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.•.¸¸•´¯'•.¸¸.ஐ CAPITULO 19 ஐ..•.¸¸•´¯'•.¸¸.
Lillian, la hermana menor de lord Elliott, fue la primera de la familia en llegar a la reunión con lady Victoria.
Lillian fue la más difícil de convencer entre todos los familiares de que habían encontrado a la hija de su hermano. Había sufrido todas las decepciones junto con lord Elliott, había visto la angustia causada por cada hija falsa, y temía que esta vez también terminara en una amarga decepción. Y aunque la prueba era indiscutible, Lillian seguía reservándose su opinión. Decidiría por sí misma si Candy Rose White era Victoria, o sólo una farsante en busca de ganancias.
—Robert, ¿qué haces sentado aquí afuera, con tanto calor? —le preguntó al salir—. Si no tienes más cuidado, enfermarás.
Albert, lord Elliott y Candy Rose se pusieron de pie cuando la mujer se acercó a ellos. Pero la vista de la tía se clavó sólo en la joven.
—En efecto, se parece a Agatha —admitió—. El parecido es notable.
Elliott presentó formalmente a la hija y la hermana. Candy Rose sonrió. No sabía si debía hacer una reverencia, o estrecharle la mano, y se quedó indecisa, esperando que Lillian misma le diese algún indicio de cuál era la actitud adecuada.
Lillian no se parecía a su hermano. Casi no le llegaba a los hombros. Era delgada, de nariz aguileña y cabello castaño oscuro Pero tenía los mismos pómulos altos. Lillian habría sido una mujer atractiva si no usara colores tan apagados. Tenía puesto un vestido gris oscuro que la hacía parecer muy pálida. Si se pellizcara las mejillas, podría darles un poco de color.
Además, debía dejar de fruncir el entrecejo. Sin disimulos, miraba con severidad a Candy Rose.
—¿Cómo te llamas, chica? —quiso saber. Mientras esperaba respuesta, unió las manos como para orar.
—Mi nombre es Candy Rose White.
—No se llama a sí misma lady Victoria —le comentó Lillian al hermano—. Me pregunto por qué.
Candy Rose le respondió:
—Desde que tengo memoria, me llamaron Candy Rose, señora. El nombre Victoria no significa nada para mí.
La franqueza de la joven apabulló a la mujer, y el ceño se profundizó.
—Te pareces a la difunta esposa de mi hermano, pero todavía no estoy convencida de que seas su hija. ¿Quieres tratar de convencerme, chica?
Candy Rose decidió ser muy franca, sin importar que pudiera parecer grosera.
—No, señora, no quiero tratar de convencerla. Lo que sí anhelo es que deje de llamarme chica. No lo soy, ¿sabe?
—Señor, qué impertinente es, Robert.
A eso, Candy Rose no supo cómo responder, pero su padre fue en su ayuda.
—Es sincera, no impertinente.
Lillian asintió.
—¿Cuáles son tus planes? —le preguntó.
—Oh, Lillian, por el amor de Dios. Mi hija acaba de llegar. No tenemos por qué hablar de planes ahora mismo. Siéntate, y deja de fastidiarla.
—Sólo quería llegar lo antes posible a la raíz del asunto.
—¿A la raíz de qué, señora? —preguntó Candy Rose. Lillian se adelantó hacia ella.
—A descubrir si eres, en realidad, Victoria. Robert, déjame opinar, y después guardaré silencio, hagas lo que hagas. ¿Tú eres lady Victoria? —persistió.
—Dicen que lo soy —contestó Candy Rose—. Por el bien de mi padre, desearía que fuese cierto. Quisiera brindarle cierta paz, y sé que ha estado buscándome mucho tiempo.
—¿Y por tu propio bien?
Candy Rose no entendió qué le preguntaba. Miró a Albert, y luego volvió la atención a Lillian.
—Quisiera pasar unas semanas con mi padre, y después, regresar a mi hogar.
—Es muy pronto para saber cuáles serán tus planes —intervino el padre, palmeándole la mano—. Tal vez quieras quedarte conmigo.—No quiso engañarlo con falsas esperanzas.
—Allá, en mi hogar, he dejado cuatro hermanos. Tengo que volver, padre.
—Lo discutiremos luego —decidió—. Necesitas tiempo para conocernos a todos. Lillian es el miembro más difícil de la familia, querida mía y ya ves que la has dejado sin habla. Debo confesar que no creí que nadie pudiese sacudir a mi hermana, pero tú lo has hecho, sin duda.
Candy Rose se quedó confundida:
—No quise sacudirla, señora.
—Albert, ¿entiende ella la importancia de su padre? —preguntó Lillian.
—No, no la entiende —contestó—. Los valores de mi esposa son diferentes de los de las jóvenes inglesas.
—¿Entramos a la sala? —propuso lord Elliott—. Creo que mi hermana necesita un refrigerio.
—Adelantaos tú y Albert. Yo quiero hablar con mi sobrina a solas.
—No quiero que la intimides, Lillian.
