CAPÍTULO 21
Elisa sonrió y caminó al bar donde había bebidas, vasos y copas. Elisa, como sabía dónde estaba cada cosa en esta casa, se sirvió ella misma una copa de vino.
Terry suspiró esperando que fuera lo que fuera a decirle Elisa, terminara rápido. Estaba cansado y debía llamar a Candy, no importando si tenía que despertarla, ella lo perdonaría.
Sin embargo, echar a Elisa ahora era un poco descortés cuando ella lo había esperado largo rato afuera para entregarle unos papeles que al parecer él mismo le había pedido. Estaba atrapado.
—¿Cómo van tus cosas? —preguntó Elisa luego de darle un largo trago a su copa de vino y Terry suspiró.
Esperaba que ella de inmediato le hablara del motivo de su visita, de los papeles que le había entregado y se fuera rápido. No quería conversar banalidades ahora. Agitó su cabeza y miró el sobre en sus manos. Lo abrió para enterarse qué papeles eran y encontró que era un contrato en el que había estado trabajando antes del tiroteo en su casa. Suspiró dejándolo sobre la mesa del café, y volvió a mirar a Elisa.
—Avanzando —le contestó al fin—. Gracias por los papeles.
—Si olvidaste que me pediste que te los trajera, tal vez también hayas olvidado que es importante que lo estudies antes de la reunión con ellos.
—Me esforzaré—. Elisa hizo una mueca.
—Perdona que te lo diga, pero esforzarse no es suficiente. Creo que vas a tener que…
—Haré lo posible, Elisa, pero mi prioridad ahora es…
—Entiendo que ahora estés preocupado por Candy, pero si no tienes cuidado, perderás tu empresa. ¡Te estás ausentando mucho!
—Elisa, eso no me importa.
—Pero ¿cómo no te va a importar?
—Exasperado por su insistencia, Terry resopló un poco. —Primero, la GrandChester Navy no es una empresa tan pequeña ni débil que se resienta porque no estoy las veinticuatro horas al pendiente, y segundo, si así fuera, no me importaría perderlo todo con tal de saber que mi familia está a salvo. Las empresas se reconstruyen, se levantan de nuevo. Las personas no resucitan—. Elisa apretó los dientes al oírlo. Dejó la copa de vino a un lado y se acercó paso a paso a él.
—Es increíble esa manera de pensar que tienes. —No entiendo lo que quieres decir —contestó él frunciendo un poco su ceño, confundido.
—Para ti, siempre lo primero, lo segundo, lo último, ha sido Candy.
—Es mi esposa —contestó él con un poco de sorna—. ¿Quién más iba a ser lo primero?
—Te puedo preguntar, ¿por qué nunca te fijaste en mí?
—Terry abrió grandes los ojos mirándola, sintiéndose bastante sorprendido por el rumbo que había tomado esta conversación. Respiró profundo pasándose la mano por el cabello despeinándolos un poco.
—¿A qué viene esto ahora?
—Yo te vi primero —dijo Elisa acercándose más, agarrándose una mano con la otra como si así pudiera controlarla mejor—. Yo te amé primero—. Eso tomó a Terry por sorpresa, completamente.
Ella extendió al fin sus manos a él, con toda la intención de ponerlas sobre el pecho masculino, pero mucho antes de que lograra hacer contacto, Terry las tomó con una sola mano y las alejó de sí con tanta fuerza que Elisa lanzó un leve chillido sorprendida. Él hizo un poco de fuerza contra ella y la alejó varios pasos, mirándola entre chocado y molesto.
—¿Qué te pasa? —le preguntó. Elisa abrió su boca con toda la intención de decir algo, pero Terry no le dio tiempo siquiera de formular una frase—. ¿Estás ebria, o qué? ¿Qué te hace creer que quiero que me toques? ¿Envié una señal equivocada acaso?
—Terry…
—¿O es que ahora que Candy no está, crees que estoy necesitado de una mujer y me acostaré contigo, con su amiga?
—Yo no…
—¿No eres su amiga? ¿Es lo que vas a decir?
—Elisa cerró su boca de golpe, mirándolo con ojos grandes, el corazón latiendo en su garganta, y las mejillas pálidas—. Creí que lo eras, pero ahora lo estoy poniendo en duda. ¿Cómo es posible que quieras tocar al marido de tu amiga de la manera como intentaste tocarme a mí? ¡¡Explícate!!
