TODO EXPLOTA

NOTA DEL AUTOR – (…)


CAPÍTULO 21 – SALIDA

Publicado el 14 de abril de 2018, con una extensión de 4.828 palabras.


El soldado Jean Kirstein contempló el abismo que se abría frente a él.

Y el abismo le devolvió la mirada… con un solo ojo castaño, pestañeando ligeramente aturdido.

–Entonces supongo que no te pillo en buen momento –contestó al fin Marco Bott.

El Demoman del equipo no parecía haber mejorado de aspecto, desde la última vez que se habían visto en la sala de reuniones. El pecoso se había quitado su característico gorro de lana y llevaba al descubierto los despeinados cabellos negros. Su tez pálida hacía destacar aún más las oscuras sombras que había bajo sus ojos; incluso se le notaba en el izquierdo, a pesar del parche.

Era, en suma, el aspecto de un hombre que hubiera estado recuperándose, tras una larga convalecencia.

"O eso, o es algo que tiene la luz de este pasillo. Ya antes me dio una impresión parecida, cuando me encontré aquí por primera vez con el Capitán Levi."

Pero desde luego, el Soldier no iba a mostrar su preocupación, por un compañero de cuya lealtad seguía sin estar completamente asegurado.

–Qué –gruñó de nuevo–. ¿Escuchando a escondidas?

El comentario no pareció fastidiar al moreno, o al menos no más de lo que ya lo estaba, a juzgar por la pequeña sonrisa que asomó a sus labios.

–Tenía otras cosas que hacer, en vez de estar ahí espiando agazapado en un rincón. Es sólo que antes oí gritos y, como ya había terminado con lo mío, decidí echar un vistazo, por si acaso.

El rubio ceniza frunció levemente el ceño; había algo que no terminaba de encajar… No sólo por el tono de las palabras, en las que se adivinaba un tenue sarcasmo; también era que aquella sonrisa no le llegaba al otro a los ojos. "Bueno, al ojo."

Sin embargo, antes de poder deducir de qué se trataba, su camarada sacó de alguna parte la misma botella de whisky (escocés, naturalmente) que ya le había visto nada más conocerle; y el pecoso, sin pensárselo dos veces, se la llevó a los labios para darle un buen trago, como si fuese lo más normal del mundo.

Jean todavía estaba con la boca abierta, incrédulo, intentando decir algo, cuando Marco terminó lo suyo y dejó escapar un sonoro eructo.

–Pues vale –se limitó a añadir el tuerto, dando media vuelta–. Entonces hasta luego, supongo.

–Oye, espera un momento –consiguió decir al fin Kirstein, aún más aturdido que indignado.

–¿Qué pasa? –murmuró Bott desganado, tan sólo girando un poco la cabeza–. ¿Acaso quieres hablar de lo que te preocupa?

Sorprendentemente (o quizás no tanto), Jean sí se había esperado algo por el estilo del bueno de Marco, al menos al principio; aunque sólo fuese para poder contestarle con un "no te importa", liberando parte de su frustración acumulada.

Sin embargo, a pesar de todo… Kirstein admitió para sí que, tal vez, ahora estaba siendo un poco hipócrita (y cómo empezaba a odiar esa palabra); pero lo cierto era que se sentía un tanto dolido, por el hecho de que su compañero no hubiese querido escucharle antes.

–Bah, déjalo, no tiene importancia… –Jean suspiró resignado. "Una oportunidad perdida. Otra más."

–Claro, por eso me traes esa cara, con una expresión tan alegre… –el tono de Marco seguía siendo igual de sarcástico; relativamente neutro, si bien el contraste con su gentileza habitual hacía que resultase no poco chocante.

Al final, el pecoso también dejó escapar un hondo suspiro; resignado, quizás, a continuar haciendo lo mismo de siempre, aquello que los demás esperaban de él.

–Anda, toma… –le pasó la botella al soldado, mientras se restregaba el rostro con la otra mano–. Creo que tú lo necesitas más que yo.

Por una vez, Jean no se lo discutió y aceptó la botella; no tardó en notar el ardiente líquido descendiendo por su garganta. "¡Pues tenía razón! Es del bueno… O al menos lo parece."

No pudo evitar sentirse reconfortado; además de cierto orgullo, por no habérsele escapado ni una sola tos, a pesar de la intensidad del brebaje. "En peores me las he visto, desde luego."

