Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 20

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—Me gusta tu vestido dijo Suigetsu mientras mordisqueaba la oreja de Ino en la biblioteca. Estoy impaciente por quitártelo.

Lo haría en cuanto acabaran la cena. Ya hacía casi una semana de su breve viaje en tren, y aunque Ino vestía de negro durante el día, cada noche, antes de la cena, lo sorprendía con un vestido distinto. Él siempre esperaba su aparición emocionado y le encantaba verla sin el riguroso luto. Aquella noche el vestido era rojo. Estaba arrebatadora. Suigetsu pensó que en el futuro sólo debería comprarse ropa de ese color. Deslizó los labios por el cuello de Ino. Ella gimió y el sonido amenazó con debilitar la intención que tenía Suifetsu de dejarla llevar puesto el vestido por lo menos durante la cena.

—Creo que los sirvientes están empezando a murmurar dijo ella.

—Les pago lo suficiente como para que no digan ni una palabra, ni siquiera entre ellos.

Suigetsu jamás se había planteado pagarle a alguien para que no hablara, pero para Ino la discreción era muy importante. Era increíble cómo, de alguna forma, lo que era importante para ella estaba empezando a ser importante también para él.

Ino se inclinó hacia atrás.

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—No hemos sido muy discretos.

—Lamento disentir. Lo único que saben es que por las noches no te vistes de negro. Yo no te he perseguido por la casa, aunque debo confesar que lo he pensado muchas veces. Tal vez esta noche no vaya al club y cuando los sirvientes se vayan a dormir...

Ella lo golpeó en el hombro.

—Hablo en serio, Suigetsu. Lo que empezó siendo una noche de indiscreción se ha convertido en algo que me está consumiendo. No me estoy comportando como una viuda.

—En público sí lo haces. Y en privado no es asunto de nadie.

Ini deslizó los dedos con dulzura sobre la cicatriz que él tenía en la mejilla.

—Supongo que me preocupa pensar que Hoshigaki merecería un poco más de mí, ahora que ha muerto.

—Y tú merecías mucho más de él cuando estaba vivo. Ese hombre no te valoraba. Deslizó laboca por encima del hombro desnudo de Ino. Tienes que admitir que ése no es uno de misdefectos.

El suave gemido de ella lo incitó. No había nada que hacer. No podía esperar hasta después de la cena. La cogió en brazos y la sentó sobre el escritorio.

—¿Qué haces? preguntó Ino con la respiración agitada y rodeándolo con los brazos. Pronto vendrán a avisarnos de que la cena está lista.

—Yo tengo apetito de otra cosa susurró. Creo que informaré a Kazuma de que esta noche no vamos a cenar. Ya comeremos en la cama más tarde. ¿Qué te parece?

—Estupendo. Absolutamente...

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Alguien llamó a la puerta. Ino sofocó un grito y, mientras se bajaba del escritorio, apartó a Suigetsu con tanta fuerza que éste casi cayó. La cogió de la muñeca para que ambos pudieran mantener el equilibrio.

—Relájate le ordenó.

—¿Quién puede ser? Es muy pronto para cenar.

—No tengo ni idea.

La soltó y la observó divertido mientras ella recuperaba la compostura. Sin embargo, pese a su esfuerzo, seguía pareciendo una mujer a la que habían estado a punto de hacerle el amor apasionadamente. Por el bien y la comodidad de Ino decidió que era mejor no mencionarlo. Las cosas habían cambiado mucho desde aquella primera noche, cuando a él lo divertía tanto provocarla.

Ino se humedeció los labios y levantó la barbilla.

—Estoy lista.

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Suigetsu se dirigió hacia la puerta.

—Adelante.

Kazuma abrió la puerta.

—Lord Kirikagure...

—Me han hecho esperar mucho rugió el primo de Hoshigaki mientras entraba en la biblioteca sin dejar que Kazuma acabara de anunciarlo debidamente.

El mayordomo pareció escandalizado. Suigetsu le hizo un gesto con la mano para que se retirara y Kazuma asintió, cerrando la puerta tras de sí.

