Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de Stephenie Meyer, la historia pertenece a Kat Martin.
CAPITULO 20
Había llovido todo el día y toda la noche. El cielo parecía haberse abierto en dos para dejar caer cataratas de fría agua grisácea. Las densas nubes ocultaron las estrellas, y el viento arremolinó basura y papeles en las calles empedradas.
Isabella se arrebujó en su gruesa capa y aceptó la mano que le tendía Emmett para ayudarla a subir al coche.
—No debería salir, señorita. Su Señoría me arrancará la cabeza por llevarla.
—Si no lo hubieras hecho, habría venido sola.
Emmett suspiró, resignado.
—Ya; ¿cree que no lo sé?
Sosteniéndose la capucha para protegerse del viento, Isabella aguardó a que Emmett tomara la pesada aldaba de bronce en forma de cabeza de león que adornaba la puerta de entrada de la residencia de Ravenworth y la golpeara contra su base.
La puerta se abrió. Aunque los periódicos habían dejado en evidencia el escándalo y no cabían muchas dudas de que Billy Pendergass los habría leído, nada en su rostro lo dejaba entrever, salvo quizás un rastro de compasión.
—Lo siento. Sé que debería haber avisado, pero no estuve segura de venir hasta muy tarde.
Se había dicho que debía mantenerse lejos de él, que era lo mejor para Edward, para los dos, en realidad, y también sabía que eso era lo que él quería. Pero los chismosos ya estaban enterados de la relación que los unía, y ella quería verlo. Tenía que verlo. Lo había extrañado con desesperación durante los dos últimos días.
El mayordomo carraspeó discretamente. Miró hacia la escalera con expresión de incertidumbre.
—Me temo, señorita Swan, que lord Ravenworth no está en condiciones de recibir visitantes. Está un poco... descompuesto, sabe usted. Tal vez mañana por la mañana...
—¿Edward está enfermo? ¿Adonde está?
—En su habitación, señorita. Ya se retiró a descansar.
Isabella se desató los lazos de la capa y se la entregó al mayordomo.
—Entonces voy a verlo, por si necesita algo.
Se encaminó hacia la escalera, con Pendergass pisándole los talones.
—Por favor, señorita. Me ordenó que nadie lo molestara. Si usted pudiera volver mañana por la mañana...
La asaltó la sospecha. Algo andaba mal.
—Estoy aquí ahora, y quiero verlo. No es preciso que se moleste en acompañarme. Conozco el camino.
Dio media vuelta y se precipitó por la escalera, haciendo caso omiso de los gruñidos desaprobatorios de los dos hombres que se quedaron abajo. El corazón le latía descontroladamente. La preocupación la hacía vacilar sobre sus propios pies.
Llamó a la puerta de la habitación de Edward, tomó el tirador sin aguardar ser admitida y entró en el salón ricamente amueblado. El olor a alcohol y a tabaco le golpeó en el rostro con la fuerza de una bofetada.
—¡Santo cielo!
La habitación estaba pobremente iluminada con el resplandor de un fuego agonizante y una única vela. Edward estaba tirado sobre un sillón de brocado dorado frente al fuego, con el pelo ligeramente desordenado, la camisa desabrochada hasta la cintura, un botellón de ginebra en una mano y un delgado cigarro negro apretado entre los dientes.
Se quitó el puro de la boca y soltó una perezosa columna de humo que quedó flotando en el aire.
—Bueno, mira a quién tenemos aquí. Una visión, salida directamente de mis sueños. ¿Eres real, Isabella, o estoy soñando?
Iluminados por el resplandor del fuego, sus ojos acerados la recorrieron de arriba abajo en un lento examen que nada hizo por disimular sus pensamientos ardientes.
—Soy bien real, milord. Vine a ver cómo se sentía. Su mayordomo me dijo que estaba enfermo.
Edward le dedicó una sonrisa que dejó al descubierto sus dientes muy blancos.
—¿Parezco enfermo, cariño?
—Parece ebrio, milord. Creo que está completamente borracho.
Edward se puso de pie sin soltar el botellón de ginebra y arrojó el puro al fuego. Los músculos de su pecho aparecían tensos debajo de su camisa, y la luz de las llamas ponía un brillo de bronce en su piel cubierta de rizado vello negro.
—No estoy tan borracho como para no disfrutar con un poco de diversión. Ven aquí, Isabella. Tengo algo para ti.
