Parte de trabajo 21: Piratas Crown

Llevábamos ya unos cuantos días de travesía después de zarpar de Syrup, aunque la monotonía en la que vivíamos me impedía decir exactamente cuántos. En nuestro empeño por evitar el caos provocado por Bianca en Serafia, nos hizo desviarnos de la ruta original y, por ello, nos dirigíamos a la Reverse Mountain, la montaña que daba paso al Grand Line, a través de la mítica ciudad de Logue, la ciudad del principio y del fin. No pensábamos hacer ninguna escala, aprovechando la buena cantidad de provisiones que habíamos adquirido en nuestra inesperada visita a la doctora Kaya, así que la travesía sería mucho más rápida de lo habitual, ya que no debíamos parar en ningún otro sitio por el camino.

Las cosas estaban bastante tranquilas en el barco, apenas había trabajo que hacer y, por primera vez en mucho tiempo, contaba con tiempo libre suficiente como para leer durante largo rato los libros que había dejado abandonados en las últimas semanas. Echaba de menos los momentos de estudio junto a Robin, pero sabía que podía acudir al profesor White y al Caledonia cuando quisiera, y eso me consolaba a ese respecto.

Lo más llamativo de todo es que había silencio. Mei-Lian no se peleaba más con Rentarou, que ahora viajaba a bordo del barco de Silver, y, sobre todo, faltaban las escandalosas excentricidades de Franky, ahora que había regresado con los Mugiwara en busca de su líder. Tampoco es que pareciera un monasterio como los que retrataban algunos libros, en los que se vivía en un absoluto mutismo, pero la diferencia era notable respecto a la situación anterior.

La calma sólo se veía perturbada por la batalla en la que se habían enzarzado Hilmar y el recién llegado, Kyo, quien había resultado ser también un juglar. Su duelo de canciones, historias y música ambientaba magníficamente nuestras veladas, en esos momentos en los que el sueño comenzaba a vencernos. Y lo mejor de todo, es que su dedicación artística había distraído a Hilmar de sus molestas e histriónicas manías. Sí, la vida estaba resultando bastante tranquila aquellos días.

Menos tranquila era la situación en mi cabeza. Seguía dándole vueltas y vueltas a lo de Silver. No podía evitarlo. La idea se había anclado en mi consciencia y se negaba a abandonarlo. A ello se sumaba el hecho de que un guerrero recién llegado al barco, al Caledonia, hubiera visto al espíritu.

– Rido, ¿me acompañas?

La dulce voz de Estella me sacó de mis cavilaciones. Levanté la vista del libro que había estado intentando leer hasta sus ojos verdes y la miré interrogante. Al fin y al cabo estábamos en alta mar y no había muchos lugares a donde ir. Ella mostraba una cierta preocupación por algo, como si hubiera ocurrido algo de lo que no me había dado cuenta mientras me encontraba encerrado en mis cavilaciones. De un salto me puse en pie, me sacudí el pantalón y dejé el libro sobre una repisa. Ya intentaría leer algo más tarde.

– ¿Qué ha pasado?

– Acaba de llamarme One Piece – explicó. – Parece ser que Roca se ha desmayado y no recupera el conocimiento.

– ¡¿Qué?!

Por supuesto, Estella no conocía aún nada de lo que había descubierto unas tardes atrás en Syrup, y aún no creía que fuera el momento de hacerle partícipe de ello, aún cuando Eratia ya lo supiera, pero yo no podía dejar de pensar que lo que acaba de ocurrirle al vigía de los Outlaws tenía algo que ver con lo que Fletcher y yo habíamos presenciado días antes.

– ¡Eratia! – grité, llamando la atención de nuestro flamante capitán, que se encontraba en el interior del castillo de popa, probablemente revisando los últimos cálculos antes de llegar, seguramente esa misma noche, a Logue. – ¡Maniobra de aproximación al Caledonia!

– Sabes que se supone que las órdenes las da él, ¿verdad? – me regañó la doctora.

– ¿Qué es lo que pasa? – preguntó Eratia al llegar hasta nosotros.

– One Piece llamó desde su barco – explicó ella. – Tengo que ir al otro barco.

– Roca se ha desmayado – añadí.

No sé si fue mi tono, mi expresión o qué, pero por cómo me miró supe que había atado cabos de una forma muy parecida a como yo lo había hecho. Nos pidió que lo mantuviéramos informado de la situación y comenzó a dar las órdenes necesarias para que nos pusiéramos a una distancia desde la que pudiéramos abordar cómodamente el navío de los Outlaws.

– ¡Fletcher! – llamé. – ¡La pasarela!

Poco después, toda la tripulación de Silver, a excepción de Miguel y White, se había reunido junto con Estella y conmigo en la cubierta, cerca del palo mayor, en torno al cuerpo inconsciente de Roca. La tensión se podía cortar con un cuchillo mientras la doctora examinaba al grandullón. Yo miraba, sin embargo, a Silver, en cuyo rostro se notaba, sí, la preocupación por su camarada, pero también una cierta dosis de curiosidad.

– Estará bien – dijo la médico al fin, aunque seguía examinando al vigía. – Sólo ha sufrido un colapso.

– ¿Un colapso? – preguntó Fletcher.

– Sí, un colapso – confirmó ella. – Provocado por una fuerte impresión…

– Pero si hace un momento me ha gritado que llamara a Silver – observó As, que no acababa de comprender qué estaba pasando. – Se le veía la mar de bien…

– Entonces… – intervine, sin apartar la mirada del capitán. – ¿Puede ser que haya visto algo?

– ¿El qué? – gruñó Mijok.

– O mejor… – sonrió con cierto misterio Silver. – ¿Qué? Deberíamos preguntarnos – concluyó, atrayendo las miradas de todos y encogiéndose al fin de hombros.

– Capitán… – susurró As, rompiendo el silencio que se había formado tras el último comentario y elevando progresivamente el tono de su voz a medida que hablaba. – Capitán, – repitió, tras un leve carraspeo – creo que es hora de que nos expliques algunas cosas…

– ¡¿Cómo te atreves, As?! – le recriminó, indignada, One Piece tras un incomodísimo instante de silencio. – ¡Pidiéndole explicaciones a Silver…! ¡¿Cómo te atreves?!