Kirikagure miró a Ino con desdén.

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—Tendría que haber imaginado que se convertiría en su prostituta.

El puño de Suigetsu impactó en la mandíbula de Yamato haciéndolo caer sobre la alfombra de un satisfactorio golpe.

—Yo que usted intentaría cuidar las palabras.

El vizconde se frotó la mandíbula y lo miró desde el suelo.

—Sí, conozco muy bien su reputación. Ya sé que cuida muy bien de sus trabajadores.

—Lo dice como si eso fuera un defecto intervino Ino.

—Este hombre es un sinvergüenza, su moral es cuestionable. Se tambaleó hasta que consiguió ponerse en pie; entonces esquivó a Suigetsu hasta quedar frente a Ino. Lo único que busca es poner a todo el mundo a su nivel. Mírese. Está de luto y parece una mujerzuela de la calle.

—Será mejor que retire esas acusaciones ahora mismo o volverá a sentir mi puño dijo Suigetsu.

—Así es como usted resuelve las cosas, ¿verdad? Yamato no se esforzó por esconder su desprecio. Es un bárbaro. No tiene ni idea de cómo se comporta un hombre civilizado.

—Supongo que el hecho de que siga teniendo dientes es un claro indicio de que sí lo sé contestó Suigetsu.

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El otro se volvió a dirigir a Ino.

—¿Está al corriente de que tiene niños en su club?

—A decir verdad, sí que lo sé. Les proporciona un empleo y un lugar seguro donde vivir. Una actitud admirable por su parte.

—No es natural que un hombre tenga tanto interés por los niños.

—¿Qué insinúa? preguntó ella.

—Estoy preocupado por el bienestar de Inojin. Se rumorea que Hozuki abusa de ellos.

—¿Se rumorea? Estoy convencido de que esos rumores proceden de usted dijo Suigetsu. Debería irse...

—Él jamás le ha hecho daño a Inojin lo interrumpió de repente Ino.

—¿Está segura de que lo sabría si lo hiciera?

Ella miró a Suigetsu y éste pudo sentir el peso de la duda en su mirada; sabía que estaba recordando que no se había dado cuenta de que Izumi pegaba a su hijo.

Ino asintió con brusquedad.

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—Sí, si lo hiciera, lo sabría. Y sé que nunca lo haría.

La convicción de sus palabras alivió la opresión que atenazaba el pecho de Suigetsu.

—No podrá ponerla en mi contra, Yamato. No sé qué intenta conseguir con esas falsas acusaciones...

—El chico no está a salvo aquí. Zetsu está de acuerdo conmigo.

—¿Zetsu no Sairai? preguntó Olivia.

—Sí. Mi primo y yo estamos indignados; Scotland Yard nos está investigando. El inspector no encontrará nada inapropiado relacionado con ninguno de nosotros, aunque no se puede decir lo mismo de usted, Hozuki. La duquesa aquí presente es una prueba. Volvió a dirigirse a Ino. Mire lo que ha hecho con usted.

Suigetsu cogió a Yamato por el brazo.

—Váyase ahora mismo.

Ella levantó la mano.

—Espera. Deja que se explique.

—No tiene nada importante que...

—Entonces déjame escucharle.

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El vizconde consiguió soltarse el brazo y se puso bien la chaqueta, mientras Suigetsu se debatía entre seguir insistiendo en que se fuera o darle a Ino la oportunidad de demostrar... ¿qué? ¿Qué lo creía a él y no a Yamato? Por otra parte, él necesitaba saber a qué se estaba enfrentando.

—Este hombre ha conseguido que se olvide del lugar que ocupa en la sociedad dijo Yamato. Está de luto y, sin embargo, viste de rojo. No está casada con él, pero desde aquí puedo ver perfectamente las zonas de su piel por donde ha deslizado su áspera cara. Si es capaz de hacer que usted, una mujer de moral intachable, acepte su pecaminosa forma de vida, imagine lo que podrá hacer con un niño tan impresionable como Inojin. Sólo me preocupo por su hijo, de que reciba la educación adecuada para un lord. Yo puedo encargarme de eso. Y si no me apoya en este asunto, acudiré a los tribunales, acudiré al Asamblea. Cielo santo, acudiré a la hokage si es necesario. Pero mi conciencia no permitirá que me mantenga al margen y deje que este diablo...

