Capítulo 21: Los Candidatos
Se removió incómodo en la cama. ¿En la cama? ¿Qué hacía acostado? ¿Acaso se había quedado dormido en el día en que se enfrentaría a duelo con su mejor amigo? Intentó moverse pero el cuerpo le pesaba toneladas. Intentó abrir los ojos pero sus párpados se sentían sumamente perezosos como para responder a su orden.
¿Qué estaba sucediéndole?
Respiró con cierta dificultad, y sintió el aire entrar por sus fosas nasales y recorrer su garganta hasta inundar los pulmones. Y percibió en éste un olor distinto. Era un aire demasiado limpio y puro como para provenir de su dormitorio, donde convivía con otros cuatro varones, algunos de ellos muy poco pulcros. Volvió a inspirar. No, definitivamente no estaba en su habitación, y esa tampoco debía de ser su cama.
—Creo que se está por despertar… —susurró la voz conocida de Hedda Le Blanc.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Lysander, sorprendido.
—Porque esta empezando a moverse… La poción de la señora Chang esta haciendo efecto —insistió Hedda.
¿Poción de la señora Chang? ¿Cho Chang, la Sanadora? No tenía sentido, él no recordaba haber tomado ninguna poción… Aquel pensamiento, demasiado obvio como para comprenderlo inmediatamente, lo hizo caer en la realidad. Hizo un gran esfuerzo para formular la pregunta de la cual ya conocía la respuesta, pero aún así deseaba escucharlo de sus amigos.
—Estoy en la Enfermería, ¿no es cierto? —logró pronunciar Scorpius, sin abrir aún los ojos.
—¡Scorpius! —exclamó Rose, emocionada—. ¿Nos escuchas?
—Sí…—respondió él, todavía con cierta dificultad, pero sintiéndose gradualmente mejor.
—Cielos, esa poción funcionó rapidísimo… —exclamó Elektra, entre sorprendida y aliviada.
Scorpius parpadeó varias veces. Veía borroso, pero aún así pudo reconocer los rostros de sus tres amigas y de Lysander Scamander a su alrededor.
—Me siento… sin fuerzas… —susurró el rubio, mientras intentaba incorporarse en la cama.
Rose le puso una mano en el hombro, deteniéndolo.
—No te muevas —le ordenó la pelirroja con delicadeza—. Es mejor de descanses hasta que recuperes todas tus fuerzas —agregó.
—¿Qué pasó? —insistió Malfoy, sumamente confundido. Sus amigos cruzaron miradas nerviosas entre ellos, incapaces de responderle.
—¿No recuerdas nada, hermano? —inquirió Lysander con cautela.
Scorpius hizo un esfuerzo por recordar… Recordaba haberse levantado a la mañana y haberse vestido para el duelo más importante hasta el momento: su enfrentamiento con Albus Potter. Recordaba entrar en el aula de Defensa contra las Artes Oscuras y cruzar unas palabras con Albus antes de subir a la plataforma…
—¿Dónde está Albus? —preguntó repentinamente Scorpius, mirando nervioso a su alrededor.
—Él se encuentra bien... Sólo tiene un brazo fracturado —le respondió rápidamente Rose.
—¿Sólo tiene un brazo fracturado? —exclamó Scorpius alarmado, sus palabras cargadas de sarcasmo.
—En serio, no deberías preocuparte —insistió Hedda—. Cho Chang se está encargando de curarle la fractura mientras hablamos —le aclaró ella mientras que señalaba con un gesto de cabeza hacia una de las puertas de la enfermería que permanecía cerrada.
Scorpius asintió con la cabeza, todavía confundido.
—Sigo sin comprender cómo es que Albus y yo llegamos a la Enfermería —repitió el rubio. Sus amigos cruzaron varias miradas cómplices entre ellos y guardaron silencio.—¿Qué acaso ninguno de ustedes piensa aclararme esta situación? —se exasperó Malfoy.
—Pues, ninguno se anima a decirte que perdiste, cariño —habló repentinamente una voz burlona pero a la vez amistosa.
Todos los presentes giraron sus cabezas para encontrarse con que Circe Zabini había entrado en la Enfermería sin que ninguno de ellos lo notara. La muchacha permanecía de pie a pocos metros de la cama de Scorpius, con los brazos cruzados sobre su pecho y una mirada inquieta, preocupada.
Malfoy tragó saliva al escuchar aquellas palabras y entrecerró los ojos durante unos segundos, asimilando la información. Había perdido contra su mejor amigo.
—Gracias, Circe —articuló finalmente el rubio.
—Estábamos esperando a que te sintieras un poco mejor para contártelo, Scorpius... No queríamos alterarte —se excusó rápidamente Weasley, lanzándole una mirada fulminante a la estudiante de Ravenclaw que tan descaradamente había revelado aquella valiosa información.
—Oh, vamos, no hay forma de informarle al respecto sin que se altere —aseguró Zabini, descruzándose de brazos y avanzando hacia la cama.—¿Cómo te sientes? Los estudiantes andan diciendo por los pasillos que fue un duelo de los más entretenido... —le comentó ella, guiñándole un ojo.