La cocinera rompió a llorar, probablemente a causa de la tensión que se vivía allí, ante la mirada atónita de todos. Ya antes, cuando me había encontrado con Fletcher el día en que ambos habíamos visto al klabautermann, la había visto bastante afectada por la inoportuna locuacidad del antiguo marine. Al verla en ese estado, el joven pirata que había impelido a Silver para que nos explicara lo que ocurría, pareció titubear durante unos segundos, pero su mirada mantuvo la misma decisión que en el primer momento.

– Creo que te has pasado, chico – le aleccionó el segundo de a bordo del Caledonia, en su habitual tono desafiante. – Ahora…

– Basta, Mijok – le detuvo el comandante de aquella carabela. – As tiene razón. Es hora de que os explique…

Al fin una explicación, Quizá después de esto podría entender bien lo que estaba ocurriendo y el porqué de aquella aura de misterio que envolvía al viejo lobo de mar. Como yo, todos lo miraban expectantes, en busca de las respuestas por las que muchos habían suspirado desde el día en que habían vuelto a pisar la cubierta del barco en el que se había forjado su vida como piratas.

– Bien, – se levantó Estella, tomándome de la camisa para llevarme con ella – creo que es hora de que nos vayamos. Roca está bien, sólo necesita descanso y se repondrá pronto. Además, – añadió – lo que tenga que decirse aquí creo que no nos incumbe.

– Se equivoca, señorita – la corrigió Silver con su acostumbrado tono cargado de galantería. – Todo lo que oiréis aquí os incumbe tanto a ti como a Rido, puesto que así como mi tripulación todos queréis las respuestas necesarias para enfrentarnos a eso… Pero primero llevemos a Roca dentro y vayamos a donde está Renta – indicó. – Esto también le interesa.

Una vez hicimos como Silver había indicado, todos alrededor de la cama del antiguo capitán de la Marina nos preparamos con atención para escuchar de una vez por todas el motivo de que todo lo que sucedía alrededor de Silver adquiriera ese cariz sobrenatural tan inquietante. Todos los Outaws a excepción de Mijok, quien ya conocía la historia, parecían fascinados, ansiosos, nerviosos, como si no se creyeran de verdad lo que estaban a punto de escuchar, y supongo que es así como debía de ver yo, pues esas mismas sensaciones se amontonaban en mi interior.

Silver comenzó así recordando la noche, fatídica para muchos de los allí presentes, en la que él y Mijok se habían separado de sus camaradas y habían sido devorados con el Caledonia por una brutal tormenta. Enseguida asocié aquel episodio con las fugaces y espeluznantes imágenes que el propio barco me había mostrado. Sin embargo, aquella historia no hacía más que empezar.

– Arribamos, no sé cómo, a una isla – prosiguió, después de un cierto tiempo que permitió a los oyentes asimilar un recuerdo tan doloroso y prepararse para lo que viniera a continuación. – No sé cual, ni quiero saberlo. Era… un verdadero infierno – añadió, dejando ver que era ahora él el que trataba de enfrentarse a un recuerdo especialmente amedrentador. –No podéis ni imaginar…

Una mano tranquilizadora de su fiel segundo se posó en su hombro derecho, invitándole a abandonar la descripción de aquel lugar y continuar con la historia.

– Era oscuro, más que en una noche sin luna ni estrellas… – siguió. – Y había algo… un… ser… Me dijo que estabais en peligro, todos vosotros, y que debía entregarle una parte de mí para protegeros…

No hizo falta que dijera que lo había hecho, conociéndole aún lo poco que le conocía todos sabíamos que aquello había ocurrido sin lugar a dudas. Tras la sorprendente noticia, se tendió un gran velo de silencio sobre el camarote. ¿Qué parte de él? ¿Qué era exactamente a lo que había tenido que renunciar para proteger a los Outlaws? ¿Sería eso por lo que el barco había afirmado que Silver se estaba muriendo? Como yo, la expresión de los demás indicaba que esos mismos interrogantes y temores, o unos muy similares, anidaban en el interior de cada uno de los presentes.

– ¿Qué?

Aquel monosílabo brotado de los labios de Fletcher condensó la carga de todas las inquietudes que albergábamos los espectadores de aquella historia, aunque nadie salvo él se había atrevido a expresarlas en voz alta. Mijok le recriminaba con la mirada, como si aquello no debiera preguntarse nunca. Tenía razón. Aunque en cierto modo estaba aliviado de que alguien lo hubiera preguntado, no cansaba de sorprenderme de la poca oportunidad y el poco tacto que el otrora subordinado de Rentarou en la Marina mostraba al hablar.

– Eso me lo guardaré para otro momento – respondió Silver. – Pero lo cierto es que desde entonces todo cambió.

– ¿Todo cambió? – me atreví a preguntar, aunque realmente más que un interrogante era una invitación a continuar con un relato que me tenía totalmente cautivado. – ¿En qué sentido?

No es que no fuera consciente de las grandes implicaciones que aquello tenía para todo el desarrollo de la aventura en la que nos veíamos, voluntariamente o no, envueltos y de la fuerte carga a nivel emocional que tenía para los Outlaws, pero, como siempre me ocurría, me había sumergido tanto en lo que Silver nos estaba contando que necesitaba saber el final, como si fuese uno de los volúmenes de mi biblioteca. Aunque este tenía una decisiva importancia en mi vida.

Nos relató entonces las aventuras que Mijok y él habían vivido desde entonces, unas veces más detalladamente que otras, desde cómo habían ido saliendo de aquel infierno hasta ahora. A medida que avanzaba, Silver se iba relajando y eso ayudaba a que los demás también lo hicieran, aunque ni la duda ni el temor se borraban de su rostro. Muchos habían pasado por muchos de los trances que iban surgiendo en la narración y asentían pensativos, como si estuvieran encontrándole el sentido a muchas otras cosas a la par que se le habían nuevos interrogantes. Estella y yo, que sólo habíamos vivido la escaramuza de Red Village, estábamos fascinados con la historia, aunque en ella podía notarse cómo no se lo acababa de creer.

