¡Y se nos va... el año! No tengo otra manera de agradecerles que hayan estado conmigo este 2012 que se nos va. A cada una de ustedes, mil mil gracias.

Nenas, con ustedes he aprendido mucho este año, y espero que siga siendo así. Les dejo un beso y un abrazo desde mi Chile querido, esperando que tengan un excelente inicio de año que espero sea exitoso para cada una.

Abrazos y actualizo el próximo año... ;-)

(Facebook: Catalina Lina; Twitter: Cata_lina_lina)


21. Lo que no te mata...

~C&A~

– … Así que ya sabes, si no dejas que trabaje, prepárate para recibir mi demanda de divorcio… – advirtió medio en broma la temeraria esposa a su marido, después de un buen rato de conversación. El hombre al otro lado de la línea telefónica bufó antes de responder:

– ¡Lo que me faltaba! Recién llevamos un poco más de dos meses de casados, y ya me amenazas con eso…

– Pero hablando en serio, Alex, ¿no te opondrás, verdad? – preguntó Jane, melosamente.

– No mi amor, jamás. Ahora, creo que puedo acomodarte un puesto en una de las empresas…

– No es necesario – interrumpió ella – Toda mi vida laboral he trabajado con Edward en asuntos de gestión y pues ya hablé con él y me dijo que no tendría problema en que siguiera trabajando para él…

– Con él – rectificó Alexander – Trabajando con él, no para él…

– Ok, bien… trabajar con él – rectificó, rodando los ojos. – Dentro de un rato pretendo ir con él y ponernos de acuerdo en cuando comenzar – agregó, mirando la hora. Ya casi era medio día.

– Nos podemos encontrar allá. Ya en unos minutos salgo del aeropuerto rumbo a mi oficina a guardar unos papeles y enseguida te alcanzo en el despacho de Edward para llevarte a comer…

– ¡Sí! Te espero ahí entonces… estoy ansiosa por verte

– Sé que sólo fueron dos días fuera, pero te extrañé, mi vida – reconoció el enamorado y joven empresario.

– Y yo a ti – respondió Jane, suspirando. Luego recordó el motivo del viaje de su marido y preguntó - ¿Traes noticias sobre el remate de la empresa de Aro?

– Claro. Y muy buenas por lo demás. Por ahora, confórmate con saber que ya no es la empresa de Aro Vulturi, sino de la sociedad entre Carlisle Cullen y tu eterno enamorado, o sea yo.

– ¡Es increíble!

– Fue una transacción privada, así que debes guardar el secreto.

– ¿Pero no se hizo la venta por un remate? Se supone que esas cosas son públicas y además, lo de Aro es noticia y los medios, seguro han averiguado…

- Fue un remate, pero los "invitados" fueron selectos, por decir de alguna forma. Y en este tipo de transacciones, se hace… - se detuvo un momento, buscando la palabra – anónimamente. En nuestro caso, hubo un notario y un abogado que se encargaron de representarnos.

-Vaya… eres muy inteligente…

– ¡Claro que lo soy! – exclamó orgullosamente – Bueno, te dejo. Te veo dentro de un rato, sí.

– Sí, mi amor.

Después de hablar con su esposo, Jane se fue hasta el cuarto y buscó un abrigo para salir rumbo a la oficina de su amigo y colaborador, Edward Masen. Estaba ansiosa por dejar todo listo y dispuesto para ponerse a trabajar.

Y precisamente en la oficina del arquitecto, dos jóvenes dibujantes explicaban a Edward y Kate sobre las ventajas de las técnicas aplicadas en el siguiente proyecto hotelero de la empresa, ésta en Miami. Edward intentaba poner atención, pero la inusual despreocupación y desconcentración de su colega Kate lo tenían algo preocupado. Sí, porque a su "discípula" como solía llamarle, le tomó en poco tiempo un cariño como de hermana pequeña. Entonces, era normal que esa actitud extraña en ella, le preocupara, por lo que luego indagaría.

– Muy bien, futuras eminencias – bromeo Edward con los dibujantes – Cada día me sorprenden más. Sigan trabajando y tengan en cuenta los reparos de los que les hablé. En quince días más nos reunimos para revisar los últimos detalles antes de presentarlo a los jefes.
– ¡A la orden, arquitecto! – respondieron al unísono los dibujantes, con una cuadratura militar que hicieron carcajear a Edward.

– ¿Va todo bien? – preguntó Edward, observando a Kate con el entrecejo fruncido, como gesto de su preocupación.

– Mmm... si... sí – asintió para nada segura. Edward por cierto no se tragó la respuesta.

– Kate, algo te pasa, estás diferente. Has estado ausente y sé que te preocupa algo... dime, confía en mi... – aseguró Edward en tono suave, dispuesto prestarle ayuda a su colega.

Ella lo miró con ojos vidriosos, y antes que él pudiese darse cuenta, ella caminó hacia él y lo abrazó por la cintura, dejando su rostro escondido en el fornido pecho de Edward, en donde comenzó a llorar, movimiento que a él le incomodó un poco.

