Capítulo XX

Era ya medio día, cuando Albert había despertado lentamente al oír los ruidos que una animal hacía. El rubio comenzó abrir los ojos, uno cada vez hasta observar la silueta de una mofeta muy conocida para él.

¡Hola Puppet! ¿Qué pasa? ¡Es muy temprano! Candy, Candy…Puppet sabes ¿dónde está Candy? – le preguntó el rubio, acariciándole la garganta. ¡Puppet, Puppet ven aquí! – le pidió Albert al ver cómo la mofeta corría hacia afuera de la mansión, lo siguió y corrió hasta la planta baja. Arthur, Arthur – llamó al mayordomo quien se encontraba en la biblioteca.

Sí señor William, ¿qué se le ofrece? – le preguntó cuando le encontró cerca de la puerta que daba a los jardines.

¿Dónde está Candy? – cuestionó Albert a Arthur.

Salió con John al jardín…ah mire, ahí está John, John y la señorita ¿dónde está? – le cuestionó el mayordomo al cocinero.

La dejé cerca del pórtico, debe estar entre las flores – informó John.

¿Qué has dicho? Sabes que no debe dejársele a solas – lo reprendió Arthur preocupado.

Me dijo que quería estar allí – volvió a informarle, viendo cómo Albert se dirigía al pórtico del jardín trasero.

Señor, ¿ocurre algo…? – se apresuró a alcanzarlo.

Puppet ¿dónde estás…? – el rubio comenzó a llamarlo. ¡Ahh… ahí estas! ¿Qué ocurre amiguito? Dime…espera…Candy – la vio, allí tendida de lado y sobándose el tobillo, Puppet lo había llevado hasta ella.

Señor ¿le sucede algo? – preguntó Arthur notablemente molesto.

Aprisa Arthur es Candy, llamen al doctor… - lo apuró empujándole un poco en dirección a la puerta principal de la mansión.

Candy… ¿qué pasa? Háblame, ¿estás bien? – le preguntó tomándola del hombro.

Hace frío… - susurró Candy halando el hombro.

John tráeme una frazada – le ordenó Albert a John.

Señor, el doctor no tarda en llegar, tenemos que esperar – le comunicó John a Albert.

No puedo esperar, ¿qué pasó Candy? – cuestionó Albert deteniéndola para que la ayudase a levantar.

Solo me torcí el tobillo… - contestó Candy haciendo una mueca al tocarse el tobillo.

El tobillo. Sólo eso, ¿no te pegaste en otro lado…? – sugirió Albert.

No, en ningún otro lado – refirió Candy, pérdida en sus recuerdos.

¿Segura? – insistió Albert.

Sí, he dicho que sólo es el tobillo, entiendes que sólo ha sido el tobillo – le informó al rubio alzando la voz, mordaz.

Arthur, ¡ayúdame! – pidió el rubio suplicante, no entendía que le sucedía a su esposa.

No quiero tu ayuda, anda Arthur ayúdame – Candy le extendió la mano y le retiró la suya, de él no quería nada.

Pero Candy…- intentó tomarla nuevamente.

He dicho que no, no eres una persona a la que quiera ver en este momento – le dijo tratando de levantarse.

Me corresponde – el rubio resuelto trató de levantarla.

Y ¿cuándo estuviste para mí? ¡Eh! – le reclamó rápidamente, volteándose para encararlo, quería hacerlo sentir como ella misma se sentía desde hacía muchos meses.

¡John retírate! – le ordenó el mayordomo a John.

Sí, Arthur – este asintió y se retiró de ahí.

No puedes reclamarme en este momento – Albert le reclamó a la rubia, sin poder creerlo.

¿Cuándo lo haré? ¡Por tu culpa estoy así…! Te odio Sr. William Albert Andley y me odio a mí misma por amarte y aguantarte tanto…no lo merecía – le gritó Candy, mostrándole su vientre.

Candy… lo siento – Albert le pidió disculpas, deseaba abrazarla.

Arthur ayúdame y tú no me toques – le pidió al mayordomo que la ayudase a levantarse y a su esposo no le permitió que la tocara.

Candy…perdóname – gritó Albert esperando que siquiera pudiese seguirlos.

No basta con un perdóname – le reclamó la rubia, totalmente enojada. Arthur vamos – le instó a continuar con su caminar, pasando delante de un triste Albert.

