Capítulo 21

Revelaciones

Siempre que estaba junto a Aro, mi mundo se transformaba en el único lugar que quería permanecer. Sus brazos me transmitían además del placer de su contacto, una seguridad incomparable.

Las frases finales que escaparon de su deliciosa boca, después del sexual encuentro, no tenían comparación con ningún placer experimentado hasta el momento.

Me había dicho te amo, que estaba enamorado de mi. El paraíso era mío.

Los gemidos fueron acallándose y sólo quedo el goce de recorrernos con la mirada.

Me ayudó a vestirme mientras yo intentaba hacer lo mismo con infructuosos resultados. No quería que se fuera, aunque el salón de Asambleas no era precisamente un lugar para permanecer mucho tiempo. Cualquiera podría entrar, bueno... Cualquiera no, pero si a los líderes se les ocurría volver allí, no me veía dando explicaciones de mi streptease.

-Cariño, debo volver. Puedes salir de tu habitación pero trata de no estar lejos de Demetri.

-Así lo haré, te lo prometo.

Los dedos ágilmente unieron los botones con los ojales de su saco, me miró sonriendo.

Me animé a preguntarle al mismo tiempo que intentaba un rodete con mi cabello.

-¿Durante la reunión debo permanecer encerrada?

Hizo una mueca de duda y preocupación.

-No, no encerrada. Si oculta. ¿Comprendes la diferencia mia ragazza?

-Si...

-Trata que no te vean quienes no pertenecen a nosotros, y si por casualidad te descubren, jamás reveles quien eres.

-Comprendo.

-Nuestros enemigos no saben lo importante que eres para mi, si lo descubren...- se detuvo incapaz de pronunciar el resultado -bien... No quiero que te ocurra nada, no podría soportarlo.

-Prometo que te haré caso.

Sonrió.

Inclinó su perfil buscando mis labios. Las yemas de los dedos recorrieron mi mejilla.

-Dímelo otra vez... Murmuré como antesala a sus besos.

Sus largas pestañas ocultaron los ojos ocres entrecerrándose lentamente, y susurró.

-Te amo. Estoy enamorado de ti.

¡Mi día perfecto!

….

Y llegó el ansiado momento.

Las horas transcurrieron rápidamente, estaba ansiosa por ver quienes acudían al llamado de los líderes.

Me coloqué un vestido beige y botas largas del mismo tono. Un color que no fuera llamativo sería adecuado para pasar desapercibida. Mi larga cabellera caía a ambos costados de mi rostro, disimulando mis peculiares rasgos.

Sabía que no podía revelar quien era si por alguna ocasión alguien me descubría. Aunque podía sentirme más distendida y cómoda con aquellos que pertenecían a mi aquelarre. Era hora que pudiera hacer un poco de sociales.

Me encaramé junto con Demetri y Heidi en las alturas para no ser vista. Desde allí observaría a los congregados sin llamar la atención. Aro sabía que no estaría encerrada en mi habitación, lo único que puso como condición que no revelara mi nombre y que relación me unía a él.

Era comprensible, si descubrían que era su más preciado tesoro podría ser el arma perfecta para nuestros enemigos, poniendo en peligro mi vida.

La gran puerta del salón de Asambleas permanecía abierta. En su interior seguramente estarían los líderes aguardando para recibir a los cabecillas de los aquelarres.

Calculaba que debían ser las dos o tres de la madrugada. Las sombras de la noche, aliadas perfectas de presencias nocturnas, cobijaban a los visitantes del palacio.

La Piazza Dei Priori muy poco iluminada y la velocidad de los vampiros para trasladarse, eran el nexo adecuado para evitar que ojo humano nos descubriera.

Entusiasmada como niña que disfrutará un desfile, sonreí.

Asrael se ubicó en la puerta de entrada al palacio, atento, con traje de gala, frac negro y camisa blanca. Suponía que sería el indicado para otorgar el permiso al acceso. Miles de años junto a los Vulturi le permitirían tener clara evidencia si quien pisaba había sido formalmente invitado. Nadie recorrería el palacio sin previo aviso y debida autorización de los líderes.

Del otro extremo del pasillo y justo debajo de nosotros, la rubia guardiana tomó su puesto. Firme, de elegante vestido negro tres cuartos, una capa de terciopelo azabache con delicados ribetes en rojo, le daban el toque distintivo. Los que entendíamos sobre atuendo Vulturi, sabíamos que el púrpura señalaba la realeza o al menos estar familiarizado con ella.