– ¡Ay, Edward! - exclamó con pesar. Edward, aun incómodo, tragó saliva con sonoridad y dio golpecitos leves en la espalda de Kate, quien ya lloraba sin consuelo sobre su pecho.

– Dios, Kate, qué sucede... ¿Se trata de tu padre? ¿Has tenido problemas con él?

"¿Problemas con papá? Oh, cuando se entere, tendré problemas con él..." pensó ella, aferrándose aún más fuerte al cuerpo del arquitecto, en quien encontró calma. Aunque él no estaba muy calmado que digamos, ni menos cómodo, pues ni siquiera con sus viejas amigas él tenía esa deferencia. Pero Kate lo agarró desprevenido, ¿Y qué iba a hacer él? Pues ni modo, le tocaba prestar su hombro para que la señorita llorara sus penas.

– Kate, por favor - insistió, intentando sutilmente apartarla, pero ella se pegaba aún más a él, como lapa.
– Ayúdame Edward, ayúdame... – susurró a penas legible y audiblemente.

Y mientras la joven arquitecta lloraba en los brazos de su colega, en la primera planta del edificio, la esposa de Alexander y amiga de Edward, pulsaba el botón del piso donde precisamente se encontraba el estudio de su amigo a quien iba a ver, para coordinar lo de su nuevo puesto junto a él.

– ¡Pero qué maravillosa sorpresa! - exclamó tras ella Eleazar, padre de Kate y tío político suyo. "Genial" pensó con ironía Jane, que no tragaba mucho a ese tipo, por lo que en ese momento tuvo que forzar una sonrisa.

– Eleazar, como estas... – saludó ella cortésmente, con un leve asentimiento de cabeza.

– No tan bien como tú – respondió Eleazar, mirando no muy correctamente a la esposa de su sobrino, de pies a cabeza. A ella le pareció ese un gesto de mal gusto, por lo que agradeció que en ese momento las puertas del elevador se abrieran. Dio un par de pasos entrando a éste.

– Disculpa, pero voy algo apurada – dijo ella muy seriamente, aunque lo más certero sería decir que estaba cabreada por la presencia de ese tipo y quería apartarse de él de inmediato.

– Subo contigo – indicó entrando al elevador con ella, con una sonrisa socarrona que no venía al caso – Voy a hacerle una visita a mi hijita – agregó.

Jane no hizo ni un comentario, sólo maldijo en su cabeza. Eleazar miró el tablero con botones y reparó que Jane iba al mismo piso que él, pues ya había sido pulsado el número del piso

– Veo que vamos al mismo piso – dijo el hombre.

– Yo voy hasta la oficina de Edward.

– Ah, ese arquitecto Edward... el yerno ideal…

– ¿Perdona?

– Es que él y mi pequeña harían una espléndida pareja, y creo que su relación es cuestión de tiempo para que se haga efectiva.

– Edward tiene novia y...

– Oh, eso es sólo un detalle, hermosa Jane.

Ella iba a contestarle no de muy buen forma, pero el sonido de su móvil con un mensaje la apartaron de la atención del viejo ese. Sonrió cuando vio que era Alex, avisándole que en menos de diez minutos estaría con ella. Jane respondió con un "Te espero con ansias".

Salieron del ascensor, y ella evitando todo contacto con Eleazar, caminó hasta el sector de las oficinas de arquitectura, donde no vio a la secretaria de Edward en su lugar, por lo que se aventuró a golpear la puerta de la oficina directamente y abrir sin esperar respuesta. Cuando lo hizo, vio la escena que la dejó estupefacta: Edward abrazando a Kate muy confianzudamente; mientras Eleazar, que se mantuvo detrás de ella, con la idea de pasar y saludar también al arquitecto Masen, exclamó como ganador al ver el mismo hecho:

– ¡Oh, pero bueno! Lamentamos interrumpir...

Edward miró con sorpresa hacia la puerta, maldiciendo por dentro, mientras ahora con más determinación, intentaba que Kate se soltara de él. Cuando lo logró, Jane y Eleazar vieron a Kate llorar.

– ¡Qué le has hecho a mi niña! – increpó ahora el preocupado padre a Edward, mientras caminaba hasta su hija, mientras Jane seguía de pie en la puerta con el ceño fruncido y sin apartar la mirada de desconcierto hacia Edward.

– ¡He preguntado qué demonios sucede, Kate! ¿Por qué estás llorando?

– Papá, no pasa nada. Por favor, déjalo… – suplicó ella, apartándose de su padre y secándose el rostro con la manga de su blusa blanca.

Pero su padre no lo dejaría pasar.

– ¡Nada de "Por favor déjalo"!

– ¿Estás bien, Kate? – preguntó ahora Jane, saliendo de su estado, sintiendo pena por la pobre Kate, que se veía que sufría.

– Sssi, Jane… no pasa nada… – dijo, bajando su cabeza con vergüenza.

– ¡Deja de decir que no pasa nada! – exclamó furioso – Me dices en este momento qué pasó aquí…

Kate era una olla a presión. Durante tantos años escondió para ella tantos sentimientos para no verse enfrentada a su padre. Desde siempre fue la hija buenita que obedecía a su padre, que no lo hacía rabiar. Desde siempre, hasta ese momento. ¿Su padre quería saber qué le pasaba? Pues se lo diría.

