¡Mis corazonas, cómo están! ^o^ Espero que hayan pasado unas bonitas navidades. Ustedes hacen de mi vida todo un suceso(?) tanto las que comentan como las que no ^^
En fin, les traigo un regalito adelantado de año nuevo (?) n_n Y porque hace tres días (el 27/12) cumplió Hinata.
Rapidito, antes de que comiencen a leer:
El trozo de canción (desde la primera línea) xDD se llama "The Boys" de Girls' Generation. Esa canción es taan Hanabi xDD Ahora, no creo que sea recomendable para tooodo el cap, porque me inspiré como con cuatro canciones de temáticas sumamente abismales xDD En fin, si tienen tiempo, escúchenla por ahí~
MiladyYukie: Bueno, tu review fue el único que no pude contestar; pero lo haré por aquí en caso de que estés leyendo esto. Si te soy sincera, cuando leí tu comentario lo primero que sentí fue una especie de desilusión :( Pero bueno, para empezar ni siquiera sabía que leías esto xDD A mí también me gustó, hasta cierto punto, la escena del antiguo capítulo 20; pero en el fondo no me satisfacía por completo, no me llenaba, y apesar de que es algo que suelo sentir con todo lo que escribo, con ése capítulo —y con los que le seguían, a decir verdad— era tan diferente que en lugar de subirlo (como este que te ofrezco a continuación), me entristecía porque no sabía lo que estaba haciendo. Afortunadamente, logré retomar el rumbo y reescribir varias cosas, y si le tienes paciencia a los tercos éstos, por ahí más adelante verás escenas parecidas~ ^^
Ahora sí los dejo con el 21 ^^
Capítulo 21
Celos
.
.
.
—I can tell you're lookin' at me I know what you see; any closer and you'll feel the heat…
El chofer abrió la puerta del auto con una ceremoniosa reverencia que la muchacha consideró innecesaria; pero tendría que soportarlo por lo menos un año más cuando ella tuviera la edad adecuada para tramitar su permiso para conducir. Hanabi se bajó del auto y se quitó las gafas de sol tirándolas a los asientos sin reparar en algo tan mínimo como eso. Al salir, sus labios, que antes se movían ligeramente, quedaron sellados. Su ceño fruncido bajo los ojos lavanda teñidos de la ligera molestia de siempre hacia todo, contempló indiferente la entrada de su casa. Tomó su maletín y sin voltear a ver al chofer, se encaminó a entrar a la casa mientras en sus oídos sonaba: "You don't have to pretend that you didn't notice me; every look will make it hard to breathe"
Quizás fue la canción que acompasó su caminar, de suaves contoneos y pasos fuertes; pero bastante de ese estilo estaba ya en ella. Pude que en ese momento sólo calzara los zapatos del colegio y que por lo tanto eran bajos, que lo más adecuado para ella serían tacones en ese y en todo momento, pero aun así era toda una reina. La música no la alteraba en su modo de andar, simplemente ella era así. Pasos largos, un pie casi perfectamente delante del otro, la espalda completamente recta lo que hacía que el trasero sobresaliera un poco más dándole un toque de sensualidad. Más que una estudiante Hanabi parecía una joven y sofisticada ejecutiva, de las que todo el tiempo llevan una falda ajustada a la altura de las rodillas y unas sandalias altísimas.
Ignoró deliberadamente lo obvio, lo cotidiano de su hogar como la suntuosidad, el lujo y los empleados, y pasó de largo el recibidor no sin antes quitarse los zapatos en la parte inferior del genkan* para llevarlos en las manos y dirigirse a las escaleras, todavía en medioas.
La mano recorriendo suavemente la madera pulida del pasamano de las escaleras, Hanabi empezaba a subir los escalones sin ninguna prisa; el rostro en lo alto todo el tiempo.
—Soon as I step on the scene I know that they'll be watching me… watching me…
No era raro, ni para ella ni para los empleados, que llegara del colegio canturreando entre dientes alguna canción, con los audífonos del iPod o del celular puestos. No es como si ella cantara a todo pulmón; no, Hanabi mantenía el control incluso cuando una canción le fascinaba. Hanabi había notado de reojo, que a veces mientras entonaba vagamente algo (con los audífonos puestos, por supuesto, no habría otra manera), algunos de los empleados le dirigían una sonrisa discreta de complacencia que ella simulaba no haber visto.
—Wanna know my secrets but no I'll never tell 'cuz I got the magic touch and I'm not trying to fail. That's ri-ah-ight… and I-ah-I can't deny…
Hanabi pensaba que quizás en esa misma parte de la canción Fū bajaría sensualmente (aunque no estuvieran en un antro) mientras cantaba con la súper seductora voz de chica engreída. Y no que la canción no lo ameritara como para dejar a un chico con la boca abierta; pero Hanabi era bastante más prudente y su amiga más atrevida. Tampoco era como si se pusiera a bailar sensualmente ahora que nadie la veía y tenía su habitación a unos pocos metros.
Pensando en eso fue la razón de que no lo viera a la primera, pero ahora Hanabi dejó de cantar quitándose los audífonos y guardando el aparato. Kiba, de pie frente a la puerta de la habitación de Hinata junto a un Akamaru echado, se había girado también oyéndola.
Otra vez, se dijo Hanabi colocando las manos en la cintura, otra vez estaba él en su casa, otra vez con Hinata. Y se había apresurado bastante, logrando arruinar su tarde del viernes. Por Dios, ¡Si acababa de salir del colegio y él ya estaba aquí!
La cadera ligeramente ladeada, las piernas apenas separadas, el rostro totalmente inexpresivo y altivo, y una mano apostada en su cadera, demandando. Hanabi estrechó los ojos ante la mirada desentendida de él.
—Cantas bonito —comentó Kiba, con las manos en los bolsillos y quitando su peso de la pared junto a la puerta de la habitación de Hinata.
—¿Qué haces aquí? —soltó Hanabi con sorna, cruzándose de brazos— Ya deja en paz a mi hermana. Eres una influencia despreciable para ella.
Era la primera vez que se enfrentaban en mucho tiempo. Hanabi casi se asustó de la cantidad de palabras que pudo decir. El sentimiento no fue suficiente para apaciguar la punzada de molestia que le produjo verlo.
Kiba soltó una risa seca, irónica.