La temible guardiana de pie, junto a la puerta del salón de Asambleas lucía rostro inexpresivo. Adiviné que recibir visitas no era lo que más le alegraba.

Eché una ojeada a mí alrededor. No estábamos solos. Corpulentos vampiros guardianes ocupaban distintos puestos, unos escondidos en las distintas cúpulas, otros detrás de las pilastras.

Me sentía protegida, estaba entre los míos, nada me podía pasar.

Divisé a Athenodora avanzando por el pasillo, estaba vestida con un largo vestido azul petróleo Luis XV. El estilo rococó, reflejaba la superficialidad y el lujo de una época francesa ya olvidada. Llevaba volados de encaje en un tono más oscuro. El corsé finamente adornado con pedrería. Una capa púrpura larga rozaba sus zapatos de terciopelo azul. Cuando giró para ingresar al salón, pude ver el escudo Vulturi grabado con hilos de oro a su espalda.

-¿Ella estará en la reunión? Pregunté con cierto disgusto.

-Si. Contestó mi amiga.

-Pensé que las mujeres no iban a participar de la asamblea.

-¿En qué siglo te han criado Cautha?- rió Heidi -sí lo harán, el tema a tratar es muy importante, se trata de la seguridad de los Vulturi, todos deben estar informados y determinar que se podrá hacer.

-Comprendo. Murmuré.

Ansié estar allí, exactamente al lado de Aro. ¿Cuánto debía esperar?

Mi guardián, que además de protegerme me conocía al dedillo, susurró.

-Tranquila Cautha, todo llegará.

-Gracias Demetri.

Heidi señaló hacia la entrada.

-Mira los Banlog, aquelarre africano. Han sido los primeros, siempre tan puntuales.

Él vestía un conjunto de seda en blanco, pantalón y una túnica corta con mangas. Su mujer túnica larga hasta los pies, en tono tiza, finamente labrada en hilos dorados. A su costado derecho, a la altura de las caderas, un broche de oro la sujetaba.

Ambos llevaban joyas adornando sus cuellos y brazaletes en las muñecas.

La morena vampiresa llevaba peinado alto y adornado.

Me llamó la atención una hermosa hebilla con un rubí engarzado, prendido en el alto rodete. Sus aretes también parecían confeccionados con la piedra preciosa.

-Qué bella artesanía en rubí la que lleva en su cabello. Murmuré.

-Si, muy bella, se dice que fue regalo de bodas de parte de Banlog. Él la convirtió en vampiro y la hizo su esposa. Informó mi amiga.

Suspiré.

-Muy romántico. A mi jamás me pasará. Aro nunca quiso convertirme.

Repentinamente, me di cuenta que Demetri estaba a mi lado, traté de corregir lo que tan mal había sonado.

Lo miré sonriendo.

-Aún así estoy feliz que hayas sido tú.

Demetri me miró, su rostro me inspeccionó como si tratara de saber que pasaba por mi mente, con un dejo de tristeza murmuró.

-Menos mal... porque a mi no me has dejado oportunidad de elegir.

Bajé la vista. Memoricé el momento que lo arrinconé, ya sin mi talismán colgando del pecho. Los segundos que corrían y sus ojos inyectados frente a mi. El aroma de mi sangre, la proximidad, y mi súplica para que hincara sus colmillos.

Es cierto... no le había dado opción.

Heidi señaló hacia la puerta principal.

-Ha llegado Rudolf desde Austria, solo como siempre. Interrumpió Heidi.

Su traje llamativamente masculino constaba de tres piezas en oscuro. Chaqueta larga con cuello y solapa. El chaleco de gamuza, pantalón con dobladillo visible. La camisa era de seda blanca, lisa, con cuello duro, acompañaba un lazo negro.

Sus manos cubiertas por guantes de cuero. Rápidamente quitó el de su mano derecha para extenderla a Asrael y después a Jane.

-Buenas noches Jane, un gusto estar aquí.

-Buenas noches Rudolf. Fue la respuesta escueta de la guardiana.

Desde una esquina, uno de los nuestros se acercó. El visitante entregó un bastón grisáceo y un elegante sombrero de fieltro, de ala ancha levantado en los bordes.

-Muchas gracias. Murmuró.

Parecía taciturno. Aún así sus bigotes enmarcaron una tenue sonrisa.

