Capítulo XXI

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"El Sol nunca dice a la Tierra «estás en deuda conmigo». ¡Observa lo que ocurre con un Amor como ese!Ilumina todo el Cielo."

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Existen muchas formas de definir el amor. Algunos lo consideran un sentimiento, algo basado en la atracción y la admiración. También están las definiciones místicas, que le dan a ese sentir, una base superior, porque todo nos parece más bello. Encontramos igualmente, las definiciones filosóficas, esas que convierten el sentimiento en una especie de duplicidad, si amas a alguien y ese alguien es feliz, lo eres también. El amor, definido por la ciencia, que no es más que una ecuación química, que da como resultado el apareamiento.

Pero luego de todo aquello, está la definición de la vivencia del amor, esa que conjuga todas las definiciones, dándole un carácter de arte, a la simple perfección de amar. Y para mí, ahora mismo, la definición del amor, era Amy. Arrodillada sobre la cama, encargándose lentamente de mi ropa.

- ¿Te ayudo? – le pregunté ante la lentitud de sus movimientos.

Me miró, sonrió, y me habló con dulce coquetería.

- Ya tienes mi corazón, ¿qué prisa hay?

Me mordí el labio, y la miré con el deseo impreso en los ojos. Podía tener razón, pero su lenta forma de desnudarme, junto con el roce suave de sus dedos me estaba agitando cada vez más.

- ¿Bailemos? – me preguntó.

La miré perplejo.

- ¿Bailar? – redundé.

Ella me sonrió y salió de la cama con un solo movimiento. La observé avanzar hasta un mueble cercano, la habitación no era muy grande, sin saber en qué momento, bailar, había pasado a ser, algo más interesante.

Puso en marcha un pequeño equipo de música, se giró y extendió su mano llamándome en el momento justo en que 'zoom into me' comenzó a sonar.

Avancé hasta ella, aún incrédulo, y tomé su mano.

-¿De verdad? – le pregunté.

- De verdad – sonrió, mientras me abrazaba buscando suavemente el ritmo de la música.

- No sé bailar… - confesé.

Ella apoyó un costado de su cabeza sobre mi pecho. Al estar la camisa abierta, pude notar el agradable calor de su mejilla.

- No seas mentiroso… - se quejó sonriendo.

Yo comencé a moverme, siguiendo el ritmo pausado que marcaban sus caderas.

- No miento… no sé bailar.

- ¿Y cuando lo haces en el escenario? – quiso saber.

- Eso no es bailar – aclaré.

- ¿Y qué es?

Ambos intentábamos continuar un baile.

- Moverse… - respondí sin más.

Ella hizo un sonido estimulante, aunque en este momento, todo me lo parecía.

- Me gusta cómo te mueves… - dijo a continuación.

Y yo comencé a preguntarme si no lo decía con una segunda intención, buscando la reacción que ahora mismo me producía. Un ligero estremecimiento, que se detenía justo en la parte baja de mi vientre.

- Lo haces a propósito ¿no? – le pregunté.

La escuché sonreír, aún seguíamos muy abrazados.

- Como tú… - respondió.

Sus manos acariciaban suavemente la piel de mi espalda, y me parecía que cada vez sus dedos se calentaban más y más.

- ¿Crees que lo hago a propósito? – le pregunté algo divertido, diversión que terminó para mí, en el momento en que un nuevo estremecimiento me recorrió, cuando sus dedos, aún en mi espalda, entraron delicadamente por la cintura de mi pantalón.

Levantó la cabeza, y se quedó mirando fijamente mis ojos.

- Sé que lo haces a propósito – me aclaró.

Me mordí el labio, y sostuve firmemente la parte baja de su espalda, pegándola a mi ingle, de modo que sintiera, con claridad, el resultado de su seducción.

La escuché suspira, soltar el aire, como si no fuese capaz de retener en su interior mi pasión.

La liberé parcialmente, pero para mi sorpresa, fue ella la que, con las manos ya inmersas en mi pantalón, me atrajo a su cuerpo. Y sus ojos me miraron intensamente.

Entonces supe que el preludio se había terminado.

La alcé del piso y ella estranguló mi cintura con sus piernas. Nos mantuvimos así un momento, durante el cual nuestro beso se profundizó de forma extenuante. Podía escucharnos, podía oír el modo en que jadeábamos, en que nuestros labios húmedos se separaban y volvían a unirse, y todo aquello me estimulaba más aún.

La dejé caer sobre la cama, y su cuerpo rebotó ligeramente. Me quité la camisa, y ella hizo lo mismo con su blusa. Toda la ropa nos sobraba, nos quemaba en la piel. Tiré de su falda, pero esta no salía. La escuché reír.

- Espera… - me susurró alzó la cadera y tiró de la cremallera.

- Claro… - sonreí, tirando nuevamente de la falda, que se deslizó eróticamente por sus muslos, acariciándolos, como a continuación hicieron mis besos.