—Hinata es mucho más feliz conmigo, para que te vayas enterando —le dijo con un deje de burla en sus ojos—. Deberías dejar de atosigarla por divertirse; cuando llegué estaba muy mal al punto que casi tuve que rogarle. Puedo apostar que le has estado envenenado la mente, mocosa engreída. —A continuación Kiba se enderezó y su rostro se puso serio repentinamente, lanzándole una mirada sugerente a Hanabi. Era como si de repente fuera a decir una sarta de cosas que había reprimido por alguna razón— Tú no tienes nada que ver en esto, Hanabi. Siempre has estado en las sombras en la vida de Hinata, observando cada paso antes de dar uno tú, siempre sin sobresalir.
—¿Y crees que voy a tomar lo que dices como algo coherente? —Replicó Hanabi de inmediato, mirándolo con desprecio.
—Deberías dejar de molestar —prosiguió Kiba como si no la hubiera escuchado—, ¿o será que estás celosa?
Hanabi no mudó su semblante inexpresivo. La inmadurez de él quedaba en evidencia creyendo que la iba a alterar con estas palabras. Sí, claro.
Aunque Kiba, por su parte, sabía que quizás había empezado demasiado mordaz para su estilo; pero tal vez, lo que siempre había querido reprochar, se había expresado con la joda que Hanabi le causaba dejando bromas a un lado, junto con las ganas de fastidiarle la existencia por capricho propio. Hablando con ligereza, las palabras habían salido casi solas y Kiba estaba muy orgulloso de eso; bastaba con ver el rostro de Hanabi al insinuar "tal atrocidad"; pero… era tan magnífico… ahora que lo decía en voz alta se daba cuenta de que eso tenía más sentido que cualquier otra cosa: Hanabi estaba celosa. Quizás, porque Kiba ya no ocupaba su tiempo en molestarla. Sólo, quizás. ¡O porque ya no podía insultarlo en estas últimas semanas! ¿Importaba la razón? Era grandioso. Muy, muy en el fondo debajo de toda esa patética actitud de horrible amargada, Hanabi estaba celosa.
Celosa, celosa, celosa. Kiba se sintió como en las nubes. Era tan maravilloso. Hanabi no era poderosa como ella quería que los demás creyeran, ni en sueños. Él siempre lo había sabido que más que dignidad e inteligencia, era una niña creída y estirada, y ahora, al fin podía comprobarlo y reírse en su cara.
De hecho, Kiba rio mentalmente hasta que sintió ganas de abrazarla muy fuerte, apretujarla hasta hacerse a la idea de lo que estaba haciendo. No le molestaría, en absoluto y sería un abrazo cualquiera, sólo para hacerle saber a Hanabi que jodía demasiado y que no tenía por qué estar celosa.
O bueno, rectificó Kiba riendo en voz alta, quizás sí; pero es que, en serio, ¿quién podría querer a Hanabi de verdad? Con semejante carácter… Si ella era como una rosa: hermosa, pero que nadie siquiera pensaría en ponerle una mano encima debido a las espinas.
—Bueno —añadió Kiba luego que Hanabi no se inmutara a sus palabras—. De cualquier forma, sólo te robo a Hinata un día a la semana; el resto puedes tenerla para ti soooola —sacudió sus manos burlonamente.
Kiba rio de nuevo, tan divertido, que Akamaru a su lado levantó su enorme cabeza y meneó la cola al ver a Hanabi. Aunque, como nadie le hizo caso, volvió a acostarse.
Mentira. Mentira, se dijo Hanabi. Así era como se difundían los chismes y las malas lenguas; y Kiba interpretaba todo a su manera y a su conveniencia. Eran al menos dos o tres días a la semana, siempre por la noche —exceptuando, claro, esa tarde. Y si no salían, se quedaban en casa y a veces incluso traía a gente extraña, como la vez que rieron de la nada.
—No te atrevas —masculló Hanabi con los dientes apretados, los ojos estrechados y en tono amenazante—, no hables de Hinata como si fuera un objeto.
Kiba roló los ojos, y se cruzó de brazos exasperado. Esta niña…
—Deja de jugar con ella —pronunció Hanabi con la voz gélida, y tragó amargamente, sintiéndose de repente sin alternativas, derrotada, sin saber qué hacer ya—. Si… si la quieres… —inspiró hondo, muy hondo—… sólo… sólo sal con ella, sé su novio, lo que sea. Pero deja de usarla. Porque (y no lo niegues) —añadió al ver los labios de Kiba separarse, la sonrisa borrarse— sólo la estás usando. Tú no eres capaz de querer a alguien tan diferente a Hinata y…
—Salimos en citas dobles —la cortó Kiba con una repentina frialdad.
Hanabi no enmudeció, sólo se sumió en sus pensamientos y sus percepciones de la reacción inesperada de Kiba. Su furia implícita apenas le afectaba por la distancia a la que se encontraban. Hanabi supo que todo su juego de palabras de antes era un disfraz, y que quizás él ya tenía vestigios de sentirse irritado; porque no era posible enojarse tan repentinamente. Y menos si se trataba de Kiba.
Él no dejaba de mirarla con los ojos rasgados, ahora totalmente desprovistos de emociones. Pero por primera vez y sabiendo que aun así estaba fuera de lugar el hecho, Hanabi notó lo rasgados que eran los ojos de Kiba. Serios. Por primera vez se dio cuenta de eso. No era pertinente fijarse en algo así, y dejó de pensar en el detalle para centrarse en la postura que Kiba había adoptado al hacerlo enojar.
Sus hombros se habían erguido ligeramente. Sólo ligeramente. Hanabi entrecerró los ojos evaluándolo, pensando en que en el futuro Kiba sería uno de esos hombres cobardes que les pegan a las mujeres; su imponente figura, su altura que sobrepasaba la propia y cómo eso lo hacía sentirse poderoso hasta cierto punto sobre ella, además de la repentina seriedad en su rostro de rasgos afilados, y las manos en los bolsillos probablemente cerradas en puños; todo era un indicio de un futuro maltratador. Y eso sólo hizo que lo despreciara más. Kiba no era, ni llegaría a ser jamás, una buena persona.
Con la insoportable intervención de Kiba todavía en mente, Hanabi soltó una corta risa fría. Vacía.
—Citas dobles —repitió, con un ligero tinte de escepticismo—. No me digas. ¿Y con quién sale Hinata?
