Vida Concertada
XVIII
"¿Tendré que compararte a un día de primavera? Tú tienes más hermosura y suavidad:
Ráfagas de viento agitan los preciosos brotes de mayo,
Y el préstamo del estío vence a corto plazo"*
Interrumpí mi lectura y emití una larga exhalación de satisfacción. El sonido resonó en el silencio de la pequeña biblioteca improvisada que había sido construida en el salón del té años antes de mi llegada, probablemente bajo las órdenes del señor Potter, padre de mi esposo. O quizás, tal vez, por su propia madre; la dueña de esos sublimes retratos que adornaban la pared del fondo, rodeando como un abrazo sincero la pesada puerta de doble hoja que permitía la entrada al íntimo salón y resguardaba de posibles molestias o visitas indeseadas.
Recosté la cabeza sobre el mullido respaldo del sillón, suspirando. Inhalé el rico aroma del té que la señora Weasley tan afanosamente había insistido en servirme y pase un dedo por la superficie gastada y amarillenta de aquel manuscrito que contenía entres sus páginas algunos de los sonetos mas conocidos del maestro Shakespeare; uno de mis preferidos, sin duda, era el Soneto XVIII.
Como desearía haber sido la musa de esos sonetos, como anhelaba que alguien me recitase tales palabras de amor...que demostrase por mi persona el mas mínimo afecto.
Ser parte de ese mundo literario lleno de fantasía donde la esposa amada o la joven doncella, eran presas de un sentimiento tan grande que no eran capaces de albergarlo en su pecho. Donde sus amados trepaban muros, luchaban contra tiranos y cedían su propia vida a la muerte con tal de permanecer a su lado... ¡ah! ¿Cómo sería ser como ellas, una mujer cuya belleza sin par fuera recompensada por el amor y devoción del más apuesto y valeroso héroe? ¿Cómo sería el saber que el hombre al que amas te entrega su corazón? ¿Y cómo sería corresponderlo?
Una sonrisa melancólica se dibujo en mis labios. Suspiré de nuevo, reprochándome, para mis adentros mis estupidas ilusiones. Era consciente de que era una necedad soñar con hombres que solo habitaban en las páginas de los libros. Aquel era un hábito terrible, y era consciente de ello.
Cerré el volumen y lo deje olvidado sobre la mesita auxiliar, junto a la humeante taza de té y el pequeño plato de pastas.
Me lleve la mano al pecho, donde los latidos erráticos de mi corazón marcaban el ritmo de una silenciosa melodía, y alce la mirada al techo. Mis ojos vagaron por los múltiples rostros y nombres impresos en la bóveda, rodeando la lámpara de araña situada en el centro del salón, y generando la sensación de las extensas ramas de algún árbol... un árbol familiar. Su pasado, mi futuro.
Seguí con la mirada las ramificaciones hasta girar el rostro hacia la parte derecha del salón y toparme con la magnifica chimenea de granito negro que representaba el tronco del viejo y ancestral árbol de la familia Gryffindor. En el interior de ese particular tronco las llamas lamían y devoraban la madera que allí se acumulaba otorgándome algo de calor en este día tan opaco y frío.
Con un suspiro de por medio volví a alzar mi vista y la dirige un poco mas allá de la gran lámpara de araña, cerca del extremo izquierdo de la habitación, donde el rostro lozano de un joven moreno y audaz me devolvió la mirada. Bajo el pequeño retrato un nombre brillaba con luz propia: James Potter.
Junto a su nombre, entrelazado con un fino trazo de color caoba que simulaba la rama de un árbol, mi nombre resaltaba junto a un pequeño retrato mío que decía ser una copia exacta de mí ser y que sin embargo yo, a mi parecer, notaba demasiado elaborado e incluso hermoso.
Pero era de esperarse, aunque fuese una vieja bruja el señor Turner, el pintor, me habría retratado hermosa como una flor. Ese era su trabajo, adornar las imperfecciones y crear hermosas obras que aunque no fuesen ciertas al cien por cien, eran ante el ojo humano una maravilla de la naturaleza.
