NOTA: ¡Nuevo capítulo! Muchas gracias por seguir leyendo y comentando. Algunos decís que los dos se mienten y se manipulan mutuamente y que esto va a acabar muy mal. Pues sí y no :). Me explico: voy seguir el canon todo lo que pueda, y en la serie los dos mienten y manipulan a todo el mundo con tal de mantener su identidad en secreto. Si ese secreto es tan importante que Marinette tiene que mentir a sus padres, imagino que está justificado que lo haga con Cat Noir. Por otro lado, la serie es muy optimista, las cosas siempre se arreglan al final y por eso nada va a acabar mal ;).


Al día siguiente, Marinette se armó de valor y se acercó a hablar a solas con Adrián. Le resultó más fácil de lo que había previsto, y lo tomó como una buena señal.

Lo encontró en las taquillas y se detuvo tras él.

–¿A-Adrián? –lo llamó en voz baja.

El chico se volvió hacia ella con una sonrisa.

–Buenos días, Marinette. ¿Cómo estás?

–B-bien, yo... –Inspiró hondo y lo soltó de pronto–. Solo quería decirte que acepto tu propuesta. Iremos al b-baile juntos, si quieres.

La sonrisa de él se amplió.

–¡Claro que quiero! Muchísimas gracias, Marinette –añadió tomándola de las manos–. Me hace mucha ilusión. Es la primera vez que voy a asistir a un evento como este.

Marinette estaba tratando de no ponerse nerviosa ante el hecho de que las manos de Adrián Agreste estuviesen sosteniendo las suyas, pero las últimas palabras de su amigo captaron su atención.

–¿Me tomas el pelo? No puede ser que nunca hayas ido a un baile.

Adrián suspiró y soltó a Marinette para frotarse la nuca, un tanto avergonzado.

–He estado en fiestas elegantes, por supuesto. Algunas con baile y orquesta. Pero la mayoría de ellas eran solo actos sociales para promocionar la marca de mi padre. Parte del trabajo, sin más. Nunca antes había asistido a una fiesta con mis amigos solo para divertirme..., si exceptuamos la que organizó Bubbler el día de mi cumpleaños y que no era precisamente una fiesta convencional. –Se encogió de hombros–. Supongo que por eso estoy tan emocionado, y a lo mejor he insistido demasiado en que me acompañaras. Lo siento si te he hecho sentir incómoda en algún momento.

De nuevo, una cálida emoción inundó por dentro a Marinette, que no pudo evitar recordar el día en que Adrián le había confesado que había crecido sin amigos. O la vez que habían ido todos juntos al concierto de Jagged Stone y el chico, emocionadísimo, había dicho que aquel era su primer concierto.

Marinette sonrió y, por primera vez, se alegró de corazón por haberle dicho que sí.

–Lo pasaremos estupendamente, Adrián –le aseguró–. Pero tengo que advertirte de que soy muy patosa y no sé bailar. Probablemente haré el ridículo –añadió, bajando la cabeza.

Adrián inspiró hondo. Lo que más deseaba en aquel momento era estrecharla entre sus brazos, besarla y asegurarle que, mientras estuviesen juntos, todo sería perfecto. Le estaba costando mucho mantenerse a distancia y fingir que lo que sentía por ella no era más que el cariño de un buen amigo.

–No harás el ridículo –le aseguró–. Yo sí sé bailar; te echaré una mano, ¿vale? Es lo menos que puedo hacer.

Marinette asintió, más tranquila. Cuando se separó de él, sin embargo, se tropezó de narices con Chloé.

–¿Se puede saber por qué hablas tanto con mi Adrián? –le soltó la rubia.

–No es asunto tuyo –replicó Marinette con tono gélido.

Siguió caminando sin más, tratando de disimular la irritación que le habían causado sus palabras. Pero Chloé dijo a sus espaldas.

–Es patético verte siempre rondar a su alrededor como un alma en pena, Marinette. ¿Cuándo te darás cuenta de que un chico como él jamás se fijará en una perdedora como tú?

