Aqui esta un nuevo capitulo

Los personajes de Glee no me pertenecen asi como esta historia

Disfruten!


Por mucho que lo intentara, no conseguía dormir; me resultaba imposible relajarme estando tan preocupada. Me preocupaba Santiago, claro, pero sobre todo Puck. Santiago podía cuidar de sí mismo, no le pasaría nada. Pero ¿Puck? No podía poner una tirita sobre todo esto y curarse.

Llegó la medianoche antes de que mi fuerza de voluntad se agotara y no pudiera resistirlo más. Cogí el móvil y apreté el dos en marcación rápida. Sonó. Y sonó, y sonó, y sonó, y sonó. Y cuando estaba a punto de saltar el buzón de voz, Puck lo cogió.

— ¿Britty?

Dejé escapar una gran bocanada de aire; ni siquiera me había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

—Puck.

Pasaron unos segundos de silencio, y sólo el sonido de nuestras respectivas respiraciones nos confirmaba que seguíamos ahí. Yo lo rompí primero.

—¿Cómo estás?

—¿Sinceramente? No lo sé. Asentí con la cabeza, aunque él no pudiera verme.

—Lo siento tanto, Puck... Nunca he querido que pasara. No de esta forma. Él suspiró.

—Sí, pero aun así has dejado que pasara.

—Lo sé, lo sé. La he jodido.

—Ése es el eufemismo del siglo —replicó él, pero oí una risita en su voz que él trató de disimular con una tos. Yo también solté una disimulada carcajada.

—Lo sé. Perdóname. Es que... no contártelo parecía lo mejor. Sabía que te mataría que hubiera ido a tus espaldas para enrollarme con tu hermano; he sido tan estúpida... No paraba de pensar en dejarlo y no soportaba mentirte, pero no lo hice y dejé que todo continuara...

Se me fue apagando la voz de impotencia

—. Pensaba estar haciendo lo correcto al no decírtelo; quizá no funcionara, y no quería que te vieras en medio del lío. Pensaba estar... protegiéndote. Durante un buen rato, Puck no dijo nada. Sabía que seguía ahí; oía su respiración.

—Lo siento mucho, Puck. Perdóname. No me sorprendió darme cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas. Sorbí para intentar no llorar. Puck sabría si me echaba a llorar, incluso sin verme.

—¿Me odias? —tuve que preguntarle. No soportaba no saberlo, sobre todo porque no me estaba respondiendo—. ¿Puck?

—No te odio —replicó vacilante—. Pero te aseguro que en este momento no me caes demasiado bien. ¡No puedo creer que me lo estuvieras ocultando todo este tiempo! Y Santiago también, cuando yo pensaba que no podías pasar ni cinco segundos en la misma habitación sin discutir.

En ese momento fui yo quien se quedó callada. Tenía demasiado miedo de empeorar las cosas. Contuve un bostezo.

—Duerme un rato, Britt —suspiró Puck con voz amable y cariñosa—. Te veré por la mañana.

—¿Quieres decir que aún me vas a llevar al instituto?

—Claro que sí. ¿Cuándo no lo he hecho? Entonces fue cuando me puse a llorar, pero eran lágrimas de alivio. Me las sequé con el dorso de la mano. No quería que Puck me oyera y pensara que yo era patética.

—Te veo por la mañana —repitió él—. Buenas noches, Britt.

—Buenas noches —contesté. Pero aún no podía colgar—. ¿Puck? —dije de golpe.

—¿Sí?

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

—Sí, lo sé. —Oí la sonrisa en su voz—. Y yo también te quiero. Aunque eso no significa que me tengas que caer bien todo el tiempo. Yo era la que sonreía ahora.

—Lo sé. Dicen que si amas algo, lo dejas libre. Bueno, para nada iba yo a dejar a mi mejor amigo libre sin oponer toda mi resistencia.

Colgamos. Al cabo de unos segundos ya estaba dormida.

