Capítulo 21… Pareciese que fue ayer, pero sacando cuentas. Ya llevamos más de dos meses en esto. Se podría decir, que darle seguimiento a la historia se ha ido haciendo, algo paulatinamente más complicado, pero no obstante, yo lo veo como algo más motivador.
Saber que no escribo para mí solo, es muy alentador, en comparación a hacerlo, desde el más profundo de los anonimatos. Que evalúen mi trabajo, es un plus extra, que no debería provocar otro efecto, que uno aliciente, para aquellos que se dedican a este maravilloso arte, con el fin de destinarlo a cualquier otra disciplina.
¿Me extendí demasiado? ¿No? Bien… Capítulo 21, gracias por su atención =)
Diciembre ya estaba encima, y eso significaba que los comicios electorales estaban cada vez más cerca. 23 de Diciembre, era la fecha pautada ¡Qué pintoresco!, pensó la sanguijuela.
Ciertamente, debía de sentirse extrañada por poder pensar. De hecho, debía sentirse extrañada, por el simple hecho de poder sentir. Era un organismo único en su especie, que tenía asegurado los votos de la sociedad científica de Racoon, a cambio de abrir nuevos centros de investigación, que se dedicaran a analizar los tejidos que la sanguijuela dejaba depositados por ahí, en alguna de sus marchas.
Ser un candidato político, no es fácil. Y más cuando el bocazas de Michael Warren, trae acotación un punto importante, que la denigra a ella/él, y realza la figura del funcionario "humano", de Racoon City.
-¡USTEDES NO PUEDEN VOTAR POR UN ORGANISMO PROCARIOTA! ¡MÍRENLA, MÍRENLA! – Señalaba inmisericorde un gran poste, adyacente a sus espaldas con una foto donde se mostraba a la Sanguijuela mutante, señalando hacia el horizonte con una de sus enredaderas. Lo más curioso del caso, es que el horizonte no estaba acobijado por un ocaso, sino por una luna llena. Todo eso, debido a que la sanguijuela en teoría, no toleraba la luz - ¡VOTEN POR MÍ Y LES PROMETO UN MANDATO HUMANO!
-¡UN MANDATO HUMANO! – Regresaban las masas, entre vítores y aplausos.
-Bueno, en realidad, nadie puede cuestionarlo… – Dijo en voz baja. Su escritorio se hallaba atiborrado de burocracia y hurones disecados. Para ella/él, era normal comer unas treinta veces al día, pero a veces, mantenerse, podía llegar a ser agotador – Creo que necesito un paseo nocturno – Pensó.
Fue alargando una de sus enmarañadas extremidades a través del salón, hasta colarse poco a poco, como si se tratara de una pasta dental, a través de la ventana. Era de noche, y la luz de la luna, se dispersaba en todas las direcciones, por el efecto "colador" de las nubes, que parecían más grises de lo habitual. Genial, pensó la sanguijuela, quizás llueva. A mis pétalos les hace falta algo de hidruro de carbono.
Entre sus cavilaciones, divisó lo que parecía el parque central de Racoon City. Era uno de sus lugares favoritos, y su principal fuente de alimento. Otra cosa que podía utilizar Michael Warren en su contra, es, que desde su aparición, la población de hurones de Racoon City, había disminuido en un abismal 50%; ella, en retracción, atestiguaría que los animales silvestres son una plaga, y estaban acabando con la mayor parte de la población de conejos, gatos y mamíferos que habitaban la zona.
-Si tan solo, ustedes también pudieran votar…
El riachuelo seguía tan apacible como siempre. Iba a visitarlo muy a menudo, siempre de noche. Pero a veces podía divisar el reflejo del sol, pegar contra su ventana y darle un primer plano del parque. A ella siempre le dio la impresión, de que a pesar de estar atiborrado de gente, durante las mañanas y las tardes, aquel riachuelo permanecía igual. Tan quieto… Como si nada pudiera perturbarlo. Como si su sola función, además de decorar el lugar, fuese drenar las preocupaciones de todos los que lo veían.