Le devolvió la botella a su compañero, que la guardó de nuevo en el mismo sitio; su sonrisa sí fue esta vez más cálida, más sincera.

–¿Ves? Siempre es buena manera, de romper el hielo…

Después ninguno de los dos supo qué decir, aunque el momento no llegó a ser del todo incómodo. Jean podía oír detrás de él murmullo de voces y movimiento de cajas, provenientes de la enfermería; y también algo parecido, en el piso de más arriba, donde estarían los dormitorios.

–Supongo que los demás siguen liados con el equipaje… –el Soldier le echó un vistazo al Demoman–. ¿Y tú? ¿No tienes nada que preparar?

–Tampoco tengo muchas posesiones, en realidad no me hacen falta…

Y a Jean se le esfumó el buen humor de golpe, al recordar el motivo por el que Marco era un caso especial, distinto de los otros mercenarios; y aún tenía muy reciente (demasiado) aquella discusión con buena parte del equipo… "Maldita sea, ahora no tengo tiempo para esta mierda, ni ganas."

Kirstein se pasó una mano por la cara, resoplando, mientras su camarada le observaba ligeramente extrañado, levantando una ceja.

–Mira, yo… –el Soldier suspiró de nuevo–. Sólo quiero echarme un rato, descansar lo que pueda antes del próximo combate, y supongo que para eso el camión es un lugar tan bueno como cualquier otro.

–Ya veo. –Bott continuó sonriendo con amabilidad–. ¿Sabes dónde está el garaje? Lo digo porque, bueno, como es tu primer día aquí…

–Pues qué va, no tengo ni idea. –Jean se encogió de hombros.

–Entiendo… Puedo acompañarte. Si quieres, claro.

–Ah. Vale, de acuerdo.

"Me cuesta eso menos que discutir con él, o pedirle que me explique cómo llegar hasta allí."

El Soldier hizo un ademán con la cabeza, como diciendo "tú primero". Su compañero asintió a la vez y se puso en marcha, indicándole con un gesto que le siguiera.

Ninguno de los dos habló todavía. No se oía nada, salvo el sonido de sus pasos en el silencioso pasillo; un silencio que a Jean le pareció aún más ominoso, justo al dejar atrás la sala de reuniones. "No me extraña, con el tipo de cosas de las que nos hemos enterado ahí dentro."

–Es curioso –comentó Marco, como de pasada, un tanto ausente–. A veces uno se cree que es el único con problemas… Hasta que te acuerdas de que no eres el centro del universo, ni el mundo gira a tu alrededor. Supongo que algo así ayuda, a poner las cosas un poco en perspectiva. En cierto modo, resulta liberador… Es decir, que quizás en realidad tus problemas no son para tanto. Así uno ya no se siente tan abrumado… Aunque, ahora que lo pienso, no sé si con eso estaré cayendo en lo de "mal de muchos, consuelo de tontos"…

Kirstein frunció nuevamente el ceño, ante las aparentes divagaciones de su camarada. "Lo que yo no sé es cuánto habrás bebido, antes de encontrarnos en el pasillo. ¿A dónde quieres llegar con todo esto, Marquitos? ¿Es una sutil indirecta, o…?"

Sin embargo, no tuvo tiempo de sentir otra vez la rabia royéndole el estómago, interpretando aquella filosofía de tres al cuarto como condescendiente displicencia; antes de eso, la compuerta de entrada se abrió ante ellos. "¡Bueno! Al menos esta vez no han saltado las centinelas automáticas."

Fuera seguía haciendo un día espléndido. El sol aún brillaba en lo alto, en mitad de un cielo azul vibrante y despejado. El Soldier se permitió cerrar los ojos y relajarse un momento, aunque sólo fuese un poco. La suave caricia de la brisa sobre su piel continuó serenándole más todavía.

Y tal vez fue por eso, que de pronto le vino a la mente, como una súbita inspiración, aquello a lo que verdaderamente se refería su compañero.

"¡Hablaba de sí mismo! Pues claro, si hace nada él también estaba ocupado, a solas en una reunión con el enano de las narices. No debió ser muy agradable, no me extraña que ahora esté así el pobre."

