Capítulo XXI
Con el alma herida
Te he estado mirando desde la distancia
Esa distancia ve a través de tu disfraz
Todo lo que quiero de ti son tus heridas
Quiero curarte
Quiero salvarte de la oscuridad
No estaba demasiado segura de lo que estaba sucediendo. Al ir avanzando por el pasillo de aquel templo comenzó a ahogarse, a sentir como el aire no llegaba a llenar sus pulmones, los ojos le quemaban como si hubiese llorado muchísimo, hasta quedar secos. Sintió los labios agrietados y las muñecas ardiendo por la fricción. El cuerpo le dolía, sentía la piel abrasada en diferentes lugares, como si hubiese recibido un sin fin de golpes. La cabeza le daba vueltas, comenzó a respirar agitada y a arrastrarse a pesar del dolor hasta dentro de aquella habitación que había sido testigo de la muerte de ella. La podía sentir, estaba ahí, y ahora el dolor también llegaba a su alma. Se puso de pie y avanzó hasta el lugar exacto.
Kagome notó como la energía que emanaba de aquella habitación se concentraba en ella, rodeándola como un cerco, percibió el cosquilleo que se fue introduciendo en su piel poco a poco y en su propio espíritu, lentamente. No había violencia en aquella intromisión, había suavidad, delicadeza, humildad, una caricia imperceptible que hacía que ella experimentara todo aquello como una petición silenciosa a su propio espíritu, un alma dolorida y sufriente que solicitaba su ayuda. Y se la concedió.
Dame todos tus problemas
Yo soportaré tu sufrimiento
Colocaré sobre mí tus culpas
Yo beberé tu veneno mortal
Entonces su percepción cambió, supo que no era ella misma, pero que lo seguía siendo, que ahora compartía sus sensaciones y emociones con alguien más, con Kikyo.
Cuando se giro para observar los ojos incrédulos de InuYasha, su interior se estremeció, era consciente, más que del aire que respiraba del amor que sentía por él, era el amor de ella, el amor de Kikyo, pero a la vez tan similar a su propio amor. No pudo evitar que un sollozo se escapara de su garganta, podía experimentar el dolor de los golpes que la mujer que ahora ocupaba su cuerpo había experimentado por días antes de morir. La angustia en su interior al haber enviado a InuYasha lejos de la locura de aquella guerra, tan lejos de ella… y a salvo.
Extendió la mano como una súplica, podía sentir las ataduras de las sogas que ahora invisibles presionaban sus muñecas rasgando la carne, pero aún así, el deseo de Kikyo de llegar hasta él era más fuerte incluso que el padecimiento. Kagome no pudo menos que sobrecogerse ante el sentimiento de aquella mujer que parecía haber esperado siglos para volver a verlo. Avanzó los escasos pasos que la distanciaban de InuYasha que se mantenía inmóvil y sin dejar de mirarla con un gesto confuso entre el terror y sorpresa.
- ¿Kikyo?… - susurro apenas, cuando fue consciente de la aparición de aquella bruja, se sentía confuso. ¿Dónde estaba Kagome? Podía percibir su presencia, sin embargo, estaba seguro que ante él estaba Kikyo. La vio extender su mano con lentitud, odió por tantos siglos aquellas manos que lo habían sellado y traicionado, que le habían brindado caricias dolorosamente dulces y que luego habían desaparecido para sumergirlo en la angustia de ser enterrado vivo, sintiendo el peso de una traición supuesta.
¿por qué debería importarte si te hacen daño?
De alguna manera me importa más
Que si estuvieran hiriéndome a mí misma
Salvarte… salvarte
Yo te salvaré
Los dedos delicados, pálidos y trémulos de ella se acercaron hasta tocarle el rostro en una caricia débil, tímida, casi como si se tratara del roce del viento, estuvo a punto de cerrar los ojos. ¿La amaba aún?. La presión en su pecho se hizo casi insostenible, claro que la amaba, nunca dejaría de hacerlo.
- He rogado tanto… - la voz de Kikyo salió desde los labios de Kagome y esta no podía dejar de llorar ante la sensación de intensa emoción que experimentaba el espíritu que ahora utilizaba su cuerpo. Sentía como la voz se le entrecortaba por el cansancio y la angustia de ella.
La mano de InuYasha se alzo hasta alcanzar la mano de ella. La tomó con determinación primero, sin dejar de mirarla a los ojos castaños enrojecidos por las lágrimas que le rogaban comprensión.
- ¿Por qué?... – fue la pregunta que él dejo escapar como un profundo quejido interno que conservaba desde hacía muchísimo tiempo.
