Al gorrioncillo.
Gundam Wing
Atrapados
Capítulo XXI. En una isla perdida.
Sentía muchísimo calor, así como en aquella ocasión cuando se quedaron dormidos en el patio después de que Dorothy los narcotizara con sus medicamentos, aunque no sentía literal el sol quemarle la espalda, sino como una especie de baño sauna con olor a sal y a humedad... Heero movió un poco la cabeza, sintiéndose empapado, notando que aun estaba atado al cinturón del helicóptero, completamente ladeado hacia su izquierda, quedando en la parte más alta a unos dos metros del suelo.
-Au. –Musitó, sintiéndose pegajoso, recordando súbitamente que Quatre los había vomitado antes de perder el conocimiento. –Qué asco, esta vez te has pasado.
Se soltó de los cinturones con curiosa habilidad y poco razonamiento, pues por dicha acción cayó pesadamente de dos metros sobre la húmeda arena que salía de la entrada izquierda del helicóptero, al estar éste ladeado. Tardó unos cuantos minutos en recuperar el aliento y soltar algunas agudas maldiciones a la autora. Se incorporó lentamente, sacudiéndose con esa curiosa dignidad nacida tras hacer algo humillante, haciendo como que no pasó nada, para comenzar a desabrochar sin el más mínimo cuidado a sus compañeros al cortar sus cinturones sin miramientos, despertándolos con el certero golpe contra la arena.
-Uf. –Musitó Wufei, el último en caer, al sentir las espaldas duras de sus compañeros en la boca del estómago.
-¡Quítense de encima! –Exclamó el ahogado Quatre, reptando por la arena, al haber sido el primero en caer.
-Qué tierno eres Heero. –Duo se levantó, sacudiéndose la arena, adolorido. –Era más fácil sacudirnos.
-Iban a caer de igual forma, solo ahorré tiempo. –Exclamó el insensible pedazo de humano denominado Heero, mientras desabrochaba a Relena con sumo cuidado como si de una pieza de porcelana se tratara.
Quatre y Trowa se incorporaron, escupiendo arena y caracolas; Wufei bajó a la mareada Hilde al desabrochar su cinturón, y, sintiéndose muy hombre, desabrochó a Sam de igual forma, pero no pudo atraparla (o no quiso más bien) y la rubia cayó a la arena desde dos metros como un costal de papas.
-Ups. –Musitó, al ver a la chica boca abajo en la arena, reptando como Quatre hacía un momento.
-¿Están todos bien? –Cuestionó el 01.
-Exceptuando a la loba, que aun se retuerce en la arena, y el hecho de que nos soltaste sin darnos oportunidad siquiera de hacernos a la idea de que caeríamos tan dolorosamente, si. –Musitó Quatre, frotándose el costado izquierdo.
-Wufei, quita tus ponzoñas de Hilde. –Musitó el 02.
-Tú pierdes. –Contestó el 05, con Hilde mirando a todos lados como perdida entre sus brazos.
-¿Qué es lo que ha pasado? –Relena, mareada, se apegó instintivamente a Heero. -¿Dónde está Peygan?
-Evidentemente hemos caído. –Exclamó el 01. –Y, ahora que lo dices, no lo he visto.
Todos miraron estúpidamente a los lados, cubiertos de sustancia viscosa que pasaba por una mezcla rosada, verdosa y blanquecina tapizada de arena morena, vomito de Relena y Quatre juntos. Estaban rodeados con lo que anteriormente era la pared y el suelo del aparato, sin mayor visibilidad que el cielo azulado a tres metros de altura y la arena morena. Sam se incorporó, ya recuperada del golpe, mirando a los muchachos.
-Oigan, ¿no sería más fácil si subimos? –Dijo la rubia, tapizada de arena, con ese escaso sentido común que acompaña este fic.
-Claro, y la escoges a ella. –Mustió Quatre, mirando al cielo.
Escojo a quien me pega en gana... ¿cuánto apuestan a que habían olvidado que Sam Jones era una preventiva?
