©"Shingeki no Kyojin/進撃の巨人" y sus personajes pertenecen a Hajime Isayama


「CAPÍTULO 20」

Jean

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Es precioso.

Siempre me ha gustado ver la puesta de sol, desde que era pequeño. Sin embargo, hoy, con Armin entre mis brazos, con su respiración en mi hombro y sus latidos sobre mi pecho, me gusta más que nunca.

—Armin. —Su nombre suena cálido en mis labios—. Salgamos de aquí.

Le miro a los ojos. El azul brilla con más fuerza en contraste con la luz del atardecer que entra a través de las ventanas.

—¿Por qué? —pregunta, aún envolviéndome con sus brazos.

—Mira. —Señalo hacia la ventana, detrás de él.

Se gira, apartándose un poco pero sin romper el abrazo, y suspira de asombro. Luego me mira. Sus ojos me observan con detenimiento y yo hago lo mismo, estudio su rostro a contraluz y es precioso. Armin es precioso.

Y con ese pensamiento unimos nuestros labios.

La escena es digna de una película romántica que mi madre puede tragarse un domingo al mediodía. Sólo falta la banda sonora. Una musiquilla pomposa como cada vez que los Sims se besaban en la primera versión del juego.

—Vamos a la colina —propone entre besos. Le miro sin entender—. La colina. Ya estuvimos una vez, ¿recuerdas? Dijiste que el atardecer era precioso desde allí.

Por supuesto que me acuerdo. No fue hace mucho, pero siento como si hubiera ocurrido en otra época, una en la que Armin y yo sólo éramos amigos.

Volvemos a nuestra mesa, expectantes por lo que pueda pensar o decir Eren. Pero para nuestra sorpresa, él y sus cosas han desaparecido.

—¿Dónde se habrá ido este ahora? —me pregunto en voz alta.

Armin se encoge de hombros. Inspecciona la biblioteca con la mirada entornada. Arruga la nariz.

—Espero que no haya ocurrido nada.

—No te preocupes sin saber, puede ser cualquier cosa.

—Lo sé —exhala con un suspiro—. Eren no se caracteriza por ser muy reflexivo en cuanto a sus actos.

—Si con eso quieres decir que es un idiota impulsivo, estoy de acuerdo —bromeo, pero él me fulmina con la mirada—. Lo siento, pero reconoce que es un poco así.

No contesta. Se limita a recoger sus cosas sin decir nada, así que hago lo mismo.

El frío nos golpea al salir. Caminamos deprisa a pesar de que el sitio está cerca, para no perdernos los últimos rayos de sol escondiéndose de la luna y las estrellas.

Al pie de la colina, me acerco lo suficiente para que nuestros hombros se rocen. No sé si Armin está enfadado por mi último comentario sobre Eren. Tiene razones para estarlo porque prometí hacer un esfuerzo por llevarnos mejor. Sin embargo, no puedo evitarlo, me desquicia que haga siempre lo que quiere sin importar los demás. Siempre ha sido así.

—No estoy enfadado —musita Armin. Por su mirada, sé que está sonriendo bajo la bufanda.

Mis labios se estiran en una sonrisa de forma inconsciente.

Cuando llegamos arriba del todo, el día está a punto de terminar, pero también es el instante más bonito. El cielo y las nubes se visten de miles de colores y el reflejo de esas luces pinta nuestros rostros. Nos sentamos muy juntos en el único banco que hay.

—Por cierto —digo sin apartar la vista del horizonte—, me gustaría… —No encuentro las palabras—. Bueno, mi madre me sugirió… quizá sea buena idea… —Los nervios me traicionan. Armin intenta contener la risa, pero escucha con atención. Entonces suelto la pregunta que tenía en la cabeza desde hacía tiempo—: ¿Qué te parece si la próxima vez estudiamos en mi casa? Por la tarde está muy tranquila, nadie nos molestaría.

Armin se sonroja.

—¿Estaríamos… solos?

Siento su sonrojo y me sonrojo también.

—No lo digo para estar solos. Bueno, sí —rectifico—, pero no en ese sentido.

El silencio se instala entre nosotros, aunque es imposible sentirse incómodo en su compañía. Nunca lo ha sido.

Poco a poco, el punto luminoso va desapareciendo en la lejanía. Al mismo tiempo, las tonalidades del cielo mutan, se transforman y oscurecen. Y cuando el sol se oculta tras la silueta de la ciudad, los dedos de Armin se deslizan sobre los míos.