– Lo más raro es que, de pronto, comprendía perfectamente lenguas y culturas antiguas que nunca había conocido – comentó, encogiéndose de hombros.

Ante aquella afirmación, As puso cara de que más extrañas habían sido las apariciones del kraken o de los damnes, por citar algunos de los episodios que su capitán acababa de relatarnos, pero no llegó a expresar en alto su parecer.

– Así que, en la isla de los kag… donde nos encontramos con el profesor Bauer – intervino el profesor White. – Los… kanagas. Así que eso fue lo que pasó, ¿correcto?

– Sí, profesor, algo así – asintió el que había sido su discípulo. – Es decir, no es que fuera un total ignorante en las culturas antiguas. Tuve un gran maestro – sonrió, inclinándose levemente hacia el anciano. – Pero nunca hasta entonces…

Contó entonces algo de la que había sido su vida anterior a la fundación de los Outlaws y se calló. La historia había terminado. Ahora era el momento de asimilarla y de reaccionar. La primera en romper el meditativo silencio, sólo trastornado por el casi regular sonido de los tragos que Reyes le daba a su inseparable botella de ron, fue One Piece, que había roto nuevamente a llorar. Silver la acogió entre sus brazos, intentando consolarla.

– ¿Por qué nunca nos dijiste que estabas sufriendo? – acertó a decir entre sollozos.

– Porque no quería preocuparos… ni a ti ni a nadie.

– ¡Pero somos tu tripulación! – protestó. – ¡Tu familia!

– Por eso mismo – trató de calmarla el capitán. – No podía dejar que sufrierais por mi culpa…

– Pero ahora, ahora… – dijo ella, hablando a toda prisa y sorbiéndose los mocos. – ¿Por qué nos has contado ahora todo esto?

– Pues porque…

– Porque se está muriendo – sentenció Fletcher.

No me dio tiempo a reaccionar más que con una mirada asesina antes de que el llanto de la cocinera se agravara aún más y Mijok se abalanzara violentamente sobre el ex-marine, levantándolo por la pechera de su camisa y gritándole. Había estado a punto de hacer algo parecido yo mismo. No era la primera vez que le advertía respecto de eso y cada vez me estaba formando una opinión más clara acerca de aquel hombre. Nunca le contaría un secreto, eso seguro.

– Es cierto – se defendió de la sarta de improperios que le había dedicado el espadachín. – Lo oí hace varias noches, en la bodega del barco – confesó, girando su cabeza hacia mí. – Él también lo sabe.

– Joder, te dije que guardaras silencio… – le repliqué, cuando todas las miradas se posaron en mí.

– Basta, Mijok – ordenó tranquilamente Silver a su segundo, que obedeció rápidamente, aunque a regañadientes. – Lo que ha dicho el muchacho es cierto. Me estoy muriendo.

Sólo faltaba eso para que todo el ambiente que había allí se desmoronase por completo. La congoja y la sorpresa se apoderaron de todos y cada uno de los que allí estaban. Cada cual tenía su propio motivo para admirar al capitán o, incluso, de tratarlo como un padre y la ligereza con la que Fletcher había planteado el problema y con que Silver lo había confirmado era casi insultante.

– Sin embargo, no es algo inmediato – repuso. – Ni tampoco una situación que me esté provocando grandes males o dolores – sonrió tranquilizador. – Sólo… Digamos que de alguna manera he visto el momento y el lugar en el que esto se va a producir – comentó. – De todas formas, no puedo revelároslo porque ni yo mismo sé exactamente dónde ni cuándo. Pero lo realmente importante es si estaremos listos para enfrentarnos a aquello hacia lo que vamos.

Antes de que nadie pudiera decir nada, apareció Roca, casi tambaleándose. Su aspecto no era muy bueno, había perdido el color y en su gesto todavía se notaba que no estaba plenamente consciente. Estella confirmó este diagnóstico con una mirada desaprobadora.

– ¿Puedes decirnos qué fue lo que viste y te dejó en ese estado, borracho del demonio? – le increpó Mijok.

– Yo… Pues… No lo recuerdo muy bien – contestó, rascándose la cabeza. – Sólo estaba allí cuando de pronto me pareció oír a alguien llorando. Miré por sobre mi hombro y vi una extraña sombra que no paraba de repetir que Silver se moría – explicó. – Me asuste y entonces salto hacia mí y ya no recuerdo más.

Mis ojos casi se salían de las órbitas. Yo poseía aquella extraña habilidad, era capaz de ver y de conversar con los espíritus de los barcos, de cualquier barco prácticamente. Pero, en teoría, ni Fletcher ni Roca compartían mi mismo "poder". ¿Cómo es que podían ver, entonces, el klabautermann? ¿Era posible que el barco hubiera decidido comunicarse con todos para intentar ponerle freno a una situación desesperada?

Meditaba todo esto mientras, de regreso a La Joya, fui barajando millares de hipótesis que no me dejaban pensar en otra cosa. Tenía que darle vueltas a aquello. Algún sentido tenía que tener. ¿Por qué algo tan extraño como un klabautermann se había vuelto algo tan jodidamente común? ¿Qué es lo que estaba pasando? Seguramente estuviera relacionado con lo que nos había contado Silver, con lo que había ocurrido en aquella isla infernal, con… algo. En todo lo que había aprendido aquella tarde tendría que haber alguna pista, por mísera que fuera.

Me refugié en lo alto del palo mayor, en la cofia del vigilante, y comencé a rumiar toda la información que había llegado a mis oídos. Con la excusa de hacer de vigía durante la noche ahora que faltaba Rentarou, me quedé allí meditando hasta altas horas de la madrugada, pero por más que lo hacía, no encontraba una razón convincente para que estuviera ocurriendo todo aquello.

– ¡Tierra! – gritó Reyes desde la cofia del Caledonia. – ¡Ya llegamos a Logue!

Levanté los ojos. Era cierto. ¿Tan embobado estaba en mis pensamientos que no me había dado cuenta? Los ojos del viejo marinero de los Outlaws estaban más hechos a las labores de vigilancia que los míos. Eso también era cierto. Comuniqué la noticia al barco, despertando al personal y nos preparamos para la maniobra de aproximación al puerto.

