Fate Dystopia
Descenso a las tinieblas
–Así no prolongaré tu sufrimiento. ¿Verdad?
Tatsuma observaba con furia lo hecho por los mercenarios. Solo podía enfrentarse a ellos de forma individual y cercana, tenía que medir sus pasos, una bala en la cabeza y todo acabaría ahí con su anticipada e inútil muerte.
Su sigilo era perfecto gracias a la arrogancia de los mercenarios que solo ponían énfasis en sus objetivos, la quema de casas y el saqueo a las pocas cosas de valor que encontraban.
Pero todo cambió después de que derribara a uno de ellos, cuando los demás encontraron al mercenario herido, el nivel de alerta se incrementó.
Tatsuma seguía avanzando, sostuvo el subfusil con fuerza mientras ganaba ventaja acercándose hacia el gran campanario del pueblo, su intención era armar una emboscada, pero necesitaba reducir de alguna forma el número de enemigos a los que atacar.
Se detuvo cerca de una casa, ocupó el costado de la vivienda para observar a los mercenarios que seguían quemando casas a unos diez metros de su posición, algunos reían, incluso no se tomaban en serio el asalto al pueblo ya que no consideraban a los guardias de Tonomachi como una amenaza real, otros, festejaban la hazaña con alcohol mientras el asalto seguía en desarrollo.
"Si ocupas un arma, debes estar dispuesto a disparar, no hay marcha atrás. Tengo que hacerlo, pero debo encontrar otro camino. Maldita sea, no puedo matar, quiero hacerlo, quiero vengarme de esa escoria, pero mi cuerpo no reaccionó cuando tuve la oportunidad. Debí hacerlo. Debí haberlo matado, si se recupera volverá hacer daño, soy un estúpido" pensó Tatsuma, las dudas crecían dentro de él.
Inmerso en sus pensamientos, su mirada se fijó en la casa cercana a su posición. Vio a una mujer de avanzada edad observando el cielo desde su ventana, realizando una acción tan simple y tan irreal ante una situación de emergencia. "Ella es, no puede ser. ¡¿Por qué no ha salido de Tonomachi?!" pensó Tatsuma. Frunció el ceño y apretó su puño, el corazón le comenzó a latir de forma rápida y sus dudas se despejaron para enfocarse en la mujer.
Al ser un pueblo pequeño, conocía casi de casualidad a la anciana, pocas veces entabló una conversación con ella más que nada por su discapacidad. Una mujer adulta de avanzada edad, que se ganaba la vida haciendo figuras de porcelana, vendiéndolas en las fortalezas y en los pueblos cercanos. Su forma de comunicarse era con un lenguaje de señas básico o escribiendo en una pequeña libreta. Había perdido la audición hace mucho tiempo atrás.
La anciana era incapaz de escuchar las campanas de alerta y que, por azares del destino y por el pánico generado en sus vecinos más cercanos, fue olvidada sin que nadie le advirtiera del peligro. Su vida se apagaba lentamente, la mujer agonizaba sin saberlo, sin dolor, de una forma silenciosa.
"Debo hacer algo. La mataran, no tendrán piedad. Debo hacer algo para alejarlos de aquí o tendré que cruzar sin que me vean". Tatsuma apretó los dientes, cada minuto, cada segundo era vital.
Podría cruzar rápidamente usando el hechizo de refuerzo, la otra opción era disparar con el subfusil y llamar la atención, pero ambas opciones conllevaban riesgos. Si cruzaba hacia la otra casa y los soldados lo detectaban, atraería toda la atención hacia ese lugar. Por el contrario, la otra opción era llamar la atención al disparar, pero el grupo armado podría dividirse entre los que tratarían de matarlo y la otra facción que continuaría quemando y saqueando las casas.
No tenía muchas opciones y el tiempo avanzaba sin piedad, respiró profundamente. Recitó el hechizo de reforzamiento, concentró sus pensamientos en reforzar las piernas y luego, recitó el hechizo para acelerar su corazón. "1…2… ¡3!" No miró hacia los costados, solo se lanzó con todo hacia la casa de la anciana, todos sus sentidos estaban enfocados en cruzar la calle. Corrió forzando sus piernas hasta el límite, alcanzando una velocidad inhumana.
Tatsuma logró cruzar la calle. Se acercó hacia la ventana para tratar de decirle a la anciana que se fuera de ahí.
—Algo acaba de pasar por ahí, no lo pude ver bien pero pasó a una gran velocidad —dijo uno de los mercenarios.
—Seguramente fue algún perro, si quieres puedes ir a matarlo —respondió otro de los mercenarios.
—No, era más grande que un animal, pero no estoy seguro. Igual voy a echarle un vistazo.
Tatsuma escuchó algo de la conversación, pero no puso atención al resto, con lo que escuchó le bastó para entender que su intento de cruzar la calle sin que lo detectaran había fallado. Su atención se había enfocado en la casa de la anciana.