Levantó su vista y miró a Edward, quien tenía un semblante de confusión explícito en su rostro. Sin apartar los ojos de él, como buscando apoyo en ellos, respondió:

– Estoy… estoy embarazada…

Varias cosas pasaron en ese momento. Eleazar lanzó un "¡¿Qué?!" en un grito furibundo, mientras Jane cubría su boca con la mano de la pura impresión, porque en su cabeza destellaba una terrible y melodramática teoría: Edward le fue infiel a su amiga Bella y embarazó a su colega Kate.

Edward, por otro lado, abrió sus ojos con desmesura hacia Kate y antes de decir algo, miró a Jane y vio en sus ojos desaprobación hacia él. Edward supo lo que su amiga se estaba imaginando, por lo que cuando Jane salió rauda de la oficina, él fue detrás de ella.

– ¡Ey, Jane! – gritó tras ella, alcanzándola, tomándola por los hombros y haciéndola girar para verla directamente a la cara. Antes que él pudiera decirle algo más, ella le increpó, dejándose llevar por los nervios, la tensión y todo eso:

– ¡Maldito desgraciado! Si le has sido infiel a Bella con esa niñita y sales siendo el padre de ese bebé, te juro que yo…

– ¡Un momento, Jane! ¿De dónde has sacado eso? ¿Por qué piensas así de mí, como si no me conocieras, como si no supieras cómo amo a Bella…?

– Es que… es que ahí adentro… ella y tú… y después ella dijo…

– Jane, que creas eso de mí me molesta profundamente, pero estoy tan sorprendido como tú. Te lo juro… – admitió solemnemente, sujetándola aún por los hombros y mirándola, dándole a entender lo real en sus palabras a su amiga – No he engañado a Bella nunca, con nadie, y no pretendo hacerlo tampoco…

¿Y qué más podía pasar en ese momento, para terminar de armar el cuadro? Pues podría pasar que justo en ese momento, el elevador se abriera y de él saliera el mismísimo Alexander Battenberg, viendo la confusa escena entre su esposa y su amigo, que la sujetaba por los hombros, muy cerca de él, con mucha familiaridad. Supo enseguida que su mujer estaba contraída por algo y durante una fracción de segundos, tuvo instintos asesinos en contra de Edward, pero los desterró enseguida.

- ¿Jane, Edward?

Los aludidos automáticamente miraron hacia desde donde provenía aquella tan familiar voz. Edward se apartó de Jane, dejándola ir hasta su marido, de quien se abrazó fuertemente, correspondida en su abrazo.

Alex besó el tope de su cabeza y la obligó a mirarle, levantando su rostro con delicadeza desde la barbilla.

- ¿Qué sucede? – le susurró, mientras la evaluaba.

- Ha habido todo un lío…

Inconclusa quedó la explicación, cuando los tres afuera oyeron un grito de furia proveniente de la oficina de Edward, en donde habían quedado Kate y su padre. Alexander frunció el ceño, ahora sin entender nada de nada. Caminaron de regreso a la oficina, donde en efecto, vieron a Eleazar increpando a su hija.

- ¡Tú! – increpó Eleazar con el dedo índice hacia Edward, con voz amenazante - ¡Tendrás que hacerte cargo!

- ¿Eleazar, Kate, qué pasa aquí? – preguntó Alex.

- Pasa que el arquitecto Masen, ha dejado embarazada a mi hija…

-¡¿Qué?!

- Papá, te dije que Edward no tiene nada que ver… con esto… - dijo Kate, muy contrariada y avergonzada, ahora ante la presencia de su primo.

- ¡Lo estás encubriendo, eximiéndolo de su responsabilidad, de sus obligaciones contigo…!

-¡Basta! – bramó Edward, harto de la situación esa. Los cuatro pares de ojos giraron hacia él – Es suficiente. Primero, yo nada tengo que ver con Kate fuera de los asuntos laborales, por lo que de ese embarazo yo no soy el responsable. Tengo novia, la amo y por ende no la engañaría – indicó, sin estar obligado a dar explicaciones, pero estaba atragantado y debía hablar y aclarar el asuntito. Luego miró a Eleazar y se dirigió a él – Creo que usted y su hija tienen una charla pendiente, la que rogaría tuviesen en otro lugar. Esta es mi oficina y ahora mismo, tengo asuntos que atender con Jane y Alexander. Así que si me disculpa – dijo, indicándole la puerta con su brazo derecho extendido.

– Haré las pruebas de ADN para corroborar lo que usted dice. Kate es capaz de mentir para encubrirte…

– ¡Papá, por favor, ya basta!

Eleazar miró con rencor y algo de odio a Edward.

– Nos volveremos a ver, arquitecto Masen – dijo, agarrando a su hija del brazo para sacarla de ahí y tener una buena charla con ella. Antes de salir, miró a su sobrino, quien se mantuvo en silencio, tratando de hacer encajar las piezas en su cabeza, y le dijo – Deberías tener cuidado de las personas con las que trabajas, Alexander.