Tome la taza de porcelana con el borde engalanado en dorado y me la lleve a los labios, saboreando el té y entrando en calor durante algunos minutos. Una pequeña gota del líquido oscuro resbalo por mis labios hacia mi barbilla y sin pensarlo la limpie con el puño de mi manga, arrepintiéndome de ello inmediatamente.
¡Ya no era una niña! No debía comportarme tan vulgarmente, ¿Qué diría Minerva si me viese? ¿Y padre? Seguramente pondrían el grito en el cielo.
Me reí por lo bajo. Si el resto del mundo supiera que lady Lilian Evans, esposa del conde de Gryffindor, se comportaba de tales formas… Suspiré de nuevo, pues sabía que si en algún momento este dato llegaba a oídos de algún miembro de la aristocracia Inglesa mi reputación, y por tanto la de mi esposo, quedaría arruinada.
Tome de nuevo el libro entre mis manos y lo hice girar delicadamente mientras me incorporaba de mi asiento y me dirigía a paso lento hacia le extremo izquierdo de la estancia, donde un millar de libros de poesía, romance y drama eran amontonados entre estanterías hasta alcanzar el techo.
Busque con la mirada el hueco vació donde debía guardar el libro y de pasó acaricié con la yema de mis dedos los lomos de aquellos volúmenes forrados en cuero, tela...
-¡Silencio!
Emití un insignificante gemido y di un saltito haciendo caer el libro, sobresaltada por aquel grito pronunciado entre susurros que provenía del otro extremo de las puertas de cristal que conducían al gran balcón, que a su vez comunicaba el salón de baile con el jardín y el salón del té.
Me llevé la mano a la garganta con el corazón desbocado y deseé para mis adentros que todo fuese una alucinación de mi mente cansada.
-Con cuidado...
Mi mano ascendió por mi garganta hasta mi boca para reprimir así el grito que deseaba salir.
¡Dios mió! ¡Iban a asaltarme!
Debía pedir ayuda, gritar, llamar al señor Weasley, o quizás al señor Raston que era más corpulento.
-Esperad...
Mis pupilas se dilataron al percibir a través de la penumbra de la noche, pues el reloj hacia tiempo que había marcado las nueve, una figura difuminada por la neblina.
Retrocedí un paso y note sin notar verdaderamente como los estantes de madera de la biblioteca se clavaban en mi cadera y espalda, sin embargo no me importó. Nada importaba realmente ahora.
-... hay alguien...
Contuve la respiración y cerré los ojos, liberando de inmediato mis lágrimas.
¿Iba a morir? ¿Terminarían mis días sin conocer el amor? ¿Seria recordada? ¿Llorarían mi perdida?
Involuntariamente la imagen de James se dibujo nítida en mi mente; su sonrisa, su cabello rebelde y negro como la noche, su porte arrogante, su cuerpo musculoso y amenazante...sin saber como desee que estuviese junto a mí. Verlo una ultima vez.
La puerta se abrió y una corriente de aire frío inundó la estancia erizándome la piel y sacándome un quejido.
Sentí un fuerte escozor en mi pecho, signo de la falta de aire, y mi corazón bombeaba tan rápido que mi pecho se convulsionaba con él. Mi rostro estaba bañado en lágrimas y mis manos temblorosas se aferraban al corpiño de mi vestido. Las piernas me fallaron y de no ser por la estantería de libros habría perdido el equilibrio y yacido en el suelo.
El eco de unos pasos resonó entre las cuatro paredes, y la respiración irregular de alguien que no era yo se hizo paso entre mis conductos auditivos taponados por el temor.
-No... piedad...
No pude pronunciar mis súplicas y tuve que conformarme con pensarla y gritarla en mi fuero interno una y otra vez; con la esperanza de que mi asaltante me escuche y me dejase marchar.
Que no me tocase... ¡Por favor, Dios mió, que no me toque! ...
... y entonces sentí su tacto... y grite.
...