–Oye, tú… –Kirstein se quitó un instante el casco, para peinarse con una mano los revueltos cabellos–. Si quieres hablar de algo…

–Ah, no te preocupes. –Esta vez fue Bott quien se encogió de hombros, todavía con aquella tenue sonrisa en los labios–. Estoy bien. Gracias de todas formas.

El pecoso observó a su camarada con un cálido brillo en su único ojo castaño. Durante unos segundos, ambos parecieron compartir un silencioso entendimiento, un respeto mutuo…

Así que, naturalmente, Jean tuvo que echarlo a perder, cagarse encima de ello.

–Oye, Marco, necesito saber una cosa. ¿Hasta qué punto puedo fiarme de ti?

El silencio que se hizo a continuación adquirió un tono muy distinto. El moreno dejó de sonreír; el brillo de su mirada se apagó de pronto.

"Yo y mi enorme bocaza… ¡Si es que no tengo remedio!"

–A ver, no digo… –el soldado tragó saliva; de algún modo se las apañó para continuar, tratando de salvar la situación en la medida de lo posible–. No digo que vayas a clavármela por la espalda en cuanto me dé la vuelta. Es sólo que, a la hora de la verdad… ¿Podré contar contigo en el campo de batalla? ¿O dudarás en dispararle a alguno de esos BLUs? Quizás consigas que me maten… Si no vas a dar el todo por el todo, entonces prefiero saberlo desde el principio. Así al menos me evitaré luego una decepción, o una sorpresa desagradable que podría costarme la vida. Vamos, si no te importa.

El sarcasmo que rezumaban sus últimas palabras iba dirigido más contra sí mismo que contra su compañero. "Aun así, ¡tenía que decirlo! Algunas cosas, más vale dejarlas claras, antes de que empiecen las explosiones."

Y sin embargo, Jean era ahora el único que apretaba los dientes; Marco, por el contrario, parecía muy tranquilo, extrañamente sereno y relajado. El pecoso se quedó mirando algún punto a lo lejos, más allá de la verja de separación entre el almacén y los dorados campos que les rodeaban.

"Por lo menos no nos hemos cruzado con nadie, habría sido todavía más incómodo… para mí, ¡porque a éste no parece perturbarle nada! Aunque ahora que lo pienso…"

Aquel silencio momentáneo le vino bien al Soldier, para recordar lo mucho que se había alterado el moreno antes, en la sala de reuniones; cuando estaban discutiendo qué hacer con los mercenarios de BLU, y si no sería posible capturarles con vida en vez de erradicarles por completo.

El caso era que Jean, cada vez más, iba dándose cuenta de que alguien sin escrúpulos ni moral, capaz de cambiar como si nada de bando… no se habría sentido tan torturado, debatiéndose con aquellas cuestiones, ni habría estado dispuesto a enfrentarse a casi todos los demás, intentando defender a sus antiguos camaradas.

Porque por mucho que le fastidiase admitirlo… una mala persona no se habría tomado tantas molestias. "A no ser que estuviese fingiendo, todo este tiempo, y fuera puro teatro." Pero él mismo tenía que reconocer, visto lo visto, que algo así era prácticamente imposible.

"Eso no significa que no vaya a quitarle el ojo de encima… los dos ojos. Aún no me fío del bueno de Marco."

Y una vez más, como si justo en ese momento le hubiesen leído el pensamiento (y cada vez parecía más improbable que alguien en aquel equipo no fuese capaz de hacerlo), el pecoso habló en voz baja, clara y firme.

–Si yo fuese un peligro para este equipo, de algún modo, no estaríamos teniendo esta conversación.

–Ah, ya veo… –por alguna razón, Jean se notó tragando saliva de nuevo–. ¿Te refieres a que te habrían destinado a otra unidad?

–No –respondió Marco, con aquella misma calma antinatural–. Me refiero a que entonces yo ya estaría muerto.

Y todavía pareció querer añadir algo más, pero al final se contuvo; a continuación se hizo un silencio que, en contraste, resultaba atronador.

"Joder," fue todo lo que alcanzó a pensar el rubio por un instante. "¡Pues sí que iba en serio, la conversación con el enano!" De repente, el soldado se sintió extrañamente sobreprotector.

–Oye, ¿Levi te ha hecho algo? ¿Acaso te ha amenazado?

El experto en demoliciones aún permaneció callado, durante unos largos y tensos segundos; ensimismado, como si no hubiese oído nada.

