La noche anterior, después de unos minutos de meditación para sí mismo, Ryouken cayó rendido también ante el cansancio, quedando profundamente dormido. Esto sus acólitos lo saben porque lo han comprobado ellos mismos. A la mañana siguiente, tanto Souta como Yukiko se despiertan más o menos temprano y prácticamente al mismo tiempo. Cuando se despiertan, esperan que el asesino ciego, con su habitual y cálida frialdad les dé los buenos días, pero eso no sucede así, porque Ryouken sigue profundamente dormido.
Nunca le despertarían, puesto que le tienen mucho respeto y nunca se atreverían a molestarle, pero les sorprende mucho que alguien que siempre ha parecido que ni siquiera dormía ahora esté durmiendo hasta tan tarde. Esto, aunque no quieran admitirlo para no empezar con las malas sensaciones, les preocupa un poco también.
—¿Sigue dormido? Qué raro, nunca le había pasado...—susurra Yukiko, algo agitada.
—Ya, tienes razón. No es propio del señor Houinbou dormir tanto. ¿...Le pasará algo?—se pregunta Souta, sin querer responderse, cubriéndose los oídos.
A media mañana, y con ambos muy preocupado, llega el doctor Kokoro a la celda por su propio pie, sin que nadie le haya llamado. Su maestro continúa sumido en su sueño profundo. Esta vez, incluso Kuro no se separa de su lado, también notando que algo no va como de costumbre, y lo mismo va por Tasuke.
—¿Doctor Kokoro? ¿Qué hace aquí?—inquiere la morena, sorprendida.
—El maestro Houinbou me comentó ayer que quería hablarme de un asunto, y ahora que he hecho un descanso mientras buscaba todo lo que necesito para la operación, he aprovechado para pasarme. ¿Está dormido?—formula, claramente patidifuso.
—Así es, doctor Kokoro. Nos hemos despertado mucho antes que él, y nunca nos había pasado eso. A-a lo mejor es que...—intenta deducir el pelirrojo, angustiado.
—Sigh… Dejémosle descansar. Ayer quedaría agotado de estar tanto tiempo de pie por lo de las pruebas. Será mejor no despertarle.—concluye el médico, colocándose correctamente las gafas, con una expresión apenada.
El ambiente se torna la mar de intranquilo, además del hecho del denso silencio que se forma, una falta de voces que nadie sabe cómo romper sin sentirse irrespetuoso. Un rato más tarde, parece ser que el monje budista al fin despierta. El primero en percatarse es Kuro, que comienza a ladrar, de repente mucho más aliviado.
—Oh, buenos días también a Kuro… Buen chico, Kuro, buen chico...—le saluda, acariciándole la cabeza.
—Señor Houinbou, por fin despierta.—pronuncia Souta, con una sonrisa tan inocente que parece no pertenecerle.
—No suele dormir usted tanto, nos despertamos hace bastante.—corrobora Yukiko, inquisitiva.
—Nos ha preocupado mucho, señor Houinbou. ¿Se encuentra usted bien?—interviene el doctor moreno, alterado.
El asesino ciego termina de incorporarse y tarda un instante para comprender lo que ha pasado.
—Entonces ya están todos despiertos… Servidor se encuentra azorado, no le gusta que le vean tan despeinado por las mañanas.—se ríe, intentando sacar hierro al asunto.
Souta no puede evitar una gran sonrisa a causa de las bromitas de su figura paterna incluso en un momento así. Además, el monje budista lo ha dicho porque ya hace mucho tiempo que es completamente calvo, con humor. El pelirrojo, a pesar de la tensión que ha sentido, solo puede soltar una risilla.
—Dejando las bromas a banda… Servidor se disculpa ante todos. Lo mínimo que quería era preocuparles.
Nadie dice nada. No necesitan que el anciano se disculpe por nada, pero es obvio que ha leído que todos estaban muy preocupados. Se quedan algo cabizbajos al respecto.
