Emma y Killian se despidieron de la tripulación, ellos se quedaban en el pueblo de Nottingham mientras la pareja fue a atravesar el bosque de Sherwood en busca del castillo donde se encontraba refugiado el Señor Oscuro. Emma eligió ir preparada para pelear con una espada en su cintura, un arco en su mano y una bolsa con flechas colgadas en su espalda. Killian en cambio solo iba con una espada. Por supuesto ambos llevaban dagas en sus botas, eso era una costumbre muy pirata que ya tenían incorporada.
- ¿Cuál es el plan? – Preguntó ella cuando llegaron a la entrada del bosque.
- Seguir el camino central del bosque, se supone que nos va a llevar directo al castillo. – Respondió Killian mostrándole el mapa que tenía.
- Bien. – Dijo ella.
- Según mis cálculos si vamos a un ritmo rápido, parando solo a la noche para descansar, mañana llegaríamos. – Informó él.
- Que empiece la aventura. – Dijo ella cruzando la barrera de troncos que separaba el bosque del pueblo.
La caminata fue tranquila. El bosque era silencioso y parecía estar deshabitado. Emma tenía una extraña sensación al caminar ese camino. Por un lado, a la izquierda del camino se podía ver un bosque tenebroso, seco y oscuro. En cambio por el lado de la derecha, se podía ver un bosque luminoso y lleno de vida. El contraste le hizo acordar a la isla de "las almas perdidas" y eso le generó inseguridad.
En un momento de la tarde Emma se empezó a sentir cansada de la caminata y dejó que Killian se le adelante un poco. Ella sentía sed así que se detuvo un instante a tomar agua. De repente escuchó un grito que le hizo paralizar el corazón. Era la voz de un niño pidiendo ayuda, y el instinto de Emma fue correr hacia él. Corrió adentrándose en el bosque, hacia el lado derecho del camino, hasta que llegó al lugar de donde provenía el grito. Su instinto había estado en lo correcto, la voz era de un niño. El niño debería tener aproximadamente unos cinco años y gritaba desesperado porque las tierras movedizas estaban hundiéndolo para enterrarlo.
- ¡Ayuda! – Gritó el niño asustado.
- ¡Ten, agarrate de esto! – Indicó ella usando una larga rama para alcanzarlo.
- ¡Ayuda! ¡Por favor no me dejes! – Volvió a gritar el niño cuando la rama se rompió por la presión de ambos.
Emma miró la situación horrorizada. No sabía que hacer para salvar al niño y eso la estaba empezando a desesperar. Mirando para todos lados en busca de algo que pueda ayudarla vio que sus manos brillaban. ¡Eso era! ¡Con su magia tal vez podía ayudar! Emma puso un pie en la tierra movediza teniendo la sensación de que a ella no le afectaría, y así fue. La tierra movediza que quedo bajo su pie dejo de tener efecto. Al darse cuenta de esto caminó a paso decidido hacia el niño y lo agarró en sus brazos.
- Tranquilo, estás bien. – Dijo ella intentando de calmar los sollozos del niño.
- Me salvaste. – Dijo el niño saliendo del abrazo.
- Si, peque, estás a salvo. – Dijo ella con una pequeña sonrisa.
- Gracias. – Agradeció. – Sos un ángel. – Dijo mirándola intensamente.
Emma estaba por corregir al niño y decirle que ella no era un ángel, pero la interrumpió la voz desesperada de Killian llamando su nombre. Ella se dio vuelta para el lugar de donde provenía la voz y al instante apareció Killian corriendo hacia ella. Él la tomó en sus brazos y la abrazo con fuerzas. Emma dejo que él la abrace de esa manera porque se dio cuenta que él se debía haber preocupado mucho cuando se percató de que ella había desaparecido.
- ¿Estás bien? – Preguntó él saliendo del abrazo y observándola de pies a cabeza para comprobar que este en perfecto estado.
- Si. – Asistió ella. – Perdón que me fui de esa manera, es que escuché un grito. – Explicó ella.
- Yo también lo escuché. – Coincidió él. - ¿Qué era? – Preguntó presintiendo que ella ya había averiguado el asunto.
- Este niño, las tierras movedizas lo estaban tragando. – Respondió ella dándose vuelta para presentar el niño a Killian.
- ¿Qué niño? – Preguntó él viendo como ella miraba para todos lados.
- ¡Killian, había un niño acá hace un instante! ¡Yo lo salvé con mi magia! – Exclamó ella con la voz llena de preocupación.
- Tranquila, te creo, pero evidentemente desapareció. – Dijo él.
- ¿Dónde se habrá metido? ¿Deberíamos buscarlo? – Cuestionó ella algo insegura.
- No, por las dudas no. Tengo miedo que sea una trampa del mismo bosque. – Dijo él muy pensativo. – Volvamos al camino mejor. – Indicó.
