CAPITULO 19

El caos había tomado por asalto su castillo, ataviado con seductores vestidos de generoso escote, zapatillas de seda y cintas, pensó Albert mientras echaba hacia atrás sus dorados cabellos y se los ataba con una tira de cuero.

Ninguna de las defensas de su fortaleza servía de nada contra ella, a menos que deseara declararle la guerra abierta, apostar a los guardias y desempolvar la catapulta.

Momento en el que, naturalmente, su padre y Pauna reirían hasta caer desmayados. Albert había estado rehuyendo a Candy desde el día en que la llevó a Balanoch. La próxima vez que la tocara, la haría suya. Albert lo sabía. Apretó los puños en sus costados mientras tragaba aire con una brusca inhalación.

El único recurso que le quedaba era evitarla por completo hasta que Anthony hubiera regresado con Anya. En cuanto Anthony confirmara que no había tenido lugar semejante batalla, Albert haría que se llevaran a Candy del castillo y la enviaría lejos de allí.

«¿Como cuánto de lejos será lo bastante lejos?», preguntó una voz que no podía ser menos bienvenida. Albert conocía muy bien esa voz. Era la que se esforzaba diariamente por convencerlo de que tenía todo el derecho del mundo a acostarse con Candy.

La voz no podía ser más peligrosa, y era aterradoramente persuasiva.

Albert gimió y cerró los ojos. Disfrutó de un bendito momento de reposo, hasta que la risa de Candy, impulsada por la brisa del verano, irrumpió a través de la ventana abierta de su cámara.

Se asomó a mirar con los ojos entornados, temiendo y al mismo tiempo prefigurando el vestido que podía haberse puesto Candy hoy. ¿Sería púrpura, violeta, índigo, de color lavanda? Casi parecía como si ella estuviese al corriente de la preferencia de Albert por los colores intensos. Y con sus cabellos dorados, Candy estaba espléndida con aquellos vestidos.

Aquella mañana llevaba uno de color malva con un ceñidor dorado. No lucía sobrepelliz, en respuesta al tiempo soleado. Sus pechos, suculentos y cremosos, se elevaban desde el interior del sencillo cuello escotado. Candy se había recogido las rubias trenzas encima de la cabeza y, adornadas con cintas de color violeta, éstas caían alrededor de su rostro en un delicioso desorden. Ahora avanzaba a través de su césped, cruzándolo tan tranquilamente como si todas las posesiones de Albert fueran de su pertenencia.

Durante las últimas semanas Candy había estado en todos los lugares donde quería estar él, obligándolo a confinarse allá donde pudiera. Albert había entrado en cámaras del castillo que había olvidado que existiesen.

Candy no se había molestado en tratar de ser sutil. En cuanto veía a Albert, echaba a correr tras él luciendo un feroz fruncimiento de ceño al tiempo que parloteaba acerca de ciertas «cosas» que tenía que contarle.

Sus tácticas fueron volviéndose más taimadas y fraudulentas con cada día que transcurría. ¡La noche anterior, la muy osada había llegado al extremo de forzar la cerradura de la cámara de Albert! Debido a que él había sido lo bastante previsor como para colocar un pesado armario a modo de barricada, Candy había ido a su puerta del corredor y había forzado aquella cerradura. Albert se vio obligado a escapar por la ventana. Hacia la mitad del descenso había perdido pie, precipitándose en el vacío durante los últimos cinco metros que lo separaban del suelo para caer sobre un arbusto espinoso. Habida cuenta de que no había tenido tiempo de ponerse los calzones, sus atributos viriles habían cargado con la peor parte de su abrupta entrada en el arbusto, cosa que lo había puesto de un pésimo humor.

Aquella muchacha pretendía despojarlo de su virilidad antes de su largamente esperada noche de bodas.

Cada movimiento, cada decisión, cada pensamiento de Albert se veían directamente afectados por la presencia de Candy, y él se sentía muy agraviado por ello.

La mano de Candy se hallaba presente incluso en los platos que Albert comía junto con los guardias en la guarnición, prudentemente alejado de ella, dado que Pauna había empezado a experimentar con nuevas recetas y a Albert le hubiese gustado saber qué demonios había de malo en las antiguas.