Ahora fue Kiba quien rio irónicamente. Hanabi sintió que algo en ella se alzaba en desprecio, odiando, detestando su silueta de hombre maduro, la forma cínica en que su risotada sin emociones mostraba su petulante sonrisa, su cabello alborotado y los ojos fríos. Con un rictus por sonrisa, Kiba la miró arqueando una ceja, inclinándose ligeramente hacia ella haciendo un énfasis implícito y burlesco de la diferencia de altura.
—Eso no te interesa, mocosa sobreprotectora. —Y luego, en un instante, en un rápido instante, el tinte de burla cruel, cínica, juguetona, se apoderó de sus facciones—. Pero quizás pueda conseguir a alguien que salga contigo —triunfante, esbozó finalmente la sonrisa torcida— para ver si así dejas de joder.
Él, en un pasado muy cercano, lograba alterar los nervios de Hanabi de una forma no apropiada, y ella era totalmente consciente de eso. Ahora, Hanabi comprobaba con gran satisfacción que su burla sólo se había convertido para ella en una filosa y delgada punzada; pero que no removían su furia de una forma vertiginosa, pasional y extrema. Había logrado controlar mucho mejor sus emociones. No obstante, sus cejas descendieron y sus párpados se estrecharon un ápice logrando lanzarle una mirada despectiva.
—Nada —siseó en voz baja, peligrosa—, nada que provenga de ti, puede resultar tolerable. Siquiera, tolerable.
—…o mejor aún —continuó Kiba pretendiendo no haberla escuchado, ampliando su sonrisa de suficiencia hasta que Hanabi logró avistar las filosas puntas de los incisivos—, recuérdame llevarte un día a la discoteca del otro día, y ahí te haré perder la cordura como no lo has visto ni en la televisión.
Su burla, pensó Hanabi, era tan asquerosa, tan inverosímil y tan indignante, que sintió cómo su garganta quiso responderle, pero las palabras no acudieron. Una fracción de segundo después, se contuvo de burlarse de su vejez para ingresar al lugar mientras hacía un enorme esfuerzo por bajar la acidez que le arremetió por el esófago.
—Deja en paz a Hinata.
—¿O qué? —Soltó Kiba de inmediato con cinismo— ¿Vas a ponerme orden de alejamiento? No; espera, qué miedo —le sonrió un poco—: me vas a acusar con Hyūga mayor.
—No es mala idea después de todo —soltó Hanabi con un tono de asquerosa sumisión fingida, alzando las cejas fríamente como parte de su actuación—, sin duda me creería si le comento acerca de tus malas influencias; con mis palabras siempre adecuadas por no decir atinadas.
Las comisuras de la boca de él de inmediato regresaron a su lugar y el aire burlón y despreocupado se había disipado por completo. Hanabi esbozó una pequeña media sonrisa, triunfante. Él, pensó, podía ser mayor por cinco años y ser asquerosamente astuto, cínico y engreído; pero jamás sería más inteligente que ella. Jamás. Torciendo el gesto, Kiba desvió la mirada con cierto deje de molestia que regocijó internamente a Hanabi.
—Me gustabas más cuando llorabas —murmuró.
La línea de pensamientos y razonamientos de la situación, de las palabras, de las reacciones, que Hanabi había llevado mentalmente hasta ahora se rompió por completo, dejándola en nada. Nada. Y era absurdo exigirle que repitiera lo que había dicho si lo había escuchado con toda claridad; eso no le devolvería el control sobre las cosas.
Porque sabía perfectamente a qué se refería.
Lo miró, sólo una vez más para tomarse los segundos necesarios para replicarle cortante; pero se horrorizó al ver que Kiba la miraba fijamente con la mirada impasible, como si hablara en serio. Hanabi quiso pensar que era la frialdad de antes, pero sabía no era así; había algo en las pupilas también rasgadas que ella no logró identificar del todo. Entonces él sonrió de una forma sumamente misteriosa, como si se reprimiese ese acto que con tanta socarronería solía hacer; no era que se burlara, no, era algo que iba más allá, maldita sea… Tenía una mirada que se hubiera considerado linda si no fuera Hanabi quien lo observaba estupefacta, con algo parecido a la inocencia de un niño que desconoce los hechos. Pero no era posible eso que Hanabi percibía; inocencia era lo menos adecuado para Kiba, y para ese asunto.
—N-no pienses que me vas a doblegar con eso. —Demasiadas palabras y la voz temblorosa, débil. Hanabi se maldijo dándose cuenta que su corazón latía en desesperación. Necesitó unos segundos que le parecieron eternos pero que a Kiba le dieron igual, para finalmente reponerse— Es obvio que te molesta que no sea de las niñas tontas a las que habitualmente puedes controlar, y que no te de la fuerza necesaria para enfrentarme. Pero burlarse de las debilidades de los demás es de cobardes —Hanabi lo miró sintiendo cómo una lectura abundante hacía fruto en las palabras fluidas y vacías, que no le pertenecían pero que no por eso dejaban de ser ciertas—. No; no es debilidad —rectificó, percatándose de la palabra errónea que había usado para su persona—. De hecho, puedes publicar en Internet todo eso que te conté aquella vez. No me afecta en el presente.
Mientras hablaba de nuevo con esas palabras ajenas pero ciertas, Hanabi tuvo la vaga visión de cuando estuvieron sentados en el escalón trasero que daba al jardín, con ella acongojada, la tranquilidad que la poseía y Kiba acariciándole el dorso de la mano. Apartó el recuerdo de inmediato.
—Eso es tuyo y mío —dijo él finalmente en algo más que un susurro.
Pero su sonrisa y su seguridad, nuevamente, dejaron a Hanabi con nada. Era como si ella tuviera que saber algo con ese leve gesto en sus labios, y la sensación era odiosamente molesta; no era más que un gesto mínimo pero era lo único que Hanabi tenía en mente de él retirando el hecho de que toda su postura estaba totalmente relajada. Sin altanería. Sin socarronería. Sin burla. O quizás sí, pero demasiado débiles para que Hanabi las considerara como tales, o válidas.
Me gustabas más cuando llorabas. Tras "un buen" rato sin decir nada pero con las palabras frescas, como si hubiera un eco repetitivo, Kiba se fue a recostar perezosamente de la pared junto a la puerta sin dejar de ser observado por Hanabi. Eso es tuyo y mío. Ja. Eso ni siquiera tenía sentido.