– Tenemos que comprar provisiones – indicó Mei-Lian.

– Y medicinas – apuntó Estella.

– Hay un problema – señaló Eratia. – En Logue las tiendas sólo abren por la tarde.

– ¿Por la tarde?

– Cosas de piratas…

– En fin, id a estirar las piernas – les dije. – Yo me quedo esta mañana y ya bajaré para ayudar a Estella por la tarde.

Me retiré de nuevo a la cofia y, de allí a un rato, decidí abordar el Caledonia en busca de compañía, dejando nuestro barco en las eficaces manos de Hilmar o, mejor dicho, en sus gritos. Seguro podrían oírlos en Relthar si se diera el caso. Por lo menos, en el otro navío podría descansar de sus historias, que no estaba en disposición de oírlas en aquel momento. Fletcher y los convalecientes Rentarou y Roca se habían quedado guardando el barco de los Outlaws, así que me acerqué al camarote donde descansaba el que hasta hacía poco había sido compañero de navegación.

Por el camino paré, sin embargo, a conversar un poco con el vigía que había sufrido el colapso la tarde anterior. No es que hubiéramos tenido una gran relación hasta entonces, pero en su soledad, y su sobriedad, parecía necesitado de compañía, así que hablamos con total confianza. Por el medio me contó una curiosa historia que había ocurrido esa madrugada con Rentarou.

El antiguo marine había sido de alta ya por la doctora poco después de la conversación con Silver, aunque le había recomendado no salir del barco. Esa misma noche se había levantado y se había enfrentado a una "sombra" o algo parecido. Mi interlocutor tampoco sabía concretar más, porque había estado durmiendo a aquellas horas, pero en su mirada podía adivinarse que estaba pensando en lo mismo que él había visto y que le había conducido a aquella situación.

– ¿Él también? – murmuré por lo bajo.

– ¿Qué dices?

– Nada, nada… Voy a hablar con él – me excusé. – Descansa. Supongo que podré convencer a Estella de que te deje beber un trago esta noche.

Aquello le iluminó la cara y colaboró a que no se sintiera tan mal cuando lo dejé de nuevo solo en aquel camarote y me dirigía al de mi amigo, que estaba con su antiguo subordinado revisando unos libros bastante conocidos para mí que trataban sobre la historia de la piratería. También estaban en mi biblioteca personal de La Joya.

– No me rindo – decía Rentarou cuando llegué. – Estoy seguro de que encontraré información sobre él.

– A mí no me engañas – le dije a modo de saludo mientras entraba en el cuarto. – No eres de los que atacan sin motivo alguno, así que estoy seguro de que pasó algo mientras estabas encerrado en la bodega.

– ¡Deja en paz al Capitán Satsuma! – gritó el otro. – ¡¿No ves que se está recuperando?!

– Tranquilos los dos – sentenció el convaleciente. – Ahora… ¿Puedo saber de qué hablas, Rido?

– De lo que ocurrió en la bodega.

– Eso… – suspiró. – No puedo comentar nada. Por un lado, lo prometí, y, por otro, no tengo ni idea de lo que me quiso decir aquel ser.

– ¿Qué ser? – seguí, haciéndome el loco mientras seguía atando cabos en mi mente.

Así que era cierto, Rentarou también lo había visto. Fletcher, Roca, Rentarou, yo… Hasta ahora todos habíamos tenido muy poca relación con Silver. Los tres lo habíamos conocido después de la gran tormenta, pero Satsuma… No, él había sido un Outlaw también antes. Cierto que hasta ahora apenas había vuelto al Caledonia más que por un breve periodo de tiempo, pero… ¿Tendría aquello algún significado? ¿Por qué nosotros y no One Piece, As o Mijok?

– No te lo puedo decir – contestó, sin darse cuenta de que yo ya sabía de qué estábamos hablando. – Así que no hagas más preguntas que no pienso responderlas – se cerró en banda. – Por cierto, ¿cuánto queda para que lleguemos a Xartha?

Seguía atando cabos y por eso no supe captar si había hecho la pregunta conscientemente para provocarme o había sido pronunciada con total inocencia y sin ninguna doble intención, pero lo cierto es que, fuera a propósito o no, aquello me recordó lo irónico y fatal de nuestro próximo destino. Mi mente voló entonces hacia aquella isla, no muy lejos de Water Seven y no pude evitar que la desazón me dominara durante unos segundos. ¿Por qué? ¿Por qué el destino quería que fuera aquella isla precisamente y no otra?

– No… No lo sé – mentí. – Sólo sé que debemos cruzar la Reverse Mountain.

– ¿Seguro? – presionó.

– Sí… – asentí, adoptando la misma postura cerrada que él. – No me hagas más preguntas sobre eso.

– De acuerdo – sonrió, como si hubiera ganado una batalla. – Creo que será mejor que mantengamos lo que sabemos en secreto. Si no quieres hablar, lo respetaré.

– Lo único que ustedes dos me provocan es que les haga toda clase de preguntas – trató de bromear el que había sido su segundo.

– ¿Sabes, muchacho? – se volvió hacia él Renta. – ¿Sabes a qué lugar me gustaría ir nuevamente?

Comenzaron a recordar viejos tiempos y me fui escapando progresivamente de la conversación. Reí ante una o dos bromas, pero pronto decidí que sería mejor volver al Caledonia, no fuera a ser que los demás volvieran y no me encontraran allí. Además, la indiscreción del Outlaw me había recordado el siguiente destino en aquella extraña misión y, debido a cómo lo habíamos conocido, en La Joya estaba ahora el que mejor explicaciones me podía dar acerca de por qué esa isla y no otra.

– ¡Hilmar! – llamé al llegar a cubierta.

El espectro se materializó delante de mí con cara entusiasta, como si hubiera estado buscando por todas partes alguien con quien hablar. De hecho, comenzó a hacerlo rápida y atropelladamente, diciendo sinsentidos y sin interesarse por un momento por si le estaba atendiendo o no. Lo cierto es que durante un momento lo intenté, pero luego lo dejé por imposible.

– Calla… – le pedí. – Tengo algo que preguntarte.

