creyó que estaba intentando recordar, o pensando la mejor forma de explicarle dicho hecho. Sin embargo, su rostro se estaba poniendo de un color más pálido por cada minuto que pasaba y, además, pudo ver como un sudor frío recorría su frente.

—¿Mogami-san? —preguntó preocupado—. ¿Estás bien? ¿Ocurre algo?

Al parecer aquella intervención sirvió para sacar de aquel estado a la muchacha, que lo observó con las pupilas dilatadas, mostrando una sonrisa nerviosa en la comisura de sus labios.

—Sí, sí, todo bien Tsuruga-san —se apresuró a decir—. Sólo pensaba en ello…

—¿Y bien? —apremió a continuar.

—Es que… No es un recuerdo agradable —musitó obviamente nerviosa.

Él alzó ambas cejas, ¿no era un recuerdo agradable? Hizo una mueca. Aquello ciertamente daba igual, no importaba que fuera un buen o un mal recuerdo mientras que fuese capaz de hacerle recobrar la memoria. La miró fijamente, observando cómo se revolvía en el sillón, incómoda.

—No creo que eso sea relevante ahora mismo —aseguró—. Sea o no sea agradable, quiero saberlo.

Vio como apretaba los labios para luego dar un largo y cansado suspiro mientras escondía su rostro entre sus manos.

—Fue hace algo más de un año, antes de San Valentín —recordó—. Había entrado en la empresa porque quería hablar con alguien que pudiera ayudarme a debutar en el mundo del espectáculo de forma rápida… —murmuró y se giró a mirarle nerviosa—. ¡Sí, sé que era una mala idea! ¡Ahora lo sé, no se puede avanzar en este mundo sólo con fuerza de voluntad! ¡Era idiota, lo reconozco, y no valoraba el esfuerzo que hacen las personas en la industria! —habló aceleradamente—. Pero… lo cierto es que no lo pensé demasiado cuando lo decidí —comentó—. Estaba en recepción, intentando conseguir que alguien me atendiera cuando apareció Sawara-san. Fue muy amable conmigo y yo fue una completa inútil.

Recordaba, con vergüenza, cómo se había comportado negándose rotundamente a cualquiera de los tres pilares básicos del mundo del espectáculo: entretenimiento, música y actuación. Ninguno de esos tres campos le llamaba demasiado la atención. Ella sólo quería destacar rápido y pronto, algo absurdo si lo pensaba detenidamente. Pero eso lo había hecho la Mogami Kyoko de hacía un año, alguien muy diferente a quien era ahora.

—Me preguntó que qué deseaba hacer en la industria, pero yo no tenía ni idea de qué era lo que quería hacer. Así que… —se tocó la mejilla—, pensó que yo era una fan desesperada que quería entrar en la compañía sólo porque Tsuruga-san también se encontraba en ella, aunque yo no lo sabía. Por lo que intentó echarme, aunque yo no comprendía por qué —aseguró—. Entonces apareció, sin más, delante de nosotros. Sawara-san le explicó que yo era una persona que quería entrar en la compañía, pero que no sentía pasión por ninguna de las actividades que se desempeñaban ahí. Así que entre los dos me echaron.

Pudo ver la sorprenda en su rostro al contarle aquella historia. Ella misma se avergonzaba de lo que había pasado, de cómo le había tratado y de cómo, durante los primeros meses en la compañía, había actuado cada vez que se lo encontraba. Bajó la cabeza apretando los puños con congoja.

—Por eso le he dicho que no era un recuerdo agradable…

Estaba asustada. ¿Y si aquella historia le hacía recordar sólo lo mucho que la había odiado al inicio? Había aprendido a soportar sus miradas de furia, incluso a ver más allá de su sonrisa de caballero cuando estaba enfadado. Pero el rencor que había visto la primera vez que lo enfrentó cara a cara, el desprecio. Era algo que no quería volver a ver en su vida.

Continuará…