Capítulo 21

El almuerzo transcurrió sin problemas. Albert y George tenían aún mucho que conversar; mal que mal, los problemas no se arreglan sólo con una simple disculpa. Así, la sobremesa al calor del café se extendió por varias horas. Albert trataba de justificarse por sus errores y George, con paciencia y firmeza a la vez, lo ayudaba a entender que de nada servía tratar de justificar lo injustificable, porque si quería arreglar las cosas de verdad, tenía que esforzarse y aceptar sus errores. Albert se quejaba de que en realidad nadie lo apoyaba, que el peso de ser cabeza de los Andrew era enorme y que necesitaba más apoyo. George, en cambio, le recordaba que contaba con todo el apoyo del mundo y que su peor enemigo no otro más que él mismo, pues él se había impuesto un ritmo de trabajo y exigencias enormes.

A eso de las cinco de la tarde Ally apareció en la sala para anunciar que había una llamada para George. Tras algunos minutos, regresó a la sala donde Albert lo esperaba. Su rostro se veía algo preocupado.

- ¿Ocurre algo, George?

- ¿Eh? No…

- ¿Quién te llamó?

- Archie…

- ¿Está bien?

- Sí… Sólo quería avisarme que pasarán la noche en la mansión Britter.

- Con esta lluvia, creo que es lo mejor.

- Claro…

George miró unos segundos a Albert con rostro inexpresivo. Era obvio que algo le preocupaba, pero también era obvio que no iba a decírselo, así que no tenía caso preguntarle. Y es que… ¿cómo iba George a decirle que Archie había decidido no regresar a la mansión en cuanto supo que Albert estaba ahí? No, no podía decírselo, porque eso no ayudaría en nada a solucionar las cosas. Archie estaba furioso. Cada uno reaccionaba de manera distinta, pero cada uno lo hacía con todo el corazón. Archie se indignaba con la misma fuerza que Albert decidía esconderse en sí mismo. Y cuando ambos estaban así, era inútil tratar de hacerlos entrar en razón.

- George, necesito pedirte un favor – dijo Albert rompiendo el silencio.

- Claro. Dime.

- Es sobre Camille…

- ¡Ay, no, Albert, por favor! – protestó George - ¿Vamos a volver a lo mismo?

- No me refiero a Lefevre, Albert, me refiero a mi novia.

George notó de inmediato el tono grave en que Albert había pronunciado aquello de "mi novia". ¿Su novia? Sí… Él no hacía nunca algo a medias y había amado a Camille. Pero la había perdido de la forma más estúpida posible.

- Necesito encontrarla, George. Tengo que hablar con ella, tengo que pedirle perdón, ¡tengo que volver con ella!

- ¿Y de verdad crees que ella aún querrá volver contigo?

- ¡Por supuesto que sí! – dijo Albert seguro de sí mismo – Ella me ama, lo sé. ¡Me lo dijo en su carta! Si tan sólo la hubiese leído a tiempo todo habría sido distinto y a estas alturas ya estaríamos casados… ¡Todo fue un malentendido!

Un malentendido. Era una forma muy elegante de definir su estupidez y, por cierto, una forma muy, muy conveniente.

- ¿De verdad crees que fue sólo un malentendido?

- ¡Por supuesto! Si hubiese leído la carta habría ido por ella y nada de esto hubiese pasado. Yo la quiero y ella me quiere. Estoy seguro. Sólo tengo que hablar con ella y pedirle perdón.

- Pero en todos estos meses no has podido dar con ella. Su familia no quiere ni verte la cara…

- Lo sé, lo sé. Por eso necesito que tú me ayudes. Si hay alguien que puede encontrarla ese eres tú. Por favor, George, ayúdame.

- No creo que pueda…

- ¡Oh, vamos, George! ¡Por favor! Tú siempre has podido. Nunca he sabido cómo lo haces, pero siempre consigues toda la información que te propones.

- No siempre…

- Como sea, George, por favor, confío en ti. No puede habérsela tragado la tierra y en algún momento tiene que volver a Chicago, o sus padres tienen que viajar a verla, o tendrá alguna amiga con la que aún se escriba, no sé. Alguien tiene que saber dónde está. No me importa si no puedes volver a la oficina ahora mismo, no tienes que preocuparte de nada en la empresa, sólo me interesa que…

- ¿En la empresa? – preguntó George extrañado.

- Sí… En la oficina. Quiero decir cuando volvamos a Chicago. No vamos a irnos todavía, pero cuando volvamos puedes trabajar sólo en esto, hasta que la encuentres. Luego puedes volver a la oficina. ¿Me entiendes?