—Pues, yo no recuerdo nada —se quejó Malfoy, frunciendo el entrecejo.
De repente, cayó en cuenta de que Circe tenía razón. Aquella noticia lo había alterado, y no se le ocurría ninguna forma de que no fuera así. Había perdido. Y eso, sin duda, le molestaba. Lo irritaba más de lo que jamás se había imaginado. ¿Era por el hecho de que no recordaba nada del duelo? ¿O era simplemente porque había perdido? No, era simplemente porque había perdido, y eso significaba que estaba descalificado de la competencia. Había quedado afuera del Campeonato de duelo. Ahora, sólo Albus y Cardigan continuaban en carrera para ser Candidato de cuarto año de Slytherin. Inconcientemente, frunció el entrecejo.
—¿Por qué estas aquí, Circe? Aparte de estar alterando a Scorpius... —señaló Rose, quien rápidamente había notado el cambio de expresión en el rostro del rubio.
—Sólo vine a ver que estuvieras bien, Scor —respondió, encogiéndose de hombros—. Y por lo visto recuerdas perfectamente mi nombre, así que me conformo con eso —agregó luego, con una sonrisa socarrona. Y sorprendemente, aquello logró borrar parte del enfado del rostro de Malfoy, para reemplazarlo con otra sonrisa.
—Siempre eres tan considerada... —comentó el rubio, con sarcasmo. La muchacha de Ravenclaw rió por lo bajo, una risa suave, profunda y exótica, extrañamente seductora. Una risa que ninguno de los allí presentes conocía, a excepción de Scorpius.
—Nos estamos viendo —se despidió Zabini, y se dispuso a abandonar la enfermería, no sin antes dedicarlo un último guiño de ojo al rubio que se encontraba tendido en una de las camas.
—Hermano... tengo que felicitarte... ¡Circe!... Pff —apenas consiguió articular Lysander, mientras que le palmeaba la espalda a Scorpius.
—Sí, lo sé... —le respondió Malfoy, mientras le devolvía la palmada, pero sin poder evitar que cierto rubor subiera a sus blancas mejillas.
—Bueno, veo que ya te encuentras bien, así que voy a ir a seguir entrenando... Algunos de nosotros todavía estamos en carrera —interrumpió Weasley, poniéndose de pie y juntando sus cosas.—Me alegra que estés sano y salvo, Malfoy —agregó luego, sin mirarlo a los ojos. No esperó la respuesta para marcharse.
—¿Le sucede algo? —preguntó Scammander, confundido. Hedda chasqueó la lengua, restándole importancia.
—Debe estar nerviosa porque la próxima ronda se enfrentará con Ely, ¿no es así, rubia? —comentó Le Blanc. Elektra tragó saliva, visiblemente preocupada.
—¿Fue muy terrible? —preguntó Cameron a Scorpius.
—¿Qué cosa? —le devolvió con otra pregunta Malfoy.
—Enfrentarte a uno de tus mejores amigos —insistió Elektra. Scorpius lo meditó unos segundos antes de responder.
—No... Fue divertido, de hecho. Hasta que perdí, claro —le respondió con completa sinceridad.
—De todas formas, tu duelo con Rose será distinto al de Scorpius y Albus —comentó Scammander, mientras se reclinaba sobre la silla.
—¿Y en qué se diferencian? —quiso saber la rubia de Gryffindor.
—En que el duelo entre ustedes dos definirá quién será la Candidata de Gryffindor. Será un duelo intenso... Rose no sabe lo que es fallar —señaló Scammander a la ligera.
Elektra palideció al escuchar aquello y sus manos comenzaron a temblar.
—Oh, cielos... Voy a terminar en la enfermería —exclamó casi en un chillido. Alterada, Elektra se incorporó de su silla y salió corriendo hacia la puerta de a enfermería.
—Ely, ¿a dónde vas? —se apuró a preguntarle Hedda, preocupada.
—¡Tengo que entrenar! —gritó la rubia, cerrando la puerta detrás de ella.
Hedda giró a mirar a Lysander, sus ojos azules acribillándolo.
—¿En qué diablos estabas pensando cuando dijiste eso, Scammander? —le criticó la pálida muchacha de Slytherin. Lysander lucía culpable.
—No lo sé, Hedda... No pienso todo lo que digo —confesó con una risita inocente.
—Pues ahora vendrás conmigo a arreglar lo que hiciste —le dijo Le Blanc, mientras lo tomaba fuertemente del brazo, forzándolo a levantarse.
—¡Esperen! Quiero saber qué fue lo que sucedió durante el duelo —les pidió Scorpius.
—Yo puedo contártelo, si quieres —respondió Albus Potter, mientras entraba a la sala acompañado de Cho Chang, la Sanadora del colegio.
Hedda se detuvo en seco al escuchar la voz de su amigo. Durante unos segundos, lo miró fijamente, sus ojos azules clavados en él. Finalmente, sonrió.
