Atardecía lentamente sobre la llanura de Hyrule. Desde su posición en lo más alto de la copa de un árbol, alguien observaba la llegada de la noche sobre el rancho que ocupaba una meseta en medio de la llanura. De ese rancho provenía el sonido de cencerros y mugidos de vacas.
Zelda Esparaván esperaba con paciencia la llegada del crepúsculo, mientras se ataba las trenzas naranjas en una apretada coleta, y se manchaba el rostro con barro. Había pasado un mes desde que habían sobrevivido al ataque del Poe y la maldición de las sombras. A pesar de todos sus temores, los niños se apañaron muy bien hasta su regreso. El problema vino cuando se dieron cuenta que apenas quedaba comida. La noche anterior, Zelda, Leclas y Urbión hicieron una reunión.
- Podríamos ir a robar al rancho ese que se ve desde aquí. – les había comentado Zelda.
- Ah, sí, claro¿has escuchado Urbión? La zanahoria nos dice que robemos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? – Leclas daba sus paseos nerviosos por la sala, maldiciendo. Zelda y Urbión no sabían si era mejor verle ya repuesto o que continuara con el tobillo inmovilizado. Desde que habían vuelto de su aventura en la oscuridad, el shariano estaba de un humor de perros.
- Calma, calma... Zelda, lo que Leclas trata de decirte es que ya lo hemos intentado. El viejo Ingo, dueño del rancho, nos persiguió con una ballesta; y encima tuvimos que escondernos porque enviaron a los soldados de Kakariko a buscarnos. Si atraemos la atención otra vez, registraran el bosque y nos meterán en orfanatos.
- Los niños se mueren de hambre, y hay que hacerse con provisiones antes del invierno. Es la única solución.
Al final, Zelda decidió ir sola. Por eso esperaba a que llegara la noche, subida al árbol. Tenía pensado que, si la capturaban, se haría la inocente niña perdida en medio de Hyrule, y por supuesto no soltaría prenda de los niños. Suponía que los soldados la dejarían libre después de sermonearla.
- ¿A qué es bonito?
La voz de Urbión la sobresaltó. Estaba sentado en una rama más alta que la rama donde esperaba Zelda. El sheikan se colgó boca abajo, para mirar de cerca el rostro sorprendido de la chica.
- Que rara estás con eso en la cara. Desde este árbol, se ve muy bien la llanura y el rancho. Vengo aquí de vez en cuando, cuando necesito alejarme de Leclas y sus quejas.
- Siempre, entonces. - Zelda inició el descenso. Había llegado la hora.
- Espera, te acompaño.
- No tienes porqué, ya conozco vuestra opinión al respecto. – Zelda había cogido sacos vacíos y, tras un par de arreglos, los llevaba atados en la espalda. Urbión reconoció uno de ellos, era el saco de patatas que compró en el mercado el día que se conocieron.
- Sería tan cobarde como Leclas si no te acompañara.
- ¿A quién llamas cobarde, sheikan de mierda?
Zelda y Urbión se sobresaltaron a la vez. El shariano les esperaba apoyado en el tronco de un árbol. También se había manchado las ropas con tierra. Llevaba además en la mano tres objetos hechos con corteza, y una maza que colgaba de su cinto.
- Estás más fea que nunca. – exclamó al ver a Zelda. La labrynnesa ya se arremangaba las mangas para darle una paliza, cuando Leclas le mostró lo que llevaba en las manos: - Toma, esto es mejor.
Zelda contempló la máscara ligera hecha con corteza. Era la caricatura de una calavera.
- ¿Y esto, qué demonios es?
- Una paleta como tú es normal que desconozca qué es una máscara. – Leclas lanzó otra al regazo de Urbión. El sheikan se echó a reír.
- Ey, ya sé... ¿Es lo que contaban esos chicos del orfanato de Rauru?
- ¿El qué? – Zelda se guardó la máscara entre el saco y su espalda. Leclas se puso la suya, pero al revés, de tal forma que le tapaba la nuca.
