ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenece, está adaptado por Martasnix.
Capítulo 21
Era casi de noche cuando aterrizaron en Nueva York y cubrieron el trayecto hasta el apartamento de Clarke en Manhattan. Cuando descendieron ante el edificio, Lexa dijo a Reyes:
—¿Le importaría quedarse un poco más, agente?
Reyes, que técnicamente había acabado su turno, había trabajado veinticuatro horas extra a causa del inesperado viaje de Egret a Washington y había perdido una cita con Blake mientras tanto, se apresuró a decir:
—No hay problema, señora. Estaré en el centro de mando.
—Muy bien.
Los agentes se distribuyeron: algunos subieron con Reyes para hacer el turno de noche y otros libraron. Lexa y Clarke, solas al fin, tomaron el ascensor privado que conducía al apartamento de la joven. Al entrar en el loft, Lexa dijo:
—Tengo que llamar a Marcus para ver si ha descubierto algo.
Clarke dejó su bolsa de viaje junto a la puerta.
—¿Tienes hambre? Puedo preparar algo.
—Sería estupendo. —Lexa se quitó la chaqueta, pero conservó la cartuchera sobre la camisa de seda—. Dentro de un minuto te echo una mano.
Clarke cabeceó, sonriendo.
—Haz lo que tengas que hacer.
Lexa se sentó en una de las tumbonas de tela que, junto con el sofá, delimitaban la zona de estar en el centro del loft, y cogió el teléfono. Marcó un número y dijo:
—Soy Woods. ¿Dónde se encuentra?… ¿Se sabe algo?… ¿Tiene las cintas?… Muy bien, de acuerdo. Llámeme cuando llegue… sí… perfecto.
Con un sonoro suspiro dejó el teléfono en su sitio y rodeó la barra del desayuno para entrar en la cocina, en la que Clarke cortaba champiñones sobre una tabla. Había puesto agua a hervir.
—¿Hago algo?
—Coge unos platos. ¿Qué ha dicho? —preguntó Clarke mientras lavaba varios tomates bajo el grifo y luego los troceaba.
—El guardia de seguridad no tenía mucho que añadir a lo que ya me había contado. El sobre fue entregado esta mañana a las 7.52.
—Vaya… justo antes de que llegase mi padre. ¿Significa algo eso?
—No lo sé. Lo dudo.
—¿Qué dijo de la persona que llevó el sobre?
—No recuerda nada en particular, salvo que era una mujer de raza blanca, estatura mediana, de entre veinticinco y treinta años. Marcus tiene las cintas y las va a traer. Las compararemos con nuestros vídeos de vigilancia del vestíbulo cuando llegó el primer sobre ayer. Si tenemos suerte, tal vez podamos identificarla.
—¿Lo llevó una mujer? —preguntó Clarke sorprendida—. ¿Como la última vez?
—Parece que sí. —Lexa se encogió de hombros—. Seguramente no significa nada. Hoy en día, la mitad de los mensajeros son mujeres. Además, es dudoso que el que está detrás entregue los sobres personalmente. Pero tenemos que comprobarlo.
—Supongo que tienes razón —dijo Clarke con aire pensativo mientras echaba un puñado de pasta al agua hirviendo.
—¿Qué? —quiso saber Lexa al ver la expresión de Clarke.
—Probablemente nada.
—¿Qué sucede? En estas circunstancias, no podemos permitirnos el lujo de pasar nada por alto.
—Anoche, cuando llamé a mi amiga A. R. para que me diese tu dirección… me pareció todo muy raro. No quería dármela.
—¿A. R.? ¿Quién es?
—Una agente del FBI destinada en el cuartel general de la Agencia en Washington. Es especialista en información.
—¿Una agente del FBI te ha estado proporcionando información clasificada? —exclamó Lexa con incredulidad—. ¡Dios bendito! Podría perder el trabajo por eso… o algo peor.
—Es discreta. Y no le he pedido gran cosa. Somos amigas desde el instituto.
—No sabía que tuvieras una red tan impresionante de informantes —comentó Lexa con admiración. «Eso explica cómo ha logrado dar un perfil bajo a su vida privada durante todos estos años. La han ayudado a mantener la información en secreto.»
Clarke se encogió de hombros y sonrió tímidamente.
—He tenido mucho tiempo para adquirirlos.
—¿Hasta qué punto la conoces?
Clarke esbozó una sonrisa enigmática.
—Ya —dijo Lexa arqueando una ceja—. ¿Hace mucho? —Había cierto acaloramiento en su voz.
Clarke se rió.
