Sí, Sweet, te tienes que registrar, si no te habría mandado yo el MP XD. Pero te puedes loguear con la cuenta de Google de todos modos, osea que no tendrías mayor problema. Michii, pues claro que Anna es parlanchina, es su gran talento (?). Y bueno, lógicamente lo de Regina era temporal. Y sí, quédate con esa imagen en la cabeza que la llevo queriendo tener desde que vi el combate entre Blanca y Regina XD. Bueno, este capítulo me ha costado, pero también es de los que más me han gustado. Así que ala, hacia adelante.


Ingrid

Desde luego, no me había sentado nada bien que Emma me diese una orden. Pero de todos modos tenía cuentas personales con Anzu. Ella estaba de pie delante de mí, como esperando. Yo la miré a los ojos, y vi aquella mirada, aquella mirada que había visto tantas veces. La había visto en mi hermana, en Anna, y en Kristoff. La mirada de aquellos que me veían como a un monstruo, la mirada de los que creían que debían huir de mí. Esa mirada qué despertaba mi furia.

_ Oh, por favor._ dijo Anzu, interrumpiendo mis pensamientos._ Si vas a seguir con ese drama sobre qué eres un monstruo, voy a tener que enfadarme.

No había dicho nada. ¿Acaso me estaba leyenda el pensamiento? Ella asintió, como si estuviese aburrida. Los ojos le brillaban, como dos rubíes, rubíes teñidos del color de la sangre. Repentinamente, se me presentó como una visión realmente aterradora. Me temblaron las manos por primera vez en mi vida.

_ Eres una mujer que lanza hielo cuando está enfadada... ¿Y por eso has montado todo esto? Tú ni siquiera sabes lo que es un monstruo de verdad._ Dijo, clavando su mirada en la mía._ La clase de monstruo que yo soy.

_ ¿Y a qué clase de monstruo te refieres?_ Pregunté, sonando irónica. Durante el tiempo que la había visto, no había hecho ninguna acción reprochable de no estar hechizada por mí.

_ ¿Alguna vez has usado un juego de té de porcelana, Ingrid?_ Me preguntó, descolocándome. ¿De dónde diablos salía aquella pregunta?_ Lo cierto es que no me gusta mucho el té... pero es una metáfora perfecta. ¿Alguna vez se te ha caído una de esas... encantadoramente preciosas tacitas de té? Mi hija tiene algunas en casa.

_ Sí... se me han caído... y se han roto. ¿Dónde quieres llegar?_ Pregunté, apretando los puños. Aquel diálogo de besugos parecía querer distraerme, pero ella era la que iba con falta de tiempo si lo que pretendía era acudir al rescate de Ana.

_ Para mí... el mundo es como una de esas pequeñas tacitas... y la última vez que la dejé caer... destruí Pompeya..._ Dijo, suspirando._ Pero ahora... me has enfadado, Ingrid. Y cuando estoy enfadada... las tazas de té me dan igual.

Lo siguiente que ocurrió, lo hizo muy deprisa. Un momento Anzu estaba quieta, y al siguiente, se escuchó el sonido de un disparo. Noté un dolor lacerante en ambas piernas. Sangraba. Me había dado de lleno en los tobillos. Caí. Había oído un sólo disparo, y sin embargo, había recibido dos impactos. Anzu había disparado las dos balas en el mismo segundo. Me sostuve usando las manos, y traté de contener las lágrimas sin demasiado éxito. Aquellas balas parecían arder.

_ En lo más elemental, todos los vampiros somos parecidos. Somos monstruos por naturaleza. Algunos intentamos conservar nuestra humanidad... otros simplemente la rechazan. Pero por más que luche, sé que en el fondo, lo que hay es un depredador.

Pestañeé, y me encontré a Anzu a mi espalda. Cogió mis brazos con los suyos, como si fuese una muñeca, y puso su pie sobre mi espalda. Tiró, y pude sentir como mis huesos se quebraban. Grité, y confieso que no me avergüenza haberle suplicado que parase, pues de haber seguido, me habría arrancado ambas extremidades. Me dio la vuelta y usando sólo el dedo, me tomó por el vestido y me elevó para mirarme a los ojos. Con delicadeza me elevó el mentón, sonreía de un modo siniestro, mostrando sus afilados colmillos. Ahora veía al depredador del que hablaba.

_ ¿Dónde está Anna?_ Preguntó, con voz pausada._ No me hagas repetirte la pregunta... te costará más responderme si no tienes dientes.