Y además Candy estaba aprendiendo a montar, ya que había conseguido convencer al encargado de los establos de que le enseñara a hacerlo (probablemente al precio de una sonrisa con un hoyuelo en un lado de la boca, porque él ciertamente no la había visto sacar ninguna paletada de estiércol de los establos). A media tarde se la podía encontrar paseándose encima de una yegua muy dócil por el césped delantero de la fortaleza de los MacAndrew, con lo que obstaculizaba considerablemente el paso de Albert por allí.

Antes de que ella llegara al castillo, Albert siempre había llevado una existencia muy ordenada. Pero de pronto su vida había pasado a girar en tomo a las actividades de Candy y a cómo evitarla. Antes él había ido avanzando hacia un éxito seguro, dirigiéndose hacia todas las cosas que tanto anhelaba. El día antes de que ella compareciese ante su puerta, Albert soñaba con tener en brazos a su primer hijo antes de que hubiera transcurrido un año, si era voluntad de Dios que la joven Anya concibiera un bebé con rapidez.

Pero ahora soñaba con Candy. Esa misma mañana, cuando Albert había entrado a escondidas en su cámara para cambiarse de ropa, había oído el chapoteo de su baño. Había ido del hogar a la ventana y vuelto sobre sus pasos, convencido de que Candy estaba haciendo mucho más mido del necesario sólo para obligarlo a pensar en pechos y muslos rosados y sedosos cabellos rubios, tenuemente velados por relucientes gotitas de agua.

Albert miró por la ventana con el ceño fruncido. Candy lo estaba volviendo loco. ¿Cómo era posible que una muchacha tan diminuta creara semejante caos en sus sentidos?

La noche pasada, después de que Albert se hubiera caído desde su propia ventana, trató de echar un breve sueño en la sala. Poco después, Candy había bajado. Allí estaba sentado él, los pies en alto y contemplando el fuego con ojos ya casi cerrados que veían trenzas doradas en las llamas, cuando captó un hálito de aquel olor tan único y se volvió para verla inmóvil en la escalera.

Con un camisón de tela muy diáfana por único atuendo.

—Albert —le había dicho ella—, no puedes seguir rehuyéndome.

Sin decir palabra, él se levantó de un salto y huyó del castillo. Había ido a dormir a los establos.

¡El laird del castillo descabezando un sueñecito en los establos, por Amergin!

Pero de haberse quedado entre sus muros, enseguida habría despojado a Candy de su delgado camisón para luego besar, chupar y devorar hasta el último centímetro de su cuerpo.

El traidor de su padre y Pauna tampoco estaban contribuyendo a facilitarle las cosas. Ambos le habían abierto a Candy de par en par las puertas de sus vidas con el entusiasmo de unos padres que al fin han conseguido la hija que tanto anhelaban. Pauna cosía para ella, vistiéndola con seductoras creaciones. Silvan jugaba al ajedrez con ella en la terraza, y a Albert no le cabía ninguna duda de que, en cuanto regresara, Anthony intentaría seducir a la hermosa bruja.

Y Albert no tendría ningún derecho a quejarse.

Iba a casarse. Si Anthony quería seducir a la muchacha, ¿qué derecho tenía él a oponerse?

Descargó un furioso puñetazo sobre la repisa de piedra de la ventana. Dos semanas. Sólo tenía que evitarla hasta entonces. En cuanto Anthony hubiera regresado para confirmar que no había habido ninguna batalla, Albert mandaría a la muchacha a Edimburgo, sí; tal vez a Inglaterra. La enviaría allí con una buena dotación de guardias y encontraría alguna excusa para mantener en casa a su enamoradizo hermano.

Hirviendo de energía frustrada, Albert salió de su cámara. Iría a dar otra larga galopada y trataría de hacer transcurrir otro día eterno, tachándolo en un calendario dentro de su cabeza: un día más cerca de la salvación.

Mientras atravesaba la sala en dirección a la escalera de los sirvientes, de pronto se puso rígido y dio media vuelta. Por Dios, no volvería a salir disimuladamente por la entrada trasera.

Si Candy era lo bastante estúpida para intentar algo cuando él se encontraba tan fuera de sí, lo pagaría muy caro.

Albert dobló la esquina a paso de carga y chocó con Neal.

—¡Mi señor! —resolló Neal, empujado hacia atrás.