Y de pronto recordó a Jill. Esa chica… Gracias a ella, había tenido la posibilidad de conocer un poco mejor a Racoon. Le enseñó lugares, que por sí sola, jamás hubiera descubierto. Era una cajita de sorpresas, y desde que se había hecho novia de Chris, su humor había cruzado la estratósfera y se dirigía derecho a la galaxia de Andrómeda, y de ahí, hasta el infinito. Últimamente, la ayudaba más que nunca, y estaba pendiente de todo el mundo. Y, aunque a la Sanguijuela le daba la impresión, de que Jill fue así desde el primer momento en que puso un pie en este mundo, creía, que al lado de Chris Redfield, ella era una mejor Jill.
Y siempre estaría ahí, para apoyarla y darle una mano.
-¡Sanguijuela!
Los gritos la sacaron de sus cavilaciones, Hablando de la Reina Cleopatra, pensó socarronamente, el organismo antropomórfico. Ahí venía corriendo Jill, curiosamente, sola. Pero no se atrevió a pensar en cosas malas. Después de todo, su sonrisa solo se ensanchaba más, a medida que el reacio viento invernal iba en aumento y su anillo de compromiso, seguía firmemente sujeto a su dedo anular izquierdo.
-Jill, Querida – Contestó relajadamente. No quería armar un alboroto en medio de la noche y que eso le fuera a quitar votos - ¿Por qué tanto escándalo? Faltan quince minutos para la medianoche.
-Lo sé – Repuso Jill, con un aire entrecortado. Lo que iba a decir, debía de ser muy bueno, porque la Sanguijuela casi podía ver las palabras arremolinarse entorno a sus labios, pero Jill era como un embudo, y de su boca, solo escaparían las palabras adecuadas – Pero lo que te voy a decir, te ayudará mucho, en las elecciones del 23 de Diciembre.
-¡Ah! – La chica era una dulzura, por el simple hecho de querer ayudarla, ¿Pero qué tan útil podía resultarle la información que una niña de tan solo diecisiete años, tenía para darle? – No la subestimes, estás hablando de una de las favoritas de Bidden.
-Sé que te sonará improbable, y hasta cierto punto inverosímil, pero he descubierto cosas del Dr. Michael Warren – Se detuvo, las contracciones de los muñones grisáceos en las extremidades de la sanguijuela, le indicaban que iba por buen camino – Cosas que me hacen creer que no es quién dice ser.
-Ok. Estoy interesada.
-Bien, pero acércate. Esto que te voy a decir, solo puede quedar entre las dos – Hizo un sello con las manos, indicándole que se acercara, y mantuviera los poros cerrados. Ella le restó importancia con unos pétalos de lavanda que le colgaban de uno de los extremos, y se acercó a la chica, lo suficiente como para escucharla, pero no tan cerca como para absorber su sangre – Verás, el Dr. Michael Warren, es…
¡MIAUUUUUUU!
Un perro perseguía a un gato, en pleno llano a mitad de la noche, pero… Esperen, no se trataba de un perro. Era Leon S. Kennedy, que desde el programa sorpresa del profesor Charles Birkin, había descubierto que tenía facultades caninas, y se la pasaba ladrando de aquí para allá. Asustando a los gatos, hurgando en los botes de basura, ladrando y entrañando una épica amistad con Scott, el siberiano de los Redfield, con quién además, compartía el nombre.
-¡GUAU, GUAU, GUAU, GUAU! – Había que admitir, que para tener diez cuerdas bucales menos. Leon, imitaba muy bien, los ladridos de un perro.
-… ¡Eso no puede ser! – Exclamó la sanguijuela, como si Jill le hubiese pasado los códigos de activación de una bomba atómica - ¿La prensa sabe esto?