–Pues hombre –contestó al fin, con un algo indescriptible en el tono–. Ahora mismo no.

"¿Y antes?" Kirstein ya no se atrevió a preguntarlo en voz alta; de algún modo, temía la respuesta, por difícil que pudiese parecer.

Después volvió a hacerse el silencio. Jean, visiblemente incómodo, empezó a arrastrar una bota por el suelo; Bott, a pesar de todo, parecía mucho menos afectado que él.

–La verdad es que, al final, cansa… –Marco dejó escapar un lento y hondo suspiro–. Cansa que estén siempre dudando de tu lealtad, cada dos por tres. Claro que, teniendo en cuenta quién soy, y de dónde vengo, pues… –se encogió ligeramente de hombros–. Supongo que habría sido absurdo, esperar que me tratasen de otra manera. Al fin y al cabo, uno recoge lo que siembra…

Luego dejó de hablar para sí; se giró hacia el rubio, dirigiéndose ya a él directamente.

–Bueno… –el pecoso sonrió de nuevo; y esta vez sí le llegó al ojo–. Habíamos quedado en que te acompañaría hasta el garaje, ¿no? Pues venga, vamos.

–Eh… Ah, sí. Claro.

Jean titubeó un poco, sintiéndose como un tonto; todavía intentaba asimilar el hecho de que, con tan sólo unas palabras, su compañero acababa de confirmar (al menos en parte) aquellas teorías sobre las que habían estado discutiendo antes en la enfermería.

Sin embargo, el Demo no le dio mucha opción a quedarse quieto; echó a andar sin mirar atrás, con lo que el Soldier tuvo que seguir sus pasos para no perderse el camino más rápido hacia el garaje.

Los dos mercenarios fueron bordeando el recinto vallado, en torno al edificio principal del almacén, hasta llegar a lo que parecía un anexo de similar estructura, si bien más bajo y alargado.

Esta vez no se dirigieron hacia la entrada principal, sino a otra compuerta más pequeña y discreta que había en un lateral.

Durante el breve trayecto, ninguno de los dos dijo nada; sólo se oían sus pisadas sobre el pavimento. Aun así, en esta ocasión, el silencio no fue tan incómodo para el Soldier; de hecho, debía reconocer que la compañía del Demo le resultaba agradable, incluso disfrutaba de ese "algo" sereno y sosegante que parecía transmitir.

"Todo sería mucho más sencillo si pudiese odiarle… pero no soy capaz."

Finalmente entraron en el garaje. Kirstein se sintió ya mucho más relajado; en cierto modo, le reconfortaba la familiaridad de aquellos olores tan característicos. Gasolina, aceite, neumáticos…

"Las máquinas son menos complicadas. Una máquina no te va a traicionar a la más mínima de cambio, ni se va a pasar por su cuenta al otro bando."

–¡Bueno! Ahí tienes los camiones –anunció Marco con sencillez–. A ti te toca en el verde, ¿no?

Jean siguió la mirada de su compañero y vio a qué se refería. El Soldier se quedó agradablemente sorprendido; el vehículo era como los del Ejército, color oliva, en buen estado y con la capota puesta.

La camioneta roja, en cambio, tenía un aspecto bastante más destartalado, como si la hubiesen reparado una y otra vez; la parte trasera estaba al descubierto, acentuando aún más aquel aire desgastado.

Sin embargo, lo cierto era que ambos vehículos parecían bien limpios, sobre todo en comparación con los trastos que había alrededor. "Je. Más manías del Capitán, supongo. Por otro lado, tiene sentido. Si de todo lo que hay aquí, los camiones son lo que más se usa…"

–Es la ventaja de tener de nuestra parte a la Legión y sus contactos –comentó Marco apaciblemente, con los brazos cruzados, pasando su mirada por el vehículo verde; luego señaló el otro, con un ademán de su cabeza–. El rojo pertenece a Armin. Aunque no lo parezca, es bueno conduciendo, sólo que… –se encogió levemente de hombros, con una pequeña sonrisa–. Por lo que he oído, sus desplazamientos tienden a terminar en persecuciones y tiroteos. Por no hablar de las ocasiones en que Hange ha cogido el volante… Si no fuese porque a Armin se le dan bien las máquinas, ya habríamos tenido que pasar por un desguace.