—No creo que tenga ninguna otra alternativa lo interrumpió Suigetsu con tranquilidad.

Tanto el vizconde como Ino volvieron la cabeza para mirarlo.

—Puede aducir todas las buenas intenciones del mundo y todas las preocupaciones por la perfecta y moralmente correcta educación de Inojin que quiera, Yamato, pero tanto usted como yo sabemos que en el fondo de este asunto lo único que hay es su dinero. No dejaré que me chantajee.

El otro se puso derecho.

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—Le aseguro, señor, que sólo me preocupo por el bienestar del hijo de mi primo. Arruinaré su buen nombre...

—Tal como usted mismo ha apuntado en tantas ocasiones, yo no tengo un buen nombre. Y mi reputación significa para mí menos que mi dinero. Amenáceme cuanto quiera, no pienso pagarle.

Yamato estaba perdiendo la compostura y Suigetsu no tenía ninguna duda de que había acertado de lleno con el motivo que lo había empujado a visitarlos.

—Mañana por la mañana iré a ver a Yahiko. Si cambia de idea...

—No lo haré contestó Suigetsu.

El vizconde miró entonces a Ino.

—Piénselo bien. Juntos podemos arreglar todo este asunto.

Abandonó la habitación sin decir una palabra más.

—¿Esto es un chantaje? ¿Eso es lo que está haciendo? preguntó ella en voz baja.

Suigetsu la miró.

—Sí.

—¿Por qué no le pagas y acabas con esos depravados rumores?

—Sus acusaciones son falsas. Si le pagara, le estaría dando crédito y lo único que conseguiría sería que viniera a pedirme más. Esto se acabaría convirtiendo en un círculo vicioso y al final no tendríamos ninguna salida.

—Pero ¿qué pasa si empieza a airear mis indiscreciones?

—No ganaremos nada pagándole.

—Ganaremos su silencio.

—No pienso dejar que me chantajee.

—Yamato pensaba que tú habías chantajeado a Hoshigaki. Creía que ése era el motivo por el que te nombró tutor de Inojin.

—Al parecer, el vizconde tiene una extraña facilidad para equivocarse.

—El vizconde no te gusta.

—No mucho.

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Ino observó a Suigetsu durante un momento y luego dijo:

—Sé que jamás le harías daño a Inojin.

—Me alegro. Se acercó y ella lo esquivó. Al parecer, había estado prestando más atención de la que él creía, mientras le enseñaba a Inojin las mejores formas de esquivar a alguien.

—Pero... Ino empezó a hablar y luego se detuvo.

—¿Pero?

Se volvió para mirarlo a los ojos.

—Pero en cuanto a mí, por mucho que me moleste admitirlo, Yamato tiene razón. Mi comportamiento ha sido abominable.

—Muñeca...

—No. Ya sé que tienes el poder de convencerme de lo contrario. Si me tocas o me besas, te seguiré a cualquier lugar al que quieras llevarme. Mírame. Levantó los brazos. Hace apenas un mes que estoy de luto y aquí me tienes, vestida de rojo. Acostándome con un hombre con el que no estoy casada. Por el amor de Dios... ¡Mira lo que hicimos en el tren!

—Cariño, eso es exactamente lo que él pretendía, hacerte vacilar, conseguir que dudaras de mí. Así sólo das crédito a su postura.

—¿Me sedujiste para fortalecer la tuya?

Suigetsu se dio media vuelta, se acercó a su mesa y se sirvió un vaso de whisky.

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—No pienso contestar a esa pregunta.

—¿Significo algo para ti o sólo soy una aventura?

—Estás cayendo en su trampa.