-¿No tiene compañera?

-No, su esposa se suicidó.

-¿Cómo dices? ¿Los vampiros pueden suicidarse?

-En realidad dejó de alimentarse, una gran tristeza le embargó y decidió tomar esa determinación- me miró con gesto acusador -como tú intentaste hacerlo.

-Eso no es así Heidi, no quise suicidarme, sólo estaba triste y no tenía ganas de alimentarme.

-¿Cuál es la diferencia? Protestó.

Giré para ver al vampiro caminar hacia el interior del salón.

-Pobre de ella, quien sabe que le llevó a quitar su vida. Murmuré.

-Egoísmo, que otra cosa. Dijo Demetri.

-No hables así Demetri- retruqué -no soportaría su pena.

-Debió buscar otra solución, a ella no le importó dejarlo en un infierno por la culpa. Buscó la solución más fácil, eso fue lo que hizo. Está claro que sólo se interesaba por ella.

-Es discutible. Pronunció Heidi.

Los tres nos mantuvimos en silencio observando a Rudolf perderse en el interior.

Y así fueron desfilando caras desconocidas para mi, sus atuendos costosos y llamativos, impecables para la ocasión.

Tenía gran regocijo de poder contemplar a nuevos líderes, todos parecían respetables y amistosos. Todos... bien, todos no, casi todos...

La silueta de la odiosa Ethelvina surgió en la entrada.

Ni siquiera saludó a su paso, por supuesto Asrael la debería conocer de memoria. Sus continuas e indeseables visitas a MI palacio eran moneda corriente.

Acomodó su tupido tapado de piel gris, con betas en blanco.

Sonrió a Jane, y con pasos lentos se acercó a ella. Abriendo de par en par su abrigo, mostrando sus repugnantes sinuosas formas exclamó.

-¿Qué tal? Mi nueva adquisición. Refiriéndose al grueso tapado.

Jane la observó imperturbable.

-¿No dices nada jovencita? Son pieles de licántropos. ¡Dí algo!

Jane sonrió con evidente malicia.

-Por supuesto... Digo, que por primera vez estoy de parte de los lobos.

-¡Niña detestable! Nada sabes de moda.

Sonreí, no por mucho tiempo. Sus pasos avanzaban hacia el interior del salón, cada vez más cerca de los líderes, cada vez más cerca de Aro...

Jane elevó la vista hasta encontrarse con mis ojos. Una de sus manos con un ademán, imitando el filo de una cuchilla, rozó su cuello.

Quería asesinarla, y yo también.

Molesta por la indeseable visita, intenté cambiar mi humor, poniendo atención en la próxima pareja.

-¿Esa pareja de vampiros son los Nóvikov, de Siberia? Pregunté descubriendo a un hombre pisando la puerta de entrada, acompañado por una mujer y un niño.

-Exacto, el niño se llama Nikolay. Me informó Heidi sin dejar de mirar a Demetri.

La pareja y el niño vestían prácticamente iguales. Gabanes en cuero negro más allá de sus rodillas. Botas largas de cabritilla, sin taco. Unos graciosos sombreros altos, cilíndricos y confeccionados en pura piel. A diferencia de Vladímir, ella llevaba una falda gruesa oscura. Su niño al igual que su padre, pantalón bombachudo que ajustaba en la cintura por una faja rojiza.

Observé al niño.

-¡Qué bonito es! Parece adorable. Murmuré.

Lo observé con detenimiento. Una de sus manitas pequeñas aferrada a su madre, su cabeza gacha por una aparente timidez, repleta de rulos rojizos.

-¿Qué? No sabes lo que dices, es insoportable, criatura del infierno, es demasiado travieso para mi gusto. Inquieto y preguntón, hasta por mi edad ha preguntado el cretino.

Reí con ganas.

-Heidi eres tan coqueta, que más da, mil cincuenta o dos mil años.

Frunció el ceño.

-No te imaginas lo que es ese monstruo. Déjalo cinco minutos solo y no quedará castillo en pie.

Sonreí, me entretuve examinando sus graciosos movimientos. Por un instante el pequeño dedo que mantenía en su boca roja como el carmín, señaló el vestido en raso y encaje negro de la guardiana. No sólo eso, sino que acarició la tela de la capa de Jane, con cierta curiosidad.

Jane se hizo a un lado y su mirada asesina lo traspasó.

