Disclaimer: One Piece y ninguno de sus personajes me pertenecen, así como tampoco me pertenece la historia del príncipe maldito y sus personajes, todos son propiedad de sus respectivos dueños, Eiichiro Oda y Ramón Obón. Esta adaptación es sin fines lucrativos y es solo para entretenimiento.

Advertencia: Este fic es una adaptación y contiene OoC por parte de los personajes, lean bajo su consentimiento.

Nombre: El príncipe maldito

Autor: Ramón Obón

Adaptación: Nami Scarlet

Clasificación: M

Segunda parte

El inicio Capitulo 8

CENTRO DE EUROPA. SIGLO XI

El cielo tenía una claridad de hielo en la que destacaba una luna en cuarto creciente que parecía esconderse tras un velo de nubes ralas que se desgajaban por el viento. Aquél había sido un día de pesadilla para Nami. Encerrada en sus habitaciones, se enteraba a ratos por la información que le traían sus damas de compañía y en especial Nojiko, de lo que iba ocurriendo ahí en la fortaleza. La masacre sobre los hombres de Luffy la había conmocionado y llenado de malos presagios cuando tiempo después supo que su amado había asesinado a uno de los representantes de la Iglesia, bebiéndose su sangre y horrorizando a los presentes, y que ahora le perseguían como a una fiera rabiosa.

La vigilancia en las almenas se había reforzado, el puente levadizo se había izado. La pesada reja clausuraba la entrada al castillo, ante la cual también se encontraban hombres armados dispuestos a todo. Constantemente grupos de guardias, organizados por Latos, hacían rondines por toda la fortaleza. Nami tuvo que sufrir el reclamo furioso de su padre, que llegándose hasta ella le recriminó que Luffy les había arruinado, traicionando la confianza que en él se había depositado. Con aquel alevoso asesinato había traído la vergüenza y la desgracia a la familia. Nami defendió a su amado con vehemencia. Si no hubieran conspirado contra él, si no le hubieran matado a sus hombres como lo habían hecho esa mañana con pleno conocimiento de su padre y de todos los demás, masacrándolos en una emboscada cobarde, nada de lo que después pasó hubiera ocurrido. Luffy tan sólo se defendió. Luchó por su vida y enfrentó a sus enemigos, entre los que, para su propia desgracia, se encontraba su propia familia, de la que ahora ella renegaba.

Bernardo de Fabriano, luciendo un casco con apéndice nasal y peto dorados de reluciente metal, había partido en la tarde, a la cabeza de sus guardias y con un contingente de hombres de los señores feudales fuertemente pertrechados, dejando el castillo para dar caza a aquél a quien consideraban un sanguinario aliado del Diablo que había cometido el sacrilegio de asesinar a un enviado de su Santidad, lo que le había costado la maldición eterna. Nami se mantenía al lado de la ventana, escrutando la oscuridad. La angustia le llenaba el alma. No existían informes o noticias sobre el paradero de su amado. Y ella no sabía nada de él. Aquella incertidumbre la mataba.

Luffy, herido en el hombro, había logrado escapar, conduciendo a sus fieles guerreros a través del pasaje secreto que se abría en la roca tras un cerrado follaje, de ahí que los hombres que les seguían y que pensaban que les tenían acorralados, no les hubieran encontrado, lo que sembró en sus almas el terror de la superstición. El pasadizo era angosto y oscuro. Un lugar abierto en la roca desde tiempo inmemorial y que bajaba serpenteando desde lo alto de la fortaleza hasta llegar allá abajo ante el lecho del río cuyas aguas discurrían en rápida corriente. Al igual que arriba, ahí la entrada se encontraba oculta tras macizos matorrales de espinosas ramas. Sabían que los perseguían y tomaron precauciones cuando llegaron abajo. Descubrieron en la otra orilla del río contingentes armados a caballo que les buscaban. Aunque un manto de niebla lo cubriera todo en esos momentos, hubiera sido un suicidio arriesgarse a cruzar, para luego del caserío abrirse paso a campo traviesa para ganar los pantanos y el bosque que se divisaban a lo lejos. Así que decidieron permanecer al abrigo del pasadizo y ahí esperar la oscuridad. Pero no para huir, como en un momento pensaron sus hombres, pues Luffy les advirtió que tenía que regresar. No podía irse sin ver a su amada, sin decirle que estaba con vida y bien. Por lo pronto trataría de curar sus heridas.