El aludido le sostuvo la mirada reprobatoria a su tío y sin emitir más comentario, dejó que este saliera de allí.

Al fin el matrimonio Battenberg y el arquitecto Masen se quedaron a solas. Edward fue hasta su asiento tras el escritorio y se dejó caer en él, pasando sus manos reiteradas veces por su rostro y su cabello, sintiéndose hastiado de todo eso. Jane y Alex se sentaron en los asientos frente a él.

– ¿Kate está embarazada? – preguntó Alex. Jane lo miró y alzó los hombros.

– Fue lo que dijo.

– ¿Y qué demonios tiene que ver Edward en todo eso? – quiso saber, haciendo que Edward lo mirara y concordara:

– Lo mismo me pregunto yo…

– Edward – dijo ahora Jane – Perdona mi reacción de hace un rato. Es sólo que… tú sabes cómo quiero a Bella, el cariño que te tengo a ti… y cuando los vi y después ella dijo eso…

– Jane, no viste nada malo. Yo la vi rara desde hace día, y hoy sólo le pregunté qué sucedía y ella se acercó a mí y se puso a llorar. Eso, dos minutos antes de que tú entraras – explicó – De cualquier modo, quizás yo hubiese reaccionado igual… no te culpo…

– ¿Me pueden explicar, por amor a Dios, de qué hablan?

– Ya te lo explicaremos – indicó Edward. Sacudió su cabeza tratando de poner en orden su cabeza – Mejor dime cómo te fue en Los Angeles con la compra de la empresa…

– Bueno – dijo, aflojándose la corbata – Tienes frente a ti a uno de los dueños de la malograda empresa de construcción "Art&Design".

– ¡En hora buena, Alex! – le felicitó Edward – Aunque supongo que habrá mucho que hacer ahí. Supongo que podrán sacarla a flote…

– Como que me llamo Alexander Battenberg que lo haré.

– Claro que lo harás – dijo la orgullosa esposa, acercándose a él y estirándose hasta alcanzar la mejilla con sus labios. Alex la miró sonriendo.

– Bueno Edward, tenemos un montón de cosas que hablar, así que levántate de ahí y vámonos por un aperitivo y un buen almuerzo

– Me ganaste con el aperitivo, Alex – reconoció Edward, levantándose junto al matrimonio para salir de allí.

~C&A~

Carlisle pensaba con incredulidad, mientras se rascaba su cabeza ausentemente. Jamás imaginó que entre sus manos tendría las acciones que lo acreditaban como dueño de un porcentaje no menor de la empresa que alguna vez perteneció a Aro Vulturi y su familia.

Simplemente le costaba creerlo.

Sus hijos, Alice y Emmett lo miraban a él a su vez, esperando alguna reacción por su parte. Desde el día anterior, el día de la transacción, que estaba así, como en trance. Tanya y Jasper, quienes también estaban presentes, miraban a sus respectivas parejas buscando respuestas, a lo que ellos simplemente alzando sus hombros.

– ¡Uf! – exclamó el patriarca, por fin, enderezándose en la cabecera de mesa del comedor de la casa de los Cullen, donde se encontraban tomando café, luego de una muda cena.

– ¿Es todo lo que vas a decir, papá? – preguntó Alice – ¿Tenemos que llamar a algún doctor para que te revise?

– ¿Doctor? – preguntó Carlisle confundido.

– ¡Estás como ido, papá!

– Estoy bien, hija… es solo que… bueno, esto pasó tan rápido – intentó explicar, moviendo sus brazos en el aire.

– Mejor que nadie saber que los negocios a veces se dan así. Por otro lado, eres capaz de manejar este… desafío, llamémoslo así.

– Además, cuando se sepa que ahora la empresa está en manos suyas y de Alexander – intervino ahora Jasper – Los proveedores caerán a sus pies. De momento que sepan que el viejo Aro ya no tiene nada que ver con la empresa, esta se levantará sola, ya verá.

– Puede ser, Jasper… pero aun así hay mucho trabajo y hay que tomar un montón de decisiones…

– ¿Fusionará su empresa con esta última? – quiso saber Tanya, después de beber de su café.

– No, para nada. Además, no es sólo mía, Alexander y yo estamos en esto, no puedo tomar decisiones solo…

– Claro, claro… ¿Y se supo algo del viejo Vulturi?

Todos en la mesa miraron de nuevo a Carlisle. De seguro él tenía noticias. Y las tenía.

– Su hermano, Vladimir, habló ayer con nosotros. No pudo detener a su hermano por los malos manejos de la empresa y se veía realmente mal al perder lo que hace un tiempo fue su patrimonio. Pero dice que él es viejo ya y no está para estar pasando esas rabias. Y sobre su hermano… sólo comentó que nada estaba a su favor y que se veía que el proceso judicial en contra de Aro será bastante corto. Quizás en un par de días ya salga la sentencia, en contra de él por cierto.

– En mala hora Vladimir dejó su empresa en manos de su desalmado hermano…

– A Aro lo cegó la codicia – meditó Carlisle – Esa empresa era la pionera en el negocio de la construcción y cayó de un día a otro, como fueron testigos – agregó, observando a Tanya y Jasper, quienes asentían al comentario.