Ella sintió que el corazón le latía con más fuerza, mientras montaba en cólera. Pudo ver que Edward tenía una erección que se marcaba en el frente de sus pantalones.
Él se acercó a ella tambaleando y se apoyó sobre una pequeña mesa Sheraton. Sus ojos fueron hacia ella, perezosa, sensualmente, en una trayectoria erótica que le provocó calor dentro del estómago.
—¿Sabes cuánto te deseo? No he pensado más que en ti desde hace días —sus ojos acerados descendieron hasta sus senos—. Tengo una erección por ti, Isabella. La tengo desde que atravesaste esa puerta. ¿Imaginas acaso lo increíblemente deseable que estás? ¿Puedes siquiera sospechar las horas que he pasado en mi lecho, pensando en ti?
—Edward... por favor...
—Sé que estoy borracho. No me importa. No me hace desearte menos. ¿Por qué no me besas? Podemos empezar por ahí. Después te quitaré esas ropas que llevas —vaciló sobre sus pies.
Quitó el tapón del botellón de ginebra y bebió un largo sorbo directamente del pico—. Demasiada ropa... lo único que hace es estorbar. Quítatela que voy a poseerte... a hacerte todo lo que he soñado... enterrar mi miembro en ti.
Isabella se sonrojó. Esa noche Edward era, definitivamente, el Conde Perverso, y aunque una parte de ella estaba irritada por haberlo encontrado en ese estado, esas miradas ardientes y las pecaminosas palabras de Edward estaban provocándole reacciones extrañas en el cuerpo.
—Debes meterte en cama.
El le sonrió con malicia.
—Eso mismo decía yo.
Dejó sobre la mesa el botellón de ginebra y fue hacia ella, tambaleante, deteniéndose a pocos pasos. Se inclinó, vacilante, hacia ella, y le tomó uno de los senos en las manos con un gesto sorprendentemente tierno.
—Adorables. He estado pensando mucho en ellos. He recordado la forma en que sus bonitos pezones rosados se ponen duros cuando paso la lengua sobre ellos.
Sus palabras bastaron para lograr que ocurriera precisamente eso. Isabella sintió que se erguían debajo del vestido como si él los hubiera acariciado.
¡Por Dios, ella no había ido a su casa para eso! Podía ser la amante de Edward, pero lo que podía soportar tenía un límite.
Él se acercó más, tropezó y estuvo a punto de caer al suelo. Isabella lo tomó del brazo y lo enderezó contra su propio cuerpo.
—Será mejor que llame a Emmett. Él te ayudará a desvestirte.
Los ardientes ojos verdes de Edward se clavaron en sus pechos.
—¡Oh, no! Emmett no. Tú, Bells.
Isabella puso los ojos en blanco. Él estaba consiguiendo lo que quería con esa extraña mezcla de niño pequeño y excitante y viril adulto. No contribuyó al cada vez más vertiginoso latido de su corazón ni a su decisión claudicante.
—De acuerdo, muy bien. Te ayudaré a desvestirte.
—Y yo te ayudaré a ti.
Su largo dedo moreno buscó el botón que abrochaba su vestido en la nuca. Tiró de él una vez, dos; se oyó el ruido de la tela al rasgarse, y Isabella se volvió y se quitó con una bofetada la mano invasora.
—Muy bien, Edward Masen. Ya he tenido suficiente. Ahora, vamos a tu dormitorio. Te sentarás en la cama y yo te ayudaré a quitarte la ropa. Si no te comportas como es debido mientras lo hago, llamaré a Emmett.
Un mechón rebelde cayó sobre el ojo de Edward. Repentinamente pareció contrito.
—De acuerdo, lo lamento. Vamos a la cama.
Ella no pensaba decirle que no tenía intención de reunirse allí con él, borracho como un marinero en permiso. Y condenadamente pesado, pensó, mientras ambos avanzaban a los tumbos hasta el dormitorio, ella sosteniendo a Edward que le pasaba el brazo sobre los hombros.
Una vez que alcanzaron la cama, él se desplomó pesadamente sobre ella, e Isabella puso manos a la obra. Le quitó los zapatos y los calcetines, a continuación la chaqueta y la camisa y después se dispuso a desabotonarle la bragueta. Percibió su erección y comenzaron a temblarle las manos. Edward soltó un gruñido, y las manos de Isabella quedaron inmóviles.
—No me quedaré... no me quedaré aquí ni un minuto más.