—Lo siento.

Albert sujetó al sacerdote por los codos y lo mantuvo en pie. Neal parpadeó y se alisó la sotana.

—No, la culpa ha sido mía. Me temo que andaba absorto en mis pensamientos y no os oí llegar. Pero agradezco nuestro encuentro. Venía en vuestra busca, si disponéis de un momento. Hay un pequeño asunto del que deseaba hablar con vos.

Albert reprimió una punzada de impaciencia y luego se enfadó por haberse sentido impaciente. La culpa de todo la tenía Candy. Albert había pasado muchas horas agradables hablando con Neal y ni una sola vez había padecido impaciencia; el joven sacerdote le caía muy bien. Inspiró profundamente para calmarse y se obligó a sonreír.

—¿Hay algún problema con la capilla? —preguntó, el vivo retrato del paciente interés.

—No. Todo va bien, mi señor. Ya sólo tenemos que cambiar las piedras del altar y sellar las nuevas planchas. La capilla estará terminada con tiempo de sobra. —Neal hizo una pausa—. La cuestión de la que deseaba hablaros no tiene nada que ver con eso.

—Ya sabes que tú siempre eres libre de hablar conmigo —le aseguró Albert.

Neal no parecía muy decidido a abordar cualquiera que fuese el tema que lo inquietaba. ¿Había visto a la loca de Candy persiguiéndolo por todas partes? ¿Estaría preocupado el sacerdote por las inminentes nupcias de su señor? «Bien sabe Dios que yo lo estoy», pensó Albert sombríamente.

—Es mi madre otra vez… —Neal se calló y suspiró.

Albert, que había estado conteniendo la respiración, exhaló y se sintió más tranquilo. Sólo era Sarah.

—Últimamente está muy alterada, y no para de murmurar acerca de algún peligro que ella cree que corro.

—¿Otra de sus visiones del futuro? —preguntó Albert secamente.

¿Estarían condenadas sus tierras a llenarse de mujeres fuera de sus cabales que farfullaban terribles predicciones?

—Sí —dijo Neal lúgubremente.

—Bueno, al menos ahora está preocupada por ti. Hace dos semanas, le decía a Silvan que mi hermano y yo estábamos «envueltos en una capa de oscuridad» o algo por el estilo. ¿Qué es lo que teme que te suceda?

—Eso es lo más extraño de todo. Mi madre parece pensar que vuestra prometida me hará daño de alguna manera.

—¿Anya? —Albert rió—. Sólo tiene quince años. Y, según he oído, es una joven muy dulce.

Neal sacudió la cabeza con una sonrisa apenada.

—Es inútil tratar de buscar algún sentido en ello, mi señor. Ya hace tiempo que mi madre no se encuentra bien. Si se comporta como una loca, es porque empeora a cada día que pasa. Creo que ir a pie hasta el castillo queda más allá de sus capacidades, pero en el caso de que consiguiera llegar hasta aquí de algún modo, os ruego que seáis amable con ella. Está enferma, muy enferma.

—Advertiré de ello a mi padre y a Anthony. No te preocupes: si se desmanda, nos limitaremos a llevarla de regreso a casa.

Tomó nota de que debía tratar con un poco más de consideración a la mujer. No se había dado cuenta de que estuviera tan enferma.

—Gracias, mi señor.

Albert echó a andar nuevamente pasillo abajo, y entonces se detuvo y miró atrás. La filosofía con la que Neal sabía tomarse las cosas siempre había sido muy de su agrado, y se preguntó cómo se las arreglaba el sacerdote para conciliar a una madre que decía la buenaventura con su fe. Aquello también podía arrojar algo de luz sobre su tolerancia para con los MacAndrew. Albert sabía que Neal llevaba el tiempo suficiente residiendo allí para que a aquellas alturas ya hubiese oído la mayoría de los rumores. Generalmente los eclesiásticos se mostraban muy estrictos en todo lo concerniente a las costumbres paganas, pero Neal irradiaba cierto conocimiento interior que desafiaba la comprensión de Albert.

—¿Alguna de sus predicciones ha llegado a hacerse realidad?

Neal sonrió serenamente.

—Si hay algo de verdad en sus varillas, es porque Dios elige hablar de semejante manera.

