—¿Estás segura, Hermione? ¿De verdad no quieres que te entre contigo? —preguntó Harry a su amiga aquella mañana. Ambos estaban en el Ministerio de Magia y Hechicería, específicamente en la División de Acciones Penales, Sub Departamento de Delitos Domésticos.

Luego de salir del hospital, Hermione había hecho la demanda en el ministerio por agresión física y verbal agravada e intento de violación en contra de Ronald Weasley. No quiso incluir la pérdida de su bebé, porque eso involucraría a Draco y a su esposa, por lo que prefería mantenerlo al margen. Además, de acuerdo a lo informado por la doctora muggle que la trató, era un embarazo que no llegaría a buen término. «Inviable» le había dicho pero aun así sentía en el fondo de su corazón, que sí era viable, que si tan solo se hubiese dado cuenta antes, podría haber salvado su vida... pero ya era tarde, intentó por todos los medios cerrar la mente a esos pensamientos le decían que los medimagos podrían haber hecho algo más. Debía eliminar el sentimiento de culpa, sino su vida se transformaría en un infierno, más de lo que ya era.

Ni siquiera había querido adentrase en textos e indagar más. Lo que venía ahora hacer que Ron pagara por el delito cometido.

—Tranquilo, Harry. Sé lo que hago y a lo que me enfrento. Tú me has dicho que la jueza que tomará mi caso es amiga de Ron, que la has visto con él, así que tengo claro que voy a perder, pero debo dar la pelea. Como sea, quiero ver frente a frente a ese infeliz.

En ese momento un par de funcionarias del ministerio pasaron por el lado de ambos, mirando a Hermione y luego voltearon sus rostros en señal de desprecio, pero ella no dijo nada. Sabía que El Profeta se había dedicado a hablar pestes en su contra. Parecía que Ron tenía de su lado a la prensa escrita. La tachaban de infiel, de traidora, de interesada y que la demanda que había hecho en contra de Ron era únicamente porque ella sabía que él la iba de dejar plantada y que por eso no se había presentado a la boda. En pocas palabras, la demanda era solo una fachada para ocultar su frustración.

—Nadie me quiere ver, eres el único que está a mi lado —dijo intentando ponerse de pie. Tenía aún un dolor inmenso en la espalda producto del golpe recibido al chocar con la baranda de su casa cuando Ronald la empujó. Harry la ayudó tomándola de la mano.

—Te lo dije, no estarás más sola. Toda decisión que tomes, deberás considerarme, soy tu sombra. No quiero que Ron te vuelva a hacer daño y, por lo mismo, quiero entrar contigo a la audiencia. No tienes ni siquiera un abogado. Anda, deja que esté a tu lado.

—Eres el mejor de los amigos —al decir la última palabra Harry sintió tristeza, pero de todas formas sonrió—. Como quieras, debo dejar de ser tan testaruda. Vamos, dame tu brazo que tengo miedo de caer.

—Y luego vamos a San Mungo.

—¡Ja! ¡Ni lo sueñes! Es posible que el fans club de enfermeras admiradoras de Ron me den veneno —Harry sonrió e ingresó con su amiga a la sala de audiencias.

Adentro pudieron observar que estaba Ronald (debió haber llegado mucho antes que ellos o haber ingresado por otro lado), junto a su abogado, un hombrecito bajo y obeso, que vestía una túnica azul glauco.

Frente a ellos, en un escritorio simple en donde se encontraba la jueza Dana Ryder quien presidiría la audiencia. No había testigos, ni un jurado. Al parecer se había optado por un juicio abreviado.

Ron miró a ambos con una sonrisa socarrona y se volvió hacia su abogado a decirle algo al oído. Luego volvió nuevamente su vista a ellos y entonces pudo reparar en que Harry traía a Hermione apoyada en su brazo y esta caminaba despacio —Es una buena actriz— se dijo y rió nuevamente con descaro, haciéndole un guiño a la jueza, el que fue advertido tanto por Hermione como por Harry, por lo que nada bueno podían presagiar.

Al cabo de casi media hora, Dana había escuchado con atención tanto la versión de Ron, como la de Hermione y estaba segura que la muchacha no mentía; que efectivamente era víctima de Ron. Pero no podía fallar en favor de Hermione. Si lo hacía, Ron era capaz de ventilar a toda la comunidad mágica, el affaire que había tenido con él y con otros miembros del ministerio a espaldas de su esposo, situaciones que, a estas alturas, Ron ya se había enterado.

Estaba entre la espada y la pared: por un lado su ética profesional, su intachable actitud frente al maltrato y abuso de poder, sobretodo en personas que no se podían defender, y por otro, su vida personal que podría quedar expuesta frente a todos. Este era un caso, uno dentro de miles que podría salvar en su historia, pero hoy no lo haría. Debía ser fuerte y optar por lo conveniente para ella pero moralmente incorrecto para la víctima.

—Señorita Granger, como se habrá dado cuenta, este no es un juicio criminal —dijo Dana

Hermione la miró incrédula —¡Pues claro que lo es! La agresión física con lesiones graves es un delito, ¿en qué mundo vive esta jueza?

—... por eso fue derivada a la Unidad de Delitos Domésticos, en realidad lo que veo aquí es solo, tal como lo explica el señor Weasley, parte de un juego erótico, que tuvo malas consecuencias al caer usted por las escaleras.

—¿Juego erótico? ¡Eso no fue lo que dijo Ronald! —exclamó Hermione, pues declaración dada por Ron decía que la había ido a ver y luego de discutir ella había caído, pero en ningún momento habló de «juego erótico».

—El señor Weasley es un caballero y no ha querido dar detalles, los cuales puedo perfectamente inferir.

—Pe...

—Le agradezco señorita Granger, que guarde silencio y me deje terminar —la mujer bebió agua de un vaso para poder aclarar la garganta.

Harry tomó la mano de Hermione entrelazando sus dedos con los de ella, detalle que no pasó desapercibido por Ron. Ahora entendía todo. Harry sin Ginny... Hermione sin Malfoy... Estaba claro que ahora ella se encontraba junto a Harry. No le debía extrañar. Total, siempre lo supo, desde hacía tiempo intuía que entre ese par tenía existía algo más que amistad, por eso los abandonó cuando buscaban los horrocruxes.

—Pues bien, como decía, este caso está bastante claro. Por todo lo que he escuchado, me doy cuenta de que usted señorita Granger, lo único que quiere es deshonrar la imagen del señor Weasley dejando margen a dudas en relación a la integridad moral del señor aquí presente, inventando una situación que jamás ocurrió. Por lo mismo es que esta jueza, con la facultad que le otorga el Decreto Ley del año 1954, inciso ocho, letra «b», declaro no ha lugar la imputación. Por lo mismo la penalizo con la devolución al ministerio del ochenta por ciento del dinero entregado a su persona por haber ayudado en la derrota de Vol... Voldemort. Tal dinero deberá ser regresado dentro de cuarenta y ocho horas en la oficina de recaudaciones, quienes entregarán dicho monto al señor Weasley a fin de aminorar con ello el desprestigio al que ha sido sometido por su inexplicable forma de actuar, señorita Granger. Por otra parte, siendo la suscrita miembro activo del Wizengamot, declaro no admisible el recurso de recusación o el de apelación. Por lo que declaro mi voz única y universal, de acuerdo al decreto del ministerio del año 1386, que da plena autonomía a los miembros de mayor jerarquía del Wizengamot. He dicho —y con ello dio un golpe en el escritorio con un grueso martillo de fierro, dando por terminada esa pseudo-audiencia.