Dame todos tus problemas
Yo soportaré tu sufrimiento
Colocaré sobre mí tus culpas
Yo beberé tu veneno mortal
Kagome fue consciente de cada sentimiento de Kikyo, desde el día en que InuYasha había llegado a su vida como un poderoso demonio a quién ella debía de atender y preparar para cada batalla. El señorío que lo rodeaba y el temor que le inspiraba al principio, la misma presencia implacable que percibía Kagome en él, cuando recién lo conoció. El modo en que su determinación y valentía fueron ganando el respeto de aquella aprendiz de bruja y la forma en que su corazón fue cediendo a un sentimiento más fuerte aún que el deseo ancestral de sobrevivencia.
Pudo vislumbrar en medio de sus recuerdos la decisión de sellarlo para alejarlo de aquellas tierras sumergidas en la masacre. Pudo sentir en carne viva la angustia al ser descubierta, el pesar de saber que no volvería a estar cerca de aquel ser que para todos era un demonio, una fuente de poder de la que podían disponer, pero que para ella era toda su vida.
- Perdóname… - susurro ella entonces
Podía escuchar la voz inmisericorde de su maestro y verdugo, el hombre que había mermado sus fuerzas con la única finalidad de encontrar el arma, como él solía llamar a InuYasha. Entonces Kagome sintió como las piernas se le debilitaban, podía notar el cansancio, el dolor y el agotamiento, como su corazón iba poco a poco ralentizando sus latidos. Los recuerdos del amor que habían llevado a Kikyo a enviar a InuYasha tan lejos, se confundían con el dolor de los azotes que ahora le quemaban en la espalda, con las sogas que ataban y llagaban sin misericordia sus muñecas, la sed que había padecido y el hambre que había roído su estómago y mermado sus fuerzas hasta dejarla agónica.
Entonces lloró, lloró como lo hacía Kikyo ya sin lágrimas en sus últimos momentos y lloró por la fortaleza con que aquella mujer había protegido a InuYasha. ¿Acaso podría ella amarle así?...
Se desplomó, sostenida de la mano de InuYasha, que la contuvo en el aire y la recostó luego en el tatami de aquella habitación. El olor a humedad le llenaba nuevamente los pulmones y le quitaba el poco aire que podía respirar. El corazón le latía cada vez con menos fuerza y no quería cerrar los ojos, por que no quería dejar de mirarlo. Quería partir esta vez con el recuerdo de la belleza de su rostro impoluto, con la caricia de su mano en la propia y expirar con la tranquilidad de saberlo a salvo.
- No quería dejarte… - le dijo con suavidad, intentando utilizar de la mejor manera el escaso aliento de vida que le quedaba.
- Shhh… - le susurró InuYasha acercando la mano que aún sostenía en la suya hasta sus labios y depositando en ella un beso delicado.
Aquel beso se posó con ternura, sin apasionamientos ni excesos. Parecía tan frágil, el cabello oscuro y en antaño brillante como un lago a la luz de la luna llena, ondeando con suavidad, acariciando con su hermosura. Ahora carecía de aquel reflejo que lo hipnotizaba. Podía mimarlo por horas, las mismas que permanecía junto a ella entre una batalla y otra, ocultos en el lecho de una cabaña que solo ellos conocían.
Sentía como la vida se le escapaba y él no podía hacer nada. Notaba como su respiración se hacía más difícil y la frialdad en sus dedos que ya no tenían fuerza. Era consciente de las marcas que la tortura había dejado en su piel y en su rostro, la forma en que sus ojos, que no dejaban de mirarlo, evidenciaban el dolor.
- ¿Quién te hizo esto?...- le preguntó InuYasha, sin poder ocultar la carga de ira que había en su voz. - ¿él?...
Kikyo giró un poco la cabeza, que ahora descansaba en las piernas de InuYasha y dejó escapar un nuevo sollozo. Kagome podía ver el rostro del torturador, sus ojos enrojecidos por la sed de venganza y poder, un deseo que cargaba el aire y del que Kikyo era cada vez más consciente.
"No, no podía decírselo"
No podía dejar en evidencia a InuYasha, no podía entregárselo a un ser tan despreciable, no podía condenar a su amado InuYasha a cargar con la destrucción de tantos y tantos inocentes… ella no podía condenarlo a él a despreciarse a sí mismo por la eternidad.
- Sí…- afirmó ella.
Se sentía tan débil, deseaba transmitirle todas sus inquietudes, que él supiera todo, la razón de sus decisiones. Pero no había más fuerza en ella, esta se había mermado gracias a su determinación de silenciar ante aquel ser malvado un secreto que se llevó hasta la tumba.
