- ¿Es que somos las tres únicas personas que nos hemos quedado en el colegio?

Harry siguió sacándole brillo a su Saeta, Hermione continuó leyendo y Ron se quedó sin respuesta.

- Supongo que no estarás pensando en subirte a esa escoba –dijo Hermione de pronto, sin alzar la vista de su libro.

- ¿Habéis visto que parece que va a nevar?

- No, claro que no –Harry frotó el mango de su Saeta con más fuerza-. La limpio porque no tengo nada mejor que hacer que poner una escoba a punto para después meterla en el armario.

- Creo que Malfoy me cae bien después de todo. Voy a pasar las Navidades en su casa.

Hermione alzó la vista, miró fijamente a Harry y tras varios segundos en los que nadie dijo nada, ella apretó mucho los labios y volvió su vista al grueso libro que arrastraba a todas partes desde el comienzo de las vacaciones.

- Pues no deberías.

- Gracias por el consejo.

Ron suspiró y se apoyó contra el tronco del árbol con dificultad. Habían pasado varios días desde el ataque y su herida había mejorado apenas ligeramente. Todavía tenía que cambiarse las vendas a diario y muchas noches se despertaba a causa de un ligero pinchazo en las costillas, pero Madame Pomfrey le había dicho que no pasarían tres meses antes de que pudiera deshacerse del vendaje para siempre. En cuanto al quidditch, no podría jugar al menos los dos próximos partidos.

Harry debía beber una poción cada día. No lo sabía seguro, pero tenía razones para creer que era Snape quien se encargaba de prepararla y saber que su vida dependía del trabajo de Snape le disgustaba profundamente. Su brazo derecho seguía vendado, limitándole apenas la capacidad de movimiento, pero seguía sintiendo molestias cuando cargaba algo de peso.

Al margen de eso, se había vuelto poco hablador. No se había separado de Ron durante esos días, pero Harry sabía que Ron comenzaba a sospechar que algo había pasado entre él y Hermione.

Ni siquiera quería intentar arreglar la situación. Sentía que había metido tanto la pata que nada de lo que hiciera o dijera podría hacer que Hermione y él volvieran a estar como antes. Nunca volverían a ser amigos después de eso. Y su constante mal humor no le ayudaba a ver las cosas de una forma más positiva. Estaba enfadado todo el tiempo, con tantas cosas a la vez, que descargar su enfado con algo en concreto no le aliviaba en absoluto.

- Me voy –anunció Hermione, poniéndose en pie y liándose la bufanda al cuello-. Aquí es imposible concentrarse. Nos vemos en la cena.

- Adiós –contestó Ron de forma amistosa, mientras la observaba caminar hacia el colegio. Harry siguió enfrascado en la limpieza de su escoba, cuando alzó la vista justo para ver a Hermione llevarse una mano a la cara y sentarse junto a la puerta del colegio, totalmente sola. Luego sintió la mirada acusadora de Ron y volvió a su faena-. Estarás contento.

- Si. ¿Y tú?

- Cuando quieres puedes ser realmente insoportable¿lo sabías?

Harry no contestó. Cogió el bote de la crema abrillantadora y untó un trapo amarillento en él con tanta fuerza que parte de la crema se salió del bote y Harry tiró el trapo al suelo.

- No me marees más, Ron, ya tengo bastante con Hermione.

Ron se quedó tan serio que Harry se sintió culpable de inmediato. Alzó sus ojos a Ron y su amigo le miró sin compasión.

- Estás diciendo eso de la única persona que ha confiado en ti cuando nadie lo ha hecho–dijo en voz baja. Harry vio la frustración en el rostro de su amigo. Sabía que Ron seguía sintiéndose culpable por lo sucedido en cuarto año-. No vuelvas a decir eso de Hermione.

- ¿Y qué quieres que haga? –preguntó Harry, dejando por fin la limpieza de su escoba a un lado-. Tu no tienes ni idea de cómo se ven las cosas desde aquí dentro.

- No, pero te diré como se ven desde aquí fuera; cada vez que abres la boca metes todavía más la pata. Estoy empezando a creer que es que de verdad te gusta pasarlo mal, Harry.

El comentario hirió a Harry más de lo que Ron había imaginado. Observó a Ron sin poder creer lo que su mejor amigo acababa de decirle y comenzó a recoger sus cosas rápidamente.

- Estupendo –murmuró. Luego se puso en pie y al suelo cayeron algunas briznas de la escoba-. ESTUPENDO.

- Oye no quería decir eso. ¡Para un momento! –Ron se puso en pie, le sujetó por un brazo y Harry detuvo su camino hacia el castillo-. Lo que intento decirte es que ahora mismo podrías estar pasando las vacaciones de otra forma mucho más agradable para ti. Y lo tienes al alcance de la mano.

- Tú tampoco lo entiendes –Harry negó con la cabeza.

- ¿Es que tu no habrías hecho lo mismo en su situación¿Por qué te enfadas con ella?

- No es lo mismo.

- ¡Claro que es lo mismo! Y sí, es verdad, no entiendo que demonios te pasa Harry. No es la primera vez que alguien arriesga su vida por ti.

- Claro, es que soy Harry Potter¿verdad?

- ¡ES QUE ERES TU! –Ron alzó la voz-. TU, y da igual que seas el único que puede salvarnos o la persona mas cobarde en el mundo. Da igual si mañana te quitan toda tu magia y te vuelves un muggle, Hermione volvería a hacerlo sin dudarlo. Eres nuestro amigo¿está claro? Y si vuelves a repetir una idiotez como esa me enfadaré muy en serio porque creía que después de siete años, eso lo sabías. Creía que después de todo lo que hemos pasado a tu lado, Hermione y yo nos merecemos ese voto de confianza.

Ron tosió y volvió a sentarse bajo el árbol. Harry no se sintió con fuerzas para contestar. Se quedó parado en medio del camino y luego regresó de nuevo junto a Ron. Dejó su escoba en el suelo y apoyó la espalda en el tronco del árbol.

- No quería decir eso.

Ron asintió en silencio. Harry miró hacia el castillo y en la puerta vio a Hermione. Se había sentado en el suelo y seguía leyendo su libro.

- Puedo morir, Ron. Ella no se merece esto.

Hermione alzó la vista y le miró. Harry sabía que era imposible que le hubiera oído desde donde estaba, pero el rostro de Hermione cambió de expresión. Alzó las cejas y entreabrió los labios ligeramente, solo durante una milésima de segundo. Era en momentos así donde cualquier alumno o profesor podía casi sentir la magia que unía a los tres amigos sin que ellos mismos se dieran cuenta de ello.

- Joder, Harry.

Hermione bajó la vista al libro. Luego se puso en pie y entró en el colegio.

- No vas a morir¿de acuerdo? –continuó su amigo, sin mirarle a la cara.

La pregunta se quedó en el aire, mientras Ron se ponía en pie y cogía las escobas del suelo. Le tendió la suya a Harry.

- Te partiré la cara si vuelves a decir eso –dijo lanzándole su Saeta.


Hermione estaba sola en la Sala Común. No era difícil, pues calculaba que apenas unos veinte alumnos se habían quedado en el colegio por vacaciones. Podría haber ido a la biblioteca, pero incluso uno de sus lugares favoritos resultaba demasiado frío cuando era la única persona entre tantas mesas y libros. La Sala Común de Gryffindor podía servirle igualmente para sus propósitos. Nadie le molestaría y además, podía ver el campo de quidditch a lo lejos.