La niebla era espesa, una bendición que nos permitía ahogar el murmullo de nuestras voces y el eco de los pasos. Sin embargo también era una desgracia pues me impedía apreciar debidamente el paisaje y me era casi imposible divisar la unión de aquellos dos nogales que ocultaban la entrada secreta hacia el interior del laberinto que el jardín trasero de mi hogar poseía.
Cerca de una hora había transcurrido desde que abandonáramos el carromato y la vieja mula que tiraba de él en la costa, en un recoveco rodeado de pedruscos que al anochecer siempre se inundaba por la subida de la marea. Para mañana a primera hora, cuando la marea dijese a bajar, no quedaría rastro alguno de las pruebas.
-¿Estas seguro que es este es el lugar?- me pregunto por sexta vez Remus.
Gruñí como única repuesta y encogí mis hombros en un brusco movimiento para acomodar mejor el brazo de Sirius sobre estos. Mi compañero solo profirió un quejido y dio un traspié que no pasó a más por el simple hecho de estar sujetado, con nuestra ayuda.
-Sirius no aguantara mucho mas, necesita tratar esas heridas- mascullo Remus, deteniendo el paso y obligándome a hacer lo mismo.- Creo que estas perdido- concluyo tras varios minutos en silencio, contemplando la suela de sus desgastadas botas. El habito raído y sucio ya había quedado lejos.
-¡No estoy perdido! ¡Maldita sea! Estas tierras me pertenecen, crecí en esta condenada finca. Se perfectamente donde me hallo.- me queje reanudando el paso, dando para ello un seco tirón del cuerpo semi-inconciente de Sirius.
Remus farfulló algo entre dientes pero me siguió el ritmo.
La niebla parecía alzarse como un vaho etéreo desde la tierra y desfiguraba la forma de los árboles y la figura lejana de la gran casa, que juraría era mi hogar.
¡No podía estar perdido!
Sabía perfectamente donde estaba, este era mi hogar, solamente necesitaba un poco de claridad y seria perfectamente capaz de encontrar la dichosa entrada secreta que en mi juventud construí para poder dejar pasó a mis numerosas amantes.
-Recuerda James, recuerda...
Remus me hecho una rápida mirada y farfullo otra retahíla de impropios, asegurando de nuevo que estábamos perdidos y que yo no era mas que un bastardo cabezota y orgulloso. Algo acertado, sin duda, sin embargo no por ello me rendiría.
Ignorándolo, entrecerré los ojos y me concentre en el paisaje difuso que se presentaba ante nosotros.
Por la poca claridad que se percibía en el firmamento me arriesgo a imaginar que son más de las diez de la noche, quizás incluso medianoche. Aunque no es fiable del todo dado que la niebla es tan espesa que impide percibir adecuadamente, incluso, el cielo.
Hacia frío, un frío atroz, lo que indicaba también la llegada del anochecer. Pero teniendo en cuenta que el día había sido particularmente frío y que incluso había llovido no podía guiarme tampoco por esa pista.
¿Qué mas? ¿Qué se me escapaba?
Pase mi mano libre por el tronco arrugado, y seguramente centenario, de un grueso árbol y suspire irritado.
-Debemos estar cerca... solo un poco mas, lo intuyo.
-Tus intuiciones... no... no son demasiado... fiables- protesto a media voz Sirius, para acto seguido toser de forma escandalosa.
No respondí a su pulla y seguí frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos, como si esos simples actos me aclarasen la mente y por tanto las ideas.
¿Dónde estaba la maldita puerta? ¡¿Dónde?!
-James...
-¡Ahora no Lunático!- gruñí frustrado conmigo mismo.
-James...
-He dicho que ahora...
-...aquí hay algo.- me interrumpió.
Alce rápidamente el rostro y deje caer todo el peso de Sirius sobre Remus, que emitió un gruñido de protesta pero no hablo.
Efectivamente, junto a Remus, escondido hábilmente por una espesa enredadera, una diminuta puerta de madera desentonaba en el alto y recio muro de piedra que rodeaba el jardín.