Así era Jane, sin un gramo de tolerancia.

-No, no hagas eso. Reprendió la señora Rudolf tomándolo de la mano.

-¡Nikolay, pórtate bien! Rezongó su marido.

Los tres caminaron hacia la entrada junto con Jane. Se detuvieron en las puertas principales al salón, abiertas de par en par. Desde allí seguramente verían a los líderes que esperaban.

Antes de continuar el niño fijó su vista en las antorchas contiguas a la puerta. Sin que sus padres pudieran reaccionar, dio un fuerte soplido a los dos tenebrarios y todo quedó en penumbra.

Demetri sonrió.

-Es terrible. Murmuró.

No podía aguantar la risa al ver la cara de Jane. Sus ojos dorados se agrandaron y me miró desde el piso inferior, su rostro más que rabia pedía auxilio.

En ese momento escuché la voz de Aro desde el interior del salón de Asambleas.

-¡Nikolay, ven aquí!

Pensé por unos instantes que lo reprendería, sin embargo la risa seguida de su llamado me convenció que estaba feliz de verlo. Nikolay corrió hacia el interior adelantándose a sus padres, y ya no pude ver más.

Jane con paso altanero se dirigió a las antorchas que despedían un humo desagradable, la mano de la rubia guardiana se deslizó en el lugar donde poco antes el fuego ardía. El paso de su menuda mano, cerca de la mecha embebida en aceite, hizo surgir nuevamente el fuego.

-Vaya...- susurré- ¿ese es el don de Jane?

Heidi me miró extrañada.

-Cautha, ¿aún no sabes que don particular tiene Jane?

-No, ¿a qué te refieres?

-Sssh no hablen tan alto. Protestó Demetri.

-Lo siento- murmuré - Heidi, ¿a qué te refieres?

Seguramente mi amiga me hubiera informado pero nuestro diálogo se interrumpió por el saludo muy particular del nuevo visitante.

-¡Holaa Asrael! ¡Buenas noches a todos! ¡Qué gusto verlos nuevamente!

Extendió un ramo de rosas blancas hacia la joven vampira.

-Buenas noches Jane. El ramo es para ti, porque eres quien me ha dado la bienvenida.

Jane lo miró seria. Aún así recibió el ramo con desgano.

-Constantine, te recuerdo que siempre soy yo la que te recibo, ese es mi rol aquí, ya me has dado varios ramos.

- Es verdad- rió con ganas -¿qué bonita estás? Se te ve más alta.

Jane rodó los ojos enfadada.

-Constantine, te recuerdo que no crezco hace miles de años.

El visitante sonrió respondiéndole. Tenía una amplia sonrisa y ojos divertidos.

-Me gusta ese carácter para una guardiana, eres perfecta. ¿Tu hermano? No lo he visto.

El rostro de Jane se contrajo.

-No lo verás, largo de explicar, y no me corresponde informarte. Por aquí Constantine, el amo te espera. Dijo la niña vampiresa mientras señalaba con una de sus manos las puertas del salón.

-Vaya que intriga, continuaré mi camino, deseo ver a mi mejor amigo cuanto antes.

Miré a Heidi para buscar alguna información, no lo había visto entre las fichas de vampiros, en realidad la información se había interrumpido por un hecho considerable y maravilloso, haber hecho el amor con Aro.

La cara de Heidi me indicó que más que gustarle estaba hipnotizada por ese vampiro macho. Parecía muy bello, aunque de un carácter demasiado jocoso para la ocasión.

-Parece que ha llegado con gran felicidad a ver a Aro. Murmuré.

-Si, es su mejor amigo, su aquelarre se ubica en Manhattan, es muy alegre, le gusta estar a la moda, es adorable.

-Veo el efecto que te produce Heidi, ¿aunque podrías darme alguna información más objetiva?

-Peligroso.

La voz de Demetri me hizo voltear hacia él.

-¿De verdad? ¿No es amigo de Aro? Pregunté mientras estudiaba la mirada aguda de mi guardián, con cierto recelo.

Sus iris no se apartaron de él hasta que desapareció tras las puertas del salón de Asambleas, después me miró serio.

-Peligroso para ustedes, las vampiresas.

-Calla Demetri- protestó Heidi -será porque es el único que te hace sombra.

-No seas ridícula Heidi, tú sabes porque lo digo.

-¿A qué se refieren ustedes dos?

-No tiene importancia. Susurró Demetri.