—Nos vemos más tarde, chicos —se despidió la pálida chica.
—Qué bueno verte bien, Al —logró articular Lysander antes de que Hedda lo arrastrara fuera de la Enfermería.
—Scorpius, ¿cómo te sientes? —le preguntó Cho Chang, aproximándose a su cama para examinarlo.
—Bien... Cansado —respondió el rubio, mientras que intentaba mirar a Albus. Pero la Sanadora Chang se interponía en su campo visual, impidiéndole ver a su amigo directamente a la cara.
—Sí, es normal que te sientas así. Tomará algunos días que recuperes tu fuerza por completo. Pasarás la noche aquí, pero mañana podrás retomar las clases sin problemas. Sólo... No te exijas demasiado a ti mismo, ¿si? —le informó Cho, con una sonrisa agradable.
—Gracias, Sanadora —le respondió Malfoy respetuosamente.
—Los dejaré un rato para que conversen... Pero Albus, tú volverás a tu habitación. Nada de quedarse aquí haciendo alboroto, ¿entendido? —le advirtió ella antes de encerrarse en su propia oficina.
Un silencio tenso se esparció rápidamente entre ellos dos. Ninguno de los dos parecía dispuesto a romperlo. Scorpius lo miraba fijamente, esperando. Albus, en cambio, parecía más interesado en los cuadros que yacían sobre las paredes del salón.
—¿Vas a contarme qué sucedió? —lo instó Scorpius finalmente, tras unos minutos de silencio que se sintieron una eternidad. Albus tomó asiento en una de las sillas que estaba ubicada junto a la cabecera de su amigo.
—Tuvimos un duelo —comenzó Potter con un suspiro—. Tú lanzaste el primer hechizo. Yo lo bloqueé. —continuó.
—¿Qué hechizo fue? —insistió sobre el tema Scorpius.
—Uno para desarmarme.
—¿Empecé con un hechizo de desarme? —se sorprendió de sí mismo Malfoy. Albus se encogió de hombros.
—Sí, a mí también me llamó la atención. Siempre creí que eras más de atacar al contrincante —le confesó Potter.
—¡Lo soy! —afirmó Scorpius, frunciendo levemente el entrecejo—. ¿Al menos fue un buen hechizo de desarme?
—Pues... Te he visto hacer mejores —le respondió Albus con una sonrisa burlona. Scorpius se rió por lo bajo.
—Eres un fanfarrón, ¿lo sabes? —le dijo mientras le daba un golpe amistoso en el hombro.
—¡Ouch! Ese es mi brazo quebrado —le quejó Albus, frotándose el sitio donde su amigo lo había golpeado. Scorpius sonrió de lado.
—Lo sé —afirmó con cierto sarcasmo—. Al menos conseguí romperte un brazo.
—Oh, créeme, conseguiste más que eso —le afirmó Potter, mientras que le mostraba una cicatriz, todavía fresca, en el muslo izquierdo—. Cho le puso un ungüento que logró cerrar el corte, pero se veía bastante feo cuando llegué aquí —afirmó Albus.
—Al menos tú llegaste consciente —bromeó Malfoy. Albus rió ante el comentario.
—Fue la única forma de derrotarte —le confesó el morocho.
Ambos se miraron fijamente unos segundos y sonrieron.
—Fue un buen duelo, ¿verdad? —quiso asegurarse Scorpius.
—Uno excelente —le aseguró Potter. Malfoy asintió con un movimiento de cabeza.
—Sólo espero que hagas pedazos a Portus Cartigan la próxima ronda —le pidió su amigo—. Si hay alguien que se merece ser el Candidato de Slytherin, ése eres tú, Albus Potter.
Era la última semana antes de que los alumnos del Instituto de Salem llegaran a Hogwarts. Y a pesar de que al principio Albus había sido muy reticente a la idea del Torneo, tenía que confesar que ahora que la posibilidad de competir en el mismo estaba tan cerca, no quería perdérsela. Sólo necesitaba derrotar a Cardigan en la siguiente clase de Defensa contra las Artes Oscuras, y él se convertiría en el Candidato de Slytherin de su año. Se trataba de la última Ronda de selección, y aún quedaban muchos Candidatos por definir.
Griffin Boot había ganado su cuarta victoria la Ronda previa, convirtiéndose en el Candidato masculino de Ravenclaw de cuarto año. Mila Cavenger había conseguido también la mayoría de las victorias dentro del grupo femenino de Ravenclaw, convirtiéndose en la Candidata femenina de dicha casa. Gryffindor, por su parte, ya tenía también a su candidato masculino, Nyles Jordan. Pero todavía quedaba por definir qué mujer de Gryffindor se le uniría... Y la disputa estaba entre Rose y Elektra.
Hufflepuff había definido a su Candidata femenina, Yasmin Caldwell, una muchacha de aspecto frágil y delicado, pero que había demostrado una increíble destreza, sorprendido a la mayoría de sus compañeros. Su compañero todavía no estaba definido.
