DISCLAIMER: La saga Harry Potter y sus personajes no me pertenecen, son de la exclusiva propiedad de JK Rowling :)

N.A.: Hola a todos! he vuelto, esta vez con EL CAPÍTULO MÁS LARGO JAMÁS ESCRITO POR MÍ, compensando por la pequeñez del capítulo anterior... espero que este cap les guste más, porque estoy segura de que el anterior fue un poco decepcionante.. mis sinceras disculpas!

Esta vez por lo menos no tardé tanto como la anterior en actualizar, y espero que les guste de verdad... quería terminarlo antes de comenzar mi estudio dominguero, de lo contrario olvídense de actualizaciones hasta por lo menos la próxima semana. Estoy terriblemente ocupada con la universidad :(

MIL GRACIAS a quienes dejaron su review en el capítulo anterior y siguen apoyándome a pesar de mi tardanza! jeje: Love and Dead, LaurapsGranger, luna-maga, azu23blood, AlexiaRiddle, Lily Dangerous Black, MiMundoAlReves, Tann, MRS Taisho-Potter, Astarthea y Cleoru Misumi! Así como a todos aquellos que agregaron esta historia a sus alertas y favoritos... un abrazo, espero les guste!

Pronto el siguiente... la historia se acerca a su fin!


Capítulo XX: Celebraciones

Hermione despertó con un sobresalto. El ruido de Crookshanks arañando su puerta la había sacado de su profundo sueño que había sido, de por sí, intranquilo.

Vagas imágenes de aurores, rayos de luz esmeralda y Draco Malfoy flotaban en su mente, y sacudiendo la cabeza para desperezarse, miró su reloj despertador.

5:36 PM.

Demonios.

Tenía que arreglarse ya si es que quería estar lista para cuando Ron llegase a buscarla para la fiesta.

Hermione bajó de la cama, mirándose en el espejo de su cómoda, reparando en el demacrado aspecto que portaba, y pensando que probablemente ningún maquillaje o hechizo le haría disimular su aspecto trasnochado y preocupado.

La castaña abrió la puerta un poco para dejar pasar a su gato que la miró con aire ofendido, y observó brevemente la sala en penumbras, donde el brillo de la pantalla del televisor evocaba extrañas sombras en conjunto con los mortecinos rayos solares del atardecer. Draco estaba dormido, según lo que podía divisar, y con un sentimiento de extraño pesar en su estómago al siquiera pensar en el rubio, cerró la puerta y entró al baño con prisa, abriendo la ducha con agua tan caliente como pudo soportar.

La habitación no tardó en llenarse de vapor, y Hermione encontró reconfortante el ardor del agua caliente sobre su piel. Sentía sus terminaciones nerviosas protestar ante el exagerado estímulo, pero ese pequeño castigo autoimpuesto la hacía sentir internamente mejor.

Usó algunos geles de baño que reservaba para ocasiones especiales –que no eran demasiadas, así que los recipientes estaban casi nuevos- y se exfolió con una esponja y los jabones aromáticos, tratando de buscar la muy elusiva serenidad que necesitaba. Tomó su champú con aroma a vainilla y lavo su cabello con esmero, regocijándose en la sensación de la espuma corriendo por su cuerpo al enjuagarlo. Luego de unos minutos extra bajo la regadera, simplemente disfrutando del calor del agua sobre su piel, salió de la ducha y se secó entre el vapor nublando todo el cuarto de baño. Pasó una mano para eliminar el vaho del espejo, observando su reflejo. Su piel estaba levemente roja por la combinación de agua caliente y la exfoliación con la esponja, y su cabello estaba ondulado, alborotado, por lo que prosiguió a peinarlo y desenredarlo con cuidado.

Mientras se peinaba, continuó observándose en el espejo y se dio cuenta de que por momentos no se reconocía… y no en el sentido físico del asunto. Hermione Granger no actuaba de esa manera tan cobarde, tan inmadura. Ella siempre había sido la voz de la razón entre sus amigos, y su inexperiencia en el área de las relaciones interpersonales fuera de su amistad con Harry y Ron no era excusa para comportarse como una niñata irresponsable. Tenía información acerca de Draco que cambiaría su vida, y no la había revelado porque temía su reacción. ¿En qué clase de persona la convertía eso? No en una muy íntegra, si le preguntaban. Hermione frunció el ceño al observarse en el espejo, y con determinación, resolvió hablar con Draco de una vez y por todas. Esta vez, de verdad.

Hermione salió con la firme intención de hacer eso mismo, cuando el acusador brillo de los números del reloj despertador le indicó que sólo le quedaban quince minutos para terminar de arreglarse, ya que, con todos sus defectos, Ronald solía ser bastante puntual en lo que a ocasiones sociales se refería, en especial porque anteriormente solía juntarse con Harry para prepararse para ellas, y el pelinegro era del tipo de gente que se hallaba en el sitio con 10 minutos de antelación.

Maldijo al mundo por ponerle tantos obstáculos ante sus objetivos, y su subconsciente comentó insidiosamente si quizá no era ella la que estaba constantemente poniéndose obstáculos, por más valiente que quisiese aparentar ser ante sí misma, pensamiento que Hermione ignoró por completo mientras se dirigía a su armario.

Allí, revolvió algunas bolsas en el suelo y encontró lo que buscaba: el paquete con el vestido que había adquirido un par de días antes en Madame Malkin's, y que no había vuelto a revisar desde entonces.

Se observó en el espejo de su cómoda, y tras aplicarse un par de pociones que había guardado para alguna ocasión como ésta y apuntando su varita al cabello, observó las hebras castañas ondularse con un antinatural orden, dándole forma a sus rizos y dejándolos caer en hermosos bucles. Se maravilló por unos momentos ante el verdadero poder de la magia y suspirando, abrió su cajón de ropa interior. Sus conjuntos de uso diario de simplones colores pastel fueron dejados a un lado, y de una esquina extrajo uno de los pocos que había comprado alguna vez, cuando pensó que quizá ella y Ron tuviesen alguna oportunidad de llegar más lejos, aunque la verdad, las pocas veces que Ron y ella habían estado ligeros de ropas, nunca había llevado ese pequeño conjunto de encajes y seda azul marino. De todas formas, nunca lo había utilizado para su propósito original, ya que ella y Ron simplemente no tenían esa… química, al menos eso pensaba ella. Ron, la verdad, había parecido bien dispuesto en todo momento.

Se sonrojó al pensar en aquellos momentos, mientras se ponía con rapidez las braguitas de encaje, y el sujetador que atrapó sus pechos con la más perfecta de las precisiones, resaltando sus curvas de manera provocadora, sin llegar a ser vulgar.

Hermione se observó por un par de segundos en el espejo, y admitió con toda la humildad posible que lucía… bien. La ropa interior la hacía lucir femenina, sutil, sensual, y recordó el motivo por el que la había comprado en un comienzo, como una travesura con Ginny, estando ambas recién salidas de Hogwarts y tratando de ser jóvenes y olvidar las tragedias que habían vivido.

Ginny, más experimentada en el campo de lucir sus encantos femeninos, había arrastrado a Hermione de compras a un pequeño local en el Callejón Diagon que ella nunca había notado. Las brujas, aparentemente, compraban su ropa interior en ese sitio, que ofrecía una amplia variedad de estilos, desde "medieval" –como lo llamaba Ginny- para las brujas más chapadas a la antigua, hasta modelitos que parecían sacados de catálogos de lencería muggle. Hermione, reacia a salir de su encasillamiento con la ropa interior minimalista, se había negado a siquiera ver los modelos, alegando que "nadie iba a verlos igual". Ginny la había mirado con una sonrisa condescendiente, y con un tono que por segundos le recordó espeluznantemente a la Sra. Weasley en sus momentos más maternales, le dio un pequeño consejo que aplicaría esa noche para la fiesta de Harry.

—Hermione, no importa que nadie vaya a verla, lo que interesa es que si usas algo lindo debajo, te sentirás sexy aunque uses un saco de patatas como vestido.

Y era cierto.

La fiesta de Harry ameritaba utilizar todo su equipo fomentador de autoconfianza. Se imaginaba a sí misma en la fiesta, y la sensación de incomodidad, de estar en el lugar equivocado, la invadió sin siquiera haber llegado al sitio, por lo que necesitaba por lo menos sentirse algo mejor consigo misma, y permitirse algo de vanidad esa noche no le haría daño.

Fue hacia la bolsa con el vestido y lo extrajo con cuidado. Una túnica de gala que rozaba el suelo, de una tela sedosa y suave, con mucho vuelo, del mismo color que su ropa interior, azul marino, como el cielo nocturno. Casi negro.

Se había enamorado del atuendo en Madame Malkin's como pocas veces le sucedía con la ropa. Decidió darse un gusto por una vez y gastar algunos galeones de más y llevarse la única túnica que de verdad le había gustado.

Se puso el vestido, sintiendo la delicada tela rozar sus muslos al subir, metió los brazos por los sencillos tirantes y con su varita cerró la cremallera a sus espaldas. Sintió la prenda ajustarse a la perfección a sus curvas, delineando su figura sutilmente Tomó, por último, el par de zapatos que había adquirido junto a la túnica, de color negro, muy altos. Sorprendente modernos para haber sido adquiridos en el Mundo Mágico, se observó en el espejo, y finiquitó su proceso de preparación con algunos toques de sutil maquillaje aplicados con un par de conjuros enseñados por Ginny, que otorgaron color a sus a veces demasiado pálidos labios, engrosaron sus largas pestañas y resaltaron sus grandes ojos almendrados.

Con un vistazo final, consideró que no había más en su poder que pudiese hacer, no conocía demasiado de magia glamourizante, y dado que faltaba poco menos de diez minutos para las 7, Hermione salió de la habitación.