La tarea con nuestra ropa fue corta, pero me detuve lentamente en los tirantes de su ropa interior. Lo único que separaba su piel, de mi piel. Amy respiraba agitadamente, pero no se movía, estaba quieta y sumida en mis ojos.

- Te quiero… dentro… - gimió.

Y pude notar el poder de su deseo, un poder que me hacía poderoso a mí.

Me acerqué, lentamente, moviéndome en la cama como un felino, abriéndome paso entre sus piernas que rozaban, primero mis costillas, luego mis caderas, hasta que roce mi sexo con su sexo, y mis labios con los suyos, que se entreabrieron, dejando que el aire entrara a raudales en sus pulmones, cuando me sintió unirme a ella. Y en ese momento el placer cobró otro significado. El deseo dejo de ser deseo, para convertirse en un sentimiento profundo de pertenencia.

Yo le pertenecía.

Horadé su interior lenta y profundamente, dejando que mi cuerpo se extendiera sobre el suyo, acariciándonos. Dejando que nuestros movimientos fueran poco a poco desgastando nuestros cuerpos, nuestras respiraciones, nuestros pensamientos. Hasta que llegué a un punto de consciencia mínima, en el que lo único importante para mí era sentirla, tenerla y aferrarla a mi vida sin retorno.

La abracé más aún, dejando que mi rostro se hundiera en su cabello. Su lengua acarició delicadamente mi oído arrancándome un suspiro que terminó en una mayor presión de mi cadera. La escuché gemir y los sonidos del sexo, me resultaban tan abrumadoramente sensuales.

- Te amo… - le susurré, ella suspiró.

- … te amo… - le escuché también.

Y ahora suspiré yo.

Amy movió su cadera un poco más contra mí y las mías respondieron. Sus manos bajaron por mi espalda y me empujaron dentro de ella, mis manos se hundieron en su cabello mientras allanaba más su interior.

¿Podía existir una definición más clara para el amor? ¿Una necesidad más ardiente? ¿Un deseo más profundo?

- Bill… … Bill…por favor…

Me suplicó y me sentí ligeramente divertido.

- ¿Me… estás suplicando…? – le pregunté.

La escuché gemir contrariada y suplicar nuevamente, pero esta vez con exigencia.

-… Bill…

Notar su angustia, me hacía experimentar una cálida nota de perversión. Ralenticé el ritmo de mis movimientos y la escuché quejarse frustrada. Sus manos presionaban más fuerte, sobre la curva de mi espalda, y sus caderas se alzaban inquietas hacía mí.

-… por favor… - volvió a suplicar.

Alcé la cabeza y la miré.

-… eres malvado… - me acusó.

Sonreí y la besé, ella me mordió fastidiada.

- Vente conmigo… a Los Ángeles… - le pedí cuando me liberó, removiéndome suavemente en su interior.

- ¿De verdad… me estás preguntando… eso? – me habló con la voz entrecortada cuando notó que salía completamente de ella.

Me acomodé nuevamente, y le serpenteé una respuesta mientras iba entrando otra vez, muy, muy despacio.

- … Sí…

Cerró los ojos.

- No me puedes… estar haciendo esto… - me reclamó.

Y pude notar por el modo angustioso en que su voz rozó sus cuerdas vocales. Me miró con el fuego brillando en sus ojos, un calor que me atenazó, obligando a mi propio deseo, a traicionarme. Y entré en ella con un movimiento violento, áspero y profundo, que nos arrancó un insondable gemido a ambos. El movimiento se repitió otra vez, y volvimos a quejarnos. Notaba como el dolor de cada golpe se acentuaba en el hueso de mi cadera, pero me gustaba esa pequeña molestia, que me recordaría mañana, el placer de hoy. Ese placer, que ahora mismo buscaba salir de mí con una potencia angustiante.

Las uñas de Amy se aferraron a mi cuerpo, justo al final de mi espalda, me quejé, pero no dejé de empujarme en su interior, como ella misma me exigía. La besé, pero ella atrapó mi labio con sus dientes, en un claro arrebato de su deseo, y el inicio indiscutido de su culminación, que se contrajo contra mí, apresándome, llevándome con ella hasta ese punto en el que todo pierde sentido, para atesorar uno completamente nuevo… y mágico.

Noté como sus uñas iban, poco a poco, liberando su presión. Sus dientes habían dejado de apretar mi labio, para acariciarlo muy sutilmente. Yo la besé, dejando que parte del peso de mi cuerpo, permaneciera sobre ella, le acomodé el cabello tras la oreja. Todo a nuestro alrededor parecía avanzar tan lento. Era como si nuestro momento, nuestro amor, hubiese creado una burbuja en la que no pasaba el tiempo.

Sus dedos rozaron mis labios, con la delicadeza de un pincel sobre un lienzo.

- Son tan hermosos… - me susurró.

Le sonreí.

- Los tuyos son hermosos… - aclaré, acariciando del mismo modo que lo hacía ella, sus labios.

