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XXI

Después, Ignatius creerá que todo ha sido un sueño.

Que la extraña posición en la que ha quedado su cuerpo, medio enterrado entre los escombros, es fruto de su imaginación; es imposible poner las extremidades en esa postura.

Ignatius se convencerá de que se lo imaginó.

Que los gritos desesperados, el calor infernal, los llantos y los pasos –corriendo; ¿por qué corren?– no existen. No tiene lógica, porque él se siente muy alejado de todo eso. Como en una enorme burbuja de silencio a la que nadie salvo él tiene acceso.

Preferirá no aceptar nada que no sea cómodo para su agotado cerebro.

Porque los edificios en llamas y las columnas de humo que ve, borrosas, desde donde está, con un lado de la cara apoyado en la fría piedra y el rostro lleno de sangre, suciedad y lágrimas, deben de ser de gente haciendo una hoguera. Y quizá contando historias de miedo. Y los edificios derruidos… tampoco pueden ser reales.

Cuando esté algo más repuesto, Ignatius dirá, a todos y a sí mismo, que no recuerda nada de esto.

Exclamaciones que no entiende. Manos sobre su cuerpo, causándole un dolor que se suma al que ya siente, tanto que casi deja de sentirlo todo. Querría hacerlo, pero no es tan sencillo como parece.

Alguien le gira la cabeza. Ignatius ve un rostro rodeado de una mata de cabello pelirrojo. Como el de Bram. Sin embargo, el nombre de su hermano no acude a sus labios. Quizá porque no puede asegurar que sea Abraham si no consigue distinguir los rasgos de su rostro. Sea como sea, lo único que sale de la boca de Ignatius es sangre. Puede que suya.

Hay varias voces a su alrededor. Una suena más suave que las demás, e Ignatius comprende, de alguna manera, que se dirige a él. Pero sigue sin entenderlo. Lo único que comprende es que no conoce a nadie de los que están ahí.

Quiere asustarse, pero ni siquiera puede hacer eso. De modo que cierra los ojos, a la espera de que algo lo aleje de ahí.

Cuando Ignatius recupere la consciencia se convencerá de que todo lo que ha visto, oído y sentido no es más que un sueño, un delirio provocado por el dolor y la impresión de lo que ha vivido. Sonreirá, porque Lucretia estará a su lado, y tratará de no pensarlo mucho.

Pero eso será después. Ahora, Ignatius está atrapado en esa agonía, y no puede escapar ni siquiera cuando pierde el conocimiento.


Notas de la autora: Sí, Ignatius ya estaba tentando demasiado a la suerte. Pobrecito.

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