Se llevó la pluma a la boca y se acarició la barbilla. Subió un pie a la silla y se inclinó ligeramente hacia atrás, meciéndose al compás de una música imaginaria y disponiéndose a descansar durante varios minutos. Llevaba tantas horas leyendo que los ojos le escocían y lo peor de todo era que casi no podía recordar lo que había leído durante las dos últimas horas. Cerró los ojos y suspiró fuertemente, aliviando ligeramente el picor. Así se encontraba cuando Harry y Ron entraron en la habitación con las escobas al hombro. Reían, y Hermione apretó los labios y volvió a su lugar.

- ¿Estudiando? –preguntó Ron, acercándose a ella y asomándose por encima de su hombro para echar un vistazo a sus apuntes. Tras un momento, continuó-. No entiendo nada.

- Dime algo que me sorprenda –contestó Hermione.

Ron hizo una mueca y cogió las escobas, miró significativamente a Harry y desapareció por las escaleras sin decir una palabra. Harry se quedó de pie en medio de la Sala Común sin saber que hacer. Estaba claro que si seguía a Ron este no le dejaría subir sin antes haber hablado con Hermione, así que en resumidas cuentas sus únicas opciones eran sentarse frente a ella o en el sofá. Tomando aire, eligió la primera.

- ¿Qué estudias? –preguntó, tras varios segundos en silencio.

- Aparición.

Harry asintió y cogió una pluma distraídamente. Hermione se la quitó de las manos casi al instante.

- Perdona, la necesito.

- Ah, lo siento.

Harry se sintió enrojecer. Observó el hueco de las escaleras por donde Ron debería aparecer en cualquier momento. Miró después por la ventana, las llamas de la hoguera y el cuadro de un antiguo profesor de Gryffindor que no conocía.

- ¿Es difícil?

- No. Me parece estupendo que al final hayas arrastrado también a Ron hasta el campo de quidditch.

- ¿Cómo sabes que…?

- Lo se y ya está.

- Si va a hacer que te sientas mejor, fue él quien me arrastró a…

- ¿Y a mi que me importa? –le interrumpió Hermione, simulando estar muy enfrascada en su dichoso libro-. Haced lo que queráis con vuestros brazos. Si os caéis de la escoba y os los rompéis del todo, con suerte podrán ataros la varita a la mano para poder hacer vuestros EXTASIS.

- Ya. Hablando de brazos¿y el tuyo¿Mejor?

Hermione alzó la vista del libro y miró a Harry con una expresión que daba a entender lo irritada que estaba por el hecho de que estuviera haciéndole preguntas estúpidas mientras ella intentaba estudiar. No tardó mucho en abrir la boca, ponerse roja y bajar la vista de nuevo al libro sin contestar. Harry sonrió brevemente y luego se sintió mejor, sin embargo, no encontró el valor para hablar con ella antes de que se levantara y comenzara a recoger sus cosas. Harry no se sentía con derecho a preguntar, pero finalmente su curiosidad le venció.

- ¿Adonde vas…?

Hermione se quedó callada mientras seguía metiendo sus libros en la mochila. Harry pensó que no iba a contestarle.

- A buscar al profesor Snape. Nos veremos a la hora de comer.

No tuvo tiempo de preguntarse para qué Hermione querría ver a Snape antes de que ella saliera por la puerta. Cuando Ron bajó de nuevo, lo encontró sentado en la silla y mirando el reverso del cuadro de la señora gorda.

- ¿Se ha ido?

- A buscar a Snape. ¿Para qué querrá hablar con él?

- Ni idea. ¿Va a venir ahora?

- Me dijo que nos veríamos en la comida.

- ¿Habéis… hablado?

Harry desvió la mirada y se puso en pie.

- Nnnsi –dijo, pensando que no era una mentira porque habían estado hablando sobre su examen de aparición. Y sobre sus brazos-. Algo.

Antes de que Ron pudiera seguir hablando sobre el tema, Harry se las arregló para enredar a su amigo en una partida de ajedrez mágico, sin saber que durante las vacaciones el ajedrez sería el único entretenimiento para él a parte de los paseos clandestinos en escoba junto a Ron, mientras Hermione no les quitaba la vista de encima desde su lugar de estudio en la Sala Común. Harry se sentía lo suficientemente mal como para buscar a Hermione y ella desaparecía todas las mañanas para no volver hasta la hora de comer, buscando excusas cuando alguno de los dos (generalmente Ron) le preguntaba donde había estado. Nunca imaginó que iba a desear con tantas ganas que las vacaciones de Navidad terminaran.


- Me alegro que hayas venido a verme Harry –dijo Hagrid mientras servía dos grandes tazas de leche.

Era el segundo día del año. Harry se había despertado pronto y se había encontrado con un Ron durmiendo a pierna suelta en la cama de al lado, así que sin muchas esperanzas se había dirigido a la Sala Común, donde obviamente no había encontrado a Hermione. Fue al mirar por la ventana y observar la tranquilidad que había en el exterior cuando Harry decidió visitar a Hagrid. Fang se le había tirado encima al abrir la puerta y ahora intentaba quitarse al efusivo perro de encima-. Adelante, siéntate. Oh¿te gustó mi regalo?

Harry recordó el libro sobre dragones que le había quemado el flequillo al abrir y se sentó en una silla junto a la ventana.

- Si… gracias.

- Bien, me alegro. Vamos Fang, no molestes a Harry – gruñó Hagrid abriéndose paso entre los dos y dejando las tazas sobre la mesa-. ¿Cómo han ido las vacaciones¿Por qué no has venido con Ron y Hermione?

- Ron está durmiendo y Hermione está estudiando –improvisó, llevándose un sorbo de leche a la boca y cerrando los ojos al tragar.

- Cierto, pronto tendrá su examen de aparición. Está muy nerviosa.

- ¿Cómo lo sabes?

- Estuvo aquí hace un par de días, dándole de comer a Buckbeak –contestó Hagrid poniendo un par de bollitos junto a la taza de Harry.

Harry se quedó en silencio. ¿Hermione había estado con Hagrid y no le había dicho nada? Y no solo eso¿había estado con Buckbeak otra vez? Se sintió enfadado. Ella no conocería tanto a Buckbeak de no haber sido por él. Ni siquiera quería montarlo.

- Pensaba que lo sabías –dijo Hagrid bebiendo de su taza.

- Bueno. Estamos un poco enfadados. Pero pasará pronto.

- Eso dijo ella.

Harry tomó dos grandes sorbos de leche y cogió un bollito. Pensó en algo para cambiar de tema cuando de pronto vio una revista mal doblada y metida a presión en el cajón de la mesa donde estaba desayunando. La sacó sin que Hagrid le prestara atención.

- ¿Y esto…?

Desplegó la revista y lo que vio le dejó helado.

- Oh, no.

- ¡No Harry, no…! – Hagrid soltó su taza al verle y esta cayó al suelo rompiéndose escandalosamente. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Hagrid gesticuló durante un rato con los brazos y finalmente se sentó abatido sobre la silla, enrojeciendo violentamente.

