De verdad no hace falta que me lo digáis, yo ya sé que soy lo peor del mundo, pero me fui a la playa, de nuevo, sí, sí... estoy super bronceada, es la única manera que el color blanco me quede bien, estoy super contenta por eso. Bueno fuera locura, me quedan 20 días de vacaciones y vuelvo a la uni, este verano ha pasado demasiado deprisa, de verdad que depresión, así que en nada vuelvo a la rutina y tendré el tiempo muy organizando y las actualizaciones serán mucho más constantes, es que en verano es lo peor, tenéis que entenderlo y estoy segura de que lo entendéis.
muchas gracias como siempre por todos los comentarios, sois ABSOLUTAMENTE INCREÍBLES, me alegro mucho que la historia os guste, así que sin mas dilación os dejo con el capitulo. Buscaros el revestimiento de bragas ehhhh que este capitulo es muy caliente!
Capítulo 20
A la mañana siguiente, me desperté al sentir movimiento en la habitación. Abrí los ojos y vi a Regina arreglándose, esa mujer sí sabía cómo lucir un vestido. Y se le daba igual de bien que estar desnuda. La miré a los ojos a través del espejo y una ligera sonrisa apareció en sus labios.
- Buenos días.
- Buenos días – dije – estaba disfrutando de las vistas.
- Yo también.
Me sonrojé y tiré de las sabanas para cubrir mi cuerpo desnudo. La habitación se hallaba increíblemente iluminada a pesar de que debía ser muy temprano.
- ¿Qué hora es?
Miré a mí alrededor buscando algún reloj, pero no encontré ninguno.
- Casi las once.
Se terminó de colocar el vestido negro, perfectamente ceñido a su cuerpo y abrió uno de los cajones de su joyero para sacar una pulsera de plata. ¿Las once? Normalmente, Regina llegaba al trabajo antes de las ocho.
- ¿Por qué sigues aquí? ¿No deberías haber ganado ya medio millón de dólares?
- Quinientos mil millones – dijo mientras se sentaba en la cama a mi lado – No me necesitan para ello. Para eso son mis empleados. Además he cancelado mi agenda para la mañana.
- ¿Cuándo lo hiciste?
- Anoche, antes de que llegaras.
- Bien pensado.
Era una mujer organizada. Lo planeaba todo y prestaba mucha atención a los detalles. Y, como habíamos hecho dos veces el amor, no nos dormimos hasta casi las seis de la mañana. Cancelar sus obligaciones matutinas había estado muy bien pensado. Bostecé estirando los brazos por encima de la cabeza y la sábana cayó por debajo de mis pechos al hacerlo. Ella me miró y sus ojos se enturbiaron mientras contemplaba mi cuerpo detenidamente.
- Joder, Emma. Vas a conseguir que quiera cancelar mi agenda de la tarde también… y no puedo hacerlo.
Sonreí.
- Lo siento – pero no lo sentía. Regina podía lograr que me pusiera cachonda desde la otra punta de una habitación llena de gente, era agradable que yo tuviera un poder parecido sobre ella. – Eh… tengo que levantarme ¿va a suponerte también eso una… distracción?
Me miró con los ojos entrecerrados y, a continuación, se dio la vuelta y desapareció en el vestidor, volviendo después con una bata de color crema.
- Toma.
Cogí la bata de sus manos pero no me molesté en ponérmela hasta que estuve de pie.
- Eres una mujer muy, muy mala - dijo mientras veía cómo me colocaba la prenda.
- Y eso te encanta.
Puso los ojos y blanco y señaló con la cabeza una puerta cerrada.
- El baño está ahí. Debe de haber cepillos de dientes nuevos en uno de los cajones, mira por todas partes hasta que encuentres lo que necesites, las cremas, perfumes y maquillaje están en el cajón de la izquierda.
- Gracias.
Me acerqué a ella y la besé en la mejilla antes de dirigirme al baño. Encontré rápidamente el cepillo de dientes, me di una ducha rápida y cuando salí encontré en la cama un conjunto de ropa interior nueva, con el precio puesto, un precio exagerado para unas bragas y un sujetador.
- El desayuno está listo – dijo Regina mientras volvía al dormitorio y me sonreía - ¿vienes?
Cuando entramos en la cocina, me encontré con todo un festín para desayunar, había café, zumo, bollería de todo tipo, fruta y tostadas…
- ¿Cuántas personas vamos a desayunar? – pregunté divertida
- Pensé que tendrías hambre – me sonrió y se fue a ponerse un café.