—No me intimidará, padre.
Albert tampoco quería dejarla con Lillian, pues sabía lo hiriente que podía llegar a ser. No quería que Candy Rose se sintiera perturbada y, si tenía tiempo, la llevaría aparte y le explicaría que Lillian ladraba mucho pero mordía poco. Tenía buen corazón, pero procuraba que nadie lo notara.
—Mi hija y yo hemos estado mucho tiempo separados. Lo siento, Lillian, pero debo insistir en que entremos todos juntos.
—Estaremos con ustedes en un minuto, padre —dijo Candy Rose—. Yo también quisiera hablar un momento a solas con mi tía.
No esperó el permiso de los hombres, sino que se sentó de nuevo e invitó a Lillian a imitarla.
Esperaron hasta quedar solas.
—¿Empiezo yo, o prefieres hacerlo tú, tía Lillian?
—Empezaré yo —decidió la tía—. La edad tiene sus ventajas—agregó, sonriendo—. Querida mía, quisiera confiar en tus intenciones, pero me resulta difícil. He escuchado todas las pruebas que reunió tu marido, y si bien parece confirmar que tú eres, en verdad, nuestra Victoria, aún tengo mis dudas. Por cierto, entiendo que desees ser heredera de mi hermano.
—¿De veras? Dígame por qué cree que quiero ser Victoria.
—Bueno, por la posición, la riqueza, el...
El planteamiento la sorprendió tanto, que no podía salir de su asombro.
—Yo podría darle la misma cantidad de motivos por los cuales no quisiera ser su sobrina. Sin duda, ser otra persona me complica la vida, señora. Tengo una familia en Montana. ¿Le parece egoísta de mi parte sentir nostalgia de mi hogar?
—¿Provienes de una familia rica?
—Eso creo. Tengo todo lo que pudiera desear.
—Los miembros de esta familia, ¿son tan ricos como tu padre?
—No estoy segura —contestó Candy Rose—. Es un tipo de vida diferente, y un tipo de riqueza diferente —intentó explicarle—.¿Por qué no quiere que yo sea Victoria?
Lillian contempló a Candy Rose largo rato, y luego murmuró:
—Tienes los ojos de tu abuela.
—¿Mi abuela?
Lillian hizo un gesto afirmativo, y suavizó la expresión con una sonrisa.
—Jamás escuché a Agatha decirle a alguien una palabra dura, y menos aún a su propia madre. Tu abuela era una vieja bruja, pero tenía hermosos ojos verdes. Puede que Agatha se revuelva en su tumba oyéndome hablar mal de su madre, pero sólo digo la verdad. Era realmente difícil tratar con ella.
Candy Rose estalló en carcajadas: aunque Lillian parecía muy correcta, sus comentarios no lo eran, en absoluto.
—No quiero que mi hermano sufra otra vez.
—Yo no lo haré sufrir —prometió Candy Rose—. Sólo quiero conocerlo, y regresar a mi hogar. Por supuesto, nos escribiremos, y espero que un día quiera ir a visitarme. Me gustaría presentarle a mis hermanos.
Lillian se desconcertó.
—¿No comprendes lo que tu padre podría darte?
—Sí, sé exactamente lo que podría darme: el amor de un padre. Yo protegeré su corazón. E intentaré amarlo del modo que una hija debería querer a su padre. No tengo práctica, pero aprenderé.
—Querida mía, ahora eres una mujer casada y, por lo tanto, estás bajo el control de tu esposo. El hogar de Albert está en Inglaterra. Seguramente sabrás que debes quedarte aquí, con él.
La muchacha no sabía semejante cosa, pero no pensaba compartir su opinión con Lillian.
—¿Es usted casada, tía Lillian?
—Lo era. Mi querido Kenneth falleció hace cinco años. No recibimos la bendición de los hijos.
—Lamento su pérdida —dijo Candy Rose.
—Trato de estar ocupada. Atiendo mis proyectos de caridad y, desde luego, la familia, que me exige mucho tiempo y dedicación. Andres tiene siete hijos, y siempre hay alguno con problemas. Barbara es una dulzura, pero no puede controlar a su progenie. Tienen seis niñas y un niño —agregó, con gesto enfático—. Dentro de una o dos horas, los conocerás a todos.
—¿Quiénes son Andres y Barbara?
—Tus tíos. Robert , tu padre, es el mayor, luego vengo yo, después Daniel y, el último, Andres. Barbara es su esposa. ¿Tienes un vestido más apropiado para la cena, querida?
Candy Rose se miró la falda, y no vio manchas ni arrugas.
—¿Qué tiene de malo este?
—Está completamente pasado de moda.
—La tela me costó una maldita fortuna.
Lillian lanzó una exclamación, y se llevó la mano a la base del cuello.
—No tienes que hablar así, Victoria. Sólo la gente vulgar usa la palabra "maldita". Tenemos que empezar a mejorar tus modales de inmediato. Tenemos tanto que hacer antes de presentarte en sociedad... Ten presente quién es tu padre.