—Ya he caído demasiadas veces en la tuya, ¿no? ¿Qué estamos haciendo Suigetsu?

¿De verdad ella esperaba que él respondiera? ¿De verdad creía que Suigetsu lo sabía? Sí, era una aventura, pero también era algo más y él no sabía cómo definir su relación. Era incapaz de imaginar su vida sin ella. Pero tampoco podía imaginarse reconociéndolo.

—¿Sigues queriendo que me case con otro?

¿Quería? Sólo de pensar que otro hombre pudiera tocarla, se ponía hecho una furia. Suigetesu nunca había tenido ningún problema en compartir a las mujeres. ¿Por qué ella? ¿Por qué no podía soportar la idea de que estuviera con otro?

—Entonces, ¿qué? preguntó Ino como si se estuviera cansando de esperar a que él respondiera a una pregunta relativamente sencilla. ¿Me consideras tu amante? No lo creo. Me temo que Yamato tiene razón: me he olvidado de quién soy. La oyó tragar saliva. Suigetsu, mañana me gustaría llevarme a Inojin al campo dijo con toda tranquilidad.

—No.

—Por favor, no me obligues a ir sola.

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Sola. Lo iba a dejar con o sin Inojin. Dios... Que tuviera tantas ganas de deshacerse de él como para irse sin su hijo lo decía todo. La miró por encima del hombro. La tristeza que vio en su mirada casi lo hizo caer de rodillas. Tristeza y arrepentimiento. Suigetsu le había enseñado a disfrutar de los placeres inmediatos, la había animado a entregarse a ellos sin pensar en el coste. Ahora, Ino estaba pagando un precio mucho más alto del que él pagaría jamás.

—Me voy al club. Pasó junto a ella y luego se detuvo. Quiero que Inojin y tú os hayáis ido antes de que vuelva mañana por la mañana. Y llévate al maldito perro.

Estaba casi en la puerta cuando oyó el primer sollozo. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no detenerse.

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Inojin no estaba ni la mitad de emocionado ante la idea de ir al campo de lo que Ino esperaba que estuviera. Porque Suigetsu no iba con ellos e Inojin lo adoraba.

Ella no podía culparlo. Cuando quería, podía ser realmente encantador y parecía llevarse muy bien con su hijo. ¿Sería por todos aquellos niños que tenía en el club?

Estaba sentada en una silla, junto a la cama de Inojin, y le leía sin apenas entonar; no conseguía despertar el interés del niño y el motivo no era que estuviera cansado. Ino sabía que no lo estaba. Cada vez que oía un ruido en la casa, volvía la cabeza en dirección a la puerta de la habitación, como si estuviera esperando, deseando, que apareciera Suigetsu y le dijera que no tenía que irse al campo.

¿Había querido a su padre la mitad de lo que parecía querer a Suigetsu?

Cerró el libro. Inojin la miró con culpabilidad. Ino no creía que pudiese dormirse y, si no lo hacía, por la mañana estaría de mal humor cuando se fueran a ir de viaje.

—Creo que voy a salir a pasear por el jardín dijo. Ya estaba oscuro, pero aún no era demasiado tarde. Ella tampoco tenía ganas de dormir y no quería estar sola. ¿Te gustaría venir conmigo?

El niño asintió.

—¿Puedo llevarme a inuji?

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Ino ya ni se acordaba de la última vez que Inojin había tartamudeado.

—Pues claro. Se dirigió a Moebi. Vamos a dar un paseo por el jardín.

—En seguida lo prepararé, su excelencia.

Pocos minutos después, Inojin y ella paseaban por el jardín. Habían encendido algunas de las antorchas y el camino se veía lo suficientemente bien.

—Creo que a Inuji le gustará el campo, ¿no? le preguntó.

Podía ver asentir a su hijo.

—¿Por qué no viene Suigetsu con nosotros?

—Tiene mucho trabajo que hacer aquí. Se agachó delante de él. Inojin, tienes que entender...

Una sombra emergió de la oscuridad.

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