Hermione, lejos de enfadarse por la actitud de la mujer, la miró sonriente, casi en forma divertida e incrédula. Se afirmó de la silla y se puso de pie.

—¡Por Dios! ¡Usted sí que es una excelente abogada! —le gritó a Dana.

—Hermione...

—Deja Harry, si ya dictó sentencia no tengo nada que perder —en ese momento miró a su ex amigo—. Ron, si necesitabas mi dinero, era cosa de pedírmelo. Pobre de la jueza, quizá con qué la tienes amenazada —había aprendido tanto de Draco que ahora era capaz de enfrentar al mundo si se lo proponía.

La mujer la miró escandalizada y al hablar su voz sonó titubeante:

—Si... si sigue hablando, pediré que la saquen de...

—No me eche, señora jueza. Ya me voy y que tenga buen día. ¡Ah! Y tú Ron, mañana tendrás mi dinero en tu cuenta. Que te aproveche, al fin y al cabo soy mitad muggle y podré trabajar con mis manos y mi cabeza, cosa que tú jamás podrás hacer.

—¡Maldita perra! —intentó abalanzarse sobre Hermione.

—¡Sin insultos o te parto tu estúpida cara naranja, Ron! —fue Harry quien se interpuso entre él y Hermione—. Me das lástima, al final terminarás solo como una rata. Estás podrido... descompuesto por dentro y por fuera.

Harry estaba sorprendido con la actitud de Hermione. Pensó que estaría destrozada, acaba de perder la causa pero se veía tranquila o al menos eso era lo que había demostrado en la sala.

Mientras caminaban por los pasillos del ministerio, sin decir nada, Hermione le tomó la mano.

—Harry, gracias. Sin ti, no habría tenido las fuerzas para enfrentar a Ron.

—Eres fuerte, más de lo que tú misma supones. Ron no se va a salir con la suya.

—Eso espero —fue en ese momento que no aguantó más y soltó el llanto contenido. Abrazó fuertemente a Harry, descansando su cabeza en el hombro de él—. Ron está cambiado, es un verdadero monstruo.

—Creo que en realidad nunca lo conocimos como realmente era — Hermione se separó de Harry secó sus lágrimas—. Vamos a tomar un té, salgamos al sector de ingreso, tomamos una chimenea y nos vamos al Callejón Diagon, ¿qué dices?

—Que quiero una rica cerveza de mantequilla.

Cuando aparecieron al interior del Caldero Chorreante de inmediato se encaminaron hacia el callejón. Cuando caminaban en medio de la gente, Hermione sentía cómo algunos al verla, se hacían a un lado de la acera o simplemente no la miraban, en tanto algunas mujeres murmuraban. La respuesta a todo era la edición vespertina de El Profeta que Harry advirtió en un dispensador mágico de periódicos. Puso algunos knuts en el orificio y extrajo el periódico. Hubiese querido que Hermione no lo leyera, pero ya se lo había arrebatado de las manos:

—«Hermione Granger, la famosa heroína, convertida en una despechada mujer (por Rita Skeeter). Luego que la conocida integrante del llamado Trío de Oro, no se presentara a su boda con el guapo Ronald Weasley, nos hemos enterado de que la no presencia de ella en su propia boda, obedecía a que ya sabía que el joven Weasley la plantaría porque él se habría enterado de su infidelidad solo unos cuantas horas antes de presentarse en el altar. Con todo esto, nuestra ex querida heroína, no encontró nada mejor que demandar a nuestro adorado pelirrojo por haberla ido a visitar tiempo después del desafortunado intento de matrimonio, en circunstancias que él solo quería darle una segunda oportunidad» —leyó Hermione en voz alta—. ¡Idiota! ¡Esta mujer me odia!

—Hermi, tranquila. Es solo Rita Skeeter, nadie le cree.

—Yo pienso que sí. Mira, toda la gente me evade o me da la espalda. Si sigo así, luego voy a ser declarada persona non grata. Ven, vayamos por un té, un café o un helado.

—¿Helado? ¡Hermione, está que nieva!

—Un café helado entonces.

—Vamos a la heladería de Florean Fortescue, podemos tomarnos un café helado en las sillas del exterior. Dicen que tiene un encantamiento para no sentir frío y así aprovechas de entretenerte mirando a Sortilegios Weasley que esta... lo siento, Hermione, no quise...

—No te preocupes. La familia Weasley no tiene nada que ver con lo que hace Ron. Solo espero poder verlos algún día.

—Yo sé que ellos entenderán.

Llegaron hasta la heladería, pero apenas ingresaron al lugar, Hermione sintió el rechazo y los murmurantes comentarios de quienes estaban allí. Harry se dio cuenta de la situación, pero de todas formas le tomó la mano a su amiga y buscó una mesa algo apartada para evitar las intimidantes miradas de los presentes, en tanto otros directamente la señalaban.

Al cabo de unos diez minutos, no se acercaba nadie a tomarles el pedido. Hermione ya se estaba impacientando cuando llegó a su lado el hijo del dueño, Antoine Fortescue, quien con un rostro circunspecto se dirigió a ambos:

—Señorita Granger, la debo invitar a abandonar el recinto. Aquí no es bienvenida. Una mujer que intenta manchar la imagen de un mago de sangre pura, no es digna de estar en este lugar. Así que por favor... —indicó con una mano la puerta de salida. Harry se puso de pie y lo levantó de la solapa.

—¿¡Cómo te atreves a tratar así a mi amiga!? Luchó codo a codo conmigo durante la guerra, intentando vengar la muerte de cientos de magos en manos de Voldemort, ¡incluso la muerte de tu padre!

—Señor Potter, de usted no tengo nada que decir, es de...

—Déjelo así. No se preocupe. Nos vamos, ven Harry —Hermione tomó la mano de su amigo para sacarlo de ese lugar.

—¡Le advierto que en todos los locales le ocurrirá lo mismo, aquí nadie precisa de usted! —espetó el hombre mientras se acomodaba la corbata.

—¿Cómo es posible que nadie vea verdad de las cosas? —había repetido Harry una y otra vez mientras juntos caminaban por el callejón Diagon en busca del muro de ladrillos mágicos para retornar al Caldero Chorreante. Ella no decía nada. Temía que si hablaba su voz fuera solo un sonoro llanto. Tanto que había perdido por la magia, tanto que había luchado librando a ese mundo, mismo que ahora le daba la espalda y se volvía en su contra.

Sin Draco, sin su hijito, sin la amistad de Ron, sin Ginny, ¿qué más podía hacer?

Cruzó casi corriendo el salón del Caldero Chorreante, seguida por Harry. No soportaba ni un segundo más las miradas de la gente, ni el eco de sus cuchicheos.

Una vez en el exterior, se hallaba en otro mundo, en el mundo muggle, un lugar en donde cada uno vivía su espacio y luchaba día a día por sobrevivir sin saber de la existencia de la magia, de magos y brujas, lugar por el que una vez ella estuvo a punto de dar la vida, ese mismo que hoy la desconocía.