—Elisa guardó silencio. Sus ojos se habían humedecido, y se sobaba una mano con la otra, aunque Terry no le había hecho daño.
—Me estás insultando.
—Oh, lo siento. ¿Intentas toquetear al marido de tu mejor amiga, pero la ofendida terminas siendo tú?
—¡No sé qué me sucedió! Yo también estoy sorprendida, fue un… un acto reflejo.
—Un acto reflejo —parafraseó él mirándola con ojos entrecerrados de pura sospecha.
—Ya sé que no me crees, ¡pero es la verdad! Te vi tan… angustiado por todo lo que estás pasando y… de verdad…
—Así que intentabas consolarme —dijo Terry. Elisa asintió agitando su cabeza, dispuesto a adherirse a esa mentira que él mismo ofrecía como un escape. Una lágrima rodó por su mejilla—. Lo siento, Elisq, pero no necesito ser consolado —siguió él—. Y si así fuera, no serías la persona a la que yo buscaría para que me dé consuelo; para eso tengo a mi esposa.
—Lo… lo…
—No lo sientas. Yo no lo siento. En todos estos años, en estos doce años que llevo de conocer a Candy, y en los ocho que llevamos de casados, ella fue capaz de olvidar que tú le mentiste diciéndole que tú y yo teníamos una relación, y te aceptó de nuevo entre su círculo de amigas; pero yo no lo olvidé, Elisa. Casi que lo recuerdo cada vez que te veo porque esa mentira me hizo sufrir mucho, y por un tiempo incluso pensé que, si eras capaz de mentir en algo así, eras capaz de cosas peores.
—De qué estás hablando? ¡Esto ya es demasiado! ¡No es justo que me trates así sólo por un error que acabo de cometer! No te creas tan… importante, como si yo quisiera tener algo contigo sólo porque quise abrazarte.
—Y me dijiste que me amas, que incluso me amaste primero que Candy—. Elisa se mordió los labios, y ahora sí estaba llorando de verdad. Todo había salido mal. ¿Qué había pasado? ¿Qué clase de hombre era este? Respiró profundo. Debía pensar rápido. Lo iba a perder, lo presentía. Si no actuaba rápido, perdería el momento y no podía, debía seguir a su lado a como diera lugar.
—Es verdad —dijo cerrando sus ojos, y Terry vio que las lágrimas no salían cristalinas, su rímel había empezado a correrse por la humedad—. Te amo.
—Vaya mierda.
—No hables así, no digas cosas tan desagradables cuando te estoy confesando mis sentimientos.
—Vale. Pero reconoce que es una auténtica mierda.
— ¡Te amo! —gritó Elisa—. Te vi y te amé, amé cada cosa, cada centímetro de ti. Quería que te fijaras en mí, quería que fueras mío, pero no entiendo, no entiendo cómo Candy se puso en medio, la más insulsa, ¡la más simplona de todas mis amigas y tú te fijaste en ella!
—¿Así la ves? ¿Insulsa, simplona? —Elisa se enderezó, e incluso se puso una mano en la cintura. Con ese movimiento, su cuerpo curvilíneo destacó un poco más. Ciertamente, Elisa era un poco más voluptuosa que Candy, ella siempre lo había sabido. Terry no podía ser tan ciego.
—No es que la vea así. Es la realidad.
—Entonces siempre estuviste codiciando al esposo de tu amiga insulsa y simplona? —Elisa apretó los dientes.
—Te amaba a ti desde mucho antes de que fueras algo de ella.
—Por qué, si ni me conocías.
—Por la misma razón por la que, nomás verla, te enamoraste de Candy. ¡Me pasó contigo!
—Elisa volvió a acercarse, y Terry dio varios pasos atrás como si le repeliera—. No me trates así —lloró ella al ver su actitud—. No es mi culpa. ¡Y duele demasiado!
—Si doliera tanto, te habrías alejado hacía ya mucho tiempo —ella lo miró fijamente, y Terry siguió—. Habrías encontrado un lugar a donde irte y superar tu dolor, pero preferiste quedarte y seguir cerca, como si el sufrimiento te causara placer—. La transformación en Elisa fue increíble a ojos de Terry. En un momento ella estaba llorando con rostro compungido, y ahora parecía que las duras palabras de Terry le gustaran y quisiera seguir escuchando—. Estás enferma —concluyó él.
—Es tu culpa —dijo ella con voz calmada.
—Vete de mi casa.
— ¿Me temes? —sonrió ella—. Recuerda que yo te amo. Estoy dispuesta a dar la batalla por ti.