-Bueno, sí. –Admitió.
-Vamos arriba entonces. –Dijo el 03, asqueado por el olor sofocante a vomito y gente sucia.
La primera en salir fue Sam, con una habilidad adquirida en los gimnasios de los preventivos, seguida por Hilde, lamentándose estar un poco pasada de peso desde que dejó la milicia, golpeándose la rodilla con el filo de la puerta corrediza del helicóptero; Relena fue ayudada por las otras dos, saliendo, a pesar de la arena y el vómito, como un auténtico miembro de la realeza de Sank. Los chicos salieron poco después, con el ego a todo lo que daba, sin dificultad alguna a pesar de que no hacían nada de ejercicio... ¡claro que no! Cayeron a la arena caliente como pesadas bolsas de grasa y huesos, sin aire, y se quedaron ahí asoleándose como cachoras (1) durante algunos minutos.
-Te aborresco. –Musitó el 04.
Es mutuo.
-Vaya... qué bonito lugar. –Murmuró Relena, asombrada.
Frente a los muchachos estaba el panorama de una hermosa playa paradisiaca, de aguas cristalinas y limpias, piedras blancas, palmeras altas, cielo de un intenso azul levemente pincelado con esponjosas nubes blancas... y rodeados de un denso silencio, interrumpido solamente por el oleaje.
-Pensé que los lugares así ya no existían. –Hilde exclamó, caminando hacia el mar, para tocar el agua con los dedos, fascinada con el paisaje frente a ella.
-No hay ruido, no hay nada de gente alrededor. –Dedujo Sam, mirando a los lados. -¿Estaremos en alguna isla desierta?
-No lo creo. La mayor parte de las islas están habitadas por magnates o algo parecido. –Dijo la viceministro diplomáticamente.
-Oigan, ¿pretenden quedarse allí tirados, asoleándose como lagartijas? –Gritó la rubia preventiva.
Los muchachos finalmente se levantaron de la arena caliente, sacudiéndose un poco (ya que parecían brochetas humanas listas para freirse), uniéndose a las chicas justo en frente del colorido helicóptero para contemplar la tranquila playa, como si no estuviesen varados.
-¿Y ahora qué? –Cuestionó Wufei, tras unos minutos de estar observando en silencio.
-¡Oigan! –Hilde les gritó, a unos metros de ellos, parada en el agua. -¡Encontre al mayordomo!
Caminaron en grupo en dirección a la chica, rodeando el rosado apache, notando que por el lado izquierdo del aparato estaba Peygan, bajo una enorme palapa pegada al helicóptero por el lado contrario por el que bajaron, en donde el mayordomo había acomodado hojas de palmera para formar una gran sombra. Inmediatamente los muchachos se acercaron a ayudarlo, heridos en su orgullo de hombres y de ex pilotos al no haber razonado la idea de darle la vuelta al aparato, mientras las chicas se miraban entre ellas.
-Habrá que buscar alimentos. –Sam exclamó.
Ambas asintieron, recordando que era una preventiva y sabría algo.
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Estaba atardeciendo.
-Al final no sabemos dónde estamos. –Murmuró Relena.
Todos se encontraban sentados bajo la improvisada pero bien hecha palapa, con una fogata al frente (por fuera, claro está), y cocos en las manos; habían aguantado seis horas tomando agua de coco hasta que encontraron por casualidad un río de agua dulce a unos metros de ellos que desembocaba en el mar, donde finalmente se quitaron lo pegajoso aunque debieron aguantar con la ropa húmeda puesta a falta de maletas. Tuvieron que aprender a pescar (cosa que no funcionó), y las chicas recolectaron frutas para comer (unas bayas le hicieron daño a Wufei y ahora yacía inconsciente tirado a un lado); en ese momento se encontraban comiendo trocitos de poco pescado que consiguieron, tratando de no atragantarse con las espinas y el insípido pero necesario sabor.
-Peygan, ¿diste vuelta por toda la isla? –Cuestionó Heero.