Jean musitó "ajá", asintiendo ligeramente, mientras su atención se centraba cada vez más en el recuerdo de las cosas que se habían dicho antes; en especial, algunas de las afirmaciones de la Doctora.

¿Has cometido errores? Pues claro, todos los cometemos. Pero eso no significa que sea el fin del mundo, ni que la cosa ya no tenga remedio. Desde cierto punto de vista, quizás sería más sencillo pensar que, una vez que te equivocas, no hay solución posible. Porque a menudo, recapacitar y dar marcha atrás, tratar de corregir esos errores, es lo más difícil… Es lo que tienen las segundas oportunidades, ¿no? Una oportunidad, pero también una responsabilidad. La responsabilidad de hacer lo correcto.

El soldado fue regresando al presente, en la penumbra de aquel garaje polvoriento. "Je… Esta vez, parece que lo difícil coincide con lo correcto." Jean suspiró, resignado; todavía mirando al frente, sin volverse hacia su compañero.

–Oye, Marco… Lo que dijiste antes, sobre que uno recoge lo que siembra

Hubo un instante de silencio. "Acaso la calma que precede a la tempestad."

–¿Sí? –respondió por fin el pecoso, animándole a continuar.

El Soldier pudo ver, por el rabillo del ojo, que su camarada también se había quedado mirando al frente, con cierta rigidez; la anticipación contenida, de una calma atenta.

–Estaba pensando… –el rubio ceniza se pasó una mano por la nuca, incómodo–. De sembrar algo, me temo que lo mío sería más bien cizaña.

Otro silencioso segundo.

–¿Por qué lo dices, Jean?

–Pues porque… –el soldado prosiguió tras un breve jadeo, acaso una risilla histérica ahogada–. La discusión que tuve antes, ésa que tú dices que oíste desde el pasillo… Había algo en lo que Armin y yo no estábamos de acuerdo, llegó un punto en el que pasé ya al plano personal… Le eché sal en sus heridas, figuradamente. Las mismas que se hizo en Teufort. ¿Entiendes a qué me refiero-?

Se interrumpió de pronto en cuanto vio la expresión asesina en el rostro de su compañero; y apenas duró un instante, pero estaba convencido de haber visto de nuevo un destello rojizo en aquel único ojo castaño. "¡Igual que antes con el kunai!"

Aun así, tan rápido como vino se fue. Aquella intensa emoción desapareció como si nunca hubiese existido… pero el Soldier sabía lo que había visto; entre otras razones, porque en la cara del pecoso aún quedaba un rastro de aquella lívida máscara.

Por un momento, lo único que oyó fue el sonido de su propia respiración, junto con los retumbantes latidos de su corazón.

Afortunadamente, el especialista en demoliciones pareció calmarse, tras unos breves instantes.

–¿Por qué? –logró preguntar al fin, con la voz todavía temblorosa por alguna razón.

–Porque soy un capullo –respondió el soldado, casi en el acto, sin pararse a pensar demasiado en ello.

Esta vez, lo que se pintó en el rostro de Marco fue incredulidad y desconcierto; su expresión enseguida volvió a ser neutra, aunque ya con un tono más amable… como un cuchillo, guardado de nuevo en su funda.

–No, hombre… –el pecoso resopló por la nariz, con cierto humor, mientras se volvía hacia su compañero; con un brillo inquisitivo, en aquel único ojo–. Me refiero a… ¿Por qué estás contándome esto, justo aquí, justo ahora?

–Pues la verdad es que… –Jean también se giró, sin apartar la mirada; casi se rascó otra vez la nuca, pero se contuvo–. Acabo de caer en cuál sería la distribución por vehículos. A ti te toca en el camión rojo, ¿no? Tú con Hange, Connie… y Armin. Así que tal vez puedas, no sé… animarle, o algo, mientras estáis de camino. Vamos, si te parece bien. O al menos, que sepas qué es lo que le pasa, si de pronto le encuentras un poco raro.

"Y al menos, después de decir esto, ya no me siento tanto como un auténtico mierda."

Su incipiente alivio, sin embargo, se vio contenido por el hecho de que Marco no dijo nada durante unos largos segundos. De repente, el tuerto se fijó en su cuello y Jean casi se llevó instintivamente la mano a la pala.

"Maldita sea, otra vez lo de luchar o huir… ¡Espero que no sea el caso!"