Lo primero que vio fue que las luces de la sala, que antes habían estado apagadas, alumbraban ahora la estancia, lo cual significaba que Draco estaba despierto.

Y lo vio allí, sentado en la mesa del comedor con una manzana en una mano y un libro en la otra, aunque ambos objetos habían quedado temporalmente olvidados.

Draco había sentido los ruidos que indicaban que Hermione había estado preparándose para la gran celebración a la majestuosidad de San Potty, la ducha, las puertas del armario y otras cosas. Eso sin contar los breves segundos donde dada la insistencia de Crookshanks, ella había abierto la puerta de su habitación para dejarle pasar, y había sentido su mirada escrutadora sobre él, que había pretendido dormir.

Se preguntaba vagamente cómo sería ella en una fiesta, dado el hecho de que en el tiempo que llevaba conviviendo con ella a diario, observaba que su vida giraba en torno al trabajo y nada más. No la había visto tener contacto con ninguna amistad en todo ese tiempo, salvo por la visita sorpresa de San Potter.

¿Es que acaso Hermione Granger sabía divertirse?

Sólo recordaba haberla visto festejar de verdad en el Baile de Navidad en cuarto año, con el troglodita de Krum. Siempre recordaría cómo la transformación de la comelibros Hermione Granger había sido la comidilla del castillo durante semanas, además de su supuesto romance con el famoso jugador búlgaro y campeón de Durmstrang…

También recordaba sexto año, aunque vagamente, dado que había tenido su mente puesta en otras cosas, que había asistido a la fiesta dada por el Profesor Slughorn para los miembros de su exclusivo club, fiesta cerca de la cual le habían atrapado y sacado casi a empujones, aunque protegido por Snape… no sabía cómo se había desenvuelto Granger allí, pero al menos había asistido, y si mal no recordaba, con el idiota de Cormac MacLaggen.

—Vaya que Hermione tiene mal gusto con los hombres, ¿eh? Krum, MacLaggen, la Comadreja… Probablemente por eso no me considera, soy demasiado bueno—murmuró en un momento de engreimiento que hacía muchos años no tenía, y que sospechaba ahora era un mecanismo de defensa.

Suspiró y poniéndose de pie, resolvió tomar un bocadillo, y tomando su bastón para disimular una cojera en caso de emergencia, se dirigió con paso firme y fluido hacia la cesta de frutas que Hermione se había encargado de reabastecer poco a poco con el pasar de los días.

Tomó una manzana verde y comprobó al morderla que estaba jugosa y fresca, y miró con algo de aburrimiento un libro de pociones que había estado ojeando horas atrás para matar tiempo, tomándolo con la mano libre y leyendo por encima uno de los capítulos, cuando el sonido del pestillo lo había sacado de su concentración, y se encontró con una imagen que jamás pensó encontrar.

No imaginaba que Hermione pudiese atraerle más que en ese momento. Quizá era comparable a la entrada triunfal que había hecho hacía años al Gran Comedor para el Baile de Navidad, cuando se notaba que se sentía como una princesa, como la protagonista de ese cuento muggle… ese donde la muchacha perdía un zapato… donde pasaba de ser una chica corriente a ser una mujer, una princesa… sin embargo, en ese momento Granger había sido una chiquilla. Una chiquilla linda, pero una chiquilla al fin y al cabo.

En cambio ahora, su sola visión le había hecho casi atragantarse con un bocado de manzana y perder el agarre de su libro, lo cual lo hubiese hecho lucir francamente ridículo, de no ser porque había recuperado la compostura casi instantáneamente, negándose a que ella supiese lo afectado que estaba.

Hermione lucía bellísima. Hermosa. Era una mujer en todos los sentidos de la palabra. Lucía delicada, femenina, refinada y sensual, todo al mismo tiempo, abrumando sus sentidos.

Draco podía sentir el delicioso aroma a vainilla y algo floral proveniente de ella, observó su cabello castaño, brillante y de apariencia suave moverse y tocar con las puntas sus hombros desnudos en la más seductora de las maneras, pudo ver su reluciente piel pálida en contraste al profundo azul de su sedoso vestido que se amoldaba a la perfección a cada curva de su cuerpo. El sutil escote que dejaba ver lo justo de sus pechos redondeados, su abdomen plano acariciado con cada movimiento por la sedosa tela azul, la manera en que el borde inferior del vestido cubría levemente los zapatos oscuros, que cubrían sus pálidos pies…

Joder, estaba preciosa, no podía dejar de verla.

Debía parecer un idiota, porque la bruja lo observaba extrañada, por lo que Draco se reprendió y retomó una actitud indolente más normal en él, a pesar de que ante la descarga sensorial de olores y visiones, se hallaba por primera vez en semanas con una dolorosa erección que no tardó en ocultar con el libro que estaba leyendo.

Mierda. Pensó, mientras actuaba como si los contenidos del libro que había posado en su regazo fuesen lo más interesante de la sala, y no la diosa que había aparecido por la puerta.

Hermione continuó observando al rubio por unos segundos, quien después de haberla mirado de arriba abajo con descaro y sin emitir opinión, había regresado sin problemas a la lectura de su libro.

De seguro me veo ridícula, pensó.

Hermione sintió toda la autoconfianza que había construido a partir de fragancias agradables y ropas bonitas desmoronarse en cuestión de segundos, y observando a Draco con una expresión cuya vulnerabilidad le era imposible contener, le habló por segunda vez ese día.

—¿Hay algo mal con mi vestido? ¿Me veo muy mal?—preguntó con voz ronca por el desuso, además de por el bajo volumen que había utilizado.

Draco levantó la mirada y abrió mucho los ojos, viéndola fijamente al tiempo que se preguntaba si Hermione no se había visto en un espejo en todo el tiempo que había estado allí encerrada. Sin embargo, en lugar de la retahíla de halagos que pasaron por su mente como primera reacción a esa absurda pregunta de parte de la castaña, respondió con otra pregunta.

—¿Por qué dices eso? —fue lo que salió de su boca, y Hermione bajó la mirada, sintiéndose cada vez peor.

—Me has observado como si fuese un adefesio…—murmuró ella, aunque Draco pudo escucharla claramente. —Sé que no estoy hecha para usar este tipo de cosas, que no estoy acostumbrada a ir a fiestas, pero…

—Basta—la cortó él, y Hermione le miró sorprendida. El rubio guardó silencio por un par de segundos, antes de hablar de nuevo—Estás hermosa. Siempre lo estás, pero hoy luces… sublime. —Hermione no pudo evitar que un rubor incandescente subiera hasta sus mejillas.

—Gr…Gracias—murmuró, bajando la cabeza y sintiéndose como una flor que se abre ante el sol por primera vez. Las palabras de Draco habían hecho que su corazón amenazara con salirse de su pecho, sentía toda la sangre de su cuerpo ser bombeada hacia sus mejillas.

Draco, por su parte, experimentaba algo similar. Veía a la "princesa" que había visto en cuarto año nuevamente, y se sintió terriblemente enternecido –y excitado de una extraña manera, aunque sospechaba que cualquier cosa acerca de ella le excitaría en ese momento- al ver el fuerte rubor que trepaba por su piel, desde sus pechos semidescubiertos hasta sus mejillas y a la punta sus orejas. El saber que sus palabras habían afectado tanto a la bruja le hacía sentir enormemente complacido, y sintió una extraña esperanza surgir en su pecho.

Hermione trató de recuperar la compostura antes de arder en llamas espontáneamente, lo cual sospechaba sería el próximo paso si dejaba que su sangre hirviente siguiese expandiéndose, cuando recordó algo que la hizo volver en sí tan rápido como un balde de agua fría.

—Oye, Draco…—el rubio levantó nuevamente la mirada de su libro, haciéndose el desentendido—yo… necesito hablarte desde hace un par de días… quería que habláramos de varias cos…

El sonido de varios golpes a la puerta interrumpió a Hermione.

Ron había llegado.

oOo0oOo

Ron había esperado algunas cosas cuando se había aparecido frente a la puerta del departamento de Hermione.

Se esperaba el absurdo nerviosismo que lo embargó, pues se hallaba nuevamente en una situación donde sería la pareja de Hermione. Tres años habían pasado desde su ruptura, y aunque lo habían intentado, las cosas no habían vuelto a ser lo mismo. Había intentado enmendar las cosas en montones de ocasiones los primeros meses, pero sus trabajos siempre terminaban interponiéndose, ya no tenían la misma interacción de antes, y se sentía terriblemente frustrado. Por eso, esta era su oportunidad de arreglar las cosas. Se arregló con nerviosismo la corbata rojo vino de su túnica de gala negra y llamó a la puerta del apartamento de Hermione.

Se esperaba que, al abrir la puerta, encontraría a Hermione luciendo simplemente hermosa. Siempre había sido una niña bonita, aunque en su indiferencia infantil no lo hubiese notado hasta muy tarde en la adolescencia… además, quizá Hermione no hubiese sido la chica más… arreglada en aquellos tiempos. Definitivamente después de su baile de navidad de cuarto año, la apariencia y actitud de Hermione había dado un drástico giro, si bien él no se había dado cuenta hasta más tarde. Desde ese entonces, la sencilla y natural belleza de Hermione no dejaba de deslumbrarlo nunca, y esta vez, al recibirlo en su hogar con ese hermoso vestido azul medianoche, no era la excepción.

—Hola, Ron—dijo ella, con un tono algo afectado. Lucía preciosa, sus ojos brillaban de manera extraña, y sus mejillas lucían coloradas, por lo que el pelirrojo recordó que Hermione solía sentirse algo incómoda en estas situaciones sociales que requerían de arreglos personales excesivos.

—Estás preciosa, Hermione—comentó él sin dejar de mirarla, lo cual hizo que la bruja se sonrojase aún más de ser posible.