-Hasta donde pude llegar, si. –Contestó, solo bebiendo agua de coco. –Está totalmente desierta.
-¿Pintaremos un SOS gigante o algo así? –Cuestionó Duo.
Hilde picaba trocitos de coco con un trozo de madera afilada que había hecho con una roca, comiéndolos poco después; Sam intentaba abrir un coco sin mucho éxito con un instrumento parecido, terminando solo con golpes en los dedos y algunas cortaduras en las manos.
-Con el vistoso color del helicóptero no ocupamos. –Murmuró Trowa, apegado a él.
-Oigan, ¿ya revisaron la parte trasera del helicóptero? –Hilde compartió el coco en trocitos con la rubia preventiva al ver que se había incapacitado sola y lloriqueaba de dolor.
-¿La parte de atrás? –Cuestionaron los cuatro pilotos conscientes.
Peygan se había subido al techo de la palapa, como una especie de centinela.
-Claro… bueno, el diseño de ese helicóptero me recuerda a los trasbordadores de carga de la colonia. En la parte de atrás se guardan cosas, depende del uso que se les esté… ¿chicos?
Los pilotos, sin decir agua va, corrieron inmediatamente a la parte trasera del vistoso helicóptero; con gran esfuerzo (al estar volteado el aparato) abrieron las puertas traseras corredizas, y se lanzaron dentro con un interesante clavado.
-Ahora que lo pienso. –Relena miró a las chicas, haciendo caso omiso del intento de saqueo de los ex pilotos, tomando un trocito de coco que Hilde les ofrecía. –Ese helicóptero pertenecía a Dorothy, y no puedo siquiera imaginarme qué clase de cosas puede haber en ese aparato.
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-¡Ábranlas! –Había ordenado el 01, antes de lanzarse en un clavado dentro del aparato.
Dentro de la parte de carga había bastantes bolsos negros con cierre, al parecer tupidos de cosas; todos cayeron encima de los bolsos, abriéndolos como unos locos hambrientos, comenzando a sacar el más diverso contenido jamás imaginado: ropa, cosméticos, accesorios…
-Este bolso está lleno de labiales. –Dijo Trowa, escarbando entre ellos.
-Esta tiene… ropa interior. –Duo sacó una micro tanga color roja, que sería incapaz de cubrir algo, y la arrojó lejos. –Nada comestible.
-¿Qué es esto? –Quatre sacó un consolador ENORME, color negro, con varios botoncitos. Picó uno de estos, y la cosa comenzó a retorcerse violentamente como un gusano, por lo que lo soltó. -¡Wah! ¡Qué horror!
-Depende de donde lo uses…
-¡Duo! –Exclamaron Trowa y Heero con fuerza.
-Ya pues…
-Encontré… otro consolador. –Trowa sacó un aparato parecido a una máquina de rasurar. –Que funciona con energía solar.
-Heero, ¿qué es eso? –Cuestionó Quatre.
-No lo sé, pero sabe bien. –Heero contestó, con una especie de oblea gelatinosa de color verde sobresaliéndole de la boca. –Sabe a manzana.
-Es ropa interior comestible. –Dijo Duo, el que todo lo sabe, sacando un enorme sostén rojo de una bolsa.
Hubo silencio expectante, pero Heero siguió comiéndolo, importándole poco si había sido usado anteriormente.
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Wufei tuvo un ataque de risa.
-No lo entiendo. –Susurró Sam.
Frente a ellos tenían varias cosas que habían sacado del helicóptero: ropa interior comestible, labiales, ropa de mujer, sandalias, latas de salchichas extra grandes (¿?), chocolates exóticos, frutas extrañas en proceso de descongelación, y algo que parecía un perro hecho de gomita, de medio metro de grande, color rojo pasión.
-Se parece a Poochi (2). –Murmuró Hilde, tomando un cubito de fruta, algo que parecía un trozo de manzana color azul rey.
-Quizá planeaba colocarlo también en la fiesta. –Contestó Duo, mascando un cubito de uva rosada.