- Te amo… - le dijo ella, sintiendo como los parpados le pesaban, no podría mantener los ojos abiertos por mucho más tiempo.
Kagome sintió el latido de su propio corazón retumbar en su pecho cuando Kikyo le había entregado aquellas palabras que conservó por cinco siglos para él. La emoción iba apoderándose de ella y nublando su visión. Los ojos castaños de InuYasha refulgieron en un dorado intenso que Kagome reconoció. Había amor en aquella mirada y ella sabía que ese amor no le pertenecía.
- Yo también te amo… - declaró InuYasha
Y cada palmo de su ser se congeló, no podía sentir celos del destino de aquella mujer que había muerto por el amor de su amado, pero no podía evitar sentir como su propia alma se despedazaba al saber que nunca habría en él tanto amor para ella. Esta vez fue ella, Kagome quien forzó a su cuerpo a alzar su mano y a pesar de lo frió que sentía los dedos acaricio con suavidad los labios de InuYasha que se estremeció levemente ante la caricia.
- Bésame… - le rogó
Y las voces de ambas mujeres repercutieron en su mente como una petición al unísono. Kagome solo cerró los ojos cuando sintió que él se inclinaba sobre la figura de Kikyo. Notó como el corazón de ella, que antes débil y casi sin latido golpeaba su pecho una vez, dos, tres… percibiendo la caricia de los labios tibios de InuYasha. Fue consciente del dolor en los pulmones al cerrarse al aire, de la forma en que su garganta se secó y el corazón se detuvo en un último y fuerte latido que dio paso a un suspiro en el que se le fue la vida. Luego, todo fue silencio.
Un sollozo se escapó de su garganta cuando notó que Kikyo deja de existir, un sollozo que se debía a sí mismo desde hacía mucho tiempo. No podía explicar la tristeza que albergaba su alma, pero saber que ella había dejado de existir y que él no había podido tomar su mano era algo que rasgaba su alma de forma implacable, aunque él deseara ocultar ese sentimiento tras el rencor por el abandono y la traición. Ahora Kagome le había entregado la oportunidad de decirle adiós a su amada.
Abrió los ojos y por un instante siguió viendo el rostro de Kikyo recostada en el tatami. Acarició sus cabellos que comenzaban a irradiar en aquel tono azulado que él recordaba tan bello, su piel marchita, se volvía lozana y suave, sus ojos cerrados, dejaban de tener la huella del padecimiento físico y los labios que acababa de besar, a pesar de su palidez, parecían pétalos aterciopelados.
- Kikyo…- suspiró su nombre con resignación.
Acarició el cabello en la parte alta de la cabeza y su tacto era suave y delicado. Poco a poco fue desapareciendo la figura de Kikyo, dando paso a una piel tan blanca como la de ella un cabello oscuro y más rizado, unas pestañas tupidas y alargadas adornaban ahora los parpados que iban moviéndose lentamente hasta que los ojos de Kagome se abrieron entristecidos y marcados por las lagrimas que comenzaban a caer por ellos.
Ambos se quedaron en silencio. InuYasha no dejaba de mirar a Kagome, no sabía como expresarle lo que había en su alma en este momento. Ella por su parte sabía que después de esto, nada podría volver a ser igual entre ellos, o estaban destinados a unirse o a separarse para siempre.
Kagome se incorporó con suavidad, pero a pesar de ello su estómago no resistió, notó como la bilis iba trepando por su esófago, respiró profundamente por la nariz, deseando ser capaz de contener aquello, luego aspiró una bocanada de aire que la asustó por la fuerza con que llenó sus pulmones, como si estuviera devolviéndole la vida. Notó como InuYasha extendía una mano hasta ella para ayudarla de algún modo, pero Kagome instintivamente rechazó el acercamiento. No se sentí preparada aún. Sin embargo lo miró a los ojos y sin aclaración previa le dijo sin más.
- Sé dónde está la perla…
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Se dirigían ahora hacía el sitio que había mencionado Kagome. Una cabaña en medio de la nada, cerca de un árbol sagrado, el sitio que solo Kikyo y ella conocían. Sus pasos se habían hecho pesados, cada uno de ellos le pesaba más. Llevaban un par de horas caminando sin víveres y sin algo con que cubrirse, pero la determinación de Kagome por hacer aquel trayecto de forma inmediata, a pesar de lo mal que parecía sentirse ella, tenían a InuYasha en alerta. Algo más sabía y no quería compartir con él.
- ¿Hay algo que quieras decirme?... – preguntó él, sin detenerse y con ella a escasos centímetros tras de él.