- Unos delincuentes nos contaron que habían atracado el banco de Términa usando máscaras. – aclaró Urbión. – Solo pillaron a uno, pero el resto salió libre gracias al uso de esto. En Hyrule existe una tradición absurda que dice que quienes portan máscaras están malditos, y se consideran objetos del diablo. Entonces¿nos acompañas, Leclas?
- Claro que sí, cabezotas. – Leclas miró de reojo a Zelda, pero la labrynnesa no le prestaba atención.
- Vamos, no perdamos tanto el tiempo.
Ya era de noche en la llanura, y las tres figuras caminaban a oscuras sin muchos obstáculos. Zelda sugirió encender una antorcha para alumbrar el camino, y entonces Leclas exclamó:
- Ah, claro. Tú enciende la antorcha, para darle tiempo al viejo Ingo para que nos prepare la ballesta.
- Sh... – Urbión se temía que el shariano no llegaría vivo al rancho.
- ¿Cuántas personas viven ahí? Desde el árbol, no he podido ver a nadie.
- El viejo Ingo, un mayoral... Hace unos pocos años, acogió a un chico que se había quedado huérfano para que le ayudara con el ganado y el reparto. También vive con una tal Maple, su sobrina.
- ¿Una tal Maple? Urbión, no te hagas el inocente. – Leclas se echó a reír. – La otra vez que entramos nos pillaron porque cierto sheikan se quedó embobado mirando por la ventana del dormitorio de "esa-tal-Maple". Dicen que es una toda una belleza...
La oscuridad ocultó el sonrojo de Urbión.
- Serás soplón, Leclas. – murmuró el sheikan. Zelda se estaba riendo.
- Basta ya, niños. Creo que hemos llegado. – y señaló a la empalizada de madera, que medía alrededor de cuatro metros. Al final se veía una alambrada de pinchos muy gruesa. - ¿Cómo entrasteis la otra vez?
- Antes no estaban esos pinchos. Uf... Lo veo difícil. – la luz de la luna llena iluminó el metal de los pinchos. Leclas bufó. – No creo que podamos...
- Vuelve a casa, niño llorón. – Zelda rebuscó en sus bolsillos.
- ¿Por dónde vas a entrar tú, so lista? – Leclas y Urbión caminaron detrás.
- Por la puerta principal. – Zelda al final les mostró lo que llevaba guardado. Era una llave oxidada. Sin mediar más palabra, se apoyó en la verja principal del rancho, llena de traviesas de forja que dejaban poco espacio entre ellas, y, atravesando con los brazos, intentó meter la llave en la cerradura desde el interior. Urbión y Leclas se habían quedado mudos.
- ¿Tenías la llave del rancho Lon-Lon¿Cómo...? – preguntó Urbión.
- Eso no es una llave, tonto. – Leclas las había reconocido. - ¿Dónde conseguiste...?
- Son llaves maestras. – Zelda sonrió satisfecha. Hablaban en voz muy baja para evitar alertar sobre su posición. – En Termina, había un tipo muy raro que las vendía. Compré unas diez, pero ahora solo tengo tres.
- ¿En qué desperdiciaste las otras? – Leclas estaba asombrado. Había escuchado hablar de ese tipo de llaves, muy difíciles de encontrar y que solo se vendían entre los ladrones más expertos. - ¿Y por qué demonios no las has usado antes? En la cárcel de la fortaleza me habrían venido muy bien.
- Estaban el refugio, tontín. Además, me fascinaba verte trabajar con ganzúas. – Zelda al final logró abrir la puerta, que chirrió con fuerza. Urbión la sujetó a tiempo para evitar que hiciera más ruido. Los tres se deslizaron al otro lado, y el sheikan, usando una piedra, la dejó semiabierta, para la huida. Se pusieron las máscaras y caminaron pegados al primer edificio que vieron, de madera.
Un haz de luz les sobresaltó. Los tres se pegaron a un recodo de la pared, bien ocultos por las sombras, y contuvieron la respiración. Escucharon una voz fuerte que exclamaba:
- Cielos, Ingo, no sé yo si ha sido buena idea comprar ese morlaco...
- Claro que lo ha sido. Imagínate la de oro que pagaran en el palacio por ver una auténtica corrida. Hace milenios que no se ve nada así... Es un buen negocio, ya verás.