Después de un rato de silencio, Jasper habló:

– ¿Podremos celebrar, supongo?... ¡No lo de Aro, sino lo de la empresa!

– Lo haremos, pero a su tiempo, Jasper. No esta noche.

– Bueno, creo que me voy. Mañana debo estar temprano en mi puesto… no sea que me echen – bromeó, mientras se levantaba.

– ¿Bella se ausentará, no? – le preguntó Jasper a Tanya.

– Tiene cita con su doctor. Se supone serán solo un par de horas…

– Ya veo…

– Bueno, me voy a dejar a Tanya y regreso – dijo Emmett, acompañando a su ahora "pareja", después que ella se despidiera de los presentes.

– ¿Va todo bien con Bella? – quiso saber Emmett, mientras conducía su coche.

– ¿Por qué lo preguntas?

– Por eso de la cita con el médico…

– Cosas de mujeres, Emmett… control de natalidad y otros asuntos…

– Control de natalidad… ¿y cómo llevas tú eso?

– Ni te apures… no te saldré con ninguna novedad – respondió, haciendo sonreír a Emmett.

~C&A~

– ¿Puedo pasar? – preguntó Alexander, después de golpear en la oficina de Kate, a la mañana siguiente de todo ese lío con su padre y el embarazo.

Ella lo miró con pudor y sólo pudo asentir, escondiendo luego su mirada de la de su primo. Las palabras no salían de ella, sentía mucha vergüenza. Él lo percibió suspiro y se acercó hasta su escritorio, en donde cogió una silla para sentarse frente a ella.

– ¿Cómo estás hoy?- preguntó muy suavemente.

– No lo sé… – susurró ella de regreso.

– Pues yo me quedé preocupado por ti – admitió, acomodándose en su silla, cruzando una de sus piernas sobre su rodilla – ¿Qué sucedió, pequeña? ¿Qué es eso de que de la noche a la mañana apareces embarazada?

– Bueno, las cosas sólo pasaron... ya sabes... – respondió tímidamente, jugueteando con sus dedos. Alex suspiró al tiempo que rascaba su frente después de oír esa admisión tan absurda por parte de su prima.

– ¿Puedes por favor ser más explicita y decirme al menos de quien se trata...? – preguntó, forzándose para no sonar rudo, aun con los dedos cepillando en su frente.

– Esto... esto es vergonzoso, Alex... – dice en voz baja. Alexander abrió los ojos como platos y paulatinamente los comenzó a cerrar hasta que quedaron en una línea, mientras se encorvaba hacia adelante, enfrentándola, hablándole entre dientes, con la mandíbula tensa.

– Kate, no estás hablando con un desconocido. Dime que rayos pasó – definitivamente, el hombre estaba molesto, pensó Kate, quien carraspeó, removiéndose en su silla. Fijó su vista en la superficie de su escritorio y habló:

– Bueno...una tarde, después de una habitual pelea con papá, salí a tomar un trago a un bar y me puse a conversar con un artista, un pintor... nos tomamos unos tragos y...

– ¡Joder Kate!... ¿Me estás diciendo que te fuiste a la cama con un desconocido?

La pobre Kate sentía que se encogía en su asiento, frente a la furibunda mirada de su primo. Quizás eso la aturdió y volvió a responder una "barbaridad" – Ni siquiera me detuve a pensarlo... tuvimos sexo, su preservativo se rompió y...

Alex se dejó caer sobre el respaldo de la silla, apretó el puente de su nariz y cerró los ojos con fuerza para evitar sermonear a su primita. Ese relato de los hechos lo esperaba de cualquiera, porque Kate tenía razón, esas cosas son más comunes de lo que uno cree… ¡¿Pero ella, su pulcra primita, siempre tan recatada, midiendo y evaluando cada paso que va a dar para no errar?! "¡Jesucristo!"

– ¿Y me puedes decir que tiene que ver Edward en todo esto?

– Nada... – negó sin mostrar dudas – Sólo que mi padre dio por sentado que era él el padre, pues trabajo con él, siempre hablo de él, de lo buen jefe que es, de lo amable que es conmigo... y... bueno, dio por sentado que él y yo tenemos una relación clandestina o algo así... Ya sabes que él conjetura y saca sus conclusiones, dándolas por ciertas sin pararse a confirmarlas… piensa que Edward es un buen partido...

– ¿Y tú qué piensas? – preguntó con calma.

– Pues... – titubeó un minuto, pensando su respuesta – Pues que es un gran hombre... y que Bella es muy afortunada al saberse amada de esa manera por él... y realmente creo que sería un padre perfecto...

Alex suspiró y lanzó la pregunta: – ¿Desde cuándo estás enamorada de él?

Kate lo miró con sorpresa, sintiendo como su cara se recalentaba. Seguro estaba roja del pudor. ¿Y qué le iba a responder a su primo? Ni modo, como siempre lo hacía cuando hablaba con él, siendo lo más sincera dentro de lo que su pudor le permitía:

– Alex, él ha sido uno de los pocos hombres que se ha acercado a mí por motivación y voluntad propia, más allá de un compromiso laboral y que ha creído en mí, en mis capacidades, que no me ha tenido en menos, que me toma en cuenta... cualquier mujer que se sienta así, se enamoraría de alguien como él...