- Albert, yo no voy a volver a trabajar contigo – le respondió George con total tranquilidad.

- ¿Qué? – preguntó Albert con una mezcla de sorpresa y confusión - ¿De qué hablas?

- Exactamente de eso: no voy a volver a trabajar contigo.

- Pero… pero… Yo pensé que…

- ¿Qué?

- Pensé que ya me habías disculpado… - le dijo Albert notoriamente contrariado. ¿Qué más quería George? ¿Por qué le hacía esto?

- Desde luego que te disculpé, Albert, pero eso no significa que piense volver a trabajar contigo. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Cuando te dije que había cumplido mi labor contigo lo dije en serio. Tú ya no me necesitas en tus empresas.

- Pero, George, ¿de qué hablas? ¡Desde luego que te necesito!

- No, no me necesitas. Tú y yo lo sabemos. Ya sabes todo lo que necesitabas saber y lo que te falta por aprender, tendrás que aprenderlo solo. Ya has demostrado que eres capaz de hacerlo.

- Sí, pero yo…

- ¿Tú qué? ¿Has dejado de cerrar algún trato desde que renuncié? ¿O perdiste algún negocio? ¿Alguien llora mi partida en la oficina?

Albert bajó la vista. En realidad no. Es cierto que al comienzo todo había sido complicado, porque eran muchas y muy diversas las funciones que George cumplía, pero sobre todo, porque era difícil encontrar a una persona en la cual depositar tanta responsabilidad. Pero se las habían arreglado bien. Muy bien.

- Desde luego que no – respondió el mismo George – Todos somos reemplazables, Albert.

- ¡No quise decir eso! – se apresuró a justificarse Albert.

- Albert, por favor, negocios son negocios, ¿recuerdas? No voy a ofenderme por la verdad. Al menos no ahora. Todo ha seguido su curso desde que me fui y te aseguro que todo seguirá igual de bien. Tú no me necesitas ahí y también es justo que otras personas tengan oportunidades de avanzar en la empresa.

- Sí, pero yo quiero que vuelvas a trabajar con nosotros – demandó Albert.

- Sí, pero eso es lo que quieres, no lo que yo quiero – dijo George en tono serio, haciendo hincapié en el "tú", para dejar bien en claro el punto - No he cambiado de opinión desde que renuncié. No voy a regresar.

- ¿Pero por qué no? ¿No me estabas diciendo que soy un cabeza dura? ¡Ahora tú lo estás siendo! No seas orgulloso, George. Ya te pedí disculpas, de verdad siento todo lo que te dije, pero…

- No se trata de orgullo, Albert. La decisión está tomada. Tú no me necesitas y yo necesito un cambio.

- ¿Un cambio?

- Sí, Albert. Necesito un cambio. He tenido mucho tiempo libre para pensar – rió George – O mejor dicho, para enfrentar lo que no quería enfrentar: mi propia vida.

- ¿Tu propia vida? – preguntó Albert.

- Sí. Qué curioso, ¿no? El viejo George también tiene una vida propia. Veo que la noticia te sorprende – ironizó George en tono amargo.

- No quise decir eso – se corrigió Albert, entendiendo que había hecho un muy desafortunado comentario.

- Pero lo dijiste… y no te culpo, supongo que todos piensan lo mismo, que mi vida es la vida de los Andrew. Después de todo, así ha sido desde que tu padre se cruzó en mi camino. Desde ese día, toda mi vida ha girado en torno a ustedes, a sus negocios, a sus problemas y a sus triunfos y ya ves, muchacho, se me ha ido la vida en este trabajo. Toda la vida. Primero trabajando para tu padre, luego apoyando a tu hermana y finalmente cuidándote a ti… ¡Incluso cuidando de la señorita Candy! Pero nunca cuidando de mí. ¿No te parece ridículo? – rió George melancólico – Incluso le he dedicado más tiempo a ella que a mi propia vida, porque siempre puse mi deber por encima de mi propia vida. Supongo que porque soy un cobarde – sentenció pensativo.

- No digas eso, George.

- Es la verdad, Albert. ¿Sabías que jamás tomé unas vacaciones? ¿Qué ni siquiera me había preocupado de saber cuánto dinero tenía en el banco ni de qué haría si tuviera más tiempo libre?

- Pero yo pensé que…

- ¿Qué? ¿Qué cuando me iba a mi casa de verdad hacía mi vida y me olvida de todo? ¿Qué me iba con mis amigos a algún bar para celebrar? ¿Qué visitaba a mis parientes? ¡Ni siquiera tengo parientes! ¿Acaso te dejé sólo en algún momento?