Pero Kiba percibió cómo Hanabi apretó la mandíbula ante las grandes palabrotas que le había dicho, además que sabía que la respuesta de ella había sido absolutamente mecánica. Pero ahora, con ese simple gesto Kiba estaba totalmente seguro que Hanabi estaba, hasta cierto punto, vencida, y él no se sentía ganador. Hanabi no apartó la mirada de él, y Kiba continuó observándola sin ningún problema, sin sentirse incómodo por eso, o sin incomodarla a ella —eso, en el fondo lo sabía. Trató de apartar el pensamiento muy fuera de lugar de que ella era hermosa. No venía al caso. Y no era tan cierto como para que él lo volviera considerar.
—Más te vale que dejes a Hinata en paz.
Hanabi finalmente se movió unos pasos, sintiendo que sus pies pesaban una tonelada cada uno pero siendo plenamente consciente que la sensación se debía a que había pasado demasiado tiempo sin moverse. No tardó en aligerarse, caminado con cautela los pocos pasos hacia donde estaba Kiba…, pero en cierto punto se dirigió a la puerta que estaba contigua a él, y apoyó la mano en la cerradura. Hanabi alzó la mirada sombría hacia él, que se la sostuvo sin reaccionar de una manera que ella considerada peligrosa, hasta que Hanabi desvió el contacto visual mirando hacia el pecho de Kiba (que, inevitablemente, obstruía su campo de visión y era el punto donde daban sus ojos), apoyando el rostro en la puerta. Tocó un par de veces.
—Hinata —llamó. Tocó de nuevo—. ¿Puedo pasar?
Hanabi giró un poco el pomo de la puerta, probando. Estaba abierta.
—Hinata —repitió con suavidad—, voy a entrar.
No hubo respuesta. Hanabi abrió una pequeña rendija, lo justo para que su delgado cuerpo pasara. Le echó una última mirada a Kiba —que no había apartado la vista de ella—, y le frunció el ceño.
—No espíes.
Kiba se apartó de la pared, con las manos en alto en son de paz, sonriendo silenciosamente.
Carajo. Se estaba burlando de ella.
Ignorándolo, Hanabi entró sin abrir la puerta más de lo debido para ella, y cerrándola tras sí. Su mirada recayó de inmediato en la cama, donde, efectivamente, se encontraba Hinata. Supuestamente, según Kiba, saldría con él y la pareja de cada uno, por lo que él estaba afuera esperando por que Hinata se arreglara.
Hanabi observó las blusas en las camas, no desordenadas ni tiradas como las muchachas que habitualmente buscan con prisa algo bonito y adecuado para una salida inesperada. Las mudas de Hinata estaban ordenadas una sobre otras cada una en sus ganchos, sin haber siquiera sacado demasiadas prendas para escoger. La puerta del clóset, cerrada. Y su hermana, sentada al borde de la cama con la espalda recta y las piernas juntas y finamente apoyadas en el suelo alfombrado, cubriéndose despreocupadamente con un suéter ligero, dejando visibles las tiras del sostén y sus pálidos brazos débilmente cruzados sobre su pecho. Alzó la mirada sin sorprenderse de ver a Hanabi ahí. Sin embargo, lo más notorio y lo primero que le saltaba a la vista, siempre era la constante presión y melancolía que Hinata solía soportar y transmitir inconscientemente, precariamente disimuladas con la postura correcta y el orden característicos. Obviando el pequeño detalle del suéter, absolutamente todo estaba como a su padre le habría complacido. Hanabi apretó los labios en una fina línea ante eso último.
No es como si fuera común ver a Hinata en sostén, ni siquiera con ropa ligera; pero a pesar de que ya no estaba sola y no hacía nada por cubrirse más, lo cual a juicio de Hanabi sería lo correcto, la menor no se extrañó en absoluto; como si estuviera acostumbrada a ver a Hinata así. Como si hubiera familiaridad. Como si siempre hubiera sido natural.
No le importó, tampoco; ni la sensación de no extrañarse, ni "el detalle" en Hinata. Pero las intenciones con las que había entrado, no podía recordarlas por más que quisiera.
—Hanabi-chan —pronunció Hinata con su voz siempre más aguda de lo que Hanabi recordaba—. Llegaste de la escuela.
Hanabi no pronunció palabra ni mudó su postura. Se quedó en su sitio, absorta, viendo a Hinata. Esas cuatro palabras, tan tiernas, tan maternales habían dejado a Hanabi con nada. Entonces, viendo a Hinata, comprendió finalmente qué era esa molesta sensación que al parecer se estaba repitiendo mucho en esos últimos minutos. Estaba desconcertada. Sin saber exactamente qué esperar, pensar o decir. Siempre, en el fondo, supo que la voz de Hinata, pese a ser tan entrecortada o tan apagada, tenía algo hipnótico. Pero esto era absurdo, pensó Hanabi regresando a la realidad.
Llegaste de la escuela.
Y, de nuevo, como si tuviera que saber algo más con eso. Hanabi miró vagamente su uniforme, y luego a Hinata, acercándose unos pasos a la cama.
—Eh… sí… —murmuró, cortante sin pretenderlo.
Hinata se puso de pie y lo último que Hanabi vio fue su leve sonrisa antes que la camisa que usaba para cubrirse pasara por su cabeza. Hinata se tomó su tiempo para acomodársela y alisar los pliegues que se le ajustaban al cuerpo; era la misma camiseta que, seguramente, estaba usando antes de que Kiba viniera. Sin mangas, deportiva y fresca, a juego con su pantalón licra negro.
—Kiba está afuera —se oyó decir Hanabi.
Hinata, todavía de pie, asintió levemente simulando que todavía se arreglaba el dobladillo de la camiseta.
—Kiba-kun está afuera —repitió con suavidad. Entonces al oírla, cayendo en cuenta, Hanabi abrió los ojos en shock…
—¿Escuchaste lo que…? —Empezó Hanabi simulando cierto recelo.
Hinata la miró fijamente por una fracción de segundo. Hanabi observó la insegura posición de su hermana, que, siendo un poco más alta que ella, clavaba su mirada en cualquier lugar que no fuera su rostro, y retorcía nerviosamente sus manos rezagadas en su vientre.
—S-sólo cuando discutían… —Admitió avergonzada, con un fuerte sonrojo en las mejillas.