-Es cotilleo. En realidad nunca se supo si fue cierto. Dijo Heidi.

-¿Qué cosa? Pregunté con mi curiosidad a flor de piel.

-Bien... parece que la única gran pelea que ha tenido Aro con Sulpicia fue por su causa.

-¿Qué? ¿Intentó robarle a Sulpicia?

-Nooo, eso jamás lo haría.

Lo que ocurrió que le trajo una noche dos vampiresas como « regalo » de cumpleaños.

Sulpicia se enteró y lo que sigue ya te imaginarás. Nunca supimos la realidad, lo cierto que Constantine no pisó por mucho tiempo el castillo, retornó una vez muerta Sulpicia.

-¡Quiero a ese vampiro lejos de aquí! Protesté furiosa.

-Heidi quieres hacer el gran favor de no chismotear. Regañó Demetri.

-¿Queda algún visitante más? Pregunté observando a Jane y a Asrael que con posición firme, cerrraban las puertas del salón de Asambleas.

-No- contestó mi guardián - si lo deseas puedo dejarte en tu habitación.

-Mmm gracias Demetri pero prefiero caminar por ahí con Heidi, la reunión ha comenzado recién, así que estaremos tranquilas y en soledad.

-Estaré cerca, lo sabes. Que haya asamblea de aquelarres no significa que no haya enemigos ocultos.

-Estaré bien Demetri, no me quedaré sola, y gracias.

Ambas nos dirigimos al campanario. La madrugada estaría agradable para los humanos, un cielo estrellado le daba el marco a una luna redonda y nítida.

Curiosa como era mi esencia, pregunté a Heidi.

-Jane encendió las antorchas con acercar su mano, ¿ese es su don? Si mal no recuerdo cuando estuvimos en el pozo de castigo, ella derritió las paredes de hielo con sólo tocarlas. Aseveré.

Heidi saltó hasta sentarse en el pretil del campanario. Me miró un tanto asombrada.

-¿De verdad no sabes que es capaz de hacer?

-Mmm no...

-Jane es el arma más letal de los Vulturi. Con sólo desearlo te provocará dolor, no cualquier dolor. Según cuentan lo que tristemente lo experimentaron, la sensación es similar a cuando te quemas con fuego. Todo el aquelarre le tiene terror, aunque jamás lo usa sin la autorización del amo.

De pronto, mi piel prácticamente insensible a los cambios de temperatura, percibió una corriente helada estremeciéndome.

Cierra las ventanas Heidi- bromeé -siento frío.

-Tu estás loca, eres vampiresa, no sentirás nunca el rigor del frío, además si fueras humana no deberías exagerar, recuerda entramos en junio, es una estación cálida Cautha.

Quise protestarle a mi amiga y decirle que no estaba loca, sin embargo mis ojos se detuvieron en un punto indefinido del espacio, lentamente sin moverme un milímetro, dirigí mis iris dorados hacia la izquierda, justo en la puerta que daba a la escalera.

De soslayo percibí una silueta delgada y alta.

Tragué saliva, sin prestar atención a lo que Heidi hablaba.

No era para menos, mis ojos descubrieron la clara imagen de Sulpicia mirándome con rostro severo.

No atiné a nada más, sólo a observarla. Alcancé a escuchar a mi amiga insistente.

-Cautha, ¿qué te ocurre? ¿Qué ves? Cautha...

Sulpicia giró lentamente y desapareció por la puerta rumbo a la escalera de piedra.

Con el valor que no podía faltar a una Vulturi, descendí tras ella.

-¡Cautha! ¡Vuelve aquí! Gritó Heidi.

Me detuve en el descanso.

-Calma Heidi volveré de inmediato, espérame aquí.

-¿Qué diablos te sucede? ¿Quieres explicármelo? No quiero quedarme sola aquí.

Sabía que mi amiga jamás vería lo que yo apreciaba. Mi don especial me permitía hablar con los muertos, como ya lo había adelantado Aurora. ¿Pero que quería Sulpicia? ¿por qué se había presentado con un rictus de disgusto?

¿Por qué? Bueno... en realidad podría imaginarlo, me acostaba con su hombre, nada más y nada menos. Quizás el hecho que ella no estuviera entre nosotros no significaba que lo quería obsequiar, o que me daba carta blanca para besarlo, acariciarlo, recorrerlo, de la forma que lo hacía. Todo lo contrario...