– Pero él ama a Bella...

– Si piensas que haré algo para separarlos, estas equivocado. No soy así... – respondió, dejando ver un tono de ofensa en su voz.

– Sé que no harías nada de eso... pero me preocupa que sufras... – admitió el ahora más tranquilo Alexander.

– Estoy bien... – concedió ella, sonriéndole, agradecida por la preocupación que ahora y siempre él sentía por ella – Sólo espero que no cambien las cosas entre él y yo después del numerito de ayer…

– Edward quedó preocupado más que nada por la reacción de Eleazar contra ti, que por sus infundadas amenazas contra él.

– Mi papá…– rió sin gracia – Me dijo que soy su vergüenza, que cómo se me ocurría quedar embarazada, soltera y sin novio estable… que por mi culpa, su carrera de político se irá a la mierda por mi culpa – alzó los hombros y continuó – Pero no me sorprende ni me duele... es más, me siento rebeldemente libre... anoche lo mandé al carajo... – dijo eso último con un dejo de orgullo.

– Bien, no es bueno que te felicite por eso, pero... – dijo, sonriéndole de forma cómplice. Alex se puso de pie y se acercó hasta ella para besar su frente antes de irse.

– Estoy para lo que necesites, Kate – dijo, acariciando el cabello negro de su prima, tiernamente. Ella sonrió con genuino agradecimiento.

– Lo sé, y te lo agradezco.

Alexander hizo ademán de caminar hacia la puerta para salir, pero antes que él se fuera, Kate le preguntó:

– Sólo por curiosidad Alex... ¿qué habrías hecho si al conocer a Jane y saber que la amabas, ella hubiese estado con otro?

– Bueno... – dijo, cavilando – Por sobre todo la hubiese respetado. Hubiera averiguado si mis sentimientos eran correspondidos. De ser así, hubiera peleado a muerte por ella, de lo contrario, hubiese dado un paso al costado...

– ¿Aunque te hubieras quedado con el corazón roto? – quiso saber. Alex la miró con la mano sobre el pomo de la puerta.

– Si se supone que la amo como realmente lo hago, me hubiese importado más su felicidad que mi sacrificio...

Kate asintió con la cabeza y le sonrió a Alex, pues es lo que ella había hecho con respecto a sus sentimientos por su colega Edward Masen.

~C&A~

Bella salió de su casa cerca de las diez, conduciendo el coche de su novio, rumbo a la consulta de su ginecólogo, el doctor John. Mensualmente lo visitaba para que suministrara su inyección anticonceptiva. Era tan despistada que no iba a correr riesgos de un embarazo sorpresivo por olvidar tomar su píldora. Así que cortaba por lo sano.

Además, como nunca antes ella había visitado a un ginecólogo, él le propuso hacer una serie de exámenes para checar que todo estuviera en correcto orden. Hoy debía ir por los resultados, que seguro no traerían nada nuevo, pero era obligación de el "Doc", como le decía ella, informarle de esos resultados. Por lo que se fue muy tranquila.

– ¿Señorita Swan? – preguntó la secretaria – Es su turno. El doctor la espera – indicó ella afablemente, a lo que Bella respondió con un Gracias.

Cuando entró en la consulta, el médico la recibió cordialmente, como solía hacerlo.

– Bella, cómo va todo.

– Todo bien, doc – respondió sonriendo y acomodándose en su silla.

– Eso es bueno – dijo él, mientras abría el sobre que contenía los exámenes que él ya había checado antes y que al parecer, no traían tan buenas noticias.

– ¿Y? ¿Qué hay para mí?

– Bien, Bella… – suspiró, mirando los exámenes – Aquí hay algo delicado de lo que tenemos que hablar –dijo, mirándola por sobre sus lentes.

Bella tragó grueso y llevó una mano al guardapelo que colgaba en su pecho, mientras mordía de ida y vuelta su labio inferior.

– Hable, doctor…

– Los exámenes aquí muestras una anomalía…

– ¡¿Me voy a morir?! – preguntó ella abriendo sus ojos con horror.

El médico negó de inmediato – ¡Oh, no, Bella, claro que no?! Pero es delicado…

– ¿Entonces…?

– Bella, tus exámenes presentan una anomalía uterina congénita que es poco frecuente, la verdad – explicó en tono muy profesional, pero no del todo claro aún para Bella, por lo que con mucha cautela y serenidad agregó – Y está anomalía causa infertilidad…

Bella frunció el entrecejo y miró confundida al doctor, como si en verdad la explicación que el ginecólogo le dio, no fuese del todo clara.

– ¿Cómo dice?

– Bella, hay una razón por la que no quedaste embarazada meses atrás y es por esto – el doctor torció su boca antes de agregar – Lo lamento, Bella, pero…

– No podré tener hijos… – susurró ella, cayendo en cuenta lo que su doctor acababa de decirle.