—Por favor, servidor no quiere que por su culpa el resto pierda su valioso tiempo, tiempo que nunca recuperará. ¿El doctor Kokoro venía para algo en concreto?
—Oh, cierto. Bueno, ya que estoy aquí, me gustaría deciros que ayer estuve con los preparativos para la operación. Todavía tengo que conseguir un par de cosas, pero creo que tocará operar pronto. Te lo digo, Yukiko, para que estés concienciada y que te prepares para ello, ¿Comprendes?—informa el de los ojos verdes protegidos por lentes.—Será un proceso complicado.
—Ajá, lo tengo presente. El señor Houinbou me estuvo preparando unas sesiones especiales de meditación que me ayudasen a estar zen para la operación. Seguro que me servirá muchísimo.—asiente la morena, animada.
—...Ante esto, servidor se disculpa también. Por su culpa, esa sesión tan útil ha debido retrasarse….—vuelve a disculparse el asesino ciego, con una sincera seriedad.
—¿Qué? Oh, no, yo no quería...—interviene ella, agitando los brazos, apurada.
—Seguro que a Yukiko no le importa, es más, lo ha dicho para darle las gracias, señor Houinbou.—la ayuda el pelirrojo.
—Keh heh heh… En ese caso, sepa que para servidor no es nada.—sonríe el anciano asesino.—Aunque vuelve a disculparse porque ahora, la sesión deberá retrasarse un poco más.
—¿Hum?
—Oh, es cierto. El doctor Kokoro quería tratar con usted sobre un tema. ¿Por casualidad se refiere a eso?—le pregunta Souta.
—Keh heh heh… Precisamente. La inteligencia del acólito continúa tan afilada como de costumbre.
—¿Eh? Oh, no es nada...—asegura, mientras se cubre los ojos y sonríe ante el cumplido de su figura paterna.
—Ahora, si no le molestase acompañarme… Me gustaría comentarle ese asunto en privado. Puedo llevarle a la enfermería un instante para poder hablarle de una cosa….—propone el médico, algo enigmáticamente.
Sin necesidad de más preámbulos, el doctor Kokoro guía su venerable maestro hacia la enfermería, dejando a todos con la pregunta en la boca.
—¿Qué es ese asunto del que querían hablar?—pregunta Souta en voz alta, hablando por todo el mundo.
(...)
En la enfermería, el doctor Kokoro vuelve a desenfundar papeleo y más papeleo por doquier, resultado de todas y cada una de las pruebas que muestran el estado de salud de Yukiko, entre otras cosas similares.
—¿Y bien?
—A día de hoy me sigue sorprendiendo, maestro Houinbou.
—Así pues, ¿La sospecha de servidor no iba por mal camino?
—Por supuesto que no. He hecho una comparación, y hay una coincidencia. No es total, sin embargo, pero hay una coincidencia. Es algo increíble.
—Keh heh heh… Así que servidor tuvo un presentimiento acertado… Las noticias le hacen feliz.
Como de costumbre, las gracias por parte del anciano no faltan, y más en un instante tan importante, donde al parecer el resultado de algo le ha animado mucho de repente.
—Con esto, razón de más para desear que el resultado de esa operación tan complicada sea favorable.
—...Tanto como para Yukiko como para Souta, ¿No es cierto?—completa el doctor, con una sonrisa cómplice.
—Keh heh heh… Exactamente eso… Exactamente.
Secretamente, además de la conversación que acaban de mantener, ambos hombres acuerdan no mencionar nada al respecto a nadie, al menos hasta que la operación haya terminado. Solamente ellos pueden saber a qué se están refiriendo con esa oración.
Durante unos instantes más, el doctor y su maestro comparten sonrisas y ánimos ante esa operación tan peligrosa que cada día está más cerca. Ambos esperan que todo salga bien, y ambos están dispuesto a todo para lograrlo.