Apenas llegué al corredor en penumbras, miré hacia todos lados. Al fin la distinguí con su vestido blanco vaporoso, caminó lentamente hasta perderse en el recoveco, al fondo del pasadizo. La larga cola de tul arrastraba las baldosas marmóreas, la seguí.

La voz de Demetri desde las alturas del techo me detuvo.

-¿Todo bien Cautha?

-Si si- me apresuré a contestarle -pierde cuidado todo tranquilo.

Corrí desesperada, no quería perderla de vista, y aunque mi guardián me vigilaría de cerca, yo era muy veloz, seguramente le ganaría unos cuantos segundos.

Necesitaba saber a donde se dirigía ella, que buscaba.

Después de recorrer los pasillos llevándome tenebrarios por delante y cuanto vampiro de guardia deambulaba, Sulpicia se detuvo al borde de una escalera. No una escalera cualquiera, sino la que llevaba a la guarida de Aro.

¡Perfecto! Estaba claro que no le había caído en gracia nuestra relación, y nuestro romance había llegado hasta el reino de los muertos.

Diablos...

Sulpicia descendió lentamente lamiendo escalón por escalón con la tela inmaculada de su vestido. Se detuvo en el descanso y giró para verme. Yo también me detuve, la observé mientras murmuraba.

-¿Qué necesitas decirme Sulpicia?

Continuó el descenso hasta los últimos escalones que daban a la guarida de Aro. Sin emitir palabra alguna, sólo su rostro con expresión taciturna, no dejaba de clavarme la mirada.

Antes de llegar a la puerta, Sulpicia se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera aparecido ante mis ojos.

Observé el retazo de luz que dejaba entrever la puerta semiabierta. No lo dudé, rápidamente ingresé a la habitación.

A decir verdad estaba bastante desordenada. La busqué examinando los alrededores. Una vista panorámica de mi prestigioso sentido, no halló ni rastro de ella.

-Sulpicia... Susurré.

Nada, silencio a mí alrededor.

-Sulpicia, ¿por qué me haces esto? Muéstrate, háblame por favor.

-¡Demonios señorita! ¿Quién es usted?

Giré hacia mi derecha, una vampiresa muy joven con ropa entre sus brazos, me miró asustada. Llevaba cofia blanca al igual que un delantal impecable.

De inmediato reconocí varios trajes de Aro entre las prendas que llevaba.

-Yo...- contesté en cuanto salí del asombro - soy Cautha.

-¿Cautha?

-Si... ¿no me conoces? ¿Quién eres?

-Lo siento, no estoy entre cotilleos- contestó con una sonrisa tímida -mi nombre es Luciana.

-Bien... yo soy Cautha, descendiente de Aro. ¿Qué haces por aquí?

-Señorita, encantada de conocerla, me dedico a ordenar y limpiar la recámara del amo.

-OH ya veo... dime Luciana, ¿has visto a alguien más en la habitación?

-No señorita, en absoluto. Ahora si me disculpa me retiro, imagino que tiene autorización del amo para entrar aquí.

-Si, descuida. Tengo su permiso. Dije mientras mis ojos buscaban la silueta de Sulpicia por los rincones.

En vano, no estaba.

Luciana insistió.

-¿De verdad puede permanecer en la habitación del amo? No quiero tener problemas con él.

Sonreí.

-Descuida, soy especial para él, tengo su autorización.

-OH que alegría señorita, entonces es usted... su más preciado tesoro.

La frase en sus labios me produjo una extraña sensación. No sabía bien el porqué. Quizás porque no solía escucharla en el aquelarre aunque me reconocieran como algo especial.

-Si me permite me retiro. Dijo con una sonrisa amplia, colgando los trajes de Aro en las perchas correspondientes.

-Por supuesto, y un gusto. Dije devolviéndole la sonrisa.

Apenas se fue me senté en la cama. Sulpicia... ¿dónde habría ido? ¿por qué desapareció sin decirme nada? ¿qué me habría querido indicar?

No quería verla así, sentía culpa por ser el nuevo amor de Aro. Aunque nada podía hacer, ella no pertenecía a este mundo y yo lo amaba con todo mi corazón.

Recordé a Demetri, estaría preocupado, él no tenía acceso ni permiso para rondar la guarida de Aro, estaría comiéndose las uñas por no verme.