Slytherin era la única casa a la cual todavía le restaba por definir a sus dos Candidatos. Por el puesto femenino, todavía quedaba en competencia Hedda. Su contrincante, Leyla Warrington, era una chica alta y orgullosa, de actitud desafiante. Potter nunca había tenido trato con ella, y sospechaba que Leyla no tenía ningún interés en ser amiga de ellos. La chica provenía de una familia sangre pura y aristócrata, y claramente se encontraba dentro del grupo de estudiantes que repudiaban la idea de que un Potter estuviera en la casa de Slytherin. Aún así, Leyla nunca se había unido a Cardigan y a los suyos.
Y por último, restaba el duelo más esperado por Albus: él contra Portus Cardigan. Ansiaba el momento de subirse a esa plataforma y enfrentarse a su mayor enemigo. Llevaba cuatro años esperando una oportunidad como aquella. La oportunidad de lanzarse un maleficio sin ser castigado.
La mañana de la Última Ronda, Albus despertó de buen humor. Se levantó antes que sus compañeros y abandonó la Sala de Slytherin cuando todavía faltaban unas horas para que amaneciera. Con el Mapa del Merodeador en su mano, se escabulló por los múltiples pasillos ocultos del castillo hasta llegar ante el Salón de Menesteres. Tras caminar tres veces frente a la pared mágica, la puerta finalmente se materializó. Potter se introdujo rápidamente en la habitación, cerrando la puerta detrás de él.
Nina Raven ya se encontraba allí.
—¿Pudiste llegar sin problemas? —le preguntó Albus, mientras que guardaba el mapa en su bolsillo y sacaba su varita mágica. Nina asintió con la cabeza.
—Gracias por prestarme esto... Es increíble —le respondió ella, mientras que le devolvía la Capa de Invisibilidad. Albus la guardó también entre sus cosas.
—Sigues sin contarle a Lily al respecto, ¿verdad? —inquirió Potter. Nina negó con la cabeza, sonrojándose.
—Tú no le has dicho nada, ¿no? —quiso asegurarse la chica de ojos violetas.
—No, claro que no. No es mi secreto para contarlo —le aseguró él. Nina simplemente asintió con un gesto de cabeza—. ¿Empezamos? —propuso Potter, mientras alzaba su varita. El rostro de la chica pareció iluminarse.
Llevaban haciendo aquello desde aquel día que se habían encontrado accidentalmente en aquella habitación. Todas las mañanas, se levantaban unas horas antes de que amaneciera, cuando todo Hogwarts descansaba en silencio, y se escabullían en la Sala de Menesteres para entrenar. Se hacían compañía mutua, y lo mantenían en secreto.
Nina no le había contado nada a Lily sobre sus encuentros furtivos con su hermano Albus, pues temía que ella se enojara. Lo cierto era que Lily no era ella misma desde que los Duelos habían comenzado. Una rivalidad tácita se había posado entre ellas dos, distanciándolas. Nina encontraba aquello terriblemente abrumador, pues Lily era su mejor amiga, y posiblemente, su única amiga verdadera en Hogwarts. Pero lo cierto era que le gustaban mucho los duelos. Algo se había despertado en ella con el Torneo de Merlín, una llama interna, que ardía cada día más fuerte en su pecho. Una pasión y una habilidad que ella desconocía completamente, pero que deseaba dominar. Y Albus... Él era el único que parecía entenderla. Cada día que entrenaba, Nina sentía que la llama dentro de ella crecía, haciéndose cada vez más fuerte y luminosa. Albus la empujaba hasta sus propios límites, la obligaba a ser cada día mejor.
—Un descanso... Por favor... —pidió Nina, tomando bocanadas de aire, visiblemente cansada. Albus frunció levemente el entrecejo.
—Cinco minutos —le dijo.
—Quince —rogó Nina.
—Diez —cerró el trato Potter. Raven no discutió al respecto. Diez minutos de descanso era lo mejor que podría conseguir viniendo de él.
—Hoy es tu gran día —vaticinó la chica, mientras tomaba un largo trago de agua de una botella. Albus simplemente sonrió.—¿Estas nervioso? —le preguntó. Potter se tomó unos segundos antes de responder.
—No lo sé... Creo que estoy ansioso. —confesó.
—Vas a ganarle, lo sabes, ¿no? —le aseguró ella. Albus la miró y le sonrió con sinceridad.
—Lo único que sé con seguridad es que tú vas a ganar el título de Candidata mañana—afirmó él, con más convicción de la que Nina jamás le había escuchado.
—Gracias... —fue todo lo que logró articular.
—No tienes que agradecerme por decir la verdad —le dijo Albus.
—No te estoy agradeciendo por eso —le explicó ella—. Gracias por creer en mí.
—Tú estas destinada para grandes cosas, Nina... Lo puedo ver en tus ojos. Solo hace falta que tú misma te lo creas —le aseguró el muchacho de Slytherin. Nina abrió la boca, como si quisiera decirle algo, pero ninguna palabra salió de ella.—Ya pasaron los diez minutos, Nina —le advirtió Potter, mientras se ponía de pie.