Apenas unas semanas atrás, a Marinette le habrían dolido las palabras de su compañera. Pero aquel día solo sonrió y se limitó a alejarse de ella sin molestarse en volverse para mirarla.

Se reunió con Alya en el patio mientras Chloé interceptaba a Adrián para pedirle explicaciones.

–¿De qué va todo esto? –preguntó su amiga, perpleja.

Marinette sonrió.

–Al final sí que voy a ir al baile –explicó–. Con Adrián.

–Oooooh –exclamó Alya sonriendo a su vez; echó un vistazo al lugar donde Chloé seguía martirizando al pobre chico–. Ahora comprendo por qué la bruja está tan enfadada. Y me alegro mucho de que hayas decidido venir –añadió, rodeando con un brazo los hombros de Marinette–. ¿Eso significa que vas a terminar el vestido?

–¡Ya estoy en ello! –respondió ella con guiño–. Y va quedar estupendo.

–¡No lo dudo! Adrián se va a derretir al veeerteee –canturreó Alya con intención.

Pero Marinette sacudió la cabeza.

–No es esa mi intención, Alya –protestó–. Vamos a ir solo como amigos, ya te lo he dicho.

–Claro, claro.

–Oye, ¿qué insinúas?

–No me mires así, estoy de tu parte –se defendió ella levantando las manos–. Y quiero que sepas que me parece una estrategia muy inteligente. ¡Y por lo que veo está funcionando a las mil maravillas!

Marinette se quedó mirándola, muy perdida.

–No te sigo.

–Venga, no me tomes por tonta. –Alya le guiñó un ojo y le dio un codazo cómplice–. Sé muy bien que te has inventado toda esa historia del novio para poner celosillo a Adrián.

–¿¡Qué!? ¡Por supuesto que no! Es verdad que estoy saliendo con alguien.

–Pero no tienes que disimular delante de mí, boba. Ya te he dicho que estoy de tu parte.

–No estoy disimulando, es la verdad.

Alya la miró fijamente con los brazos en jarras.

–Pero bueno, ¿cómo esperas que me crea que tienes novio, si no me has enseñado ni una sola foto y ni siquiera eres capaz de decirme cómo se llama? ¡Cualquiera diría que estás saliendo con un fantasma!

«Pues casi», pensó Marinette, un tanto decaída.

–Pues es la verdad –replicó–. Si me lo hubiese inventado, ¿no crees que habría construido la historia un poco mejor? Os habría enseñado fotos de cualquier chico mono bajadas de internet, os habría dicho que se llama Fabrice, o Jean-Pierre o lo primero que se me hubiese ocurrido. Me pasaría el día hablando de él y de lo genial que es. Habría desarrollado más al personaje, por así decirlo.

Alya frunció el ceño mientras consideraba aquella perspectiva.

–En cambio lo he mantenido en secreto y no os lo he contado yo, prácticamente me lo habéis sacado vosotros –concluyó Marinette–, y solo cuando Adrián ya me había invitado al baile.

–Hum –murmuró Alya–. Puede que tengas razón. Entonces, ¿por qué no quieres hablar de él? ¿Es que no te conviene? ¿Es un delincuente juvenil? ¿Es mucho mayor que tú?

–¡Alya! –protestó Marinette–. ¿Por qué te interesa tanto mi vida sentimental?

–Bueno, a ver, llevo meses oyéndote suspirar por Adrián a diario y me mosquea un poco este silencio repentino, eso es todo. ¿Seguro que estás bien con... Como-Se-Llame?

–Estoy muy bien con Como-Se-Llame. Y ya que lo preguntas, te diré que es un chico muy cariñoso, dulce y atento. Un romántico incorregible. Y un auténtico caballero. –Sonrió–. No es mucho mayor que yo. Y no es para nada un delincuente juvenil.

«Todo lo contrario», pensó.

–Bueno, parece que Como-Se-Llame es también Míster Perfecto –ironizó Alya–. ¿Seguro que no te lo has inventado?