Candy Rose no entendía bien a qué se refería la mujer pero, por su expresión, supuso que se trataba de algo importante.
—No, no olvidaré quién es mi padre —concedió—. Tía Lillian, ¿por qué no volvió a casarse? Es una mujer muy hermosa. Si viviera en Montana, la pretenderían por lo menos diez hombres, antes de que su querido difunto estuviese en su tumba.
—Por Dios, chica, no seas impertinente.
—No soy impertinente, sino sincera.
Lillian se tocó para cerciorarse de que el moño estuviese intacto, y luego se levantó.
—Recuerda que debes reservarte tus opiniones, Victoria. Si dices lo que se te cruza por la cabeza, es muy probable que escandalices a las personas.
De pronto, Candy Rose supo que Lillian la aceptaba como hija de su hermano.
—No puede haber cambiado de idea tan rápido, señora—comentó.
—Las pruebas son sólidas, pero me reservaré mi juicio. Te otorgaré el beneficio de la duda, querida.
—¿Por qué?
—No es de buena educación hacer tantas preguntas, Victoria. Ven conmigo adentro. Tu padre y tu esposo ya nos han esperado demasiado tiempo.
—Antes, tengo que pedirle un favor.
Lillian se volvió hacia la sobrina:
—¿Qué?
—Por favor, llámeme Candy Rose.
—Pero ya no eres Candy Rose, ¿verdad? Eres Victoria. Tendrás que acostumbrarte a oír tu nombre.
Enlazó el brazo al de la muchacha, y tiró de ella.
—Tengo entendido que tu amiga llegará mañana. ¿Cómo se llama?
—Anny—le informó Candy Rose—. Creo que le gustará, tía Lillian. Tiene mejores modales que yo.
—Eso ya lo veremos —replicó Lillian. Candy Rose siguió a su tía al interior del salón. Ni Albert ni su padre la vieron, pues estaban en medio de un acalorado debate.
—Quieren que usted reciba este dinero, señor. Y yo creo que usted debe aceptarlo —dijo Albert.
De pie ante el hogar, estaba de espaldas a su esposa. Candy Rose se acercó a él y se quedó a su lado.
—No lo aceptaré —afirmó lord Elliott, por tercera vez—. Envíaselo de vuelta, Albert.
Albert, negó con la cabeza. Candy Rose le rozó el brazo y, de inmediato, él le tomó la mano.
—¿Están hablando del dinero que mandaron mis hermanos?—preguntó Candy Rose.
—Sí —respondió Albert—. Tu padre no lo quiere.
Lord Elliott estaba sentado en una silla de respaldo alto, cerca de la chimenea. Candy Rose le dijo:
—Padre, si aceptaras el dinero, les darías una satisfacción a mis hermanos.
La expresión del padre indicó que no pensaba ceder. Empezó a decirle algo, pero luego cambió de idea y buscó el apoyo de su hermana.
Lillian se precipitó a intervenir:
—Victoria, no deberías participar en esta discusión. Deja que los hombres lo resuelvan. ¿Vamos arriba a examinar tu ropa? Estoy segura de que podremos encontrar algo apto para esta noche.
Candy Rose oyó que Albert suspiraba. Le apretó la mano y la miró:
—Ve, cariño. Después hablaremos de esto.
Le habían indicado que se retirase. Si hubiese estado en su casa, se enredaría en una feroz discusión por ser excluida de la "conversación de hombres", pero no estaba en su patria. Estaba en Inglaterra. Las reglas eran muy diferentes y, de repente, se sintió insegura. Les había prometido a sus hermanos que trataría de llevarse bien con todos sus parientes, y por eso siguió a la tía, en una demostración de obediencia. Se detuvo en la entrada para lanzarle una mirada irritada a Albert, para que supiera lo que pensaba de haber sido excluida, pero su esposo no se conmovió. Más bien, le guiñó un ojo, cosa que la fastidió más aún. Candy Rose lanzó un suspiro y siguió subiendo las escaleras. Tendría que esperar a más tarde para decirle a Albert lo que sentía.
Pasó la hora siguiente discutiendo con su tía Lillian sobre su guardarropa. Esa mujer parecía obsesionada con los vestidos. Candy Rose encontró su comportamiento incomprensible; pensó que era ridículo que Lillian no encontrase nada apto para que ella se pusiera. ¡Pero si le he enseñado ocho vestidos encantadores! Lillian los observó, pero negó con la cabeza. En tono altanero, los rechazó todos con firmeza.
Candy Rose intentó no dejar que afectara sus sentimientos, recordando que, en ese lugar, las cosas eran diferentes. Sin embargo, ella misma había elegido la tela y el modelo de dos de los vestidos que a su tía le parecían tan feos. No pudo menos que sentirse un tanto molesta.
Terminó por dejarse puesto el vestido azul. Lillian bajó otra vez a mandar un mensajero a la modista.
Se detuvo en la puerta:
—Mañana, después de que te hayan examinado los médicos que convocó mi hermano, tú y yo miraremos telas y empezaremos a encargar tu guardarropas.