—Aunque parezca increíble, no es lo que estás pensando. La encubrí unas cuantas veces que pasó la noche fuera, cuando los colegios castigaban esas cosas. Es hija de un senador, que por cierto hizo sudar tinta a mi padre en las primarias. Tenemos mucho en común.
—¿Y confías en ella?
—Absolutamente.
—¿Tanto como para contarle esto?
—Ayer por la mañana habría dicho que sí. —Clarke dudó mientras distribuía en los platos la pasta con las verduras salteadas—. Anoche la encontré… rara. Como si quisiera decir algo, pero no lo dijo.
—Tal vez no pudo —repuso Lexa. Llevaron los platos a la barra del desayuno y se sentaron juntas.
—¿A qué te refieres?
—¿La llamaste al trabajo?
—Sí, pero fui discreta. No pronuncié tu nombre.
—Aún así —dijo Lexa mientras comía—, sabe que todas las llamadas se graban. Y puede que sea más leal a la Agencia que a ti, sobre todo si cree que yo no soy trigo limpio. Recuerda que no me conoce de nada.
—No lo había pensado —admitió Clarke. Le molestaba la idea de que alguien, y especialmente una amiga, pensase mal de Lexa. Se sentía triste y enfadada a la vez. Sin darse cuenta, puso la mano sobre el muslo de Lexa y lo acarició—. ¿Crees que debo hablar con ella?
—Aún no. Tal vez averigüemos algo con el contenido de la última entrega—. Lexa cubrió la mano de Clarke con la suya—. En cuanto acabemos de comer, voy a ver si Blake nos puede llevar al laboratorio.
—Lexa, son casi las ocho. ¿Crees que podrá hacer algo esta noche?
—La Agencia funciona las veinticuatro horas del día. No perdemos nada por preguntar.
Veinte minutos después, Lexa se sentó en un taburete junto a la barra de desayuno y utilizó el teléfono de pared para llamar a Reyes al centro de mando.
—¿Sí, comandante?
—Me gustaría reunirme con la agente especial Blake esta noche y que nos acompañe usted.
—Claro, naturalmente —dijo Reyes, y se apresuró a añadir—: Sí, señora.
—¿Tiene, por casualidad, un número donde se la pueda localizar?
—Pues… sí, aquí mismo. —Precisamente, Reyes acababa de hablar con Octavia—. ¿Quiere que la llame o…?
—Prefiero llamarla yo, pero gracias.
Reyes le dio el número, y Lexa lo anotó.
—Estupendo. Avise a uno de los coches y espérenos abajo, por favor.
«Espérenos —pensó Reyes—. Vaya.»
—Diga al turno de noche que se retire. Usted y yo nos ocuparemos de Egret.
—Entendido, comandante.
Cuando Lexa colgó, Clarke preguntó:
—¿Estás segura de que hacemos bien al involucrarlas?
—La verdad es que no. —Lexa giró el taburete hasta quedar de espaldas a la barra y miró a Clarke. Se frotó los ojos con gesto de cansancio. Volvía a dolerle la cabeza—. Pero, por desgracia, tenemos que hacer prospecciones y trabajo de campo y no hay mucho donde elegir. Espero poder mantenerlas al margen si las cosas salen mal.
—¿Mal? —Clarke se esforzó para no alterar la voz.
—Si me equivoco y soy el objetivo principal del que anda revolviéndolo todo por Washington, algo se puede saber o filtrar en cualquier momento. Si me hundo, no quiero que nadie más se hunda conmigo.
—Eso no sucederá —dijo Clarke muy convencida, echando chispas por los ojos.
—Tenemos que estar preparadas por si acaso. Si sucede, también tú tendrás que distanciarte de mí.
—No. Te equivocas, comandante.
—Así debe ser —dijo Lexa con ternura—. Sería igual si no fueses la hija del presidente. Si se trata del juego de un periodista principiante para hacerse famoso, seguramente se convertirá en una exhibición sobre la degeneración que impera en la capital del país, sobre los fallos de seguridad del Servicio Secreto o sabe Dios qué más. La historia será tremenda… y fea. Si se produce, ni siquiera los mejores asesores de imagen de tu padre podrán arreglarlo. Tu nombre y el suyo no pueden aparecer vinculados a eso… ni a mí. —Antes de que Clarke pudiese protestar, Lexa añadió—: Sabes que tengo razón.
—Explícame qué entiendes exactamente por distanciamiento, Lexa —exigió Clarke en tono frío y cortante—. ¿Una semana, un mes… seis malditos años?
—Por favor, Clarke —dijo Lexa con aire cansado, encogiéndose visiblemente—. ¿Crees de verdad que quiero semejante cosa? No te das cuenta de que sería más fácil para mí, ¿verdad?