Harry no podía creer que entre sus manos hubiera un Especial Harry Potter; conoce al Niño que vivió. Al lado de una foto suya que ocupaba una página entera, alguien había hecho una especie de ficha con todos sus datos personales. Su fecha de nacimiento, su nombre completo, el color de sus ojos, de su pelo, incluso el tamaño de su cicatriz. Leyó una frase al azar.

- Su comida favorita son los filetes empanados con sorpresa que se preparan en las cocinas de Hogwarts -alzó la vista a Hagrid-¿lo es?

El hombretón se removió inquieto en su asiento.

- Míralo por el lado bueno. Al menos has salido bien en la foto.

Harry ni siquiera se molestó en dejarla en su sitio. Apartó la revista a un lado y mordió fuertemente uno de los bollitos, sin importarle el fuerte sabor a quemado. No solo no tenía vida privada, sino que además era una total mentira.

- No le des importancia, Harry… Hoy en día nadie compra esas cosas.

- Pues tú lo has hecho.

- ¿Cómo puedes pensar eso de mi? –a Hagrid se le veía afectado, pero seguía teniendo las mejillas coloradas-. ¡Fang la encontró hace unos días! Yo no compro esa basura. Si quiero saber cual es tu comida favorita solo tengo que preguntártelo. Además¡como si no tuviéramos en el colegio bastantes preocupaciones!

Hagrid volvió a sentarse y Fang acudió a su lado. Mientras acariciaba al animal, suspiró lánguidamente y adoptó una expresión triste.

- ¿Ocurre algo, Hagrid?

Hagrid se encogió de hombros como un niño pequeño y los ojos le brillaron.

- El profesor Dumbledore está muy preocupado.

- ¿Por qué?

- Porque con el ataque de los mortífagos habrán muchos padres que no consideren Hogwarts un lugar seguro. Muchos chicos no volverán de las vacaciones. El profesor Dumbledore no tenía que haberles dejado salir del colegio –se lamentó Hagrid-. No saben que donde mejor están es precisamente aquí.

Hagrid suspiró, haciendo caer algunas migas de pan de su barba. Harry no se había parado a pensar en ello hasta ahora, pero no veía por qué motivo los padres no iban a dejar ir a sus hijos al colegio, mucho menos si quien se hacía cargo de ellos era Dumbledore. Lo ocurrido semanas atrás podría haber sido mucho más catastrófico, y el Director había sabido actuar a tiempo para evitar la tragedia. Además, no volvería a ocurrir. Además, si ocurriera los mortífagos solo querían matarle a él. No veía porque los padres de los demás tenían que estar enfadados por eso.

Le habría gustado decir algo para tranquilizar a Hagrid, sin embargo, algo llamó su atención. Por la ladera de la montaña, alguien bajaba corriendo hacia la cabaña. Cuando reconoció a Ron, se puso en pie.

- Pero bueno, hablemos de cosas más alegres. ¿Qué planeas hacer cuando terminen las clases¿Vas a volver con tus tíos?

- No… no creo –contestó sin prestar mucha atención y dejando el bollito sobre la mesa-. ¿Ese es Ron?

Harry continuó mirando por la ventana hasta que Ron desapareció de vista. Segundos más tarde, alguien llamó a la puerta. Harry se apresuró para abrir y cuando lo hizo un Ron exhausto y con la bufanda a punto de caerse resoplaba sin aliento y con las mejillas coloradas.

- Harry… tienes que venir… por favor…

- ¿Qué ha pasado?

- Tu solo… ven…

Harry intercambió una mirada con Hagrid, quien alzó la mano de forma amistosa y volvió a sus quehaceres, limpiándose mal disimuladamente las lagrimas. Rápidamente salió de la cabaña tras los pasos de Ron, que se dirigían al castillo.

- ¿Qué ha pasado? –volvió a preguntar Harry.

- Es Hermione –dijo Ron atropelladamente. Por un momento pareció que iba a seguir hablando, pero se calló y siguió caminando. Harry se asustó.

- ¿Hermione¿Le ha pasado algo?

Si bien Ron le había escuchado, no contestó y continuó andando velozmente. Cuando estaban bastante alejados de la cabaña de Hagrid, cerca del campo de Quidditch, Harry alzó la vista y a lo lejos, la vio. Estaba ligeramente encorvada hacia delante, con la varita en la mano, y a unos tres o cuatro metros de distancia frente a ella, había alguien vestido de negro. Parecían conversar.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Harry reconoció al profesor Snape. Estaba a punto de preguntar de nuevo a Ron cuando pasó algo que le dejó sin voz.

Snape alzó la varita, gritó algo y el hechizo impactó en Hermione, quien gritó y quedó arrodillada en el suelo.

- ¡Hermione!

Harry echó a correr, dejando atrás a Ron. Miles de ideas sobre la traición de Snape al colegio y el intento de asesinato de un alumno pasaron por su mente hasta que llegó junto a ella, pasó un brazo por su cintura y la puso en pie. Luego miró al profesor, quien no se había movido del sitio y observaba la escena con una pizca de asombro y una sonrisa de complacencia.

- ¿Pero qué hace¿Está loco?

- ¡No Harry! –gritó Ron-. ¡Es ella!

Antes de que Harry comprendiera lo que Ron le había dicho, Hermione se removió y se apartó de su lado, limpiándose el sudor de la frente. Miró a Snape con determinación y asintió con la cabeza.

Snape repitió el hechizo y Hermione, de repente, desapareció. Luego se escuchó un grito y sin entender como, reapareció a un metro de distancia, sentada en el suelo mientras se sujetaba la rodilla.

- ¿Qué está pasando aquí? –murmuró Harry, caminando lentamente hasta Hermione. De pronto Ron se puso a su lado.

- ¡Está loca! –dijo, señalándola con el dedo-. ¡Eso es lo que hacía con Snape, está preparándose para los exámenes de aparición!

Harry le miró sin comprender.

- ¡Le lanza hechizos y ella tiene que desaparecer para esquivarlos! –gritó, mientras Harry observaba a Hermione levantarse y pasar por su lado en busca de Snape-. ¡Eh, espera aquí!

Harry caminó hasta ella y la sujetó fuertemente del brazo.

- ¿Pero que haces? –preguntó-. ¿Es que no ves como llevas la rodilla¿Y el hombro?

Hermione intentó soltarse.

- Déjame Harry, este es mi entrenamiento.

- Estas haciendo una tontería y lo sabes –dijo Harry, quien no podía creer que su amiga estuviera comportándose de esa forma. Luego miró a Snape-. ¡Le está haciendo daño!

- Yo solo he hecho lo que la señorita Granger me ha pedido, señor Potter –dijo Snape cruzándose de brazos y disfrutando visiblemente con el espectáculo-. Sin embargo, no me gusta ser interrumpido mientras trabajo, de modo que…

- No se vaya, por favor –le interrumpió Hermione. Luego se volvió a Harry-. Déjame.

- No pienso… -comenzó a decir Harry, esperando convencer a Hermione. Sin embargo, ella tiró fuertemente de su brazo y le enfrentó.

- ¡Ah¡No piensas quitarte del medio, verdad! –gritó en un tono que le dejó helado. Incluso Ron, a su lado, se detuvo-. ¡Pero podrían hacerte daño por mi culpa Harry¡Y por Merlín que no podría vivir con ese cargo de conciencia!