—Tómate tu tiempo, cariño —sus palabras sonaron roncas y seductoras.
Le sonrió con picardía, y a ella la recorrió una oleada abrasadora.
Maldita sea, Edward Masen. Pero ya no estaba realmente enfadada, ni siquiera decepcionada. Junto al deseo que él había logrado despertarle, lo que verdaderamente sentía era piedad. Edward había tenido la necesidad de escapar de sus problemas. Había encontrado la manera de hacerlo, al menos por esa noche.
Con serena eficiencia, le quitó los pantalones, decidida a no prestar atención a los duros músculos que le atravesaban las costillas ni a los tendones que recorrían sus largas piernas. Lo acomodó en la cama y lo cubrió con la sábana hasta la cintura.
—Ahora tú —dijo él en voz baja, en tono soñoliento.
—Esta noche, no. Esta noche no puedo quedarme contigo. Irina está aquí. Los sirvientes murmurarían.
Pero lo cierto era que deseaba poder hacerlo. Esa noche él representaba su papel de Conde Perverso, pero bebido o sobrio, seguía siendo el hombre más excitante que conocía. El cuerpo le dolía por el deseo de que él la tocara, el corazón le dolía por la necesidad de estar a su lado.
Él no la amaba, pero esa noche la necesitaba, y ella deseaba estar con él. Anheló poder meterse en la cama con él y dar a su cuerpo el alivio que el licor había proporcionado a sus atribulados pensamientos.
—No debería haberme emborrachado —farfulló él amodorrado—. Quería olvidar. ¿Me perdonas?
Isabella se inclinó sobre él y lo besó en la frente.
—Milord, yo puedo perdonarle casi todo.
Se dispuso a apartarse, pero él la tomó de la muñeca
—Quédate un poco más —se le cerraron los ojos y sus espesas pestañas negras proyectaron sombras sobre los cincelados planos de su rostro—. Sólo un rato más... aunque no podamos hacer el amor.
¿Cómo podía negarse?
—Muy bien, sólo un momento.
Media hora más tarde, Edward se había quedado dormido, A Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas tan sólo al contemplarlo. Él no se merecía aquello. Se merecía el hogar y la familia que ella tanto deseaba darle.
Pero, ¿y ella? No podía caminar por la calle sin que la gente murmurara a sus espaldas. Se burlaban de ella y se apartaban como si fuera una apestada. Le dolía ser tratada de esa forma.
¡Por Dios, vaya si dolía! No había imaginado lo terrible que podía resultar ser despreciada por la sociedad.
Isabella soltó un suspiro, y se puso cansadamente de pie. Cuando salió al vestíbulo, allí la aguardaba Emmett, sentado debajo de uno de los apliques dorados que iluminaban el corredor.
—¿El conde está bien?
—Mañana por la mañana tendrá una terrible jaqueca, pero bueno, de momento está bien — miró hacia la puerta cerrada de la recámara—. Quería que me quedara con él.
—¿Y usted quería quedarse?
—Sí. Por incorrecto que sea, quería hacerlo.
La curtida tez de Emmett exhibió todo un mundo de comprensión.
—Quédese, entonces. Antes de que amanezca vendré a buscarla para llevarla a casa. Nadie tiene por qué enterarse.
Isabella se mordió el labio. Era algo escandaloso y peligroso. Había que tener en cuenta a Irina, y las murmuraciones ya eran prácticamente intolerables. Al pensar en Edward, solo en su lecho, todo eso no pareció tener importancia.
Se acercó a Emmett y le tomó la mano.
—Gracias, Emmett. Es usted un buen hombre.
—Nuestro Edward... él es el bueno. Sea buena con él, muchacha. Necesita una mujer que lo quiera.
Ella pestañeó y sintió los ojos anegados por las lágrimas.
—Yo lo amo, Emmett. Más que a nada en el mundo.
—Vaya, entonces. Hágale olvidar sus problemas al menos por un rato.
Isabella asintió con un gesto. Regresó a la habitación, se desvistió sin hacer ruido, y se deslizó en la enorme cama junto a Edward. Aunque estaba profundamente dormido, él la tomó en sus brazos y la apretó contra su cuerpo desnudo.
Las lágrimas parecieron quemarle los ojos. Allí estaría ella si él la necesitaba. Pensó en la intensidad con la que había llegado a necesitarlo.