—Harry... —dijo de espalda a su amigo mirando la calle por donde circulaban vehículos presurosos de llegar a sus hogares, puesto que ya comenzaban a caer los primeros copos de nieve—. Mañana es Año Nuevo, mis padres quieren que estés con nosotros.

—Ahí estaré.

—Gracias.

—Hermi, ¿estás bien?

—No, para nada. Pero ¿sabes?, estoy tranquila, aunque triste. Desilusionada de este mundo de la magia. Solo me quedas tú. No tengo a Draco... —Harry bajó la mirada, sabía que ella amaba a ese presumido de cabello rubio—. Ni a mi hijito... Ron lo mató.

—No, no digas eso.

—¡Sí! ¡Ron mató a mi hijo! Y ahora me quita el poco dinero que tengo, casi pierdo a mis padres, casi te pierdo a ti. Perdí a amigos... quedé marcada para toda mi vida —se tocó el brazo derecho en donde tenía la cicatriz dejada por Bellatrix Lestrange—. No, Harry, ese mundo —e indicó con la cabeza hacia el Caldero—. Ya no es mío. Este es el mío —apuntó a las calles muggles—. No más magia, no más apariciones, no más pociones, no más varita, ¡se acabó!

—Hermione, espera. No...

—No más brujos, ni hechizos. ¡Nunca más! Desde hoy seré muggle y lucharé para que jamás nadie agreda a los que no se pueden defender. No más violencia, ni maltratos. Pero como no puedo hacerlo en el mundo mágico, será aquí, con los muggles. Sé que puedo. Yo lo haré —en ese momento extrajo la varita de su abrigo y la tomó de ambos extremos e hizo fuerza para partirla en dos.

—¡No, Hermione! ¡No puedes romperla! ¡Es tu varita!

—No la necesito.

—¡No la rompas! Anda, dámela yo la guardaré —Harry se la arrebató de las manos, estaba un poco curva producto de la fuerza con que Hermione intentó partirla, pero Harry la arregló. Suerte que la varita de su amiga era flexible y pudo volver a su forma original. Hermione la miró con desprecio mientras él la guardaba junto a la de él dentro de su saco.

—Tengo una idea. Ven Harry, acompáñame. Tomemos un taxi.


Hacía ya un par de semanas que Dana Ryder no tenía contacto con Ronald Weasley y no era porque él no se le acercara, sino porque simplemente ella había optado por poner distancia entre ambos. Aún estaba en su mente el rostro incrédulo de Hermione Granger al escuchar su veredicto, que distaba bastante de lo que era una verdadera sentencia judicial realizada con idoneidad.

Pero ya lo tenía decidido: no dejaría que ese joven, que tanto la hacía sentir como una adolescente, llegara a manipular su vida y desordenarla y, si para eso debía dar la lucha, la daría. No por algo era una de las juezas más jóvenes del Wizengamot, eso se ganaba con prestancia, inteligencia y por sobre todo, con carácter. Ese que le faltó a la hora de defenderse y de ayudar a una víctima de abuso.

Mientras leía un expediente para una pensión de alimentos y visitas reguladas, su secretaria ingresó al despacho.

—Dana, el señor Weasley está afuera. Dice que es...

—Necesito que hablemos —sin esperar respuesta de la secretaria, Ronald había ingresado al despacho.

—Está bien, Fantasy, yo me hago cargo —la muchacha asintió y salió, cerrando tras de sí la puerta.

Dana se puso de pie mientras Ron se sentaba en uno de los sofás que estaban frente al escritorio de la abogada.

—Te has escondido, eso de que has estado enferma u ocupada, no te lo creo. Sé que me quieres evitar —mientras hablaba estiraba los brazos a la altura de sus hombros, apoyándolos en el respaldar del sillón, subiendo los pies a la pequeña mesa de centro, cual dueño del lugar.

—No me he escondido. Solo que no he tenido tiempo para verte... y ¡siéntate como corresponde! No estás en la sala de tu casa —Ronald hizo una mueca y bajó los pies de la mesa de centro.

—Vamos, belleza, deja que te haga tus masajes —se puso de pie e intentó tocar a Dana, quien se inmediato se alejó de él—. Pero, ¿qué te ocurre? ¿Acaso no quieres que te acaricie?

—No, Ronald. Ya no. Quiero que te vayas y que nunca más me busques.

—¿Alejarme? ¡Ja! Creo que no nos estamos entendiendo, belleza. Tú estás conmigo, no me dejarás. Sabes perfectamente de lo que soy capaz y te puedo hundir si lo me lo propongo. Rita está de mi lado y publicará lo que yo le diga.

—Me interesa un rábano lo que tengas con esa vieja del demonio. ¡Y que te quede claro, a mí no me amenazas! No sabes con quién te has metido. Todavía me siento culpable por lo tu ex novia y no estoy dispuesta a seguir con tus embustes.

—¡Vaya! ¿Y ahora te dio un ataque ético? Anda, ya la dejaste en la calle. No vengas ahora a decirme qué es lo correcto. Mejor ejemplo de lo contrario eres tú. Tú fuiste quien inventó lo del « juego sexual»... sinceramente, debo darte un premio por eso.

—No debí. Fue una estupidez del momento.

—Vamos, Dana... Tú y yo podemos hacer grandes cosas, es cuestión de que condenes a unos cuantos más a lo mismo y tendremos dinero de sobra para darnos la vida que queramos.

—Veo que no te bastó con quedarte con el dinero de ella, parece que tus acreedores se han llevado todo.

—Bueno, sí. Es que debo, ya sabes...

—Tu ludopatía te está consumiendo. Deja ya las apuestas y paga lo que debes. Por último, vende esa corona tan cara que le compraste a tu novia y que ella honestamente, te devolvió.

—Ya lo hice, pero aun así no me alcanza. Dana, yo estoy seguro que pronto vendrá la buena racha y podré recuperar todo, por eso necesito tu apoyo.

—Ya te he dicho que no. Y ahora lárgate de mi despacho y de mi vida. No te quiero volver a ver —Dana se acercó a la puerta indicando a Ron que se retirara.

—No me puedes correr así como así. Le diré a todo el mundo quién eres.

—Haz lo que quieras. Y si piensas difamar mi imagen, la tuya irá por añadidura. Y si dices lo que ocurrió entre nosotros, pues bien, ¡adelante, hazlo!, que yo estoy dispuesta a reconocer ante todos lo que realmente ocurrió ese día de la audiencia y diré que Hermione Granger es inocente y que tú eres un psicópata sexual. ¡Así que a mí no me amenazas, que yo también te puedo recluir de por vida en Azkaban!

—Vamos Dana. Ya, tranquila. Anda, vámonos al hotel un par de horas y te hago lo que a ti tanto te gusta.

—Ron, vete. Ándate ahora mismo si no quieres que llame a seguridad.

—Dana, tú no puedes...

—Sí, sí que puedo. Así que o te vas o pido que te saquen, tú decides —Dana estaba resuelta a echar a Ronald de su despacho y de su vida para siempre, realmente estaba cansada de él y avergonzada con ella misma por todo lo que había hecho.