(...)—Vamos, Souta, no seas negativo. Seguro que no es nada serio…
—¿Pero quién sabe, Yukiko? Igual ha ido a preguntarle por alguna molestia de la que no éramos conscientes y no nos ha dicho nada para no preocuparnos...—plantea el pelirrojo, preocupado.
—Ahora no es cuestión de ponerse en la peor situación, Souta…—trata de tranquilizar la morena, a él y a ella misma.
—Ya hemos llegado, chicos.—saluda el doctor Kokoro, accediendo a la celda especial.
—Se disculpan por la espera.—asegura Ryouken, con tranquilidad.
El doctor ayuda a Ryouken a tomar asiento para que no se canse y acto seguido, evitando dar cualquier tipo de explicación, abandona el lugar diciendo que debe ir a buscar cosas necesarias para la operación, ya que se quedó a medias ayer.
—Ahora, y después de tanta demora ya por hoy, estaría bien que empezaran las sesiones especiales de la meditación.
Finalmente, ambos acólitos han desistido de hacer preguntas para las que no encontrarán respuesta. Esta vez sin interrupciones, Ryouken guía dichas sesiones, enseñándole a su acólita como respirar y cómo relajar los músculos de la cara para evitar sentir angustia, entre otras cosas parecidas, como procurar dejar la mente en blanco en una situación de estrés. Souta observa desde la distancia, como de costumbre, al lado de Tasuke y de Kuro, con quienes se distrae hasta que llega la hora de la comida, momento adecuado para hacer una pausa.
Ya por la tarde, después de la comida, la tranquilidad parece reinar en la celda, a pesar de que ya hace un tiempo que cuesta que pase eso. Al cabo de un rato, una visita les hace salir de la tranquilidad en la que la celda especial se había sumido unos instantes atrás.
No se trata de nada especialmente alarmante, solamente un guardia viene a informar que hoy es el día en el que se llevan a los animales por una tarde para comprobar que se encuentran bien de salud así como de que su cuidado es bueno. Por lo tanto, Kuro y Tasuke se despiden de sus dueños con sus gritos animales y se marchan a dicha revisión, para volver por la noche. —¡Ahí va! Corre, Yukiko, que se han olvidado de ti.—la pica Souta, riéndose exageradamente,
—Qué gracioso… Tranquilo, llego a tiempo. ¿Me acompañas y ya de paso te quedas, chato?—contraataca la morena.
—Haya paz entre los acólitos.—pide Ryouken, sereno como habitualmente.
Al cabo de poco de irse las dos mascotas, un guardia distinto se presenta en la celda especial.
—Te dije que te habían olvidado, ahora vienen a por ti.—insiste el pelirrojo con una sonora risa.
—¡Yo no soy tu mascota, capullo!—se pica la morena.
—Nah, por supuesto, qué tontería.—Souta empieza a rascarle una oreja.—Buena chica, buena chica. No gruñas al guardia. ¡Sit, Yukiko, sit!—continúa, riéndose sin parar.
—¿Ah, sí? ¡Pues me chivo! ¡Señor Houinbou!
—¡N-no! ¡E-eso no…!—se asusta Souta.
—¡Souta no me deja en paz! ¿Puedo darle una colleja, como las que le da usted?
—Keh heh heh… Está bien. Pero solo una.—ríe Ryouken, con una sonrisa fría.
El pelirrojo protesta mientras Yukiko, tan precisamente como puede, le arrea un capón. Se acaba de quedar con él.
—Tú sabes que puedo darte collejas o hacer bromas, pero siempre con el debido amor y respeto.—asegura, riendo.
—Keh heh heh… Bueno, tranquilidad para ambos. Hay una visita, y no se deben mostrar irrespetuosos.
—Es verdad… Me había olvidado por completo.—admite el pelirrojo, con cara de circunstancias.