Tal como prometiera, poco antes del amanecer llegó Emmett con el coche para llevarla a casa. En las últimas horas de la tarde de ese mismo día, Isabella se vistió con un sencillo vestido gris con adornos de diminutas perlas, para regresar a la casa de Edward. Estaba resuelta a tener con él la conversación que había intentado tener la noche anterior.
Se sonrojó al recordarla, al pensar en el momento en el que Edward había despertado y había empezado a hacerle el amor lentamente, sensualmente. Ella había podido percibir su necesidad, y de alguna manera él había percibido la de ella. Juntos habían alcanzado una tumultuosa culminación con los cuerpos pegados entre sí, para después quedarse dormidos abrazados. Lo había abandonado poco antes del alba para volver a su casa y dormir hasta más tarde que de costumbre y de paso dejar que Edward pudiera dormir para recuperarse.
Lo necesitaría, pensó con cierta diversión. A esa altura ya estaría pagando la tontería de la noche anterior.
Llegó a casa de Edward llevando una vez más a Emmett como escolta, en el preciso instante en que el sol aparecía entre las nubes. Los empinados peldaños de piedra de la entrada todavía relucían con las últimas gotas de lluvia.
Pendergass la hizo pasar al salón.
—Avisaré a Su Señoría que usted está aquí —dijo, y se deslizó fuera de la habitación.
Pocos minutos después hizo su aparición Edward.
—Isabella... —pronunció su nombre en voz baja. Su expresión era inescrutable, pero sus largos pasos eran seguros; en cuestión de segundos ella se encontró en sus brazos—. No deberías venir aquí —le susurró al oído—. No deberías ni acercarte a mí. No deberías haber venido anoche... y yo debería haberte enviado de vuelta a casa
Isabella lo miró a su apuesto y querido rostro.
—No veo qué diferencia hace ahora. Los periódicos ya lo saben todo sobre nosotros. A esta altura, lo sabe todo Londres.
—Desgraciadamente, es verdad —respondió él con un suspiro. La condujo hasta el salón. Inclinado la cabeza, la besó—. Por Dios, hace apenas unas horas que no te veo, y ya me parece que hubieran pasado varios días —volvió a besarla profunda, golosamente—. Ya vuelvo a desearte —le besó el cuello, y ella pudo sentir su cálida boca contra el latido de su sangre—. Jason está aquí —le dijo entre suaves y dulces besos—. Jason y sir Reginald. Aguardan en mi estudio.
Isabella se soltó de su abrazo; sintió que el calor le subía a las mejillas.
—¿Tienes la casa llena de visitantes, y estamos aquí besándonos?
Él sonrió, divertido.
—Supongo que debería habértelo dicho. Lo estaba pasando demasiado bien.
—Eres un perverso. Es una de las cosas que más amo de ti.
La sonrisa de Edward pareció vacilar. Saber que ella lo amaba siempre parecía incomodarlo.
Con el tiempo será diferente, se dijo Isabella, pero de todas maneras le molestaba. Él la tomó de la mano, la acompañó fuera del salón, e Isabella se obligó a pensar en otra cosa.
—Si Jason está aquí —dijo—, es porque ha sucedido algo.
Él asintió.
—Hemos recibido un informe de uno de los investigadores de Bow Street. Aparentemente, el vizconde de Kendall no está tan libre de culpa en todo esto como a él le gustaría.
Abrió la puerta del estudio; los hombres que allí aguardaban se pusieron rápidamente de pie.
—Isabella —dijo el duque con una sonrisa—. Qué alegría volver a verla.
Sir Reginald la saludó cordialmente, inclinándose sobre su mano.
—Es un placer, señorita Swan.
—No tenía intención de interrumpiros. Edward me estaba contando que un investigador ha descubierto algo de importancia con respecto al vizconde de Kendall.
—Así es —confirmó el duque—. Parece que lady Ravenworth y Alec Townsend hacía tiempo que tenían problemas. En realidad, conforme a la declaración de los sirvientes, el día del asesinato tuvieron una verdadera trifulca, y no era la primera.
—Así es —coincidió sir Reginald—. Uno de los lacayos lo oyó lanzar amenazas el día del crimen.
A Isabella el corazón le dio un vuelco de esperanza.
—¡Entonces el asesino debe ser Kendall!
—Es posible, en efecto —dijo Edward—. Por desgracia, el hombre tiene una coartada muy sólida. Fue visto por el tabernero de El cisne y la espada, donde se supone que pasó varias horas. A menos que logremos descubrir que convenció al hombre para que diera falso testimonio, no estamos mucho mejor que antes.