Ronald inspiró fuerte, su mina de oro se iba por la borda. Bien, ya vería qué haría. Y claro, ella tenía razón, si la manchaba ante la prensa, también él saldría salpicado. Debía ser cauteloso en los pasos a seguir que por cierto, debía excluir definitivamente a Dana de sus planes.


A mediados del mes enero Hermione y Harry se encontraban en una gran casona en pleno barrio muggle que antiguamente pertenecía a los abuelos de ella, a quien, por herencia, sus padres se la habían cedido para llevar a cabo su proyecto.

Mientras miraba unos planos, sentada en el piso y algunos hombres pintaban las paredes del pasillo, Harry le entregó una taza de café con leche.

—Gracias —dijo—. Mira, considero que esta bodega es muy grande en comparación con este dormitorio que es demasiado pequeño, recuerda que deben caber en cada dormitorio, a lo menos dos camas y en este solo se podría meter una.

Harry se acomodó al lado de su amiga y tomó el plano. Asintió, al parecer concordaba con Hermione.

—Todavía no entiendo cómo has logrado todo esto, ¿seguro que no usaste magia?

—Nada de magia, porque no pretendo volver a usarla. Tú tienes mi varita. Ya te lo dije, cuando estaba hospitalizada se me ocurrió ver un periódico muggle y ahí me enteré de un fondo concursable de ayuda solidaria para presentar en el ayuntamiento. Jamás pensé que lo ganaría.

Cuando Hermione tomó la decisión de alejarse del mundo mágico, luego de haber perdido la demanda por agresión en contra de Ronald, se presentó en el municipio de Londres para retirar las bases de licitación. Se trataba de mucho dinero en juego. Debía presentar un proyecto que fuera en directo beneficio de población en riesgo social o vulnerada. Y como ya tenía la idea dando vueltas en la cabeza, se dio el valor y ocupó todo su intelecto para presentar el proyecto solo una semana después. El que, el día de la licitación, obtuvo el más alto puntaje, puesto que uno de los ítems que mayor ponderación tenía, aparte del diagnóstico técnico, era la infraestructura. Y como sus padres tenían esa casona sin darle uso, no dudó un minuto y la incluyó.

En fin, el proyecto presentado decía relación con una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia. No importaba si era intrafamiliar, dentro del noviazgo o ejercida por los mismos padres. Su proyecto era ambicioso porque pretendía atender a lo menos a cincuenta mujeres en forma mensual para lo cual debía contratar a un equipo multidisciplinario (trabajadores sociales, psicólogos, terapeutas, médicos y personal administrativo), por lo cual había solicitado un avance de la subvención, la cual ya le había sido adelantada.

Con ayuda de su padre había logrado obtener personalidad jurídica para hacer legal su ONG llamada: «Fundación Mía Clearwater: si quieres, te ayudamos». Además había puesto un aviso en el diario con el objetivo de abaratar algunos costos, pidiendo voluntarios, a quienes estaba dispuesta a entregarles casa y alimentación en caso que fuese necesario.

Todo iba bien. Había contratado un guardia para cuidar la instalación mientras los maestros carpinteros hacían las adecuaciones y una secretaria contable que se encargaba de hacer los pedidos y de pagar, mientras Hermione (conocida ahora como Mía Granger) se dedicaba a seleccionar el personal apto, ofreciendo sueldos acordes al mercado. Lo complicado era que muchos no aceptaban porque sus pretensiones eran mayores. El peor obstáculo lo había encontrado en los médicos, ninguno aceptaba trabajar con conciencia social. Pero bueno, ese detalle lo vería más adelante. Incluso había enviado solicitudes para que alumnos de las diversas universidades pudieran hacer práctica profesional en su fundación atendiendo casos especiales. Pero aún no recibía respuesta.

—Señorita Mía, en la recepción hay dos muchachas que la quieren ver —era la secretaria que llegaba a la sala.

—Gracias —Anne Bown era una muchacha de veintitantos años que hacía poco había finalizado la secundaria en un colegio nocturno, madre de una pequeña y que, aprovechando la oportunidad entregada por la fundación (en donde Harry Potter y Joseph Granger eran directivos también), podría seguir estudiando una carrera profesional en horario vespertino.

—Vamos Harry, puede que nos haya llegado ayuda.

—Esperemos que así sea. ¡Ah!, pero no me puedo quedar... debo ir a la academia de Aurores.

—Claro, Harry. Y no te preocupes, no estaré hasta muy tarde.

—No, no te vayas sola. Me esperas hasta que yo llegue. A eso de ocho de la noche estoy de regreso, ¿sí?

—Sí, jefe, como mande —Hermione intentó ponerse de pie pero otra vez la punzada en la columna le impidió hacerlo. Como tantas otras veces Harry la ayudó.

—Debes ver un especialista.

—Deja reunir más dinero en mis fondos de salud para poder ver un buen médico.

—¡Testaruda! Usa el sistema público entonces.

—No tengo tiempo para eso.

Salieron a la recepción del establecimiento que no era otra cosa lo que alguna vez fue la sala de la casa, hoy adaptado como un recibidor.

Hermione quedó helada al ver a las dos muchachas que allí estaban. A ambas las conocía: una la vio una vez en el juicio de Draco, si bien ella había dicho que estudió en Hogwarts, no la recordaba y la otra, inconfundible, era nada menos que la hermana de la esposa del mismo Draco: Daphne Greengrass junto a Megara O'dowell eran las muchachas que con una tímida sonrisa la esperaban.

Harry les dio la mano de inmediato. También las había reconocido, pero Hermione estaba dudosa de atenderlas. No quería tener relación alguna con el mundo de la magia y resulta que tenía en frente a dos brujas de su mismo colegio. Algo se debían traer entre manos.

—Vi tu aviso y quise venir de inmediato.

—Yo lo también lo vi hoy y quiero ayudar —agregó Megara.

—¿No vienen juntas? —preguntó Harry.

—No, nos acabamos de encontrar aquí. Pero ya veo solo nos falta un Hufflepuff para que estén las cuatro casas —dijo alegremente Megara notando la seriedad de Hermione.

—Shhh, vamos al despacho —les dijo Hermione. No quería que su secretaria, ni las personas que hacían las reparaciones, se enteraran que estaba en medio de tres brujas y un mago—. Harry, ve a la academia. Yo me encargo.

—Sé que desconfías de mí pero lo que te tengo que decir hará que cambies cualquier opinión errada que tengas de mi persona —fue Daphne la que habló para darle calma a Hermione viendo que Harry dudaba de irse dejando a su amiga en medio de ellas.

—Vengan, acompáñenme. Nos vemos, Harry.

Hermione guio a ambas muchachas hacia su improvisada oficina en donde aún estaban los sillones envueltos en cartones y la mesa se hallaba repleta de papeles.

Las muchachas se sentaron en los sofás y Hermione estaba de pie escudriñándolas con la mirada.

—Vimos tu aviso, Hermione.

—Mía. Acá me llaman Mía —Daphne sonrió. Sabía que así le decía Draco y Megara también comprendió.

—Fue fortuito que nos hayamos encontrado en tu recepción pero ambas estamos aquí por motivos diferentes. Tú me escuchaste lo que dije en el juicio de Draco, Mía. Fui violada y maltratada y por eso estoy dispuesta a ayudar desde mi experiencia para que mujeres en mi misma situación puedan, a pesar de lo difícil que resulte, vivir con ese dolor y superarlo.