—Gracias, Ron—murmuró tímidamente con una pequeña sonrisa—Pasa, por favor. Tomaré mi varita y mi bolso y podemos irnos—comentó la castaña apartándose del umbral y dejándolo pasar a la sala, dirigiéndose a su habitación a tomar sus pertenencias mientras Ron se dirigía directamente al sofá que ahora no existía.

Porque lo que definitivamente no esperaba en lo absoluto era la presencia de Draco Malfoy en esa casa, acomodándose en una cama que sustituía el sofá que solía estar en la sala de Hermione.

—¿QUÉ HACE ÉSTE AQUÍ? —fue lo que salió de la boca del pelirrojo instantáneamente al reconocer a la figura pálida y rubia que se disponía a encender el televisor, fingiendo indiferencia.

Draco, sin embargo, estaba que ardía de rabia.

Había escuchado al idiota de Weasley halagar a Hermione antes de entrar, y aunque sabía cierto su cumplido, no podía evitar percibir que el tono que la comadreja había usado para dirigirse a ella era dolorosamente similar al que él mismo había utilizado minutos antes.

Un tono que nadie con sentimientos exclusivamente amistosos utilizaría.

El muy maldito estaba en plan seductor, no había duda, y Hermione iba directo a sus redes.

Hermione, ante el súbito grito de Ron, se dirigió corriendo a la sala, casi tropezando con sus altos tacones oscuros. La castaña había palidecido de súbito, recordando que Ron no estaba enterado de su actual "compañero de casa", pues Harry había prometido no comentarle nada.

—Ron…—balbuceó ella, acercándose al menor de los varones Weasley y tomándolo del brazo para calmarlo. Estaba muy enrojecido, casi del color de su corbata, sus orejas parecían dolorosamente calientes, si se hubiese atrevido a tocarlas, y sus cejas formaban una pronunciada arruga por el fuerte fruncimiento.

—Déjalo, Granger, tal parece que no ha madurado ni un poco—comentó Draco con indolencia, sin siquiera mirar la escena y pasando los canales con el control remoto.

—¿Qué significa esto, Hermione? ¿Qué hace este… este… criminal en tu casa? —espetó Ron con rabia, conteniéndose a duras penas para lanzarse sobre Draco y dejar salir toda su agresividad.

—Ronald, déjame explicarte… Está aquí por petición del Ministro, él necesita…

—¡Los mortífagos no tienen derecho a necesitar nada, Hermione! Es un maldito delincuente… ¿por qué crees que le pasó lo que le pasó? —Hermione palideció nuevamente, recordando lo que había estado por decirle a Draco… los crímenes que se le había visto cometer—¿Cómo es que no estaba enterado de esto, Hermione? Has estado con un ex Mortífago en tu casa todo este tiempo, sin protección… ¿Acaso estás loca?

Draco observaba la escena conteniendo apenas su rabia por la falta de reacción de Hermione hasta ese momento. Miraba al pelirrojo enrojecer progresivamente, veía las venas brotadas en el cuello de la comadreja, y se lo imaginaba súbitamente caer al piso echando espuma por la boca de la rabia.

Casi sonrió por un momento ante la idea… se sentía bien saber que aún tenía tal efecto sobre algunas personas. Weasley sobre todo.

—Ronald—murmuró Hermione, aunque su expresión había mutado a una de molestia de un momento a otro—Basta. No te dije nada porque sabía que reaccionarías de esta manera. Malfoy está aquí porque es mi trabajo cuidarle y protegerle. —Ron abrió la boca para protestar ante eso último, antes de que Hermione levantase la mano, pidiéndole silencio con una mirada severa. —Además, soy una bruja perfectamente capacitada para defenderme, ¿o acaso lo dudas? El Ministerio monitorea la seguridad de mi casa, y la conducta de Draco Malfoy ha sido intachable en su estadía aquí, así que te agradecería, Ron, que te calmaras y no arruinaras nuestra noche desde tan temprano. Hoy es un día para celebrar que Harry ha logrado uno de sus sueños, así que no quiero que nada lo arruine, ¿está claro?

Draco observó en silencio y aguantando una sonrisa la manera en que Hermione reprendía a su némesis de la escuela. Le recordó vagamente a aquella vez en el Gran Comedor cuando el pelirrojo había recibido un vociferador de su madre respecto a un auto, por allá en segundo año. La expresión de la Comadreja en ese instante y la de hacía años eran exactamente la misma.

—Ahora… ya tengo mi bolso. Vámonos de una vez…—suspiró Hermione, gesticulando hacia la puerta con la cabeza. Ron la miró con culpabilidad y tomó su mano, llevándosela a los labios en un gesto que Hermione jamás le había visto hacer, besándola con suavidad sin separar sus ojos de los de ella.

—Lo siento, Hermione… sólo me preocupé por tu seguridad, es todo… me tomó desprevenido todo esto, y… sabes cómo me siento al respecto—murmuró él. Draco lo observó con ojos entornados, furioso. La comadreja estaba tratando por todos los medios de congraciarse con ella, era evidente que mentía. ¿Acaso Hermione no se daba cuenta?

Aparentemente no, pues la castaña sonrió indulgentemente, como una madre que perdona a su hijo una travesura, y asintió con lentitud.

—Por favor, sólo quiero relajarme un poco esta noche y disfrutar de la gran ocasión de Harry, y verlos a todos… sólo quiero paz, Ron—dijo ella en voz baja.

—Ya verás que nos divertiremos, Hermione. —dijo el pelirrojo, inclinándose con rapidez y soltándole un beso en la mejilla a la castaña, que la dejó petrificada en su sitio. Draco maldijo a Ron por lo bajo en todos los idiomas que conocía y en los que no también, y les dio la espalda, enfocándose de nuevo en la televisión, sintiéndose tremendamente miserable de súbito.

Hermione sintió los suaves labios de Ron en su mejilla, y por un momento la invadió una extraña sensación de calidez y familiaridad, que rápidamente fue remplazada por incomodidad, y… ¿culpa?

Observó de reojo a Draco, quien les daba la espalda en ese momento, y suspiró pesadamente, gesto que Ron tomó como una buena señal, como un suspiro de anhelo, cuando en realidad era lo contrario... Ron sintió que su plan iba sobre ruedas, quizá tuviese una oportunidad…

—Vámonos, no queremos llegar tarde para el discurso de Harry—dijo Ron, sin soltar la mano de Hermione, quien lo siguió tentativamente.

—Espera, debo revisar algo en la historia de Draco—el pelirrojo la miró interrogante y con el ceño fruncido ante el uso del nombre de pila del rubio, y con una mirada cargada de odio hacia el susodicho, se retiró a esperarla en el pasillo del edificio.

Hermione dio unos pasos hasta la cama del rubio, donde éste seguía inmerso en la televisión, aunque sus sentidos estaban puestos en la conversación de los dos ex Gryffindor.

—Lamento esto, Draco—murmuró ella, fingiendo revisar la hoja de signos vitales del rubio, en un tono fuera del umbral auditivo de Ron—Hablaremos cuando vuelva… tengo que decirte varias cosas—dijo ella con pesar.

Draco la miró de reojo, asintiendo, y la vio marcharse y cerrar la puerta tras de sí.

El tono de Hermione al decir esa última frase se lo había dicho todo… no tenía ni una mísera oportunidad con ella… nunca lo aceptaría. Al fin daría el golpe de gracia, y el pensamiento le atenazó de angustia el corazón.

No quería sufrir más, no quería sentir el rechazo…

Tenía que salir de allí. Tenía que marcharse.

Se entregaría al Ministerio, era la única forma. Pediría que lo buscasen esa misma noche, confesaría sus crímenes y los aurores estarían allí apresándolo en menos de lo que cantaba un Augurey.

No quería ver a Hermione Granger más. No quería que la única persona que había amado le dijese que lo suyo era un imposible porque él era un despreciable criminal que no valía su tiempo.

Se levantó de la cama con prisa, dejando de lado su ahora inútil bastón, tomó del librero de la castaña una caja con pergaminos, y prosiguió a escribir una carta.

Una carta con sus crímenes puestos a tinta, para el Ministerio.

oOo0oOo

En un par de minutos, Ron y Hermione hicieron su aparición en el Ministerio de Magia y se dirigieron por uno de los múltiples ascensores hacia el salón de fiestas de la institución. Pretendían ir a La Madriguera y encontrarse con los demás allí, pero los hermanos Weasley llegarían algo más tarde desde sus respectivos hogares, así que habían ido ellos solos.

Cuando llegaron, Hermione pudo apreciar a una enorme multitud de personas estrafalariamente vestidas. Hacía muchos años que no se hallaba entre tantos magos a la vez. Su trabajo en San Mungo la mantenía en contacto con un número muy limitado de personas.

Las personas, al ver al par de héroes de guerra y mejores amigos del festejado, se acercaron por multitudes a saludarles. Hermione, desacostumbrada a tanta atención, lucía sumamente azorada, Ron, sin embargo, parecía muy cómodo con los halagos y atenciones que le prodigaban.

Ella, por su parte, sólo deseaba encontrar a alguien conocido y alejarse de tales atenciones. Tras tanto tiempo de aislamiento social se sentía algo sobrecogida ante tantas miradas puestas sobre ella. Estaba acostumbrada a pasar desapercibida, y la verdad deseaba que las cosas se mantuviesen así.

Ron al parecer, tras algunos minutos, sintió que su autoestima estaba lo suficientemente bien alimentada, pues se excusó simpáticamente con quienes había estado hablando y tomando la mano de la castaña se abrió paso entre la gente para ubicarse junto a ella en una mesa donde Hermione pudo divisar sus nombres escritos en pequeñas tarjetas junto a varios platos.