No había pasión en la voz de Lexa, sino tan sólo una profunda tristeza. Era una de las pocas ocasiones en las que Clarke había visto a Lexa mostrar un asomo de derrota. Algo tan poco habitual disipó su furia. Con brutal claridad, comprendió que Lexa se enfrentaba a la posible destrucción de su carrera y de su relación. Inmediatamente, abrazó a Lexa por los hombros y apoyó la mejilla en su pecho. La sorprendente respuesta de Lexa fue abrazarla por la cintura. Clarke se dio cuenta de que su amante estaba temblando.
—Eh. —Besó a Lexa con ternura en la coronilla—. Todo saldrá bien. Averiguaremos de qué va todo esto y quién está detrás y le pondremos fin. Ocurra lo que ocurra, no te librarás de mí.
—Moriría por ti sin pensarlo siquiera —murmuró Lexa con voz ronca y los ojos cerrados, sin soltar a Clarke—. Pero no me imagino viviendo sin ti. Ahora no.
Al oír las palabras de Lexa, Clarke se apretó aún más contra ella, dominada por una extraña paz.
—No tienes por qué preocuparte, ya que eso no sucederá nunca.
Tres cuartos de hora después, Reyes, Lexa y Clarke estaban ante la entrada trasera de un anodino edificio de seis plantas del centro de Manhattan. A la hora señalada, Blake introdujo la clave de seguridad y abrió la puerta.
—Comandante —dijo cuando vio a Lexa; sus ojos se posaron en Reyes con una leve sonrisa, y luego se detuvieron sorprendidos en los de Clarke—. Buenas noches, señorita Griffin.
—Hola, Octavia —saludó Clarke—. ¿Cómo se encuentra?
—Muy bien. Y estaré mejor aún cuando me libre de esta maldita cosa —respondió, señalando el cabestrillo que sostenía su brazo izquierdo contra el pecho—. Síganme. Las cámaras de seguridad están paradas. Tenemos unos minutos.
Blake las guió a través de un laberinto de pasillos beis que no se distinguían unos de otros. Las puertas de los despachos estaban cerradas y las crudos fluorescentes colocados a intervalos en el techo proyectaban una impersonal luz institucional. Tras abrir una puerta que daba a una escalera, explicó:
—El laboratorio está en el tercer piso. Hay una cámara de vídeo en los ascensores, así que he pensado que es mejor subir a pie.
—Buena idea —admitió Lexa. Era dudoso que revisasen las cintas de vigilancia rutinaria sin un motivo para hacerlo pero, cuanto menos grabasen al pequeño grupo, mejor.
Las cuatro subieron en fila india y recorrieron en silencio otro pasillo hasta la última puerta de la derecha. Blake la abrió, y entraron en un gran recinto bien iluminado y dividido en zonas de trabajo
por bancos de laboratorio y mesas con equipo analítico de alta tecnología. La mayoría de los técnicos que trabajaban en el laboratorio tenían un horario normal de ocho a cinco, y el amplio recinto estaba vacío, a excepción de una solitaria figura con bata blanca encorvada sobre un banco en un extremo. Cuando el grupo se acercó, Blake gritó:
—Hola, Sammy.
Un joven pálido, con gafas, expresión ligeramente aturdida y una mata pelirroja que necesitaba un buen corte, miró hacia ellas. Luego, como si de pronto recordase una cita, esbozó una amplia sonrisa:
—Hola, Octavia. ¿Tienes algo para mí?
—Sí. —Blake señaló el sobre de papel manila que llevaba Lexa—. Necesito que eches un vistazo a lo que hay dentro y hagas magia, como siempre. Todo lo que nos digas nos será útil.
El joven se quitó los guantes de látex de las manos y los sustituyó por otros nuevos que sacó de una caja de cartón situada junto a su codo derecho. Sin duda se había dado cuenta de que docenas de personas habían manipulado el sobre, pero lo cogió de manos de Lexa con unas pinzas de acero inoxidable y lo depositó sobre una superficie de cristal. Se inclinó luego para examinarlo con una lente de aumento, deteniéndose unos segundos en la dirección manuscrita. Murmurando para sí, comentó:
—Rotulador indeleble corriente, negro, sin matasellos, ninguna característica en el envoltorio.
Se enderezó y cogió el sobre.
—Denme unos minutos, a ver qué encuentro. Lo escanearé para hacer el análisis caligráfico posteriormente, por si es necesario.
—De acuerdo, estupendo. Estaremos en la sala de reuniones —dijo Blake, señalando una puerta al fondo de la habitación.