—Lo mío es distinto. He sufrido maltrato en mi hogar. Mi padre me encerró en San Mungo inventando que estaba demente porque quise ir contra su voluntad, revelando un secreto horrible, el cual te afecta a ti directamente y a Draco. Y por eso estoy aquí, para hablar contigo y claro, también para ayudar en forma voluntaria, con tal que me des un techo para vivir.

¿Qué era todo aquello? No entendía nada. Perfectamente podría comprender la posición de Megara de querer trabajar con ella desde su experiencia, pero ¿Daphne?, la hija de un mago de alta alcurnia ¿estaba pidiendo un techo para vivir? Y lo que era más extraño, ambas en el mismo momento y día, debido a una publicación en un periódico, pero ¿las dos brujas al mismo tiempo? Merlín jugaba con ella, podría asegurarlo.

Las escucharía. Esas chicas algo le iban a decir...


En la noche Hermione estaba en su despacho esperando a que llegara Harry. ¡Debía contarle cuanto antes lo que Daphne le había confesado! Era tan perturbador pero a la vez la hacía la mujer más feliz del mundo. La sonrisa no la podía borrar de su cara. Con la ayuda de Harry, podría encontrar a Draco en donde fuera que estuviera metido.

A las ocho y diez sonó el timbre de la casa. Sabía que era Harry. Intentó salir corriendo pero la punzada en la columna le impidió hacerlo. No quería que insistiera con el timbre ya que las muchachas, Megara y Daphne, debían estar acomodándose en sus habitaciones o Daphne ya durmiendo. Según lo que había dicho, pasó días horribles desde que huyó de San Mungo. Escondida en albergues muggles, incluso robando comida para alimentarse, aunque que con magia, la que no quería usar muy seguido porque temía que su padre pudiese haber dado orden de búsqueda, ya que la varita que estaba en su poder se la había arrebatado a una enfermera. Hermione le aseguró que hablaría con Harry para que hiciera algunos hechizos protectores para evitar ser encontrada. Con eso la muchacha quedó más tranquila.

Apenas abrió la puerta abrazó a su amigo radiante de alegría.

—¡Harry! ¡Ha ocurrido algo maravilloso!

—Mmm déjame adivinar, ¡te dieron ganas de usar tu varita nuevamente!

—No, nada de eso. Ven, siéntate, se trata de Draco —al escuchar ese nombre el rostro de Harry se tensó, ¿sería que el presuntuoso de Malfoy había regresado a vida de Hermione?

Harry tomó asiento en uno de los sofás mientras Hermione se acomodó a su lado.

—Daphne me dijo que Astoria engañó a Draco, que nunca estuvieron juntos, que mintió con lo del embarazo y que, entre ella y su padre, habían inventado una pérdida para hacer creer a Draco que Astoria era una víctima.

Harry tardó unos segundos en asimilar toda la información entregada por Hermione en tan pocas palabras y dicho de corrido.

—A ver, espera. Según lo que tengo entendido, ella dio amortencia, ¿no?

—Amortencia con doble belladona. ¡Draco se durmió! ¡Ni siquiera tocó a Astoria! Pero ella inventó todo y le hizo creer que sí había ocurrido algo, con el consecuente embarazo.

—No entiendo. Según lo que sé, Malfoy es experto en legeremancia, ¿cómo no se dio cuenta?

—Los Greengrass tienen integrado en sus genes, la oclumancia, por tanto, sin quererlo cierran su mente y es imposible poder ver sus pensamientos, por muy buen legeremante que seas.

—Sigo sin entender, ¿con qué fin Astoria armó semejante teatro?

—Por la fortuna Malfoy.

—Los Greengrass también son ricos —Harry no quería por nada del mundo entender que Draco era inocente y de eso ya se estaba dando cuenta Hermione.

—Ricos, pero caídos en desgracia. Según lo que dijo Daphne, su padre perdió la maderera producto de malas inversiones.

—Bueno, ¿y por qué la bendita Daphne esperó tanto para hablar? ¿Por qué no dijo la verdad antes?

—Harry, a Daphne la tenían encerrada en San Mungo para que no hablara. Su padre temía que sí ella me veía o veía a Draco nos contara la verdad de lo sucedido.

Debía rendirse. Todo estaba claro y ya no tenía más preguntas que hacer. Draco había sido también otra víctima.

—Ahora entiendo. La muy fina Astoria es una víbora egocentrista. Hizo todo lo que tenía a su alcance para separarte de Malfoy, lo que no me queda claro es por qué él no fue a tu encuentro el día que dejaste a Ron plantado.

—Según Daphne, es posible que Astoria esté de por medio. Quizá qué estupidez inventó.

—¿Y ella sabe en dónde está Draco con la santa de Astoria?

—Daphne dice que Draco ingresó a una organización solidaría a nivel mundial llamada «Médicos sin límites» o algo parecido...

—«Médicos sin Fronteras», así creo que se llama, es una organización que ayuda en casi todo el mundo. Será difícil dar con su paradero...

—No sé qué tan difícil pero buscaré en Internet todo lo que sea. Te juro Harry, lo encontraré a Draco. Dalo por hecho.

—Como quieras amiga, sé bien que tu corazón tiene dueño.

—Por algo me llamo «Mía».

—¿Qué? —preguntó sin entender, pero Hermione sonrió. Sabía que ese nombre tenía un significado el cual compartía solo con Draco Malfoy.


Desde que el avión había aterrizado en El Cairo y viajado por tierra en un convoy del ejército de la OTAN hacia Jartum, capital de Sudán, ya habían transcurrido tres meses. A esa hora de la noche, el aire refrescaba un poco el ambiente seco, que durante ese día llegó a los treinta y ocho grados Celsius a la sombra. Era un verdadero horno vivir allí, sumado a las constantes tormentas de arena que azotaban el poblado, hacía que la vida fuera muy complicada, sobre todo para él y por qué no decirlo, para Astoria. Ambos criados en cunas de oro se hallaban enfrentados a la realidad muggle: estado de guerra, hambre, enfermedades y pobreza.

El campamento estaba situado en un lugar eriazo especialmente habilitado por las fuerzas de paz y sitiado por militares para atender a los enfermos y heridos producto del conflicto civil y armado gestado en el país.

En el campamento también estaban dispuestas dos tiendas especiales de la UNESCO con apoyo de la FAO para entregar alimentos a familias con niños pequeños y otorgar insumos para agricultura en zonas desérticas a esas mismas familias. Todo a fin de apoyar al desarrollo de un país tercermundista. Lamentablemente no muchos atrevían acercase a ese lugar, debido a que su ideología política y, en algunos casos, a que su religión no aceptaba ese tipo de apoyo especialmente viniendo de manos de personas de occidente.