—Entonces ¿no piensas que lo pagano y lo cristiano estén separados por un abismo irreconciliable?

Neal reflexionó durante unos instantes antes de responder.

—Ya sé que eso es lo que se cree comúnmente, pero no. No me ofende que ella lea sus varillas; me llena de tristeza que luego piense en cambiar lo que ve a través de ellas. Se hará la voluntad del Señor.

—¿Tu madre ha estado en lo cierto alguna vez, sí o no? —insistió Albert.

Neal solía ser evasivo, y no resultaba nada fácil saber lo que le pasaba por la cabeza. Pero Albert sentía que ahora el joven sacerdote no tenía intención de mostrarse evasivo, y que se limitaba a no emitir ninguna clase de juicio.

—Si alguien ha de hacerme daño, será porque ésa es la voluntad de mi Padre. Nunca me opondré a sus deseos.

—En otras palabras, que no me lo dirás.

Una chispa de diversión brilló en los ojos de Neal.

—Mi señor, Dios no le desea mal alguno a ninguna de sus creaciones. Dios nos da oportunidades. Todo depende de cómo vea uno las cosas. La mente de mi madre está llena de suspicacia, así que ella siempre ve cosas sospechosas. Mantened los ojos bien abiertos, mi señor, para saber aprovechar las ocasiones que Él os da. Mantened vuestro corazón limpio y sincero y, os lo ruego, utilizad con amor aquellos dones que Él pueda haberos dado; de ese modo nunca os apartaréis de la gracia de Dios.

—¿A qué te refieres con eso de los dones?

Otra tranquila sonrisa, y cierta fascinante conciencia en la límpida mirada castaña de Neal.

Albert sonrió nerviosamente y se alejó por los corredores que llevaban a la Gran Sala.

Candy acababa de entrar en la sala y se había repantingado en un asiento cuando él bajó.

Casi se cayó al suelo, tal fue su sobresalto al verlo venir hacia ella en vez de salir por la puerta de atrás. Su primer instinto fue saltar de su silla, rodearle la pierna con los brazos como una niña y aferrarse a Albert para que no pudiera alejarse de ella. Pero enseguida lo reconsideró, pensando que Albert podía limitarse a quitársela de encima y pisotearla, si la expresión que había en su rostro era una indicación fiable de sus sentimientos hacia ella en aquel momento. Albert era impresionantemente enorme.

Candy decidió probar con una aproximación más sutil.

—¿Significa esto que al fin has decidido escucharme, terco neandertal obstinado?

Él pasó junto a ella como si no la hubiese oído siquiera.

—¡Albert!

—¿Qué? —gritó él, volviéndose para mirarla—. ¿Es que no puedes dejarme en paz? Mi vida era maravillosa hasta que tú apareciste. Exhibiendo tus… —su mirada recorrió las abundantes curvas de Candy, deliciosamente realzadas dentro de su vestido—, tratando de tentarme para que convierta mi boda en una mascarada…

—¿Exhibiéndome? ¿Tentándote? ¿Podrías tú enseñar las piernas más de lo que las enseñas habitualmente? ¿O ir por ahí sin camisa un poco más a menudo de lo que lo haces ahora? Oh, tonta de mí, por supuesto que no podrías, porque tú siempre vas sin camisa.

Albert parpadeó, y ella vio el atisbo de la sonrisa de su Albert tirando de sus labios, pero supo resistir admirablemente. Poniéndose bien el morral como si tal cosa, se subió un poquito más el plaid. Después se echó sobre el hombro la sedosa cabellera dorada y arqueó una rubia ceja.

Las hormonas de Candy empezaron a repartir trompetitas y bolsas de serpentinas.

Se inclinó hacia delante, manteniendo cruzados los brazos debajo del pecho. Sintió cómo el borde de su escote le rozaba el pezón. «Ése es un juego al que pueden jugar dos, Albert.»

Los ojos celestes de él cambiaron instantáneamente. La gélida diversión fue reemplazada por un deseo indomable. Por un largo instante suspendido en el tiempo, Candy pensó que él iba a agachar la cabeza, cargar sobre ella y llevársela escaleras arriba en dirección a una cama.