—Sé que no te gustan estos alborotos, mejor sentémonos aquí—dijo el pelirrojo, retirando la silla y abriéndole espacio para que se sentase y Hermione sonrió agradecida por su gesto de amabilidad al buscar su comodidad. La castaña observó desde su asiento los otros nombres colocados alrededor de la mesa redonda y se sintió complacida al ver que estaba sentada junto a Ginny, que a su vez se encontraba junto a Harry, además de nombres muy conocidos escritos en fina caligrafía: Luna Lovegood, Neville Longbottom, George, Bill y Fleur Weasley. No cabía en sí de la emoción por ver a sus mejores amigos nuevamente.

—¿Tus padres no vendrán, Ron? —preguntó Hermione al ver que los señores Weasley no estaban sentados en esa misma mesa.

—No, desgraciadamente no pueden… no consiguieron trasladores para hoy, están acompañando a Charlie una temporada en Rumania y el Ministerio de Magia de allá no es demasiado indulgente cuando se trata de transportes mágicos de último minuto—comentó él encogiéndose de hombros.

—Ya veo… es una lástima—añadió ella con tristeza al pensar en que Molly y Arthur pasarían de ver a su hijo adoptivo y próximo yerno en el día del mayor logro de su vida… después de derrotar a Voldemort, claro—¿Ya han llegado los demás de esta mesa? —preguntó Hermione, ávida por ver más gente conocida.

—Harry debería estar aquí, es el festejado… además, su discurso es en pocos minutos—respondió Ron—de los demás no sé nada… mis hermanos no se alistaron en La Madriguera, evidentemente… así que no los he visto.

—Estoy muy contenta de poder verlos a todos, Ron… me han hecho mucha falta…—suspiró la bruja con sinceridad, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo genuinamente feliz, y reprendiéndose a sí misma por haber siquiera considerado algo terrible el asistir a esa reunión.

—Y nosotros nos alegramos de verte a ti… eres muy importante para nosotros, Hermione…—el pelirrojo la miró de repente con mucha intensidad, y se volteó en su silla, encarándola, haciendo que Hermione se sintiese ligeramente incómoda—eres muy importante en nuestras vidas… en MI vida, y quiero aprovechar de decirt..

—¡Hermione! ¡Ron! —interrumpió una voz, y los aludidos giraron sus rostros, uno algo molesto por la interrupción y la otra con sorpresa, y enfocaron sus miradas en una sonriente Luna Lovegood, que llegaba en ese momento del brazo de Neville. La pálida rubia lucía radiante, sin dejar de lado su característica excentricidad. Llevaba una túnica azul cielo hasta la rodilla, con pequeñas hadas bordadas en el reborde de la falda y zapatillas bajas plateadas. Lucía un chal de tela brillante y plateada, y una tiara incrustada de piezas metálicas que parecían pegadas al azar, muy probablemente hecha por ella misma. Lo que daba el toque más insano a su atuendo era su peinado, hecho al descuido con su varita insertada en el moño de hebras doradas en el tope de su cabeza. Neville sonreía con dulzura a su lado, llevando una túnica de gala color ocre a cuadros escoceses, probablemente escogida por su abuela. La rubia, al estar a una distancia adecuada, se lanzó sobre Hermione tomándola en un abrazo fuerte. —¡Me alegra tanto verte! debo decirte... Estás rodeada de Pinklewursts… infestada, diría yo… debo asegurarme de darte el repelente, suelen atacar al personal de salud en San Mungo…si te viese más a menudo hubiese solucionado el problema más rápido—los grandes y algo saltones ojos azules de Luna la miraron con reproche por su descuido al dejarse infestar por Pinklewursts, una de las imaginarias criaturas de las que sólo Luna y su padre habrían escuchado hablar alguna vez…—me asegurare de publicar un artículo en El Quisquilloso con remedios caseros para el problema. Los Pinklewursts son muy molestos y dañin…

—Luna, Luna…—la detuvo Hermione con una sonrisa—me aseguraré de visitarte en tu casa, podrás darme el repelente entonces—comentó con indulgencia, alejándose de la rubia y envolviendo en un abrazo esta vez a Neville, quien se sonrojó profundamente ante la demostración de afecto.

—H…Hermione, es un placer verte de nuevo—dijo el pecoso auror, sonriendo de manera atontada, feliz de ver a su amiga. La castaña recordó su último encuentro con él en San Mungo, donde casi le había descubierto ocultando información al Ministerio, y se sonrojó un poco. Neville, también recordando, preguntó en voz baja—¿Cómo está Malfoy? —la pregunta captó la atención de Ron, que había estado saludando a Luna a su lado, y Hermione respondió con el mayor disimulo posible, no dejando entrever que la mención del rubio la turbaba de una manera que no se sentía demasiado dispuesta a analizar.

—Está bien… recuperándose. Pronto lo llevaré al Ministerio. —contestó, lo más escuetamente posible, y Neville asintió complacido.

Ron parecía de muy mal humor por el tema que había surgido, y tomó a Neville del hombro, comentándole en voz baja sobre una misión que realizarían ambos próximamente, retirándose un poco de la mesa donde quedaron las dos mujeres.

Luna se sentó junto a Hermione en la silla correspondiente a Ron y preguntó a Hermione con su característica voz soñadora acerca de su vida, lo cual en general constituyó una charla corta sobre San Mungo. Luna escuchó atentamente, con sus azules ojos fijos en ella mientras relataba su día a día en San Mungo, sin entrar en muchos detalles. La rubia tomó repentinamente su mano, mirando por un segundo hacia donde Ron y Neville aún discutían sobre trabajo, y luego volvió a fijar sus orbes en ella. Hermione la miró extrañada, removiéndose por un momento en su asiento al ver que la muchacha se mantenía en un tenso silencio, viendo en ella algo que sólo Luna Lovegood podía ver, hasta que su suave voz por fin hizo acto de presencia.

—Estás cambiada—susurró ella, y a Hermione le costó un poco escucharla dado el murmullo de la multitud y la suave música de fondo, aunque tras un par de segundos comprendió la frase dicha.

—¿Cambiada? ¿A qué te refieres, Luna? —preguntó, mirándola nerviosamente. Luna siempre había sido muy perceptiva en lo que a sentimientos se refería, y Hermione podía imaginar que con todo lo que estaba sucediendo en su vida, debía ser una gran madeja de emociones, perfectos para que Luna Lovegood se divirtiera un buen rato analizándolas.

—Cambiada. Sólo cambiada. Hace casi un año que no te veo, y debo decir que en ese momento te noté… vacía. —dijo ella, con un leve dejo de inquietud.

—¿Vacía? —cuestionó la castaña, aún sin gustarle el rumbo de la conversación—Estoy igual que siempre, Luna… no tienes por qué preocuparte—Hermione sonrió y aferró la pálida mano de Luna, enderezándose en su silla dispuesta a terminar la conversación, pero la voz de la chica la detuvo.

—Oh no, no estoy preocupada en lo absoluto en este momento—comentó la rubia con una enigmática sonrisa—estoy feliz de que tengas de nuevo un motivo para vivir como antes… como se debe.

Hermione quiso responder a eso, quiso saber a qué se refería, pero la voz de Ron la detuvo.

—¡Hermione, Luna, el discurso de Harry va a empezar, acerquémonos al escenario! —dijo él, tomando a la castaña nuevamente de la mano, y Hermione miró a Luna nuevamente mientras se ponía de pie, y fue receptora una vez más de una dulce sonrisa, de aquéllas que te indican que quien las porta sabe algo que tú no.

oOo0oOo

Un podio había sido puesto en un pequeño escenario al final del salón de fiestas, junto a la mesa de comida. Muchos de los invitados se agruparon frente a la estructura, a la espera de la salida de Harry Potter, y Hermione estaba entre la multitud, casi al frente esperando a su querido amigo.

Lo vio emerger de detrás de las cortinas, con Ginny tras de él. Cuando se acercaron al podio, la bella pelirroja ataviada de una túnica verde esmeralda muy ajustada y con su lacio cabello suelto hasta los hombros le dio un suave beso en los labios, arreglando su corbata, asegurándose de que estuviese perfecto para su gran momento antes de dejarlo solo y retirarse hacia la multitud, donde pronto divisó a sus amigos y hermano, y corrió para abrazarles mientras Harry comenzaba.

—Buenas noches a todos—comenzó Harry apenadp, logrando que el salón quedase en silencio de inmediato. Lucía algo incómodo siendo el centro de atención, y Hermione se sintió identificada con él en ese sentido, aunque a diferencia de ella, Harry se había ganado a pulso dichas atenciones desde el momento en el que había sobrevivido a la maldición asesina cuando era un bebé—Agradezco a todos su presencia en esta importante noche en mi vida—Harry se sonrojó levemente—No soy muy bueno para los discursos, pero sólo quiero agradecer a todos aquellos que han confiado en mí durante estos años, y que me llevaron a ser quien soy… a lograr las cosas que he logrado—dirigió sus ojos verde a sus amigos, que se hallaban frente al escenario, a Ginny, que no podía contener sus lágrimas de emoción— Agradezco a personajes ejemplares en mi vida, que han moldeado mis acciones, mi manera de ver la vida… agradezco el gran honor de que el Cuartel de Aurores confíe en mí para nombrarme su jefe, y aún más como sucesor del gran Ministro Kingsley Shacklebolt—Harry dirigió su mirada al susodicho, que se hallaba de pie a un lado del escenario, sonriendo con orgullo. —Y por último, agradezco al maravilloso equipo de aurores de nuestro Ministerio de Magia, que trabajan incansablemente por asegurarnos que la justicia se cumpla… Muchas gracias por estar a mi lado, no los decepcionaré ¡Espero disfruten esta noche tanto como yo planeo hacerlo! —el público rio, y Harry hizo una reverencia para retirarse, dando inicio a un ensordecedor aplauso.

Hermione aplaudía con fuerza, sintiendo sus mejillas adoloridas por la enorme sonrisa que le dedicaba a su mejor amigo, quien bajó del escenario y fue acercándose a ellos, siendo detenido un par de veces por algunos invitados que deseaban saludarle y felicitarle.