Harry se quedó observándola. Abrió la boca para contestarle algo de lo que se arrepentiría el resto de su vida, pero finalmente se detuvo a tiempo. No dijo nada.

- Vete, Harry. No vayan a hacerte daño por mi culpa.

Hermione hizo una mueca e intentó sonreír. Luego se volvió a Snape y le hizo una señal. De nuevo, Hermione desapareció y cuando el rayo de color azul cruzó el aire, se escuchó un jadeo y apareció de nuevo en el suelo. Harry no se movió de donde estaba. Esperó a que ella se levantara, sujetándose el hombro, para dar media vuelta y caminar hacia el castillo.

- ¿Qué? –escuchó decir a Ron, a su espalda-. ¡Harry¿Es que no vas a hacer nada?

- No –dijo Harry, sin mirar atrás ni detener su camino. De nuevo escuchó otro grito de Hermione.

- ¡Pero mírala! –se quejó Ron-. ¡Le va a romper el brazo!

- Si tu quieres detenerla hazlo –dijo Harry, sintiendo como la rabia se le escapaba sin poder evitarlo en cada palabra-. Yo no lo haré.


Harry apoyó los brazos en el colchón, pensativo, y escondió la barbilla entre los pliegues de las mangas de su túnica, mirándola con una preocupación de la que no podía acabar de librarse a pesar de que la madame Pomfrey le había asegurado una y mil veces, con distintos grados de malhumor, que Hermione no estaba en peligro.

No había podido llegar hasta el castillo. Cuando dejó de escuchar el sonido de Hermione golpeándose sobre la hierba, había mirado hacia atrás sin querer, y la había visto materializarse de la nada, con una expresión de triunfo en el rostro y un brillo en la mirada que enfureció a Snape. Después había caído de rodillas y Ron la había llevado en brazos a la enfermería. De eso hacía más de tres horas, y tras una poción que le habían obligado a tomar para ayudarla a descansar, se había quedado dormida y aun no había abierto los ojos.

Sin apenas darse cuenta enredó entre los dedos un mechón de cabello castaño mucho menos alborotado de lo habitual, probablemente debido a llevar tantas horas en cama, y la miró atentamente.

Los últimos rayos de sol del día se colaban por las ventanas de la estancia y parecían acariciar suavemente las mejillas y el cuello de Hermione, que había perdido la palidez que la había acompañado las últimas horas, dándole un color rojizo a su piel y arrancándole destellos pelirrojos a su cabello. Sonrió contra las sábanas al imaginarse lo que diría Hermione si pudiera saber lo que estaba pensando.

Y entonces ella despertó. Lentamente, pestañeó dos veces y le miró. Ninguno de los dos se movió de donde estaba ni dijo nada. Simplemente se dedicaron a observarse mutuamente hasta que finalmente, ella bajó la vista avergonzada. Se había comportado como una niña, intentando tomarse su pequeña venganza y lo único que había conseguido era terminar en la enfermería, haciendo daño a los dos. No podían seguir así.

Entonces Harry estiró una mano y la puso sobre su brazo. Hermione volvió a mirarle.

- Se acabó¿de acuerdo? –preguntó él.

Hermione asintió.


Días más tarde cayó sobre Hogwarts la mayor nevada de su historia. Los profesores tuvieron que utilizar hechizos de fuego para derretir la nieve acumulada en la puerta del colegio y que amenazaba con dejarla atrancada. Dumbledore se había mostrado encantado de participar en la tarea a pesar de todo el trabajo que tenía por hacer, y de vez en cuando podía vérsele haciendo una bola de nieve con disimulo y arrojándosela a la profesora McGonagall.

Harry, Hermione y Ron descansaban bajo el tronco del mismo árbol. Ron estaba haciendo un muñeco de nieve, mientras Hermione seguía enfrascada en su libro de Aparición y Harry disfrutaba de unos pequeños rayos de sol que se filtraban entre las ramas. Los tres mantenían una conversación entretenida.

- Os digo que a mi hermana le gusta alguien –insistía Ron-. ¡Y yo se que tú sabes quien!

- Eres realmente pesado –contestó Hermione sin alzar la vista de su libro y con un deje de desesperación en la voz-. Hace tiempo que no hablo con Ginny, no se como tengo que decírtelo.

- Pero aunque hubieras hablado con ella no se lo dirías –apuntó Harry.

- Evidentemente.

- ¿Cómo que evidentemente? Soy su hermano. Tengo derecho a saberlo.

Hermione alzó la vista del libro por primera vez y fulminó a Ron con la mirada. Luego cambió de expresión.

- De acuerdo, te lo diré. Pero ni se te ocurra decirle a Ginny que yo te he dicho nada¿entendido?

Ron dejó abandonado el muñeco de nieve y corrió hacia donde estaba Hermione, cayendo de rodillas frente a ella. Incluso Harry se inclinó hacia delante. Entonces Hermione bajó la voz en tono confidencial.

- Es Goyle. Pero le da vergüenza admitirlo.

Harry rió. Ron se quedó en el sitio.

- ¿Me tomas el pelo, verdad?

Harry observó a Hermione mirar con incredulidad a su amigo durante varios segundos, poner los ojos en blanco y agitar la cabeza. Ron, enfurruñado, volvió al muñeco de nieve. Harry le lanzó un puñado a la cabeza y su amigo se sacudió la nieve de encima.

- ¿Qué más te da quien le guste a tu hermana? No es problema tuyo. Siempre que no sea Malfoy, claro.

- A nadie puede gustarle Malfoy. ¿A que no, Hermione?

Hermione le miró sorprendida.

- ¿Por qué me lo preguntas a mi?

- Porque tú eres una chica.

Hermione sonrió y luego se encogió de hombros.

- No lo se –contestó-. Supongo que no es tan horrible después de todo. Además, podría considerarse un chico guapo.

El muñeco de nieve de Ron se rompió. Harry sabía que Hermione seguía mintiendo, pero era divertido ver como Ron caía una y otra vez en sus trucos. Al menos, la tensión se había roto por su parte. Ahora solo faltaba una señal, algo que hiciera comprender a Harry que la tensión por parte de ellos también se había esfumado.

- Ron, deja de poner caras –la voz de Hermione le devolvió a la realidad-. Antes me tragaría mi varita. Y deja también de insistir, no se nada sobre la vida amorosa de Ginny y aunque lo supiera no iba a decírtelo. Ahora déjame terminar de leer esto¿de acuerdo?

Ron hizo una mueca que Hermione ignoró y volvió a su muñeco de nieve. Harry le lanzó otra bola desde donde estaba.

- ¿Quieres parar tu también? –Ron se quitó la nieve de los hombros y le devolvió el ataque, alcanzando a Harry en toda la cara. Cuando se quitó la nieve de las gafas, aquello se convirtió en una verdadera batalla campal.

- ¡Como me mojéis el libro…! – refunfuñaba Hermione.

Harry se había puesto en pie y a toda velocidad juntaba una bola de nieve entre sus manos, mientras Ron a varios metros de distancia hacía lo mismo. Dos chicos que pasaban por allí los vieron y no pudieron evitar detenerse.

- ¡Eh, tu, Creeve! –gritó Ron-. ¡Ven ahora mismo a ayudarme!