Alrededor de la cerradura había un viejo candado oxidado que no opuso demasiada resistencia, pues con una patada certera me deshice de él.
Abrí la puerta y contemplé ilusionado el merendero del laberinto, junto a su fuente y los rosales de mi madre.
Nunca en mi vida me había alegrado tanto de vez la horrorosa estatuilla del arcángel Gabriel escupir agua desde la cima de aquella fuente.
-¡Te dije que lo encontraría! Yo nunca me pierdo- dije con orgullo y revolviéndome el cabello con energía.
-Si, por supuesto, James. Ahora, si no te importa, me harías el grandioso favor de ayudarme. Sirius se esta desangrando y yo no estoy por la labor de verlo morir entre mis brazos- se quejo Remus.
Algo enfurruñado, por la forma en la que había pinchado mi burbuja de felicidad y autocomplacencia, ayude a Remus a ingresar en el jardín y después cargue a Sirius sobre mi espalda para hacer lo mismo con él.
-Bonito... cobertizo- ironizo Sirius, tartamudeando apenas por culpa del frío y la pérdida de sangre.
-Y no has visto nada aun- le respondí en todo jocoso.
Remus me ayudo a cargar a Sirius y entre los dos comenzamos a arrastrarlo a través del laberinto hacia el centro del jardín donde se hallaba un pequeño lago artificial coronado en el centro por un gran león de granito blanco que representaba el escudo de armas de la familia.
-Algo me dice que esta noche no me comerán las chinches- bromeó Remus.
Sonreí entre dientes y le indique con la cabeza un pequeño banco de piedra semioculto bajo un amplio y centenario árbol. Un lugar frecuentado por las parejas durante las fiesta que los anteriores condes había organizado décadas antes.
-Quedaros aquí- les ordene, depositando con cuidado a Sirius sobre el banco- Yo comprobare que las escaleras de servicio esta libres de posibles testigos.
-De... acuer...- un fuerte ataque de tos impidió que Sirius terminase su frase.
-¡Silencio!- protesto Remus- no hagas ruido.
-No... es tan... sencillo- protesto Sirius con una mueca en el rostro.
-Procura no hacer movimientos bruscos, eso te ayudara- le aconseje.
Dicho esto salí del pequeño escondite que aquél árbol proporcionaba y subí las escalinatas que llevaban al gran balcón que comunicaba el salón de baile principal con la habitación del té donde siglos antes mis antepasados habían decidido plantar su árbol genealógico, metafóricamente hablando.
Al subir el último peldaño de la escalera no pude evita notar que la luz del salón de té estaba encendida.
¡Maldición!
Me gire hacia atrás, sin llegar a ver realmente a mis compañeros, y dije a media voz:
-Esperad...
Solo el murmullo de las diversas fuentes, repartidas por todo el jardín, me respondió.
Avancé un paso más y con cautela otee a través de las grandes puertas de cristal hacia el interior.
-... hay alguien.
Escuche como detrás mía Remus maldecía en susurros, sin embargo lo ignore y di una paso mas hacia delante, pues ya había identificado al indeseado testigo.
Pose mi mano sobre el pomo de la puerta y abrí una de las hojas de cristal, ingresando en el salón. Mi persona y el frío nocturno.
Note, no sin cierta diversión, como su menudo cuerpo se estremecía y sus ojos se empeñaban en liberar lágrimas que recorrían sus mejillas y morían en su escote.
Me acerqué a ella sigilosamente; procurando no reírme pues no cesaba de mover los labios, como si rezase, solicitando clemencia.
Cuando estuve justo enfrente no pude evitar recorrerla de arriba abajo; desde sus pequeños pies cubiertos por aquellos zapatos de tacón que le concedían varios centímetros más de altura, hasta su pecho que se convulsionaba rápidamente debido al llanto.
Tentadora... esa maldita mocosa me resultaba tentadora. ¡Era una locura!