Nina soltó un suspiro, pero se puso de pie inmediatamente, lista para retomar el entrenamiento.
La clase de Defensa contra las Artes Oscuras se encontraba sumergida en un silencio expectante. Cada tanto, un murmullo suave y emocionante recorría a los alumnos allí presentes. Albus trataba de no escucharlos. Pero sabía de qué cuchicheaban sus compañeros: Los Candidatos. Aquel día, sobre esa misma plataforma donde Albus se había batido a duelo tres veces con éxito, se terminaría por definir quiénes representarían al Cuarto Año de Hogwarts en el Torneo de Merlín. Y todavía quedaba mucho por definir.
—¡Pero que hermosa mañana para batirse a duelo! —comentó Thomas White, mientras hacía su radiante ingreso al aula. Varias de las mujeres presentes dejaron escapar un suspiro al verlo. —Bueno, muchos duelos importantes tendrán lugar hoy... Pero dejemos la intriga hasta el final, ¿les parece? Y empecemos con Ravenclaw —sugirió White astutamente.
Ravenclaw ya había definido a sus dos Candidatos. Las peleas que quedaban por disputarse eran meramente recreativas, pues no cambiaban en forma alguna los resultados. Sin embargo, todos observaron con respeto a sus compañeros de la casa del águila mientras completaban su última ronda de enfrentamientos. El profesor White los felicitó por su excelente desempeño, y a continuación, llamó a que subieran a la plataforma de duelo a los varones de Gryffindor que aún no se habían enfrentado. Lysander consiguió así una nueva victoria, aunque ello seguía sin modificar el hecho de que Nyles Jordan sería el Candidato de su casa. Sin embargo, eso no parecía preocuparle al joven Scammander, quien lucía más que satisfecho con su desempeño.
La cosa se puso verdaderamente seria cuando Rose y Elektra subieron a la plataforma. Era de público conocimiento que las chicas eran íntimas amigas, lo cual generaba más intriga aún sobre lo que sucedería.
Rose fue la primera en subir. Sostenía firme la varita en su mano derecha y la vista en el suelo, como si no quisiera distraerse con nada de lo que sucedía a su alrededor. Albus la notó segura de sí misma. Determinada.
Ely por su parte era un nudo de nervios. Trastabilló con uno de los escalones de la plataforma, y Thomas White tuvo que atajarla para evitar que cayera de cara al suelo. Lucía pálida y enferma, como si todo aquello simplemente la estuviera descomponiendo. No quería estar ahí. No lo estaba disfrutando. Albus sintió el impulso de levantarse de su silla y sacar a su rubia amiga de allí. A sus ojos, era claro que Elektra Cameron no quería pelear ese duelo.
—¿Listas, señoritas? —les preguntó White, mientras levantaba su varita en alto, listo para lanzar las chispas que darían comienzo al duelo. Rose asintió con un movimiento certero de cabeza. Ely simplemente tragó saliva.
Las chispas brotaron entonces de la varita del profesor de DCAO, y todos los alumnos, Albus incluido, se inclinaron hacia delante, expectantes. Potter estaba convencido de que Rose iba a atacar inmediatamente. Pero para su sorpresa, y posiblemente también del resto de los presentes, ninguna de las dos atacó. Ambas varitas se encontraban el alto, listas para el ataque.
Elektra y Rose se miraron a los ojos durante largos segundos de tensión, y finalmente sonrieron. Albus pudo ver que ambas se relajaban repentinamente. La tensión cedió en el ambiente, incluso los alumnos parecieron tranquilizarse. Y entonces, solo entonces, Rose lanzó el primer hechizo. Era un ataque simple, casi básico, algo muy poco impropio de Weasley, pero perfecto para romper el hielo. Elektra lo detuvo sin dificultad y respondió con otro hechizo algo más interesante, elevando el nivel del duelo. Rose acentuó su sonrisa mientras esquivaba el ataque de su amiga y no esperó para contratacar, esta vez con uno de sus mejores hechizos. Cameron creó una pared de roca sólida ante ella para detener el haz de luz blanca que Rose le había lanzado. La pared se desintegró inmediatamente tras absorber el ataque de la pelirroja, y Ely no esperó para volver a atacar.
—Las dos son muy buenas —comentó Hedda, sentada junto a Albus. Éste simplemente asintió, demasiado concentrado como para poder articular palabra alguna.
El duelo se ponía cada vez más interesante. Tras detener el hechizo de su amiga, cientos de ramas de enredadera comenzaron a brotar de su varita, de hojas verdes y tallos flequibles y fuertes. Avanzaban a toda velocidad hacia Elektra, cubriéndolo todo a su camino. Ely retrocedió, visiblemente desconcertada mientras intentaba con múltiples hechizos detener a la planta salvaje de Rose.
—Incendio —convocó finalmente la rubia, y fuego ardiente brotó de su propia varita, encendiendo las ramas y hojas de la enredadera. La planta se consumió en segundos bajo el voraz fuego mágico, quedando reducida a cenizas sobre la plataforma.