- Tengo hambre… pero no esa clase de hambre – le di la vuelta para que su espalda quedara hacia la mesa, coloqué las manos en sus pechos y los estrujé…. – Quiero – empecé a depositar besos en su mandíbula – quiero… comerte a ti – la empujé de forma que su culo quedó al borde de la mesa y ella apartó todo lo que había ahí con la mano, subí su vestido hasta la cintura y bajé sus ropa interior con una rapidez extraordinaria, sus ojos se oscurecieron, mientras que yo la acariciaba desde su vientre hasta sus pechos, abrí la cremallera del vestido que se encontraba en su espalda y le desabroché el sujetador dejando sus perfectos pechos a la vista… después fui bajando mis manos hasta el centro de su deseo. - Podría estar todo el día mirándote el coño. - Mis dedos se deslizaron entre sus pliegues y se movieron en círculos… - ¿No tienes que ir a ningún sitio? – pregunté mientras soplaba lentamente en su clítoris… ella soltó un gemido que sonaba necesitado y desesperado…
- Sí… - logró decir mientras yo daba el primer lametazo – tengo una reunión…. – mordí suavemente su clítoris. – ¡Oh, Dios! – arqueó la espalda y buscó un mejor equilibrio en la mesa…
- Pues entonces debo darme un poco de prisa, no quiero que te vayas sin haberte echado un buen polvo matutino… - succioné de nuevo su clítoris y metí dos dedos dentro de ella. Regina se movió debajo de mi boca y de mis dedos, buscando aliviarse, pero yo tenía mejores planes para ella, quería ir a mi ritmo, quería que sintiera todo el placer que podía darle, y quería convencerla de que solo yo se lo podía proporcionar. Sequé mis dedos de ella, y separé con lentitud los pliegues de su sexo, era tan jodidamente excitante verla así, con los pechos al aire, la boca entrecerrada jadeando, los ojos cerrados, y las caderas moviéndolas en busca de alivio. Era una maldita diosa. Y esa diosa era mía.
Lamí su clítoris y ella se sacudió con violencia. Era tan jodidamente deliciosa y sus gemidos me estaban llevando al borde de la locura. Regina me agarró la cabeza y con ello me obligó a meter mi lengua tan dentro de ella como me era posible…
- ¡Joder! – Gritó mientras yo sacaba y metía mi lengua en su precioso coño…- Más... – pedía entre gritos, su cuerpo entero temblaba, seguí succionando su clítoris con más fuerza, metiendo tres dedos en su sexo, estaban tan jodidamente húmeda, solo para mí.
- Córrete para mi nena – le pedí cuando sentí que estaba a punto de explotar seguí moviendo mis dedos con tanta fuerza que tuve miedo por un segundo de hacerle daño, pero ella gritó y su cuerpo se tensó mientras que era gran ola de placer estallaba, corriéndose con tanta fuerza que empapó toda mi mano, saqué mis dedos de su interior ella seguía temblando, me acerqué a su coño y la limpié entera con mi lengua.
- ¿Qué tal ha sido? – sabía la respuesta, pero quería oírselo a ella.
- No me importaría que me echasen un polvo matutino todos los días – dijo mientras lograba ponerse en pie, aún temblado por el orgasmo.
Fingí no hacer un millón de interpretaciones a lo que me acababa de decir, ella levantó las cejas e hijo un gesto hacia mí. Por un momento pensé que sabía lo que estaba pensando, que erar con ella todas las mañanas implicaba vivir ahí, con ella, pero era demasiado pronto, aunque a mí nunca me parecía demasiado pronto porquera era una loca obsesiva que quería aferrarse a ella, y que yo era completamente incapaz de manejar una proposición como era con mis antecedentes.
- Voy a lavarme un poco, me has dejado…
- Jodidamente sucia…. – me acerqué a ella y junté mis labios con los suyos – voy a vestirme y antes de que te vayas me habré ido – le dije.
- No. Quiero que te quedes, había pensado en que te podía quedar – su móvil sonó – mierda mi chofer ha llegado, voy a arreglarme. – me dijo mientras tecleaba rápidamente algo en su IPhone – no he podido enseñarte el ático.
- Vaya – yo seguía aturdida por sus anteriores palabras
- Tendrás que verlo tú sola.
- ¿Me estás dando permiso para fisgonear? Porque suena a eso y sabes que…. Soy una fisgona.
Chasqueó la lengua y me sonrió.
- No tengo nada que ocultar. Fisgonea. Haz uso del gimnasio. Échate una siesta, hay comida en la nevera. Haz lo que te apetezca y coge lo que quieras. ¿Entras a trabajar a las ocho? – Preguntó mientras se dirigía al baño del dormitorio y yo la seguí se quitó rápidamente el vestido y metió su lencería en el cesto de la ropa sucia.
- Sí.
Había dejado de sorprenderme el modo omnisciente con el que Regina conocía mis horarios. Ese era el tipo de cosas que normalmente haría, memorizar los horarios de una mujer, averiguar todos los detalles de su vida. Me resultaba agradable estar al otro lado por una vez.
- Bien. Volveré a casa a las seis – "a casa" lo dijo como si se refería a nuestra casa, no a la suya. Otra punzada de ansiedad se clavó en mi pecho – cenaremos juntas antes de que te vayas.
- No esperarás a que yo cociné….
- No seas tonta, llamaré a la cociera – dijo mientras encendía el agua de la ducha y empezaba a enjabonar su cuerpo, tragué con dificultad, por todo lo que estaba parando. Uno ella quería que me quedará todo el día en su casa, que cenáramos juntas y encima dos estaba desnuda, en la ducha, delante de mí.
