Ni Glee ni los personajes me pertenecen. Tampoco esta historia, yo solo la adapto. Novela de Kate Sweeney
Capítulo 21
Con cada día que pasaba, Quinn intentaba adivinar cuándo llegaría la nueva Berry.
-Vale, ya lo tengo todo pensado -anunció una tarde en la cocina.
Skye estaba comiéndose un plátano, mientras su madre le sonreía, solícita.
-Sales de cuentas el día tres de diciembre. Eso nos deja dos semanas. El jueves que viene es
Acción de Gracias. No te preocupes por la cena, yo la prepararé.
-¿Cariño, has cocinado un pavo alguna vez? –preguntó Rachel.
Quinn pestañeó estúpidamente. -Bueno...
-Puedo hacerlo yo.
-No, no tienes por qué. Espera, tengo una idea. –Menciono la rubia.
Skye dejó escapar un gemido infantil y agachó la cabeza. Quinn la miró, ceñuda. -Oye, va a salir bien. Dime lo que tengo que hacer y yo cocinaré. La pitufa y yo iremos al supermercado a comprarlo todo.
-¡Yo ayudo! -se alegró Skye.
A Quinn se le iluminó la cara y la señaló. -¿Ves? Perfecto.
Rachel gimió. -Vale, haré una lista. -Le pasó el teléfono a Quinn y, ante la extrañeza de esta, añadió-: Quieres invitar a Meredith, Santana y Brittany, ¿verdad?
-Claro, pero recuerda que no vas a mover ni un dedo -reiteró con firmeza. Rachel se limitó a asentir.
Quinn empujó el carro de la compra por los pasillos del supermercado. -Tu madre y las listas... -rezongó.
Skye iba sentada en la sillita del carro, con los brazos cruzados y expresión desafiante. La pianista no se dejó amedrentar por el carácter del minihumanoide.
-Quinn, solita.
-No, empezarás a correr por todas partes y tenemos que concentrarnos -rebatió, y revisó la lista-. Bueno, yo tengo que concentrarme. -Se detuvo en el área de frutas y hortalizas y se alejó del carro-. Vamos a ver, cebollas y apio. Puedo hacerlo -se animó, y empezó a coger los productos-. Patatas...
Fue tachando de la lista y al terminar lo llevó todo al carro. Skye alargó la mano, cogió un tomate y le hincó el diente.
-Pitufa... -la riñó.
Pero Skye alejó el tomate de su alcance y, cada vez que Quinn intentaba cogerlo, la pequeña se lo apartaba.
-Jolines, serás pulpo... -protestó entre dientes.
Poco a poco se le daba mejor lo de no decir palabrotas. De golpe, Skye dejó caer el tomate mordido al suelo.
-Perdón, Quinn-dijo, con una sonrisa precoz.
Esta la fulminó con la mirada y, para su vergüenza, una pelirroja recogió el tomate y se lo devolvió con una sonrisa radiante.
-¿Lo has perdido? -la pinchó.
La pianista esbozó una sonrisa azorada.
-Gracias... No tendría que haber dejado a la princesita sola - musitó, con una mirada severa a
Skye, que no había dejado de sonreír.
-Bueno, parece que tienes muchas cosas entre manos. ¿Es tu hija? ¿O estás soltera? -quiso saber la pelirroja, con los ojos pegados a los de Quinn.
Esta tragó saliva y torció los labios con impotencia. -Sí a lo primero y no -sonrió.
La pelirroja se encogió de hombros.
-Bueno, feliz Día de Acción de Gracias -les deseó mientras se alejaba.
Quinn cruzó una mirada con Skye; era como si la pequeña supiera lo que quería la pelirroja, pero
¿era eso posible? Había muchas cosas que no sabía de los niños.
Una hora más tarde, estaba agotada y Skye estaba toda roja y de un humor de perros.
-Bueno, no ha ido tan mal -rezongó sarcásticamente, de vuelta al coche con el carro. Skye se cruzó de brazos y resopló.
-Quinn, ayudo -dijo, con un puchero.
Quinn dejó el carro junto al coche y observó la triste carita de Skye. En un abrir y cerrar de ojos, la hizo sentir como una cretina.
-Skye, tengo que acabar esto. ¿Has visto toda la gente que había en el súper? Dios, si te hubiera bajado del carro me habría pasado el rato detrás de ti.
-Ayudo -repitió la niña en voz baja.
Quinn gimió, sintiéndose como la peor persona del mundo. -Vale, cuando lleguemos a casa puedes ayudarme a guardar la compra y a hacer la cena de Acción de Gracias. Luego tenemos que escribirle la carta a Papá Noel.
A Skye le brillaron los ojos. -¿Carta? ¿Mía a Papá Noel?
-Sí. ¿Qué te parece, me ayudarás?
La pequeña le dio una palmadita en la mano. -Claro. Ayudo a Quinn.
Quinn la miró a los ojos café. -Gracias, pitufa. Me has salvado otra vez -le aseguró, y le besó la nariz, haciéndola reír.