Llena de esperanza, contuvo la respiración. Si Albert hacía tal cosa, entonces al menos ella podría calmarlo lo suficiente para conseguir que la escuchara; después, naturalmente, de que hubieran hecho el amor nueve millones de veces y sus propias hormonas hubieran sido adecuadamente tranquilizadas.

Lo observó cautelosamente; su mirada era un abierto desafío. Era una mirada de «ven aquí si te atreves». Candy no sabía que tuviera eso dentro de ella. Pero empezaba a darse cuenta de que había un montón de cosas que no había sabido que existían en su interior, hasta que conoció a Albert MacAndrew.

—No sabes a quién estás provocando —gruñó él.

—Oh, sí que lo sé —replicó ella inmediatamente—. A un cobarde. A un hombre que no se atreve a escucharme porque yo podría resultar ser un inconveniente para sus planes. Podría sembrar el desorden dentro de su pulcro mundo —se burló.

El destello que parpadeaba en los ojos de Albert se convirtió en una llama. Su mirada recorrió los senos que la postura de ella dejaba al descubierto de aquella manera tan provocativa. Candy casi jadeó ante el salvajismo que había en su expresión; todo él temblaba, vibrando con… ¿deseo reprimido, tal vez?

—¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que te tome? —preguntó él con voz áspera.

—Si es la única manera de que pueda conseguir que te estés quieto el tiempo suficiente para escucharme —replicó ella secamente.

—Si te tomara, muchacha, no hablarías, porque tu boca estaría muy ocupada con otras cosas y yo, con toda certeza, no estaría escuchándote. Así que déjalo correr de una vez, a menos que estés buscando un rápido revolcón en el brezo con un hombre que desearía no haberte puesto nunca los ojos encima.

Giró sobre sus talones y salió por la puerta.

Cuando se hubo marchado, Candy suspiró ruidosamente. Sabía que por un momento casi había tenido a Albert, casi lo había provocado para que le diera otro beso, pero la fuerza de voluntad de aquel hombre rayaba en lo asombroso.

Candy sabía que él se sentía muy atraído por ella, porque eso era algo que crepitaba en el aire entre ambos. Se consolaba con el pensamiento de que Albert debía de tener algunas dudas, porque de lo contrario no se concentraría tanto en evitarla.

Cualesquiera que fuesen las razones que pudiera tener él, transcurrían demasiados días sin que ocurriera nada, y la llegada de su prometida se aproximaba, al igual que la inminente captura de Albert.

Aunque Candy había conseguido acorralarlo en dos ocasiones, Albert había saltado a la grupa de su caballo para alejarse al galope, y hasta que ella supiera montar mejor, la escapatoria no podía ser más eficaz.

Se había sentido como una estúpida, tratando de estar en todas partes al acecho de un fugaz atisbo de Albert. La noche anterior había forzado la cerradura de su cámara, sólo para encontrarse con que él se escabullía por la ventana y escalaba el muro del maldito castillo para alejarse de ella.

Cuando Albert cayó sobre el arbusto espinoso, Candy se había quedado mirándolo con los ojos muy abiertos, cualquier impulso de echarse a reír firmemente aplastado por la visión de su cuerpo desnudo. Tuvo que recurrir a todas sus reservas de voluntad para no saltar por la ventana tras él. Verlo pasearse por ahí cada día la estaba matando. Especialmente cuando llevaba un kilt, porque Candy sabía por experiencia propia que no llevaba nada debajo. Pensar en la virilidad de Albert, pesada y desnuda, colgando debajo de aquella tela hacía que se le secara la boca cada vez que lo miraba. Probablemente debido a que toda la humedad que había en su cuerpo iba hacia otro lugar.

Las correrías de Candy no habían pasado desapercibidas, y tampoco se le había pasado por alto que algunas de las sirvientas y unos cuantos guardias habían adoptado la costumbre de rondar por los alrededores del castillo, observando con nada disimulada diversión.

«El amor no conoce el orgullo…»

Sí, claro. Bueno, pues Candy White tenía su orgullo, y humillarse de aquella manera no resultaba demasiado divertido.

Sospechaba que cuando por fin consiguiera vencer la resistencia de Albert —con lo terco que era—, ella iba a estar pero que muy furiosa.

¿O acaso no sabía él lo peligroso que era hacer enfadar a una mujer?

Continuar...