Terminó rápidamente su ducha y cogió su toalla envolviéndose en ella.
- Ah, y los libros para la biblioteca deberían llegar hoy. Hay un interfono ahí. - Señaló hacia la pared, al lado del interruptor de la luz—. Y otro en el pasillo junto a los ascensores y un tercero en el dormitorio. Cuando llame el de seguridad, puedes aceptar la entrega y el guardia los dejará subir.
- De acuerdo. Espera… ¿Libros?
- Sí. He comprado unos cuantos libros porque dijiste que era tu parte preferida de la biblioteca.
- Vale.
Ella se volvió a vestir, esta vez su vestido era morado. Mira que le sientan bien todos los colores, la envidié por un momento. Luego la acompañé al recibidor. Sacó su bolso de diseño del armario y me besó una vez más en la frente antes de entrar en el ascensor. Nos quedamos mirándonos a los ojos hasta que las puertas se cerraron. En cuanto se fue, me apoyé en la pared del recibidor. Dios mío, ¿de verdad estaba pasando todo aquello? ¿De verdad me estaba instalando en el ático de mi novia multimillonaria? Me sentía como Cenicienta. O mejor dicho como Julia Roberts en Pretty Woman. ¿De verdad quería Regina que estuviese presente en su vida de aquella forma o ella también se había vuelto completamente loca?
Cerré los ojos y repasé en mi mente lo que había pasado esa mañana, despertarme en la cama de Regina, el potente orgasmo que le proporcioné antes de irse a trabajar, pero sobre todo sus palabras…
¿De verdad era posible que Regina hubiera cambiado tanto, de un día para otro? ¿O yo no era más que un juego para ella? Puede que ni siquiera fuera consciente de lo que estaba haciendo y estuviese manipulando mis sentimientos por la fuerza de la costumbre.
O puede que, como yo, no supiera cómo comportarse con esta relación y simplemente estuviera actuando del modo que creía que debía hacerlo, aunque ello significase avanzar demasiado deprisa.
Posiblemente todo fuera verdad. Al fin y al cabo, yo sentía todas aquellas cosas por ella. Quería estar con Regina todos los días, a todas horas. Estaba preparada para ese nivel de compromiso, aunque dos días antes no habría dicho lo mismo.
Pero yo me involucraba, me enganchaba demasiado rápido. Así era como actuaba yo.
Puede que también fuera su forma de actuar. Me recompuse y respiré hondo, hablado en serio cuando dije que era una fisgona y normalmente me habría lanzado a curiosear enseguida. Pero en aquel momento no sentía esa necesidad.
En la habitación principal, me metí en el armario de donde Regina había sacado mi bata. Era un vestidor y estaba vacío en su mayor parte, excepto por un perchero de ropa. Había unos cuantos vestidos que seguramente serían para llevarlos en el club, varios pares de pantalones cortos, vaqueros y ropa para hacer ejercicio y un perchero de camisetas. Un cajón del vestidor estaba parcialmente abierto, así que lo saqué del todo y vi bragas y sujetadores. De mi talla como no. Había también un par de pijamas. Solté un suspiro de felicidad y me dirigí al dormitorio, viendo otra puerta cerrada cuando iba de camino. Miré dentro y descubrí un segundo vestidor, este lleno con la ropa de Regina. Caminé por su interior mientras pasaba las manos por las filas de vestidos, faltas, camisetas…. ¿Era ridículo lo mucho que me gustaba ver su ropa así? Me parecía muy personal, muy íntimo. Como si estando en el centro de su vestidor me encontrara en el centro de su vida.
Me di la vuelta despacio, disfrutando de aquella metáfora. Era una sensación cálida y muy agradable.
Cuando volví al dormitorio escuché voces procedentes de la zona principal del apartamento y el sonido de unos tacones sobre el suelo de mármol del recibidor.
No podía ser la asistenta. No solo porque no tenía que ir ese día, sino porque habría ido sola. Y, desde luego, no llevaría tacones. Puede que Regina hubiera olvidado decirme algo. Como que su madre iba a ir de visita. Dios, ¿no sería ese el mejor modo de arruinarme el día? Me mordí el labio. Tenía el teléfono en el bolso, que seguía estando en la sala de estar, así que no podía llamar ni enviar ningún mensaje a Regina para preguntarle quién podría estar en su casa. Miré hacia el interfono. ¿Debería llamar a los de seguridad? Pero quienquiera que estuviera allí tenía que haber pasado por el puesto de seguridad sin problemas. Quienquiera que fuera tenía una llave.
Apoyé el cuerpo contra la pared y me asomé por el marco de la puerta para mirar hacia el pasillo. De espaldas a mí, vi a una mujer con un vestido azul claro que dirigía a unos hombres hacia la biblioteca. Su pelo rubio, recogido en un moño suelto en la nuca, fue lo que la delató.
Era Elsa Werner. La madre de la hija de Regina.