—No necesito que me vea un médico —protestó Candy Rose—. Me siento bien, de verdad.
—No te pongas terca, Victoria. Es por tu propio bien. Conseguiré que te sientes a mi lado en la mesa, esta noche, así podré ayudarte con respecto a tus modales. Ahora tienes una hora para descansar, y luego bajarás. Para entonces, Andres habrá llegado con su familia.
—Tía Lillian, has mencionado a otro hermano, Daniel. ¿Nos visitará?
—Daniel y su esposa están en el sur de Francia. Volverán dentro de una o dos semanas. Entonces, los conocerás. Su esposa se llama Johanna. Tienen tres hijos, tres hermosos varones. Duerme la siesta, Victoria. Enviaré a Ann Marie a ayudarte.
Candy Rose no preguntó por qué necesitaba una doncella para descansar, pues Lillian sin duda le diría que no fuese impertinente. Tampoco discutió lo de dormir la siesta, aunque no se le ocurría qué motivo podía tener alguien para dormir durante el día. No estaba nada cansada pero, por Dios, estaba aburrida. Había demasiados nombres que recordar, demasiadas reglas que obedecer.
¿Cómo demonios haría para cumplir las expectativas de todos? Ella nunca había dado la espalda a un desafío, y no iba a hacerlo en esta ocasión. Decidió que haría cualquier cosa que fuese necesaria para complacer a sus parientes.
Entró Ann Marie a la habitación para ayudarla a quitarse el vestido y apartar las sábanas de la cama. Al ver que la doncella cerraba las cortinas, Candy Rose llegó a la conclusión de que, realmente, tendría que descansar.
La habitación era espaciosa, y estaba decorada con suntuosos dorados. Le pareció muy relajante. Se tendió en la cama sólo con la enagua, y puso las manos detrás de la cabeza. Fijó la vista en el techo mientras intentaba aclarar sus sentimientos.
Pensó en su padre, en que era un buen hombre. Le gustaba cómo sonreía. También su voz que, si bien era suave, al mismo tiempo era enérgica. Cuando les escribiera a sus hermanos, les contaría que lord Elliott era un hombre muy agradable.
Albert entró unos minutos después.
—Tu padre se muestra terco —le dijo—. Opina que hay que devolverles a tus hermanos el dinero que mandaron. Lo considera un pago por dejarte vivir con ellos. Por supuesto, no lo entiende.
Candy Rose se puso de lado para poder verlo:
—No le gustó cuando hablé de mis hermanos. Lo sé por el modo en que me miró. Parecía... decepcionado.
—Dale tiempo para acostumbrarse a la idea de que tienes otra familia —le aconsejó Albert.
—¿Sabías que mañana tendré que pasar por revisiones médicas?
Albert se quitó la chaqueta, la arrojó sobre una silla, y se sentó en el borde de la cama. Se inclinó para quitarse los zapatos y los calcetines.
—Tu padre me lo dijo.
—¿Por qué tienen que examinarme? Me siento bien.
—Los médicos darán a tu padre la seguridad que él necesita. No te hará ningún daño, ¿verdad? Si realmente no quieres que te examinen, se lo diré a Elliott.
Candy Rose lo pensó unos momentos, y decidió complacer a su padre. Supuso que Albert tenía razón: ¿qué daño le haría que la revisaran?
—Es un gasto inútil —dijo, protestando a desgana—. Pero me someteré a sus planes. No me has preguntado qué opino de mi padre. ¿No te interesa?
Su marido se volvió y le sonrió:
—Ya sé lo que opinas. Por supuesto, sientes curiosidad con respecto a él. Vi cómo lo mirabas cuando él no estaba mirándote a ti. Ya te agrada, y yo pienso que quisieras amarlo.
Candy Rose asintió. Sin duda, Albert era tan observador como siempre.
—Soy su hija. Debería amarlo, ¿no crees?
—Sí.
—¿Puedo confiar en él?
La pregunta lo sorprendió.
—Sí, puedes confiar en él. Ya sabes que puedes confiar en mí.
No quería hablar de eso, e intentó cambiar de tema, pero Albert no se lo permitió.
—Comprendo que no debería haberte pedido que confíes en mí. Tal vez haya sido algo arrogante de mi parte.
—¿Tal vez?
—Todavía no lo comprendes, ¿verdad?
—¿Qué?
—Que amor y confianza van de la mano. No podrías amarme si no confiaras en mí. Y me amas, ¿no es cierto?
No le contestó. Todavía el tema de la confianza le resultaba delicado. Al engañarla adrede, Albert la había herido. Candy Rose entendía por qué no le había dicho el motivo que tuvo para ir al rancho... al principio. Claro que entendía sus motivos, pero cuando se prometieron mutuo amor, él siguió callando. Y también entendió cuando le explicó que la tarea de hablarle del padre les correspondía a sus hermanos. Y aún así, la había engañado, y aunque tenía miedo de decirlo, temía que volviese a engañarla.