Heero seguía comiendo ropa interior de manzana, fresa y naranja, ante la indignada mirada de Relena; Quatre y Trowa combatían mentalmente por llamar la atención de su amado Duo, ofreciéndole frutas congeladas, salchichas hervidas y ropa interior comestible, mientras Sam, abandonada con Hilde por su novio, se preguntaba que era todo ese show.
-Oigan, creo que podemos construir algún trasmisor con estas cosas, ¿no creen? –Wufei miraba los consoladores y rasuradoras que sobresalían de uno de los bolsos, ya recuperado del ataque de risa.- Hay uno que funciona con energía solar, así que no nos preocuparemos por baterías o algo así.
-Dorothy al menos es ecológica. –Exclamó Duo.
-¿Puedo morder la gomita? –Cuestionó Sam.
-Ciertamente da ansiedad de morderla. –Concordó Hilde.
-Pues, alcanza para todos. –Asintió Heero, cansado de roer ropa interior.
Comenzaron a morder la gomita gigante sin inhibición.
-Oigan, esto es de Dorothy, ¿no? –Dijo Trowa, con un trozo de gomita en la mano.
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40 minutos después.
Heero, Duo, Trowa y Wufei daban vueltas alrededor de la fogata, totalmente desnudos, como si fueran indios apaches, gritando incoherencias e intentando atrapar peces en el agua oscura del mar, obviamente sin tener éxito alguno; las féminas, es decir Relena, Samantha, Hilde y Quatre (mandó al carajo su hombría), tenían encima vestidos floreados que solían pertenecer a Dorothy, así como florecillas silvestres sobre sus cabellos como si fuesen ninfas del bosque, sentadas en la arena y cantando canciones pop románticas.
-Algo darán por esto. –Exclamó el buen Peygan, tomando fotos con una cámara digital solar que había encontrado en uno de los bolsos.
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Amaneció.
El gentil sol les dio de lleno en la cara, despertándolos de su sueño narcotizado provocado por la gomita gigante en forma de perro, en donde se escondían 10kg de cocaína de la más alta calidad.
-¡Nos quieres hacer adictos! –Gritó Duo al cielo, con un severo dolor de cabeza.
Esa es decisión de cada uno.
-Quiero irme a un lugar civilizado. –Gimió la dolida Hilde.
Tardaron todo el día en despabilarse.
Volvió a hacerse de noche, y todos sobrevivieron comiendo dátiles, frutas raras, cocos y agua de río; los muchachos descubrieron que, por algún estúpido motivo (no me miren así, quinteto), habían lanzado sus ropas al mar, a excepción de sus pantaletas/bóxers/trusas/tangas, por lo que después de incesantes gritos femeninos tuvieron que ponerse encima vestidos y blusones que encontraron en los famosos bolsos.
-Quatre. –Suspiró Hilde, con una nostalgia fingida. –Tienes cuerpo de chica, que envidia me da tu cintura.
Quatre solo miraba el cielo de forma asesina, con todo su odio acumulado encima, aunque no causaba mucho efecto debido al vestido floreado y rosado que llevaba encima.
-Tenemos que hacer algo. –Dijo Trowa, el del blusón color verde con un oso gigante color blanco en la falda, que le llegaba hasta las rodillas. –Podemos hacer el trasmisor que dijo Wufei con los aparatos que encontramos, antes de que la autora se ponga más loca de lo que ya está.
-No creo que vaya a tener mucho alcance. –Notó Wufei, el del vestido negro corto y ajustado, de tirantes, que apenas le llegaba a medio muslo. –Pero algún avión lo notaría si pasara por encima de nosotros.
-¿Nos sirve de algo un avión? –Cuestionó Duo, el del vestido color azul rey, sin mangas y cuello de tortuga, con falda enorme de tul blanco abierta por la parte del frente desde sus muslos y que caía por detrás hasta sus talones en forma de v.
-Puede enviar una señal para que nos manden ayuda.