—Vitae hominis —volvió a atacar Rose, apuntando hacia los restos calcinados de su enredadera.
Una ráfaga de viento pareció brotar de su varita, revolviendo las cenizas y formando un gran remolino en el centro de la plataforma de duelo. Albus frunció el entrecejo, sorprendido. Nunca había escuchado de aquel hechizo, y ciertamente no sabía qué esperarse. Observó deleitado cómo, lentamente, la nube de ceniza comenzaba a tomar forma humana. Se trataba de una figura enorme, del tamaño de cinco hombres, alta y corpulenta, sin un rostro definido. La figura gris se irguió en todo su tamaño, interponiéndose entre Rose y Elektra. Albus observó atentamente cómo su prima sacudía la varita con suavidad, provocando que el hombre de ceniza comenzara a avanzar hacia Cameron.
—Potentiam aer—intentó detenerlo Elektra, haciendo brotar de su propia varita una gran corriente de aire huracanado, con la esperanza de poder desarmar al Hombre Ceniza. Pero el hechizo de Rose parecía más resistente que un montículo de cenizas, y continuaba avanzando hacia ella, a pesar de la fuerte corriente de viento que barría todo el lugar. —Lumos Potens —exclamó nuevamente la rubia de Gryffindor, la desesperación comenzando a asomar en su voz. Un haz de luz de increíble potencia y claridad salió disparado hacia el Hombre Ceniza.
Albus creyó que aquello funcionaría. Pero se equivocó. La creación de Rose simplemente absorbió toda la luz, sin sufrir siquiera un rasguño.
—¿Qué diablos es esa cosa? —se preguntó Scorpius en voz alta.
Sin saber exactamente qué hacer para detener el hechizo de Rose, Ely comenzó a retroceder, escapando del Hombre Ceniza que continuaba avanzando hacia ella. Finalmente, sus pies llegaron al borde de la plataforma de duelo. Ya no tenía a dónde escapar. Cameron alzó su varita, apuntando al cúmulo de cenizas con forma humana frente a ella, pero ningún hechizo salió de sus labios. Estaba paralizada, sin saber qué hacer, y mientras tanto el monstruo de Rose continuaba avanzando de manera amenazante en su dirección.
—Depulso —intentó Ely, pero nuevamente, su hechizo no surtió ningún efecto.
Rose sacudió una vez más su varita, y una especie de boca inmensa pareció abrirse en la cabeza del Hombre Ceniza. Una cavidad lo suficientemente amplia como para tragarse a Elektra. Un rugido violento y salvaje brotó de la boca del Hombre Ceniza, sacudiendo a Ely en su lugar.
—Expelliarmus —atacó Cameron, pero su mano temblorosa apenas consiguió apuntar al monstruo mientras este se abalanzaba sobre ella, dispuesta a tragarla.
Inconscientemente, Albus sacó su varita del bolsillo, dispuesto a defender a Elektra. Pero antes de que él llegara a lanzar cualquier hechizo, el profesor White intervino en el duelo. Alzando su propia varita, y con un movimiento elegante, Thomas White convocó agua pura y cristalina, que golpeó con fuerza al Hombre Ceniza, desarmándolo en cuestión de segundos.
—Felicitaciones señorita Weasley, es usted la Candidata de Gryffindor —le informó White, con una sonrisa—. Excelente hechizo, por cierto. —agregó luego cómplicemente. Rose se sonrojó levemente.
—Buen trabajo, Rosie —le dijo Elektra, mientras que se acercaba para estrecharle la mano. Weasley aceptó el saludo con una sonrisa dubitativa, pero se relajó al ver que Cameron le devolvía la sonrisa, sin señales de rencor o enojo alguno.
—Tú también estuviste increíble, Ely —le afirmó la pelirroja. Cameron se rió tímidamente.
—Perdí contra la mejor, eso sin duda —aseguró ella, guiñándole un ojo.
El duelo entre Rose y Elektra lo había mantenido tan entretenido y tenso que Albus Potter prácticamente se había olvidado de que él también tenía que batirse a duelo, y nada menos que con Portus Cardigan, su mayor enemigo desde que había puesto un pie en Hogwarts. Respiró aliviado cuando el profesor White llamó a los estudiantes de Hufflepuff a pelear a continuación. Aquello le dio algunos minutos más para volver a concentrarse en lo importante: vencer a Cardigan. La Candidata mujer de Hufflepuff ya estaba definida, pero aún bastaba saber quién sería su compañero. Resultó ser que el título de Candidato terminó en manos de un alumno llamado Keith Nox, un muchacho de familia muggle y de aspecto simple, pero talentoso.
Con los Candidatos de Hufflepuff definidos, sólo restaba Slytherin. Hedda Le Blanc subió a la plataforma de duelo sin mirar a nadie a su alrededor. Lucía tranquila, y como siempre, parecía flotar sobre el suela, liviana y etérea. Leyla Warrington, por el contrario, pisaba fuerte con cada paso que daba, haciéndose notar en el lugar. Ambas habían ganado todos los duelos hasta allí, y sólo restaba ese enfrentamiento final para definir cuál de las dos representaría al cuarto año de Slytherin.