–Oh, no, no es perfecto. Es imprudente, cabezota y un poco presumido. Y adora contar chistes malos. Y tiene un trabajo... complicado... que nos impide pasar juntos el tiempo que nos gustaría. –Suspiró–. Pero yo lo quiero tal y como es.

Alya sonrió a su pesar.

–Vaya, y entonces, ¿a qué viene tanto misterio? ¡Oh, espera, ya lo sé! –exclamó de pronto, muy emocionada–. ¡Es alguien famoso! ¿A que sí?

–¿¡Qué!? ¡No! –exclamó Marinette–. Él solo...

–¡Marinette Dupain-Cheng! –chilló de pronto una voz tras ellas.

Marinette se dio la vuelta para enfrentarse a Chloé.

–¿Qué es lo que quieres ahora? –suspiró.

–¿¡Cómo te atreves a ir al baile con mi Adrián!?

Hablaba en voz muy alta y, de pronto, todo el mundo las estaba mirando. Pero Marinette no tenía miedo. Ya no.

Se cruzó de brazos y replicó:

–Porque él me lo ha pedido. ¿Tienes algún problema con su elección?

–¡Adrián iba a ir al baile conmigo!

–Parece que él no opinaba lo mismo. ¿Por qué será? –planteó con una sonrisa burlona.

Chloé parecía a punto de combustionar.

–Tú... tú... ¡mocosa impertinente! –explotó.

Incapaz de encontrar un argumento mejor, alzó la mano para abofetear a Marinette. Esta se movió para apartarse, pero algo se interpuso entre ambas. Sorprendida, Marinette vio cómo la mano de Adrián detenía el brazo de Chloé, agarrándola por la muñeca.

–¿Qué crees que estás haciendo, Chloé? –preguntó el chico.

Había utilizado un tono de voz bajo, casi calmado; pero latía en él algo peligroso que iba más allá de una simple advertencia.

Chloé retrocedió un paso, pero Adrián no la soltó.

–Yo..., yo...

–No te atrevas a ponerle la mano encima jamás. –Seguía sin alzar la voz, pero esta vez todos captaron con claridad la amenaza implícita en sus palabras.

Chloé tragó saliva y asintió, amedrentada. Solo entonces Adrián la dejó marchar, y la chica dio media vuelta y salió corriendo.

Adrián se volvió hacia Marinette.

–¿Estás bien?

Ella no sabía cómo reaccionar. Estaba acostumbrada a los insultos de Chloé y habría sido perfectamente capaz de defenderse también de una agresión física. Pero la intervención de Adrián la había dejado sin palabras. Y no se trataba de que hubiese saltado a defenderla ante Chloé, sino...

Había salido de la nada para interponerse entre ella y una potencial amenaza. Aquel gesto, aquella ira contenida, aquel feroz instinto de protección... le recordaban a alguien.

El corazón de Marinette dejó de latir un breve instante.

–¿Estás bien? –volvió a preguntar Adrián, esta vez un poco más preocupado.

La chica volvió a la realidad y encontró sus ojos verdes fijos en ella.

–S-sí, yo... no ha sido nada –balbuceó.

Adrián asintió, muy serio. Tomó el rostro de ella entre sus manos para asegurarse de que le prestaba atención y entendía lo que le estaba diciendo.

–Tengo que ir a hablar con Chloé y dejar las cosas claras. Lo último que necesitamos es una mariposa negra revoloteando cerca de ella, ¿comprendes?

Marinette inspiró hondo y asintió a su vez. Pensar en Cat Noir le había recordado su propósito de no permitir que su corazón latiese de aquella manera por nadie más. Ni siquiera por Adrián. Se esforzó por centrarse.

–Claro –respondió–. Ve con ella, a ver si la haces entrar en razón antes de que sea demasiado tarde.

Tampoco Marinette tenía demasiadas ganas de volver a enfrentarse a una Chloé akumatizada. Ya tenía suficiente con la versión sin superpoderes, muchas gracias.