Tendría que hacer algo y como último recurso, tendría que usar el subfusil para repeler a los mercenarios. Intentó comunicarse con la anciana pero no lo logró, la anciana le señalaba los labios pero Tatsuma no le entendía, no había nada para escribir y la anciana comenzó a balbucear algo inentendible. Tatsuma le señaló la puerta trasera, con la intención de que lo dejara pasar y la anciana asintió, entró a la casa y se acercó a ella.
—Haba. —dijo la anciana con esfuerzo, mientras se llevaba la mano derecha a la boca, gesticulando.
—¿Haba? —preguntó Tatsuma, sin entenderla del todo.
La anciana llevó su mano hacia los labios de Tatsuma y asintió con la cabeza, gracias a esa acción, logró suponer lo que la señora quería decir, pero necesitaba sacarse la duda de encima.
—¿Me puede entender? —preguntó Tatsuma, habló de manera lenta para que ella le pudiera ver los labios. Empezó a preocuparse después de sentir como forzaban la puerta.
La anciana afirmó, moviendo la cabeza de arriba hacia abajo, dando a entender a Tatsuma que había logrado recibir el mensaje.
—Debemos irnos de aquí, han invadido Tonomachi.
Un error, un grave error. En un momento de gran tensión, a veces, las sutilezas se olvidan y solo queda la interacción directa sin medir edad ni género, Tatsuma solo tuvo una cosa en mente, sacarla pronto de ahí sin pensar en los sentimientos que generaría en ella.
El rostro de la anciana se deformó casi al instante después de leer los labios de Tatsuma. El pánico se apoderó de ella, el enemigo invisible al que tendría que enfrentarse después de que él lo hubiese liberado.
La anciana comenzó a llorar, a gimotear, se negaba a leer los labios de Tatsuma impidiéndole interacción alguna, no podía calmarla, el pánico estaba desatado en ella de tal forma que parecía como si un demonio hubiese aprovechado la oportunidad de poseerla, de quitarle toda su capacidad de razonamiento y valentía.
Todo se alteró aún más, cuando la anciana vio como la puerta retumbaba y Tatsuma pudo escuchar los forcejeos que hacía el soldado para entrar. Agarró los hombros de la anciana y la miró de frente, le dijo casi como un susurro que se calmara, lo repitió una y otra vez.
Le bastó con ver los ojos de la anciana para entender que sin importar lo que le dijera, y aunque la obligara a leer sus labios, aquel demonio no la iba a soltar e impediría que su presa lograra entrar en razón. Los ojos de la anciana no hacían caso de su aviso, estaban fijos en la puerta que estaba siendo pateada salvajemente por el mercenario. No lo pensó dos veces luego de escuchar el crujido de la puerta, agarró a la anciana del brazo y la llevó a la fuerza hacia la sala de estar.
Al entrar por la parte frontal de la casa, se entraba directamente a un pasillo que conectaba a un costado de la habitación de la anciana, más adelante, el pasillo llevaba a la sala de estar de la vivienda. Ocupó la muralla de la sala de estar y que se encontraba en paralelo con la habitación de la anciana usándolo como contención para emboscar al mercenario mientras se inclinaba sosteniendo el subfusil. Echó un vistazo rápido y al instante, la puerta se abrió de golpe. La anciana continuaba gritando, alterada.
—Sé que estás aquí vieja de mierda, escuché tu griterío desde la calle —el mercenario soltó una carcajada, pero su sonrisa se esfumó de inmediato debido a los histéricos gritos de la anciana—. Cállate de una vez, lo haré rápido pero cierra la puta boca ahora.
El soldado de Hiroshi, arrogante y soberbio, caminó de manera lenta por el pasillo. Tatsuma, agazapado frente a la muralla, esperaba que el soldado terminara su recorrido por el pasillo y asomara su cuerpo. Sostenía el subfusil con fuerza y observó el arma con dudas debido a lo letal que resultaría al dispararle. "Si lo uso, lo podré matar, pero si ocupo el hechizo de reforzamiento, el tipo seguirá vivo y seguirá matando gente." un paso, dos pasos, el soldado se acercaba y la madera del piso crujía. "Pero puedo hacerlo, debo ser rápido, mucho más rápido que él." tres pasos, cuatros pasos, cinco pasos, la muerte se aproximaba y Tatsuma no conseguía aclarar sus dudas "Debo hacerlo, he entrenado con Misaki, he entrenado duro, ¡Lo puedo hacer!" seis pasos, siete pasos, ocho pasos. "¡Ahora!" Tatsuma recitó el hechizo en su mente. Pero, la mente es difusa y una persona sin entrenamiento mental, sin tener una gran concentración termina cometiendo errores. Los músculos de la pierna izquierda de Tatsuma sufrieron desgarros, sobre todo en la pantorrilla y la zona posterior del muslo.