-Estante de abajo -instruyó Quinn. Skye forcejeó con el paquete de harina.
-Pesa, Quinn-gruñó la niña.
Rachel le lanzó a la ojiverde una mirada asesina y esta tuvo que hacer esfuerzos para no echarse a reír.
-¿De qué sirve tener a un hobbit...? -empezó a decir, pero como Rachel seguía fulminándola con los ojos, Quinn se rio y cogió la harina ella mima.
-Muy bien, pitufa, vamos a intentarlo con esto -dijo y le dio los tomates.
-Como la señora del súper -observó Skye.
Quinn cerró los ojos y elevó una plegaria al cielo, pero no hubo suerte. Las mujeres en general tenían un sexto sentido; las mujeres embarazadas tenían un radar mejor que el del Pentágono.
-¿Qué señora, pastelito? -se interesó Rachel, como si no le diera importancia.
-Pelo rojo. Le gusta Quinn-contestó Skye.
Quinn metió a Skye en la nevera e intentó cerrar la puerta, mientras la pequeña morena chillaba y se reía, hasta que la soltó.
-¿Ah sí? ¿Y qué pasó, Skye? -insistió su madre, tomando asiento a la mesa de la cocina.
-Vale, vale, no interrogues a la niña -se rindió Quinn, con las manos en alto-. Tu hija cogió un tomate, le dio un bocado y lo tiró al suelo. Una mujer lo recogió. Nos intercambiamos un par de comentarios educados y esto fue todo. Feliz Acción de Gracias, adiós muy buenas.
Skye dejó escapar una risilla y logró escabullirse de la nevera.
-Espera, aún no estás congelada -le gritó Quinn a la pequeña traidora en tono travieso.
Skye chilló entre las carcajadas y corrió hacia su madre.
A la mañana siguiente, de camino al estudio, Quinn desayunó con su abuela. Meredith extendió generosas capas de mermelada sobre la tostada y le dio un buen mordisco.
-Ha sido una idea maravillosa -opinó. Quinn asintió mientras se bebía el café.
-Ahora dime cómo vas a preparar el pavo de la cena.
-He ido a comprarlo todo.
-¿Otra lista? – pregunto la abuela
-Sí -sonrió Quinn-. Rachel será nuestra sargento y nos irá dando las órdenes para que Skye y yo hagamos la cena.
Meredith se apoyó en el respaldo de la silla y observó a su nieta, que mascaba una tira de beicon.
-Estás muy enamorada de esa mujer.
Quinn dejó de masticar y levantó la vista. -Yo... supongo que sí.
-¿Ya os habéis acostado?
Quinn casi se atragantó con los huevos. -Joder -tosió, y se limpió la barbilla-. ¡Abuela! ¿Qué clase de pregunta es esa?
-Creo que es una pregunta perfectamente normal que hacerle a una mujer enamorada. Su nieta ocultó el rostro entre las manos.
-¿Y bien?
-Aún no -respondió Quinn, evitando mirarla a los ojos.
-Ya veo. En el estado de Rachel, seguro que el sexo es lo último que tiene en la cabeza. ¿Pero al menos dormís en la misma cama?
-Sí -contestó Quinn, obediente-. Y ahora, vieja chafardera, ¿podemos hablar de otra cosa?
-Una pregunta más. ¿Rachel práctica sus Kegels?
Quinn agachó la cabeza, pero respondió solícitamente. -Sí, abuela.
La mañana de Acción de Gracias empezó con un sonoro golpetazo.
Quinn hizo una mueca cuando se le cayó la olla al suelo. -Vale, se me da muy bien seguir instrucciones -se dijo.
Volvió a poner la olla en el fuego y se frotó las manos. Durante las tres horas siguientes, Rachel dio órdenes y Quinn las siguió al pie de la letra. El único momento en que arrugó la nariz fue cuando hubo que rellenar el pavo. También Skye puso cara de asco, ataviada con un delantal solo porque Quinn llevaba uno.
-Esto es repugnante -se quejó la rubia.
Skye, que la contemplaba con los codos apoyados en el mármol, se mostró de acuerdo.
-Puaj, Quinn-opinó, frunciendo el ceño y sacando la lengua.
Aparte de eso, el pavo acabó exitosamente en el horno. Habían comprado los pasteles de calabaza y de manzana en la panadería, porque la ojiverde todavía no estaba preparada para hornear.
-Mamá, sube pies -recomendó Skye, arrancándole una carcajada a su madre.
Quinn estuvo de acuerdo y fue a buscar la otomana; Rachel se sentó en el sofá y apoyó los pies en alto. Cuando Quinn le acarició las pantorrillas exhaló un suspiro de satisfacción.
-No discutas -le dijo, y la besó profundamente.
-No, señora -aceptó Rachel, y cerró los ojos.
-Bueno, creo que falta poco para que llegue Papá Noel.
Quinn llamó a Skye y puso el desfile de Acción de Gracias en televisión. La niña salió corriendo de la habitación y se sentó delante de la pantalla, mientras ella tomaba asiento en el sofá, al lado de Rachel.
