Capitulo 20 Perdiendo el miedo.

Más tarde, ya en la furgoneta, Harry no estaba todavía preparado para llevarla a su casa. Le alegraba pensar que su familia comprendido lo que él ya sabía: Ginny era la única mujer para él. La miró.los botones superiores del vestido estaban parcialmente abiertos, dejando ver la sombra de su seno. Deseó abrazarla de inmediato.

Aparcó la furgoneta en Leicester Square, desde donde se veían las luces del Hyde Park bajo la luna plateada. Apoyó el brazo en el respaldo del asiento de ella. Ansiaba decirle cuánto la amaba y que quería formar una familia con ella, pero antes tenía que estar seguro de que ella sentía lo mismo.

Envidio a Ronald – comentó.

¿Por qué?

Algún día me gustaría tener una familia como la suya – vaciló -. ¿Y a ti?

La joven miró por la ventanilla. Harry se preguntó por que no contestaba de inmediato. Si soñaba con formar una familia con él, ¿Por qué no lo decía así?

La cabeza le daba vueltas. Quería acabar con la sensación de que su futuro pendía de un hilo. Ginny, quiero estar contigo – dijo -. Sí tu no sientes los mismo…

Harry, quiero estar contigo más que con ningún hombre al que haya conocido nunca, pero…

¿Pero qué?

La joven lo miró con ojos húmedos. Sin peros, Harry – rozó el muslo de él con gentileza-. Esta tarde ha sido muy importante para mí. Tu familia me ha hecho sentir muy querida.

Te queremos, Ginny – repuso él. Deseaba añadir algo más, pero tenía miedo de espantarla si expresaba la fuerza de sus emociones. Puso la furgoneta en marcha para llevarla a casa. La mano de ella seguía sobre su pierna. Apenas podía concentrarse en conducir. Ginny no le había dicho que quisiera tener hijos con él, pero veía el amor que expresaban sus ojos cuando lo miraba. No podía dudar de sus instintos.

Sabía que el conocer a su familia la había acercado más a él. Y quería que entrara a formar parte de su vida.

Estaba decidido a penetrar en su mundo privado como fuera. Quería mostrarle que podía encajar en su vida tan perfectamente como ella en la de él.

Cuando Ginny entró en el apartamento, sonaba el teléfono. Lanzó el bolso y levantó el auricular de la sala de estar. Temblaba todavía por la proximidad de Harry.

Gin, llevo horas intentando localizarte – dijo su hermana.

La joven se sentó en el sofá para serenarse. Molly, tienes que escucharme. Es preciso que vengas a Londres enseguida.

¿Te ha pedido Harry que te cases con él?

Está a punto.

Le contó la reunión con su familia y lo seria que empezaba a volverse su relación.

¡Es fantástico! – exclamó Molly.

No, no lo es.

¿Por qué?

Tienes que venir Molly.

No podía soportar que le pidiera matrimonio sabiendo que ella no sería la mujer que se acercaría al altar con él.

Gin, tengo que decirte algo. He de retrasar mi traslado a Londres.

¿Qué?

Mi compañía me ha suplicado que trabaje con un cliente japonés, muy importante antes de marcharme – le explicó su hermana -. Tal vez incluso tenga que desplazarme unos días a Japón con el nuevo contable ejecutivo al que estoy entrenando para ocupar mi lugar. Es un hombre increíble, hermanita. Guapo, elegante…

¿Y qué hay de tu trabajo con Luna? – la interrumpió Ginny

No te preocupes; he hablado con ella. Dice que le viene bien porque necesita unas vacaciones y quiere irse un par de semanas a Francia.

¿Y que voy a hacer con Harry?

Ginny, no tengo derecho a pedirte que sigas viéndolo – continuó su hermana -. Si quieres detener mi estúpido plan ahora mismo, no te culparé por ello.

Ginny dio un salto en el sofá.

¿Dejar de ver a Harry?

Ya te he pedido demasiado. Probablemente estés cansada de salir con él.

No, no, me gusta estar con él… quiero decir en tu lugar.

Entonces, ¿No te importa fingir un poco más?

Seguiré viéndolo hasta que llegues aquí.

Te devolveré el favor algún día, hermanita. Te lo prometo.

Ginny colgó el teléfono sin saber que pensar. Le dolía la frente. Sentía la espalda cargada de tensión. Necesitaba un baño caliente. Necesitaba una aspirina. Necesitaba a Harry.

Su hermana le había ofrecido una salida, pero ella no podía aceptarla. Molly podía haber llamado a Harry desde Escocia, explicarle la situación y decirle que lo vería cuando llegara a Londres.