Hanabi sabía de sobra que ella no pudo haber escuchado los últimos susurros de Kiba, así que de todas maneras estaba tranquila. Eso no importaba. Pero tragó con dificultad, esperando formular la pregunta en el tono adecuado para Hinata, quien no había querido seguir hablando. Y sintiendo la leve sensación que lo que tenía en mente no era lo que venía a tratar.
—¿Por qué no querías salir con él hoy?
Hinata soltó un respingo y la miró, casi alarmada, jugueteando frenéticamente con sus dedos y definitivamente esquivando la mirada de Hanabi.
—E-es q-que… N-no es e-eso… —tartamudeó nerviosamente.
Hanabi sabía por qué Hinata le rehuía la mirada siempre. Ella usualmente odiaba que a su hermana le temblara tanto la voz, y Hinata lo sabía, y eso la ponía aún más nerviosa porque no podía evitarlo. Hanabi sabía que se esforzaba por eliminar el tartamudeo, y más estando en su presencia; pero realmente no le molestaba tanto como Hinata creía. Ésa era su hermana. Y Hanabi no supo ni cuándo ni cómo, pero encontraba a Hinata tierna. Con sus tartamudeos, sus ganas de evitarlo y sus esfuerzos por ser mejor, Hinata era una gran persona.
Hanabi volvió a tragar con dificultad. Muy en el fondo, sabía que no tenía ningún derecho por estar ahí, molestando a Hinata y volviendo más incómoda su vida de lo que por sí ya era, no tenía derecho moral debido a que casi no se hablaban. Pese a opiniones externas, Hanabi sí tenía sentimientos y por lo tanto poseía una ética muy correcta; y su ética le decía que realmente no tenía derecho a reclamar nada, e incluso, preguntar por nada que no le incumbiera.
Y sin embargo, ahí estaba.
—Hinata —llamó, haciendo que ella elevara sus ojos oscilantes a Hanabi—. ¿Estás saliendo con alguien?
Aquello fue peor, y Hanabi se arrepintió de inmediato de no haber moderado más su voz. Hinata volvió a apartar la mirada, sonrojándose violentamente aunque Hanabi no veía por qué. El que alguien le interesara a su hermana, era totalmente natural, y ella tampoco se molestaría por saberlo, ni la ataría, ni le lanzaría odiosas miradas desaprobatorias. No era nada para alterarse así, ni nada demasiado importante.
Pero… tan sólo… tan sólo necesitaba saberlo. Ni siquiera quería una explicación porque sabía que no la merecía; pero con oírlo de los labios de Hinata sería suficiente.
—Yo… hum… Sé que-que de-debí decírtelo, Hanabi-chan, pero…
—Está bien, Hinata —la tranquilizó la menor, con un tono suave pero absoluto quitándole el peso a su hermana de seguir replicando—. Sólo… quería saber.
Se produjo un nuevo silencio, en el que ambas estaban cómodas. Sin mirarse, juntas, y cómodas.
—S-Son a-amigos —explicó Hinata rompiendo el silencio, con su suave voz que sorprendió a Hanabi. El tartamudeo, ahora, sólo era por hábito. No porque Hinata estuviera nerviosa, ni incómoda, explicando. No obstante, volvió a sentarse con delicadeza, bajando la mirada con angustia—, p-pero a K-Kiba-kun no le agrada. N-no es ese el pro-problema —se apresuró a añadir—… pero últimamente K-Kiba-kun e-está irritado, y n-no está contento con-con nosotros…
Hanabi no replicó; únicamente los brazos cruzados bajo sus senos se removieron un poco. Bien, ella lo había deducido de su encuentro con él, y había tenido razón cuando intuyó que su comportamiento y su cinismo no eran más que una máscara en aquel momento; pero nunca se le habría ocurrido que la razón de su enojo era la misma por la que estaba ahí por Hinata, libre y voluntariamente. En su interior, Hanabi estaba demasiado asombrada e intrigada por partes iguales. ¿Por qué, entonces, Kiba insistía en esas salidas en grupo? Y sabía que era él quien insistía. Lo conocía lo suficiente como para saber que si Hinata decía que él estaba irritado, era porque estaría absolutamente insoportable, amargado, y casi podía verlo aislado en la butaca del extremo en una sala de cine, cerrándose en su enojo y estallando si alguien osaba molestarlo. Era demasiado ilógico que él soportara todo eso, incluso si era por Hinata. Venirla a buscar, sabiendo que la salida iba a ser un completo infierno para él que únicamente tenía ganas de quedarse en casa; sólo para facilitarle las cosas a su tímida hermana. No era lógico. Tampoco, pudiera decirse que eran cosas un poco fraternales soportar a un tipo al que detestaba pero que a Hinata le resultaba simpático (y aquí Hanabi se dio cuenta que él quizás estaba un poco celoso); no era posible que la quisiera tanto. No era el estilo de Kiba.
—¿Y tú no sabes por qué, verdad? —Concluyó Hanabi luego de aceptar que Kiba de veras estaba irritado. Cada noche. Cada tarde. Tan sólo unos minutos después que salieran de su casa, y Hanabi sin siquiera poder imaginarse qué estaba ocurriendo de verdad.
Hinata asintió, dolida.
Hanabi se cruzó de brazos, exasperada. Y era obvio que no le quería decir a Hinata, pensó, y que ésta se sentía frustrada y culpable y ya no sabía qué hacer para que Kiba se sintiera a gusto con lo mismo que él la obligaba a hacer —y que para Hinata "después de todo no era tan malo".
Sólo después de maldecir mentalmente a Kiba y soltarle un amplio repertorio de por qué desearía que nunca hubiera pisado su casa (todavía en su mente), Hanabi se dio cuenta que Hinata la observaba fijamente, a ella, angustiada.
Como si viera a través de sí, como si la hubiera estado estudiando desde hace mucho. Kiba quedó olvidado porque la mirada de Hinata era muy… diferente a eso, demasiado profunda, demasiado desconcertante, demasiado perturbadora, un poco… dolorosa. Y todo eso mirando a Hanabi. ¿Hinata angustiada? ¿A ella? ¿Por qué Hinata estaba preocupada por ella? Hanabi, que era una persona correcta, no le daba motivos de preocupación a nadie y siempre llevaba una vida tranquila y reservada.