— ¿La batalla contra quién? ¿Contra mi legítima esposa?
—Contra ti mismo si es necesario.
—No, no será necesario —dijo él juntando sus cejas en un gesto adusto—, porque estás despedida—. Elisa quedó en shock, quieta como si la hubiesen paralizado.
—Qué… qué…
—No quiero verte mañana en las oficinas.
—No puedes hacerme esto.
—Sí puedo.
—No tienes una causa justa para despedirme.
—La conseguiré.
—No puedes despedirme —dijo entre dientes, y dio unos pasos alejándose, tomó las llaves de su auto y salió. Terry se quedó mirando su espalda sintiendo como si de repente le hubiesen puesto sobre los hombros otra pesada carga, una que no tenía por qué llevar.
Se masajeó los ojos y se quedó allí de pie hasta que vio a Elisa subir a su auto, encenderlo y salir de allí. En cuanto hubo desaparecido, tomó el teléfono para llamar a su mujer.
Candy se vio a sí misma conduciendo un auto. El sol empezaba a ponerse y ella iba llorando. Necesitaba llegar pronto a casa, necesitaba llegar de inmediato. Pero el semáforo pasó a rojo. No, esos segundos en que estuviera aquí detenida podían ser fatales, así que, en vez de frenar, aceleró. Seguro que alcanzaba a llegar al otro lado. No le importaba la multa por la violación a la señal de tránsito. Necesitaba llegar… Y de repente, despertó. No estaba conduciendo un auto, sino en una cama doble que ocupaba ella sola. Desubicada momentáneamente, miró en derredor, y se dio cuenta de que un teléfono estaba timbrando, lo que la había despertado. Estiró su mano para tomar el aparato y medio dormida aún, contestó. Sólo había una persona que podía estarla llamando y a esta hora, así que se apresuró.
—¿Hola? —saludó.
—Amor. Perdona que no te haya llamado antes. Estuve en varias reuniones de seguido. De verdad, perdóname—. Candy sonrió. Ella sabía ya que él estaría ocupado, así que no podía reprocharle.
—No te preocupes, amor. Yo entiendo.
—Vi tu llamada perdida, pero… Dios, Candy, te echo tanto de menos.
—Y yo a ti. No te imaginas cuánto.
—Si es la mitad de lo que yo te extraño, entonces sí que la estás pasando mal —Candy se echó a reír—. ¿Cómo se han portado los niños?
—Como siempre. Ellos están de excursión, al igual que Gabriela. Soy yo la que sabe que esto es un encierro.
—Ya todo pasará. Hemos avanzado mucho en las investigaciones. Pronto descubriremos a los que nos están haciendo esto, y tú serás libre al fin también—. Candy cerró sus ojos. ¿Y cómo podía decirle que por favor se diera prisa, porque estar sin él era un infierno? ¿Y cómo decirle que odiaba esto, cuando no sabía si tenía culpa en ello? Se sentó en medio de su cama mientras unas imágenes llegaron a su mente.
—Tuve un nuevo recuerdo —dijo, desviando el tema.
—Ah, ¿sí? cuéntame.
—No sé si es un recuerdo o es un sueño. Iba en un auto… era la tarde, creo y… yo creo que ignoré un semáforo en rojo—. Terry guardó silencio por varios minutos, luego de los cuales dijo en voz baja.
—Debe ser un recuerdo del accidente. Has recordado el accidente.
—No. No lo recuerdo bien. Sólo es una imagen. Yo… no tengo consciencia de lo que iba pensando, para dónde iba, o por qué decidí saltarme el semáforo, sólo me veo a mí misma haciéndolo.
—Tus recuerdos están pujando por volver a tu mente.
—Pero me has llamado y se ha interrumpido.
—Ah, es mi culpa —Candy sonrió.
—Volverá —aseguró—. Y completo. Así que no te preocupes.
—Estás recordando cada vez más. Eso me alivia. Sé que en cualquier momento tú misma podrás decirme qué fue lo que pasó en esos últimos meses antes del accidente. Tu ayuda es vital, Candy.
—Lo sé—. Candy suspiró, cerró sus ojos y apretó sus labios conteniendo el deseo de decirle que lo echaba de menos, que lo necesitaba, que por favor viniera a verla. Estar sin ti es un castigo que no creo merecer, quiso decirle; una tortura que me quebrará el alma, porque no la podré resistir. Pero de entonces, en medio del silencio en que se habían quedado los dos, él dijo:
—Te extraño —Candy se cubrió los ojos con una mano deseando llorar—. Te extraño muchísimo, Candy —siguió—. Me muero por verte, por abrazarte, por tenerte otra vez entre mis brazos y besarte.