Alce la mano y colocando mis dedos bajo su barbilla la obligue a alzar el rostro...y ella grito.
...
James nunca se había caracterizado por su inteligencia, no al menos en comparación con nosotros. Su papel era mas el de cabecilla, quien daba las ordenes y se jugaba el pellejo. Eso era algo que tenia claro desde hacia años; yo era la inteligencia, Sirius el encanto y la bravura, y James el poder y la autoridad.
Siempre nos había ido bien así, ¿entonces porque cambiar?
Ciertamente no debíamos cambiar, y si aun quedaba duda alguna de ello solo había que agudizar el oído y escuchar, alto y claro, los gritos de aquella voz femenina.
-Maldición, ¿que hace?- me queje frustrado mientras asomaba apenas mi cabeza fuera del escondite que nos proporcionaba este gran árbol.
Sirius se retorció en el banco y se incorporo con bastante dificultad hasta quedar sentado; sosteniéndose el costado, donde tenía la pero de sus heridas. Aquella que tanta sangre le había hecho perder.
-¿Qué... sucede?- inquirió.
-James, es estúpido- conteste.
Sirius se río entre dientes y tosió un poco.
-Dime algo que... no sepa, Lunático.
Me gire hacia él e imite su sonrisa.
Si era cierto, James en ocasiones podía ser un rematado estúpido. Ocasiones, claro esta, como estas.
-Ve... tal vez... necesite ayu...ayuda.
Negué rápidamente con la cabeza y volví a tomar asiento en el banco, junto a él.
-Los gritos han cesado- dije, y realmente no mentía. Había cesado.
-¿Crees que la ha...
-No, no creo. Es parte de su servicio, llamaría demasiado la atención.- conteste.
-Entonces.
Me encogí de hombros como única respuesta y aguarde, con la mirada fija en aquel halo de luz proveniente del pequeño salón, a que James nos indicase que era buen momento para entrar.
Aguardamos cerca de cinco minutos, en total y absoluto silencio, a que James diese su señal.
-Hay esta.- indique, levantándome y ayudando a Sirius.
-No... espera... no esta solo- me detuvo Sirius.
Me gire hacia el y note como su ceño fruncido se suavizaba poco a poco para tornarse finalmente en una amplia sonrisa. Intrigado desvié mi mirada hacia el mismo punto y note que ciertamente James no estaba solo, dos damas lo acompañaban. Y por sus estaturas diría que no eran mas que niñas, jóvenes de entre trece y catorce años tal vez.
James las mantenía de espaldas a nosotros, impidiendo que mirasen mas allá de la barandilla que rodeaba el balcón.
Él sin embargo si miraba hacia nosotros y su voz llegaba entrecortado hacia nuestra posición.
-... en el banquillo de piedra, bajo el gran árbol... hace demasiado frío para voz, querida... yo podría abrigaros... sed sigilosa... curad sus heridas...- fue sus ultimas palabras lo que mas me llamo al atención pues con ellas la escena cambio.
Él tomo a una de las jóvenes del brazo y la condujo al interior de la casa, dejando sola a la segunda joven; quien nada mas verse liberada de la mirada de su señor y acompañante comenzó a bajar los escalones del balcón con rapidez. Acercándose a nosotros a paso raudo.
Y a medida que su figura se acercaba la niebla nos permitía apreciar mejor su figura y su rostro.
Era menudita y bajita, tenia la cara redonda y la nariz respingona, el cabello corto casi como un barón y negro como la noche, sus curvas eran generosas e iba ataviada con un sencillo vestido gris con decoraciones en blanco y negros, que mas tarde descubriría que no eran mas que los accesorios típicos de una dama de compañía.
Sin embargo lo que más me llamo la atención de aquel pequeño ángel fue sus ojos, de un tono castaño casi grisáceo. Juguetones, muy similares a los de...
-Nymphadora...-musito Sirius- ¿como...