–Sabes, esa herida que tenías antes… –Bott se llevó una mano a su propia garganta–. ¿Cuántas veces te han curado con la pistola médica, en lo que va de día?

–Eh, pues… –Kirstein no estaba seguro de a qué venía de pronto ese comentario–. Al principio del todo, cuando salimos para rescatar a Yeager… –"Idiota suicida," añadió para sus adentros–. Me dieron un poco con el rayo curativo, para hacerme más fáciles los saltos con cohete. Y es verdad que, antes de entrar en la sala de reuniones, la Doctora me curó un corte en el cuello.

El Soldier frunció de nuevo el ceño. "Parece que estemos dándole vueltas siempre a lo mismo. No hay forma de escapar, de algunos recuerdos…"

–Ya veo –contestó el Demo, rascándose pensativamente la barbilla, acaso con un puntito de ironía–. Sabrás que la pistola médica, con su aceleración del metabolismo, puede causar ciertos efectos secundarios, ¿no?

–Je, pues claro que me acuerdo. Náuseas, mareos, somnolencia, cambios de humor, paranoia… Ya nos lo advirtieron, en aquel folleto. Supongo que más bien iba en serio, a pesar de que parecía escrito en broma. Aun así, ¡prefiero una jaqueca a tener que quedarme sin alguno de mis órganos!

–Lógico. En fin, lo que quiero decir es… Algunas personas pueden sufrir alteraciones de la conducta, tras un uso prolongado de la pistola médica. Al fin y al cabo, todas las acciones tienen consecuencias… Sería un tanto ingenuo, ¿no? Creer que uno puede recuperarse de cualquier tipo de daño, prácticamente al instante, como si nada. Siempre hay que pagar un precio. Por otro lado… Las probabilidades de que esas alteraciones ocurran, aumentan cuando ya hay un cansancio previo. Y teniendo en cuenta que nada más llegar aquí, en tu primer día, has hecho todas esas cosas, pues… Ya te haces una idea, ¿no?

–Entonces, estás diciendo que… ¿Acaso intentas justificarme? Todo lo que hice, después de…

–No, hombre, no… Al menos, no por completo. Una explicación no es lo mismo que una excusa. Sólo digo que tener en cuenta ciertas circunstancias ayuda, en parte, a comprender por qué la gente actúa como lo hace, en una situación determinada.

–Ah, básicamente, lo que dices es que… Si ya soy un capullo, y encima estoy cansado e irritado, entonces seré todavía más capullo.

–Je je, quizás yo no habría elegido esas palabras, pero… Sí, ésa sería la idea, más o menos. Aun así, un capullo integral no se preocuparía de esa forma por un compañero, como tú haces por Armin.

–Ya…

–Aunque no serías el único que se preocupa de él. Al fin y al cabo, Mikasa y Eren son buenos amigos suyos. Además de que los tres sobrevivieron juntos a las matanzas de Teufort.

–…

–Jean, te recuerdo que son el tipo de amigos capaces de matar a cualquiera que se meta con uno de los suyos.

–Oh… Vaya. Sí, ya lo sé.

–Y también te recuerdo que vas a ir ahora con ellos en un camión. Después de haber "echado sal en las heridas" de uno de los suyos, como tú mismo dijiste antes.

–Oh, mierda.

–Vamos, hombre, tranquilo… Sólo te lo digo para que lo sepas, que seas consciente de a qué te enfrentas, cuáles son los riesgos… También deberías saber que Armin no es de los que van enseguida corriéndole con el cuento a otros. Pero insisto, Mikasa y Eren son buenos amigos suyos, seguramente no tardarán en darse cuenta de que algo anda mal… Sería mejor que se enterasen directamente por ti, de lo que le pasa al rubio. Quizás incluso podrías aprovechar el viaje que vais a hacer ahora juntos.

–Ya, claro. ¿Y cómo lo hago, para sacar el tema así de repente, sin que ninguno de los dos me arranque la cabeza?

–Con sutileza, Jean, con sutileza. Aunque sé que es un concepto que te resulta bastante extraño.

–Ja ja, Marco, ja ja…

–Vamos, hombre. No te pongas así, tampoco es para tanto. Además, seguro que el esfuerzo merece la pena. Piensa que, si Eren y Mikasa también saben lo que pasa, entonces podrán hablar libremente del tema, sin que Armin se sienta obligado a guardar silencio, por temor a parecer un acusica o un chivato… Mejor evitar que las cosas puedan acabar mal.