Se quedó mirando, sin embargo, cómo Adrián se alejaba de ella en busca de su compañera.

–¿Qué ha sido eso? –preguntó entonces Alya a su lado.

Marinette había olvidado por completo que ella estaba allí. Se volvió para mirarla y justo entonces se dio cuenta de que había más gente en el patio. Y entendió que la escena que acababan de contemplar podía interpretarse en el sentido equivocado.

–Parece que por fin Adrián le ha plantado cara a Chloé –comentó en voz alta–. Ya era hora, ¿no?

Varias personas asintieron, conformes. A todo el mundo le caía bien Adrián, pero hasta Marinette reconocía que a menudo se mostraba demasiado tibio ante los abusos de Chloé. Sobre todo teniendo en cuenta que tenía poder para detenerlos, porque probablemente él era la única persona a la que Chloé escucharía.

Alya, sin embargo, se cruzó de brazos y dirigió a Marinette una mirada de sospecha.


Adrián encontró a Chloé en una clase vacía. Estaba gritándole a Sabrina por alguna razón absurda, pero se calló al verlo entrar y se volvió hacia él con gesto avinagrado.

–¿Y tú qué quieres ahora?

Adrián respiró hondo. No había akumas a la vista, por suerte. Pero no debía confiarse.

–¿Puedo hablar contigo un momento, Chloé? A solas, si es posible.

Ella se rió.

–Si vas a pedirme disculpas será mejor que lo hagas en público o no me molestaré en escucharte.

Adrián apretó los puños, tratando de controlar su ira. Debía esforzarse por mantenerse calmado.

–Creo que eres tú quien debería pedirle disculpas a Marinette –dijo con voz helada–. Has tratado de abofetearla, ¿recuerdas?

–Bueno, se lo merecía. Y de todas formas no ha pasado nada porque allí estaba su caballero de brillante armadura para defenderla. –Resopló, molesta–. Patético.

–Era lo que había que hacer –respondió él con frialdad–. Y ya puedes agradecer que haya intervenido. Si hubieses pegado a Marinette, ella te habría devuelto el golpe, y no tengo ninguna duda de que te habría dado una paliza –concluyó con una sonrisa maliciosa.

–¡Oh! –exclamó Chloé muy molesta–. Bueno, y si piensas así, ¿por qué te has tomado la molestia de defenderla?

–Porque lo que hacías no estaba bien, Chloé.

La voz de Adrián se suavizó al pronunciar estas palabras, y la chica desvió la mirada.

–Siento no ir al baile contigo –prosiguió él.

–Haber empezado por ahí. Si me pides perdón, quizá reconsidere la posibilidad de acompañarte.

Adrián tomó aire, tratando de calmarse.

–No voy a ir contigo porque prefiero ir con Marinette –declaró–. Lo siento, pero así son las cosas. Es verdad que hace mucho tiempo que somos amigos..., pero ahora tú ya no eres mi única amiga.

Por alguna razón, la mirada de Chloé se centró en Sabrina, que seguía de pie junto a ella sin intervenir.

–¿Y tú qué haces ahí todavía? –le ladró de pronto; Sabrina dio un respingo, alarmada–. ¿No ves que es una conversación privada? ¡Largo de aquí!

–S-sí, claro, Chloé. Perdona –farfulló ella, y salió disparada del aula.

Adrián la vio marchar, negando con la cabeza.

–Y si sigues tratando así a la gente, serás tú la que se quede sin amigos –le advirtió a Chloé.

–Pfff, por favor, todo el mundo quiere ser amigo mío. ¡Todos me adoran!

–Bueno, en ese caso te resultará muy fácil encontrar otra pareja para el baile –sugirió Adrián con una media sonrisa–. Alguien que sepa apreciar lo maravillosa que eres.

–Por supuesto –replicó ella con altivez.

–Entonces no hay ningún problema, ¿verdad? ¿Por qué te molestas en enfadarte por una cosa tan tonta? Yo voy al baile con mis amigos y tú vas con los tuyos.