Regina

Emma y yo nos habíamos quedado solas. Parecía que ese era su plan desde el principio. Con todo, estaba increíblemente atractiva con mi ropa, y el pelirrojo no le sentaba nada mal... pero no era mi Emma. Era yo. Una versión de mí atrapada dentro de ella. Y yo no quería eso. Yo quería a la Emma de la que me había enamorado, a la que conocía desde siempre. La única capaz de decirme que no. Si hubiese querido a alguien cuya máxima hubiese sido complacerme, probablemente sí que habría conseguido enamorarme de Sylvia.

Emma se había sentado en su trono, de mala gana, y me miraba como si hubiese arruinado su cumpleaños... otra vez. Suspiré, y me acerqué, mirando donde pisaba, no quería acabar cayendo por un tobogán como lo habían hecho Anna y Anzu. Afortunadamente el suelo que encontré hasta llegar a Emma permaneció seguro. Me miró, enfadada, y se cruzó de brazos. Debía seguir en sus trece, pensando que estaba hechizada.

_ Vamos... Emma..._ Le dije, cogiéndole la mano._ Dentro de ti sabes que no estoy hechizada.

_ Pero lo que dices me suena absurdo. He construido esto para ti... he recogido todos los corazones de la gente de este pueblo. ¡Ahora están obligados a servirte! ¿No era eso lo que querías?_ Preguntó.

_ Aquello con lo que yo soñaba, era con conseguir que mi pueblo me quisiera... no porque estuviese obligado... sino porque hubiese demostrado ser una buena reina._ Dije, besando su mano._ Pero ahora eso ya no importa. Porque mi sueño ha cambiado. Mi sueño eres tú, Emma. Y puede que no sea un ridículo y pomposo príncipe... pero he venido a rescatarte.

_ Pero... yo quiero esto..._ Se quejó._ Yo quiero darte este reino.

_ Eso es lo que Ingrid te ha hecho creer._ Dije, sin soltarle la mano._ Deja que te demuestre que te equivocas.

Emma me miraba con dudas. Estaba segura de que creía que no había tenido nada tan claro en toda su vida. Pero cuando le tendí la mano no dudó en cogerla y levantarse. Empecé a caminar, suponiendo que mientras le cogiese la mano, el suelo no se desmoronaría.

_ Voy a contarte una historia, Emma. Mi historia. Y si cuando haya terminado sigues queriendo conquistar la ciudad... sigues sin creer que estoy hechizada... entonces haremos lo que tú quieras.

_ Me parece justo._ Dijo, mirándome con una sonrisa confiada.

Elsa

Lo cierto es que llevaba un rato meditando, mientras Anna se esforzaba por intentar escapar inútilmente. ¿De qué manera iba a matarla? A decir verdad, no se me ocurría la adecuada. Había tantas posibilidades. Finalmente me coloqué detrás de ella, que se giró, y la cogí por el cuello, alzándola. Una sonrisa de genuino deleite apareció en mi rostro. Finalmente me había decidido.

_ Te había prometido que te congelaría el corazón... y eso haré. Es como debiste haber muerto la primera vez, después de todo._ Dije, sonriendo. Para mi sorpresa, Anna también sonreía.

_ Adelante... congélalo._ Me desafió._ Si eres capaz de congelar mi corazón sin sentir dolor, sabré que mi hermana está muerta definitivamente.

Yo me reí con ganas. Estaba claro que la ridícula Elsa que ella conocía estaba muerta. Esa mujer idiota que desaprovechaba su talento y le entregaba su corazón a su hermana con tanta facilidad después de todo el daño que le había hecho no volvería. No con Anna convertida en cubitos de hielo para la hora de la cena. Cuando acabase con ella podría volver con Kristoff y olvidarme de que la había conocido alguna vez.

_ Como tú desee, Anna._ Dije, preparándome.

El chorro helado atravesó su torso, y una marca blanca se extendió por su pecho. Se desplomó, en el suelo, y yo me acerqué, para comprobar su pulso que, efectivamente, estaba totalmente parado. Había ganado. Había matado a Anna... y eso fue más de lo que pude soportar. Noté como mi corazón, repentinamente, se partía en pedazos. La cabeza me dolía, me ardía. Perdí el equilibrio y me vi girando sin control, chocando contra las paredes. Al parecer, el hechizo de Ingrid tenía unos límites desconocidos para ella.

Emma

_ Es la historia más triste que nadie me ha contado nunca._ Confesé, mirando a Regina a los ojos.

Todo aquel pesar, arrepentimiento... todo aquel dolor que me había transmitido con sus vivencias. Siempre había sabido que Regina era fuerte, pero nunca me había imaginado hasta qué punto lo había sido toda su vida. Si yo hubiese sido ella me habría rendido mucho antes. Ella me rodeó con los brazos, y me miró a los ojos.

_ Todo me ha ocurrido por esa ambición que tuve... por lo que mi madre me obligó a hacer. ¿Quieres acabar así, Emma? ¿Siendo odiada por todos salvo por mí?