A la mañana siguiente, me puse ante el espejo y me cubrí las ojeras con el maquillaje. No quería que nadie sospechara que había pasado algo; no podía permitir que se supiera lo de Santiago y yo; eso no haría que Puck se sintiera mejor. Dos cortos bocinazos en el exterior me hicieron apartarme del espejo. Mi enorme sonrisa iba de oreja a oreja. Cogí mi bolsa y corrí escaleras abajo.

—Hasta luego —grité.

—¿Está Puck aquí? —me preguntó mi padre.

—Sí. ¡Adiós!

Me subí al asiento del copiloto del Mustang y le eché los brazos al cuello a Puck. El freno de mano se me clavó en el estómago y me golpeé el codo con el volante, pero no me importó. Seguía teniendo a Puck. Eso era lo único que importaba. Él rió por lo bajo mientras me devolvía el abrazo con fuerza.

—Yo también me alegro de verte.

—Haré lo que sea para compensarte por todo esto, lo juro. Lo siento muchísimo, de verdad.

—Sé que lo sientes —repuso él—. Y te tomo la palabra.

—Cualquier cosa dentro de unos límites —añadí—. Así que nada de batidos de leche para toda la vida. Tengo que ahorrar para la universidad, ya sabes. Él se detuvo un instante, con la mano sobre la palanca de cambios y me miró a los ojos.

—Eso es justo. Entonces ¿qué te parece un beso? Lo miré parpadeando.

—¿Perdona?

—Ya me has oído. —Le brillaban los ojos, pero yo seguía sin estar totalmente segura de si estaba bromeando o no.

—¿Ésta es la parte en la que mi mejor amigo me confiesa que está locamente enamorado de mí? —intenté bromear, con una risita nerviosa. Puck apartó la mirada tímidamente, carraspeó y puso la marcha. Creo que en ese momento se me paró el corazón.

—Bueno... —Puck carraspeó de nuevo y se medio volvió en el asiento, con el cinturón de seguridad tirante. Por un segundo me quedé boquiabierta, pero él se echó a reír por lo bajo. Sonreí débilmente mientras Puck seguía riéndose. Le di en el brazo con el dorso de la mano y él me la apartó.

—Es broma —dijo—. Para nada. No he podido resistirme. ¿De verdad has creído que iba en serio? Vamos, Britt, eso sería demasiado rebuscado. Sonreí.

—En eso tienes razón. Él puso el coche en marcha y nos quedamos en silencio durante unos segundos. —¿Has... —le pregunté finalmente— has hablado con tu hermano desde anoche? Puck apretó las manos alrededor del volante hasta que se le pusieron los nudillos blancos.

—No —me contestó con los dientes apretados—. ¿Y sabes lo que pienso? Qué a la porra con él. Si no puede enfrentarse al follón que ha causado, entonces es que sólo es un cobarde. Sé que no eres inocente en todo esto, pero él no debería haberte tratado así. Te mereces algo mejor. Negué con la cabeza. No estaba de acuerdo con eso.

—Él no va a cambiar, Britt. Siempre será un ligón egocéntrico.

—No puedes creer eso de verdad.

Ninguno de los dos había estado nunca seguro de que todo eso de «ligón» fuera real al cien por cien, pero ahí estaba Puck, aprovechando esa baza. Se encogió de hombros.

—Es Santiago —dijo, como si eso fuera una respuesta suficiente. Era una pena que no me pareciera la respuesta correcta; la respuesta que yo quería para resolver todo ese lío. Aquella mañana me había despertado más temprano que de costumbre y no había conseguido volver a dormirme. Me preocupaba demasiado Santiago y nuestra relación, fuera la clase de relación que fuera.

Era feliz con Santiago, claro, pero Puck seguía siendo la persona más importante en mi vida y no podía arriesgarme a perderlo de nuevo. Y si eso significaba que tenía que sacrificar el estar con Santiago, lo haría sin dudarlo. Pero no sabía qué pensaría Santiago de todo esto. ¿Querría seguir conmigo? Quizá, para él, sólo fuera una historia corta, algo que hacer hasta que se marchara a la universidad en otoño. Algo que ya había causado demasiados problemas.