– Oh, el caballero tiene algo que preguntarme. Cuando un servidor intenta ser amable y mantener una conversación con él, el caballero no tiene tiempo para atenderle, pero cuando el caballero tiene algo que preguntarle a Hilmar, entonces se supone que un servidor tiene que aceptar sus deseos y estar totalmente disponible, cuando a lo mejor tiene cosas más importantes que hacer o que cantar y…

– Xartha – le corté, después de descartar, por inútil, el primer impulso de cortarle la cabeza con mi hacha.

– ¿Xartha? – se paró. – Hubo una vez un reino de los gnomos que llevaba ese nombre… Bueno, realmente tenía el nombre de Kathlapplothka, pero los humanos se lo cambiaron cuando tomaron la tierra. Cuenta la leyenda que…

– Al grano – le volví a interrumpir antes de que contara una historia que a lo mejor no venía al grano. – Conozco la isla y su historia – afirmé, aunque seguramente la última parte fuera más mentira que verdad, sobre todo en referencia a la historia gnoma. – ¿Por qué Xartha? ¿Qué tenía de especial?

– ¡Es lo que estaba tratando de explicar! – se quejó. – Pero claro, el caballero no hace caso. Sólo a lo que interesa. Lee y lee y lee y lee… pero no le hace caso a las verdaderas historias, a las que cantamos los grandes juglares. ¡No! ¡Su arrogancia le maldice, barbado dragón ignorante!

Con ese insulto tan retórico, se esfumó, dejando tras de sí un resto de aquella extraña neblina azulada que le seguía a todas partes y que pronto se disipó. Habría que esperar a una próxima ocasión e ir con más tacto.

– Un carácter complicado, ¿verdad?

Me di la vuelta hacia la profunda voz masculina que ya conocía. Se trataba de Kyo, la última incorporación a nuestra tripulación, el bardo y pistolero que había acompañado durante varios años a Brook, el esqueleto gentil de los Sombrero de Paja. Estaba allí plantado, con la espalda y el pie derecho apoyados firmemente contra el palo mayor, como si lo estuviera sujetando para que no se cayera.

No había tratado mucho con él, la verdad, pero me daba la impresión de tener un carácter un tanto hosco y de ser bastante cabezón y entrometido. Siempre podía estar equivocado, pero por lo de pronto todavía no me inspiraba tanta confianza como el resto de los miembros de nuestra tripulación, incluido el histriónico espectro con el que acababa de pelearme por enésima vez.

– ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

– Lo suficiente para haberle visto bufar – contestó lacónicamente. – ¿Entonces vamos a Xartha?

– Sí… – respondí exasperado.

– Mala cosa… – musitó. – Tengo algún asunto pendiente con gente de allí. Ya sabes…

– Deudas de juego – sentencié, recordando una de las actividades principales de la isla.

– Sí…

– Pues ten cuidado – le recomendé, comenzando a caminar hacia la trampilla de la bodega.

– No será para tanto…

– Créeme – me giré. – Lo es.

Me encerré en mi camarote con un libro y me puse a leer tratando de distraer mi cabeza de todo aquello. Pero fue inútil, seguía pensando en Silver, en el Caledonia y en Xartha una y otra y otra vez, así que, para cuando llegaron los demás y Mei-Lian llamó para comer, hacía tiempo que ya había desistido en leer algo.

– ¿Qué te pasa? – me preguntó Estella cuando terminamos de comer. – Estás… raro. Más pensativo de lo normal.

– Nada – mentí, sacudiendo la cabeza. – Pensaba en lo de ayer…

– ¿En lo de Silver? Bastante increíble, ¿verdad?

– Sí, bueno… – resoplé. – Después de ver lo que vimos…

– También es verdad… Por cierto – se paró. – ¿Qué es eso de un espíritu y no sé qué historias que vio Roca y…?

– Verás… – la interrumpí.

Mientras caminábamos ya hacia la ciudad, le expliqué lo que era un klabautermann, lo de mi habilidad, lo que había ocurrido y compartí con ella mis teorías. Ella escuchaba atentamente, interrumpiéndome cada poco para que le aclarara tal o cual cosa que no lograba entender o apuntando alguna idea que le surgía al hilo de la conversación.

Era relajante compartirlo con alguien, sobre todo con ella. La pelota que se había formando en mi interior se iba disipando poco a poco a medida que iba vomitando todo lo que había ido acumulando en mi interior en forma de angustia, nervios y desconcierto. Realmente, era muy tranquilizador poder desembarazarse de algo tan agobiante y disfrutar de una visita tan especial como era aquella.

En otro tiempo, según se decía, la seguridad de la ciudad era la más alta de todo el East Blue, mayor aún que la que había en muchas islas del Grand Line. Ahora bien, según me había comentado Franky, después de que, allí mismo, Luffy Sombrero de Paja hubiera desafiado al mundo a comienzos de su travesía, Logue Town era un templo de la piratería, el caos hecho vida. Las calles bullían de una actividad no muy recomendable, lo que había obligado a que mucha gente de bien abandonara la isla. Por doquier teníamos que esquivar peleas, robos, mendicidad no siempre honesta… Todo lo que daba mal nombre a la piratería era ley allí…

En la plaza mayor, a donde nos llevaron nuestros pasos, se erguía la que hacía años era una de las más majestuosas plataformas de ejecución de todo el mundo y, sin duda, la más famosa, pues allí había asido ajusticiado Gol D. Roger y, por poco, Monkey D. Luffy, los dos Reyes de los Piratas. El célebre patíbulo era ahora, sin embargo, un altar para los piratas y servía de mástil en el que se izaban cientos, miles quizás, de Jolly Rogers que ondeaban en ella señalando que aquellas bandas habían emprendido desde allí su viaje al Grand Line, quizá para no volver jamás.

– ¿Sabes? – le dije a Estella en un tono un tanto nostálgico. –Me da un poco de pena no tener aún una bandera que colgar aquí…

– Ya, bueno…

– Por no tener no tenemos ni nombre – reí.

– Tampoco es que importe mucho – se encogió de hombros, también sonriente. – ¿Vamos?