Los dos recién llegados se unieron al tiempo que Harry lanzaba su segunda bola de nieve. Después los gritos comenzaron a escucharse en el castillo y la noticia de que se estaba organizando una batalla junto al lago corrió como la pólvora. Tras varios minutos, los pocos alumnos que se habían quedado en el colegio estaban enzarzados en una cruel y helada guerra de nieve.

Harry corría de un lado a otro sin alejarse mucho del árbol. Estaba preparando un ataque doble, codo a codo con un chico de segundo año, cuando una bola de nueve impactó en su nuca, introduciéndose entre los pliegues de la bufanda y helándole la piel del cuello. Se giró para buscar a su agresor y consumar una pequeña venganza cuando observó a Hermione, sentada en el suelo, alejada considerablemente del grupo y estudiando ajena al espectáculo que había ante ella.

- ¡Hermione, deja eso y ven a jugar!

Hermione alzó la vista y le miró con cara de pocos amigos. Harry se encogió de hombros y buscando a Ron con la mirada, se dispuso a tirar la enorme bola de nieve. Una vez más, alguien le atacó por la espalda.

Se dio la vuelta rápidamente para descubrir a la persona que la había tomado con él y con cierta decepción y asombro, no vio a nadie. Se preguntó quien estaría riéndose ahora mismo a su costa al ver sus esfuerzos por encontrarle. Decidido a tenderle una trampa y mientras las bolas de nieve volaban a su alrededor, se agachó para atarse el cordón de la zapatilla. Contó hasta tres y sin previo aviso se dio la vuelta.

Una vez más, delante de él no había nadie. Sin embargo, lo que vio a varios metros fue mucho mejor que eso.

Hermione le miraba con los ojos muy abiertos, el brazo echado hacia atrás y una bola de nieve en la mano. Una sonrisa se escapó de sus labios y Harry no pudo menos que sonreír.

Entonces ella rió con todas sus ganas. Y cuando Harry la escuchó, supo que la había recuperado.


Harry podría pensar que sus problemas habían empezado a solucionarse a partir de aquel día. Nadie podía decir que él y Hermione fueran más, ni menos, que amigos. Volvían a pasar tiempo juntos, volvían a reír juntos y volvían a estudiar juntos. Sin embargo, el hecho de que ambos estuvieran intentando ignorar el problema no significaba que este hubiera desaparecido, y Harry lo sabía.

Era difícil no darse cuenta de ello. Era difícil hablarle y no recordar que noches antes habían estado a punto de besarse, o que días antes había mantenido con ella la que consideraba como la conversación más vergonzosa de toda su vida. Hasta el más mínimo detalle, como pasarle el azúcar en los desayunos, le recordaba que ellos ya no eran solo amigos. Y no solo eso, sentía que conforme pasaban los días su prioridad sobre mantenerla alejada de él en ese aspecto se debilitaba. La mañana en que Hermione le cambió el vendaje del brazo al no encontrar a madame Pomfrey en la enfermería, Harry se preguntó hasta cuando podría aguantar.

No imaginaba que la espera no se prolongaría mucho más allá de esa misma noche.


Una mañana, después de haber pasado varias horas en la Sala Común, decidiendo que tanto él como Ron estaban hambrientos, salió en busca de Hermione para que les acompañara en la comida. Sin pensarlo demasiado, se encaminó a la biblioteca.

Saludó a la señora Pince al entrar y observó las mesas, vacías, que indicaban sin duda que Hermione no se encontraba allí. Se internó en el laberinto de estanterías que conducían a otras secciones de la biblioteca y decidió preguntar a un chico de sexto año que estaba estudiando junto a un gran ventanal. El chico, concentrado en un grueso libro de Aritmancia, le indicó que la había visto pasar hacia cinco minutos camino a la Sección Prohibida. Harry se despidió y echó a andar hacia allí preguntándose qué estaba haciendo Hermione en un lugar como aquel, cuando al doblar una esquina, la vio.

Paseaba lentamente a lo largo del pasillo, concentrada en los libros que había a su derecha. Desde donde estaba, Harry podía escuchar el murmullo de su voz mientras leía los títulos impresos en el lomo de los libros, con la cabeza totalmente inclinada hacia arriba. Caminó lentamente y rodeó la mesa que había entre los dos, acercándose a ella en silencio.

De pronto, Hermione se detuvo. Alzó un brazo hacia la estantería y con la punta de los dedos, rozó un libro situado a un metro por encima de su cabeza. Lo rozó una segunda vez, y una tercera. Harry se apoyó en la estantería que tenía al lado y reprimió una sonrisa. Entonces Hermione se puso de puntillas.

El libro no se movió lo mas mínimo mientras Hermione seguía en su intento por alcanzarlo. Primero de puntillas con el pie izquierdo, luego con el derecho y luego con los dos. Probó con un brazo y luego con el otro. Harry sonreía sin disimulo viendo los intentos de su amiga por intentar alcanzar el libro, que para hacer la situación mas cómica iba desapareciendo entre dos gruesos tomos encuadernados en piel cada vez que Hermione lo tocaba. Decidiendo que ya se había reído lo suficiente a su costa, Harry acudió en su ayuda. Caminó hacia ella, se detuvo a sus espaldas y alargó una mano hacia el libro.

Obviamente, Hermione se asustó al ver aparecer una mano de la nada y dio un paso atrás.

Entonces comenzó a desatarse el caos en el mundo de Harry.

La espalda de Hermione se pegó a su estómago. Sus dedos quedaron entrelazados, atrapados entre su mano y el libro. El cuello de Hermione se pegó a su boca y Harry se encontró con los labios tras su oreja. Y en aquel segundo suspendido en el tiempo, Harry sintió como si su cuerpo encogiera de pronto y no existiera nada más que su espalda contra su pecho, sus dedos entre sus dedos y su cuello bajo sus labios.

Cuando respiró dos veces antes de inclinarse más hacia delante y obligar a Hermione a agachar la cabeza, fue como si hubieran pasado años desde que entró a la biblioteca. Harry alcanzó el libro con facilidad, lo acercó a su mano y ella lo sujetó entre los dedos. Se separó de Hermione con una fuerza de voluntad que no sabía que tenía y poco a poco el aire dejó de ser denso y el silencio oprimente.

- Me has asustado –dijo ella, antes de darse la vuelta y mirarle a los ojos. Tras unos segundos de vacilación, apretó el libro contra su pecho y se internó entre el laberinto de librerías de la Sección Prohibida. Harry le siguió.

- ¿Qué haces aquí?

- Estaba buscando un libro. ¿Y tú?

- Te estaba buscando a ti. Ron y yo tenemos hambre y queríamos que comieras con…

Hermione se detuvo antes de llegar al final del pasillo de libros. Lentamente asomó la cabeza y Harry la imitó. La señora Pince estaba sentada en el lugar de siempre, frente a un gran archivador, escribiendo algo en un pergamino amarillento. Hermione suspiró y cerró los ojos mientras murmuraba algo que Harry no pudo entender. Luego se aproximó al escritorio de la bibliotecaria con paso decidido y dejó el libro sobre la mesa bajo otros siete tomos que sacó de la mochila como una exhalación.

- BuenosdiasseñoraPince.

Harry miró asombrado a Hermione. La señora Pince también la miró extrañada, pero sonrió a su alumna favorita.

- Buenos días señorita Granger. Veo que ya está preparándose para sus EXTASIS.