Un frio extraño recorrió su cuerpo, sintiéndose paralizada. Movía sus ojos de un lado a otro, como ubicándose en tiempo y espacio… no entendía lo que le pasaba.

– Bella, debes estar tranquila, pues hay un montón de cosas que

– ¿Me puedo ir, doctor? – preguntó de pronto, como en estado de shock, interrumpiendo las palabras de John. Él la miró desconcertado y se preguntó si debía negarle la salida, no hasta que se recuperara. Pero ni la negación del ginecólogo la retendrían ahí. Tenía ganas de salir corriendo.

Se levantó como en transe nervioso y caminó hasta la puerta con la mirada perdida y sus ojos llenos de lágrimas, mientras el médico se levantaba tras su escritorio, quedando un poco desconcertado por la reacción de su paciente.

Una vez fuera, se metió al coche y dejó caer su cabeza sobre el volante, mientras dejaba fluir el llanto que se agolpó en la consulta médica.

Era una pena rara, un dolor extraño en el pecho. Una tristeza con la que no se vio lidiar nunca antes. Y con la que nunca pensó que lidiaría.

"No habrá hijos para Bella… nunca" pensó, y enseguida dejó que el sollozo fluyera libre.

Dio vueltas en el coche durante un largo rato, pensando y pensando en lo que el médico le dijo, sobre su estado infértil.

No era algo que se esperaba.

La maternidad no era algo que ella se planteó para un corto plazo. Bien, pero la idea de ser mamá está presente quizás intrínsecamente en cada mujer y ahora con Edward, veía un futuro, se proyectaba con él: matrimonio y por ende hijos.

Pero ahora mismo, para ella, ese futuro era tan incierto… o más bien negado, pero para ella. Sólo para ella. Edward no tendría por qué pasar por esa negación de tener una familia propia. Él tenía todo el derecho de ser padre, de procrear… y ella no se lo negaría.

Con un dolor ardiente en el pecho, llegó un par de horas después a su estudio, donde Jake y Tanya trabajan. En el intertanto, rechazó un par de llamadas de Edward. No tenía corazón para hablar con él.

– ¡Ey! – Dijo Tanya, mirándola – Edward me llamó, diciendo que no podía comunicarse contigo…

– Dejé el teléfono en silencio y lo olvidé. Dentro de un rato lo llamo… – susurró ella, no logrando esconder su pesar, pues sus amigos supieron que algo le ocurría.

– ¿Bella, estás bien? – preguntó Jacob, alzando una de sus cejas

– Mmm… sí, Jake.

– ¿Sí? – repicó Tanya, incrédula – Pues no lo parece… tenías cita con tu doctor, ¿te dijo algo, pasa algo malo, Bella? – agregó, tanteando que su cabizbajo estado de ánimo era por algo que había ocurrido allí.

Y sin querer le atinó, pues Bella no pudo más esconder su llanto. Se dejó caer en la primera silla que tuvo cerca, escondiendo su rostro en sus manos. Tanya y Jacob corrieron a ella, elevando el nivel de su preocupación.

– ¡Bella, por Dios, nos estás asustando…! – exclamó Jacob, acariciando su espalda.

– Mírame Bella – pidió Tanya, arrodillaba frente a ella – Dinos Bella, qué va mal…

– ¡Ay, Dios!... no puedo… – hipeaba, con una mano en su pecho y con la otra abanicándose el rostro.

– Jacob, ve por agua… ¡Rápido! – urgió Tanya, a lo que el moreno amigo corrió afuera por el agua. Cuando estuvieron solas, Tanya insistió:

– Bella, dime qué sucede, amiga. Me estás preocupando…

– El doc… el doc me dijo que… el doc me dijo que no podía tener hijos…

– ¡Válgame…! Oh, nena… cuanto lo lamento… – Tanya se acercó para abrazar a Bella y consolarla. No se esperaba eso.

Jacob regresó después de unos minutos con el vaso de agua y se lo dio a Bella. Ella un poco más tranquila lo agradeció.

- ¿Entonces Bella? – insistió Jacob, haciéndose en cuclillas junto a ella. Bella lo miró y parpadeó rápidamente antes de comentárselo

– El doctor me dio una… mala noticia…

– ¡Oh, Dios! ¿Qué te dijo?

– Que no podré ser madre…

Jacob abrió los ojos y tapó su boca con las manos de la sorpresa. Después retomando la compostura, acaricio el cabello de Bella con ternura, infundiéndole apoyo y comprensión. Ella sonrió en agradecimiento por la ternura de su amigo.

– ¿Ya lo sabe Edward?

– ¡No! – negó vehementemente. Tanya y Jacob la miraron sorprendidos – No lo sabe, ni lo sabrá…

– ¡Ay, no Bella… no hagas eso! – protestó Tanya, sabiendo lo que Bella intentaba decir. O lo que pretendía hacer.

– Edward tiene todo el derecho a tener una mujer que pueda darle hijos. No le negaré eso…

– ¿Te estás oyendo, Bella? – preguntó Tanya, comenzando a enfadarse – Bien, entiendo que esta noticia te haya tomado por sorpresa y que es muy reciente, ¿pero reaccionar así? ¿Después de todo lo que han pasado, a la primera dificultad, tú vienes y pretendes encerrarte en tu cascarón?