Al acercarse, Ginny abrazó a su novio con ansiedad, plantándole un beso en la boca que hizo sonrojarse a más de uno, incluido el niño que vivió.

El grupo de amigos rio ante el entusiasmo de la pareja, y Ron se abstuvo de enviarlos a "buscarse una habitación" ya que recordó con incomodidad que uno de los miembros de la parejita era su hermanita pequeña.

Pronto cada uno de los miembros del grupo abrazó y felicitó a Harry, llegando éste por último a Hermione. La castaña le abrazó con entusiasmo, felicitándole nuevamente por un logro de tal calibre.

—Espero poder hacer bien mi trabajo, sólo quiero que las cosas funcionen bien. Es necesario—comentó el pelinegro a su amiga, quien al escuchar esa frase no pudo más que recordar a Draco, Emily Dorkins y el hecho de que debería haber informado a Harry antes sobre el asunto.

—Descuida, Harry… estoy segura de que harás un trabajo maravilloso. Este trabajo está hecho para ti—le contestó ella, y el pelinegro sonrió, sonrojándose levemente ante el halago. La castaña le devolvió la sonrisa, aunque ésta se atenuó al pensar en lo que debía decirle. —Harry, sé que hoy es tu noche, pero debo hablarte sobre algo relacionado con trabajo… es urgente—murmuró ella, y a Harry le costó algo de trabajo entenderla, aunque al hacerlo su mirada se tornó seria de súbito.

—¿Es sobre Malfoy? ¿Ha sucedido algo malo? —preguntó él, y Hermione pudo notar que cambiaba a "modalidad trabajo" en cuestión de segundos.

—No precisamente, es sólo que…—la castaña se vio interrumpida por la voz de Ronald, quien se había acercado a la comida y desde la mesa de bocadillos les instaba a aproximarse a probar los manjares del buffet.

—¡Oigan, muchachos! ¡Estos pasteles de manzana están increíbles, tienen que probarlos! —vociferó el pelirrojo, entrando en una faceta de su personalidad que jamás maduraría: el glotón sin remedio. Ambos ex Gryffindors miraron a su amigo recordando con nostalgia actitudes similares en el Gran Comedor de Hogwarts, sonriendo levemente y asegurándole que irían pronto, antes de retomar una actitud más seria, así como el tema de conversación que tenían antes de la interrupción.

—Entonces, ¿ha sucedido algo con Malfoy? ¿debo planificar una movilización? —inquirió el auror, y Hermione negó rápidamente con la cabeza.

—No, en lo absoluto… de hecho, tengo información sobre el caso Malfoy que podría ayudar a la investigación—dijo ella. Los ojos de Harry mostraron su impresión por un par de segundos, antes de preguntarle,

—¿Qué tipo de información?

—Recibí en San Mungo a quien podría ser la única testigo ocular de lo sucedido… es nieta de uno de mis pacientes—Hermione describió a la chica y relató lo que Emily le había contado sin entrar en demasiados detalles, y Harry escuchó con atención, de vez en cuando saludando con desinterés apenas disimulado a algunos invitados.

—Recuerdo el caso del señor Dorkins... ¿Y dices que está desaparecida desde el día en que habló contigo? —preguntó Harry, tomando nota mental de todo lo dicho por Hermione.

—Sí, está muy asustada. Cree que la matarán si habla con las autoridades.

—¿Quiénes la matarán? —inquirió con claro interés Harry, y Hermione se encogió de hombros.

—He ahí la cuestión… hay terceros involucrados, no pertenecientes a la familia Malfoy, y no sabemos quiénes son. Sólo esa chica podría ayudar a encontrarlos—respondió ella. Harry asintió, y esgrimiendo su varita hizo aparecer un pergamino y pluma donde escribió un par de cosas, y que luego convirtió en un avioncito de papel que salió volando de la estancia.

—¿Qué fue eso?

—He enviado a una división de mis aurores a buscar a la tal Emily Dorkins. Espero que pronto puedan encontrarla… la necesitaremos para el juicio de Malfoy, que me imagino será pronto… lo vi bastante mejor cuando estuve en tu casa—Hermione bajó un poco la mirada y asintió, dándose cuenta de que la sentencia de Draco estaba más cerca de lo que pensaba dados los sucesos recientes—Quizá el hecho de que haya testigos oculares a quienes podamos extraer algún recuerdo nos ayude a que el juicio sea justo, aunque dado su antecedente familiar, el Wizengamot podría ensañarse—comentó él. Hermione pareció perturbada ante la idea, pero se recuperó rápidamente y abrazó a Harry.

—Gracias, Harry, sabía que tú lo verías de esa forma… espero que las cosas sean tan justas como sea posible—dijo ella, quizá demasiado entusiasmada, demasiado anhelante, algo que hizo que Harry mirase a su amiga de una forma extraña, quizá algo suspicaz, algo que logró que la castaña tratase de cerrar el tema—entonces… ¿qué tal si probamos esos pasteles de manzana?

Harry observó a Hermione, y ella se removió ante su serio escrutinio, antes de que el pelinegro cerrase sus ojos verdes y suspirase, sonriendo y asintiendo antes de dirigirse a la mesa de bocadillos, dejando a Hermione confundida por ese extraño momento segundos antes donde por segunda vez esa noche sintió que los demás sabían algo que ella ignoraba.

oOo0oOo

El grupo de amigos trató de no separarse durante la mayoría de las horas de la fiesta. Se mantuvieron en su mesa sentados conversando de a ratos, riendo y poniéndose al día en los últimos sucesos, especialmente al ver llegar a los hermanos George y Bill Weasley, y a la esposa de este último, Fleur. Pudo enterarse de muchas cosas que se había perdido en la vida de estos últimos, como el hecho de que George estaba comprometido con Angelina Johnson, la jugadora de Quidditch del equipo de Gryffindor con quien había compartido una duradera amistad en el colegio, así como de que Fleur y Bill habían tenido a su primera hija un par de meses atrás, la pequeña Victoire Weasley que ahora se hallaba bajo el cuidado de su abuela materna por esa noche, dándole a la pareja una noche libre de angustias. Fleur había parecido sumamente halagada por un comentario de Hermione de que jamás hubiese adivinado que la francesa hubiese dado a luz, dada su típica delgadez.

Luego Hermione fue bombardeada de preguntas, desde temas como su trabajo en el hospital, su gato Crookshanks y las indiscretas preguntas sobre su vida sentimental hechas por Fleur y a veces Ginny. La castaña, apartando el hecho de que no tenía demasiado qué contar en varios de esos temas, se sentía extasiada al estar en tan agradable compañía.

Pudo observar en su delicado reloj de pulsera que se acercaba la medianoche, y se impresionó al ver lo rápido que las horas habían pasado, como cada vez que se divertía con sus seres queridos.

Ron, que se sentaba junto a ella en ese momento observando a los demás en la mesa charlar, la vio echar un vistazo al reloj por el rabillo del ojo, y sonrió un poco.

—¿Acaso está muy aburrida la conversación? —le susurró en tono de broma. Ella se sobresaltó por un momento antes de notar que el pelirrojo sólo quería fastidiarla.

—Al contrario, pensaba que el tiempo pasa muy rápido cuando uno se divierte—respondió ella con una sonrisa. Ron la observó por unos instantes antes de tomar una silenciosa decisión, poniéndose de pie y ofreciéndole su mano a la castaña, que lo miró interrogante.

—¿Me concedes esta pieza, Hermione? Después de todo, esto es un baile, y no hemos hecho más que hablar en toda la noche—susurró él, y Hermione simplemente no pudo negarse. Le gustaba bailar, aunque muchos lo creyesen fuera de su personalidad. Disfrutaba dejándose llevar un poco aunque fuese por unos minutos en ese tipo de circunstancias.

Hermione tomó la mano de Ron y caminó tras él aprovechando que los demás de la mesa estaban inmersos en sus propios asuntos, dirigiéndose a la pista de baile. Sin embargo no era ése el destino del pelirrojo, quien súbitamente cambió de rumbo hacia una de las puertas laterales del salón de fiesta, que colindaba con uno de los pasillos circundantes al área. La castaña lo miró interrogante, y Ron se sonrojó levemente antes de explicarse.

—No soy muy bueno bailando, como sabrás—Hermione sonrió con indulgencia y asintió—Por eso es mejor que bailemos acá… no quiero que nadie me vea hacer el ridículo—comentó él con una risita tonta, tomando a Hermione delicadamente por la cintura, asegurando su otra mano con la de ella. Hermione rio suavemente y negó con la cabeza.

—Ronald, no harás el ridículo en lo absoluto, no debes preocuparte, sólo debemos disfrutar de la música—comentó ella mientras se movía con suavidad al compás de la música. El pasillo donde se encontraban estaba sutilmente iluminado por varios candelabros llenos de velas, Hermione podía ver algunos retratos de antiguos Ministros colgados en las paredes como únicos espectadores curiosos ante su baile. Ron se movía con suavidad, aunque perdía algunas veces el ritmo de la música, por lo que Hermione debía redirigir sus pasos para evitar ser pisada por el pelirrojo.

—Me alegra mucho que vinieras esta noche, Hermione—murmuró él suavemente, con una leve sonrisa en sus labios. La castaña lo miró a los ojos, sin detener sus pasos.

—A mí también me alegra haber podido venir… los extrañaba mucho… a todos—dijo con sinceridad. Ron apretó levemente su agarre en la cintura de ella, y soltó un suspiro nervioso.

—Pensé que con tu trabajo y esas cosas no podrías venir, que no querrías, y de verdad quería enmendar mi conducta de la última vez que nos vimos

—Sabes que eso está disculpado, Ron… sólo no me gusta verte tan alterado y ofensivo… no todo es blanco y negro, no como antes creíamos—aclaró ella. Ron frunció el ceño por un par de segundos antes de relajar su expresión nuevamente y dirigir sus orbes azules a los ambarinos de ella.