Draco, que había dormido un par de horas en la tienda con un ventilador pegado a su frente, se alistaba para hacer el turno. Generalmente de noche tenían más afluencia. La gente aprovechaba la oscuridad para acercarse al hospital de campaña. Se había jurado no usar la magia, pero siempre guardaba su varita en el calcetín, mientras Astoria sentada en la cama, lo miraba con cara de pocos amigos. Pero él, como siempre, la ignoraba, a sabiendas que su esposa lo estaba auscultando. Sabía que lo odiaba, que esa admiración que ella sentía por él, se había esfumado hacía tiempo y que ahora lo único que deseaba era estar muy lejos de él. Más, si consideraba que su varita estaba en sus manos y que la mantenía escondida en algún lugar bajo hechizos de indetección, con lo cual la convertía en una simple muggle.

En la tienda, en donde estaba Draco y Astoria, se encontraban dispuestos dos catres y una mesa para comer. El resto era un equipo de comunicación y un computador. No había ninguna comodidad, solo lo esencial para dormir (o medio dormir) porque siempre estaba latente el miedo a que los atacaran o que una misil los matara a todos.

—Me quiero ir. Ya no aguanto ni un minuto más en este sitio. ¡Es horrible! ¡No tenemos ni baño! Debo caminar a unos retretes públicos que están casi a la entrada. ¡Es denigrante! ¡Y repugnante!

—Te he dicho que puedes utilizar el baño sanitizado que está en el hospital de campaña.

—¡Menos! Ahí van todos los enfermos. Lo que debes hacer es devolverme mi varita y así conjuro una tienda con todas las comodidades para ti y para mí.

—Ya te he dicho que no, que viviremos como cualquier muggle durante todo el tiempo que estemos en este lugar, ¿entendido? Y que no se hable más del tema.

—Draco, recapacita, ni tú ni yo pertenecemos a este mundo.

—¡Me tienes harto! —la tomó de los brazos y la levantó del piso—. ¡Sabes perfectamente que estamos aquí por tu culpa! ¡Tú envenenaste a Hermione en mi contra diciéndole que aún estabas embarazada!, y ella terminó casándose con ese... ¡Tuya es la culpa de que estemos aquí! Así que te aguantas.

—Draco, vámonos, por favor. Te doy el divorcio de inmediato, pero vámonos —Draco la soltó. El divorcio, eso era lo que necesitaba, separarse de una vez de esa bruja.

—¿Sí? ¿Divorciarnos? ¿Y de cuánto estaríamos hablando? —sabía que Astoria tenía dibujado el signo peso en las pupilas y no lo dejaría así como así.

—¿De cuánto? ¿No sé a qué te refieres, Draco? —preguntó haciéndose la inocente.

—De dinero. Tú y tu padre son de la misma calaña, no hacen nada gratuito. Pero gracias a Merlín que puedo pagar el precio que sea necesario. Da la cifra de una vez.

—Tú impusiste eso de los bienes separados...

—No te hagas la ingenua conmigo, sé que tu firma no será gratis.

Astoria lo escudriñó con la mirada, sabía que Draco jamás confiaría en ella, así que era mejor hablar de frente.

—Te lo diré una vez que nos vayamos.

—Entonces lo pensaré un tiempo antes de responderte.

—¡No! Draco, por favor. Dame un día para pensar. Si mi padre se llega a enterar...

—¡¿Qué mierda tiene que ver Kenson en nuestro matrimonio?!

—Na... nada, es que bueno... él se preocupa por mí.

—Y por sus intereses. Astoria, si nos vamos a divorciar, ten por seguro que no te dejaré en la calle. Mal que mal perdiste a mi hijo y sufriste por ello — Astoria palideció fue una acción refleja que incluso llegó a creer que Draco la podría haber advertido.

—Sí, claro. Bueno, pues firmamos el divorcio apenas lleguemos a Londres pero nos vamos, ¿sí?

—En un mes. No puedo irme antes.

—¿Un mes? ¡Eso es demasiado! ¡No puedo aguantar un día más en esta pocilga!

—No hay vuelos antes. Yo ya tengo la reserva hecha. Los médicos aquí no permanecen más de dos o tres meses para no desgastarlos, así que en un mes nos iremos y me firmarás el divorcio apenas lleguemos.

—¡Me engañaste! ¡Sin divorcio o no, nos íbamos!

—Tú me la debías Astoria y me sigues debiendo... sabes a qué me refiero...

—Draco, deja eso en el olvido de una vez. Soy tu esposa... tu mujer y sabes que yo te quiero y que siempre me he preocupado por los dos —dijo acercándose a él acariciando su cabello. Draco miró al techo, sin hacer ningún movimiento mientras ella deslizaba una mano por su pecho—. En medio de tantas mujeres que ves a diario, sabes que soy la mejor de todas —Draco negó con la cabeza. Odiaba el egocentrismo y... viniendo de él, el egocentrista número uno en su adolescencia, era mucho qué decir—. Ante todas, soy afortunada de ser la esposa del médico más guapo de este lugar —la mano de Astoria se había posado en la entrepierna de él mientras ella comenzaba suavemente a besar su pecho, por sobre la camisa. Lentamente se puso de rodillas frente a él y comenzó a respirar y besar por sobre el pantalón la zona de mayor vulnerabilidad masculina.

—Astoria, no sigas —como fuera, él era hombre y sentir unos labios tocando su parte masculina, quiéralo o no, lo excitaba. Aunque fuera Astoria.

—Amor... soy tu mujer —intentó deslizar la cremallera del pantalón, momento que Draco le tomó la mano e hizo que se pusiera de pie.

—¿Quieres sexo? —ella lo miró en forma lasciva pasando la lengua por sus labios dando una señal afirmativa—. Pues bien, ven —jaló de ella y la empujó en la cama. Astoria estaba deseosa, esperando por fin sentir a su marido. Draco aún no le soltaba la mano, la cual guio lentamente hasta la zona erógena de ella—. Con tu propia manito date placer, ya que conmigo, jamás.

Dicho esto Draco tomó su bolso y se acercó a la salida de la tienda, no sin antes girarse hacia Astoria.

—El sexo con uno mismo es el más el seguro. Que no te dé vergüenza masturbarte —añadió realizando un movimiento de cejas y sonriendo con burla. Luego de lo cual salió y, al girar casi choca de frente con el guardia que debía tener apostado en la tienda, cuando desde adentro se escuchó un grito:

—¡Te odio Draco Malfoy!

—Buenas noches —dijo al hombre, ignorando los gritos de Astoria que perfectamente se podrían escuchar en todo el campamento.

—Buenas noches, doctor —respondió el hombre.

Caminó sonriente hacia el improvisado pero muy equipado hospital, esa imagen de frustración e incredulidad de Astoria, jamás se le borraría. Se detuvo un instante a pensar. Ella había dicho que se divorciarían... era una buena noticia y sabía que dentro de un mes volvería a Londres, pero a qué, su Mía estaba casada con Weasley.

Miró al cielo y las estrellas centelleaban como burlándose de él. En Londres era pleno invierno, que invitaba a acostarse temprano. Una náusea se gestó en su estómago al imaginarla metida en la cama con ese, haciendo el amor y compartiendo su cuerpo con él. Sin querer se llevó la mano al dije que colgaba de su cuello y lo miró. Estaba intacto. Las figuras seguían entrelazadas. Ella lo amaba. Él la amaba. Como fuera no se iba quedar de brazos cruzados. Ya una vez, por no haber hecho lo correcto, ella terminó casada.