Emma y Killian intentaron volver al camino central, pero no lo encontraban en ningún lado. Era como si el camino se habría escondido, perdido o cambiado de lugar. El sol se estaba empezando a poner en el horizonte y eso los hizo preocupar. Las recomendaciones siempre eran no salir del camino central y ellos querían encontrarlo antes que se haga de noche para poder dormir tranquilos. Si recomendaban no salir del camino central, debía ser porque los alrededores no eran algo seguro como para recorrer. Emma se sintió culpable de haber sido la responsable de que hayan salido del camino, pero Killian la tranquilizo diciendo que él habría hecho lo mismo.
- Shh, quédate quieta. – Indicó Killian usando su mano para detener el camino de ella.
- ¿Qué pasa? – Susurró ella.
- Escuché ruidos, tengo una mala sensación. – Explicó el en un tono tan bajo, que casi fue imposible de distinguir.
De repente se vieron rodeados de una gran cantidad de hombres con lanzas y flechas. Ambos sacaron sus espadas, pero no tenía sentido, sabían que era una misión perdida pelear ellos dos contra tantos hombres. Uno de ellos reconoció a Killian como el Capitán Garfio y ante esto otro le disparo una flecha en el estómago. Emma atajó a Killian en sus brazos y lo ayudó a acomodarse en el césped para que la caída no sea tan dura. Emma quiso hacer entrar en razón a esos hombres pero nadie parecía escucharla, todos gritaban y discutían entre ellos. Emma intentó parar la sangre que salía de Killian con sus manos, pero era difícil. Decidió que iba a usar su magia para curarlo sin importarle que esos desconocidos la vean, pero antes que pueda hacerlo dos hombres la agarraron, ataron sus manos y le taparon la cabeza con una bolsa de tela. Emma gritó por Killian, pero no hubo respuesta.
Emma volvió a ver la luz del día, o mejor dicho la luz de la noche, cuando le sacaron la bolsa de la cabeza. Estaban en lo que parecía un campamento en medio del bosque. Había varias tiendas de campaña distribuidas en forma de rectángulo y en el centro de ellas había una larga mesa de madera, y un espacio para hacer fogones. Emma pudo ver que Killian estaba a unos pasos de ella tendido en el piso y se tranquilizo al ver que en su pecho había movimiento de respiración.
- ¿Quiénes son estos dos que me trajeron? – Preguntó un hombre que parecía ser quien estaba al mando. Tenía el color de cabello igual al del tronco de los árboles, y una barba salvaje que cubría parte de su cara.
- Extraños, estaban merodeando en el bosque. – Dijo un hombre de rulos y pelo largo.
- Nadie tiene derecho a merodear en nuestro bosque sin permiso. – Dijo otro que tenía una expresión muy seria y brusca.
- Así que, este es el famoso Capitán Garfio. – Dijo el hombre que estaba al mando, cuando se acerco a Killian y vio el garfio en el lugar donde debería estar su mano izquierda.
- ¡Matalo Robin! – Exclamó un hombre de mayor edad que miraba la situación divertido.
- ¡No por favor, no le hagas daño! – Rogó Emma dirigiendo su mirada y pedido a Robin, que al parecer ese era el nombre del hombre que estaba al mando.
- ¿Cómo te atreves a dirigir la palabra al Rey de Los Bandidos? – Dijo el hombre que estaba al lado de ella enojado y le pegó una cachetada.
- Lo lamento, pero por favor no lo lastimen, yo lo amo. – Pidió Emma desesperada.
- ¿Lo amas? – Preguntó Robin riendo. – Es interesante que una mujer tan bella sea capaz de amar a un pirata. – Comentó mirándola con curiosidad.
- ¡Ángel! – Exclamó un niño que acaba de aparecer de la nada y corrió a abrazarla, era el niño que había salvado de las tierras movedizas.
- Hola peque. – Lo saludó ella sin poder devolverle el abrazo porque tenía las manos atadas.
- ¡Roland ven acá! – Ordenó Robin llamando a su hijo. - ¿Cómo es que conoces a esta mujer? – Preguntó.
- Ya te lo dije antes papá, ella me salvó de las tierras movedizas. – Explicó el niño. - ¿Por qué la tienen atada? ¿Le van a hacer daño? – Cuestionó Roland preocupado.
- Nadie le va a hacer daño. – Informó Robin, se acercó a ella y le desato las manos. - ¿Es verdad que salvaste a mi hijo? – Preguntó mirándola con respeto.
- Si. – Asistió ella.
- Gracias. – Agradeció. - ¿Cómo hiciste para derrotar a las tierras movedizas? Eso es algo imposible. – Dijo Robin pensativo.
- ¡Ya te lo dije, magia! – Respondió el niño por ella.
- ¿Puedo ir a ver a Killian? Yo necesito verlo para que no se muera desangrado. – Pidió ella a Robin.