Decidí volver con Heidi, no tenía otra opción. Caminé apresurada por los pasillos tratando de llegar lo antes posible a reunirme con mi amiga. Pobrecilla la había dejado sin ninguna explicación.

Tomé envión para correr velozmente y llegar al campanario, sin embargo el choque de un cuerpo impidió que siguiera en mi loca carrera.

Dí contra la pared y quedé sentada en el suelo, aturdida.

-¡Demonios! ¡Ve despacio! Se escuchó una voz con enojo.

Levanté la vista y lo vi sacudiendo su ropa.

Era Constantine.

En cuanto me vio detenidamente, se apresuró a ayudarme.

-Lo siento mucho belleza, el torpe he sido yo. Mil disculpas.

-Esta bien esta bien. Dije, arreglando mi vestido.

Intenté retirarme con un determinante « buenas noches », pero sus manos firmes y varoniles sostuvieron mi cintura.

-¡Ey! Aguarda hermosa, ¿cómo te llamas? Permíteme compensar tal brutalidad de mi parte.

Quité su mano enfadada, ¿qué se creía? Quise abrir la boca para protestar pero mi fiel guardián se interpuso entre él y yo.

-Constantine, te sugiero amablemente que sigas tu camino. Afirmó Demetri.

-Demetriii ¿cómo estás? Saludó Constantine con una amplia sonrisa.

-¿Yo? Estoy perfecto, y tú deberías seguir de largo si quieres estarlo.

-Calmaaa calmaa rastreador, te noto muy tenso. Sólo quiero saber el nombre de la bella señorita que ocultas a tus espaldas.

-Te quedarás con las ganas, continúa Constantine o te pesará. Amenazó Demetri.

Los músculos de mi guardián se marcaron, pude ver cada fibra de sus torneados hombros y brazos dibujarse por la tensión.

Constantine era un poco más alto y de fuerte contextura, pero a mi guardián eso no le importó.

Sus colmillos asomaron por sus labios, en señal de defensa.

-¿Qué te ocurre? ¿Te has vuelto loco?- protestó el invitado -si es tu hembra sólo dímelo.

¿Tienes miedo que me elija? Sonrió.

Demetri se mantuvo en silencio, aguardando expectante cualquier nuevo movimiento.

-Vamos no seas egoísta, y al menos déjame ver ese rostro perfecto de la dama. También tengo con que defenderme.

Con un rápido impulso intentó hacerlo a un lado y dos colmillos inmaculados asomaron en señal de ataque.

Demetri dio un salto atrás, escondiéndome con su cuerpo. Se agazapó listo para saltar sobre él.

Observé asustada la escena, no por mucho tiempo, el sonido de los chillidos agudos proveniente de mi alrededor, me indicó que no estábamos solos.

Félix, Aníbal, y tres vampiros enormes, rodearon a Constantine, agazapados con sus brillantes colmillos listos para atacar.

Constantine estudió su alrededor, sus colmillos amenazantes, sus manos crispadas a cada lado de su cuerpo, sus sentidos totalmente alertas al primer movimiento.

-No impedirán que la vea. Amenazó.

El repiqueteo de los pasos de Jane hacia nosotros, me tranquilizó.

Creí que la guardiana iba a pedirle que se retirara y que Constantine por fin cedería, pero no...

Los ojos de Jane se clavaron en la arrogante visita, el tono de su iris cambió a un rojo burdeos, casi negros, y pronunció la fatídica palabra.

-Dolor.

Pude ver a Constantine arquearse en el aire, dio un grito desgarrador y cayó brutalmente casi sin sentido en el mármol.

Me pregunté que estaba ocurriendo, aunque algo imaginaba, el don de Jane...

Demetri se irguió al igual que lo fueron haciendo los restantes vampiros.

Constantine parecía desmayado. Hasta que observé que intentaba levantarse a duras penas.

Demetri extendió su mano para ayudarlo a ponerse de pie.

La visita estudió el rostro de todos sin entender.

-¿Qué está ocurriendo aquí? Balbuceó confundido.

-El amo te lo explicará- dijo Jane con rostro severo, después se dirigió a todos -vuelvan a sus puestos inmediatamente, aquí no ha pasado nada. Demetri, llévala a su habitación.

Sin la mínima protesta acatamos la orden.

Caminé al lado de mi guardián, mientras mi mente recordaba lo dicho por Heidi en el campanario...

« Jane recurre a su don sólo con autorización de Aro ».

Él la había enviado.