Pero Ginny no podía imaginarse acabando bruscamente su relación con él. Había prometido que iría a cuidar de Rose el domingo. Tenía que ayudarle a conseguir el encargo para la casa de los Lestrange en Shell Cottage. Tenía que…

Se dio cuenta de que estaba andando arriba y debajo de la sala de estar. Tenia que controlar la avalancha de emociones que sentía por Harry. Era preciso. ¿Pero Cómo?

A la tarde siguiente, Harry aparcó la furgoneta delante del salón de belleza. Miró su reloj. La señora Macmillan lo esperaba en su casa para que instalara un video nuevo. Por supuesto la mujer había insistido también en que utilizara después su piscina y jacuzzi.

Sin embargo, Harry no podía pensar en el trabajo. Antes debía ver a Ginny. Salió de la joven había pasado varias veces por su tienda, pero nunca lo había invitado al salón de belleza. Estaba decidido a formar parte de su vida, aunque eso implicara que tuviera que tomar la iniciativa él mismo.

Al abrir la puerta, lo asaltó una mezcla de sonidos: música de rock, el ruido de los secadores y conversaciones distintas. De inmediato divisó a Ginny secando el cabello de una cliente, pero estaba de espalda, así que ella no lo vio. Parecía una artista, esculpiendo el cabello de la mujer con precisión y concentración. Sintió una chispa de orgullo por su trabajo. Cada detalle que veía en ella hacía que la quisiera más.

Hola, Harry – dijo una voz familiar a su espalda.

Se volvió hacia Lavender, que tomaba una taza de café.

Espero que a Ginny no le importe que haya venido – dijo – parece muy ocupada y no quisiera interrumpirla.

Se alegrará de verte – repuso la mujer con una sonrisa cálida -. Me ha dicho que ha conocido a tu familia.

Harry sonrió. Sí, y se los metió a todos en el bolsillo.

Apuesto a que tú estas deseando conocer a la suya.

El hombre la miró. Conocía a sus padres antes de que murieran.

¿En serio?

Hace muchos años.

Lavender pareció confusa.

¿Ginny y tú os conocíais antes de veros en el gimnasio?

Sí – Harry vaciló -, ¿No te lo ha dicho?

Bueno, yo… - miró a Ginny como si no supiera si debía añadir nada más.

A Harry le dio un vuelco el corazón. Sus dudas reaparecieron de inmediato. ¿Por qué no le había dicho a su amiga que ya se conocían?

Ginny había terminado de peinar a su cliente y levantó la vista para ver si había llegado su siguiente cita. Vio a Harry en el local y contuvo el aliento. Se acercó a él rogando que Lavender no hubiera dicho nada que pudiera destruir el poco tiempo que le quedaba con él.

¡Harry, que sorpresa! – exclamó; procuró mantener la calma, pero la expresión preocupada de él se lo impidió.

Espero que no te importe que haya venido – dijo el hombre.

Me alegro de que estés aquí.

Ah, Ginny – comentó Lavender – Harry me estaba diciendo que conoció a tus padres hace años.

A la joven se le encogió el estómago. Sí, así es – se apresuró a confirmar -, ven, Harry, te enseñaré donde trabajo.

Se alejó tras él, no sin antes lanzar a su amiga una mirada con la que pretendía darle a entender que le explicaría todo más adelante.

Harry se volvió hacia ella.

¿Por qué no le has contado a Lavender que salimos juntos hace años?

Porque me daba vergüenza confesar que te había hecho sufrir – repuso la joven -. Quería olvidar lo que te hice y empezar de nuevo; por eso no dije nada.

Odiaba aquellas mentiras y se odiaba a sí misma por no decirle la verdad. El hombre guardó silencio y ella lo miró preocupada. No era mi intención ofenderte – dijo.

Harry levantó la vista. Ginny, no puedo evitar preguntarme si tus sentimientos por mí volverán a cambiar.

No, Harry, jamás – le dijo con todo su corazón. ¿Cómo puedo estar seguro?

Antes de que pudiera contestar, vio que él miraba el reloj de la pared.

¡Caray! Me he olvidado de la señora Macmillan.

¿Tienes qué marcharte?

Ya llegó quince minutos tarde – repuso él - ¿Por qué no me acompañas?

Ginny sintió una oleada de ansiedad. Tengo un peinado más. Quería ir con él. Necesitaba asegurarse de que todo iba bien entre ellos, y no por su hermana, sino por ella misma.

En ese momento se acercó Lavender a tomarle prestado el secador. Ginny, tu próxima cliente no es una de las regulares. Puedo atenderla yo.

La joven miró a Harry, consciente de que tenía que disipar las dudas que había creado en su mente. Dame unos minutos para lavarme – le dijo; comenzó a guardar su equipo -, llevaré mi coche y nos veremos allí.

El rostro de él se relajó. Llamaré a la señora Macmillan para decirle que voy para allá y que tú me acompañaras.