Chloé entornó los ojos, comprendiendo de pronto que había caído en la trampa dialéctica de Adrián.

–Pero yo soy tu mejor amiga, Adriancito –respondió, moviendo las pestañas con coquetería.

–Chloé, tú eres mi amiga más antigua, y eso no va a cambiar. Pero ahora tengo más amigos. Y creo que tú no disfrutarías con nuestra compañía porque no compartes nuestros intereses, ya sabes: videojuegos, rock and roll, cómics de superhéroes, anime... Después de todo, tienes gustos mucho más refinados que los nuestros –planteó, guiñándole un ojo con una sonrisa.

–Ugh, en eso tienes razón; siempre has sido un poco rarito en ese sentido. Personalmente creo que deberías disimular un poco porque no es bueno para tu vida social. Pero en fin, si eso es lo que quieres... –suspiró melodramáticamente–, supongo que tendré que aceptarlo. Ay, si es que soy tan generosa y sacrificada...

Adrián suspiró para sus adentros, pero sonrió.

–Bien, pues todo aclarado –concluyó por fin–. Yo voy al baile con Marinette y tú puedes escoger una pareja entre tus muchos admiradores. Y seguro que todos lo pasaremos muy bien.

–Sí, supongo –admitió Chloé de mala gana.

–Pero –añadió él de pronto, alzando el dedo índice– tengo que advertirte algo: deja en paz a Marinette, ¿me oyes?

Chloé alzó la barbilla para mirarlo con los ojos entornados, pero no dijo nada. Adrián se había puesto extraordinariamente serio y, de nuevo, había algo amenazador latiendo en su mirada.

–Es mi amiga –prosiguió–. Si te metes con ella, te metes conmigo también. ¿Queda claro?

Nada más pronunciar aquellas palabras recordó que, tiempo atrás, alguien le había dicho a Chloé algo similar: «Si te enfrentas a mí, también te enfrentas a Cat Noir», había declarado Ladybug.

Chloé resopló y desvió la mirada.

–Hablo muy en serio –insistió él, ceñudo–. Déjala en paz.

–Sí, sí, muy bien –replicó ella de mala gana–, ya me ha quedado claro. Sigo sin comprender cómo es posible que prefieras a la hija de un panadero...

–Cuidado, Chloé...

–...pero lo tomaré como otra de tus muchas rarezas. Qué le vamos a hacer, no todo el mundo puede ser tan perfecto como yo. Ni siquiera tú.

Adrián alzó una ceja, divertido.

–No me digas.

–Y ahora fuera de mi vista. Tengo que encontrar entre todos mis admiradores a alguno que sea digno de acompañarme al baile... ay, me duele la cabeza solo de pensarlo. ¿Dónde está Sabrina? ¡Sabrina!

Aún sonriendo, Adrián salió del aula y se cruzó con Sabrina, que entraba apresuradamente para atender la llamada de su compañera.

No tuvo ocasión de volver a hablar con Marinette hasta que sonó el timbre. Cuando entró de nuevo en clase la vio sentada en su sitio y se inclinó para susurrarle:

–Todo arreglado. Chloé no volverá a meterse contigo, pr... Marinette –se corrigió a tiempo.

Ella le devolvió la sonrisa y Adrián tuvo que hacer un inmenso esfuerzo para no besarla allí mismo.

–No hacía falta, pero gracias.

Adrián retrocedió para sentarse en su banco.

–Es en parte culpa mía –respondió–, porque no le paré los pies a tiempo ni le dije claramente que no iba a acompañarla. Lo siento.

–No pasa nada, de verdad. Ya está todo aclarado.

Ella, por su parte, se había dedicado a desmentir los rumores que afirmaban que los dos estaban saliendo juntos. Varias personas le habían preguntado ya al respecto, y Marinette les había asegurado que ella y Adrián eran solo amigos. No había querido mencionar a su novio para evitar más preguntas indiscretas, por lo que a muchos no los había convencido. La inesperada intervención de Adrián en la pelea con Chloé tampoco había contribuido precisamente a respaldar su versión.