Con cuidado señorita, un paso a la vez… - le dijo Arthur, tomándola de la cintura y pasándole un brazo por la espalda, dirigiéndole una mirada a Albert para tranquilizarlo.

Candy entró a la mansión con Arthur, mientras Albert se quedó ahí tan solo con la parte de debajo del pijama, mirando hacia la casa, tratando de no llorar, lo que fue casi imposible, las lágrimas caían una a una, mojando su rostro, su esposa tenía un gran rencor hacia él, pero lo amaba y él simplemente no se la merecía, la había abandonado meses atrás por su trabajo, ese que odiaba porque el realmente quería estar a lado de su esposa, pero los compromisos lo rebasaron y el no pudo o más bien, no quiso darle cierta prioridad a su esposa.

Después de un rato y tragándose su orgullo, se limpió el rastro con las visibles marcas de su llanto con el dorso de la mano y siguió a su esposa, al parecer ella ya había llegado a su habitación, por lo que Albert apenas hubo abierto la puerta cuando ella lo vio, pero no le dirigió la mirada, la rubia la ocultó con una mano.

¡Ayyy como duele! – susurró Candy, tratando de ver si no se hizo otro daño por demás considerable.

Deberías estar recostada – sugirió Albert, deteniéndose frente a la cama y dándose vuelta hacia el armario.

No tienes que decirme qué hacer – le contestó fríamente.

Ya he visto que lo has hecho todo por ti misma y no muy bien, por lo visto – él decidió rescatar algo del orgullo herido, así que le devolvió la estocada con altivez y con cierta acidez en sus palabras.

¿A dónde vas? – le preguntó cuándo delante de ella sacaba sus pocas pertenencias y las colocaba en un saco de viaje.

Ya que no me quieres aquí, me mudo – resolvió contestarle lo obvio.

¿A dónde? – cuestionó ella impresionada por esa frialdad, pero temerosa que si fuese capaz de abandonarla otra vez.

No creo que eso te importe – contestó el rubio sin más.

Pero Albert, ¿me dejarás otra vez? Sí claro, como me veo horrible y estoy fea me abandonas… - respondió ella, sin mucho sentido.

Albert claramente entendió lo que le sucedía, sólo tenía que esperar lo que fuere para que le explicase su comportamiento y de paso corregirla adecuadamente.

¿Quién te entiende Candy…? No quieres que te ayude, no quieres que te toque, no me quieres aquí…entonces ¿qué quieres? – preguntó el rubio, enojado e interiormente risueño, su pequeña esposa haciendo rabietas.

Quiero que me ames y que nunca me dejes Albert – llegó hasta él gateando ya que el pie le dolía bastante, después le abrazó con una fuerza que él no sentía, pero que para ella era toda la que podía dar, él se dio cuenta entonces que ella temblaba y no era de frío, sentía miedo de que la dejase abandonada. Sólo tengo una gran sentimiento de culpa, sólo quisiera no estar embarazada en estas condiciones, no seré buena madre, no lo seré – Candy comenzó a llorar, se sentía tan sola a pesar de que él estaba allí, para ella.

¡Candy… Candy, preciosa! – le besó la sien cuando se sentó sobre la cama, acurrucándola delicadamente. Déjame decirte algo, no te conocía ese carácter – le susurró en el cabello.

No soy yo… - intentó explicarlo, pero el temblor se hacía muy perturbador aun para él, era alarmante, el miedo se había convertido en... terror.

Lo sé, sé que no eres tú, te he dicho que no volveré a dejarte tanto tiempo así me vaya a la ruina – el rubio intentó bromear con ella, debía devolverle un poco de tranquilidad.

La tía abuela te regañará por andar de blasfemo – respondió ella devolviéndole un suspiro y a su vez sintió como ella hacía una sonrisa.

Candy – comenzó a acariciarle el cabello.

Dime… - en efecto, cuando la rubia alzó el rostro este tenía signos de lágrimas.

Te amo y no volveré a dejarte sola – le repitió a su rubia, llorosa y ella respondió con un abrazo.

Lo sé, lo siento tanto, perdóname…¡ayyy me duele! – se situó delante de él abrazándole y por lo mismo dobló demasiado el pie lastimado.

¿Cómo no va a dolerte…? – enfatizó lo último revisándolo. Arthur, Mary, John alguien venga rápido a ayudarme – se dirigió hacia el pasillo y en las escaleras gritó a la servidumbre.

En la cocina…

¿Habló el señor William? – increpó John.