Cuando salió por la puerta, Lavender miró a su amiga. ¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué te muestras tan secretiva sobre tu pasado con Harry?

Mi relación con él se ha vuelto muy complicada. Quiero hablarte de ello, pero todavía no.

Cuando necesites hablar, puedes contar conmigo – musitó su amiga – creo que sabes que quiero veros juntos y felices.

Ginny sintió un nudo en la garganta. Abrazó impulsivamente a Lavender y salió del local.

En casa de la señora Macmillan, Harry notó que Ginny estaba tensa que no podía quedarse sentada en el sofá. Se acercó a la puerta de cristal que daba al jardín y comenzó a charlar con la anfitriona mientras él instalaba los aparatos.

Todavía no había tenido ocasión de hablar con ella y no podía reprimir la sensación de que su relación estaba cambiando. ¿Por qué, si no, iba afectarle tanto que él supiera que había ocultado su relación pasada a su amiga?

Mientras conectaba los cables, no pudo evitar preguntarse si estaba con él sólo por los remordimientos que sentía al haberle hecho sufrir años atrás. Necesitaba una respuesta clara.

En aquel momento oyó a la señora Macmillan decir que su ama de llaves tenía el día libre y que ella iba a marcharse. Insistió a que Ginny aprovechara el jacuzzi mientras Harry terminaba su trabajo. Vio que la joven dudaba, pero siguió a su anfitriona hasta la casa de invitados para ponerse el bañador.

Probó el equipo que acababa de instalar y deseó poder disipar la incertidumbre de su relación. Necesitaba creer en ella lo quería de verdad. Unos minutos después miró por la puerta de cristal y vio a Ginny en una tumbona. Terminó su trabajo y salió al jardín, dispuesto a hablar con ella.

Tenía los ojos cerrados. Su cabello rojizo brillaba al sol. Sus labios permanecían ligeramente abiertos. Harry reprimió la oleada de amor y deseo que lo embargó. Observó su cuerpo, ataviado con un bikini color turquesa. Sus pechos marfileños sobresalían por encima del sujetador. Detuvo la vista en el trozo de tela turquesa que cubría su monte de Venus. Esa vez no actuaría por impulso. Le había prometido a la señora Macmillan que utilizaría la piscina y, como necesitaba tiempo para pensar, entró a cambiarse en la casa de invitados.

Ginny, tumbada al sol, sentía la piel caliente, no sólo por los rayos de éste, sino por la sensación de que Harry la miraba a poca distancia. Se sentía casi desnuda con aquel bikini prestado. Normalmente no llevaba prendas tan reveladoras, pero con Harry solía olvidar su reserva. Se levantó de la tumbona y miró hacia la casa de invitados. Estaba segura de que él dudaba de su amor. Deseó que hubiera un modo de demostrarle lo mucho que significaba para ella.

Miró el agua de la piscina, queriendo reunir valor para lanzarse a ella, deseando tener el coraje de preguntarle francamente sí podía amarla sabiendo que no era su hermana.

Ginny, ¿En qué estás pensando?

Se volvió y lo vio de pie, a poca distancia de ella.

Estaba pensando que me gustaría no tener miedo de… - vaciló -. Del agua.

Harry se acercó a ella. ¿Confías en mí? – preguntó

Sí.

¿Plenamente?

La joven asintió y él le tomó la mano y la condujo hasta el borde de la piscina.

Ginny apartó su mano con gentileza. Harry ¿Qué haces?

Quiero mostrarte que no hay nada que temer… ni en el agua, ni en la oscuridad, ni en nosotros.

Ginny sabía que buscaba una confirmación de su amor. Quería dársela, pero su miedo al agua era muy intenso.

Harry no puedo entrar en la piscina.

Estaré a tu lado en todo momento – repuso él -. Yo no permitiría que te ocurriera nada.

Ginny sabía que le pedía una prueba de amor. Si se negaba a confiar en él, pensaría que no lo quería.

Metió un pie en el agua. Está muy fría.

Harry entró en la piscina. Dame la mano.

La joven obedeció vacilante. ¿Cómo puedo estar segura que no ocurrirá nada?

Tienes mi garantía – repuso él. La guió hacia la transparencia azul.

A medida que el frío líquido cubría sus muslos, vientre y pechos, el movimiento del agua parecía empujarla contra él, contra su cuerpo fuerte y musculoso.

Túmbate de espalda – le pidió Harry – no dejaré que te hundas.

Sujetó el brazo de él con el corazón latiéndole con fuerza y se tumbó sobre la superficie del agua. Notó las manos de él bajo su espalda y fue muy consciente de la firmeza de los dedos masculinos contra su piel desnuda.