—He extrañado mucho tu forma de hablar, Hermione, he extrañado tu forma de ser, de cuidarnos… me entristece mucho saberte distante de nuestras vidas.

—Lamento que parezca que no quiero estar con ustedes, Ronald… pero quizá necesitaba ese tiempo para reflexionar… las cosas cambiaron después de la guerra y debía adaptarme, necesitaba ese tiempo para mí—respondió ella.

—No quisiera que volvieses a alejarte de nosotros así… eres muy importante para todos… para mí. —hizo énfasis en esa última palabra, y Hermione sonrió.

—Gracias, Ronald… tú también eres muy importante para mí. Todos ustedes lo son, y prometo no desplazarlos nuevamente.

—Tú me haces bien, Hermione… fui tan feliz mientras estuviste a mi lado… —Hermione notó un cambio repentino en el tono de la conversación, y sintió su espalda tensarse ligeramente de forma involuntaria—Los años que estuviste conmigo fueron los mejores de mi vida, y lamento que las cosas no funcionaran…

Sacar ese tema después de tantos años era algo extraño, aunque Hermione optó por pensar que quizá ella y Ron nunca habían cerrado ese capítulo de sus vidas, nunca habían hablado a fondo de sus motivos, quizá esta noche juntos lo llenaba de nostalgia, quizás…

—…Por eso creo que nos merecemos otra oportunidad.

Espera… ¿qué?

—R… Ron… ¿de qué estás...?

—Te quiero de vuelta, Hermione, te necesito, y quise darte tu espacio, pero sé que ninguno de los dos sentirá algo como lo que sentimos durante ese tiempo juntos, sé que jamás encontraré a alguien tan perfecto para mí como lo eres tú, y… te quiero conmigo, quiero que lo intentemos de nuevo, quiero…—Hermione permanecía viendo a Ron fijamente con los ojos muy abiertos, sin saber bien qué hacer. Ron, por su parte, tomó ese silencio como una oportunidad, como una silenciosa invitación a seguir, y sin más acercó su rostro al de Hermione, rozando levemente sus labios con los de ella.

Hermione sintió a Ron besarla, sin comprender aún cómo las cosas habían dado ese giro tan repentino. Sintió los labios suaves de Ron amoldarse a los de ella, una sensación táctil agradable, conocida…

Y nada más.

Su mente le recordaba dolorosamente la intensidad de lo que había sentido días atrás al besar a Draco Malfoy. Un conjunto de sensaciones que hacían palidecer completamente a lo que Ron le estaba prodigando.

Ron le proponía volver con él, y quizá la Hermione de unos meses atrás, aquélla resignada a su monótona vida habría aceptado eso como la única opción viable, pero otro camino se había abierto recientemente ante sus ojos, y ahora se mostraba en grandes y escandalosas letras brillantes en su subconsciente, llamando su atención.

Draco Malfoy.

Draco sentía por ella, y ella por él… de eso ahora no había duda, por más que intentase negárselo a sí misma, pero… ¿estaba dispuesta a perder lo más intenso que alguna vez había experimentado sólo por estar fuera de sus parámetros de vida? Quizá Ron fuese lo más cómodo, lo más adecuado, pero no sentía nada estando con él, y ese beso lo demostraba.

Hermione empujó a Ron por los hombros, tomando una decisión en cuestión de segundos…

Quizá Draco fuese culpable, quizá no pudiesen estar juntos, quizá las cosas fuesen un imposible entre ambos, pero no podía dejar que ese sentimiento que ahora saltaba danzando ante sus ojos se perdiese sin que siquiera su receptor lo supiera… Lo quería… quería a Draco Malfoy por quien era, por su manera de pensar, y decidió convenientemente por una vez dejar de lado sus acciones, en contra de sus principios. Le quería, y debía decírselo. Debía luchar por él y por su justicia, debía asegurarle un juicio justo, y había dado el primer paso hablando esa noche con Harry. Y esa conversación con su mejor amigo y Jefe de Aurores lo había llegado un paso más cerca a su juicio, a que fuese llevado de una vez y por todas a Azkaban… y ella debía tomar los últimos momentos que podría tener con él y sincerarse por una vez en su vida.

—Ron, esto no puede ser…—murmuró ella, y el pelirrojo la miró interrogante. Hermione suspiró, fijando sus ojos ambarinos en los azules de él, tomando sus manos entre las suyas—Tú y yo no funcionamos de esta manera… sólo somos amigos, te quiero como no tienes idea, pero llevar nuestra relación más allá de la amistad no funcionó en lo absoluto la primera vez… dudo que lo haga de nuevo.

—Pero Hermione, yo creí que…—la castaña acalló su comentario con sus dedos sobre sus labios, y negó con la cabeza.

—Lo siento, Ronald…tendrás que aceptar que las cosas deben seguir como están—el sonido de campanadas del reloj mágico del lobby del Ministerio anunció que la medianoche había llegado, y se sintió como Cenicienta por un par de segundos. Debía marcharse, debía hacer lo que su corazón estaba indicándole con tanta fuerza. —Debo irme… dile a todos que me disculpen, pero debo arreglar algunas cosas—dijo con prisas, antes de darle al pelirrojo un beso en la mejilla y alejarse corriendo del salón, dispuesta a aclarar las cosas con un cierto ex Slytherin de una vez y por todas, dejando a Ron Weasley boquiabierto y confundido, con una expresión más que alicaída en el rostro, además de a las decenas de retratos de antiguos Ministros, que habían contemplado la escena de rechazo hacia el pelirrojo, y ahora comentaban en susurros entre sí como si de una obra de teatro se tratase.

oOo0oOo

Hermione corrió por el Ministerio, tomando ascensores, saliendo de la institución y alejándose por un callejón donde entre las sombras se desapareció con una floritura de varita.

Un tirón en su ombligo después, se encontraba jadeante frente a la puerta de su departamento, inspirando profundamente y reuniendo valor para lo que tendría que decir… cómo tendría que sincerarse de una vez y por todas.

Tomó sus llaves de su pequeño bolso y abrió la puerta, encontrándose con un extraño silencio.

La sala estaba vacía, el televisor apagado y Crookshanks dormía en un rincón, en su pequeña cesta.

Hermione buscó a Draco por la estancia, por la cocina, sin hallar nada, y durante su pequeña inspección del lugar detectó un elemento que no había estado allí antes de su partida.

Un pergamino enrollado en el suelo, justo debajo de la ventana.

La castaña se aproximó al objeto, desenrollándolo con rapidez, y sintió su respiración hacerse entrecortada, dificultosa, a medida que avanzaba en su lectura.

Cuartel de Aurores,

Por la presente pido el derecho a realizar una confesión relativa a los hechos ocurridos en la Mansión Malfoy, donde he sido acusado de asesinato por imperdonable hacia Astoria Greengrass. Requiero la presencia de aurores en la residencia de la Sanadora Hermione Granger, donde me hallo recluido, a fin de ser trasladado al Ministerio para mi interrogación y confesión oficial, de ser posible a la brevedad.

Agradezco pronta respuesta,

Sin más que agregar,

Draco L. Malfoy

Hermione dejó escapar un sollozo ahogado al terminar de leer, observando nuevamente la sala vacía, indicando que efectivamente Draco no estaba allí.

Los aurores se lo habían llevado… ¿Acaso había llegado tarde?

La castaña sintió lágrimas agolparse en sus ojos y pudo percibirse a sí misma caer al suelo de rodillas. Sus miembros inferiores perdían poco a poco la fuerza, sintiendo el peso de la desesperanza abalanzarse sobre ella. La carta resbaló de entre sus dedos, y Hermione apoyó su cabeza en el suelo, envolviéndola con sus brazos y llorando con renovadas fuerzas, con frustración, con decepción…

Draco se había entregado… Y ella ni siquiera había tenido el valor de decirle nada. Sobre sus sentimientos, ni siquiera sobre Emily Dorkins…

Había sido una cobarde y ahora su tiempo se había acabado… no tendría otra oportunidad… Draco estaría preso, sería competencia de la justicia desde ese momento, y ella no tendría ningún derecho sobre él… no habría nada que hacer.

—Granger, ¿qué se supone que haces en el suelo? —la voz que retumbó en el silencio del apartamento hizo que Hermione levantase la cabeza del suelo, dirigiendo su mirada a la alta figura que se perfilaba en el umbral de su habitación.

Era Draco.

Hermione lo miraba con ojos ampliamente abiertos, llenos de lágrimas, sus mejillas estaban arreboladas, su nariz enrojecida, y su cabello alborotado. Draco la observaba interrogante, con una pijama limpia y pasándose una toalla por el cabello húmedo con una mano mientras con la otra se apoyaba en su bastón para aproximarse a ella.

Había estado duchándose. En su habitación… por eso no lo había visto al entrar.

—¿Estás llorando? —preguntó él, con un leve dejo de preocupación que trató a duras penas de ocultar. La castaña le miraba con incredulidad, como si no cupiese en su cabeza el hecho de que Draco seguía allí, frente a ella.

No se había ido… Draco seguía con ella. No se lo habían llevado.

El rubio estaba de pie frente a ella, mirándola con clara incomodidad, y Hermione se puso lentamente de pie frente a él, quedando un poco más alineada con el rostro de Draco dado el hecho de que aún llevaba puestos sus tacones. Él la observó expectante por unos segundos antes de hablar.

—¿Acaso Weasley sigue siendo tan mala compañía que te ha traído en este estado? Me lo imaginaba, pero no pensé que fuese tan grave—comentó en tono burlón, pero ella no dijo nada. Sólo lo miró fijamente con sus ojos acuosos.

Y luego, se abalanzó sobre él, tomando entre sus manos el pálido rostro de él y uniendo los labios de Draco con los suyos.