Por eso se quedó muda ante la mirada de Hinata. Porque de pronto supo que ella no estaba para las preguntas que había hecho Hanabi anteriormente, y que las había contestado únicamente porque no tenía la determinación suficiente para hablar primero. Hinata, con esa mirada de preocupación angustiante hacia Hanabi, había estado pensando en algo totalmente distinto de Kiba, desde antes que Hanabi entrara. Y ahora ella intentaba transmitirle un millón de palabras que en teoría le llegarían al corazón; pero Hanabi era malísima con los sentimientos y no entendió nada.
Pero era perceptiva, y sintió que el ambiente ahora sí se volvió tenso. Hinata la miraba con extremo nerviosismo, congoja, dolor, como si se anticipara a una tragedia lamentable que no podía ser evitada; y Hanabi se sintió incómoda, sintiendo que una ínfima parte de todas esas sensaciones eran por su causa, o dirigidas a ella. También se sintió incómoda porque sabía, sentía que algo debía suceder a continuación; pero no sabía qué. Su mente no podía registrar lo que presentía. Ninguno de los actos predecibles humanos le venía a la mente. Nada.
Entonces ocurrió como en cámara lenta. Hinata se levantó pero no se quedó en su sitio como antes, sino que caminó hacia ella, y colocando una mano delicadamente tras la cabeza de Hanabi, la recostó con suavidad en su pecho. Hanabi no podía moverse, ni siquiera desde antes que Hinata la abrazara. No entendía, pero creía que era esto lo que su mente se había formulado. Sólo sentía la calidez del rostro de Hinata contiguo al suyo, y un poco más alto. Hinata la abrazó fuerte, muy fuerte. Hanabi no lograba pensar qué reacción hubiera estado correcta en aquella ocasión. Estaba en blanco, sólo vagamente consciente que el regazo de Hinata se sentía bien. Muy bien. Era reconfortante, era desconocido para Hanabi, y absolutamente inimaginable. Nunca habría llegado a concebir una sensación de tranquilidad como aquélla.
—Me… me acordaba de cuando éramos pequeñas, Hanabi-chan… —susurró Hinata con la voz haciéndosele añicos haciendo que el pecho de Hanabi se oprimiera al instante; si era por sus palabras, o por el dolor en su voz, no lo sabía—. Y mírate ahora. Estás tan grande.
Hanabi no dijo nada. No comprendía, no creía que la nostalgia de su hermana se debiera a que se estaba haciendo mayor. Sintió cómo todos sus pensamientos se arremolinaban, provocándole confusión. Obstrucción, que no le permitía ver una razón lógica para esto.
Ella no podría comprender que Hinata ahora veía a una mujer tan formada, donde antes estaba la niñita con la que siempre anhelaba estar. Porque aquella adorable bebita seguía ahí, pero cada vez que Hinata la veía observaba que la pequeña se había hecho independiente… alejada de todo y de todos… y que tenía su propia vida, su rectitud, inexpresividad, frialdad y buenos modales; la mujer perfecta. Hanabi nunca podría adivinar que Hinata la abrazaba tan fuerte porque sentía que todo eso estaba pasando justo ante sus ojos sin que ella pudiera evitarlo; pero que en algún rinconcito de su alma sentía a la niña inocente.
O quizás en estos últimos días tan sólo se le hacía más fuerte el remordimiento de que nunca pudo contarle nada, nunca pudo resguardarla de su propio padre cuando la reprendía, nunca se atrevió a ir a su habitación para decirle que no había un monstruo al qué temer, o que la tormenta pasaría rápido. El silencio permanente de Hanabi, su impasibilidad de la que ella carecía y en la cual Hanabi había crecido, habían impedido que Hinata se acercara a preguntarle sobre el chico que le gustaba, o sobre el que había rechazado.
Es verdad que ella no solía pensar en eso. Pero quizás, tan sólo era que en estos días Hinata había vuelto a mirar a Hanabi en medio de todo lo demás. A esa Hanabi que era su hermana. Y se había dado cuenta de la abismal distancia que las separaba.
Toda la vida fue así. Hanabi nunca la había necesitado, y Hinata, por órdenes de su padre y porque en el fondo quería que Hanabi aspirara lo mejor, se había obligado a creer eso. Pero a veces, y quizás sólo a veces, la observaba y se recordaba que también era su hermana menor, cuando inevitablemente percibía sus sufrimientos en silencio que le oprimían el corazón como si fuera dolor propio o peor aún, entreviendo y adivinando los sentimientos de Hanabi en ese carácter tan reservado que admiraba, pero que a la vez tanta angustia le causaba cuando sabía que Hanabi tenía algo, y ella no podía hacer nada. Nada. Puede que casi nunca tuvieran una plática de hermanas, pero Hinata siempre la había amado, desde que supo que vendría al mundo.
Y ahora ese amor le dolía tanto. Por lo que hizo, por lo que no hizo, por ella, por su hermana…
—Perdóname, Hanabi-chan… —sollozó destrozada. Arrepentida. Acariciando el suave cabello de su hermana, aferrándola a su pecho— N-no he pasado tanto tiempo contigo co-como mereces —la abrazó, fuerte, sintiendo que Hanabi estaba muy lejos de sí. Y no quería perderla. No quería— Lo siento tanto. Lo siento tanto…
Hanabi se quedó muy quieta, temblando, y las manos a colgadas a los costados, inservibles. Su corazón latía con fuerza y tenía un nudo en la garganta que le impedía respirar sanamente. Era como si de repente algo hubiera despertado dentro de ella, algo que nunca supo que existía.
Hinata, fue lo único que pensó en ese momento. Hinata, Hinata, Hinata. De pequeña, siempre la había admirado y presumido ante sus compañeras. Pero luego, dándose cuenta de su carácter reprobable ante la visión que había sido enseñada por su padre, se había olvidado de ella; hasta que todo eso que consideró incorrecto, no le pareció tan malo después de todo. Hasta ese punto, había estado bien porque tenían una relación consanguínea muy decente y aceptable.