«De modo que Alya no se cree que tengo novio y el resto de la gente no se cree que no hay nada entre Adrián y yo», concluyó Marinette en silencio.

Se encogió de hombros. Tampoco era tan terrible, decidió. Al menos su relación con Cat Noir seguiría permaneciendo en secreto. Lo cual era algo bueno, en realidad. ¿O no?


Aquella noche, Ladybug y Cat Noir se reunieron en el lugar de siempre para la patrulla.

–Tengo que terminar un trabajo urgente esta semana –empezó ella–. ¿Te importa si hoy tampoco hago la ruta completa?

–Como si necesitas quedarte toda la noche en casa –repuso él–, por mí no hay problema.

Pero Ladybug negó con la cabeza.

–Tenías razón, es importante que nos vean juntos y que sigamos comportándonos como si nada hubiese pasado. Así que vendré a patrullar todos los días aunque sea un rato, ¿te parece bien?

–Lo que necesites –insistió él con una sonrisa–. Lo estás llevando muy bien, LB.

Ladybug sonrió. Lo cierto era que ver a Adrián dando la cara por ella ante Chloé le había dado ánimos. Si él era capaz de hacer algo así, también ella podía enfrentarse a los fans, a la prensa y a quien fuera por Cat Noir.

La ruta de aquella noche transcurrió sin apenas incidentes. Detuvieron a un carterista que merodeaba por una zona turística y se vieron obligados a entablar conversación con la gente mientras esperaban a la policía, pero se limitaron a sonreír y declinaron hacer comentarios sobre su relación. En cuanto el ladrón estuvo en manos de los agentes, los dos se despidieron con amabilidad, pero con firmeza, y se marcharon de allí sin mirar atrás.

Después de aquello, Ladybug no tardó en decir que debía marcharse ya. Cat Noir la felicitó por su actuación.

–Lo estás haciendo muy bien –le dijo–. Los periodistas no tardarán en ponerse nerviosos si no tienen material nuevo, pero no pasa nada; aguantaremos el tirón y en un par de semanas ya nadie hablará de esto. Seguirán preguntándonos, claro, pero bastará con responder siempre lo mismo hasta que se cansen de preguntar.

–Cualquiera diría que ya has hecho esto antes –comentó Ladybug sorprendida; por lo general era ella quien hablaba con la prensa y no al revés, y siempre había dado por sentado que se debía a que su compañero no se sentía cómodo ante las cámaras.

Él sonrió.

–Bueno, he investigado un poco en internet –mintió–. Buena suerte con tu trabajo, milady. Nos vemos mañana.

Ladybug se despidió de él y regresó a casa para seguir trabajando en su vestido.

No se quedó hasta muy tarde porque estaba cansada, de modo que, cuando llegó Cat Noir, la encontró ya metida en la cama y con la luz apagada. El chico se tendió junto a ella y la abrazó con un suspiro de satisfacción.

–¿Un día duro, gatito? –susurró ella en la oscuridad.

–Acaba de mejorar de forma espectacular –respondió él besándola con suavidad.

Marinette sonrió y le devolvió el beso. Él la abrazó con más fuerza, inspirando hondo para percibir su olor mientras le acariciaba el pelo con ternura. Llevaba todo el día muriéndose por hacer aquello y quizá en el colegio se había mostrado demasiado cariñoso con Marinette en algún momento, pero no podía evitarlo.

–Gracias, Marinette –dijo entonces.

–¿Por qué?

–Por dejar que venga a dormir contigo todas las noches. No te imaginas lo que significa para mí.

–Puedes venir siempre que quieras, Cat. Ya lo sabes. A mí también me gusta mucho que vengas –concluyó, acariciándole el pelo hasta hacerlo ronronear.

Él se acurrucó a su lado, aún ronroneando, y pensó que había valido la pena enfrentarse por fin a Chloé. Porque iba a ir al baile con Marinette y, aunque fuera una simple fiesta escolar, la idea de acompañarla lo hacía inmensamente feliz.