Seguimos adelante con nuestro paseo, no sólo turístico, sino también en busca de un lugar donde proveernos de algunos medicamentos, dejando atrás aquella plaza central y dirigiéndonos hacia el otro lado de la isla. Era un alivio poder salir así, abiertamente, en lugar de tener que esconderse en el barco o en las sombras de los callejones o de tener que disfrazarse para poder estirar las piernas en tierra firme. Sin embargo, la ausencia de una autoridad militar firme y eficiente había convertido aquella ciudad en un auténtico vórtice de delincuencia y libertinaje que hacía incómodo el caminar por las calles. Lo único que seguía manteniendo, un poco, el orden eran los pactos tácitos entre algunas bandas que se habían acabado por asentar en la ciudad y la presencia de algún que otro cazarrecompensas que, debido a la abrumadora diferencia numérica, sólo actuaba cuando contaba con el respaldo clandestino de alguna de estas bandas.

– Estos son los cabrones que manchan el nombre de la piratería – comenté indignado, señalando un grupo de piratas que se habían enzarzado en una pelea a muerte frente a una taberna de mala muerte.

– ¿Te recuerdo que nosotros también somos fugitivos?

– Fugitivos, sí – repliqué. – Criminales… puede que también – suspiré. – Pero somos buena gente.

– Ya, ya… – rió. – Te entendí a la primera.

– Serás… – correspondí. – Mira, parece que allí podremos encontrar algo – señalé a lo que parecía una botica.

– Vamos a ver.

La puerta del establecimiento al abrirse hizo sonar una campanilla que avisaba al encargado de que llegaban nuevos clientes. Mientras esperábamos, no pude evitar fijarme en el buen estado de orden y limpieza en el que se encontraba toda la farmacia, algo extraño teniendo en cuenta lo que ocurría al otro lado de la puerta. Pero mi sorpresa se disipó en cuanto vi salir de la rebotica a un gigante, bastante más alto que yo, una cabeza aproximadamente, y más musculado. Los tatuajes que asomaban bajo su bata indicaban una anterior vida surcando los mares a bordo de algún barco pirata. Probablemente aún guardaba algún truco para evitar que el caos reinante en la ciudad se introdujera en los dominios.

Salimos de allí cargados con un par de bolsas repletas de medicamentos, principalmente gasas, hilo quirúrgico y antibióticos, y emprendimos el camino de regreso al barco. El paseo, la conversación y la visita a un lugar que condensaba tanta historia me había distraído de aquellos problemas que se me habían enquistado en la cabeza de los últimos días, así que ahora podía disfrutar plenamente de todo aquello.

– ¿Crees que esto llegará hasta…?

– ¿Hasta Xartha? – se me adelantó. – Hombre… – resopló meditabunda. – En teoría, sin paradas, sin incidentes y nada del estilo… debería llegar.

– Pero nunca se sabe – completé. – Por lo menos esto no caduca.

– Otra cosa es la comida.

– Supongo que Eratia, Mei y Seastone serán conscientes de ello – sonrió. – Si no, vamos a tener que comprar mucho suero. ¡Ah, mira! – se paró frente a un escaparate.

– ¿Qué quieres que mire?

– Acompáñame aquí dentro – me pidió.

– ¿Para qué? Tenemos que irnos…

– Venga… Es sólo un minuto – suplicó y, sin esperar respuesta, entró en la boutique.

"Un minuto" después y con dos vestidos nuevos en una bolsa de cartón, estábamos de nuevo en la calle. Con su promesa de no pararse en ninguna tienda más y la mía de dejarla sola si entraba en otra, reemprendimos la marcha hacia los muelles, con el sol empezando a caer en el horizonte.

– Disculpen mi atrevimiento, señores – nos llamó una voz desde detrás.

Ambos nos giramos hacia la persona que nos había hablado, que resultó ser un mendigo que llevaba una buena parte de la cara cubierta con vendas, como si quisiera ocultar un rostro desfigurado. Por la cinta que vestía sobre los ojos y por sus no muy hábiles movimientos, como si su entorno lo desconcertara, adivinamos que era un ciego. Pedía limosna, así que mi compañera le extendió un billete de mil berries, poniéndoselo ella misma en la mano.

– Es usted muy generosa, señorita – reaccionó al notar el acto del papel moneda. – Pero estaba pensando en otra clase de caridad… Estaba pensando en… ¿Podrían presentarme a sus tres compañeros?

¿Nuestros tres compañeros? ¿Cómo es que este hombre sabía que teníamos más gente en la isla? Recordé que poco antes habíamos estado hablando de Eratia y las chicas, que habían ido a por comida, pero eso había sido antes del largo rato que Estella había pasado eligiendo los dos vestidos a los que ya le había echado el ojo desde la calle. ¿Es que acaso nos había estado siguiendo? ¿Espiando? Inmediatamente, de una forma casi mecánica, dejé caer las bolsas y desabroché las correas del hacha-martillo. Estella también se puso en guardia. El ciego, tranquilamente, como si estuviera viendo todo lo que pasaba, levantó las manos en señal de paz, aunque ninguno de nosotros abandonó nuestra posición alerta.

– Por favor, no lo malinterpreten – se apresuró a decir. – No deseo hacerle ningún mal ni a ustedes ni a sus amigos. Quiero hablar con uno de ellos – explicó. – Escuché que mencionaban el nombre de Eratia.

– ¿Y qué si lo conocemos? – le pregunté con sospecha. – ¿Qué quieres de él?

– Tengo un mensaje para Eratia, el Maestro Navegante – anunció.

– ¿Un mensaje? – respondí. – Bien… Dínoslo a nosotros.

– Me pidieron que se lo entregara directamente al interesado, – se disculpó – así que, si me guiaran hacia su localización actual o donde tuvieran pensado encontrarse con él, tendrían mi eterno agradecimiento.

Acabado de hablar, comenzó a quitar poco a poco las vendas de su cara, dejando paso a un joven moreno, más o menos de mi edad. Lo único de lo que no se deshizo fue la tela que le ocultaba sus ojos, impidiéndole ver. Después de mirarlo un momento, retrocedí unos pasos y le dije a Estella que se me acercara para discutir la cuestión.

– Yo digo que lo mandemos a la mierda – opiné. – Si quiere hablar con el jefe, que lo busque solito.