—Sí —dice escondiendo la voz. Sus mejillas siguen sonrojadas—. De acuerdo. Vale. —Le miro sin saber a qué se refiere. Armin me devuelve la mirada con una sonrisa, y sus dedos acarician mi mano cuando aclara—: Me parece bien ir a estudiar a tu casa.

Mi expresión debe hacerle gracia, porque empieza a reír suavemente.

—¿El viernes? —propongo emocionado.

—De acuerdo.

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El resto de la semana pasa lenta y tortuosamente a pesar de no tener fechas de exámenes cerca. El bachillerato es más complicado de lo que puede parecer. Todo el mundo me recuerda que las notas son lo más importante para poder estudiar lo que quiera en un futuro, cuando lo único en que puedo pensar es en cómo se sentiría besar a Armin no sólo en los labios.

La tarde del viernes se presenta cubierta de nubarrones, avisando de una inminente lluvia. Los cristales de las ventanas del salón están empañados y, mientras espero a Armin, me entretengo dibujando caras felices, muñecos de palitos y eso que todos los chicos de mi edad dibujan en todas partes. Sobre todo eso.

—¡Jean —grita mi madre desde la puerta—, ¿cuántas veces tengo que decirte que dejes de hacer eso en los cristales?!

—¡Agh, , sólo son unos dibujos, cuando se desempañe se irán!

—¡De eso nada, se quedará el churrete, como siempre! ¡Ya estás tardando en limpiarlo!

La hago caso. Es mejor hacerla caso.

—¡Pero no así! —grita más fuerte cuando me ve borrarlos con la mano.

—¡¿Y cómo quieres que lo haga?!

—¡Con un trapo! —Se mete en la cocina y al momento reaparece con un paño—. ¡Toma! —Me lo tira a la cara. No consigo atraparlo a tiempo, así que el proyectil da en el blanco.

Mascullando quejas, paso el trapo por la superficie helada del cristal, dejando visible la calle. Fuera se ha levantado bastante viento. Espero que Armin esté bien.

Entonces, como invocado por mis pensamientos, suena el timbre del telefonillo.

Corro a toda prisa hasta el recibidor y descuelgo el auricular en tiempo récord.

—¿Quién es?

—Hola… —Su voz es inconfundible—. Soy Armin —aclara, pero ya tenía el dedo sobre el botón para que pueda entrar al edificio.

Me quedo allí, en el recibidor, sin saber si debería abrir ya o esperar a que suba y llame al timbre primero. Tras unos minutos de indecisión, opto por abrir la puerta antes de que llame, llevándome una sorpresa cuando lo hago y encuentro a Armin en el descansillo. Nos reímos.

Con un pequeño gesto, le invito a pasar.

Armin da tres pasos y se cuela dentro. No puedo dejar de mirarlo, al igual que él no puede evitar la curiosidad de observar con la mirada todo lo que hay a su alrededor. En concreto, un mueble sobre el que reposan varios portarretratos, uno de ellos con una fotografía mía de cuando era pequeño, en la que estoy comiendo mi plato favorito.

—¿Qué haces ahí parado? —Mi madre aparece en escena—. Cierra la puerta, que entra el frío —me ordena con los ojos fijos en Armin—. Hola, jovencito, tú debes de ser Armin.

—Un placer conocerla, señora Kirschtein —se presenta con una sonrisa que sólo puedo describir como encantadora.

Uh, qué educado eres. No pareces amigo de Jean.

—¿Qué quieres decir con eso? —interpelo.

Ella me ignora. Le pide a Armin que se quite el abrigo y me lo da a mí para que lo cuelgue mientras lo conduce hacia el comedor.

—No te imaginaba así, Armin, tan guapo y educado. Quiero decir, Jean no para de hablar de ti últimamente, pero no me había dicho que eras tan mono.

—¡!

—¿Qué? Sólo digo la verdad. —Armin no dice nada. Está ruborizado hasta las orejas y debe de ser suficiente para que mi madre entienda que es mejor dejar el tema—. En fin, creo que estaréis mejor en la mesa del comedor. Ponte cómodo, como si estuvieras en tu casa.

—Si estuviera en su casa nadie le estaría atosigando —protesto en voz baja.

—Y tú —me advierte—: hazle caso.

—Sí, mamá.

—Pórtate bien.

—Claro, mamá.

Con eso último, mi madre queda satisfecha y se va por el pasillo. Cuando parece que por fin nos deja solos, me acerco a Armin, que está de pie junto a la mesa, vaciando la mochila. No se ha quitado la bufanda.

—Hace calor aquí para que lleves esto, ¿no crees? —Se estremece al darse cuenta de mi cercanía, pero no se aparta, sólo asiente en silencio—. Deja que te ayude.