Luffy mismo aferró la flecha que tenía enterrada en el hombro y asiéndola con ambas manos jaló con fuerza sacándola de sus carnes, taponando la herida con lodo y un emplasto de hojas. De eso ya habían transcurrido varias horas. Estaba próxima la media noche.

—La hora de la cita —se dijo Nami al otear la oscuridad del patio y pasear su mirada alerta y ansiosa por los muros, esperando impaciente algún indicio que le permitiera saber que su amado ya estaba ahí.

Pero todo se mantenía igual. Los hombres en las almenas, cansados de tanta vigilancia, se mostraban fatigados y se cubrían con sus mantos para protegerse del frío. Los rondines ya no eran tan frecuentes. Todo se mantenía en una tensa calma.

— ¡Debo salir de aquí! —murmuró resuelta Nami apretando el brazo de Nojiko y acercando su rostro al de ella, en tanto su mirada ansiosa y alerta se clavaba en la puerta cerrada de su habitación. Nojiko llevó su vista en la misma dirección y asintió tensa.

— ¿Cuántos hombres me vigilan? —Ante la pregunta susurrante, Nojiko respondió con voz ahogada

—Uno. Y está armado.

Decidida, Nami se movió hasta un bargueño y abriéndolo extrajo de ahí una daga. Ante la azorada mirada de Nojiko, se movió sigilosa hacia la puerta, aferrando el mango con determinación, y colocándose a un lado, pegándose a la pared, le ordenó a la muchacha en tono bajo

— ¡Llámalo! —Nojiko titubeó

—Pero… —Mas su señora demandó, impaciente

—Dile que me he puesto mal… que me he desmayado… ¡Lo que sea! ¡Pide su ayuda, pero hazle entrar!

Nojiko fue a cumplir la orden, dominando los nervios que la embargaban. Abrió la puerta y llamó al guardia. No fue difícil engañarle. El propio estado de ánimo de la muchacha ayudaba. Entró rápido el custodio, buscando hacia la cama a quien lo requería para sus auxilios. Así que no vio venir la muerte, personificada en Nami que tras él, daga en alto, decidida se la hundió en la cerviz hasta la empuñadura, segando así su vida. Nojiko ahogó un grito al ver que el hombre se desplomaba sobre las baldosas, mientras Nami, tomando una capa, resuelta, daga en mano abandonaba la habitación no sin antes advertirle

— ¡Cuida que nadie llegue! ¡Cierra bien!

La bruma se había despejado y había comenzado a nevar, calmando un poco el terrible frío que se había hecho sentir durante las últimas horas. Reinaba un ominoso silencio en el huerto. Todo estaba quieto. Sólo los copos de nieve precipitándose desde las alturas y depositándose entre plantas, ramas y suelo. Nami, envuelta en la capa, el capuchón cubriéndole la cabeza, se desprendió sigilosa de la entrada del torreón y avanzó al amparo de los árboles, vigilando los muros y atenta a cuanto le rodeaba. Así llegó ante el viejo nogal, donde se detuvo, adosándose al grueso tronco, hurgando con la mirada llena de ansiedad la oscuridad. De pronto, una recia mano la aferró por el brazo jalándola hacia atrás, y otra mano tapó con suavidad su boca que se abría, ahogando el grito de sorpresa que había estado por salir. Sintió como la hacían girar y el primer sobresalto se convirtió en una dicha ciega, en una felicidad incontenible que le arrasó de lágrimas los ojos, al ver frente a sí al hombre que amaba, y que ahora la acunaba entre sus poderosos brazos, inclinándose para buscar con voracidad su boca. Ella abrió sus labios y le recibió con el aliento entrecortado por la pasión y el llanto. Durante unos instantes permanecieron así, abrazados, fundidos en aquel beso apasionado, hasta que el hombre se separó, irguiendo la aleonada cabeza para atisbar hacia las sombras, tensándose de pronto al descubrir hacia el fondo a un grupo de hombres armados que rondaban cerca del cuarto donde ellos solían entregarse a su amor. Ella también les había descubierto, al seguir la mirada de Luffy. Sus ojos se encontraron. Y en aquella mirada comprendieron que no podrían estar en su lugar de siempre.