Deberían reconstruir la confianza entre ambos piedra por piedra, y Albert tendría que ser paciente hasta que ella se sobrepusiera a sus temores.
—No estoy lista para hablar de esto contigo —le anunció—.Tendrás que darme tiempo para digerirlo. Sí, te amo—agregó, viendo que la miraba con ceño feroz—. Y mientras esperas, podrías disponerte a aprender cómo confiar en mí.
—Estás haciéndome enfadar, Candy Rose.
—Pero tú me amas, ¿no?
—Sí, te amo.
No lo dijo en tono dichoso, pero eso no la molestó. Albert quería tener todo ordenado en pequeños compartimientos, y tener que esperar algo lo ponía nervioso. Como se había mostrado lógico con ella, esperaba que ella se comportara y pensara del mismo modo.
—Espero poder recordar los nombres de todos esta noche.
Intentaba cambiar de tema. Albert volvió a la cuestión, mientras se quitaba los pantalones.
—Yo te ayudaré. Tenemos que hablar de George MacPherson, cariño. Es el secretario personal de tu padre. No estará esta noche, pues aún no ha vuelto de las vacaciones. No quiero que le digas que Tom vio a un hombre y a una mujer juntos en una esquina, con la canasta. Actúa como si no supieras nada de lo que pasó aquella noche.
—¿Ese es el que me raptó?
—Eso creo, pero todavía no lo puedo demostrar. He estado revisando los viejos libros de cuentas. Como MacPherson no pudo haber ahorrado esos miles de dólares para darle a su cómplice, tuvo que sacar el dinero de una de las cuentas de Elliott. Todavía no he encontrado nada, pero lo encontraré.
—En la época del secuestro, ¿investigaron a MacPherson?
—Sí. Pero yo no creo que los policías revisaran los libros tan minuciosamente como era preciso.
—¿Puedo ayudarte?
Se dispuso a negárselo, pero cambió de idea. Ahora era su esposa, y aunque él estaba habituado a trabajar sólo, descubrió que quería hacerla participar. Trabajar juntos sería una experiencia novedosa.
—Sí, puedes ayudarme.
—¿Sabes que bastaría con pedirle a Tom que viniese a Inglaterra, para que señale a MacPherson como culpable?
—Con el tiempo, los recuerdos cambian, y también las apariencias —replicó Albert—. La defensa haría trizas los recuerdos de Tom. No serían sólidos como evidencia, sin algo que los sustente.
—¿Le hablaste a mi padre acerca de MacPherson?
—Todavía no —contestó Albert—, pero lo haré tan pronto como tenga pruebas. ¿Quieres que se lo diga ahora?
—¿Se lo dirías, si yo quisiera?
—Sí.
Se alegró de saber que Albert haría lo que ella quería. Pensó en el problema, y después llegó a la conclusión de que su esposo tenía razón en esperar.
—A mi padre le resultaría difícil no mostrar el juego, y así MacPherson sospecharía. Hasta podría desaparecer, y no podemos permitirnos eso, ¿cierto? No, creo que debemos esperar para decírselo. El entenderá.
—¿Como tú entendiste por qué esperé para decirte el motivo que tenía para viajar a Montana?
—Esto no es lo mismo —arguyó—. Aunque no conozco bien a mi padre, no puedo imaginármelo con cara de póquer.
Albert alzó una ceja:
—¿Cara de póquer?
—Dejaría ver sus sentimientos. Un buen jugador de póquer jamás permite que los demás sepan qué está pensando. Apuesto a que tú ganas muchos juegos de azar, ¿no? Rara vez dejas ver lo que estás pensando. ¿Todos descansan por las tardes?
El cambio de tema no lo desconcertó: estaba acostumbrándose al modo en que funcionaba la mente de su esposa.
—La mayoría de las mujeres, sí.
—¿Y los hombres?
Albert se quitó el resto de la ropa antes de contestarle:
—Algunos hombres descansan, pero yo no lo haré. Te deseo mucho. ¿Has terminado de hablar, cariño?
Al mismo tiempo que la mujer se ponía de espaldas, el hombre se acomodaba sobre ella. Candy Rose le pasó los brazos por el cuello y lo miró a los ojos. Con los dedos, le acarició la nuca.
—¿Te gusta mi ropa?
—No, diablos. Odio tu ropa. Me gustas desnuda.
No recibiría de él la confirmación que necesitaba, y decidió no seguir preocupándose por algo tan insignificante como el guardarropas. En ese momento, tenía algo mucho más importante que hacer: iba a hacerle el amor al esposo, y previamente estaba resuelta a enloquecerlo por completo.
—¿Cuánto tiempo tenemos para quedarnos en nuestro cuarto, descansando?
Mientras le contestaba, le mordisqueó el cuello:
—Un par de horas. ¿Por qué?
—Será suficiente. Por favor, apártate de mí.
Albert alzó bruscamente la cabeza.
—¿Quieres que me ...?
—Oh, sí —le contestó, agitada—. Quiero que me... pero quiero empezar yo.