—Suerte a las dos... Y que gane la mejor —les deseó el profesor, mientras lanzaba sus ya conocidas chispas de luz, dando comienzo al duelo.
Hedda atacó inmediatamente, al igual que su contrincante. Ambas lograron esquivar los hechizos sin problemas. En pocos segundos, un despliegue de magia se había puesto en marcha sobre la plataforma. Leyla era sumamente ofensiva, lanzando ataques fuerte y certeros, pero arriesgándose en la defensa. Hedda por su parte era precisa. Todos sus movimientos parecían fríamente calculados, pensados en sumo detalle. Era imposible tomarla por sorpresa. Le Blanc no se apuraba, sino que aguardaba pacientemente los ataques de Warrington y respondía con mesura. Albus sabía perfectamente lo que estaba haciendo su amiga: estaba esperando el momento perfecto. Ese segundo de vacilación, de distracción. Un instante, casi imperceptible, en el que el enemigo baja la guardia, confiado en su ataque. Y entonces, solo entonces, uno lanza su mejor ataque.
Aquel momento perfecto tardó varios minutos en llegar, pero finalmente lo hizo. Leyla, confiada en que Hedda prácticamente no estaba atacándola, bajó sus defensas, convencida de que la victoria estaba próxima. Y Le Blanc aprovechó ese segundo de debilidad para lanzar lo mejor de ella.
Leyla Warrington cayó desplomada en la plataforma, completamente inconsciente. Hedda mantuvo su varita en alto unos segundos más, por precaución, y finalmente, bajó la guardia. El profesor White subió entonces a la plataforma, comprobó que nada malo sucedía con Leyla, y la despertó con un movimiento grácil de varita.
—¿Qué pasó? —preguntó Warrington, visiblemente desorientada.
—Se ha desmayado, señorita Warrington. Nada de que preocuparse, simplemente el resultado de un hechizo de desarme —le explicó Thomas con dulzura. Leyla abrió grandes sus ojos, sorprendida.
—¿Acaso perdí? —inquirió, confundida y preocupada.
—Me temo que sí —le confirmó él.
Leyla se puso de pie de un salto, acomodándose la túnica con las manos y levantando su varita del suelo. Lanzó una mirada intensa hacia Hedda, que Albus no logró descifrar del todo, pero que parecía mezcla de envidia y admiración.
—Felicitaciones, Le Blanc —le dijo finalmente Leyla, y abandonó la plataforma rápidamente.
Hedda abandonó la plataforma detrás de ella, luciendo claramente confundida por lo que acababa de suceder. ¿Acaso Leyla Warrington, la muchacha de aspecto feroz y competitivo, acababa de felicitarla? Aún sin comprender qué estaba pasando, tomó asiento junto a sus amigos, quienes la saludaron por la bajo, orgullosos de ella.
—Último duelo, pero no por ello menos importante... Albus Potter y Portus Cardigan tengan el favor de subir a la plataforma.—los convocó White.
Albus sintió que un nudo de nervios se formaba rápidamente en la boca de su estómago. El momento había llegado. De todas las personas presentes, Portus Cardigan era la única con la cual Albus ansiaba batirse a duelo. Había un asunto pendiente entre ellos dos desde el día que se habían enfrentado por primera vez, y ahora finalmente tenían la oportunidad de resolverlo.
Ambos subieron a la plataforma en silencio, todos los ojos puestos en ellos, atentos y expectantes. Albus lanzó una mirada de soslayo a sus amigos, quienes lo observaban entre nerviosos y ansiosos. Scorpius le hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y Potter supo interpretar que eso significaba que su amigo confiaba en él.
—Recuerden la reglas... Que sea un duelo limpio, caballeros —les recordó Thomas, su usual sonrisa vacilando unos instantes. Albus asintió con la cabeza, demasiado concentrado como para poder formular palabras.
Caminó hacia uno de los extremos de la plataforma, sintiendo la varita entre sus dedos como hierro caliente... Como si aquel trozo de madera supiera que un duelo importante se aproximaba. La sujetó con fuerza, sintiendo un cosquilleo correr desde sus dedos hacia el resto de su cuerpo. Por alguna razón, el recuerdo de aquel libro que Tessa Nott le había regalado tiempo atrás volvió a su mente, recordándole del poderoso vínculo que existía entre un mago y su varita. Recordándole de cómo ésta se convertía en parte del mago, una vía de canalización de todo su poder interior. Repentinamente, era consciente de su poder, de su magia, de cómo esta brotaba desde su interior y fluía por sus venas hasta su mano, esperando a ser lanzada hacia el exterior. Sonrió con sorna. Iba a ganar... Estaba seguro de ello.