- Veré, si no nos rompe las costillas ni la cabeza antes.
El mayoral e Ingo abrieron la puerta de la casa principal, y entraron. A los tres niños les llegó un olor a asado tan rico que les sonaron las tripas.
- ¿Qué es un morlaco? – preguntó Leclas en voz baja. Urbión y Zelda se encogieron de hombros.
- Será mejor esperar un rato, aún no se han acostado. – Zelda se llevó el dedo a los labios de la máscara y los chicos comprendieron. Esperaron sentados en la sombra al menos una hora. Mientras, Urbión le indicó a Zelda en susurros que el edificio de madera estaba el corral y en el otro, al otro lado de un amplio prado, estaban los establos de las vacas y los caballos.
- Bueno, usemos una de esas llaves para abrir el corral. – sugirió Leclas, cuando por fin no quedaba ni una luz encendida en la casa.
Zelda se negó.
- Prefiero usarlas solo en caso de necesidad.
Miró alrededor, y sugirió entrar por algún hueco del tejado. Los tres escalaron por la pared y caminaron por el tejado de paja. Había un pequeño ventanuco, estrecho para Urbión, pero perfecto para Zelda. La labrynnessa había traído también una cuerda. Se la ató a la cintura y le pidió a Urbión y Leclas que la bajaran despacio.
Cuando tocó el suelo, se atrevió a encender una semilla de ámbar en un trozo de madera. Una débil luz iluminó el oscuro corral. Desde arriba, Urbión y Leclas esperaban a que la chica les dijera algo.
- Como huele aquí. – comentó Zelda. Movió la luz, y de repente vio una cabeza blanca con manchas negras y cuernos pequeños y rosados. Del sobresalto, soltó la pequeña luz. La cabeza emitió un largo mugido y siguió masticando. – Maldita sea, Urbión, me has metido en el establo de las vacas.
Los dos chicos se estaban riendo, no muy alto. Leclas retrocedió un poco para poder sujetarse el estómago. Su pie pisó algo blando, y su risa cesó de repente, ahogada por un crujido.
- ¡Leclas! – Urbión se había girado para sujetarle, pero llegó tarde. El shariano había caído a través de un agujero.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Zelda desde abajo.
- Leclas se ha caído al interior. ¿No le ves? – Urbión forzaba la vista, pero a través del agujero no llegaba a ver a su amigo.
- No... Ha debido caer en el corral de al lado. Espera... – Zelda encontró un pequeño agujero en la pared. Apartó una pila de paja seca y descubrió una rendija del tamaño justo de sus hombros. Se asomó, y pudo ver el cuerpo de Leclas, aún con la máscara puesta. El shariano estaba tendido boca abajo, inmóvil, y gracias a un pequeño rayo de luna que se filtraba del agujero del techo, apreció un pequeño charco de sangre bajo su rostro. – Maldición...
Zelda dio una patada a las balas de paja y, arrastrándose por el suelo, llegó al otro lado de la pared.
- Leclas, vamos, espabila, idiota. – Zelda le dio la vuelta y le quitó la máscara. La sangre venía de algún lugar por encima de las cejas del chico y de su nariz. Le tocó el cuello buscando pulso, cuando el shariano abrió los ojos y se incorporó.
- Ay... – se quejó, pero parecía estar bien.
- Con el ruido que has armado, ya estarán preparando las ballestas. Vamos, hay que salir...
Un fuerte gemido, proveniente de la oscuridad, quebró la frase de la chica. Había algo más en aquel establo. Zelda se atrevió a encender otra semilla de ámbar. Al fondo del establo, había una masa de pelo oscuro. La cabeza triangular estaba rematada con dos cuernos tan grandes y largos que podían rivalizar con las lanzas de los soldados. Apuntó con ellos a los dos intrusos.
- Eso es un morlaco. – dijo Leclas.
El toro tomó impulso y corrió hacia ellos. Zelda y Leclas saltaron a un lado para esquivarle. El animal golpeó la pared, y un trozo de viga sepultó el hueco por donde había entrado. Zelda extrajo una semilla de luz y con el tirachinas, la tiró hacia el animal, que se quedó quieto. Lanzando maldiciones, Zelda y Leclas corrieron hacia la puerta del establo. Estaba cerrada con un pasador y un candado por fuera. La chica deslizó la mano por un pequeño hueco y tanteó hasta encontrar el candado.