Estaba decidido. Apenas llegara a Londres su misión sería buscarla y arrancarla de las garras de ese estúpido. Mía, era de él. Y ella sabía quién era su dueño.

Mientras vagaba en sus pensamientos sintió que alguien le golpeó suavemente el hombro.

—Doctor Malfoy, tan cabizbajo que va, ¿le sucede algo? —era una de las enfermeras norteamericanas, Paige Adams, una mujer joven de cabello oscuro ondulado, bastante atractiva y de curvas era pronunciadas. Cuando habló miró hacia el sector de las tiendas como si hubiese visto algo.

—Sé lo que allí sucede, pierde cuidado —dijo Draco.

—¿Pero no le molesta?

—Está todo controlado. Ven, vayamos al turno.

—Hay dos personas gravemente heridas me informó el doctor Garrett

—Sí, también me lo dijo. Prepara los implementos por si tuviéramos que amputar.


Astoria se moría de rabia. Odiaba a Draco como a nadie en el mundo y que ni se imaginara que le iba a dar el divorcio así como así, antes debería traspasarle la mitad de sus bienes y para eso contaría con la ayuda de su padre.

Mientras ordenaba alguna ropa en una de las maletas alguien entró en la tienda. Era el mismo guardia con que Draco, hacía unos minutos, había chocado al salir. Su nombre era Hassan Hagman, un hombre sudanés, de piel oscura, fornido, de pectorales bien formados y hombros anchos. Era uno de los rebeldes de la guerra civil, opositor al gobierno de Omar Al-Bashir, dictador de ese momento en la República de Sudán.

—Las mujeres no deben usar pantalón, ni pintarrajearse la cara —dijo mirando a Astoria, quien vestía jeans ajustados y una blusa de seda casi transparente dejando entrever un sostén de encaje blanco.

—Ambas cosas son fáciles de arreglar, Hassan. El primero me lo quitas y el segundo me lo quito yo —Astoria se acercó al hombre y se colgó de su cuello. Hassan no dudó en besarla con fuerza, apretándola contra su cuerpo y devorando sus labios.

—¿El doctorcito ya no vendrá? —preguntó mientras besaba su cuello.

—Se acaba de ir a su turno, debiste cruzarte con él en el camino —dijo tomando la mano del hombre, conduciéndolo hasta la pequeña cama que tenía justo al lado de la de Draco.

El hombre no dudó y le arrancó de una sola vez la blusa que traía puesta, mientras hacía que se acostara. Luego él se quitó la ropa, en tanto ella terminaba de desnudarse. Él le había dicho que la mujer debía esperarlo siempre sin ropa en la cama, porque en su creencia, él jamás desvestía a la mujer, pues ésta debía estar siempre dispuesta a los deseos de su hombre.

Luego de desvestirse, sin mayor preámbulo la poseyó. Astoria gritaba de dolor y placer. Era un hombre de gran tamaño y por ende todo en él tenía otras dimensiones, lo cual la satisfacía más allá de lo que hubiese imaginado nunca. Jamás se había sentido plena en la cama con alguien como con ese africano que la hacía hasta gatear en el lecho.

El hombre no tenía idea de que con la mujer que se acostaba desde hacía unas semanas era bruja y ella no se lo pensaba decir. Jamás imaginó que un hombre de esas características pudiera generar en ella tantas emociones juntas. Se sentía deseada, respetada, cuidada y lo mejor de todo era que Hassan regresaría con ella, él ya le había informado que dentro de un mes se iría con la delegación de médicos a Londres, pues había conseguido asilo político, por eso ella había sido tan insistente con Draco en regresar y lo mejor de todo, le había dado resultado.

Cuando volviera a Londres, se divorciaría de Draco (no sin antes dar la pelea por una buena tajada de la fortuna Malfoy) y se iría con Hassan. No le importaba la magia, su padre o «el qué dirán», ella viviría con él pues se había enamorado de aquel hombre que la trataba como a ella le gustaba, a veces era un poco rudo y sus valores orientales en algunas ocasiones se contraponían con sus creencias, pero aun así estaba segura de que por fin se había enamorado. Atrás dejaría a Draco y que hiciera lo que quisiera con la sangre sucia de Granger. Total, ese no era su problema.

—Debes irte. Draco regresará pronto... ya son casi las dos de la mañana, nunca un turno es tan largo.

—¿El doctorcito blanco duerme en esa cama? ¿Seguro que es tu hombre? Parece que nunca te toca porque cada vez que me meto dentro de ti siento que fuera la primera vez que tienes a un hombre.

—Hassan, soy mujer de estatura media, debes darte cuenta que no estoy acostumbrada a estar con hombres como tú y lo que haga con Draco no es asunto tuyo.

—Eres una perrita, ¿lo sabías? Si fueras de mi pueblo te habrían apedreado.

—Da gracias que no lo soy porque si lo fuera, esta boca jamás te habría tocado.

—Creo que el hecho que seas así es lo que me vuelve loco —los gruesos labios de Hassan devoraron una vez más los pequeños labios de Astoria. Ella, con solo sentir el sabor de él, se encendía totalmente y lo único que quería era corresponder.

A esa misma hora Draco salía de su turno y era alcanzado por Paige Adams que traía su bolso y se acomodaba la chaqueta. Draco la ayudó a ponérsela.

—¿Ya te vas a descansar?

—Es lo lógico, ¿no?

—No esas pesado conmigo. Te lo pregunto porque nos vamos a tomar unos tragos en la Tienda-Bar de Moss.

—¿Tienda-bar?

—¡Ajá! Los soldados norteamericanos que no tienen turno, han improvisado un bar y es gratis porque el vino ha sido donado por algunos lugareños. Claro que si quieres whisky... eso te puede costar unos dólares. Además están dando la bienvenida a un grupo de paramédicos que comienzan a trabajar pasado mañana con nosotros.

—¿Llegaron hoy? Tenía entendido que llegaban...

—Sí, eso nos lo dijeron cuando la frontera estaba cerrada, pero ahora pudieron pasar. Anda, ¿te animas?

—Claro —miró su reloj y luego dio un vistazo a la tienda que compartía con Astoria y se veía iluminada. Una sonrisa se dibujó en sus labios y salió detrás de la enfermera.

Ingresaron a la tienda-bar en donde se escuchaba música tipo rock, pero a bajo volumen. Algunos reían mientras otros jugaban póker y algunos estaban apostados en una mesa de pool que estaba en el centro. Si no hubiese sabido que todos eran muggles, Draco habría jurado que era una tienda con algún hechizo extensible porque era inmensa.

Se sentó en la barra y de inmediato el barman le ofreció un trago.

—Un whisky para el doctor por salvar tantas vidas —dijo el hombre, que realmente era un soldado.

—Gracias.

—Gracias a usted —se giró hacia Paige, quien le sonreía alegremente.

—Estas feliz, Paige.

—Sí, es que dentro de los paramédicos que hoy llegaron venía mi novio.

—Oh, qué bien. ¡Felicidades!

—Vea, ahí viene —apuntó hacia un grupo de hombres en donde uno sobresalía y se acercaba a ellos.

¡Qué Merlín le mandara un rayo y lo partiera en dos! ¡Conocía a ese «paramédico»! Se trataba de nada más y nada menos que...

—¡Draco Malfoy!