—Ay, mi amor… —se quejó ella, porque en verdad, le dolía el alma.
—Pero te mando mi amor, para que te cobije si tienes frío, para que te arrulle si no puedes dormir. Te mando un abrazo que tengo aquí con ganas de ir hacia ti, un beso que ya se hizo anciano de tanto esperar —ella rio y lloró al tiempo al escuchar esas palabras, respiró profundo y se secó las lágrimas.
—Tengo fe en que todo esto pasará. Volveremos a estar juntos, lo sé. Y recibiré esos abrazos y esos besos que tienes atorados allí—. Terry sonrió feliz, y se quedó allí otros minutos hablando con ella, con la misma sonrisa en el rostro, sintiendo el corazón arrugado por las emociones, y la injusticia de todo, pero con la fe en que todo volvería a su lugar, tal como antes, o tal vez mejor.
Elisa se quitó los auriculares con el pecho agitado. Había sido un éxito su operación; había logrado instalar un micrófono en la sala de Terry, y él, tonto, se había quedado allí para hablar con su esposa. No había subido a su habitación, donde ella no pudo entrar por su estupidez, no, pero había conseguido más información de la que imaginó jamás.
—¿Es suficiente para usted? —dijo Jason Young, el hombre que había contratado para esta tarea, tarea que le había costado más de lo que había estado dispuesta a perder, pero que, al fin y al cabo, había sido un éxito.
—Por ahora, sí —dijo Elisa con el corazón vibrando en su pecho, y se echó el cabello atrás poniendo en orden en su mente todo lo que había descubierto.
Primero, Candy estaba recordando. Él había mentido diciendo que no, pero Candy estaba, poco a poco, recuperando la memoria, lo cual sería nefasto para la organización; Candy tenía demasiada información, y ya no tenían cómo controlarla, pues estaba fuera de su alcance. Segundo; Terry sabía demasiado también. Había descubierto, de alguna manera, lo que estaba pasando, y estaba investigando para llegar al fondo de todo. Se estaba convirtiendo en una amenaza, y si en la organización se enteraban de esto, intentarían eliminarlo. Y ella estaba en una disyuntiva ahora. Debía decirlo. Pero liquidarían no sólo a Candy, también a él. ¿Qué debía hacer?.
—Espera —dijo deteniendo a Young. Él se detuvo con la pequeña memoria que contenía el audio de la llamada.
—Necesito pensar.
—No eres tú quien tiene que pensar. Esto va directo a la mano de los jefes.
—Pero…
—Ya cumpliste con tu tarea, y salió mejor y más rápido de lo que esperábamos.
—Pero… lo van a matar a él!
—Se lo habrá buscado—. Con impotencia, Elisa vio cómo Young guardaba la memoria alejándola de sus manos. Miró hacia la casa de Terry que ya tenía las luces apagadas sintiendo terribles deseos de llorar. Lo perdería en todos los modos en que se podía perder a una persona. Y no había manera de salvarlo.
—¿Tienes sueño? —le preguntó Terry a Candy entrando a su habitación sin molestarse en encender las luces. Deambular por esta casa tan vacía, sin escuchar a los niños planeando o llevando a cabo alguna travesura, sin Candy por allí, era deprimente, pero era su casa y no podía ni quería abandonarla. Debía mantenerla intacta hasta que Candy regresara.
—No, no tengo nada de sueño —contestó Candy con una sonrisa—. ¿Querías contarme algo?
—Sí. lamentablemente, es algo desagradable—. Candy se quedó en silencio esperando a que él continuara, preguntándose si acaso era algo acerca de la investigación—. Es sobre Elisa —dijo él. Candy hizo una mueca y se tiró de vuelta en la cama respirando profundo.
—¿Qué pasó con ella?
—Bueno, te contaré… sólo espero que no te molestes ni te pongas celosa.
—Caray, ¿pasó algo de lo que deba preocuparme?
—Para nada.
—¿Entonces?
—Es sólo que uno nunca sabe cómo va a reaccionar una mujer.
—Está bien, habla.
—Elisa… estuvo aquí hace unos minutos.
—¿En la casa?
—Sí.
—Pero ya es tarde, ¿qué hacía allí?