John, el señor William pide ayuda – rectificó Mary, la cocinera.

La señorita Candy…vamos, todos, arriba…ahora – los apresuró el mayordomo.

Sucede algo señor William? – cuestionó Arthur, apareciendo en la puerta, sin avisar.

Sí, no podemos esperar al médico, Mary trae agua caliente y sal, debemos desinflamar ese tobillo – le pidió Albert a Mary.

Sí señor, enseguida – la cocinera salió apresurada hacia la cocina, dándose prisa al buscar todo.

John trae un recipiente para el pie de Candy y pídele a Mary que traiga agua caliente para darle un baño a Candy– pidió Albert analizando lo que consideraba que le iba a faltar.

Sí señor, enseguida – al igual que Mary, John había ido al establo por un bote para el pie de la señorita.

Arthur ayuda a Candy a pasarse al cuarto de baño, necesitamos que esté en un lugar más encerrado – ahora fue el turno de Arthur, quien obedeció rápidamente, ayudando a Candy a levantarse.

Sí señor, señorita Candy, vamos – la guió por un costado de la habitación hasta llegar al cuarto de baño, levantando un poco el rostro cuando vio que Albert se dirigía a la salida.

¿A dónde vas? – le preguntó Candy preocupada.

Iré a la cocina en busca de una pomada…para tu pie – le indicó el enrojecido pie izquierdo.

Ah...bueno, te espero aquí – le advirtió y continuó caminando.

Gracias… - agradeció Candy a Arthur.

De nada señorita, ahí ¿está bien? – cuestionó Arthur sonriendo ante la preocupación de la salida de la habitación de Candy.

Si aquí estoy bien, gracias – agradeció la rubia justo cuando entraba la bañera a cargo de John.

Me retiro señorita – le susurró Arthur sacándola de concentración.

Pase Arthur – Candy le dio permiso de retirarse y poco a poco fue llenándose la bañera en continuos baldes traídos por Arthur, Mary y John hasta que estuvo llena.

Señor William, el baño de la señora está listo – le habló Arthur antes de salir de la habitación.

Arthur, Arthur espere, que nadie nos moleste en un par de horas – le pidió Albert sonriendo un poco.

Sí señor, pero…el médico no tarda en llegar – rebatió Arthur.

Que espere o que venga otro día – ordenó Albert.

Sí señor, permiso – se disculpó Arthur y emprendió la retirada.

Pase usted Arthur – concedió Albert soltando una risita.

Hola – saludo Candy a su esposo como niña regañada que ya tenía el pie lastimado en el agua.

Hola mi amor, veamos, primero necesito cambiarte, ¿dónde están tus camisones Candy? – preguntó Albert tratando de interpretar lo que ella quería.

¿Para qué? – Candy por primera vez tenía miedo de que él la viera en esa condición, aunque había subido de peso un poco no era suficiente para ver la transparencia de su piel.

Voy a bañarte, necesitamos cambiarte y ¿quién sabe cómo lograste embarrarte de lodo? – se preguntó cuando vio que el vestido y las medias se encontraban cubiertas de lodo.

Fue Puppet, estaba jugando con él cuando me caí…no me mires así, metí las manos – se defendió Candy al ver el ocurrente fruncido de frente que se había posicionado en el rostro de Albert.

¡Ay señora…señora…! ¿Qué vamos hacer contigo, tu ropa? – la urgió vehementemente, sabiendo que no la dejaría ni a sol ni a sombra sino accedía.

En el vestidor, a la izquierda están mis camisones, la ropa interior a la derecha – decidió por fin a darle indicaciones.

Gracias…en un momento vuelvo – Albert se hincó delante del clóset y en el vestidor, se dispuso a buscar lo que él pensaba que podía utilizar. Los camisones al lado izquierdo, sí éste bastará…ropa interior en el lado derecho…aunque no la necesitarás…sí también estará bien – resolvió Albert pensando esto último como una posibilidad aunque muy lejana.

Bueno, veo que también que me has ayudado – respondió él viendo que Candy se había desnudado parcialmente.

No…no quiero que me veas… - se cubrió el pecho cuando el rubio se le acercó.

Bueno creo que es justo que estemos en iguales condiciones – resolvió el rubio, despojándose del pantalón del pijama y la única prenda interior.

Pero…no es necesario que lo hagas, te conozco – le informó sin mirarlo.