No escuchó la voz del profesor White anunciando el duelo, demasiado concentrado en sí mismo. Pero sí divisó las chispas saliendo de la varita mágica de Thomas. Un enorme placer lo envolvió cuando alzó su varita en el aire y lanzó el primer hechizo.
El duelo había comenzado.
Portus logró detener el primer ataque con un escudo que tembló vacilante bajo la potencia del hechizo de Albus. La mirada segura de Portus pareció vacilar en ese momento. Y Potter lo notó inmediatamente. Sin darle tiempo a recuperarse, Albus lanzó su nuevo ataque. Podía sentir el cosquilleo de la magia por todo su cuerpo, esparciéndose como una fuente de energía poderosa y enloquecedora. Era fascinante.
Cardigan comenzaba a lucir nervioso mientras esquivaba el nuevo ataque de Potter y se preparaba para lanzar el suyo. Albus lo desvió sin inconvenientes. Portus atacó una vez más, esta vez con un fuego ardiente mágico y voraz. Potter sonrió al ver las llamas brotar de la varita de su contrincante y acercarse a él, hambrientas. Alzó su propia varita y una nube de humo violeta brotó del mismo, absorbiendo el fuego mágico y ahogándolo a medida que avanzaba hacia Cardigan. Lentamente las llamas se fueron consumiendo sin dejar rastros. Albus agradeció mentalmente a Nina Raven: ella había descubierto ese contrahechizo en un libro que su madre le había regalado.
—Esto se esta volviendo aburrido, Cardigan... —susurró Albus de forma burlona, pero supo que Portus lo había escuchado, pues la cara se le contrajo, dando lugar a una expresión de furia incontenible.
Cardigan levantó su varita una vez más, pero Potter se le adelanto. Sintió la magia palpitando en los pulpejos de sus dedos, pugnando por salir. Con un movimiento grácil, pronunció el hechizo.
—Silentium Vox —pronunció Albus.
Nada pareció brotar de su varita a medida que decía aquellas palabras, y sin embargo, la expresión de furia en el rostro de Cardigan se convirtió rápidamente en terror al comprobar que ya no podía hablar. Portus sacudió la varita mientras modulaba palabras inaudibles, pero ningún hechizo brotó de la misma. No podía hablar. Albus sonrió triunfante... Era como robarle un dulce a un niño.
—Expelliarmus —Potter convocó el hechizo casi con pereza. Cardigan intentó detenerlo, pero se había quedado completamente mudo. El hechizo de Albus lo golpeó directo en el pecho, haciéndolo caer de espaldas y liberando su varita, la cual quedó a varios metros de él.—Accio varita —ordenó luego el morocho. La varita de Portus voló hasta las manos de Albus.
—¡Felicitaciones, señor Potter! Acaba de ganar de duelo —interrumpió apresuradamente Thomas White, temeroso de cómo Portus podría reaccionar. El profesor agitó su varita en dirección a Cardigan, revirtiendo el hechizo de silencio que Albus le había lanzado.
—¡Eres un maldito tramposo, Potter! —se le abalanzó Cardigan en cuanto recuperó su voz. El profesor White lo detuvo con un movimiento ágil, sosteniéndolo del hombro.
—No, no lo es —le respondió el profesor White, tajante. Era la primera vez que Albus lo veía completamente serio, sin siquiera un esbozo de sonrisa en el rostro. —Ha peleado dentro de las normas del Torneo, y ha ganado.—sentenció Thomas, dando a entender que ya no quedaba nada por discutir. Portus lo miró desafiante unos segundos, y finalmente, desvió la mirada.—Señor Potter, devuélvale la varita al señor Cardigan—les dijo en el mismo tono serio que había utilizado con su enemigo. Albus obedeció inmediatamente. No quería desafiar ni hacer enojar a Thomas White. Portus prácticamente le arrebató la varita de entre los dedos, verdaderamente enojado. Las miradas de ambos se encontraron, y Potter supo que la última palabra todavía no estaba dicha.
Portus guardó su varita y sin decir siquiera una palabra, abandonó el escenario y ocupó nuevamente su asiento, donde lo aguardaba Taurus Zabini. Susurró unas palabras a su amigo que Albus no llegó a escuchar, pero que por la expresión que ambos lucían en ese momento, no podía ser nada bueno.
—Lo felicito nuevamente, señor Potter... Es el Candidato de Slytherin —habló nuevamente el profesor White, y esta vez una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
Tras muchos meses de decopilar información que creía perdida, y hurgar en las profundidades de mi propia mente, logré rescatar casi toda la información que tenía en mis borradores de esta historia. Me he demorado más de lo que hubiera deseado, y ojalá que la espera no se les haya vuelto demasiado tediosa. A cambio, les he traído este capítulo especialmente largo.
He leído todos sus mensajes, sus reviews y sus mails. Les agradezco muchísimo sus palabras de aliento, y les prometo que no voy a abandonar esta historia. He puesto demasiado esfuerzo y mucha dedicación en ella como para dejarla por la mitad, jaja.
Espero ansiosa sus comentarios respecto a este nuevo capítulo.
Saludos,
G.