Dejando las bromas aparte, el nuevo guardia les informa de algo muy extraño. Al parecer, haciendo guardia, como es lógico en un guardia, ha encontrado una pequeña campanita entre las malas hierbas del patio, incluso con las iniciales R. H. grabadas. Y evidentemente, un objeto así solo puede recordar a cierto asesino ciego.
—Venga ya, seguro que ha sido una broma pesada de alguien.—manifiesta el pelirrojo, claramente dudando seriamente.
—El acólito está en lo cierto… Pero de todas formas, nada se pierde por ir a comprobarlo. Servidor está completamente seguro de que sus dos campanitas genuinas siguen en su cincel y en Kuro, aunque encontrar un objeto así… No se encuentra todos los días.
—Pues nada, vayamos a comprobarlo. Hay mucho gracioso por aquí…
—Je, sin duda, tengo a uno de ellos delante de mis narices.—ironiza Yukiko, refiriéndose a su compañero domador.
—Que sí, que sí, lo que tú digas. Vamos, señor Houinbou, ahora que Kuro no está aquí, yo le ayudo. Además, tendré que ir a ver yo mismo. Se disponen a salir de la celda, cosa que a Souta le trae recuerdos de cuando hace poco abandonó también la celda junto a su figura paterna. Es entonces cuando recuerda que Yukiko también se quedó sola, y pasó lo que pasó. Precisamente por eso, no puede evitar una advertencia.
—Escucha, Yukiko. Tú sobre todo, quédate quietecita, no te muevas para nada. Y aunque traigan la merienda, que ya mismo toca, tú no toques nada si no estoy yo, ¿Entendido?
—Sí, lo entiendo… Tranquilo, Souta, no pienso moverme de aquí hasta que no vuelvas. Total, ¿A dónde voy a ir? Como mucho al hospital de todos los porrazos que me metería andando a ciegas…
—Que sí, pero te lo digo por si acaso. De todas formas, ya me has oído.
—Síiii, tranquilo, Souta, ¿Qué me va a pasar?
No sabe de dónde, pero a Souta le vienen un montón de pensamientos negativos que podrían responder a esa pregunta retórica. De todas maneras, intenta calmarse a sí mismo pensando que nadie podría hacerle nada, ya que por mucho dulce que traigan, ahora Yukiko no lo probaría estando sola, y nadie puede ir solo sin que el brazalete lo delate, así como nadie es tan ingenuo como para atacar a nadie delante de un guardia.
Así pues, el pelirrojo toma del brazo con suavidad a su anciana figura paterna y abandona la celda especial, camino del patio y de esa campanita tan extraña. Yukiko se despide de ambos con tranquilidad, sentándose tranquila sin intención de mover un músculo.
Souta avanza por los pasillos, y pronto llega a su destino. Únicamente tiene detrás la celda y una sombra. Pero no la suya propia. Una que avanza sigilosamente hasta dicha celda, pasando desapercibida ante cualquier tipo de seguridad….
(...)
Al llegar al patio, el guardia que les ha contado lo sucedido les acompaña hasta donde se encuentra dicha campanita. Nada más observarla con más detenimiento, Souta no sabe muy bien qué pensar.
—Felicito a nuestro querido orfebre de campanitas por elegir la madera para construirla, un material que propaga muy muy bien el sonido. ¡Pero si ni siquiera suena, qué maravilla!—farfulla Souta, con evidente sarcasmo.—No sé quién ha sido, pero vaya genio, macho.
—Como ambos sospechaban. Solamente es una burda imitación, o ni siquiera eso. Pero servidor se pregunta quién la tiraría…—plantea el asesino ciego, pensativo.
—Eh, ¿Y esta puerta de aquí? No sé a dónde lleva, pero quizás vino de dentro.
—Es poco probable, ya que esa sala es solo de acceso restringido, pero podemos comprobarlo por si las moscas. Un momento, voy a abrir...—informa el guardia, abriendo la sencilla puerta metálica.