Hermione soltó una risita nerviosa mientras la mujer cogía los libros uno a uno y apuntaba en el registro los títulos seguido del nombre de Hermione.

- ¿Cómo está su brazo?

- Bien, muy bien. Como nuevo.

Faltaban cuatro libros. Harry observaba la escena con curiosidad. Hermione daba pequeños golpecitos con la uña en los tomos que ya estaban en su poder, sin quitar la vista del que Harry había cogido en la Sección Prohibida.

- Oh, Historia de Hogwarts de nuevo. Creo que es la alumna que más veces ha sacado este libro de la biblioteca. Debe saber sobre el colegio más que el propio profesor Dumbledore.

Otra risa nerviosa. Faltaban dos libros.

- Muy bien, señorita Granger, aquí los tiene. Espero que le ayude a subirlos, señor Potter.

Harry pudo escuchar el suspiro de alivio de Hermione seguido de otra risita y justo cuando su amiga se apresuraba a coger el tan deseado libro, la señora Pince lo cogió de nuevo.

- Oh…

Hermione se quedó sin respiración.

- Que despiste. ¿Puede enseñarme el permiso del profesor Snape, por favor?

Harry observó a Hermione ponerse pálida como la pared.

- El permiso… ay, el permiso. Pues no se lo va a creer, pero con las prisas se me ha olvidado en la habitación y… -Hermione comprobó horrorizada como las manos de la señora Pince se cerraban en torno al libro-,… y bueno, ya que me hace tanta falta quizá usted podría…

- Oh, señorita Granger, no me lo pida, por favor. Sabe que no puedo hacerlo –contestó la bibliotecaria poniendo el libro fuera del alcance de Hermione.

- Necesito ese libro Señora Pince, es muy importante para mí.

- Señorita Granger… -la señora Pince se mostró poco comprensiva-. Las reglas son las reglas, usted lo sabe. Tráigame el permiso y podrá llevarse el libro.

Hermione parecía estar a punto de echarse a llorar. Harry no sabía como arreglar la situación, sin embargo cogió todos los libros y la empujó hacia la puerta.

- No se preocupe señora Pince, se lo traeremos. Gracias.

La bibliotecaria les despidió con una ceja alzada y Harry se apresuró a salir por la puerta mientras Hermione se cruzaba de brazos y se mordía el labio inferior. Una vez fuera de la biblioteca y a solas, detuvo a Hermione.

- No hay permiso¿verdad?

- No. Pero NECESITO ese libro –dijo cogiendo varios libros del montón que sostenía-. Suspenderé si no lo leo antes de que terminen las vacaciones

- ¿Suspender? –Harry calculó mentalmente los meses que faltaban para sus exámenes finales-. ¿No crees que estas exagerando un poco…?

- Estoy hablando de Aparición, Harry. Me examino la semana que viene.

- ¿Y por qué no le pides el permiso a Snape?

Hermione puso los ojos en blanco.

- Bueno, de acuerdo. Pero Hermione, lo haces bien. Yo te he visto… no necesitas mas libros para…

- Necesito ese maldito libro –Harry retrocedió un poco. Hermione estaba empezando a descargar su frustración con él-. Es muy importante para mí. No me quedaré tranquila hasta que no consiga leerlo.

- Está bien, no la pagues conmigo –odiaba cuando Hermione se enfadaba con él, pero odiaba más cuando se enfadaba sin motivo-. ¿Quieres el libro? Tendrás el libro.

Echó a andar hacia las escaleras. Segundos más tarde escuchó correr a Hermione y enseguida la tuvo a su lado.

- ¿Qué quieres decir¿En que estas pensando?

- En que tengo una capa de invisibilidad y puedo usarla.

- ¡OH, NI SE TE OCURRA!

Harry frenó en seco y se dio la vuelta para encontrarse con el dedo índice de Hermione a pocos centímetros de sus gafas.

- ¿Ni se me ocurra…?

- ¡Claro que no! –Hermione estaba enfadada-. No puedo permitir que hagas eso.

- ¿Por qué no¿Es que no quieres el libro?

Era una pregunta bastante simple. Hermione dudó.

- ¡Porque soy tu prefecta! No puedes sacar un libro de la biblioteca sin permiso.

- ¡Pero si es lo que ibas a hacer tu ahora mismo!

Hermione abrió la boca y luego volvió a cerrarla. Siguió señalando a Harry con el dedo hasta que de pronto, colocó los libros de nuevo sobre su montón y se alisó las arrugas del jersey. Harry, intentando mirar por encima de una pila de libros inútiles que le tapaba los ojos, siguió a Hermione hasta su habitación en silencio, preguntándose porqué ella tenía siempre que complicarlo todo. Cuando Hermione abrió la puerta y Harry dejó los libros sobre una silla, solo dijo:

- Esta noche a las doce. En la puerta del Gran Comedor.


Había esperado a ver cómo la motita con su nombre salía de su habitación y llegaba a la Sala Común para salir de la cama y ponerse las zapatillas. Ron dormía a pierna suelta desde hacía un buen rato y Hermione le había prohibido tajantemente que le hablara de sus planes, lo que le facilitaba considerablemente el trabajo al no tener que mentir a su amigo con ninguna excusa.

Buscó la capa de invisibilidad que había dejado en el respaldo de la silla y salió a hurtadillas de la habitación. Una vez fuera, buscó la luz con su varita y desplegó el mapa. Concentrándose en las distintas motitas diseminadas por todo Hogwarts, localizó la de Hermione y se dispuso a seguirla. No faltaban ni cinco minutos para las doce cuando la motita se paró frente al Gran Comedor y empezó a dar pequeñas vueltas frente a la puerta.

Harry llevaba la capa sobre los hombros y Hermione dio un respingo cuando vio su cabeza levitando a pocos metros de la suya.

- Odio que hagas eso –susurró, nerviosa.

- Yo también me alegro de verte –murmuró Harry echando una ojeada al mapa. Ahora, sus motitas estaban juntas y justo en la otra punta del castillo, en la enfermería, la Señora Norris y Filch realizaban su habitual ronda nocturna-. No hay peligro, la he traído por si acaso.

- Shhh. No hables. ¡No digas nada!

Hermione estaba muy nerviosa, y Harry cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no rompía alguna de las reglas del colegio, sobretodo desde que era prefecta. Con cuidado, echó la capa de invisibilidad sobre sus hombros y le tendió su varita a Hermione. Emprendieron el camino hacia la biblioteca en busca del tan deseado libro tras varios trompicones a causa de una mala coordinación. Hermione caminaba a su lado, casi de puntillas, sosteniendo la varita e intentando no salir del hueco que había entre sus brazos y la tela de la capa.

Harry dirigía miradas de soslayo al mapa, vigilando la posición de la señora Norris cada pocos pasos. Por extrema precaución, tuvieron que desviarse dos veces del camino más corto y hubo un momento en el que Harry sacó la cabeza de la capa porque se había desorientado. Tras veinte minutos de paseo, llegaron a la biblioteca.

Hermione alargó una mano al pomo con poco entusiasmo.

- Está cerrada. Será mejor que nos vayamos.

- Ni hablar –le contestó Harry. ¡No habían hecho aquel viaje para nada!-. Si no coges ese libro mañana te arrepentirás. Alohomora.