—¿Qué? —me preguntó Puck.

—Nada. No importa. Por una vez, no insistió.

En el instituto, nadie parecía pensar que algo hubiera ocurrido; no circulaba ningún rumor. Todo era total y completamente normal. Como debía ser. Eché una mirada a Puck mientras estábamos charlando con los chicos. Él me vio y esbozó una sonrisa poco convencida, alzando un hombro. Se sentía tan incómodo como yo fingiendo que todo iba bien. Las cosas no fueron mal hasta que nos dirigíamos a la hora de tutoría y oí que alguien me llamaba por encima del ruido de los alumnos moviéndose por el instituto.

—¡Britt! ¡Espera un segundo! ¡Britt! Volví la cabeza de golpe. Era la voz de Santiago. Me agarré al brazo de Puck y lo miré con ojos asustados. ¿Qué se suponía que debía hacer?

—¡Briit! —Santiago se estaba acercando. No quería tener que enfrentarme a eso en aquel momento—. ¡Britt, espera! Tiré del brazo de Puck y lo arrastré mientras torcía por el primer pasillo que encontré. Nos detuvimos fuera de un aula.

—No puedo hablar con él ahora —le expliqué a Puck en voz baja mientras finalmente lo soltaba.

—Sí, no te culpo. —Me sonrió—. Olvídate de él.

—Lo dices como si fuera muy fácil. No puedo evitarlo el resto de mi vida. Es tu hermano.

—Gracias por recordármelo —masculló Puck, irritado. Luego suspiró mientras se pasaba la mano por el cabello varias veces, poniéndoselo más en punta—. No importa. Supongo que tienes razón. Va a ser bastante incómodo entre vosotros ahora.

—Gracias por el apoyo —murmuré sarcástica.

—Vamos. —Fue delante hacia el aula de tutoría, y ése fue el final de la conversación. Conseguí esquivar a Santiago hasta el almuerzo. Me senté con Lauren y Puck, que estaban bajo unos árboles cerca del campo de fútbol americano.

—Muy saludable —comentó Lauren, haciendo un gesto hacia mi lata de refresco de naranja y mi barrita de caramelo.

—Sí. Ya me conoces..., la maniática de la salud. —

Me he enterado de todo el asunto con López..., quiero decir, con Santiago —me dijo a media voz con una sonrisa compasiva. Al instante, Puck se puso en pie y luego se inclinó para dar un rápido beso a Lauren.

—Voy a jugar con los chicos un rato. Os veo en seguida.

—Sigue siendo un asunto muy delicado —mascullé—. Y más para Puck.

—Sí..., pero he pensado que igual te iba bien tener una charla de chicas.

—Tienes toda la razón.

—Y... —Cambió de posición y se quedó medio tumbada, apoyada en los codos. Yo me puse junto a ella, imitándola—. ¿Te gusta de verdad? ¿O es sólo sexo? Me sonrojé.

—Eso sólo pasó una vez. Después tenía demasiado miedo de que nos pillaran. —Saqué aire por la nariz, buscando las palabras adecuadas—. No tiene muchas cualidades que lo salven. Puede ser sobreprotector, se mete en peleas, es impulsivo...

—Aparte de ser innegablemente sexy —añadió ella—. No me digas que ésa no es una cualidad que lo salva. Me reí.

—Cuidado..., prácticamente es de tu cuñado de quien estás hablando. Lauren se encogió de hombros y ambas nos reímos de nuevo. Quería cambiar de tema, pero no se me ocurría ninguna manera sutil de hacerlo. Fue Lauren la que siguió hablando.

—Puck se va a quedar bastante hecho polvo si vuelves con su hermano. Entiendo que le resulte difícil. Y si la cosa acaba mal, quizá no quieras volver a ver a Puck; te añoraría mucho, y sé que tampoco le gustaría perder a su hermano, y... —Dejó la frase a medias y miró hacia otro lado, mordisqueándose el labio.

—¿Todo eso lo ha dicho Puck? Ella esbozó una sonrisa culpable.