Souta echa un vistazo fugaz al interior de la modesta salita. No hay nada que dé indicios de que alguien haya pisado por allí recientemente, solamente hay algunos voluminosos paneles con toda suerte de interruptores y luces, dando la impresión de que es una especie de cuarto de mantenimiento.
—Sinceramente, no tiene pinta de haber caído de aquí, pero qué más da. Oiga, señor guardia, ¿Sería mucho preguntar que me contase para qué sirven todos estos trastos?
—Si quiere saberlo, se lo contaré. En esta sala, se lleva el control de los brazaletes que llevan todos los presos, como el que usted mismo lleva. Bueno, pues desde aquí se pueden desactivar temporalmente cuando un guardia da autorización a un preso para ir a algún lugar. Cada una de estas pequeñas luces led está conectada a un brazalete. Las que están encendidas indican un brazalete activado, mientras que las apagadas indican un brazalete fuera de funcionamiento. Cuando un guardia desactiva un brazalete para que el preso vaya a algún lugar bajo su supervisión, se apaga la luz unos segundos, y luego vuelve.
Teniendo en cuenta la explicación del policía, el pelirrojo comprueba el enorme panel de luces led de los brazaletes. Absolutamente todas están encendidas. Todas, excepto una. Una de las luces está apagada.
—Hey, esa está apagada. ¿Se habrá fundido la bombilla?
—No, eso es imposible. La revisión de las bombillas fue hace poco, y ninguna estaba en mal estado, además de que este modelo es especialmente resistente. Quizás sea de un guardia que la ha apagado para conducir a algún preso a algún sitio. En unos segundos volverá a activarse de nuevo.
Pasan más de tres minutos, y la luz sigue sin volver.
—Que no, que no, que esta luz o está fundida o algo. No se enciende, y ya hace un buen rato desde que la vi apagada.
—¿Cómo? Pero eso no puede ser. Eso querría decir… ¡Que hay un preso cuyo brazalete no funciona!
Ante esta afirmación, a Souta un escalofrío le recorre todo el cuerpo. Miles de malas sensaciones empiezan a abordarle de nuevo.
—¿E-eso quiere decir que…? ¿Que hay un preso que puede ir a donde le plazca sin vigilancia?—tartamudea, ojiplático y bastante preocupado.
—Si no hay ninguna otra explicación a la luz apagada, sí. ¡Dios, esto es terrible! Las luces no indican a qué brazalete específico pertenecen, y un preso libre nunca se delataría para privarse de ese gozo. "Calma, Souta, calma.", se repite a sí mismo, con un mal presentimiento impresionante. "No sabes a quién pertenece el brazalete estropeado, podría ser cualquiera." Sería demasiada coincidencia…
"¿Acaso el acólito cree en las coincidencias?", recuerda el pelirrojo, de repente. Ryouken se lo dijo el mismo día que Yukiko llegó a la celda. Cada vez que piensa que algo puede ser una coincidencia, esa frase se le viene a la cabeza, desconcertándolo por completo.
—Señor Houinbou… Volvamos a la celda.—indica el pelirrojo, un poco nervioso.
—Ajá, ya no hay nada más para ellos que comprobar. No hay razón para quedarse aquí.
—Totalmente de acuerdo. Así que, ¿A qué esperamos? Andando.—se apresuta el pelirrojo, notándosele un poco que se ha quedado agitado.
Acólito y figura paterna caminan de vuelta por los pasillos camino de la celda especial. Ryouken, que irónicamente de tonto no tiene un pelo, nota perfectamente que hay algo diferente en su acólito desde que salió de ese cuartito de mantenimiento.
—¿Hay algo que apesadumbre al acólito, por un casual?—le pregunta el anciano, interesado.
—Nada… Espero. Es que me ha dado algo mala espina, sabe. Y no quiero llevar la razón esta vez, créame.
El domador nunca ha sido alguien con demasiada suerte en la vida. Así que para una vez que no quiera tener razón, le fastidiará llevarla.