Pero ahora Hanabi estaba a punto de llorar, y sabía que no era de tristeza. Era algo que protestaba imperiosamente con salir, pero ella no iba a permitirlo, porque no sabía que era y le daba miedo. No obstante, estaba conmocionada, sin entender, sabiendo que nada de eso tenía lógica. ¿Cómo era posible que pese a estar tan distantes desde siempre, éstos fueran los sentimientos de Hinata? ¿Cómo era posible que amara así, tan fácil, tan pura, tan profundamente a alguien como Hanabi que ni siquiera la merecía? Y a Hanabi le dolía. Le dolían las lágrimas incesantes de Hinata en su hombro, le dolían esas lágrimas que no eran suyas porque a pesar de la distancia, de las diferencias, de ser completamente extrañas entre ellas dos, seguían siendo hermanas. Y nada cambiaría eso. Absolutamente nada.
—Y-yo… He sido una pésima hermana mayor…
Mentira, se dijo Hanabi. Hinata era la mejor hermana mayor del mundo, aunque decírselo en voz alta no fuera tan fácil.
—…y…
—No… no importa —musitó Hanabi lo más firme que pudo, alzando las manos por fin tras vacilar mucho, devolviendo el abrazo y acariciando la espalda de Hinata— Te entiendo. Tienes tu vida.
Hinata derramó más lágrimas silenciosas, acariciando protectoramente la cabecita de Hanabi-chan. Ella se dejó completamente en el hombro de Hinata. De verdad la entendía, y no veía por qué habría de tener algún rencor hacia Hinata por no estar con ella; si de todas formas tenía el afecto adecuado hacia ella, como hermana que era.
Sin embargo…
—S-siempre quise abrazarte, p-pero…
—Está bien, Hinata —susurró Hanabi hundiéndose en su hombro, con los ojos sobresaliendo por encima de éste—. No importa.
Hanabi supo perfectamente que Hinata se refería a esos momentos en los que ambas eran reprendidas y miradas con severidad, cuando se miraban, sin saber muy bien el anhelo profundo de consolarse mutuamente bajo una educación que nadie más que ellas dos, y sólo ellas dos, experimentaban; Hanabi ahora entendía que había sentido eso en más de una ocasión, pero que jamás le afectó tanto. No importaban aquellas ocasiones. Sólo importaba el ahora.
Hinata continuó llorando sin dejar de apretar a Hanabi contra su pecho. Ahí, sin ninguna defensa ni dignidad más que los brazos de su hermana, siendo protegida de algo que no existía, Hanabi por primera vez se sintió como la hermana menor. Y no era tan malo.
—A-algún día te casarás —musitó Hinata haciendo un enorme esfuerzo por sonreír—, y tendrás mu-muchos hijos…
Hanabi todavía sentía que Hinata apoyaba todo su peso, y por ende, era como si su corazón estuviera fundido al de su hermana. Pero ella pronunció esas palabras aunque le doliera decirlas, y siempre que Hanabi escuchaba algo como eso sentía que algo decaía dentro de ella, dejándola con una pesadez insoportable, y esta vez no era la excepción, aunque lo dijera Hinata. No conocía la razón.
Suspiró largamente.
—Sólo voy a tener un hijo —corrigió de mala gana—. Los bebés son molestos.
Hinata rio suavemente, y su mano bajó del cabello de Hanabi a su espalda. Hanabi percibió que las lágrimas habían cesado.
—Ha-hacerlos no…
Hanabi continuó palmeando suavemente la espalda de Hinata pensando en que… No, no podía haber nada de raro en el tono de Hinata…
—¿Qué? —Exclamó Hanabi escéptica separándose bruscamente para mirarla.
Hinata, que no puso ninguna resistencia ante la sorpresa de Hanabi, soltando su agarre con una considerable facilidad sólo miró a su hermana entre lágrimas secas y una débil sonrisa que era… Demonios, ¿por qué Hinata tenía que ser tan dulce? Tsk… y Hanabi pensando en esas cosas, en esa situación, cuando, teóricamente, se estaban burlando de ella y diciéndole pervertida. ¿Hacerlos no?
Hinata bajó el rostro, todavía sonriendo, y se secó las lágrimas tratando de que Hanabi no viera el acto, lo cual era precisamente imposible dado que estaba frente suyo. Hanabi sintió algo de dolor al ver a Hinata tan agazapada aunque estuviera sonriendo, secándose las lágrimas sola, casi con esfuerzo. Olvidó la sensación con una sorprendente facilidad cuando Hinata volvió a alzar el rostro, otra vez con esa timidez que emanaba al hablarle a las personas.
—Uhm… Hanabi-chan…
Lo sabía. Lo presentía, por su postura y sus gestos, que iba a decirle algo. Hanabi nunca se equivocaba en su percepción del comportamiento humano.
—¿Qué?
Hinata apartó la mirada levemente, sonrojada, y juntando sus dedos índice.
—Yo… yo… P-puedo a-ayudarte con-con tu tarea… S-si quieres… —Se apresuró a añadir, bajando el rostro con vergüenza.
Hanabi arqueó una ceja y colocó las manos en la cadera. Sus manos, descubrió, estaban un poco pesadas; pero Hanabi trató de olvidar la sensación del abrazo.
—No tengo tarea —respondió.
Hinata dejó de frotar sus dedos y alzó el rostro, mirando a Hanabi con una ligera sorpresa en sus ojos lavanda, que luego se tiñeron de preocupación.
—P-pero… Hanabi-chan… s-siempre di-dices que no tienes tarea…
—Es que nunca tengo tarea —Replicó Hanabi cerrando los ojos con altivez. Los abrió de nuevo, antes que Hinata hablara. Hanabi se cruzó de brazos—. Olvidémonos de eso. Si quieres, puedo pintarte las uñas antes que salgas con… —señaló hacia la puerta con un leve pero tosco gesto de la cabeza.
Hinata abrió los ojos en ligera sorpresa.
—¿P-pintarme las u-uñas?
—¿Crees que no sé hacerlo? —Replicó Hanabi enarcando una ceja con picardía, fingiendo indignarse— Si yo le enseñé a Fū. Todo un desastre, antes de mí.
—¿A Fū-san? —Se asombró Hinata con su vocecilla que la hacía parecer una niña pequeña sin que se lo propusiera, abriendo sus ojos en inocencia.
Hanabi asintió con una media sonrisa triunfante. Hinata se retorció las manos, pensativa. Miró a su hermana.
—¿M-me pintas las u-uñas… y luego vemos El Ci-Cisne Negro?
Hanabi bajó los brazos demostrando la sorpresa, sólo ligeramente.
—¿El Cisne Negro? ¿La verías conmigo? —Se extrañó, alzando las cejas— ¿Tú? Hinata, sabes que esa película tiene temáticas fuertes, bruscas…
Hinata apretó los labios en preocupación.