– ¿Seguro? – cuestionó. – No parece que esté mintiendo…

– Pero nos estuvo siguiendo durante bastante tiempo – razoné. – Si lo que quería era hablar con Eratia, podía habernos parado en cuanto escuchó el nombre…

– ¿Qué quieres decir?

– A que nos ha estado espiando – sentencié.

– Somos dos contra uno y él es ciego – argumentó. – Si intenta algo extraño, nos encargamos de él, pero por lo de pronto…

– Caerá sobre tu conciencia – le dije.

– Es mi trabajo – se encogió de hombros, recordando la nueva función como segunda de abordo que le había encomendado Eratia.

– Está bien. Puedes acompañarnos al barco, – informé al mendigo, acercándome a su oído y bajando la voz para que sonara amenazante – pero como intentes algo raro… te irá mal. Somos más que tú – terminé – y más fuertes.

La doctora me indicó con un gesto que ella se quedaría atrás, vigilante y lista para apresar al mendigo en su cárcel cristalina. Yo marchaba delante y, misteriosamente, nuestro "invitado" era capaz de seguirme por entre la multitud sin ningún tipo de problema. ¿Y si realmente todo era una actuación, como las vendas de la cara? Pudiera ser que estuviera viendo a través de la cinta.

– ¡Rido! ¡Estella! – chilló el gnomo a modo de bienvenida. – ¡Por fin llega alguien, me estaba aburriendo!

Otra vez los cambios de humor del fantasma. Seguramente, Kyo, a quien le tocaba quedarse en el barco durante la tarde, tampoco había soportado la dialéctica de Hilmar y había desembarcado para dar un paseo por la ciudad.

– ¿Y este quién es? – preguntó.

Me giré hacia el recién llegado, cuya cara se había vuelto más blanca que los paños de las velas. Seguramente sería porque realmente no era ciego y habría visto que se trataba de un espectro. Una reacción normal, por otra parte. Me retiré un poco y me fijé que en una bolsa que llevaba y que contenía una extrañamente grande cantidad de espadas, lo que no hizo más que acrecentar mis sospechas.

– Dice que tiene un mensaje para Eratia, Hilmar – explicó Estella.

– Disculpe… – balbuceó el recién llegado. – ¿Con quién está hablando?

– Si no trajeras esa cinta podrías verlo – le recriminé. – Es un… ghost – aclaré, tras un ligero momento de duda en el que vencieron mis pocas ganas de enfrentarme al ínclito gnomo. – De un bardo.

– ¿Un ghost? – se extrañó. – ¿Quieres decir que es un fantasma?

– ¡No soy un fantasma! ¡Soy un ghost!

– Joder… – bufé por lo bajo. – Ya estamos. Algo similar a un fantasma – tercié. – No hay razón para que te quedes con esa cinta. Si ya te quitaste la cinta, puedes dejar de hacerte el ciego.

– Esto no es un acto – se defendió, aunque sonriente. – Realmente soy ciego.

– Si quieres puedo hacerte una revisión – se ofreció Estella, ante una mirada desaprobadora por mi parte. – Soy médico después de todo.

– Muy amable de su parte, – contestó agradecido – pero dudo que pueda ayudarme con mi problema. ¿O es que acaso puede recupera ojos que ya no están en sus cuencas?

El cortante silencio que irrumpió a continuación fue roto poco después por el sonido de unos pasos que subían por la pasarela que unía la cubierta con la dársena. Seguramente serían Eratia y los demás. Antes de que nos diéramos cuenta, el mendigo sacó una daga de algún sitio que no llegamos a ver y se puso en guardia, así que tanto la doctora como yo respondimos en consecuencia. Más bien ella, que inmediatamente conjuró la prisión de cristal para inmovilizar al que había dejado de ser nuestro invitado para ser nuestro rehén.

– ¡¿Qué está pasando?! – preguntó el capitán, entre preocupado y mosqueado.

– Nos encontramos a este tipo en el pueblo y dice que tiene un mensaje para ti – dije. – Al ver que tenía un cuchillo en la mano, Estella lo atrapó.

– Un momento, un momento – habló el prisionero. – Este arma no es mía. Es de una de las señoritas que acababa de subir.

– Mei-Lian – musité por lo bajo.

– ¿Es eso cierto?

– S… sí – admitió la cocinera. – Vi a alguien extraño en el barco y como no os vi cerca ataqué.

– Puesto que se ha resuelto este asunto, ¿podrían soltarme, por favor?

Estella buscó con la mirada a Eratia, que asintió levemente. Entonces, desactivó el conjuro y poco a poco el mendigo fue quedando libre de su cristalina prisión.

– Bueno, me dicen que tienes un mensaje para mí – dijo el navegante. – ¿Es cierto?

– Lo es – confirmó. – Es un mensaje de Senka.

Lo que nos faltaba, un mensaje de una de las cuatro emperatrices… Bueno, mejor dicho, un mensaje de la única emperatriz que seguía en libertad, a juzgar por las últimas noticias, y que daba la curiosidad de que era amiga de Eratia desde la infancia y a quien habíamos intentado evitar con aquel desvío hacia Logue.

– Bueno, ¿cuál es? – le instó ansioso nuestro capitán.

– A cambio de la información, me gustaría pedir un favor – objetó. – Quiero unirme a su tripulación.

Bravo. Había que reconocer que había jugado bien sus cartas. Probablemente había detectado nuestra reacción a la mención del nombre de la Emperatriz Blanca, especialmente la del destinatario del mensaje y había lanzado una oferta que sabía que nos sería difícil de rechazar.

– Siempre he querido viajar por los mares y esta tripulación parece bastante interesante – añadió. – Tiene un aire especial.

Jugaba la carta de la simpatía, la captatio benevolentiae de la que hablaban los clásicos, para ganar nuestra atención y nuestro favor. El chico se veía, al menos, inteligente, o experto en estas lides. Eso sí resultaba interesante.

– Soy hábil con la espada – informó. – Y, además, puedo ayudar a reunir información. Como ven, nadie duda de un ciego.