- Claro. – Asistió él.
Emma corrió hacía Killian y se arrodilló en el césped para poder estar más cómoda al tratarlo. Robin se paró al lado de ella a observar la situación. Ella notaba que él no creía que ella pueda ayudar a Killian, Robin ya lo daba por muerto. Pero Emma tenía algo que Robin no sabía, magia capaz de curar heridas. Emma sacó la flecha del estómago de Killian y puso sus manos sobre la herida. Concentró toda su energía en curar la herida de Killian. Sus manos brillaron y la herida también, hasta que finalmente cicatrizo.
- ¿Emma? – Preguntó Killian abriendo los ojos débilmente.
- ¡Killian! – Exclamó ella abalanzándose sobre él y abrazándolo con fuerzas. – Gracias a Dios estás bien. – Dijo dando un largo suspiro.
- Claro que estoy bien. – Dijo él saliendo del abrazo y mirando el lugar donde antes estaba su herida. – Sos brillante amor. – La halago.
- ¿Eres una bruja? – Preguntó Robin apuntando a Emma con una lanza.
- Tranquilo amigo, ella se merece más respeto. – Dijo Killian poniéndose de pie. – Ella es Emma, la princesa perdida del Bosque Encantado. – Informó.
No bien Killian dijo eso todos los hombres que había alrededor de ellos agacharon sus cabezas e hicieron una reverencia hacia ella en señal respeto. Emma se sintió muy abrumada con ese gran gesto, no estaba acostumbrada a que las personas actúen hacia ella de esa manera.
- Perdón por todos los inconvenientes causados su majestad, soy Robin Hood de Longvod y estoy a tu servicio ya que soy fiel al Rey David y la Reina Snow del Bosque Encantado. – Se presentó Robin arrodillándose ante ella.
- Por favor dejemos las formalidades. – Pidió Emma dándole la mano para ayudarlo a pararse. – Nada de ponerse de rodillas, ni nada de llamarme su majestad, yo soy simplemente Emma. – Dijo con convicción para que nadie se atreva a discutirle.
- Bien, dime Emma, ¿En que te podemos ayudar? – Ofreció Robin.
- ¿Podemos pasar la noche aquí y cenar? Estamos cansados del viaje. – Dijo Emma.
- Por supuesto, pasen, pónganse cómodos. – Indicó Robin señalando hacia el campamento.
Emma y Killian armaron una pequeña fogata y se sentaron a descansar. Emma le ayudo a limpiar su ropa manchada de sangre, y luego cenaron la comida que un tal "littlee John" les alcanzó amablemente. Emma miro como Robin jugaba con Roland y recordó porque los nombres le sonaban tan conocidos, ellos eran el marido y el hijo de Marian, un alma perdida que había ayudado a cruzar hacia la luz.
- Robin, ¿Podemos hablar? – Preguntó ella acercándose a él.
- Si, claro. – Asistió él.
- ¿Conoces la historia de la princesa perdida? ¿Conoces la maldición que tengo? – Cuestionó ella, sin estar segura de cómo empezar la historia.
- Todos la sabemos. – Asistió él. – Regina te maldijo a que tengas visiones sobre los muertos y puedas ver a las almas perdidas. – Dijo recordando lo que se decía en los dichos populares que habían corrido de pueblo en pueblo.
- Hace un tiempo atrás vi a Marian, tu esposa. – Confesó ella.
- ¿La viste? – Preguntó él sorprendido.
- Si, ella era un alma perdida y recurrió a mí para que la ayude a cruzar a la luz. – Respondió ella reviviendo en su mente la conversación con esa hermosa mujer.
- Yo pensaba que nos había abandonado. – Dijo él con los ojos llenos de lágrimas. - ¿Qué pasó? ¿Pudo cruzar a la luz? – Pidió saber.
- Si, ella cruzó hacia la luz. – Asistió ella.
- Bien. – Dijo él algo aliviado.
- Pero antes de irse, me pidió que le haga un favor. – Dijo ella.
- ¿Qué te pidió? – Preguntó él.
- Me pidió que si alguna vez te encontraba a vos o a Roland les diga que ella no los abandonó, que ella murió porque la Reina Regina la mató. Y que los ama mucho. – Contestó Emma conmovida por la situación.
Robin se acercó a ella y la sorprendió dándole un abrazo. Emma devolvió el abrazo con amabilidad, sabía lo difícil que debía ser para Robin haberse enterado de todo eso. Emma le acarició la espalda con delicadeza intentando calmarlo. Muchos dirían que abrazar a un extraño era algo raro, pero para Emma no fue así, ella sintió una conexión con Robin. Una conexión por todo lo vivido con Marian. Esa era la primera vez que Emma sintió que valía la pena tener que soportar todas las noches su maldición de tener visiones y ver almas perdidas.