—L-lo sé —miró a Hanabi, con una chispa de determinación que Hanabi no acabó creyéndose—, p-pero a t-ti te gusta… —Hinata volvió a bajar la mirada y a jugar nerviosamente con sus dedos—…y a mí también, aunque sea un-un poco…, así que…
—¿Así que tengo que largar al perrón? —Inquirió Hanabi volviendo a cruzarse de brazos.
—¡Hanabi-chan! —Exclamó Hinata escandalizada.
—¿Qué? —Hanabi puso los brazos en jarra— No pienso ver esa película junto a él.
—N-no es eso… —dijo Hinata, y bajando el rostro de nuevo, se ruborizó levemente en expectación—. N-no le llames… —Inspiró, fuerte, y Hanabi sonrió al ver su reacción al tratar de decir algo tan simple— perrón…
—Sólo señalo lo obvio. ¿Entonces qué hago? ¿Le pinto las uñas también?
—¡Hanabi-chan! —Exclamó Hinata, haciendo un gran esfuerzo, vio Hanabi, por sonar a que la regañaba. Al parecer, Hinata también se dio cuenta que su intento era de lo peor, y bajó la mirada, volviendo a jugar con sus dedos. Incluso de vuelta a su tic, Hanabi notó que intentaba ocultar una sonrisa— E-eso n-no s-sería tan…tan mala idea…
Hanabi esbozó una media sonrisa, cruzándose deliberadamente de brazos.
—Esa estuvo buena, Hinata.
Su hermana le dedicó una débil sonrisa, quizás todavía abochornada por haber sugerido tal cosa, incluso si era en broma. Hanabi se dio media vuelta dirigiéndose hacia la puerta, cuando la voz de Hinata hizo que se detuviera.
—Hanabi-chan —. Hubo una pausa, en la cual Hanabi miró por encima de su hombro. Sea lo que sea que Hinata quiso decir, vaciló demasiado y sus labios no volvieron a abrirse.
—Hinata, tranquilízate —dijo Hanabi con una extraña frialdad, que a Hinata le recordó mucho a Neji-nii-san—. De las dos, yo soy la que sabe mentir.
Hanabi de inmediato volvió su vista al frente. Por primera vez, la perspectiva de largar a Kiba le producía desánimo. Y no porque no quisiera hacerlo, sino porque le hastiaba tener que volver a verlo. De pronto todo lo de hace unos minutos, su cinismo y su descaro cuando le habló, volvieron a ser muy vívidos. Hanabi se llevó una mano a la boca, repentinamente asqueada. Sintió ganas de vomitar, en serio. Maldita sea, él nunca la había puesto así de mal. Tenía el estómago revuelto, y de la nada unas náuseas le producían un ligero dolor de cabeza. Pero avanzó aminorando el paso, hasta que abrió ligeramente la puerta para pasar. Hanabi tardó unos segundos en enfocarlo, pese a que él estaba justo al frente suyo, sentado y recostado en la pared opuesta del pasillo.
Kiba la miró unos segundos, antes de dejar de acariciar la enorme cabeza de Akamaru que yacía en sus piernas y ponerse de pie. Hanabi sintió que su estómago protestaba ante la visión de él; pero tenía que acabar con eso rápido.
Kiba ya caminaba hacia ella.
—Pasa —indicó Hanabi abriendo levemente la puerta tras ella—. Hinata quiere que te pintes las uñas.
Kiba se detuvo en seco, y un pie quedó a unos centímetros de posarse en el suelo. Miró atentamente a Hanabi, en busca de un asomo de sonrisa, de que se estuviera burlando de él, como siempre. Porque… claro que había escuchado bien, pero ¿pintarse las uñas? ¿Hinata? Pero Hanabi tenía la misma cara de siempre, inexpresiva, en espera de su respuesta.
—¿Qué? —Exclamó Kiba escéptico, sin poder contenerse.
—Era una broma —Explicó Hanabi sin mudar su expresión.
Kiba frunció el ceño. ¿Qué forma era esa de hacer una broma sonando tan seria?
—¡Pues de humorista te mueres de hambre! —Le espetó con cierta molestia.
—Kiba, vete —lo cortó Hanabi.
Algo en su tono provocó que Kiba se detuviera en su sitio. O tal vez era porque ella estaba usando su nombre como en esas raras ocasiones que ya ni recordaba.
Kiba observó que ella no lo miraba con enojo esta vez, o quizás sí, detrás de esa máscara de frialdad e indiferencia, pero él no lograba detectarlo en esta ocasión. Hanabi distraídamente se llevó una mano al vientre, y a pesar de todo, Kiba no pudo sino esbozar una media sonrisa al notar ese pequeño gesto.
—¿Qué te pasa? —Preguntó, burlón— ¿Tienes hambre?
—Me das asco —lo cortó ella sin ninguna emoción en su voz—, así que vete antes que vomite aquí mismo.
Kiba resopló indignado; ¿cómo que asco? ¿Vomitar? Bien, se dijo, esas cosas se decían en las películas, en la televisión y todo eso, pero era una clara exageración. Sin embargo vio que Hanabi estaba pálida. Muy pálida. Y algo en él desistió. Simplemente, desistió.
—Tsk… —murmuró molesto, maldiciendo por lo bajo.
Y sin decir más nada se marchó caminando —a zancadas— con aire despreocupado y seguido de Akamaru. Pero algo (su orgullo, su pesado orgullo) le obligó a mirar por encima de su hombro justo antes de bajar las escaleras. Hanabi todavía vigilaba que él se fuera. Kiba sonrió socarronamente.
—Esto no se va a quedar así.
*Genkan es la parte de la entrada de las casas japonesas, donde las personas tanto entrantes como visitantes se quitan los zapatos antes de ingresar ;)
xDD Bien, sé que el capítulo se llamaba "celos"; pero no podían ser unos celos mortíferos ni tan románticos. Sería totalmente cursi tratándose de ellos :/ ¿Que si personalmente creo que Hanabi está celosa? Un poquitín :3 xDD
Y ya sé qué piensan u_u Que Hinata estuvo como que WtF? ahí, que poco o nada tiene que ver con KibaNabi; pero la verdad es que este acercamiento en cierto modo ayudará a... algo xDD
¡Gracias por leer! ^^