Sosteniendo un extremo, desenrollo la bufanda hasta descubrir la blanca y suave piel de su cuello. Un fragmento de Armin que me pide a gritos ser besado con devoción. Pienso en llevarlo a cabo y sólo con eso se me acelera el corazón. Voy a hacerlo.

Pero mi madre irrumpe en el comedor.

—Por cierto, no te he dado las gracias por la paciencia que estás teniendo ayudando a este alcornoque a aprobar. Entiendo que sus últimas notas han sido obra tuya, así que te estoy muy agradecida. Yo y su padre estamos muy agradecidos contigo, Armin.

—Oh, no crea, Jean se ha esforzado muchísimo…

—¡Tonterías! Le conozco, sin ti estaría perdido. Pero os dejo solos ya, para que podáis estudiar tranquilos, que por eso has venido.

—Gracias, mamá.

Nos sentamos, uno al lado del otro, en cuanto ella se va a la cocina. Después de un rato intentando entender los distintos tipos de oraciones subordinadas, Armin murmura:

—Así que… no paras de hablar de mí…

Me sonrojo.

—Mi madre es una exagerada —digo imitando el tono de su voz—. Sólo he hablado algunas veces…

—¿Y qué les has dicho?

—No sé, cosas… —Me sonrojo tres veces más. No tanto por lo que estoy pensando, sino por la mano de Armin posándose en mi rodilla bajo la mesa—. ¿Por qué quieres saberlo?

—Tengo curiosidad —declara con una sonrisa ladina.

Sin embargo, aparta la mano con rapidez cuando mi madre nos interrumpe. Otra vez.

—¿Queréis merendar?

—Gracias, señora Kirschtein, pero no me apetece nada.

—¿De verdad? ¿Ni siquiera un zumo o un vaso de agua?

—Con un vaso de agua bastará, muchas gracias.

Y minutos después regresa con una bandeja con dos vasos de agua, unos sándwiches y un cuenco con gusanitos.

, no hacía falta que trajeras tanta comida.

—Calla, seguro que luego os entra hambre.

Armin disimula una sonrisa llevándose el vaso a los labios.

Cuando parece que mi madre nos deja solos de manera definitiva, me giro hacia él y susurro cerca de su oído:

—¿Por dónde íbamos?

—Por las oraciones subordinadas sustantivas —responde entre risas.

El resto de la tarde transcurre de forma tranquila y sin interrupciones, excepto cuando mi madre vuelve a entrar al comedor para decirnos que va a salir, no sin antes recordarme que me comporte como un buen anfitrión.

Nunca me ha gustado estudiar, pero estudiar no es lo mismo desde que estudio con Armin. De vez en cuando, aprovecho que está concentrado para darle un beso en la mejilla o revolverle el pelo, una buena costumbre que jamás perderé.

Y sin darnos cuenta, el cielo se oscurece en el exterior y las manecillas del reloj marcan que es la hora de que Armin se vaya. Cerramos los libros y nos levantamos. Él empieza a guardar sus cosas y yo le observo mientras lo hace. Su cabello sigue siendo más corto que cuando nos conocimos, pero ha crecido un poco y las puntas se curvan hacia su cuello, como si tuvieran pequeños imanes que son atraídos hacia su piel. Igual que yo. Las ganas de acariciarlo y posar mis labios sobre él regresan a mí, hacen que me estremezca de anticipación. Porque ahora no está mi madre para detenerme. Estamos solos.

Primero le abrazo por detrás, obteniendo un respingo de su parte. Sonrío cuando acaricio su cuello de abajo arriba y suspira, dejando el libro en la mesa. Lo beso despacio, deslizando mis labios por su piel y depositando pequeños besos que le provocan ligeros estremecimientos.

Luego, los besos se hacen más intensos pero sin llegar a hacer marca. No sé si le gustarán ese tipo de besos, pero ladea la cabeza para estirar el cuello y darme mayor acceso. Y de repente, un sonido nuevo, un ronroneo ahogado que sale de la garganta de Armin, quien tiene la boca abierta y cuyas manos se aferran con fuerza a mis brazos. Le acaricio la barbilla, los labios. Su boca busca mis dedos entre suspiros y una de sus manos encuentra mi cabeza, se aferra a mi pelo y tira de él.

La sensación es asfixiante. Respiro, pero el aire está cargado de silenciosos gemidos que ya no sé si salen de su garganta o de la mía, me empuja a buscar su boca como si en ella se encontraran las últimas reservas de oxígeno.