- Date prisa... que vuelve. – Leclas temblaba de pies a cabeza. No podía ver al animal, pero podía sentir su respiración y el sonido de las patas sobre el suelo de tierra, luchando para librarse del efecto de la semilla. A Leclas le pitaban los oídos y le dolía la nariz.
- Eso hago, maldita sea... – el candado cedió con un chasquido, y la chica, usando toda la fuerza, empujó el pasador. El toro ya regresaba, y sus cuernos golpearon en esta ocasión la madera de la puerta. La traviesa se partió en dos y las puertas se abrieron de par en par. El toro saltó al exterior, soltando humo por sus narices. Buscaba a los dos intrusos con máscaras que habían quebrado su descanso. Zelda y Leclas habían rodado por el suelo, y estaban justo debajo del animal.
- Ay, mi madre... – Leclas se dio cuenta que, debido a la caída, Zelda había perdido la cuerda que sujetaba su llamativo cabello naranja. El toro la miró con odio y a ella dirigió los cuernos, para empalarla. Sin pensarlo mucho, Leclas la empujó. El toro le golpeó en las costillas, y le lanzó un par de metros.
- Jo... – el chico se puso en pie. - ¡Zelda, corre! Yo me ocupo de este. – y empezó a correr por el descampado. El toro le siguió, pues de repente sentía deseos de patear más al chico.
- Maldición. – Zelda buscó su tirachinas.
- Deja, yo me ocupo de Leclas. – dijo Urbión. Zelda se giró. El sheikan estaba de pie sobre una plataforma que colgaba de una polea. Era lo que se usaba para almacenar la paja en una parte del establo. – Tú intenta coger algo del corral, date prisa. Todavía no se han despertado.
Zelda corrió hacia el corral de las gallinas. Mientras, Urbión observó a su amigo esquivar al toro y correr en su dirección. Recordó la primera vez que le vio correr, hacia ya un par de años, en el orfanato de Rauru. Entre el toro que le perseguía y los cuidadores no había mucha diferencia, la verdad. En aquella ocasión, fue porque un cuidador trataba de quitarle una muñeca (la única posesión que le quedaba) a una chiquilla. Leclas cogió el juguete y corrió para esconderla... pero le acabaron pillando. Por ese gesto valiente, le dieron cien azotes y le encerraron dentro del pozo seco cinco días, sin apenas agua ni comida. En el fondo de aquel pozo, se hablaron por primera vez. Tras una reyerta en el comedor, Urbión fue lanzado al pozo casi al mismo tiempo que al pobre Leclas. "Menudo golpe de suerte... Quien me iba a decir que te iba a encontrar tan pronto, sabio".
Leclas ya estaba de vuelta. Se notaba que había perdido velocidad por culpa de su tobillo todavía no curado. Urbión le cogió la mano y tiró con todas su fuerzas de la cuerda. La plataforma se elevó, justo a tiempo para esquivar los cuernos del animal. En la casa se habían encendido las luces por fin, y escuchaba las maldiciones del viejo Ingo. Leclas sudaba un montón, pero parecía estar bien.
Se metieron corriendo en el establo.
- ¿Quién anda ahí¡Quietos! – les amenazó una voz juvenil. Urbión y Leclas se giraron al unísono. Algo volaba hacia ellos, una especie de vara o maza de madera. La esquivaron. El que la había lanzado era un chico de su edad, moreno de cabello y con los ojos azules. – Ah... ¡Skull Kid!
Urbión sonrió por debajo de la máscara. Plegó el cuerpo elástico, esquivó el puñetazo del chico y le golpeó con todas sus fuerzas en la cara. Cayó sin sentido antes de poder pedir ayuda. Urbión se aseguró de que estaba fuera de juego, pero no muerto.
- A veces eres un poco bruto. – dijo Leclas, limpiándose la sangre debajo de la máscara. – Tenemos que...