-No, Claire, Chris y yo, lo descubrimos apenas ayer. Convencimos al profesor Bertolucci, de colaborar con la búsqueda. Él también cree en tu casa – Sonrió – Por eso, y después de mucho investigar, llegamos a un reporte, de los años mozos de Warren, cuando estudiaba ingeniería cívil en Penn, y nos dimos cuenta de que él…
Miles de ramas comenzaron a caer de los árboles. Todas ellas, en tiempos dispares, y se mezclaban con el pasto y los arbustos, bastante crecidos de nivel. Un entusiasta Leon, que se había apiado para realizar sus necesidades y sacarse algunas pulgas en un árbol que le pareció simpático. Observó con detenimiento una de las susodichas ramas, y comprobó que era más escamosa y corva de lo que debería.
-Qué extraño – Cuestionó el hombre-can – Esto se parece más bien a… ¡La piel de una serpiente!
-¡Hola, Leon!
-¡AAAAAAAH!
Era Rebecca Chambers. Leon casi lo olvidaba. Hoy había luna llena, y a su amiga con habilidades reptilianas, le tocaba mudar piel. El muchacho se echó hacia atrás de un saltó. Jadeaba con la lengua y dejaba escapar sonoros bramidos de emoción, mientras veía a su amiga, descender en círculos por el tronco del afanado árbol.
-¿Jugando mucho al Bloody Roar, Kennedy?
-¡No seas tonta! – Le devolvió Leon – Para comenzar mi personaje favorito, es el topo. Mucho más rápido y letal que la vampira.
-Aquí vamos de nuevo…
-… ¡IMPOSIBLE!
La sanguijuela no daba crédito a lo que oía. Esa información, junto con las pruebas que decía tener Bertolucci y un poco de demagogia; serían suficientes para poner a Warren a su nivel, e inclusive, para hacerle bajar unos cuantos peldaños más.
-Jill, esto es muy serio, ¿Estás completamente segura de lo que dices?
-Las prometidas no mienten – Dijo, mostrándole el anillo de compromiso con holgura.
-¿Qué haría yo sin ustedes?
A punto estuvo de abrazarla, pero si quería que Jill Valentine viviera, para contar su hazaña, y ganarse un puesto como abogada de despacho, en un futuro, al lado de la sanguijuela, debía dejar sus emociones a raya y ser sabia.
-Pero – Intervino de nuevo la Sanguijuela, con inseguridad - ¿Cómo lo haremos saber a los medios, sin que suene como un disparate?
-Eso déjamelo a mí – Jill acariciaba el cabello azabache de Leon, postrado a un lado de ella, como si se tratara de su propio perro, mientras movía la cabeza en todos los sentidos, buscando a una escurridiza Rebecca, con quien jugaba a las escondidas y que en esos momentos, se había atorado entre una de las enredaderas de la Sanguijuela.
-¡Fiuuuu…! – Un sonoro y cansado suspiro, fue lo que la Sanguijuela dejó escapar - ¿Tienes una pala, Jill?
Y ahí estaba, nuevamente. Delante del segundo momento, más difícil de toda su vida. El primero, fue estar de pie frente a Jill Valentine en el baile de otoño y aguantar esos dolorosos cinco segundos, en los que creía que ella le daría la espalda y todo lo que él había significado para ella, se esfumaría, como si se tratase de otra esquirla, entre las miles de millones, que conforman un pajar, que es separado en casi infinitas partes por una fuerte ventisca.
No sudaba. Ya no podía sudar. Lo que tenía enfrente, no era algo que ameritara ponerse nervioso. Era mucho peor, era una decisión que podía cambiar tu vida, y Chris no le deseaba eso ni a su peor enemigo.
-¡Hola, Wesker!
-Vete a la mierda, Redfield.
Y ahí estaba de nuevo... Viendo como cosas malas, le sucedían a la gente buena, como él.
Recordaba cuando estaba en kínder. Barry tenía problemas para comer su sándwich de queso con tocino. El pelirrojo, consideraba un peligro mortal, ingerir los bordes del pan integral. Y Chris, todo un experto en el arte del cuchillo de combate, se ofreció muy amablemente a cortar la corteza del sándwich de Barry… Quizás se pregunten, ¿Cómo es que un niño de tan solo cinco años, lleva un cuchillo de combate a un jardín de niños? Bueno, la cosa es… No, al diablo. Yo tampoco tengo idea de cómo Chris consiguió pasar inadvertido por esa etapa de su vida.