Se escuchó un click seguido de un sonido más grande que les asustó y la puerta se abrió. Hermione echó a correr en cuanto Harry cerró la puerta tras él y desde allí, vio como la luz de su varita se alejaba de pasillo en pasillo en busca del escritorio de la señora Pince. Se quedó a oscuras, con la capa colgando de un brazo y el mapa en la mano. Frente a él, los grandes ventanales que de día llenaban de luz la biblioteca ofrecían ahora la visión de un cielo estrellado, sin luna, extendiéndose sobre una basta extensión de nieve y agua helada.

Los pasos de Hermione retumbaron en las paredes y la luz de la varita volvió a aparecer. Su sonrisa brillaba al resplandor.

- ¿Lo has encontrado?

- Si –sonrió, triunfal-. Muchas gracias Harry.

- Si, bueno, ya me lo agradecerás más adelante –apremió, cogiendo la varita y apuntando al mapa del merodeador. Lo había desatendido durante demasiado tiempo y comprobó con alivio como la señora Norris paseaba por el pasillo de los de segundo año y el conserje había vuelto al cuchitril donde dormía. La motita con su nombre daba vueltas por la habitación-. Vamos, cúbrete con la capa.

Hermione arregló la tela y la echó sobre los dos mientras apretaba el libro contra su pecho. Devolverlo sería infinitamente más fácil, además pensaba leerlo esa misma noche para llevarlo a primera hora de la mañana y evitar que la señora Pince se diera cuenta de su desaparición. Camino a las habitaciones casi no podía evitar dar saltitos en el interior de la capa.

- Bueno, ya está. Aquí no corremos peligro –dijo Harry quitándose la capa y poniéndose el mapa bajo el brazo una vez pasaron frente al Gran Comedor y subieron las escaleras.

- Harry, de verdad que no se como puedo agradecerte esto.

- Puedes decir gracias.

- Gracias. ¡Muchas gracias!

A Hermione le brillaban los ojos. Harry se metió las manos en los bolsillos y se sintió bien por dentro.

- ¿Tan importante es¿De que trata?

- Sobre las consecuencias de aparecerte cuando estas bajo los efectos de la poción deshinibidora.

- ¿Qué?

Harry se detuvo de golpe. Hermione clavó la vista en el suelo.

- ¿Hemos ido a la biblioteca en mitad de la noche bajo la capa invisible a riesgo de que nos pillen para ir a robar un libro que NO necesitas?

Harry sentía que no podía abrir más los ojos. Sin querer, había vuelto a desplegar el mapa del merodeador y lo zarandeaba frente a Hermione, quien apretaba fuertemente el libro contra su pecho.

- ¡No lo hemos robado! –en la voz se notó que la sola idea le aterraba-. ¡Y si que lo necesito¡Puede ser útil…!

- ¡Útil? – Harry intentó no gritar-. Hermione. ¿Me quieres decir qué probabilidad hay de que te den una poción deshinibidora antes de hacer el examen?

El mapa y la varita cayeron al suelo mientras Harry escuchaba las excusas de Hermione, que tenían que ver con el subconsciente y varias cosas más que no escuchó. Cuando lo vio no lo pudo creer. La garganta se le secó al ver como a tan solo un pasillo de distancia, moviéndose a una velocidad de vértigo, la motita de Argus Filch se deslizaba como una serpiente hacia ellos.

Rápidamente se puso en pie y echó la capa sobre Hermione. Puso una mano sobre su boca y la atrajo hasta la pared. La varita se quedó encajada entre los dos, iluminando el interior de la capa de invisibilidad y permitiendo a Harry ver el asombro en los ojos de su amiga. Apretó los labios para darle a entender que se callara y luego miró por encima de su hombro hacia el oscuro pasillo.

Hermione, con la varita casi clavándosele en una mejilla, no se atrevía a moverse ni a soltar el libro. Harry tenía una mano en su espalda y sabía que no la dejaba apenas respirar, pero el más ligero ruido alertaría a Filch de su situación. Sin embargo, también sabía que la luz se filtraría por debajo de la capa y acabaría por delatarles. Harry miró asustado la varita y luego a Hermione, quien apenas sin voz, bajo los dedos de Harry, movió los labios. La luz se apagó.

Dos ojos brillantes aparecieron al final del pasillo. Harry se pegó a la pared todo lo que pudo y poco a poco arrastró a Hermione con él. Se maldijo por no haber mirado el mapa dos minutos antes.

- Olfatea, mi tesoro. Deben estar en frente de nuestras narices.

Hermione se puso rígida y apretó su boca a la mano de Harry para no gritar. Harry habría reído de no ser porque estaba casi seguro de que esta vez iban a pillarles. Como pudo, dio dos pequeñas palmaditas en la espalda de Hermione para tranquilizarla, pero aquello solo agravó más la situación. La Señora Norris alzó la cabeza hacia ellos y observó fijamente mientras su dueño aparecía por el pasillo con una lámpara en la mano.

- ¿Los has encontrado?

Hermione negó con la cabeza, con los ojos fuertemente cerrados. Harry sintió su diminuta nariz clavándose en su cuello y se mordió la lengua. De repente todo había dejado de ser gracioso.

Maldita sea. Maldita sea la capa, maldita sea Hermione y maldita sea el maldito libro.

Podía sentir la mano de Filch palpando en la oscuridad, a tan solo unos centímetros de la cabeza de Hermione, caminando hacia ellos. Cuando el conserje alzó el brazo y estaba a punto de descargarlo sobre ellos, Harry abrazó a Hermione con fuerza.

- ¡SOY LA TORMENTA RUBIAAA!

¿Qué había sido eso¿Se lo había imaginado?

Harry miró a la derecha a tiempo de ver como una figura blanca se lanzaba sobre la Señora Norris haciéndola maullar y saltar por los aires. El maullido del gato se le clavó en el tímpano al tiempo que Filch echaba a correr hacia su mascota y una sombra de color blanco daba vueltas a su alrededor.

- ¡PEEVES! –gritó Filch, fuera de si, girando sobre si mismo en busca del fantasma-. ¡COMO TE COJA, MALNACI…!

Filch echó a correr detrás de la Señora Norris, con Peeves pegado a sus talones golpeándole en el trasero con una peluca rubia. Apoyado aun contra la pared, Harry los vio desaparecer por el pasillo sin poder creer lo que había pasado. El maullido del gato aun resonaba en las paredes cuando Hermione dejó caer el libro al suelo, sin moverse del sitio. El ruido devolvió a Harry a la realidad, y esta era que se encontraba bajo la capa de invisibilidad, apretujado entre una pared y Hermione.

Empezó a ponerse nervioso.

Ella seguía en la misma posición. "A lo mejor no sabe que ya se han ido" pensó. "Si lo sabe porque acaba de soltar el libro y ya no tiembla tanto como antes", pensó también. "Bueno. Entonces, si ya se han ido¿por qué no se mueve?"

Porque tu todavía tienes tu mano en su espalda y sigues sujetando la capa sobre su cabeza.

Harry tenía que admitir que ya no estaba protegiendo a Hermione. Ahora la estaba abrazando.

Igual que ella a él, aunque ambos sabían que todo habría sido más fácil si simplemente se hubieran colocado el uno al lado del otro.

Y todo dejó de tener sentido.