—No tengo la menor posibilidad de adivinar lo que acabas de decir, ¿no es cierto?
—¿Quieres que lo explique, o prefieres que te lo demuestre?
De inmediato, Albert se tendió de espaldas.
—Demuéstramelo.
Se sonrojó como una virgen, pero se comportó como una provocadora. Albert puso las manos detrás de la cabeza y esperó a ver qué iba a hacer. Candy Rose se sentó, y luego se incorporó sobre las rodillas. La expresión que vio en los ojos del marido la ayudó a superar la timidez. Deshizo lentamente el nudo de la cinta de satén que sostenía la enagua, y luego la bajó.
Se desvistió sin prisa, y notó, con placer, que la respiración de Albert se había vuelto irregular.
Después de haberse quitado por completo la prenda, se inclinó adelante, dejando que sus pechos rozaran el tórax del hombre, El cabello se le derramó por los hombros.
—¿Tienes cosquillas? —preguntó en un susurro, mientras deslizaba las yemas de los dedos por el vientre duro y plano.
El hombre respiró con brusquedad.
—No.
Entonces, la mujer siguió recorriéndole el cuerpo hacia abajo, y Albert esperaba que comprobara por sí misma si le decía la verdad, besándole el vientre.
Pero lo que ella hizo fue besarle el miembro erecto, y Albert estuvo a punto de caerse de la cama. Apretó la mandíbula y cerró con fuerza los ojos. Candy Rose lo acariciaba con los dedos y con la boca, y él creyó que no iba a poder soportar ese tormento mucho tiempo. Cuando lo recibió de lleno en su boca y empezó a succionarlo, Albert lanzó un grito ronco y la obligó a apartarse.
No fue tierno con ella. Estaba próximo al orgasmo, pero resuelto a satisfacerla a ella primero. La alzó con brusquedad, le separó los muslos y la obligó a montarse a horcajadas sobre él.
—Recíbeme dentro de ti —le dijo, con voz que parecía expresar un agudo dolor.
Candy Rose movió la cabeza.
—Todavía no —murmuró.
Se inclinó adelante y le apoyó la mano en el hombro. Entonces, empezó a atormentarlo con dulces besos. Pasó la punta de la lengua por los labios de Albert. Este le puso la mano en la nuca y se incorporó, obligándola a profundizar el beso. La lengua de Candy Rose le acarició el cielo del paladar.
Albert le acarició el estómago, y luego deslizó la mano hasta la unión entre los muslos, para empezar a prepararla con los dedos. Cuando sintió ese calor húmedo, llevó las manos a las caderas de ella. La alzó hasta que la punta de su miembro la penetró, y la hizo bajar lentamente hasta haber llegado a lo más hondo.
Si bien Candy Rose no sabía bien qué hacer a continuación, la necesidad de moverse la hizo empezar a rotar las caderas.
Albert lanzó un gemido ronco y le aferró las caderas. Fue suficiente. Candy Rose se concentró en satisfacerlo y, al mismo tiempo, lograr su propio placer. Sus movimientos ya eran instintivos, torpes, pero a Albert no le importó.
Ella retuvo el control hasta que Albert metió la mano y empezó a acariciarla para provocarle un orgasmo, y cuando ya no pudo contenerse más, dio un fuerte impulso hacia arriba y derramó su simiente, las paredes sedosas que lo rodeaban se contrajeron y apretaron. Candy Rose gritó el nombre mientras él alcanzaba el clímax.
Instantes después, se dejó caer sobre su marido, apoyando la cara sobre su pecho. Le retumbó en los oídos el latido del corazón, que parecía tan errático y fuerte como el suyo.
A Albert le llevó bastante tiempo volver a la realidad. La retuvo en sus brazos, sin poder dejar de acariciarla mientras recuperaba poco a poco la fuerza y la calma.
Cuando, por fin pudo volver a hablar, dijo:
—¿De qué se trataba todo esto?
Súbitamente, ella se avergonzó de lo que le había hecho.
—¿No te ha gustado?
La preocupación que vibraba en su voz lo hizo reír. ¿Que no le había gustado? Con sólo pensar en esa dulce boca sobre él, tenía ganas de hacerle el amor otra vez. Diablos, ya comenzaba a sentir los primeros estremecimientos de la excitación.
Enroscó el cabello de ella en la mano, la obligó a alzar la cabeza para mirarlo, y le sonrió:
—Sí, claro que sí. ¿No lo has visto?
Sonrió, complacida.
—Eso suponía. Me gusta tu sabor.
Albert gimió, y luego la atrajo hacia él para darle un beso prolongado. Un beso no fue suficiente, y siguió besándola hasta que, poco después, los dos ansiaban más.
Hicieron el amor por segunda vez, a un ritmo mucho más lento. Albert no le permitió tener mucho control. Estaba resuelto a torturarla como ella había hecho con él. Los dos quedaron completamente exhaustos y satisfechos.