Bueno, en eso no podía negar que tenía razón. Nos había seguido a Estella y a mí durante, al menos, la tercera parte de nuestro camino por la isla y nosotros no nos habíamos enterado. De su capacidad con una espada… bien podía afirmarse que era un gran coleccionista, pero podría ser un simple farol para ganarse nuestro respeto.

– Esto tendríamos que discutirlo como tripulación – contestó Eratia al cabo de un rato cavilando – y nos falta un miembro.

Casi al instante en que había terminado de hablar, se escucharon unos pasos muy cercanos al barco en el muelle. Me asomé con un par de pasos a la borda y vi que se trataba de nuestro pistolero, Kyo. Cuando subió a cubierta, nos reunimos todos formando un corrillo a una distancia prudencial de los sensibles oídos del aspirante.

– Meter un desconocido en la banda así porque sí no me parece la mejor opción – afirmó el recién llegado, recibiendo a cambio unas miradas un tanto sarcásticas por mi parte y la de Mei.

– No me fío de él – dije al fin. – Pero el mensaje es de Senka, y eso significa algo importante seguro.

– Importante o surrealista – apuntó Eratia. – Pero tienes razón, es Senka…

– Y desde que se fueron Rentarou, Franky y Robin hemos perdido fuerza de ataque – recordó la doctora.

– Eso es cierto – asentí. – Pero… – me volví hacia él. – No… sé... Sí, sería interesante – opiné.

– Tiene un mensaje de Senka – reafirmó el capitán. – A mí eso me basta. ¿Alguien en contra?

Si alguien tenía algo en contra de la incorporación del ciego, bien fuera por miedo, vergüenza o por estar convencido de ello, no levantó la mano. Es cierto que yo aún tenía mis reticencias, pero decidí que era mejor darle un voto de confianza, sin contar con que Estella estaba a favor de admitirlo del mismo modo que habíamos acogido a Kyo. Y esa, aunque no tenía nada de racional, era una razón de muchísimo peso.

– Muy amables por aceptarme a pesar de lo raro de mi presentación – sonrió Seiryu, que así se llamaba. – Y… bueno, como miembro de la tripulación, es mi deber compartir la información que tengo.

Al parecer, nosotros no éramos los únicos que se habían encontrado con los Sombrero de Paja. También Seiryu se había encontrado con el mismísimo Roronoa Zoro y con Nami, la navegante del Rey de los Piratas. Después de eso había continuado su viaje hacia el Grand Line y, en mitad de la travesía hacia Logue, una tormenta le había obligado al mercante que le transportaba a refugiarse en una isla por el camino.

Allí se había encontrado con la tripulación del Belladona, huyendo de la revuelta que habían originado en Serafia y refugiados allí por los mismos motivos que los comerciantes que transportaban al espadachín ciego. Llevado por su pasión por la espada había retado al mismísimo Hakurón y había sido derrotado justo delante de la Reina Blanca, de Senka, quien, antes de que el perdedor perdiera la consciencia le había dado el mensaje para Eratia. Una cita: encontrarse con ella en Snowy Valley, una isla al comienzo de Grand Line, en tres semanas.

Había amanecido de nuevo en el barco mercante, con las heridas curadas. Se había dedicado a buscar información acerca de Eratia entre los tripulantes y había descubierto lo más llamativo de su perfil: recompensa, pseudónimo, rumores… y se había puesto a buscarle al entender que estaba en el East Blue.

– Bien… – suspiró Eratia. – Parece que tendremos que tomarnos un pequeño desvío antes de ir a Xartha – me miró. – ¿Algún problema con eso?

– Ya te dije que por eso no te preocuparas – forcé una sonrisa. – Podemos ir en cuanto quieras.

– ¿Dará tiempo a llegar en dieciocho días? – se interesó Kyo.

– Estás en La Joya de la Corona, – afirmé orgulloso – el barco del Rey de los Piratas. Cualquier cosa es posible.

– ¿Del Rey de los Piratas? – preguntó, extrañado Seiryu.

– Sí… Es…

– Una larga historia – me cortó Eratia. – Estella, informa a los Outlaws del cambio de rumbo y que ellos decidan si nos siguen o no – ordenó. – Mei, acompaña a nuestro nuevo compañero a un camarote que esté libre.

– Muy amable, pero antes que nada… – habló el espadachín. – Creí entender que no tenían un nombre para la tripulación…

Sí que había estado tiempo siguiéndonos el muy cabrón, más del que yo pensaba, porque aquello lo habíamos comentado en la plaza mayor de Logue y eso había sido casi al principio de nuestra estancia en la isla.

– Sí – reí irónico. – Somos una tripulación sin nombre.

– Hace mucho que no reciben el periódico, ¿verdad?

Miré a Eratia, él a Estella, esta a Mei y la cocinera a Seastone, quien volvió a mirarme a mí. La verdad es que sí, no es que hubiéramos estado recibiendo el diario últimamente, pero tampoco nos habíamos dado mucha cuenta. Eso explicaba la falta de noticias del mundo exterior que teníamos últimamente, pero no tenía mucho sentido que, así, de repente, se hubiera detenido el ritmo de entrega. Bueno, si no lo habíamos notado es porque tampoco lo habíamos echado mucho en falta.

– Verán… Me gusta estar enterado de lo que pasa en el mundo – explicó. – Así que aparte de los rumores que voy escuchando…

– Y de las conversaciones en las que te entrometes – apostillé.

– Suelo pedirle a alguien que me lea el periódico – terminó, sin hacer caso a mi puya. – Ya les han puesto nombre. Debería haber un ejemplar en mi saca – indicó.

Kyo se adelantó a coger el diario de la bolsa de las espadas y lo hojeó. No reveló nada de la información que contenía, ya tendríamos tiempo de leerlo detenidamente más adelante. Fue directamente a una noticia que hablaba de que los causantes de la revuelta en Red Village, tanto los Outlaws como nosotros, a quienes nos consideraban una tripulación independiente, seguíamos desaparecidos

– Nos llaman "Piratas Crown" – leyó.

– No suena mal – sonreí.

– Cierto, no suena mal – asintió el Capitán, igualmente sonriente. – Pero en fin, habrá que mirar qué pasa con el periódico que no es plan de enterarnos los últimos de estas cosas.