Relájate – la instruyó él – dentro de u segundo te sujetará el agua.

Percibió que las manos de él se alejaban lentamente de su cuerpo. Una ráfaga de miedo recorrió su ser y estaba segura de que iba a hundirse. Pero él seguía cerca y sabía que no la dejaría nunca. Pronto fue consciente de la levedad de su cuerpo flotando sobre el agua y sintió una libertad jubilosa.

Al instante siguiente, Harry la apretó contra sí. ¿Te sientes segura, Ginny?

Mucho – susurró ella, echándole los brazos al cuello.

Harry sintió una oleada de amor por ella. Había confiado en él hasta vencer su miedo. Sabía lo difícil que le había resultado aquello.

Los ojos de ella estaban fijos en los suyos. Sin pensar lo que hacía, le besó los labios, las mejillas, el cuello, y luego sus labios encontraron el valle de los pechos de ella por encima del bikini.

Dejó que los pies de ella tocaran lentamente el suelo de cemento de la piscina y apretó las curvas femeninas contra su pecho. Sintió que respondía a su beso con fervor.

Estaba inmerso en ella. No existía nada más. Sólo Ginny, la mujer a la que amaba. Le quitó el sujetador del bikini. Su boca encontró el pecho desnudo de ella y lamió y succionó su pezón. Ginny gimió de placer.

Harry bajó las manos hasta su vientre y la oyó dar un respingo. El deseo se apoderó de él y acarició su zona más erótica. Sintió que las manos de ella se aferraban a su espalda.

Su sexo se excitó contra el muslo de ella, deseándola. Notó las manos de ella bajar por su espalda hasta el elástico de su bañador. Contuvo el aliento cuando los dedos femeninos rozaron sus nalgas desnudas. Su masculinidad se excitó aún más, luchando por abrirse paso entre la tela. Estaba a punto de introducir un dedo bajo la parte inferior del bikini cuando Ginny se separó despacio.

Es tarde – musitó -. Tengo que ir a casa.

Salió de la piscina sin añadir nada más, se puso el sujetador del bikini y corrió hacia la casita de invitados.

Harry sintió que su cuerpo estaba a punto de explotar, no solo a causa del deseo, sino también de la frustración. Ella confiaba plenamente en él, y él no podía reprimir sus impulsos. No podía mantener la promesa que se había hecho a sí mismo.

Salió de la piscina y se secó con una toalla. Se dio cuenta de la hora que era y entró en la casa en busca de un teléfono. Estaba tan absorto en la compañía de Ginny que había olvidado regresar a la tienda a la hora concertada con Neville.

Neville – dijo, cuando éste contestó al teléfono -, lo siento, pero me he retrasado.

El señor Lestrange ha llamado hace un par de minutos.

¿Ha dejado algún mensaje? Estaba enfadado consigo mismo. Esperaba aquella llamada y debería haber estado en la tienda cuando se produjera.

Ha dicho que se marcha un par de días de la ciudad. Te llamará cuando regrese.

Sintió deseos de golpear la pared. Si hubiera estado en la tienda como era su deber, habría fijado una fecha definitiva para ir a Shell Cottage a ver la casa. Ahora sólo le quedaba esperar que el señor Lestrange volviera a llamar.

Mientras Neville hablaba de otros asuntos, miró hacia la casa de invitados. Su deseo por Ginny empezaba a afectar toda su vida. Tenía que conseguir apaciguarse y controlar mejor la relación, ¿Pero cómo podría hacerlo?

Ginny se peinaba con manos temblorosas. Le ardía todavía la piel debido a las caricias de Harry. No podía creer que se hubiera portado así en la piscina. Había deseado tocarlo como sólo tocaba una mujer al hombre con el que iba a casarse. Cuando metió el cepillo en el bolso, rozó con el dedo el cristal de cuarzo que le había dado Rose. Apretó la piedra en su mano y deseó que Harry pudiera ser su hombre, que su hermana no se mudara a Londres y ella pudiera conservarlo para siempre.

Aquellos pensamientos la sorprendieron ¿Cómo podía pensar que su hermana no fuera a Londres? ¿Cómo podía olvidar su sueño de vivir con ella en familia?

Sabía porque. En la piscina había sentido la magia de estar en los brazos de Harry. Con él se sentía sensual, atrevida y amada. Y quería más, mucho más. Devolvió el cristal a su bolso y salió de la casa, Harry hablaba por teléfono en la sala de estar con una toalla en torno a la cintura. Se pasaba la mano por el cabello con nerviosismo.

Comprendió que estaba frustrado por su alejamiento en la piscina. Quería decirle que ardía en deseos de hacer el amor con él, pero no podía. En lugar de hablar con él, salió de la propiedad de la señora Macmillan antes de que Harry pudiera verla.