Soltó un leve gruñido de dolor, pero el crujir de las tablas del piso y los gritos histéricos de la anciana evitaron las sospechas sobre su presencia. "Ahora no, maldición." Llevó su mano hacia la pantorrilla, el dolor era intenso y el tiempo escaso. Trató de apoyarse con el pie izquierdo, pero el dolor, similar al de miles de agujas pinchándolo una y otra vez lo detuvo, sin su pierna izquierda, no podría luchar. "Tengo que…"
—Veo que te encanta gritar, vieja estúpida. Veamos si puedes seguir gritando con una bala en la cabeza. —El sujeto apuntó hacia la anciana.
No se dio cuenta, fue casi como si su cuerpo hubiera actuado de forma autómata. El sujeto caminó sin percatarse de la presencia de Tatsuma, observó a la anciana mientras le apuntaba con el arma. Como si fuera una reacción instantánea, una rebeldía de su propio cuerpo. Agarró el subfusil y apuntó hacia arriba, jaló el gatillo sin pensarlo y las balas atravesaron el rostro del mercenario. Éste emitió un gruñido, casi como un gemido pero más grave, más fuerte, más doloroso y horrible de oír.
El rostro de Tatsuma fue salpicado con la sangre del mercenario y pudo sentir como el líquido de color rojo oscuro aún estaba tibió. El mercenario cayó al suelo mientras se llevaba las manos a la cara y se revolcaba de un lado hacia otro, gritando cada vez más, como si fuese una solución divina a su dolor.
La anciana siguió sollozando, aterrorizada por lo que estaba viendo. Tatsuma respiraba agitado, la adrenalina se disparó a sus niveles máximos. Se levantó mientras observaba al mercenario y le apuntó en la cabeza con el subfusil.
Tuvo un breve recuerdo de cuando viajó a uno de los pocos bosques que quedaban en región Fuyuki junto a Hayato y el padre de su amigo, era la primera vez que iban de cacería.
Ambos, Hayato y Tatsuma eran niños en ese entonces. Recordó los lazos que la gente fabricaba y colocaba en el bosque para atrapar conejos salvajes, incluso ratas que servían como fuente de alimento. Al llegar al lugar, observaron a un conejo atrapado en uno de esos lazos.
Su primera reacción fue de angustia por el pobre animal, el conejo se retorcía, mientras más luchaba; el lazó más lo apretaba dañándolo cada vez más. El padre de Hayato se acercó al conejo y sin piedad, le quebró el cuello. Tatsuma trató de impedirlo pero no pudo, era un niño y tenía tan solo diez años. El padre de Hayato los miró a ambos.
—Sé que puede parecer cruel, pero es la ley del más fuerte. Este animalito no ha muerto en vano y nos alimentará, gracias a él tendremos algo que comer en este día —dijo el padre de Hayato.
—¡¿Por qué lo mataste?! —gritó Hayato, enfurecido—. ¡Por qué lo mataste de esa forma!
—El animalito estaba sufriendo —respondió el padre de Hayato—, no merecía seguir sufriendo. Parece cruel, pero era lo más humano que podíamos hacer por él, había que matarlo rápidamente y así, no prolongaríamos el sufrimiento del animalito.
"Así no prolongaré tu sufrimiento. ¿Verdad?" pensó Tatsuma, en alusión al mercenario y casi al instante, jaló el gatillo. La bala atravesó el cráneo del sujeto, la sangre saltó manchando a Tatsuma en el rostro y en su vestimenta. El cuerpo del mercenario se estiraba y se contraía, pero de un momento a otro, se detuvo. Observó el charco de sangre que dejó el cadáver, escuchó los gritos de terror impávidos de la anciana y sintió como la sangre del sujeto se iba secando en su rostro.
Ya no había dudas, no existía en él ninguna incertidumbre, se había convertido en un asesino, había dado los primeros pasos para descender hacia las tinieblas. Caminó hacia la anciana, y le extendió una mano para ayudarla a levantarse del suelo. La anciana miró el rostro de Tatsuma, y algo observó en él, chilló de terror y extendió sus manos cerca de su cara en señal de defensa. Tatsuma la obligó a salir de la casa, la obligó a seguir un camino directo hacía el lugar donde aún se podían oír las campanadas de emergencia en Tonomachi.
Se acercó cojeando hacia un árbol, apoyando su espalda en el tronco y sentándose, vigilando a que la anciana siguiera su rumbo y no se desviara. "¿Qué he hecho? ¿En qué me he convertido?" Tragó saliva, respiró hondo tratando de resguardar sus emociones que amenazaban con estallar y proyectarse al exterior. Se agarró la cara con ambas manos y cerró los ojos.