—Déjame continuar y te contaré. Ella… creo que… Vaya, realmente, no me imaginé que fuera a ser incómodo contarte.
—Sigue enamorada de ti —lo ayudó Candy y él se quedó en silencio por largos segundos, al final de los cuales preguntó:
—¿Lo sabías?
—Sí. ella misma me lo dijo.
—Oh, vaya. Se ha sincerado con los dos entonces.
—¿Qué hizo?
—¿Hacer? Nada.
—Terry…
—No me besó, ni me tocó, ni nada por el estilo, no te preocupes. Si lo hubiese intentado —siguió él, omitiendo el detalle que, de hecho, Elisa sí que lo había intentado— no se lo habría permitido.
—Bien —contestó Candy, y Terry sonrió sentándose en su cama, tan grande y tan vacía.
—A la única mujer que amo y deseo es a ti.
—Más te vale —dijo Candy con tono un tanto ominoso y Terry no pudo evitar echarse a reír—. Pero cómo te lo dijo —siguió Candy—. Cómo… cómo es que estaba tan tarde en la casa—. Terry hizo una mueca recordando a Elisa entregarle los papeles, caminar hacia el bar y servirse una copa.
—Vino por cosas de trabajo, pero entonces empezó a hablar disparates… No querrás que te lo repita, ¿no?
—¿Por qué si siguió enamorada de ti, se quedó? ¿Por qué no hizo nada por alejarse, superarlo, por qué ocultarlo y sacarlo a la luz preciso ahora?
—No tengo ni idea… ni energía para analizarlo.
—¿Crees que esté bien pasarlo por alto?
—Me da pena por ella, si es que es verdad que está enamorada. Siempre supo que no tuvo oportunidad conmigo, porque soy un marido enamorado, así que, si es masoquista, no la puedo ayudar. De hecho —suspiró—, la despedí.
—¿Qué?
—Eso que oyes. La despedí. Pero dice que no tengo causas justas para hacerlo, así que es probable que mañana se aparezca por la oficina.
—¿Qué piensas hacer?
—No lo he pensado aún.
—Estás cansado.
—Sí, ya no pienso con claridad.
—Entonces duerme, mañana seguiremos hablando—. Terry se quedó callado, y Candy insistió—. Mañana seguimos hablando, ¿verdad?
—No lo creo, amor. Estaré fuera con Max.
—¿Fuera de dónde?
—Estamos cerca de averiguar quién te hizo esto. Tal vez no pueda llamarte.
—Espero que no te suceda nada malo.
—No te preocupes, estaré bien. Ahora, linda, descansa.
—Terry…
—No tengas miedo —la atajó él—. Todo saldrá bien. Candy cortó la llamada luego de que él se despidiera, y dejó el teléfono sobre su soporte pensando en Elisa. Estaba claro que había pensado que tenía una oportunidad mientras ella estuviera lejos y lo había intentado queriendo seducir a su esposo. Nada más pensarlo hacía que se le revolviera algo por dentro. ¿Cómo podía ser esto? ¿Por qué le hacía algo así? ¿Había sido tan mala amiga en el pasado? ¿O era simplemente que Elisa estaba dejando caer una máscara que había llevado puesta por doce años? Qué mala amiga que tenía.
Frederick Gordon entró a un bar con temática hindú esquivando los cuerpos sudorosos de las bailarinas que se atravesaban en su camino. En un reservado, con licores de todo tipo sobre la pequeña mesa entre los sofás, se hallaba un hombre alto y corpulento. Una mujer le sobaba la entrepierna mientras él tenía su mano metida en la de ella y la besaba. Olía a sudor, licor, sexo y humo de hierbas.
—Estás metido en un mierdero —le dijo Frederick Gordon deteniéndose a su lado. El hombre dejó de besar a la mujer y elevó su vista ante el oficial. Alzó sus cejas y miró a sus guardaespaldas, que se movieron de inmediato, pero Gordon elevó una mano deteniéndolos.
—No es necesario —dijo—. Vengo en son de paz.
—Te conozco. Eres un oficial de la guardia costera…
—Lo soy. ¿Y tú… has cometido tantos delitos en el mar que sólo con verme te sientes amenazado? —el hombre no dijo nada, sólo despachó a la chica que hasta el momento se había esmerado en atenderlo y se sirvió un vaso de vodka.
— ¿Qué quieres?
—Una parte de tus ganancias —el otro tosió y escupió un poco de licor.
—¿Qué?