Cuando, por fin, fue hora de vestirse, Candy Rose bostezaba. Y notó con alegría que Albert estaba igual de cansado.
Ann Marie insistió en sujetarle el cabello en un racimo de rizos en la parte de atrás de la cabeza. Candy Rose se dejó hacer, cuando la muchacha le explicó que seguía instrucciones de lady Lillian.
Albert le dijo que estaba hermosa. Después de tres horas de recibir miradas atónitas y preguntas por parte de una horda de parientes bien intencionados, Candy Rose ya no estaba segura. Al parecer, nadie dejaba de opinar con respecto al modo en que caminaba y hablaba. La velada fue una prueba para ella, pues no estaba habituada a ser el centro de la atención, pero mantuvo la sonrisa y trató de comprender tanta curiosidad.
La tía Barbara representó un refuerzo para ella. Era alta y muy bien dotada. Aceptó de inmediato a Candy Rose como sobrina. La recibió en los brazos, le aplastó la cara contra sus pechos, y empezó a palmearle la espalda como si fuese una niña llorosa a la que hubiera que calmar.
—Pobre, pobre chica —repetía sin cesar—. Ahora, todo estará bien. Estás en tu hogar, con tu familia. Todo irá de maravilla. Todos los que estamos aquí te amaremos y te cuidaremos.
La tía Barbara no la soltaba hasta que, al fin, el tío Andres fue a rescatarla.
—Estás sofocándola, Barbara —le informó, aunque un instante después, atrajo a Candy Rose a sus brazos y la estrechó, quitándole el aliento.
Mientras la abrazaban, Candy Rose miraba a Albert y lo veía muy divertido. Estaba en el otro extremo del salón, con su padre, viendo cómo tiraban de ella en tres direcciones al mismo tiempo.
Ella le sonrió, y luego prestó otra vez atención a esos tíos tan exageradamente cariñosos. Tanta aceptación era conmovedora, aunque algunos de sus comentarios la exasperaron. Al parecer, la tía Barbara creía que Candy Rose había sufrido una lamentable injusticia los años anteriores. ¡Por el amor de Dios, no era ninguna víctima! Aunque hacia el fin de la velada, supo que todos sus parientes pensaban lo mismo.
Se esforzó por no enfadarse con ellos. No entendían lo rica y plena que había sido su vida con sus hermanos, y por eso pensaron que había sufrido privaciones.
Le presentaron a los primos, que le parecieron deliciosos. El mayor no tenía más que catorce años, y se preparaba para presentarse en sociedad. Las cinco hermanas menores eran como peldaños de una escalera de edades y aspectos. El menor, un niño de nombre Andres, como su padre, tenía siete años, y le fastidiaba ser presentado a su prima. En cuanto entró corriendo en el salón y vio a Albert, no se despegó de su lado. Era obvio que adoraba al esposo de Candy Rose.
A los niños no se les permitió cenar con los mayores, y cuando se anunció la cena, los enviaron a la planta alta.
Le pareció extraño que excluyeran a los niños, pero no lo dijo, porque la tía Lillian ya le había advertido que se reservara sus opiniones.
La hicieron sentarse entre la tía Barbara y la tía Lillian. Albert estaba en el extremo contrario de la mesa.
Pronto supo que la cena era una ocasión solemne. Nadie hablaba, salvo en susurros, y los camareros revoloteaban alrededor, sirviendo la comida en bellas fuentes de plata.
Candy Rose cometió el primer error, aún antes de empezar a comer. Le preguntó a la tía si pronunciarían la oración de gracias. Su padre oyó la pregunta, y propuso que ella los precediera.
Lo hizo, pero no terminó la plegaria. Sin embargo, nadie la oyó, pues la tía Lillian vociferaba como un indio al ataque.
—¡Dios querido, Robert, la han educado como católica! ¿Qué vamos a hacer?
—Pobre chica —intervino Barbara—. Pobre, pobre chica.
—Todavía no soy católica —dijo Candy Rose—. Aún no he decidido qué religión abrazar.
—¿No lo has decidido? Victoria, la familia Elliott ha sido miembro de la Iglesia de Inglaterra durante años. Y tú eres una Elliott, querida —le explicó Lillian.
—¿No puedo ser católica y Elliott al mismo tiempo? O judía, o...
La interrumpió la exclamación disgustada de la tía. Al ver que la pobre mujer volcaba el vaso de agua, llegó a la conclusión de que la había horrorizado con sus opiniones.
—No quise alterarla —dijo Candy Rose—. Mis hermanos y yo decidimos estudiar todas las religiones antes de decidirnos.
—Nos han arruinado el trabajo, Lillian —afirmó Barbara.
Lillian estuvo de acuerdo:
—Es difícil saber por dónde empezar. Hay muchas cosas que cambiar.
Se volvió hacia su sobrina:
—Si tu madre o tu abuela te oyeran hablar de otras religiones, sin duda se morirían del susto.
—Ya están muertas —espetó Elliott—. Me parece admirable que Victoria quiera aprender acerca de otras religiones. En serio. Pero, por supuesto, estoy seguro de que se unirá a la Iglesia de Inglaterra.