¿Por qué estaban intentando convencerse el uno al otro de que todo lo tenían bajo control? Eso era mentira. No había nada bajo control y el hecho de que ahora estuvieran abrazados en medio de la noche lo demostraba. Había intentado mantener las distancias durante días pero tenía que admitirlo; no podía. No quería. El resultado de su idea genial de ignorar que nunca, jamás, podrían mirarse a los ojos y ver en ellos a un simple amigo había sido una semana de tensión y momentos incómodos. ¿Y de quien era la culpa? Suya, por supuesto. Porque de repente, el hecho de que Voldemort atacara a Hermione parecía ridículo aquella noche. Parecía tan ridículo que Harry solo podía preguntarse como había sido tan estúpido de no haberse dado…

- …cuenta antes.

Hermione alzó la vista al escuchar su voz. Su frente estaba reluciente a causa del sudor. Harry la miró a los ojos y vio en ellos la incomprensión que sentía por dentro, como si estuvieran preguntándole porque se estaban haciendo eso a si mismos. Dio un paso atrás con la cabeza inclinada hacia abajo, se agachó y cogió el libro que había caído al suelo.

Luego le miró a los ojos y balbuceó algo.

- Creo que será mejor que me vaya.

Harry supo que era el momento. Solo tenía que estirar un brazo, sujetarla y pedirle que no se fuera. Ella se quedaría.

Pero no lo hizo. Y Hermione, después de esperar una contestación que nunca llegó, desapareció.


- Ron, despierta.

Ron emitió un sonido gutural y se tapó la cabeza con la almohada.

- Necesito que me escuches un momento.

Harry le quitó la almohada de la cara y la echó a un lado. En su lugar, acercó su varita iluminada.

- ¡Ah¡Me has dejado ciego!

- Ron, voy a hablar con Hermione.

- ¡Yo hablo con ella todos los días! –gritó, tapándose los ojos con el edredón.

- Tenías razón –dijo Harry, sentándose a su lado, ignorando las quejas de Ron-. No tengo por qué hacer esto, ni ella tampoco.

- Me alegro de que te hayas dado cuenta –dijo una voz nada alegre desde dentro de la cama-. ¿Y que se supone que le vas a decir?

Harry meditó la respuesta. La pensó durante largo rato, pero nunca llegó. Ron sacó la cabeza de las sábanas.

- Maldita sea – murmuró Harry, dejándose caer pesadamente en la cama y pasándose las manos por el pelo en un gesto de desesperación –. Soy un idiota. Esto es peor que enfrentarse al colacuerno. Infinitamente peor.

Ron se incorporó lentamente y se recostó sobre los grandes almohadones, haciendo un ruidito de satisfacción y volviendo el rostro hacia él para mirarle con una expresión amigable, a pesar del evidente sueño que tenía. Estiró una mano y acercó un paquete de ranas de chocolate.

- Tranquilo, Harry. Mientras no le digas eso a Hermione, todo irá bien.

Harry hundió la cara en una de las almohadas, sintiendo el enloquecedor latido de su corazón dentro del pecho, y maldijo por lo bajo.

- ¿Por qué haré las cosas tan difíciles? – murmuró, con la voz ahogada.

- No tengo una explicación para eso, tío – dijo Ron, mirándole con una expresión de auténtica lástima-. Y si te digo la verdad, no me gustaría estar en tu posición. Hermione es mucha... Hermione. Pero bueno, cuanto antes lo hagas mejor. Ya es hora de que te saques eso de dentro.

Ron engulló su tercera rana de chocolate. Harry suspiró y se levantó de la cama, quitándose una pelusa imaginaria de la camiseta y mirando a su amigo con algo muy parecido a la desesperación.

- Bien. Allá vamos. Si no he vuelto en media hora... piensa lo peor – acabó, en un tono de voz lúgubre.

Respiró profundamente una vez más y, tras unos instantes de indecisión, salió de la habitación con paso firme, cerrando la puerta tras él.

- Vaya – dijo el espejo en tono reflexivo cuando Harry salió-. Una interesante historia la que se trae entre manos este muchacho.

- No sabes tú bien – respondió Ron, llevándose otra rana de chocolate a la boca.


Se paró ante la puerta de Hermione y escuchó atentamente. Sabía que ella estaba ahí dentro, pero no oía ningún ruido, así que por un momento le aterró la idea de que ya estuviera durmiendo y tuviera que esperar hasta mañana. Cuando alzó la mano para llamar sintió una nueva oleada de pánico invadiéndole, y consideró muy tentadora la idea de dejarle una nota y huir lo más lejos posible del colegio en su Saeta de Fuego, pero después de analizar los pros y los contras de su plan, decidió que no podía seguir demorando más esa situación, y con la misma expresión que tendría un condenado a muerte el día de su ejecución golpeó suavemente la madera con los nudillos y esperó hasta que oyó unos pasos acercándose a la puerta.

Hermione apareció en el marco casi al instante, y en su rostro se pintó una sorpresa tan obvia que Harry se sintió casi ofendido.

- Harry – dijo ella en voz baja, mirándole con una cierta aprensión que a Harry no le pasó desapercibida-. ¿Qué... qué haces aquí?

Él carraspeó audiblemente y bajó la mirada durante un instante, sintiéndose terriblemente nervioso. Finalmente, después de unos instantes, alzó la vista y clavó sus ojos verdes en ella, preguntándose si transmitirían el pánico interno que estaba sintiendo en ese momento.

- Hermione, tenemos que hablar.


Notas de la autora

Escribo estas notas en total estado de euforia. En tres horas llega a Valencia la diosa del Draco/Ginny, mas conocida por estos lares como Mileya. No solo eso, sino que en dos días llega la todopoderosa diosa del Harry/Hermione, mas conocida también con el sobrenombre de Anasazi. Si a eso le sumamos el hecho de que Florchis lleva aquí un mes… ¡vamos todos, envidiadme!

Bueno, por muy mal que me sepa y por mucho que odie hacerlo, no podré contestar a los reviews en esta ocasión. Siempre me gusta contestar a los reviews aunque admito que casi me cuesta más escribir las contestaciones que el capítulo, pero una linea de agradecimiento es lo mínimo que os mereceis. Sin embargo, no me da tiempo a hacerlo antes de ir a la estación y si no subo el capítulo esta tarde, probablemente tarde dos semanas más porque me voy de vacaciones. Imagino que preferiréis que lo suba esta tarde, jeje. De modo que desde aquí os mando un GRACIAS enorme, grandisimo, lleno de besos y abrazos para todos y sobretodo de eterna gratitud por hacerme sentir como lo haceis.

No puedo irme sin antes agradecer a Elena su maginifica colaboración en este capítulo. Sin ella creedme que no habría podido actualizar hoy. Tambien a Flor por el beteado de urgencia de ayer por la noche. ¡Sin ella todos habriamos confundido a Madame Pomfrey con la Señora Pince!

Una nota más, ya se que nadie puede aparecerse en Hogwarts, pero me he tomado la licencia de asumir que fuera de los muros del colegio si puedes aparecerte. Si preferis ignorar eso, podeis pensar que Snape levantó las defensas momentaneamente por Hermione. No se cual de las dos cosas es mas anticanon, jejeje.

Me voy a pasar las que van a ser mis mejores vacaciones . ¡Besos a todos y feliz verano!