Pero la cosa era, o al menos radicaba, en que el muchacho de cabello negro, ojos color almendra, un metro setenta y seis y abrigo largo, que le llegaba hasta las rodillas; se encontraba de cara a una situación, que requería de toda su sapiencia. Cosa que era un crimen, visto y considerando que él tan solo tenía diecisiete años.
Y ahora se estarán preguntando ¿Cuál es la tan mentada decisión? Bueno… Después de que les cuente el recuerdo de cuando Chris casi rebana a Leon con una podadora, se los diré.
Estamos a mediados de la década pasada, y el verano fue uno de los más calurosos de Racoon City en toda su historia, desde su fundación. El pasto había crecido más de la cuenta en la casa de los Redfield, que era la más espaciosa del vecindario, y por lo tanto, era la que tenía la mayor cantidad de árboles, dando sombra contra su patio.
Pero eso no servía de mucho, si no tenías donde tirarte a saborear el refrescante viento veraniego. Mucho menos, si cuando lo intentas, te hundes en la maleza como si fuera arena movediza. Chris y sus amigos, se hallaban sumidos en la mayor de las diatribas. Hacinarse en la sala de los Redfield y esperar a que el ventilador se multiplicara mágicamente por ocho, o, podar el césped.
Por desgracia, la podadora de papá Redfield, no era la más rápida del vecindario, y eso era mucho decir, por lo que tuvieron que ingeniárselas, para hacer que ese viejo traste, limpiara el patio trasero de la casa del chico de otrora diez años. Idearon planes de todos los tipos, tamaños y dimensiones; pero no llegaron a ninguna conclusión clara.
Fue ahí, cuando a Chris, se le ocurrió la mejor de las ideas. La única, que haría que todas las facultades de ingeniería, alrededor del país, le cerraran las puertas de inmediato.
-¡Atemos la podadora a mi bicicleta, y mientras doy vueltas por el patio, al mismo tiempo, podaremos el césped!
Todo lo demás, fueron vítores y aplausos. Eran jóvenes y tenían un futuro. Querían ser superhéroes, y salvar al mundo. Se creían invencibles, pero ese día, descubrirían lo mucho que se puede llegar a madurar, cuando estás tan cerca de… La estupidez.
Barry afirmó el mecate lo mejor que pudo, y Chris ya tenía firme, el pie sobre el pedal. Vale decir, que Edgar y Prudence Redfield, se hallaban muy distraídos bebiendo limonada con los Kennedy.
-¿Listo, Chris? – Preguntó Barry.
-¡Listo!
-¡Ahora!
Fue rápido, cuestión de segundos. Primero, tropezó con una piedra, oculta entre la maleza. Luego, una de las hojillas de la podadora, pasó por encima de la cuerda, cortándola en el acto. Chris debió considerarse muy afortunado, por no levantarse en el momento, o de lo contrario, estaríamos hablando de un chico calvo.
Y por último, el preferido de todos. Leon S. Kennedy, de pie y sin mover un solo músculo. Ajeno al mundo y al hecho de que sus amigos, corrían despavoridos a salvaguardarse de la loca podadora que ya había perdido el control.
No lo vio venir, y luego de hacer varios eslálones alrededor del patio, la podadora se postró de frente al Joven Kennedy. Toro contra torero, o quizás torero contra novillo. Solo que en este caso, Leon, era el novillo.
Haciendo un levantamiento sobre sus patas traseras, tal cual si fuera una moto, la maligna podadora emprendió la funesta marcha de la muerte de frente al impávido Leon, para el cual todo estaba pasando muy rápido.
Y cuando la tenía ahí, de frente, a tan solo centímetros. Podía oler el dióxido de carbono, emanar de las rendijas que daban aire al motor de la válvula, y ver a la correa hacer continuas revoluciones, buscando darle energía, al dínamo interno de la batería. Cuando supo todo eso, la podadora se detuvo.