- Pues… no… -contestó Albert, sintiéndose culpable. ¡Era verdad! George había estado siempre a su lado, todos los días, cada día, salvo cuando…

- La única vez que realmente estuviste solo fue cuando tuviste la loca idea de fugarte a África y emprender ese regreso tan irresponsable…y al final de cuentas, nunca tuve más trabajo y problemas que cuando no te tenía a la vista – rió George.

- Pero si quieres tomarte unas vacaciones, puedes hacerlo. ¡Desde luego que sí! Dime dónde quieres ir, ¡yo pagaré todo! Tienes razón, hemos sido unos ingratos contigo. Sólo dime dónde quieres ir y por cuánto tiempo. ¿Un mes, dos meses, un año? ¡Dímelo!

- No se trata de eso, Albert. No es algo que puedas comprar con dinero, muchacho. Pensé que lo habías entendido: el dinero no lo compra todo.

- ¿Pero entonces qué es lo que quieres? – preguntó Albert perdiendo la paciencia.

- Lo que quiero es vivir mi vida, Albert. Depender de mí, no de ustedes. Tomar decisiones que afecten mi propia vida, no la de ustedes. Necesito lo mismo que necesitabas tú cuando decidiste ocultarte bajo esa barba indecente y tus lentes oscuros, ¿recuerdas?

Sí que lo recordaba. Sus días de vagabundo. ¿Cómo olvidarlo? Los días en que no había responsabilidades ni compromisos, porque George le cubría las espaldas. Los días en que sólo se necesitaba su firma en uno que otro documento, cuando a pesar de todo, su palabra era ley y cuando podía golpear a Neil impunemente y negarse a reconocer que él lo había hecho, incluso a costa de meter a la propia Candy en problemas. Los días en que estaba aprendiendo a ser quién guiaría los destinos de su familia, mientras George enfrentaba a la tía, al consejo y a todos para que él pudiera gozar de aquello que le habían negado también a George: libertad.

- No creas que soy un orgulloso. Si tuviera algo de amor propio, hace mucho tiempo habría tomado esta decisión. En cierta forma, tú me empujaste a hacerlo – Albert lo miró como pidiéndole perdón – No es un reclamo, es la verdad. Cuando dejé las empresas me di cuenta de que no había hecho nada por mí mismo, que todos mis recuerdos, absolutamente todos mis recuerdos, estaban ligados a ti ya tu familia. No quiero ser un mal agradecido, porque ustedes me han dado mucho, pero…

- Pero tú ya nos diste tu vida entera, ¿cierto?

- Cierto – confirmó George con tristeza. Tampoco era fácil para él reconocer que les había entregado sus mejores años y que al final del camino, se quedaba casi con las manos vacías.

- ¿Pero qué vas a hacer? ¿Dónde vas a ir? – le preguntó preocupado Albert.

- Bueno… tengo algunas ideas. Nada muy definido todavía. Tampoco tengo apuro.

- ¿Significa eso que ya no te veré más? – George notó que Albert lo preguntaba con verdadera tristeza.

- Desde que no, hombre, no exageres. Sólo dije que no voy a volver a trabajar contigo, no que voy a negarte el saludo. A menos, claro, que tú no quieras perdonarme de nuevo…

- ¡No, no! – se apuró a contestar Albert – No se trata de eso… es sólo que… ¡Ahhhh! No sé, no sé… Yo pensaba que las cosas volverían a ser como antes.

- Ya nada es como antes, Albert. Hay cosas que se rompen sólo una vez y cuando eso ocurre, ya no hay forma de arreglarlo.

Albert bajó la vista. Recién comenzaba a entender qué tan lejos había llegado, cuánto había perdido, cuánto había dañado a las personas que más quería. Y entenderlo era doloroso, porque significaba aceptar que estaba intentado recuperar un pasado que ya no estaba a su alcance.

- ¿Nunca me vas a perdonar?

- No se trata de eso. Ya te dije que te perdoné y lo dije de corazón. Pero debes entender que esto tomará tiempo. No puedes volver un día con la cara llena de risa y pretender que todo se arregle como por arte de magia. La vida no es así. Todos tenemos mucho que aprender de lo que sucedió. Yo estoy tratando de hacer mi parte. Siempre podrás contar conmigo, Albert – le dijo poniendo una mano sobre su hombro -, pero ya no como un empleado que esté obligado a callar y a aceptar todo, sino como un amigo que tiene opiniones propias y que no dudará en decirte la verdad cuando corresponda. Es lo único que puedo ofrecerte. ¿Aceptas el trato?