– No sabes por lo que estoy pasando…

– ¡Has pasado por cosas peores! – exclamó, al filo de sentirse iracunda. Cerró los ojos, suspiró, los abrió y más calmada agregó – Eres una mujer valiente, que le hace frente a las dificultades. Lo sé porque te conozco. Y conozco a Edward…

– Él no se merece esto… – con amargura soltó esas palabras, jugueteando con el pañuelo que tenía en sus manos y su vista plantada en ellos.

– Nadie se lo merece, Bella.

– Tanya, por favor… ¡Acabo de enterarme de esto… estoy confundida… no sé…!

– Piénsalo entonces y no te comportes como mártir de telenovela, que terminará dejando a su amado, sacrificándose y todo ese rollo…

– ¡Esto no es una telenovela, Tanya! – espetó Bella a su amiga.

– No cariño, por lo mismo, debes pensar y sincerarte con él… – concordó Jacob con Tanya, un poco más calmado.

– ¿Después de todo lo que han pasado, Bella, dejarás que esto los separe? – dijo Tanya, seriamente, obligando a su amiga a mirarla – ¿De verdad dejaras que venga otra y te arrebate al hombre que es tuyo? ¿O te vas a convertir a alguna de esas religiones en las que se permite la poligamia, Bella?

La idea de otra mujer junto a Edward, hacía que el estómago de Bella se revolviera. Esa fue en realidad su mayor tristeza cuando lo supo. Quizás sopesar la idea de dejar ir a Edward con otra la hizo desmoronarse tan rápido. Eso y la idea de que quizás nunca sería madre, que nunca vería abultar su barriga, como la de Alice, y ver nacer al hijo de sus entrañas…

"¡No era justo!" protestó. Después de andar tantos años suspirando y enamorada de Edward y después de que la vida, Dios o los ángeles le concedieran el milagro de que él se enamorara de ella, y después soportar la idea de kilómetros de distancia separándolos cruelmente… ¡¿Y ahora esto…?!

Tanya y Jacob observaban en silencio a Bella, aun sentada en la silla frente a ellos, jugueteando y destruyendo el pañuelo de papel que tenía en sus manos.

Tanya, que la conocía mejor, podía incluso oír cómo funcionaban los engranajes de la cabecita de su amiga. Tenía confianza en que tomaría una buena decisión, aunque le costara. Sabía que haría lo correcto, sólo había que darle el espacio necesario. No era menor enterarse de algo como eso. Seguro que a cualquier mujer la deja en shock…

De pronto, Bella se puso de pié y limpió sus ojos con el dorso de su mano, arreglando después su cabello tras sus hombros, irguiéndolos al mismo tiempo.

– ¿Saben qué? – dijo, con mucha firmeza – No me echaré a morir por esto. No soy la única mujer que pasa por algo así, y supongo y quiero creer que hay más opciones para mí, cuando sea el momento de planteármelo concretamente.

– ¿Se lo dirás a Edward entonces? – quiso saber Jacob.

– No

– ¡¿No?! – exclamaron ambos amigos de Bella.

– O sea, no se lo diré por teléfono. No lo preocuparé ahora, antes de tiempo – explicó, se dio tiempo para suspirar y agregó – Cuando viaje para Navidad, hablaré con él. Y bueno, si él decide que no puede con esto, pues…

– Si crees que esa será su respuesta – interrumpió la rubia amiga – Es porque no lo conoces o no tienes noción de lo mucho que ese hombre te ama.

– Sí, tienes razón.

– Bien – dijo Tanya, manteniéndose muy seria frente a su amiga, y no sabiendo por qué, pues tenía ganas de reírse frente a la estoica y segura postura de su amiga.

– Mmm… ¿Almorzamos? – propuso Jacob, mirando alternadamente a las dos mujeres.

– Sí. Necesitamos un contundente almuerzo de comida chatarra, como solíamos hacerlo antes.

– Comida chatarra, sí. La necesito – asintió Bella, relajando ahora su postura.

– Muy bien, damas – dijo Jacob – Movámonos entonces.

– Antes – dijo Tanya – creo que Edward se merece una llamada. Te dije que estaba preocupado porque no le respondía.

– Sí, ahora mismo le llamaré – respondió Bella, apartándose un poco para hablarle a Edward y tranquilizarlo.

– ¿Crees que salga todo bien? – preguntó en tono bajo Jacob a Tanya, mientras Bella hablaba con su novio.

– De seguro será as – aseguró ella – Sólo espero que ella no pierda su determinación y acabe tomando el papel de mártir o algo como eso. De cualquier modo, estaré cerca para evitar que lo haga.

– ¿Y crees que Edward lo tome bien?

– No sé si tomarlo bien sea la expresión adecuada – meditó ella, rascándose la barbilla – Pero seguro estará con ella, de lo contrario tendrá que vérselas con mis tacones incrustados en su culo – amenazó fríamente, oyendo como Jacob tragaba saliva sonoramente, pues sabía que ella era capaz de cumplir su amenaza.


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