Continuamos mirándonos un poco más, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, conclusiones, sensaciones. Y yo no podía dejar de pensar, en lo mucho que la quería junto a mí.

- ¿Puedo fumar?... – le pregunté.

Ella me miró seriamente, luego sonrió.

- Sólo porque eres tú…

- No fumas entonces – concluí.

Ella negó suavemente.

- Entonces no lo haré – dije, bajando la mirada hasta su mano, que permanecía apoyada en su estómago, y la enlacé.

'Zoom into me' seguía sonando, pero no lo había notado hasta este momento de calma.

- Esta en repetición – hablé.

- Sí… - su mano que pasaba tras mi cabeza, me acariciaba mi cabello, ensortijando los dedos en algunos mechones.

- … cuando no puedas respirar, estaré ahí… - comencé a tararear. Los dedos que jugaban con mi cabello se detuvieron - … acércate a mi… acércate… más cerca…

Me silencié, dejando que la canción continuara.

- Si me acerco más… me romperé… - me confesó entre lágrimas, que no había notado hasta que habló.

La miré.

- No permitiré que eso suceda… - la abracé.

Se estrechó contra mí, como si yo fuese una especie de salvavidas.

- Shhh… - le dije intentando calmarla.

- ¿Aún quieres que vaya a Los Ángeles? – me preguntó todavía protegida por mi abrazo.

Una especie de luz se encendió en mi alma ante sus palabras.

- Claro… - acepté.

Pero no volvió a decir nada sobre ello, como si aquella pequeña conversación no hubiese existido. Me acarició las mejillas, y se acomodó en mi regazo. Tiré de la manta para cubrirnos, cuando noté que se había dormido.

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Me di vuelta en la cama, y me cubrí la cabeza con la almohada intentando dormir un poco más. Noté unos pequeños pacitos avanzar por encima de mis piernas, mi trasero y mi espalda, hasta que la almohada se removió un poco de mi cabeza.

- Gatito… - me quejé, sabiendo que se trataba de la pequeña mascota de Amy.

Abrí un ojo, y miré el espacio vacío de la cama junto a mí. Me giré lentamente, para que el gato se reacomodara, y miré el techo, algo encandilado por la luz del sol. Me toqué la muñeca y recordé que me había quitado, en algún momento, el reloj, me senté en la cama y observé a mi alrededor, algo que me indicara la hora que era, pero al parecer a Amy la hora no le importaba, al menos no en su habitación. Me llevé la mano a la cabeza y me rasqué un poco, era una especie de costumbre, ya que normalmente no me picaba. Noté el olor a café que venía del piso de abajo, y mi estómago rugió en respuesta.

- Necesito un café – me aclaré a mi mismo.

Me puse en pie comenzando a buscar mi ropa, no tenía nada para cambiarme, ya que la poco que había traído se había quedado en el hotel al que no llegué a dormir. Casi me tropiezo con el gatito, al menos tres veces. Parecía estar interesado en seguir cada uno de mis pasos.

- ¿Qué pasa? – Le pregunté - ¿nunca has visto a un hombre desnudo?

Y el pequeño animalito me respondió con un maullido igual de pequeño que él.

En ese momento comencé a escuchar voces desde el piso de abajo, lo que no debía de ser anormal, Amy llevaría ya un tiempo atendiendo la cafetería. Lo que realmente llamó mi atención, fue el alto tono que comenzaban a tener, y me preocupé cuando reconocí la voz de Amy, que a pesar de no entender bien lo que decía, estaba alterada.

Me puse la ropa interior, el pantalón y la camiseta en unos segundos, acomodé un poco mi cabello con las manos, mientras bajaba la escalera descalzo.

Mientras más cerca estaba del primer piso, más podía escuchar la discusión y la alterada voz de Amy.

- ¡Te he dicho que no vuelvas a venir aquí!

- ¡Pues me seguirás viendo, preciosa! – escuché la voz del hombre que discutía con ella, y ante el adjetivo que usó, se me contrajo el estómago, pero continué el camino.

- ¡Déjame en paz de una vez Joseph! – le reclamó Amy.

Y en ese momento, justo cuando yo aparecía por la puerta que separaba la escalera de la cafetería, noté que el hombre tenía sujeta a Amy por una muñeca, muy pegada a él y le habló en un tono bajo y amenazador.

- Siento no poder complacerte Amy, pero me seguirás viendo, porque te guste o no… tú eres mi esposa…

Continuará…

Uhh hh hh… anda, si esta historia, aunque se acerque el final, no nos deja respirar profundamente ¿eh?.

Espero que este capítulo les haya gustado, no quería que terminara sin que nos diéramos el gusto de un nuevo lemon, que al menos a mí, me parece que refleja un poco como es la personalidad de ellos, y como funciona su relación.

Besitos y muchas gracias por leer y dejar sus comentarios.

Siempre en amor.

Anyara

P.D.: quiero que me tarareé 'Zoom into me'… que hermosa canción…