—Sí, claro —repuso con aire distraído y la mente en otra parte.
Las cuatro se sentaron en torno a una mesita en la sobria habitación sin ventanas situada al fondo del laboratorio forense. Fue Clarke la que rompió el silencio que reinaba entre ellas:
—¿Cómo sabe que no va a informar de esto?
Lo preguntó sin ánimo de censura, sólo por mera curiosidad.
—Lo conozco desde que éramos cadetes —respondió Blake—. Es un genio con cualquier cosa que se pueda cuantificar, pero un tirador desastroso y muy poco aficionado al entrenamiento físico. Fuimos compañeros de gimnasia, y pasé mucho tiempo extra ayudándole a preparar ejercicios que no le salían con facilidad. Somos amigos, y es una persona leal.
—¿Y qué ocurrirá con el contenido del sobre? Tal vez sea de índole… delicada —señaló Lexa.
—No le interesa qué es, sino lo que hay dentro: huellas, fibras, fluidos corporales… Eso es lo que le llama la atención. Si se trata de una fotografía como la que me dio ayer, ni siquiera se fijará en el tema.
—¿Encontró algo en ella? —preguntó Lexa aprovechando la primera oportunidad que se le presentó.
Blake hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No, por eso no la llamé cuando supe el resultado. Usted ya se había marchado a Washington y supuse que podía esperar. Era una copia hecha a ordenador, seguramente escaneada, del original. No se hizo a partir de un negativo.
—Lo cual significa que debió de hacerla alguien que no tenía acceso físico al archivo original —murmuró Lexa.
—O alguien a quien le acuciaba el tiempo —observó Reyes—. Si alguien está manejando material sin permiso, lo único que le interesa es hacer copias rápidas.
—Tal vez.
—¿Quiere decir que seguramente no lo cogeremos? —preguntó Clarke.
—Quizá lo estamos enfocando mal —especuló Lexa—. Puede que los envíos no sean amenazas, sino advertencias.
—¿Advertencias? ¿Te refieres a que alguien intenta avisarnos de que… nos están observando?
Lexa asintió.—Tal vez sean mensajes amistosos.
—Sí, claro —comentó Reyes misteriosamente—. Otra Garganta Profunda de Washington.
—¿Por qué no acabo de creérmelo? —dijo Clarke en tono sarcástico—. Preferiría una llamada telefónica directa.
—Tienes cierta razón —admitió Lexa con un suspiro—. Cuando veamos lo que hay en este sobre, quizá le encontremos sentido.
Media hora después apareció Sammy, que entregó el sobre a Blake.
—Esta vez no he tenido que mirarlo todo. El examen preliminar muestra lo mismo que el otro: nada. Quien lo envió, sabía lo que hacía. Ni saliva ni ADN. No hay huellas, ninguna característica en el papel, que es de una marca comercial corriente. Utilizaron una impresora de tinta. Con ordenador. Como la otra.
—¿Puede identificar la impresora? —preguntó Reyes.
La miró, y luego miró a Clarke y se apresuró a desviar la vista. No dio muestras de haber reconocido a la hija del presidente. Clavó los ojos en Blake, la persona con la que evidentemente se sentía más cómodo.
—Analicé el registro de píxeles de la primera copia. Se trata de una impresora Epson de alta resolución. Tenemos una en el vestíbulo. Habituales del Gobierno y las más utilizadas por la mayoría de los que se dedican a la edición electrónica y a cualquier otra actividad que haga reproducciones fotográficas de gran calidad.
—Si tuviera una muestra de la impresora en cuestión, ¿podría compararlas? —insistió Reyes.
—Es posible. Aunque no sé si eso valdría en los tribunales.
—No es necesario —dijo Lexa rotundamente.
Como estaba claro que no iban a obtener más información, Blake extendió la mano hacia su compañero.
—Gracias, Sammy.
—De nada, Octavia —repuso, poniéndose colorado mientras le estrechaba la mano—. Lo que quieras.
Sin mirarlas, se despidió con un gesto al aire, dio la vuelta y regresó a su lugar de trabajo.
—Bueno —dijo Clarke con un suspiro—. Supongo que ahora podemos ver de qué se trata.
—Primero salgamos de aquí —sugirió Lexa—. No abusemos de nuestra buena acogida.
Blake intervino en tono cauteloso:
—Tengo el apartamento de mi hermana para mí sola; esta noche trabaja. Podemos ir allí, a menos que prefieran volver al centro de mando.
—No —repuso Lexa—. Me gustaría que Blake y usted viesen esto. El apartamento de su hermana me parece perfecto.