Los ojos grises de Draco se abrieron con sorpresa ante la repentina muestra de afecto de la castaña, antes de relajarse y responder con furia al desesperado beso que Hermione estaba prodigándole.

Se besaron hasta que a ambos les faltó el aire y tuvieron que separarse, jadeantes, mirándose fijamente, él tomándola suavemente por la cintura, y ella apoyando sus manos en los hombros masculinos.

—No es que me queje ni nada, pero… ¿A qué se ha debido eso? —murmuró Draco, aún tratando de recuperar el aliento.

—Pensé… pensé que te habías ido—respondió ella con simpleza. El rubio sonrió de lado con sarcasmo.

—Es evidente que no me he ido a ningún lado… ¿por qué has pensado eso?

Hermione simplemente le señaló el pergamino que se hallaba en el suelo, donde pedía al Ministerio que le apresasen y llevasen a confesar, y Draco lució levemente culpable por un segundo antes de encogerse de hombros.

—Tuve un impulso—respondió simplemente.

—¿Y vienen por ti ahora? ¿Por qué lo has hecho? —preguntó ella, llenándose nuevamente de angustia ante la posibilidad de que los aurores viniesen en camino. Draco notó el pánico que la invadía, y una enorme confusión lo invadió.

—¿Acaso importa? —le preguntó él con el ceño fruncido, y por qué no, con una pequeña esperanza en su pecho de que ella sintiese algo por él. Hermione alzó una ceja y sonrió con sarcasmo de una forma muy parecida a la que él utilizaba muchas veces.

—Creo que el evidente histerismo ante el prospecto de que te hubieses ido quiere decir que sí… me importa, Draco—la última parte de la oración salió como un susurro de entre sus labios, y la expresión de ambos se tornó más seria.

Draco la observó, escrutando su rostro en busca de alguna señal de que estuviese mintiéndole, encontrando sólo honestidad en sus brillantes ojos ámbar. La mirada metálica del rubio se clavó en la suya, suspirando.

—Intenté enviar la carta… traté de convocar lechuzas con magia no verbal, pero el apartamento bloquea todo tipo de magia por mi parte, aunque no involucre una varita. Traté de abrir las ventanas y usar alguna de las lechuzas que se posaban afuera de vez en cuando, pero nada, el Ministerio bloqueó toda salida para mí… incluso traté de enviar la carta con Crookshanks, pero no fue demasiado colaborador—farfulló, mientras le mostraba su mano derecha, que ahora portaba algunos arañazos enrojecidos, prueba de que el gato se había enfadado al sentirse utilizado. Hermione rio por lo bajo, y Draco sonrió un poco—no hace falta decir que me frustré, decidí mandar todo a la mierda y seguir esperando.

Hermione de pronto lució algo herida.

—¿Tan desesperado estabas por salir de aquí que estabas dispuesto a entregarte a la justicia por tu cuenta? —murmuró ella. Draco desvió la mirada con culpabilidad y luego enfocó sus grises ojos en los de ella nuevamente.

—Siempre dije que afrontaría las consecuencias de mis actos… pero sí, la verdad estaba desesperado esta noche—respondió él. —No quería estar aquí cuando volvieras para decirme que tú no…—su voz se cortó y él volvió a bajar la mirada, avergonzado por mostrarse vulnerable ante ella una vez más.

Hermione comprendió de súbito lo que quería decirle, y fue lo que necesitaba para tomar la iniciativa que hacía días debería haber tomado. Su indecisión y cobardía habían estado a punto de costarle el hombre que se había hecho un lugar en su corazón de una manera increíblemente inesperada… aquél que había ocupado su mente desde su llegada a San Mungo.

Casi le había costado el hombre al que tanto quería, ahora se daba cuenta de ello. Esa visceral reacción ante la ausencia de Draco en su vida, ante la posibilidad de no verlo una vez más ni decirle lo que sentía, era más que suficiente prueba de que sentía cosas fuertes por él, y si esa noche podía ser la última que tendrían juntos, pues la aprovecharía.

Hermione apretó su agarre sobre la suave tela del pijama de Draco, sintiendo los firmes hombros del rubio bajo sus dedos.

—Pensé que te había perdido, Draco—susurró, y él la miró expectante, sintiendo una esperanza crecer más y más en su interior—no quería que te fueras sin que supieras lo mucho que significas para mí… no quería que te fueras sin que supieras… —Hermione murmuraba las palabras contra los labios de Draco, cerrando poco a poco sus ojos al igual que él, sintiendo el suave golpe del aliento de él contra sus rosados labios, hinchados e hipersensibles por el beso que habían compartido poco antes.

—¿Significa esto que...? — Draco la miraba, pidiéndole respuestas, y la castaña sólo le devolvió una fija mirada afirmativa. Sus labios poco a poco anularon la distancia y volvieron a encontrarse, y esta vez el contacto significó para ambos una señal de partida, el inicio de una frenética búsqueda del uno por el otro. Draco se sintió ser empujado hacia un lado de la sala, sin saber exactamente a dónde se dirigía y dejando caer su bastón olvidado en el camino. Caminó con Hermione enredada en su cuello, pasando sus propias manos por la cintura y la espalda de la ex Gryffindor, que continuaba besándolo apasionadamente sin detenerse un segundo. Logró recostarla contra una pared, donde la acorraló y continuó besándola. Hermione jadeaba en los breves momentos en los que los labios del rubio se separaban de los de ella, y él aprovechaba esos segundos para profundizar su beso, para acariciar la lengua de ella con la suya.

Draco tanteó con las manos, sintiendo la sedosa tela de la túnica de gala de Hermione rodeando las piernas femeninas, y empuñó una parte de la amplia falda, subiéndola con desesperación y amontonándola a la altura de sus caderas, exasperado por la cobertura que brindaban a esa suave piel que rogaba por ser vista por sus metálicos ojos. Hermione jadeó sonoramente al sentirle acariciar toda la longitud de sus muslos, y ahogó un grito de sorpresa al sentir a Draco levantarla, apoyándola contra la pared y llevándola a su nivel, haciendo que instintivamente ella rodease las caderas de él con sus piernas y sintiese ambos torsos adherirse el uno al otro. Hermione de repente sonrió contra los labios de Draco, soltando una pequeña risita. Él se separó extrañado, alzando una ceja, preguntándole en silencio qué era tan gracioso.

—Sabía que fingías. Sabía que estabas mintiendo—dijo ella, mirándolo con una risita contenida en los ojos, negando suavemente con la cabeza. Él la miró sin comprender.

—¿Mentir? —fue lo único que logró pronunciar, y ella asintió.

—Para esto no necesitas bastón, ¿no? —Draco sintió un rubor ridículo subir por sus mejillas, luciendo avergonzado al ser descubierto en su farsa—Descuida… hace tiempo que me he dado cuenta. Soy medimaga por una razón, pero decidí ignorarlo… la verdad…—la bruja volvió a rozar sus labios con los de él—…no quería que te fueras.

Draco cortó las distancias y volvió a besarla, sonriendo en su beso, separándola de la pared sobre la que se apoyaban y llevándola a cuestas, enrollada en sus caderas, hasta la habitación de la medimaga donde aun besándola la apoyo sobre el colchón y sobre las mullidas almohadas.

Draco acariciaba toda la longitud de las piernas de Hermione al tiempo que separaba sus labios de los de ella, trazando un camino de besos por la comisura de los labios de ella, su mentón, hasta llegar a su níveo cuello donde plantaba húmedos y lentos besos, aspirando a su vez el aroma de su piel.

—Hueles delicioso, Hermione… —susurró él en su oído antes de tomar el lóbulo de la oreja de la bruja entre sus dientes, mordiéndolo con suavidad. Hermione soltó el aire que tenía en los pulmones, sintiendo toda su sangre abandonar su cerebro y repartirse por su cuerpo, hipersensibilizando cada segmento de su piel y permitiéndole sentir magnificado cada contacto con la de Draco.

El rubio continuó besando su cuello, mordisqueando la suave piel de vez en cuando, y aprovechó el placentero arqueamiento de la espalda de Hermione para alcanzar la cremallera de su vestido, bajándola con torturadora lentitud.

La ex Gryffindor sintió las manos de Draco introducirse bajo la sedosa tela y acariciar su espalda desnuda, delineando el borde de su sostén oscuro. Sentía su piel arder bajo las yemas de sus dedos, necesitaba sentir su piel ella también, por lo que bajó sus manos de donde se habían enredado en los platinados cabellos y levantó un poco la camisa de algodón de su pijama, sintiendo por primera vez sin fines médicos la suave piel de su abdomen, delgado pero fibroso. Draco jadeó al sentir sus dedos provocarle cosquillas en el vientre, tensando sus músculos expectantes por más contacto. Hermione levanto ligeramente su torso de la cama y mordió con suavidad el mentón de Draco, percibiendo su masculina fragancia y haciendo que él gimiera por lo bajo. El rubio tomó los tirantes del vestido de la castaña y los bajó por sus brazos, descubriendo sus hombros, su pecho cubierto por la sensual ropa interior azul oscuro, contrastando con su nívea y cremosa piel. Bajó el vestido revelando luego su plano abdomen, sus tersas piernas, finalmente apartando la prenda que si bien había lucido muy bonita puesta, en su opinión era más útil alejada del perfecto cuerpo de la castaña que por ningún motivo merecía ser ocultado a sus ojos. El rubio extendió su pálida pierna, tomando su delicado pie entre sus manos y se deshizo de sus zapatos de tacón alto, guiñándole un ojo al hacerlo y arrancándole una risita a Hermione, antes de repetir la acción con el otro pie.