Fue ahora Nami quien buscó un sitio. Sus habitaciones estaban desechadas pues ahí Nojiko vigilaba ante el cadáver del guardia. Era muy arriesgado y demasiado peligroso ir ahí. Fue entonces cuando sus ojos se toparon con la construcción de la capilla. Sin más, apretó la mano del hombre y, vigilante siempre, se apartó del amparo del nogal para llevarle hacia aquel lugar. Él la siguió, con tensa atención, mirando desconfiado a los guardias del fondo. La capilla era una nave desnuda, de columnas de madera que sostenían una estructura cubierta de paja. En los muros vacíos se abrían los ventanales con emplomados representando imágenes religiosas, por donde se filtraba la pálida luz de la luna, rompiendo la oscuridad en una serie de franjas de claridad mortecina. El más próximo de los ventanales se hallaba junto al altar de piedra, tras el cual se levantaba una cruz de unos tres metros de altura. En el vitral se representaba la Virgen con el niño en brazos.

Nami y Luffy se escurrieron al interior por la recia puerta de doble hoja de madera claveteada de la entrada, que produjo un sordo ruido al entreabrirse para darles paso. Se detuvieron un instante, conteniendo la respiración, aguardando a ver si aquel ruido no había sido escuchado por los guardias. Finalmente, tras aguardar unos largos instantes, seguros de no haber sido descubiertos, avanzaron hasta el altar mismo. Aquí volvieron a abrazarse y besarse con ansiedad y hambre uno del otro. Él despojándola de la capa, desatándole el vestido y acariciándola apasionado, mientras ella le desembarazaba de la piel de oso que cubría sus espaldas, enfrentando ahora la cota de malla que el hombre se quitó con movimientos apresurados, permitiendo que ella ahora le ayudara a despojarse del jubón, hasta que finalmente quedaron desnudos, trepidando de deseo, abrazándose, acariciándose, buscándose con hambre los labios. Él la levantó en vilo, y ella, aferrada a su cuello, entrelazó sus piernas en su cintura. Y así, sentándola en el altar, entró en ella, haciendo que emitiera un gemido de placer, clavándole las uñas en la espalda y mordiéndole entre el cuello y el hombro, provocando que la herida que ahí tenía volviera a abrirse de nuevo. Al percatarse de ello, la mujer exclamó, en un susurro de preocupación

— ¡Estás herido…! —Él negó con la cabeza, besándola en el cuello, en los turgentes senos.

—No es nada…—Pero Nami miraba la herida abierta.

— ¡Sangras! —Él respondió, ardiendo en deseo

— ¡Es mi sangre, es tu sangre!

La atrajo hacia la herida, dejando que los labios de la mujer tuvieran contacto con ella. Nami bebió del vital líquido, y un violento mareo de placer la envolvió, empañando su mirada, y haciéndole musitar roncamente

— ¡Bebe de mi sangre también, amado mío! ¡Y así tu sangre y la mía serán una siempre!