Se le quedó mirando fijamente. Creyó que estaba a salvo, Qué ingenuo, pensó Chris. Lo recordaba todo. Desde aquella esquina, resguardado detrás de su bicicleta, incapaz de advertirle a Leon que se alejara, que aquel no era un sitio seguro, porque…
-Vaya, parece que no tengo tan mala suerte, después de to…
No pudo terminar la frase, cuando la boquilla exterior, que emanaba de la bolsa de desechos de la podadora, le escupió residuos de tierra y pasto mojado directo a la boca. Luego le cubrió toda la cara, y por último, se metió dentro de su ropa.
-¡NOOOOOOOOOOOOOO! – Gritó Chris, con todas sus fuerzas.
Leon no quedó muy diferente al monstruo del pantano, y Chris recordaría aquella anécdota por siempre, como el momento en que decidió que se uniría a la aviación, junto con Barry, para evitar que tragedias como esa, volviesen a suceder.
Aquel momento, que creyó sepultado bajo toneladas de cemento y concreto, salía a luz para darle a Chris la inspiración necesaria. Finalmente estaba claro. Le dio un sorbo a su refresco, arrugó la lata, y la tiró en el basurero con una puntería de veinte. Todo eso, sin dejar de mirar fijamente a su único objetivo.
¡Hoy! Hamburguesa de queso y tocino, por tan solo 13,50 con papas y ultra refresco, o, el súper combo del día: Hamburguesa de pollo, acompañado por aros de cebolla y soda. Todo, por el mismo precio. Pero solo por este día, y solo por uno de los dos, ¡No desaproveches esta oportunidad única!
-Por Kennedy… Una hamburguesa de queso y tocino, por favor.
El tic-tac del reloj, es una de las cosas más estresantes que pueden existir en este mundo. Tanto si llegas a percibir, que el tiempo pasa rápido o lento. No tiene medidas, ni piedad, y sonará hasta el final de los tiempos, a menos de que alguien le deje de dar cuerda a los relojes, o de plano, les retire las baterías.
Pero eso a Claire y Ada, no parecía importarles. El examen de matemáticas, del profesor Birkin, estaba especialmente sencillo. Era el último recodo, antes de que el reloj marcara el mediodía y un alumno rebelde, dejara el alma, gritando:
-¡LIBERTAAAAAAAAAAAAAAAAAD!
Pero eso tendrá lugar, dentro de una hora más adelante. Por los momentos, ni Claire ni Ada tenían prisas de ningún tipo. Iban por la primera página, rellenando círculos aquí y allá. No se molestaban por el frío, o por la nieve que se acumulaba en los alféizares de las ventanas. Después de todo, el sistema de calefacción del salón, y del instituto en general, era bastante bueno.
La pelirroja no pudo evitar voltear, por acto reflejo natural. Tampoco es que le fuera a traer muchos problemas, después de todo, Birkin, era bastante flexible en eso de los castigos y no le importaba mucho que la gente se copiara. Él creía, que la técnica de "la chuleta", era algo intrascendente en las matemáticas, y que no ayudaba en nada. Según las estadísticas, las probabilidades de que el pendejo que tengas adelante sepa menos que tú, son bastante altas, en comparación, a que te toque sentarte detrás del cerebrito del salón. Y eso podía solucionarse fácil, si sentabas a las dos más eruditas en la materia, juntas.
Cuando Claire vio el examen de Ada, se dio cuenta de que la chica de rasgos orientales, ya iba por la segunda página. Articulando una mueca, la hermana menor de Chris, se dispuso a apresurar el paso para igualar, y a priori, superarla. Al profesor Birkin le pareció oler algo sospechoso. Reclinó la parte superior de su periódico para obtener una mejor panorámica del ambiente, lo cual, a su vez, le permitiría concentrarse al máximo en lo que estaba buscando.
Era un olor sospechoso, como el preludio de un corto circuito.
Decidió no prestarle atención y seguir hurgando la nariz, en la sección de comiquitas.