-Manos a la obra. –Sentenció Heero, el del vestido rojo sangre, escotado hasta debajo de su pecho en cuello v, sin espalda, largo hasta sus pantorrillas. -¡Quatre! Deja en paz a la narradora, te ocupamos para esto…
-¿Seremos capaces de terminarlo en poco tiempo? –Cuestionó el 03.
-¡Claro! Cinco cabezas piensan mejor que una. –Sonrió Duo.
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-Señorita Relena. –Le llamó el buen Peygan, con su bigote tan largo que casi le llegaba al pecho. –He encontrado algo que tal vez podría interesarle.
La poderosa Relena, de tonificado cuerpo dorado por el sol, miró a su mayordomo de reojo; bajó la pila de troncos y hojas que llevaba cargando en el hombro derecho, dejándose ver los restos de vestido floreado cortado solo para cubrir su pecho firme, y sus caderas hasta la mitad de sus muslos duros y finamente marcados. Se limpió el sudor de su frente con el dorso de la mano derecha, y sonrió dulcemente.
-¿Qué es, Peygan?
-He encontrado algo que parece ser un crucero con turistas acercándose a la isla.
Relena se estremeció. Tras ella, una hermosa y fornida Sam, que anudaba dos troncos gruesos con una liana amarilla, levantó la azulada mirada al escuchar, al igual que la ágil Hilde, que ataba trozos de palma a una de las cuatro casitas que habían armado con madera y palma en el transcurso de una semana… aunque Hilde aun continuaba pasada de peso.
La chica levantó el dedo medio al cielo, en la señal más antigua del mundo.
-¡Hay que ir a investigar! –Se animó Relena. –Quizá podamos llamar su atención para que paren por nosotros.
-¡Hagamos una fogata! –Exclamó Sam.
-¡Lo veo! –Gritó Hilde desde arriba de una casita. -¡Hay que ir al otro lado de la isla para que nos miren! ¡Vamos!
-Peygan, por favor avisa a los muchachos que nos alcancen. –Pidió Relena, amable.
El mayordomo asintió. Mientras las amazonas corrían con rapidez al otro lado de la isla, Peygan se dirigió hacia los cinco muchachos que se mantenían a 30 metros del campamento, formados en un círculo; con toda la calma del mundo miró a los sujetos, rodeados de consoladores desbaratados, así como piezas de dichos aparatos regados por todos lados como si uno hubiese estallado súbitamente.
-La señorita Relena me mandó a avisarles que hemos encontrado un crucero que pasa por el otro lado de la isla…
El inmutable mayordomo se estremeció al recibir cinco miradas oscuras y vacías, llenas de odio y desesperación, adornadas con prominentes ojeras negras; en medio de los cinco había un aparato totalmente amorfo, que lanzaba gruñidos y raros pitidos, que parecía que pronto iría a estallar.
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-¡Hey! ¡OIGAN! –Gritó Sam como la mujer lobo que era, con una curiosa antorcha en su mano, en pleno medio día.
-¡Corran, chicas! –Gritó Hilde. -¡Se acerca a la isla por este lado!
El trío de amazonas corrió ágilmente por la orilla de la playa, mientras el agua les acariciaba los talones, siempre con la gorda Hilde por detrás con su respectivo dedo medio alzado al cielo, dando la impresión de que eran princesas guerreras de la selva… contrastando con los que se arrastraban a diez metros de ellas, zombies morenos con ojeras usando sucios y rotos vestidos que en algún momento de su vida eran elegantes y de noche, arrastrando un aparato con una liana amarilla que lanzaba pitidos y uno que otro tornillo a la nuca de uno de los zombies, que hacia surcos de 5cm de profundidad en la arena.
Los ocho miraron, esperanzados, hacia donde estaba el barco desembarcando.
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Eli Yuy.
(1)Cachora. Palabra sonsorense (sonorense) para designar a las lagartijas pequeñas que se trepan a los árboles y toman el sol cuando hace frío.
(2)Poochi. Originalmente ese perro aparecía en un fanfic llamado "El Instituto Peacekraft", hecho y eliminado (y esperando reedición) por mí.