No terminó la frase. Para Leclas fue como si alguien hubiera recogido aquella extraña vara curvada y la hubiera vuelto a lanzar desde el exterior. Le golpeó en la parte de atrás de la cabeza, y todo se volvió oscuro.
Mientras, Zelda salía del corral con dos sacos pesados y otras vituallas repartidas entre su ropa. Vio a Urbión corriendo hacia la puerta, llevando algo sobre los hombros. Iba a alcanzarle, cuando se tropezó cara a cara con Ingo. El viejo la amenazó con una larga pica.
- ¿Qué demonios eres tú¿Cómo te has atrevido a...? – el granjero miró el rostro enmascarado de la chica y los cabellos naranja, y entonces soltó un grito. - ¡Un skull kid¡Un fantasma!
Zelda le arrojó una semilla de luz a los pies y corrió hacia la verja. Cuando llegó al otro lado, dio una patada a la piedra y la puerta se cerró por dentro, tal y como estaba cuando llegaron. Corrió en pos de la figura de Urbión. Desde el rancho, llegaban voces, mugidos de animales y otros sonidos de destrucción. "Aquel morlaco te va a salir caro, Ingo", pensó con una sonrisa la labrynnesa.
- ¿No estará...?
- No, es más duro de lo que parece.
- Eso ya lo sé. Con todos los golpes que se ha dado, me extrañará si no se ha quedado más tonto.
- Ahhhh... tratadme mejor, que estoy herido... – se quejó Leclas. Apenas veía por culpa de un velo de color rojo y las estrellitas que bailaban delante. Estaba sobre la espalda de Urbión, con un vendaje improvisado alrededor de la frente. Zelda caminaba detrás, apoyando algo fresco sobre su cogote. - ¿Qué ha pasado¿No nos han pillado, verdad?
- ¿A ti que te parece? – Urbión soltó a Leclas al pie de un árbol, con delicadeza. – Perdón, estoy algo cansado.
Leclas miró a sus dos compañeros. A la luz del amanecer, vio que se habían quitado las máscaras, y unas sonrisas bailaban en sus rostros. Leclas miró lo que sostenían Zelda en la mano, con lo que había tratado de bajarle el chichón. Era un filete crudo.
- ¿Pero, qué demonios?
- Encontré un cuarto donde despedazan las vacas, y también... el corral de las gallinas. – Zelda abrió un poco el saco y mostró a Leclas el interior: se agitaban cuatro gallinas blancas, aún asustadas. En otro saco que llevaba Urbión, colgaba un rastro de sangre.
- Es una buena idea, Zelda. Con esas gallinas, tenemos huevos asegurados. – le felicitó Urbión.
- Estúpida, mira que coger animales vivos. – Leclas se tocó la nariz. Aún le dolía por el golpe. Su voz sonó extraña y aguda. - ¿Cómo piensas alimentarlas?
- Comerán cualquier bichillo. Además, seguro que no tienes ningún problema para hacerles un corral, con lo bueno que eres con la madera...
El halago evitó que Leclas la mandara hacer gárgaras. Caminaron los tres juntos hacia el refugio. De repente, Zelda recordó algo.
- Ah, también cogí esto. – y se metió la mano por el escote. Extrajo un par de huevos y los enseñó a los dos chicos. – Podemos hacer una buena tortilla...
La chica tenía heridas en el cuello y en los brazos, debido al ataque de las gallinas. Leclas se puso muy colorado, y de dos zancadas, la evitó y marchó delante.
- ¿Y ahora qué le pasa a ese?
- Nada, Zelda, ya sabes que está en una edad difícil. – Urbión le dio un golpecito cariñoso en el hombro. – Vamos, que nos esperan en el refugio.
Hermes, el soldado joven de la garita, le contó un día que fue a Kakariko que en el rancho Lon-Lon estaban aún conmocionados por la extraña visita de tres skull-kids enmascarados. Se habían llevado huevos, carne, gallinas y encima habían liberado un terrible toro.
- ¿Tú no sabrás nada de eso, verdad? – el soldado se echó hacia atrás en la silla. Zelda, toda colorada, negó con la cabeza. – Toma, otra cesta. Cuida bien de esos niños. Ah, he puesto algo de alpiste, ya sabes, para las gallinas.