—Te han descubierto. Saben lo que haces en altamar. Me parece que vas a tener que aliarte con fuerzas que te ayuden a esquivar el vendaval que probablemente se venga sobre ti.
—¿Y quién te dice que ya no lo he hecho?
—No has hablado conmigo. ¿Puedo sentarme? —Gordon no esperó respuesta, sólo se sentó en frente y lo miró—. Terry GrandChester está tras de ti —siguió Gordon—. Ya sabe que han corrompido su empresa—. El hombre se echó a reír.
—Sólo estás hablando basura.
—Tiene en sus manos a dos de los ejecutivos que trabajan para ti —ahora el hombre lo miró a los ojos, y Gordon sonrió—. ¿No te parece que, a estas alturas, te conviene tenerme de tu lado?
—Pidiendo dinero a cambio.
—¿Qué si no? No me interesa nada más de ti—. Él lo miró de arriba abajo, advirtiendo sus finos zapatos y su clásico reloj, concluyendo que, si bien este hombre no necesitaba dinero, era muy capaz de traicionar a su país por él. ¿Y qué le importaba a él lo que los otros hicieran? Ensuciar las manos de políticos y oficiales era parte del trabajo para conseguir el éxito en lo que hacía.
Sin embargo, ya tenía bastante gente de su lado. No estaba seguro de querer otro más.
Temprano en la mañana, Ethan Morgan se reunió con Max y Terry en un sitio muy cerca a la playa. Desayunaron mientras Ethan les explicaba lo complicado de la situación en la que éstos se hallaban, aunque no era necesario ya; los GrandChester lo comprendían muy bien.
—No digo que sea imposible —le dijo Ethan llevándose a los labios su jugo de naranja—. Digo que será complicado. La trata de inmigrantes es un mal bastante antiguo y deja demasiadas ganancias como para que sea completamente erradicado. Ha corrompido a muchos de nuestros políticos y dirigentes y se ha vuelto prácticamente un cáncer.
—Entonces —se quejó Terry, mostrando visibles señas de no haber dormido bien—, ¿debo resignarme? ¿Dejar que sigan utilizando mi empresa para esa porquería?
—No he dicho eso, Terry.
—Pero dices que será muy difícil salir de esto —acotó Max, y Ethan los miró a uno y a otro y respiró profundo.
—Digo que será difícil. Necesitarás gente poderosa a tu lado. Jugar un poco sucio tú también.
—A qué te refieres.
—Ofrecer dinero.
—No creo que el dinero sea la solución.
—Entonces vayamos por el camino largo —se alzó de hombros Ethan—, que es investigar y esperar que no nos maten mientras—. Al oír eso, Terry se masajeó los ojos con la yema de sus dedos.
—Lo dices como si la tarea fuera a ser en vano.
—No lo será, pero sí que será larga, a veces infructuosa, y te conozco; eres de los que quiere resultados ya o se retira.
—No en este caso, de esto depende la vida de mi familia, y no exagero.
—Por lo mismo, Terry.
—Me resisto. No puedo dejar esto así, no pueden hacer lo que les da la gana con la vida de los demás. Mi familia ahora mismo está en riesgo, lejos de mí…
—No lo dejaremos así —lo interrumpió Ethan—, no te he propuesto eso, sólo… ir por el camino más corto.
—El camino más corto me asusta más que el largo. Odio este tipo de atajos, es como si me prestara a su juego, y no quiero jugar al son que ellos toquen, o que los corruptos toquen. Y si no tienes una mejor solución, Ethan, creo que podemos seguir de nuestra cuenta.
—Cálmate —le dijo Max con voz suave.
—Estoy aquí para ofrecerte salidas, y esa era una.
—Una muy poco limpia, y me extraña, viniendo de ti.
—Soy un poli bueno, si lo ponías en duda —se defendió Ethan—. Es el sistema el que se ha corrompido.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Estoy dentro, Terry. Conozco las entrañas del monstruo.
—Entonces… tú no le ves salida a esto—. Ethan apretó sus labios en silencio y Terry se desesperó. Escondió su rostro detrás de ambas manos y quiso gritar y gruñir a todo lo que se moviera.
—Aguanta un poco —le dijo Max poniendo su mano sobre el brazo de su hermano. Miró a Ethan y entrecerró sus ojos cuando dijo:
—Nos iremos por la vía larga, nos tomará un poco más de tiempo, pero sólo así podremos terminar con esto limpiamente. Además, ellos siempre podrán ofrecer más dinero que nosotros.