—Theodore Nott, ¿qué demonios haces aquí?

—¡La misma pregunta te la hago yo, hijo de p...!

—¡Se conocen! —exclamó Paige alegremente al ver a esos dos abrazados como verdaderos hermanos que se reencuentran.

—¡Pues claro! Nos conocimos en Hogw...

—Shhh... —dijo Draco para evitar que siguiera hablando de que sus tiempos de magos.

—Tranquilo doctor, yo también soy bruja —dijo la enfermera a Draco con voz baja. Draco no lo podía creer. Paige Adams, ¿una bruja? ¿cómo no se dio cuenta antes?

—Pe... pero cómo.

—Ven amigo, tengo mucho que contarte —dijo Theo.

Los tres se dirigieron a una mesa para poder hablar con tranquilidad. Allí Draco se enteró de que Nott había estado escondido en Atlanta, en donde conoció a Paige, quien, por ser enfermera le había enseñado bastante. Por lo que cuando fue apresado por los aurores estadounidenses, en el mes de diciembre y trasladado a Londres para su juicio. Luego del cual, el juez a cargo le dio el «castigo» de realizar trabajo comunitario con los muggles, el cual no le había resultado difícil, puesto que tenía consigo a su novia, Paige, quien había salido antes a Sudán pero con el compromiso de que se reunirían pronto.

—Vengo en seguida —dijo Paige, entendiendo que Theo y Draco debían hablar algunas cosas privadas, mientras ella iba a ver a dos colegas que estaban cerca.

—Así que médico... médico de verdad, ¿no? Es decir, muggle... científico y todo... No sanador... ¿no es así?

—Así es amigo, médico de universidad muggle. Ya desde Hogwarts estaba estudiando así que hace poco, en diciembre, me titulé. No hubo tiempo para festejos, me vine de inmediato a la misión —explicó Draco, mientras agarraba un puñado de maníes y se los llevaba a la boca—. Y Paige... así que bruja.

—Correcto, del Colegio de Magia y Hechicería Ilvermorny.

—¡Vaya! Eso es... fantástico.

—Oye y, ¿te casaste con Astoria Greengrass? ¿Está contigo aquí?

—Sí.

—¡Uf! ¿Y qué hizo para que la trajeras hasta este lugar?

—Casarse conmigo.

—¡No te cansas! Y dime, ¿qué te pasó con Granger? —Draco no sabía que Nott tuviera idea de que había ocurrido algo entre él y Hermione.

—No sé a qué te refieres.

—No te hagas conmigo. Todos sabemos que fuiste tú quien ayudó a Granger a huir de tu casa cuando tu padre la tomó prisionera, no creo que haya sido Bellatrix quien la rescatara. Fuiste tú. La ayudaste así como también lo hiciste con O'dowell, ¿o me equivoco?

—No, no te equivocas. Yo ayudé a ambas.

—¿Y? Entonces te enamoraste de Granger, ¿no?

—Bueno...

—¿¡Y por qué mierda te casaste con Astoria!? —preguntó sonriente mientras encendía un cigarrillo.

—Una larga historia, amigo. Pero bueno, Granger también se casó con otro, ¿no?

—¿Hermione casada? —preguntó Theo frunciendo el ceño.

—Sí, con Weasley. Supe que en octubre fue el matrimonio —Nott sonrió y acercó su silla a la mesa, mirando sorprendido a Draco.

—¿Desde cuándo que no lees El Profeta?

—¿Qué tiene que ver ese mugroso diario?

—Pues que le ha dado cobertura máxima al caso de Granger-Weasley.

—¿Caso? ¿De qué puto caso me hablas? —Nott dejó el vaso en la mesa y miró fijamente a su amigo.

—Draco... Granger jamás se casó con Weasley.

—¿Qué?

—Ella lo plantó en el matrimonio y él, bueno, la plantó a ella.

Eso no podía ser cierto. Su amigo lo estaba engañando, ¡él había visto el diario que Astoria le entregó el día después de la boda! Recordaba nunca haber leído la noticia completa, solo un titular y desde ahí nunca más había tomado el diario mágico.

—¿Me dices que ambos se plantaron?

—Así es. No se casaron. Mira, no tengo muy claro los sucesos, pero por lo que he leído ese día del matrimonio, Weasley no se presentó y en su lugar envió un patronus o un vociferador en donde decía que sabía que Hermione tenía un amante mortífago... tú —hizo un guiño con una ceja y lo apuntó con su dedo índice—, pero no dijo tu nombre.

—¡Merlín! Y yo, creyéndola casada con la comadreja... la dejé.

—¿La dejaste? ¡Uf! Amigo, ella la ha pasado muy mal. Por lo que sé, una noche llegó el pobretón Weasley su casa a cobrarse venganza... según el relato de Granger, él la habría golpeado e intentado violarla.

—¿Violarla y golpearla? —se puso de pie, debía irse de inmediato. Hermione lo necesitaba.

—Siéntate. Aún falta algo más —Draco obedeció—. Ella hizo la denuncia luego de salir del hospital muggle.

—¿Estuvo hospitalizada? ¡Entonces fue muy grave!

—Mucho. Ella lo demandó, pero perdió todo. La jueza que tenía el caso, dio el favor a Weasley. Dicen que se vio obligada a devolver el dinero que el ministerio le había entregado por ser heroína. Algunos comentan que Potter le prestó dinero porque había utilizado mucho de ese premio en ayudar a sus padres.

Draco estaba con la cabeza tomada con sus dos manos y sus codos apoyados en la mesa. Si pudiera llorar, gritar o maldecir, sin ser tachado de demente, lo haría. Su corazón estaba destrozado. Había dejado sola a Hermione a expensas de ese desgraciado que había intentado violarla y que la había atacado. Y él odiándola... odiándola y amándola... su Mía sufría y él no estaba con ella.

—El Quisquilloso... El periódico estrambótico del padre de Lunática, ¿lo recuerdas? —Draco asintió—, pues la apoya. Dice que Weasley la amenazó de muerte pero Rita Skeeter se ha encargado de tachar a Granger como la peor de las mujeres. Incluso dicen que en una oportunidad la corrieron de una tienda mágica. Desde ahí que nadie más la ha vuelto a ver, algunos creen que está en el Londres muggle, otros que está con su amigo Harry Potter porque a ninguno de los dos se les ha visto.

—Espero que esté con Potter. Si Weasley la tiene amenazada es mejor que esté resguardada. ¡¿Cómo fui tan estúpido?! No me di cuenta. ¡Debí haberla raptado el día su boda! ¡Estúpido mil veces estúpido! —se tomó el vaso de whisky de una sola vez y se puso de pie nuevamente.

—¿A dónde vas?

—A pedir cuentas a una señora. Nott, fue un gusto verte. Pero creo que no trabajaremos juntos. Tomaré de inmediato mis cosas y me iré a El Cairo. Utilizaré magia, debo regresar cuanto antes a Londres.

—Yo estaré un mes por estos lados... solo un mes y luego volveré a Londres junto a Paige. Te buscaré, quizá me puedas ayudar para encontrar trabajo en un hospital muggle.

—Tenlo por seguro, amigo. Te debo una... —dijo dándole unas palmadas en el hombro a Theo, mientras se apresuraba a salir rumbo a la tienda.