–Eh… ¿A qué te estás refiriendo, con eso último?

–Ah, bueno, ya sabes… Armin es el tipo de persona que calla y aguanta, hasta que ya no puede más y explota. Si siente que puede hablar libremente de lo que le preocupa con sus amigos, entonces hay menos riesgo de que estalle e intente matarnos a todos.

–…

–Si lo piensas bien, ¡anda que no tendría formas de hacerlo! Un disparo por la espalda, una de sus máquinas que de repente funciona mal, o incluso un atropello accidental con esa camioneta que tanto le gusta conducir.

–Es… Estás bromeando, ¿no?

–Je je… Pues claro que sí, hombre. ¿De verdad te lo habías creído? ¡Tendrías que haber visto la cara que has puesto!

–Maldita sea, Marco. ¡No tiene ninguna gracia! No deberías bromear con cosas así.

–¿Y por qué no, Jean? A veces, ese tipo de humor es todo lo que nos queda. Hay que aprender a tomarse las cosas con un poco de filosofía…

–¡Bah! ¡Tú ahora no me vengas a mí con ésas!

–Ah, vaya… Lo siento. No pensaba que te ibas a poner así.

–"Lo siento." ¿Crees que basta con decir eso, y ya está, para que todo se arregle? ¡Qué fácil es pedir perdón! Para que te lo den y todo se borre, ¡como si no hubiese pasado nada! ¿Acaso a ti te parece justo? ¡Con sentirlo no basta!

–…

–¡Vamos, hombre! ¿Ahora te quedas callado? ¿Tú, que siempre tienes algo que decir? Pues venga, ¡di algo!

–No es de mí de quien estamos hablando ahora, ¿verdad?

–…

–¿Por eso no quieres pedir perdón? ¿Porque temes que te perdonen? ¿Porque crees que no te lo mereces?

–Oye, tú…

–Permíteme recordarte que perdonar no es lo mismo que olvidar. Ya lo decíamos antes, ¿no? Siempre hay que pagar un precio, cada acción tiene sus consecuencias y-

–Marco, hazme un favor y cállate.

–…

–…

–Me parece que por ahora lo vamos a dejar aquí, Jean. Estás diciendo una cosa, justo antes decías la contraria… Se te nota cansado, irritable, es lógico. ¿Un consejo? Sube al camión y échate un rato, duerme todo lo que puedas. Lo vas a necesitar, te vendrá bien para el próximo combate.

–…

–Y oye, si te asusta cambiar demasiado de golpe, por miedo a "perderte a ti mismo" o algo por el estilo… Quizás podrías ir poco a poco, empezando por intentar ser menos capullo, ¿eh? Eso ya no debería costarte tanto… Y así también nos estarías haciendo un favor, que tampoco pasaría nada por ponernos las cosas más fáciles a los demás. Vamos, si te parece bien.

–…

–Ah, mira… Jean, creo que será mejor que te subas ya al camión. Quizás también puedas pensar un poco en eso que te he dicho antes, ¿eh? Sólo es cuestión de tiempo, que Eren y Mikasa se enteren…Será mucho menos doloroso, a la larga, si eres tú el primero que se lo cuenta.

–…

–No es una amenaza, sólo un consejo. Tampoco estoy diciendo que vaya a ser sólo doloroso para ti.

–…

–Sabes, a pesar de todo… Creo que una persona como tú, en realidad, lo tiene más fácil para ponerse en el lugar de los demás. De lo contrario, no se te daría tan bien ir por ahí tocando las pelotas, diciendo las cosas que de algún modo sabes que van a doler más. ¿Qué tal si, para variar, intentases ayudar de vez en cuando?

–…

–Pregúntate a ti mismo qué tipo de persona te gustaría ser… y qué tendrías que hacer para lograrlo. Por difícil que pueda parecer, incluso el camino más largo se recorre dando un paso detrás de otro.

–…

–De verdad, Jean, creo que puedes ser mejor. En serio. Simplemente piensa en ello, ¿vale? Ahora vas a tener tiempo.

–…

–Nos vemos dentro de un rato. Hasta pronto.

Por un momento, sólo se oyeron las pisadas de aquel compañero, alejándose.

Y después, silencio.