—Es verdad —admitió Ethan—. Y no se puede limpiar la porquería con más porquería. Entonces, Terry, debes estar dispuesto a pasar un poco más de tiempo separado de tu familia. ¿Lo estás?
—No.
—Vamos…
—Pero no tengo opción, ¿verdad?
—No, realmente, no la tienes—. En el momento, dos teléfonos sonaron. Uno, el de Ethan, que se alejó de ellos para contestar luego de decir que era por trabajo, y luego, el de Terry, que luego de unos segundos de estar escuchando se quedó lívido. Max lo vio palidecer y se le acercó.
—¿Qué pasa?
—Terry tomó aire. Ethan volvió a la mesa con prisa.
—Tengo que irme —dijo—, tengo un caso…
—Un homicidio —se adelantó Terry. Ethan se detuvo mirándolo.
—¿Lo sabes?
—La víctima es uno de mis empleados —y mirando a Max contestó:
—Asesinaron a Antonio.
Los tres hombres se pusieron se alejaron de la mesa en la que habían estado, y en sus autos, llegaron hasta el apartamento de Antonio, que quedaba en una buena zona de la ciudad y que ahora mismo estaba llena de coches patrulla, con el área de la entrada de su vivienda acordonada para que no entrasen curiosos, y cuando
Terry llegó ante la entrada buscando con la mirada a Ethan, un grupo de médicos forenses sacaban un cuerpo cubierto con una sábana blanca en una camilla.
Alcanzó a escuchar palabras como "heridas de bala", "silenciador", "señales de lucha", y otras con las que se pudo imaginar el escenario. Alguien entró anoche a su casa, concluyó, discutió con él tal vez, se pelearon, y Antonio terminó con varias balas en su pecho. Una de ellas fue mortal, pues rompió una arteria y murió desangrado. Nadie en el vecindario escuchó los disparos de bala. Policías interrogaban a los vecinos curiosos y se los veía desconcertados. Anoche no hubo ruidos fuera de lugar, ni gente fuera de lugar. Terry cerró sus ojos cruzándose de brazos. No podía recibir mejor muestra de que esta gente no estaba jugando, de que no les temblaba la mano para quitar de en medio a las personas que les estorbaban, y que sus métodos no eran nada conciliatorios. Por el contrario, eran violentos, certeros, sin pizca de compasión. Acababan aun con los que estaban de su lado si cometían algún mínimo error.
Había tenido la esperanza de que Antonio pudiera servirle para obtener información, pero estando muerto, esto ya no era posible. ¿En qué había fallado él? ¿Qué había hecho mal para que lo eliminaran? Debía ser algo así. Tal vez fue él el que llevó a cabo el tiroteo en su casa buscando eliminar a Candy, y como no había dado resultado, y, por el contrario, Candy ahora estaba fuera del alcance, le habían hecho ver a su particular manera el precio de haber fallado. Su cuerpo fue internado en un coche ambulancia, llevándoselo de allí, y Max se acercó a su hermano tocándole el hombro.
—Vámonos de aquí, tenemos mucho que hacer—. Terry asintió haciéndole caso a su hermano. Echó una última mirada al escenario sintiendo un frío recorrerle la espina dorsal.
Desde hace un tiempo esto le sucedía con cierta frecuencia, era el conocimiento de la muerte, una muerte así que había tocado a su puerta en un par de ocasiones, y en las dos veces Candy había salido viva, si no ilesa. Aguanta un poco más, amor, se dijo. Ellos no nos ganarán.
Elisa tenía el borde del lavamanos fuertemente asido. Su pecho subía y bajaba dilatado de miedo. Antonio estaba muerto. La noticia le había llegado a ella y a los demás como si fuera una tarjeta de San Valentín, como un anuncio de lo que le sucede a todos los que fallan.
La organización no se andaba con juegos; llevaban demasiado tiempo en esto como para perder tiempo, dinero u oportunidades y si ella lo había olvidado este era un excelente recordatorio. Se miró al espejo de su baño con los ojos desorbitados del pánico. Era domingo, no tendría que ir a las oficinas, y le esperaba un largo día con nada más que hacer que esperar, esperar, esperar. Qué desesperante, qué terror sentía, la muerte la saludaba desde una esquina. La siguiente sería ella. Lo sabía, lo sentía en sus huesos. La siguiente sería ella. Antonio había aportado bastante información de las GrandChester Navy para que el negocio pudiera introducirse, proporcionó los contactos y corrompió a parte del personal.