-Sirius, oh Dios míos, Sirius.- grito ella, lanzándose a los brazos de mi compañero y precipitándose por tanto ambos al suelo- Sirius no sabes cuanto tiempo espere tu llegada, James me prometió que llegarías pero yo ya comenzaba a dudarlo. ¡Oh, Sirius! ¡Te he echado tanto de menos!- murmuraba escondiendo su rostro en el cuello de mi amigo y comenzando a llorar- Pensé que nunca te encontraría, que estaba sola...
Permanecí a un lado, como un espectador no deseado, contemplando el reencuentro o eso creía de Sirius con su... ¿amiguita?
-Nymphadora... levanta- gruño Sirius, sin embargo esta lo ignoro- Tonks, maldita sea levántate. Me estas aplastando.
Inmediatamente la joven profirió un gritito y se levanto, con torpeza del suelo, no sin antes tropezar dos veces y caer de nuevo sobre Sirius.
-Tan ágil como siempre- se quejo mi amigo, tendiendo su mano hacia mí para que lo ayudase a incorporarse.
Lo ayude sin embargo no retire mi mirada de la joven que no cesaba de llorar y sonreír al mismo tiempo. Era contradictorio.
¿Quien era?
-Sirius, ¿quien...
-¡Tus heridas! Dios santo, que descuidad soy, James me dijo que estabas herido. Vamos acompañadme, os guiare a los aposentos del conde, allí estaréis seguros.- informo, tomando el rostro de Sirius entre sus manos y besando sus mejillas.- Te he echando tanto de menos.
Sirius sonrió apenas y acaricio su cabeza con la única mano que tenia libre.
-Y yo a vosotros... y yo a vosotros enana.
Hola mis corazoncitos.
¿Como os va todo? ¿Os chafo la lluvia algún evento? A mi si (siff, siff) pero bueno eso ya es agua pasada (nunca mejor dicho). Y hoy os traigo buenas noticias, después de una sequía de inspiración por fin e podido escribir el capitulo ¡Hurra!.
Es cortito, pero a mi parecer gracioso. Y además mi renovada inspiración no daba a mas, lo siento.
La próxima vez os compenso, lo prometo.
Espero que os guste este capitulo, no pude resistirme a hacer que James se perdiese ( me recuerda mucho a cuando mi novio o mi padre, mas el primero que el segundo, se pierden y no cesan de decir "no me e perdido, se donde estoy. Dejarme tranquilo" jeje se ponen tan monos)
Y también os dejo al incertidumbre sobre la relación entre Tonks y Sirius, de nuevo jeje, os dejo que saquéis conclusiones (de todas formas su relación es algo que tengo bien claro desde el quinto capitulo) sin embargo vosotros tendréis que aguardar al próximo capitulo para saber mas jeje.
Sin mas os dejo, que tengo una montaña de apuntes que estudiar y encima un trabajo a medias que aunque lo desee con muchas fuerzas no se acaba solo (maldito). Nos vemos...no se...dentro de unas semanas quizás.
¡Paz y amor...y algún que otro R&R!
Y ahora la respuesta a vuestros comentarios:
leonor: Gracias, el tuyo si que es un buen piropo ya que considero que aun necesito pulir mas mi forma de narrar y el que me alabes me anima mucho. Cambien me sorprende que seas e Chile, se me hace raro que mi historia llegue tan lejos uff jeje.
Aun así me alegre mucho pro tu comentario y espero que mi historia siga enamorándote.
1 besote, desde granada (España)
arii: lo siento tarde jeje. La inspiración es caprichosa y yo no al puedo controlar. Aun así fui todo lo rápida que pude, espero que te guste. Saludos.
Mariana: Hola, gracias por tu review. Como ves ya hay mas de Lily y James y en el próximo abra mucho mas te lo prometo. Disfruta del capitulo. Besos.
Macarena: Me encanto tu reciew, e lo juro, y me alegra mucho que mi historia te enganchase tanto. No prometo anda con respecto las faltas, son mi defecto por nacimiento, pero procurare controlarme. ¡me alegra mucho tener una nueva seguidora! Jeje estoy que salto en una pierna jaja.
Besitos.