El impacto de una bolita de papel, sacó a Ada de la burbuja antiséptica en la que estaba encerrada y le hizo darse cuenta, de que Claire Redfield le sonreía desde el asiento de al lado. Ada también le sonrió, y por mera curiosidad, se fijó en el examen de cinco páginas de Claire, solo para darse cuenta, de que ya iba por la tercera…
Bufó, ella apenas iba por la mitad de la segunda. Afincó el borrador sobre un óvalo que no le daba seguridad, y se apresuró a rellenar el siguiente con fuerza. La autoridad de su puño sobre el lápiz, alarmó a Claire, quién ni corta ni perezosa, decidió no perder el tiempo y continuar.
Se lanzaban miradas, saltaban chispas. Iban por la cuarta página. Hacía poco menos de un minuto atrás, que se habían equidistado, y Birkin ya no podía hacer a un lado el inconfundible olor a cable quemado. Su intuición de viejo cincuentón, le gritó a todo pulmón que saliera corriendo, que algo horrible sucedería contra su persona como aquella vez, que terminó en una jaula de orcas asesinas en Sea World, gracias a Claire y Ada.
Pero antes de dejarse llevar por cábalas y supercherías; el experimentado profesor Birkin decidió echar un vistazo al frente. Por encima de su periódico, a las dos sillas, más próximas a su escritorio.
El resto del salón, se encontraba agazapado contra las esquinas del aula y, sus miradas pavorosas, apuntaban todas en dirección al par de chicas, cuyas cabelleras, daban la impresión de haberlas convertido en súper saijajines. El examen era ya cosa del pasado, y habían pasado al libro a contestar todas las preguntas, incluyendo, las del editor.
-Chi, chicas…
Ni ápice de atención. Esto era algo personal.
-Oh, no – Birkin lo sabía. No era seguro permanecer ahí. Debían salir. Debía salvar a sus alumnos y a su integridad física lo antes posible.
-¡Todos dejen sus exámenes en el armario y salgan de aquí, AHORA!
Sin perder el tiempo, el gremio de estudiantes acató la orden del maestro, que los iba evacuando de uno a uno, como si se encontraran realizando maniobras de algún tipo de simulacro.
-¿¡A dónde cree que va!?
Era una voz pluralizada, pero que pertenecía a un solo ser. Charles Birkin, se fue dando la vuelta muy lentamente, temeroso en extremo, a lo que se encontraría a espaldas de él.
Era una visión apoteósica de la unión del bien y el mal, en toda su expresión. Una careta enorme y refulgente, que abarcaba todo el salón, y que tenía tres inmensas rajas diagonales, apenas perceptibles, por ojos y boca.
Aquello ya no era ni Claire ni Ada. Birkin lo sabía, y también sabía, que no podría huir. Su deber, había sido salvar a sus alumnos, y como el capitán del barco, que a veces se consideraba que era, debía culminar con la tarea.
-Ven aquí – Decía, sin dejar de mirar fijamente aquella manifestación atípica, mientras desenvainaba un metro – Bestia.
El grito de guerra sonó por todos los rincones de Racoon City, y aquello, sería recordado por sus alumnos, como el día en que el Maestro, se atrevió a desafiar a sus alumnas.
Gaitas sonarán de fondo y hamburguesas serán digeridas a través de generaciones, pero el valor del Profesor Charles Birkin, será recordado por siempre.
-¡Y las palomas! – Dijo Lorenzo Lamas.
Estamos en carnavales, lo que significa fiesta y celebraciones, y para nosotros los estudiantes, unos contados, pero siempre bienvenidos, días de vacaciones. Desperdiciarlos, sería el peor de los crímenes, y yo no me considero un criminal. Así que planeó adelantar el fic lo más que pueda, para que la universidad no me vaya a tomar desprevenido.
Como dato aparte, la parte de la difícil decisión de Chris, es algo para que el público masculino de la audiencia, en conjunto con mi persona, se sientan identificados con esas minúsculas partes de la vida, en las que debemos tomar decisiones, que cambiarán nuestras vidas para siempre.
Gracias por leer =)