Veamos creo que es justo que veas mejor, si no quisiera estar con usted señora mía, crees que estaría así – Albert había logrado lo que quería, ahí estaba ella, su esposa lo miraba con…deseo, muy atenta a todos sus movimientos.

Así ¿cómo? Albert… - Candy no podía evitarlo, ver a su esposo después de tanto tiempo, tal y como ella lo deseaba.

Así precisamente, bueno creo que es demasiado para ti, veamos vamos a desvestirte – Albert comenzó a quitarle la ropa y quedándose pasmado, suponía que cuando Candy hubo llegado a la mansión estaba mucho más delgada, se turbó por algunos minutos, pero después siguió desvistiéndola, lo cual, gracias al cielo, pasó inadvertido para ella.

¿Me vas a bañar? – le preguntó cuando la cargó para depositarla sobre el agua de la bañera.

Sí, ¿por qué la pregunta? – se le quedó viendo y se agachó frente a ella.

No por nada, es que… ¿no te vas a bañar tú también? – cuestionó sonrojada.

No...bueno, sí tal vez, quieras dejarme un pedacito ahí adentro – sugirió haciéndole señas.

Bueno sí, si quieres, aún cabes… - le señaló un espacio delante suyo.

¿Aún quepo Candy? No quiero estar al frente, escojo la parte de atrás – sugirió el rubio señalando el lugar de preferencia.

Bueno, así me recargaré en algo caliente, lo frio aún no se me da – resolvió y susurró Candy.

¿Me está usted coqueteando señora? – sugirió Albert tratando de que le leve rubor de sus mejillas se alejara.

No, solo rectifico algo…anda apúrate antes de que se enfríe – lo apuró palmeando el agua.

En un momento, voy por un remedio – se retiró un poco tomando una cajita del lavamanos, para luego regresar a su lugar, justo detrás de su esposa.

Entenderé si no quieres… - repitió ella.

No hay nada de eso, esta sal te ayudará con el tobillo – vertió un poco en el cubo antes de que se enfriara el agua, lo tapó y regresó a su esposa, se metió y acomodó a Candy sobre su pecho.

Bueno…Albert – lo llamó cuando minutos después descansaban un poco en la bañera y disfrutaban del agua caliente que se encontraba alrededor de ellos.

Mmmm – contestó a media el rubio.

¿Hace cuanto no hacemos el amor? – preguntó curiosa Candy.

Eh…hace casi seis meses…demasiado tiempo – susurró el rubio ante la extraña pregunta de Candy, él la quería sentir o sí cuánto la deseaba, pero debía saber que no podría hacerle el amor… por el momento. Así que Candy se volvió a recostar sobre el pecho de su esposo.

Sí…demasiado… - respondió Candy soltando un suspiro.

¿Por qué la pregunta Candy? – decidió que debía averiguar qué era lo que pensaba ella, así que tomó un cubo y comenzó a lavarle el cabello a su esposa, preguntándose cómo era posible que su cabello se viera tan diminuto cuando estaba mojado y tan salvaje cuando ya se había secado.

Por nada, sólo era un tema de conversación – respondió cuando el agua la había obligado a cerrar los ojos, ya que Albert estaba enjuagando su cabello.

Ese no es un tema…y menos de conversación, es más uno de sensaciones y el agua no es un lugar para hacerlo…necesitamos un lugar más seco – le susurró al oído.

Albert… - le llamó nuevamente.

Dime querida – volvió a lavarle el cabello.

Hazme el amor – le soltó sin más.

Ahora no, disfruta tu baño… - le ordenó y enjuagó su cabello para tomar el jabón y comenzar a deslizarlo sobre su nítida piel.

Pero Albert – protestó ella.

¿Qué cosa? Estás delicada, tienes el pie lastimado…tendría que hacerlo con mucho cuidado – intentó poner cara de enfado, pero Candy no estaba siendo recatada.

Hazlo con mucho cuidado – sugirió Candy, haciendo que Albert soltara una risa.

Pero… - intentó evadir la respuesta.

Albert, por favor – Candy suplicó…

Por favor, ¿qué señora…? ¡Lo pensaré! – resolvió decir y en realidad no tenía por qué rogarle, de que lo pensaría tampoco tenía que hacerlo, sólo que ahora el inquieto era otro.

¿Me lo prometes? – Candy tenía que hacer eso, no confiaba en su palabra, ese pensamiento le era conocido; la última vez que le prometió algo no lo cumplió.

Continuará…