El primer beso es largo y demandante y nos separamos con un jadeo que hace que nos sonrojemos sin remedio porque todo esto es nuevo y todavía vergonzoso para ambos. Sus ojos brillan, un poco de deseo y bastante expectación.

Nuestras bocas chocan, nuestros cuerpos se retuercen hasta quedar de frente y encajar. Nos besamos mucho, tantas veces que perdemos la noción de lo demás. Besos profundos, con lengua. Y cuando creo que no podría superar la profundidad de un beso, que este es el límite físico en que dos bocas pueden unirse, Armin ladea la cabeza y siento que me voy a desmayar, porque no es posible sentir tanto, tanto calor, sin colapsar.

En ese momento, suena el teléfono.

Rompemos el beso y nos miramos.

Al tercer toque, Armin aparta las manos de mi pelo y yo las aparto de su cintura. Al cuarto toque, descuelgo y respondo.

—Diga.

—Hola, eres Jean, ¿verdad? —dice una voz de mujer al otro lado de la línea. Por su forma de hablar, parece estresada.

—Sí —contesto dubitativo—, ¿quién pregunta?

—Soy la madre de Eren. ¿Están él y Armin ahí? He llamado a casa de Armin y su abuelo me ha dicho que él estaba en tu casa.

—¿Qué pasa? —cuestiona Armin en un susurro a mi lado, con cara de preocupación.

—Es la madre de Eren —le explico tapando el auricular—. Pregunta que si está aquí.

—¡Oh, no, sabía que era una malísima idea! Dile que sí.

—Pero…

—¡Jean, dile que sí!

—Hola, madre de Eren. Sí, están aquí —miento intentando sonar lo más convincente posible.

—Genial, dile a Eren que se ponga —dice ella.

Mierda.

—Me dice que se ponga, ¿qué le digo?

—Dile que no puede porque… —Armin lo piensa un momento.

—No puede ahora mismo…

—Dile que está en el baño —dice Armin.

—¡Porque está en el baño!

La mujer tarda un segundo en hablar.

—Vale, dile que me llame cuando salga —dice antes de colgar.

Cuando cuelgo, Armin está tecleando rápidamente en su móvil.

—¿Me puedes explicar qué pasa? —pregunto alarmado por verlo tan inquieto.

Armin suspira.

—No sé si debería.

—¿Tan malo es?

—No es que sea malo, es que… Eren está saliendo con alguien.

—¿Y qué tiene eso que ver contigo?

Armin suspira de nuevo y se concentra en su móvil para enviar más mensajes. Después, me mira pensativo y vuelve a suspirar.

—Porque soy el único que sabe que Eren sale con un hombre mucho mayor que él.

La revelación me deja estupefacto.

Quiero preguntar cuánto de mayor es, pero Armin me responde antes de que pueda abrir la boca.

Armin me lo cuenta todo.


N/A: ¡SORPRESAAAAA! (No tan sorpresa). Dije que no iba a prometer nada, pero esta vez decidí terminar el capítulo cuanto antes y me lo tomé muy en serio, tanto que cada día me obligaba a avanzar, aunque fuera un poco. Y por eso está aquí tan pronto (en comparación con los últimos capítulos que tardé MIL AÑOS en publicar). He tardado una semana más porque quería corregirlo bien, pero estoy contenta con el resultado. Y es que escribir desde el punto de vista de Jean es muy fácil y divertido para mí, y si añadimos la participación estelar de su madre, la diversión se duplica. Con este capítulo llegamos a una parte que tenía muchas ganas de escribir: ¡el segundo especial Riren! Que está ambientado en Navidad, así que espero tenerlo terminado antes de que terminen las fiestas navideñas (que en España se alargan hasta el 6 de enero, cuando nos dan los regalos aquí). Sé que hay lectoras a las que no les gusta la pareja, así que me disculpo con ellas por anticipado, pero las parejas secundarias son una parte importante en esta historia y en el desarrollo de todos los personajes y la pareja principal. También tengo que agradecer todo vuestro apoyo. ¡Muchísimas gracias!

En fin, espero que os haya gustado este capítulo tanto como a mí y si es así, deja tu estúpido y sensual review (aaaaaah, ¿cuánto tiempo hace desde la última vez que puse eso? D: ). Sólo voy a decir que lo voy a intentar, aunque tengo que escribir un relato para un concurso navideño que tengo pendiente y no quiero abandonar. No será yaoi, aunque es posible que algo se cuele jeje, y espero publicarlo el 23 de diciembre (¡Nochebuena!). Sin embargo, por si acaso no regreso hasta más tarde… ¡FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO!

¡Nos leemos!