Candy Rose no le discutió. Ella estaba segura de que no haría tal cosa, pero no quería meterse en una discusión prolongada en la mesa.
La decisión de Elliott irritó a Albert.
—Ella será la que decida, ¿no es así, señor?
Elliott se alzó de hombros, decidido a cambiar a otro tema de conversación menos inquietante. El rostro de Lillian estaba encarnado. Ya había tenido suficientes sorpresas por una noche.
—Victoria, ¿sabes que te llamas como tu abuela?
Candy Rose abrió mucho los ojos. Se inclinó hacia la tía Lillian y susurró:
—¿Me pusieron el mismo nombre que a la vieja bruja?
Lord Elliott la escuchó, y tuvo que esforzarse por contener la sonrisa. Lillian emitió un gemido audible, y se llevó otra vez la mano a la garganta. Candy Rose advirtió que había hablado de más, y trató de pensar en algo para redimirse.
Pero su padre no se molestó, y dijo, arrastrando las palabras:
—No, Victoria, la vieja bruja no. La otra abuela.
A continuación, le sonrió y propuso que siguieran comiendo.
El resto de la cena transcurrió en calma. Cuando se sentó, Candy Rose tenía hambre, pero ahora su estómago estaba demasiado revuelto para pensar, siquiera, en comer. Movió la comida en el plato de un lado a otro, y fingió disfrutarla.
No le gustaron las formalidades. Las cenas debían ser vocingleras y caóticas. Era el único momento en que todos los hermanos se reunían, y todos ponían al tanto a los demás de lo que habían hecho durante el día. Discutían y bromeaban entre sí, y siempre surgía algo de lo que podían reírse.
En cambio, en esta cena tuvo la sensación de estar en un funeral. Quería subir a acostarse. Pero no se atrevió a excusarse, y siguió dócilmente las instrucciones de la tía Lillian durante la prolongada velada, que le pareció interminable.
El padre pronunció un brindis encantador en honor de la recuperación de su hija y de su matrimonio con Albert.
Barbara propuso hacer una recepción a finales de septiembre, como un modo maravilloso de celebrar la unión. Lillian la apoyó.
Empezaron a trazar planes en voces quedas y Candy Rose, muy pronto, empezó a adormilarse.
Pero pasó otra hora antes de que pudiese irse a la cama, y para entonces estaba tan agotada que casi no podía subir la escalera.
Ann Marie estaba esperándola. Y también la rosa. La flor roja de tallo largo estaba, otra vez, sobre la almohada. Al verla, sonrió.
Cuando Albert se acostó junto a ella, estaba profundamente dormida. Su esposo se inclinó y la besó, y notó con gran beneplácito que dormía abrazada a la flor. Se la quitó, se metió en la cama, y dejó que lo abrazara a él.
Esa noche había sido difícil para ella. Albert vio lo confundida que estaba y, en ocasiones, le pareció que la atención recibida la abrumaba.
No había comido nada de la cena. Por supuesto, lo advirtió, y supuso que las constantes críticas eran el motivo que le hizo perder el apetito. Por cierto, había destruido el del mismo Albert.
Candy Rose se había comportado bien. Reaccionó mucho mejor de lo que lo había hecho él. Los desconsiderados comentarios de sus parientes lo hicieron temblar de cólera y, sin embargo, ella fue amable con todos.
Albert se durmió preocupado por su esposa. Sí, esa velada había sido difícil.
Y las cosas se pondrían peor.
Octubre de 1872
Querida Mamá Rose:
Por favor; ¿puedes dejar de perseguirme con que busque novia? Sabes que no estoy en situación de pensar; siquiera, en casarme. Podrían llevarme a La cárcel o colgarme de la rama de un árbol, y no quiero hacer viuda a una mujer ni obligarla a vivir de la manera que yo tuve que hacerlo.
Además, me gusta mucho cómo van las cosas ahora. Soy independiente, y no debo responder ante nadie. Lo último que necesito es una mujer que me fastidie.
La carta en la que explicabas la menstruación nos llegó justo a tiempo. Candy Rose sufrió terribles dolores, y se ocultó en su cuarto durante dos días. Todavía no quiere hablar de lo referido a hacerse mujer; pero yo sé que la carta en la que tú se lo explicas la ayudó. No le gusta ser mujer, Mamá, pero tanto tú como yo sabemos que pronto cambiará de idea. Tendrá que aprender a no golpear a todos los niños que vienen a visitarla.
Todavía no comprende lo hermosa que es. Ninguno de nosotros cree que se convertirá en vanidosa. Con cuatro hermanos que la sermonean constantemente, no es posible que se dé aires. Te aseguro que hace girar La cabeza a los hombres cuando vamos al pueblo. Es un espectáculo. Es atrevida e inteligente, y esos ojos verdes romperán unos cuantos corazones.
Señor, cuánto odio verla crecer:
Te quiere, Adam
CONTINUARA