Kagome recordaba que la parte de su espíritu que era consciente de sí misma cuando Kikyo estaba dentro de ella, se agitaba como una bestia dentro de su cuerpo a medida que las emociones y las razones de Kikyo la atacaban como dagas que se le clavaban en el cuerpo una tras otra sin piedad. Supo que InuYasha había sido convocado por un brujo muy poderoso que intentó convertirlo en un arma para una guerra que se estaba llevando por delante demasiadas almas inocentes. Supo también, que aquel mismo hombre había torturado a Kikyo, su aprendiz, hasta la muerte con tal de conocer el paradero de InuYasha y supo, hasta el punto de quedarse casi sin aliento, que quien poseyera la tablilla del sello y la perla, sería capaz de controlar la voluntad de InuYasha y al demonio que llevaba en su interior.
Todo aquello que ahora sabía era algo que guardaría con ella y que no le mencionaría a InuYasha a no ser que fuese indispensable. Ella intentaría protegerlo, aunque él jamás la amara como había hecho con Kikyo, ella si lo amaría a él, tanto o más. Se mordió el labio antes de responder.
- No…
No le temas a la llama de la vela de mi amor
Déjala ser el sol en tu mundo de oscuridad
Dame todo lo que te asusta, yo tendré tus pesadillas
Si duermes profundamente
Algo en su interior le decía que Kagome no estaba siendo del todo sincera con él, la pequeña y casi imperceptible vacilación en su respuesta. El silencio en el que habían avanzado todo el camino, las evasivas que ella tenía a sus miradas, la forma sutil en que evadía que él la tocara aunque solo fuera para ayudarle a avanzar. Sabía muy bien que ella había sido testigo de todo el amor que él había sentido por Kikyo, pero ¿cómo podía explicarle lo mucho que la amaba a ella ahora mismo?.
Se giró y ella se detuvo de inmediato. Se miraron fijamente, Kagome tragó con dificultad, el corazón le latía con fuerza, sabía que él podía percibirlo, pero a pesar que los separaban escasos centímetro parecía que entre ambos había una sólida e invisible pared que no les permitía tocarse. Quería abrazarlo y consolar el dolor que debía estar sintiendo, pero ¿cómo podría abrazarlo ahora?, el modo en que Kikyo lo había amado era algo que ella no podía igualar… había dado su vida por él…
El respiró profundamente, necesitaba tocarla, decirle lo mucho que significaba para él. Quería agradecerle que le permitiera despedirse de Kikyo, quería confesarle lo mucho que la había amado y ser capaz de expresarle lo mucho que la amaba a ella. Se humedeció los labios y bajó la mirada, luego se giró nuevamente y continuó caminando. Kagome reaccionó y lo siguió.
Se quedó en silencio un momento más, para luego formular una pregunta que le venía inquietando desde que comprendiera el modo tan doloroso en que había muerto Kikyo.
-¿Cómo se llamaba el brujo que le hizo eso a… - Kagome titubeo a la hora de nombrarla y modificó la pregunta - … que te invocó?...
InuYasha se puso tenso, Kagome lo notó por la forma en que su espalda se había extendido, de seguro había tensado incluso la mandíbula, conocía tan bien sus gestos. La voz le sonó oscura, cargada de ira y un matiz de venganza frustrada.
- Naraku.
Continuará…
Uff ff… me costó un poco plasmar todos estos sentimientos. A veces cuando escribo me disperso solo en lo que sienten los personajes y necesito recrear un poco más la situación, aunque a veces simplemente desisto, como siempre digo, yo relato emociones, que le voy a hacer.
Me dio mucha, mucha penita Kikyo… no me gusta ponerla como la mala de la historia, siento que ella solo tuvo mala suerte y no pudo completar su amor por InuYasha, también creo que cuando alguien pasa por tu vida y deja una huella importante, negarla es casi como negarnos a nosotros mismos, las experiencias que vivimos nos crean como seres humanos, tenemos que valorarlo todo, bueno y menos bueno, solo así podemos mirar hacia adelante, de lo contrario es como estar jugando a la escondida.
Bueno, esa es una humilde opinión.
Bien… ahora Kagome sabe cosas que no InuYasha no sabe, sabe que él puede llegar a ser un arma, que quién posea la tablilla y la perla, puede manejar la voluntad de InuYasha y no queremos eso ¿verdad?.... tanto poder y mal empleado, pos mejor que no.
A ver a qué desenlace nos lleva esto. En mi cabecita ya lo tengo, espero que lo aprueben, pero a pesar de lo que pase recuerden que todo es…
Siempre en amor.
Besitos llenitos de cariño y de mis agradecimiento para quienes se toman el tiempo de leer mis historias.
Anyara
P.D.: La canción es "Give unto me" de Evanescence, ojalá puedan escucharla