_ No... no quiero eso._ Dije, en un susurro. La simple idea me aterraba.

_ Pues déjalo... y ven conmigo, Emma._ Me dijo, acercándose y dándome un suave beso en los labios.

En ese momento lo tuve claro. Sonreí, cerré los ojos, y dejé que mi pelo volviese a teñirse de rubio. Apreté con fuerza la mano de Regina y la miré a los ojos.

_ Vámonos...

Elsa

Había hecho algo imperdonable. Había matado a mi propia hermana. Me desplomé, apoyada en la pared, gritando entre mi llanto. Mi cabello, dorado de nuevo, se me colaba entre las manos, empapándose entre mis lágrimas. Anna. La única que había estado a mi lado cuando todo se había torcido. Y ahora estaba muerta. Me acerqué y la tomé entre mis brazos. Estaba tan fría... casi tanto como yo. La abracé con todas mis fuerzas. Pero esta vez no se descongeló como la otra. Seguía estando helada. Y otra vez era por mi causa.

La gente de Arendelle tenía razón al llamarme monstruo. El hechizo de Ingrid no había hecho más que sacar lo que había dentro de mí desde un inicio. Pasé mis manos por su cabello pelirrojo, mirando sus ojos cerrados. Daba la impresión de que sólo dormía. De hecho, estaba sonriendo. Algo que no entendía. Recargué la cabeza en su pecho, aún presa de las lágrimas. Creía que lloraría para siempre, que aquel vacío que acababa de aparecer en mi corazón no desaparecería nunca.

_ Lo siento Anna... Lo siento tanto... siento haberte dejado sola... siento no haber sido capaz de ayudarte cuando me necesitaste... Siento haberme negado a salir todas aquellas veces en las que me pediste que te hiciera un muñeco de nieve.

_ Aún estás a tiempo, si quieres.

Me separé, incrédula, y alcé la vista. Anna tenía los ojos abiertos. Pero aún la notaba fría entre mis brazos. El hielo sobre su pecho parecía haberse caído. Yo la miré, sin entenderlo.

_ Pero... si... te he...

_ ¿Matado?_ Dijo, sonriendo._ Elsa... no se puede matar lo que ya está muerto.

_ ¿Cómo?_ pregunté, sin entender.

_ Elsa... ¡Mírame a la cara! ¿Te parece la cara de una mujer de cuarenta y seis años?

La respuesta obvia era que no. Anna estaba exactamente igual que el día en que nos separamos. Quizá algo más pálida, aunque bien podía ser por el frío del ambiente. Eso era algo en lo que tampoco me había fijado. Anna debería estar temblando con la temperatura de la habitación.

_ Morí el día en que llegué a este mundo. Me esforcé tanto por rehuir el hechizo que... el portal que utilicé terminó matándome. Bueno, no del todo. Anzu me encontró y ella... bueno... ella hizo lo que pudo. Y desde entonces estoy con ella.

_ Entonces eres... ¿Un vampiro?_ Pregunté, alzando una ceja.

_ Bueno... no del todo... es complicado._ Dije, mordiéndose el labio._ Me quedé a medias en la transformación... por el frío... al parecer. No quiero darle demasiadas vueltas mientras siga consciente. En cualquier caso sabía que si creías que me habías matado... volverías en ti... fuese cual fuese el hechizo que te hubiesen lanzado. Lo siento.

Anna se lanzó sobre mí, abrazándome y yo la estreché con todas mis fuerzas. Aún me costaba creer que siguiese allí, que no la hubiese matado. Las circunstancias en el fondo me daban igual, y ella parecía estar feliz, contenta. Poco o nada se parecía a los vampiros de los libros que había leído.

_ Y... Supongo que ahora querrás casarte con Kristoff._ Dije, en un susurro. Confieso que eso aún me dolía.

_ Llevo intentando decirte desde que volví que no. Estoy enamorada de otra persona._ Me dijo. Y confieso que me quité un peso de encima. No quería perder a Anna, pero tampoco a Scott... o Kristoff. Él pareció dispuesto a quedarse conmigo en el momento en que el hechizo se rompió... pero temía que al volver a ver a Anna me dejara.

_ ¿Y... quién es el afortunado?_ Pregunté, alzando una ceja. Ahora que todo parecía en calma, me vencía la curiosidad.

_ Anzu..._ Dijo, mirándome._ Ella es la afortunada... aunque temo que nunca tendré el valor para decírselo.

En ese momento una pared se desplomó, y la susodicha vampiresa apareció tras ella. Tenía toda la ropa mojada, y algo me decía que esa chaqueta de cuero iba a quedar arruinada. ¿Cuántas paredes habría echado abajo para llegar hasta donde estábamos?