—Sabes, parecía a punto de llorar cuando me llamó ayer. No quiere perderte. Prácticamente sois como gemelos. Arranqué una hoja de hierba y me la enrollé en el índice.

—La mayoría de sus otras novias se sentían amenazadas por nuestra relación. Siempre decían que sospechaban que era una de esas situaciones en las que te enamoras de tu mejor amigo. Lo que es ridículo y más que raro, ¿sabes? Bueno. Lo que quiero decir es que me alegro de que tú no seas así. — Reí con ironía—. Creo que eres la primera de sus novias que no me odia.

—Sois como uña y carne. No os puedo imaginar teniendo esa clase de relación.

—Por fin —exclamé— alguien que lo ve, aparte de Cam y Dixon.

—Aunque..., por lo que estás diciendo, es un poco inquietante el montón de novias que ha tenido.

—No tantas, la verdad —respondí—. Pero te contaré un secreto.

—Ooh, te escucho —repuso, y ambas reímos por lo bajo—. Suéltalo.

—Tú eres la primera a la que nunca ha dejado colgada por mí. Así que lo vuestro va en serio.

—Eso espero. Me gusta mucho, mucho.

—¡Más te vale! ¿Alguna vez te has fijado en cómo te mira? Todo el rostro se le iluminó. —Entonces, ¿no me lo estoy imaginando? Negué con la cabeza.

—Sois tan monos juntos...

—Gracias. Nos quedamos en silencio durante un rato, mirando cómo los chicos se iban tirando la pelota ante nosotras.

—¿Y qué piensas hacer respecto a López? Quiero decir, Santiago. Jo, Puck no para de decirme que lo llame Santiago, pero me resulta muy raro, ¿sabes? Suspiré. Creía que había conseguido que dejara de lado ese tema.

—No lo sé. No debería hacer nada, pero quiero hacerlo, y... estoy totalmente confusa. Y Puck... — Suspiré de nuevo—. No lo sé.

—Bueno, pues más vale que se te ocurra algo rápido.

—¿Por qué?

—Porque viene hacia aquí. Me senté de golpe, derramando todo el refresco encima de la hierba.

—Mierda —mascullé, y me puse en pie antes de que se me cayera también sobre los pantalones. Me sacudí y alcé la mirada. Vi a Santiago cruzando el campo de fútbol, directo hacia mí, con una expresión decidida. Todos los ojos estaban puestos sobre él, o sobre mí, en el caso de algunas chicas extremadamente celosas.

—¡Britt! ¿Adónde vas? —me gritó Lauren. Corrí hasta el servicio de las chicas como si huyera del fuego. Me encerré en un váter, y a pesar de que varias chicas (Lauren, Lisa, Mercedes, Elaine , Bree) trataban de convencerme de que saliera, me negué. No lo hice hasta que alguien comenzó a golpear la puerta y oí gritar a Puck.

—Britty, sal de ahí ahora mismo. Abrí la puerta.

—No puedes entrar aquí. ¡Es el servicio de las chicas!

—¿Y a quién coño le importa? Sal ya. Deja de hacer el tonto.

—¡Puck López! ¿Qué crees que estás haciendo aquí? —gritó una profesora, que apareció de repente de la nada; la señorita Harris, una de las profesoras de matemáticas.

—Eh..., problemas de mujeres. Unos retortijones horrorosos, ¿sabe?

—¡Sal de aquí inmediatamente, jovencito, antes de que te ponga un castigo de dos semanas!

Puck puso los ojos en blanco y me agarró por la muñeca antes de que yo pudiera decir o hacer algo. No quería que se metiera en líos, así que lo dejé que me arrastrara. Pero por el momento la suerte estaba de mi lado: sonó el timbre y todos tuvimos que volver a clase. Mientras me sentaba en clase de literatura, miré mi móvil.

Otro mensaje de Santiago. Lo borré sin leerlo.


Gracias a todos lo que están Siguiendo esta adaptación también a los que se han tomado la molestia de opinar sobre esta historia!

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