Y tomando la daga, se abrió la muñeca poniéndosela en los labios a su amado para que a su vez bebiera de ella, lo que él hizo con fruición, provocándole nuevos embates de un vertiginoso placer, hasta casi hacerla perder la conciencia. La luz que se filtraba por el vitral de la Virgen bañaba sus cuerpos retrepados sobre la laja del altar, desnudos entrelazados y fundidos uno en el otro, agitándose, revolviéndose, gimiendo y rugiendo sordamente como fieras salvajes, entregados en un frenesí de pasión desbordada. El hombre bufaba y arremetía furiosamente contra ella, quien repentinamente, ya esperándolo, le sintió estallar dentro de su cuerpo. Al mismo tiempo un brutal orgasmo la sacudió, arrancándole un alarido de placer, haciendo que arqueara su cuerpo hacia él, que en un ronco y brutal grito también depositaba en ella su simiente.

Súbitamente, como si aquel sacrilegio que se llevaba a cabo en ese lugar bendito rebelara y enardeciera a los cielos, el vitral de la Virgen estalló en mil pedazos, bañándoles con los cristales y provocándoles cortes en sus cuerpos desnudos. Al estallido de los cristales, los guardias reaccionaron y corrieron hacia la capilla dando voces de alarma. Y al grito, los guardias de las almenas reaccionaron de su sopor y echaron mano de sus arcos, preparando las flechas. Violentamente las puertas se abrieron dejando entrar a los hombres armados. En el altar, los amantes reaccionaron con sorpresa, y mientras Nami cubría el cuerpo desnudo con su capa, Luffy, imponente en su desnudez, se erguía en toda su estatura, recogiendo del suelo su espada, adelantando para hacer frente a quienes llegaban. Al verle, los guardias tuvieron un instante de titubeo. Más uno de ellos se animó disparando las flechas de su arco. Y como si esto fuera una señal, los otros avanzaron preparando sus lanzas y sus hachas guerreras. Luffy buscó ávidamente una salida alterna, pero no la había. Se encontraba atrapado entre el altar y la puerta que significaba su huida pero que ahora estaba bloqueada por los hombres armados. Nami se irguió poniéndose ante él y demandando feroz a los guardias

— ¡Atrás! ¡No se atrevan a hacerle daño! ¡Se los ordeno!

Los ojos horrorizados y perplejos de los guardias se posaron en aquella mujer semidesnuda y salvajemente hermosa que les desafiaba con ferocidad, reconociendo en ella a Nami, provocando que se inhibieran y titubearan de nuevo, lo que ahora aprovechara Luffy para, aferrando la enorme cruz de madera, con fuerza descomunal la zafara de su base, e izándola por encima de su cabeza la aventara contra sus enemigos, provocando el caos y la confusión al herir a varios, y haciendo retroceder a otros hacia fuera de la capilla. Nami corrió hasta la puerta, cerrándola y trancándola con un grueso tablón que colocó contra las hojas, afianzando el otro extremo en el piso. De afuera, los hombres se reorganizaban y chocaban contra la puerta. El guerrero regresó con rapidez, buscando atento un lugar de escape, descubriendo el hueco que se había producido en la ventana al destruirse el vitral. Se encaminó hacia allá apresuradamente. Estaba dispuesto a subir al altar para desde ahí alcanzar la ventana, cuando la mano de Nami se aferró a su brazo, demandándole

— ¡Me voy contigo! —Él la miró con un profundo y desesperado amor. Sabía que eso era imposible.

—No, por ahora. Es peligroso y no puedo exponerte.

— ¡Debo hacerlo! ¡No soporto un momento más no estar a tu lado!

Los guardias empezaban a reorganizarse; de afuera se escuchaban gritos de alerta y pasos que se acercaban, lo que indicaba la proximidad de refuerzos. En un repentino e inesperado movimiento Luffy prendió del cuello de la muchacha el anillo que ahí colgaba, arrancándoselo de un tirón. Y mostrándoselo con el puño cerrado, le advirtió con voz ronca de emoción

— ¡Me llevo el anillo! ¡Alguien te lo traerá pronto con un mensaje para que nos reunamos! —Ella preguntó con avidez

— ¿Dónde irás? —Él negó con la cabeza.