George extendió su mano hacia Albert. El rubio lo miró por unos instantes, sorprendido, avergonzado, admirado. Qué sabio había sido su padre al dejarlo a su cargo. Qué estúpido había sido él al sacar a esa gran persona de su vida a punta de gritos y malos tratos.

- Claro que acepto, George – dijo Albert dándole un fuerte apretón de manos– Amigo. No sé si me gusta la idea de que ya no vuelvas a la empresa, pero… si es lo que tú quieres… así será. Pero las puertas están abiertas para ti. Siempre puedes volver, ¿me escuchas? Siempre.

- Muy bien, muy bien – dijo George aliviado – Siempre es bueno tener un plan de emergencia.

Mientras sonreían por la broma, Ally volvió a la sala para anunciar que había otro llamado para George. Cuando se quedó solo, Albert tuvo tiempo para pensar un poco en la conversación. Era cierto. George había dedicado su vida completa, cada día de su vida, a su familia. Y él, tonto millonario egoísta, nunca se había detenido a pensarlo. Nunca le había preguntado por su vida privada, porque pensaba que era eso, privada, pero a la vez, siempre había esperado que él estuviera disponible para ayudarlo a él en los más mínimos detalles de su propia vida. Porque siempre había sido así. Porque era George y porque George siempre lo hacía. ¿Cómo había sido tan egoísta? Pero no sólo él, sino todos en su familia. ¿Cómo habían sido tan egoístas con George? Se preguntó si su padre habría visto todo aquello con buenos ojos. La respuesta llegó como un rayo: por supuesto que no. Su padre jamás había sido un abusador y si había traído a George de Francia era para darle un mejor futuro, una vida con otras perspectivas. ¿En qué momento todo aquello se había perdido?

- Albert – George entró de improviso y lo sacó de sus divagaciones – Disculpa, pero tengo que salir.

- ¿Salir? ¿A esta hora? ¿Con esta lluvia…? – en cuanto las palabras salieron de su boca, se dio cuenta de que otra vez estaba actuando como si fuera el dueño de George. Éste sólo le respondió con una sonrisa.

- Sí… Estaba esperando ese llamado. Volveré a la hora de la cena, no te preocupes.

- ¿Y con…? – se detuvo en seco – No, no… Nada. Te espero para la cena.

- Gracias – rió George complacido. Las cosas comenzaban a tomar el rumbo que debían tomar, pero aún faltaba algo más – Pero antes de irme…

- Dime…

- No puedo ayudarte – Albert lo miró sin comprender – Camille era tu novia. Eres tú el que aún la ama y eres tú el que debe luchar por ella. Solo. No con ayuda. Si de verdad la quieres, sé que la encontrarás. Ella ya decidió su destino, Albert. Ahora a te toca a ti descubrir si te quiere de nuevo a su lado. Nos vemos por la noche.

Sin darle tiempo a responder, George se dio media vuelta y partió.

Todo el mundo se ocupa de su propio destino.

Las palabras volvieron a su mente como un eco distante. George había decido ocuparse del suyo y se negaba a volver a ser parte de las empresas Andrew. Jamás pensó que aquello ocurriría. Camille le había dado una oportunidad. Él la había desperdiciado. Pero ella lo amaba, de eso estaba seguro. No la dejaría escapar. No de nuevo.

Albert miró su reloj. Aún era temprano; podía hacer algunas llamadas. Si iba a tener que encontrarla por sus propios medios, no debía perder ni un minuto más. Porque iba a encontrar a Camille; de eso estaba completamente seguro.

CONTINUARÁ...


Holas: Algunas de ustedes me han preguntado dónde se pueden leer las cartas que Candy y Albert intercambiaron tras el final que conocemos del animé. Hace unos años esas cartas estaban traducidas al español en el sitio Candy Blanca (de Paty AD). Ese sitio ya no está disponible, pero existen otros varios sitios, foros y grupos de Yahoo y FB donde sí tienen disponibles las cartas, junto con traducciones al español de parte de la novela sobre Candy Candy que lanzó hace poco Mizuky (la autora del manga Candy Candy, en el cual está basado el animé que vimos en TV). Uno de esos grupos es ALSS (Albert Lovers Secret Service). No se pueden dar vínculos en FB, pero si lo buscan en FB o en Yahoo Groups, seguro lo encontrarán muy fácilmente.

¡Saludos!