En una ocasión él se le había acercado y le había propuesto un negocio redondo, y aunque al principio ella no estuvo de acuerdo, pues, era la empresa de Terry, el hombre que amaba, cedió. Ella lo amaba, sí, pero él a ella no, así que no sintió ningún remordimiento, y cuando a su cuenta extranjera entraron los cientos de miles de dólares que le habían prometido por su labor, olvidó todo el miedo y se metió de lleno.
Era por Candy, se repetía. Por culpa de ella.
Los había descubierto por curiosa, recordaba ahora. Siempre tan cándida, creyendo que había encontrado un buen cliente, queriendo agrandar un poco más el patrimonio de su familia, y había dado con la verdad. Se había vuelto en parte una amenaza, pero en parte también una herramienta muy útil a la que podían usar, y así fue, pero Candy era quebradiza, frágil, con demasiado miedo en sus ojos, y tuvo que ser quitada de en medio. Pero no había sido quitada de en medio. La primera vez, Antonio había dicho que no era necesario, y la segunda vez, él había fallado.
—Yo no puedo fallar —se dijo mirándose al espejo. Se veían un poco las ojeras en su rostro sin maquillaje, pero había determinación en su mirada. Antes todo había sido por odio, luego, odio más dinero. Ahora a todo eso debía sumarle la supervivencia. Era Candy o ella. Y definitivamente iba a ganar ella.
Candy caminaba por un sendero del bosque, y ya se escuchaba el suave rumor de un río cerca. Los niños saltaban alrededor de ella indicándole el camino y se adelantaban corriendo. Sólo cuando ella les pedía que tuvieran cuidado se detenían. Llevaba a Gaby de la mano, que reía sola y Victoria iba tras ella con un cesto lleno de comida. Era una especie de picnic en el río, algo para variar la monotonía de los días que se iban pasando sin cambios. Los niños le señalaron un claro a la orilla del río, que corría presuroso entre las raíces y ramas de los árboles que lo bordeaban. Mucho más atrás podía verse que descendía con fuerza entre las rocas, pero en esta zona, era más tranquilo, silencioso y cristalino. Antes de que pudiera decir cualquier cosa, Zack y Christopher se lanzaron al agua. Sólo tuvieron la precaución de quitarse los zapatos, y Candy se acercó a la orilla preocupada.
—¡Niños! ¡¡Niños!! —gritó con más fuerza al ver que no emergían. Pero lo hicieron segundos después. Lanzándose agua el uno al otro y nadando como si hubiesen nacido allí. Gaby saltaba emocionada en la orilla deseando imitarlos, pero Cabdy la tenía fuertemente agarrada de la mano.
—No se lancen así —regañó ella a los niños—, no saben qué tan profunda está.
—Sí lo saben —dijo Victoria dejando la cesta en el prado—. Vienen aquí casi todos los días, ¿lo olvidas?
—¿Es aquí donde vienen siempre?
—Exacto. Tal vez incluso ya exploraron más arriba.
— ¿Ellos solos?
—Claro que no. Vienen siempre con Andrew.
—Ah. Bueno…
—Tus hijos son varones y llenos de energía. Debes comprender que este sitio para ellos es ideal. Tienen tanto que explorar aquí, tantos lugares donde ir a quemar ese exceso de energía que tienen… No me extraña si ya se recorrieron el otro lado del río también—. Candy miró hacia donde señalaba su hermana, y no encontró más que árboles muy cerca unos de otros, unos ancianos, otros muy robustos y jóvenes. El sitio era hermoso, tranquilizador, delicioso para tomarse un descanso, incluso una siesta. Se giró hacia su hermana encontrando que ya había extendido el pequeño mantel y preparaba algunos sándwiches previendo que los chicos saldrían del agua muertos de hambre.
Candy se sentó con las piernas cruzadas mirando en derredor incapaz de sonreír ni sentirse tranquila a pesar de la belleza del paisaje que se le ofrecía. Su mente estaba con Terry, que anoche había dicho que hoy no la llamaría. No sólo lo extrañaba, estaba preocupada por él. Se estaba metiendo en la boca del lobo y le angustiaba pensar que algo malo podía pasarle. Y aquello no era exagerar, podían pagar la osadía de defenderse y defender lo suyo con la vida misma.
Continuará...
Hola, a todos...
¡Ah! Un capítulo más o dos quizás, pero ya casi terminamos Anhelo tu regreso... feliz sábado
JillValentine.