-¿Dónde ta Papá Noel? -preguntó Skye.
-Pronto saldrá, pastelito -contestó su madre, con un suspiro de cansancio.
Quinn la miró por el rabillo del ojo. -¿Estás bien, tortuguita?
Rachel asintió, sonriente, y la rubia le acarició la barriga y la hizo reír.
-Dios, ¡estoy enorme! ¿Por qué todo el mundo quiere tocarme la barriga? Ayer estaba con Skye en la tienda y dos personas me pidieron permiso para tocarme la barriga. ¿Por qué?
Solo de imaginárselo, Quinn se echó a reír. -No lo sé. A lo mejor es porque llevas una minipersonita dentro.
Skye se volvió hacia ellas. -Queren al bebé, mamá.
Las dos mujeres observaron a la niña unos segundos. -Skye, cariño. ¿Tú quieres al bebé?
-Ajá. Una hermanita para jugar en la barriga de mamá.
-¿Y si fuera un hermanito? ¿Te parecería bien? -preguntó Quinn.
-Claro -contestó Skye, concentrada en el desfile.
-¿Cómo podríamos llamar al bebé, Skye? -preguntó su madre.
-Mamá, vene Papá Noel -insistió Skye. Entonces chilló, entusiasmada-. ¡Papá Noel! -gritó, y empezó a dar saltos, antes de escalar al regazo de Quinn- Quinn, vene Papá Noel.
El nombre del bebé tendría que esperar.
La cena de Acción de Gracias estaba casi lista
-Huele que alimenta -aspiró Quinn, mientras ponía la mesa con Skye. Rachel estaba haciendo de anfitriona con Santana, Brittany y Meredith.
-Permíteme que haga los honores -pidió Santana, acercándose al mueble bar-. ¿Martini, Meredith? -ofreció, aunque no esperó a que contestara para preparar el cóctel.
-Rachel, no doy crédito a lo mucho que ha cambiado Quinn... -comentó la latina.
El ruido de cubiertos impactando contra el suelo la interrumpió, pero las cuatro decidieron ignorarlo gentilmente y Santana siguió hablando.
-Le has salvado la vida. Tú y tu pequeña.
Feliz, Rachel observó cómo Skye ponía la mesa siguiendo las instrucciones de Quinn.
-Ella ha hecho lo mismo por nosotras -afirmó. Cerró los ojos cuando se les cayó otro cubierto-. Le debo mucho.
Un cubierto caído más tarde, Quinn asomó la cabeza a la sala de estar. -Ya casi estamos, lo siento -musitó, avergonzada.
Meredith aceptó la copa que le tendía Brittany y luego le dio un vaso de agua con hielo a Rachel, que sonrió apreciativamente.
-Detecto otra vez una nota de duda -observó la anciana, dirigiéndose a Rachel. -Cuéntame.
-Solo pensaba en la postura de Quinn respecto a los hijos, lo de que merecen tener a un padre y a una madre, y me preguntaba si lo decía de verdad o si no quiere algo así conmigo.
Meredith asintió, comprensiva. -Bueno, lo único que sé es que mi nieta no deja de hablar de ti siempre que nos vemos y Santana es testigo. Habla de Skye y de ti todo el tiempo. Santana dice que empieza a ser muy cansino.
Rachel se sonrojó y apoyó la cabeza hacia atrás en el respaldo del sofá. -Quiero a esa pianista, Meredith.
-Ya lo sé, cariño. Y la pianista te quiere a ti. Ten paciencia -le recomendó, dándole un apretón en la mano.
Quinn ocupó una de las cabeceras de la mesa y Rachel la otra; Skye se sentaba entre su madre y Santana, que tenía a Brittany en el otro lado, mientras que Meredith estaba al lado de Rachel. Todos dieron gracias y Quinn alzó la copa de vino. Rachel levantó el vaso de agua y Skye levantó su vaso de plástico como todos los demás.
-Nadie sabe mejor que yo lo mucho que tengo que agradecer. En un par de semanas habrá una silla más en esta mesa -dijo Quinn, que cruzó una mirada con Rachel. Las dos tenían los ojos llenos de lágrimas-. He recibido una bendición. Feliz Día de Acción de Gracias -terminó, con la voz rota por la emoción.
Todos brindaron y el sonido de las copas al entrechocar se mezcló con las risitas de Skye cuando Santana brindó con ella. Quinn le hizo un guiño a Rachel. Luego, ante la atenta mirada de esta, sostuvo el cuchillo con sus largos y esbeltos dedos y, con un diestro movimiento... el pavo saltó de la bandeja y aterrizó encima de la mesa. Meredith se echó a reír a carcajadas, igual que Santana y Brittany.
La risa de Skye era infantil y de pura inocencia, mientras que la rubia soltó una risita nerviosa e hizo una mueca al recuperar el pavo y colocarlo de nuevo en la bandeja. Fue un alivio que el resto de la cena transcurriera sin incidentes, y así dieron comienzo las Navidades.
Gracias por leer, disculpen si hay errores.