Hermione sintió el aire frío de la habitación golpear su piel descubierta, y por un momento recobró consciencia sobre lo que estaba haciendo. Draco la miraba, agitado. Había sentido una leve tensión y se había detenido. Ella trató de cubrirse en vano con sus brazos, privando a la vista del rubio de las áreas revestidas por la oscura ropa interior. Draco observó el rubor que cubría su pecho, cuello y mejillas, y besó con suavidad los labios de Hermione antes de acercarse a su oído y susurrarle, con voz ronca y seductora.

—No tienes por qué cubrirte… eres la mujer más hermosa que he visto—Hermione pareció relajarse un poco, y él tomó sus brazos alejándolos de su cuerpo, subiéndolos a ambos lados de la cabeza de la muchacha, enmarcando su revuelto cabello con aroma a vainilla y su ruborizado rostro. Las manos de Draco ascendieron por ambos brazos por un momento, tomando las manos de Hermione en las suyas y apretándolas de manera que ella sintiese que él estaba allí con ella y que podía confiar en él sin duda alguna.

La castaña sonrió con timidez, agradeciéndole tal cumplido y apretó sus manos de vuelta, soltándolo y dirigiéndose al borde de su camisa, de la cual se deshizo con rapidez. Hermione acarició el pecho desnudo de Draco, su suave y pálida piel se erizó ante el contacto y él murmuró apreciativamente ante sus toques, al tiempo que acariciaba por sobre el brassiere uno de los suaves y redondos pechos de Hermione.

Compartieron un beso profundo, Hermione se aferró a la espalda de Draco y acarició sus hombros, su cuello, hasta enredar sus dedos en el suave cabello rubio.

Hermione separó las rodillas un poco de forma casi involuntaria, invitando tácitamente a Draco a colocarse entre ellas, a acercarse más, y el rubio naturalmente se acomodó en el espacio entre ellas. La pelvis de Draco chocó por un momento con la de ella, haciéndola suspirar, haciéndola anhelar un contacto aún desconocido para ella, y poniéndola en una breve encrucijada de la cual salió en cuestión de segundos.

Hermione sintió a Draco pasar su mano por debajo de su espalda y desabrochar su brassiere, dejando libres sus pechos, que Draco observó con apreciación. Los acarició con suavidad, primero en la periferia, luego bordeando la rosada areola que coronaba cada uno, apretándolos suavemente con sus manos antes de finalmente tomar uno con la boca, succionando con firmeza el pico rosado y acariciando a su gemelo con la otra mano tal como había hecho con el otro.

Hermione se sentía arder en llamas, su piel quemaba, más aún donde contactaba la de él. Las atenciones prodigadas por su boca a sus pechos iban directamente a su centro, haciéndola humedecerse a la expectativa de unirse con Draco.

Quería que él le hiciera el amor, lo necesitaba… sentía que era lo correcto, que era su oportunidad de estar con él como no había estado nunca antes con alguien. Lo sentía simplemente perfecto.

Hermione gimió ante el mar de sensaciones, acariciando los cabellos de Draco mientras en continuaba acariciando con su lengua sus pechos. Besó la parte baja de ellos, para luego ascender poco a poco hasta unir sus labios con los de ella. Hermione adhirió su cuerpo al de él, arqueando su espalda para sentir sus pechos desnudos contactar con su torso. Sintió a Draco acariciar sus muslos hasta llegar a sus caderas y delinear el contorno de su última prenda de ropa con los dedos, provocándole escalofríos a la bruja. Ella arqueó la espalda, soltando un leve gemido al sentir sus dedos rozar esa parte íntima, previamente oculta a cualquier hombre, y él sintió su excitación crecer. Hermione se sonrojó al sentirlo bajar la prenda de encaje por sus muslos con lentitud, arrancando su última cobertura ante sus ojos. La muchacha juntó sus rodillas con pudor y el rubio simplemente negó con la cabeza, levantándose levemente de la cama e instándola a dejarle su espacio de nuevo. Ella aceptó con reticencias, temblando levemente, y Draco la exhortó a calmarse, susurrándole palabras dulces al oído, ante lo que Hermione pareció derretirse.

La castaña pasó sus manos por la espalda del rubio con delicadeza, rodeando luego el torso del hombre para acariciar su abdomen, descendiendo poco a poco hasta llegar al reborde de su pantalón. Draco tomó aire precipitadamente al sentirla descender un poco más, acariciando tentativamente el bulto que se había formado en sus pantalones, conteniendo la erguida masculinidad de él, henchida de deseo por ella. Rozó con sus dedos esa parte de él, sintiéndose profundamente femenina al saberse causante de su excitación, sintiéndose poderosa al saber que su simple toque le provocaba tal placer, pues el rubio en esos momentos se hallaba sumido en el goce de su tacto sobre su miembro, con los ojos cerrados, sus pestañas rubias tiritando levemente. Draco gemía por lo bajo, y cuando sitió que Hermione introducía su mano dentro del pantalón con inseguridad y lo tomaba por debajo de la ropa, tuvo que contar hasta diez para evitar terminar con ese momento mucho antes de tiempo. Jadeaba por momentos, aún incrédulo ante el hecho de que él y Hermione de verdad estuviesen a punto de hacer el amor como secretamente había fantaseado con demasiada frecuencia los últimos tiempos. Draco se sintió desesperado por sentir la piel de ella sin barrera alguna entre ambos y en cuestión de segundos se deshizo de sus pantalones y ropa interior, dejándolos a ambos desnudos.

Hermione observaba el cuerpo de Draco con deleite. Lo había visto desnudo antes, durante sus primeros exámenes médicos, pero antes había sido su paciente… casi un muñeco asexuado para ella. Ahora, sin embargo, en estas circunstancias en las que se convertiría en su amante, vio en su cuerpo una obra de arte, fibrosa, pálida y sensual hasta en el más simple de sus movimientos.

Draco volvió a su posición entre los muslos de Hermione, sintiendo su virilidad rozar el húmedo centro de la castaña. Ambos gimieron, mirándose a los ojos con una expresión seria y a la vez plagada de deseo en sus rostros, antes de que Hermione asintiera, acercando su boca al oído de Draco.

—Hazlo—susurró de una manera que Draco encontró absolutamente sexual y femenina, antes de empujar suavemente con sus caderas e ingresar en ella poco a poco.

Hermione sintió una molestia creciente en su pelvis, hasta llegar a percibir un dolor lacerante que la hizo gemir de dolor por lo bajo, ocultando su rostro en el cuello de Draco, quien al encontrar la resistencia que marcaba la inocencia de Hermione, besó su hombro y embistió con sus caderas hasta adentrarse en ella por completo.

Los ojos de Hermione produjeron algunas lágrimas de dolor, dolor que Draco trató de aplacar lo mejor que pudo mientras esperaba inmóvil a que la molestia pasara, acariciando los muslos de Hermione rítmicamente, susurrándole palabras que tenían como objeto relajarla y tranquilizarla. La castaña, luego de unos momentos, sintió el dolor desaparecer y ser reemplazado por un ansia primitiva que descubrió se calmaba sólo al mover sus caderas, sintiendo a Draco rozar el interior de ella.

Poco a poco el rubio comenzó sus acometidas, a un ritmo lento y tortuoso al principio, disfrutando del agónico placer que eso le proporcionaba. Guiaba su ritmo en base a los gemidos y suspiros esporádicos de Hermione, que clavaba sus uñas en la espalda de él en momentos particularmente placenteros.

Ambos se movían al unísono en un baile primitivo, antiguo, buscando llegar a la cúspide del placer entre besos, mordiscos y arañazos inclusive. Sentían el delicioso placer del clímax aproximarse, al tiempo que los movimientos de ambos se hacían más frenéticos, más desesperados. Draco tomó el muslo de Hermione, alzándolo por sobre su cadera, profundizando su unión, maximizando el contacto de sus cuerpos, jadeando de placer, sintiendo el calor despedido por sus cuerpos invadir la habitación.

Hermione sentía un extraño nudo formarse en su vientre, un ansia de compleción que necesitaba satisfacer. Se aferró a la espalda de Draco, y con su otra mano aferró las sábanas de su cama, gimiendo con desesperación por alcanzar el zenit del placer, que Draco, tomando uno de sus pechos en su boca y tocando con sus dedos el punto más sensible de su centro, la hizo alcanzar.

Hermione sintió su cuerpo tensarse, invadido por olas y olas de irrefrenable placer, una y otra vez, sintiendo a Draco dentro de sí moverse con vehemencia, buscando su propia culminación. El rubio se aferró a ella con fuerza, moviéndose frenéticamente hasta alcanzar él también el pico de placer que tanto ansiaba.

Los dos amantes cayeron vueltos un ovillo sobre las sábanas, cubiertos por una fina capa de sudor, sintiéndose plenamente satisfechos. Draco separó su cuerpo del de ella, tomándola con suavidad de la cintura y recostando la cabeza castaña en su pecho, acariciando su espalda con ternura mientras intentaba recuperar el aliento y normalizar los latidos de su desbocado corazón, aún sin poder creer que ella correspondiese a sus sentimientos… de él, un criminal, un ex Slytherin, ex Mortífago… Merlín estaba definitivamente de su lado.

Hermione, por su parte, se sentía simplemente plena, satisfecha… sabía que había muchas cosas por decir, que aún había muchas cosas por resolver y conversar… pero mientras tanto, en ese momento con Draco, nada podía arruinar su humor. Se sentía amada, completa, y por un momento podía olvidar que quizá el momento de separarse de quien ahora sabía el hombre para ella podría estar más cercano de lo que esperaba.


N.A.: Ejem... estoy medio roja en este momento, porque es mi primer lemon jajajaja... me da penita escribir cosas así... espero que no haya estado maloso, etc etc... espero que les gustara el cap que agarró 30 pgs de word! el más largo que he escrito jamás jajajaj... un abrazo, espero me dejen sus reviews con todas sus opiniones, críticas constructivas, tomatazos y demás! jajaja... nos vemos muy pronto!

A.-