Isabella se mordió el labio inferior. Daba la impresión de que cada nuevo rayo de esperanza era de inmediato oscurecido por una negra nube. Miró a Edward. Había ido a verlo para transmitirle sus sospechas acerca de James Witherdale. Todas las posibilidades eran importantes, ¿pero qué pensarían los demás?
—Estás preocupada —le dijo Edward con gentileza—. Si quieres decir algo, Isabella, ciertamente tienes permiso para hacerlo.
Ella lo miró a la cara, allí pudo ver la fatiga en sus ojeras y las arrugas de tensión que le atravesaban la frente.
—Lord Da Revin fue a verme.
—¿Da Revin? ¿Ese hijo de perra tuvo el descaro de acosarte en tu propia casa?
—No quería molestarte. Sólo lo menciono porque... sé que les costará creer esto, pero...
—Dínoslo. ¿Qué ha hecho ahora Da Revin?
—Es posible que él haya matado a la condesa.
—¿Qué?
Jason se adelantó en su asiento.
—Me doy cuenta de que esto es sumamente inquietante, Isabella. Todos estamos desesperados por respuestas, pero acusar a un hombre de asesinato...
—Sé que suena increíble. Es por algo que él dijo —frunció el entrecejo y sacudió la cabeza—. Bueno, no exactamente lo que dijo, al menos con palabras. Tal vez fue la forma en que lo dijo. Lo que fuera, me dejó pensando —sus ojos fueron hacia Edward— Nada de todo lo que descubrió acerca de nosotros logró disuadirlo de su obsesión, milord. En todo caso, parece más decidido que nunca. Hizo que le dieran una paliza a lord Tricklewood. Fueron sus hombres quienes rompieron el brazo a sir Robert —trasladó su escrutinio al rostro de Jason—. Lord Ravenworth siempre ha sido el obstáculo más grande en su camino. Comencé a preguntarme hasta qué extremos sería capaz de llegar para conseguir lo que quería. Quizás el asesinato no estaría descartado.
—¿Eso hizo a sus pretendientes? —preguntó el duque con incredulidad.
—Así es. Les dijo que yo ya estaba comprometida y que no debían seguir pensando en matrimonio.
—¡Ese hombre es un infame! —explotó Jason. Sacudió la cabeza—. Sin embargo, matar a Jane... no tendría sentido. Para eso tendría que haber sabido que Edward iría a verla, y también el propósito de su visita. No hay manera de que él lo supiera.
Edward lo miró con el ceño fruncido.
—En realidad, sí la hay. James sabía en qué habitación de Ravenworth Hall se hospedaba Isabella, también cómo hacer que sus hombres pudieran entrar en la casa. Pensé entonces que su informante sería alguno de los criados que había despedido, pero si se trata de alguien en quien confío, alguien que puede haber viajado hasta Londres con nosotros, explicaría cómo se enteró Da Revin.
—¡Santo Dios, no puede haber matado a esa mujer sólo para sacarte de en medio!
—Te olvidas de su hermano. Da Revin y yo tenemos una larga historia de odios. Él me odia por haber matado a Laurent. Si matar a Jane le facilitara el acceso a Isabella y además consiguiera verme muerto, era como para pensarlo.
El silencio cayó sobre ellos; fue quebrado por la voz de sir Reginald.
—De modo que ahora tenemos tres posibilidades: la del ladrón, que pudo haberla matado para apoderarse de los rubíes; la de lord Kendall, que pudo haberlo hecho por despecho; o la de James Witherdale, que pudo haberla matado con fría y resuelta deliberación.
Isabella no dijo nada, pero sintió un escalofrío. Edward se acercó a ella y la rodeó con sus brazos.
—Descubriremos la verdad —le dijo dulcemente—. Cada día que pasa nos enteramos de cosas nuevas. Sólo necesitarnos un poco más de tiempo.
Pero el tiempo se acababa, y ambos lo sabían. ¡Dios bendito, cuánto miedo sentía!
Esta historia se esta poniendo super emocionante, que nervios!
Ya quiero saber quien asesino a Jane y ¿por qué?
Y mis dos muchachos entregándose a la pasión de nuevo, son tan lindos. Me encantan!
La verdad yo veo muy complicado comprobar que lo haya hecho James, si es que el lo hizo, el panorama de nuestro amado conde no pinta nada bien.
Besitos y abrazos para todas!