—Mejor que no lo sepas por el momento. Iré a esconderme. Si desde ahora supieras, temo que te puedan torturar para sacarte la información. —Ella reviró, resuelta

— ¡Eso nunca! — Luffy refutó con toda su experiencia de hombre violento y torturador

—No resistirías por más que me ames. —Nami intentó rebatir, pero él la acalló poniéndole un dedo en los labios, hablando deprisa, pues sabía que la puerta aquella no resistiría mucho más al embate de los hombres de afuera.

—Es mejor así. Que no sepas cuál es el lugar. Pero te juro que enviaré por ti. —Ella negó, resuelta, apasionada

— ¡Me voy contigo ahora! —Él negó nuevamente

—Es peligroso. Yo debo escapar ahora. ¡Confía en mí, Nami! Te enviaré el anillo. Y no lo olvides, te amaré siempre, bajo las estrellas.

Nami comprendió que era inútil discutir. Sabía igualmente que Luffy tenía razón. Y por más que le partiera el alma, tenía que dejar que se marchara, pues el ir con él, significaba también que le retrasaría en su huida, y corrían de esta manera el riesgo de ser atrapados. Así que le abrazó con fuerza y buscó nuevamente sus labios, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Genzo, con un grupo de hombres armados, alertado por los gritos excitados de la guardia, irrumpió en el huerto con otro grupo de soldados espada en mano, corriendo hacia la capilla ante la cual los hombres demandaban ayuda. Repentinamente, por el hueco de una de las ventanas, apareció la terrible figura de Luffy, cubierto con su enorme piel de oso y de un salto ganó el suelo. Blandiendo su descomunal espada enfrentó a los hombres, abriéndose paso con una ferocidad inusitada, cercenando brazos y cabezas y hundiendo el filo de su arma en los cuerpos de los infelices que le hacían frente. Así, pudo rodear la construcción y perderse en la noche, mientras una lluvia de flechas surcaba los aires sin encontrar a su destinatario. Los hombres de refuerzo llegaron corriendo en medio de la nevada y siguieron las huellas del fugitivo, para una vez más, descubrir que aquel verdadero demonio se había prácticamente esfumado en la noche.

Nami fue detenida dentro de la misma capilla. Se necesitaron varios hombres para dominarla. Y siguiendo las órdenes de su atribulado y horrorizado padre, al ver la ferocidad con que se defendía y maldecía, ordenó encerrarla en sus habitaciones, para encontrarse de nueva cuenta con el horror de que su hija se había convertido en una asesina. Fue amarrada de pies y manos a su propio lecho, donde se revolvía frenética, maldiciendo y demandando que la soltaran. Las damas de compañía fueron retiradas. Nojiko fue llevada prisionera a los calabozos del castillo. Y en la puerta del cuarto de Nami se redobló la vigilancia. Nunca más aquella que había sido su idolatrada hija abandonaría aquel torreón. Así se juró a sí mismo Genzo con un profundo dolor, ante el llanto desconsolado de Bellmere, su esposa, advirtiendo a los impresionados hombres que la custodiaran noche y día, renegando entonces de su paternidad.

— ¡Ella ya no es mi hija! Se ha convertido en un ángel de las tinieblas. Es, mal que me pese, un ser maligno y peligroso. No se dejen tentar por su belleza. Es una belleza perversa y manipuladora. ¡Puede irles la vida si no me obedecen! No es una mujer hermosa la que estará ante ustedes. No se engañen. ¡Es parte ya de una encarnación de ese demonio maldito, más salvaje que todos los bárbaros y criminales juntos!

"Continuara"