Hola mi gente :D
Aprovecho este hermoso día para dejar con ustedes el ÚLTIMO capítulo de esta historia. Espero que hayan disfrutado este relato tanto como fue para mí escribirlo, sé que nuestros personajes muchas veces nos sacaron canas verdes y nos hicieron sufrir con sus arrebatos y actitudes imperfectas de personas enamoradas, enfadadas, decepcionadas, etc, pero como bien se dice por ahí, la vida no sería vida sin problemas, sin dolores que nos ayudan a aprender y madurar a la fuerza. Vimos el cambio en los sentimientos de dos perfectos extraños, la muerte injusta de un noble personaje, los cambios que sucedieron tras este acontecimiento, los impulsos del corazón y las decisiones precipitadas que afectan el rumbo de la vida. Uf, muchas cosas que nos hacen reflexionar.
Gracias por leerme y por compartir sus impresiones conmigo. Espero volver pronto con otro proyecto. Les adelanto que posiblemente sea un drama de Misterio sin perder de vista la esencia Harmony que adoramos. Los mantendré informados.
Un abrazo para todos y de nuevo, mil veces agradecida de su compañía.
Ahora, q tengan un excelente viaje ;)
Hasta prontoooo!
Capítulo veinte: "El verdadero proyecto"
"Tú sabes cómo es esto: si miro la luna de cristal, la rama roja del lento otoño en mi ventana, si toco junto al fuego la impalpable ceniza o el arrugado cuerpo de la leña, todo me lleva a ti, como si todo lo que existe, aromas, luz, metales, fueran pequeños barcos que navegan hacia las islas tuyas que me aguardan"… Hermione no pudo seguir leyendo cerrando el libro de golpe. Maldito Pablo Neruda y sus metáforas de sal sobre las heridas, blasfemó para luego llevar su mirada hacia la ventanilla del avión. Océano, sólo el azul océano ocupaba toda la vista confundiéndose con el color del cielo claro y bondadoso. La joven suspiró profundamente al recordar lo que dejaba atrás. Minuto a minuto se alejaba de un continente en donde había encontrado el amor y la amistad, en donde experimentó la felicidad y el dolor como si su beca lo hubiera incluido sin darse cuenta. Se preguntó si había valido la pena haber viajado kilómetros y kilómetros para volver con las manos vacías. Quiso convencerse de que no, que todo había sido una puta pérdida de tiempo, pero no lo logró y liberó las lágrimas que colgaban en sus pestañas en un llanto silencioso.
- ¿Estas segura de lo que haces?- le preguntó Tonks antes de marcharse. La castaña bebió el resto de su Corona de un sorbo y dejó la botella sobre la barra antes de responder.
- Sí, estoy segura. No puedo quedarme. Me lastima quedarme- Luna y Ginny, sentadas una a cada lado de Hermione, negaron con la cabeza al mismo tiempo.
- Piénsalo bien- insistió la pelirroja- Puede que te arrepientas después y sea demasiado tarde.
- ¿Por qué no hablas con Harry? Dale la oportunidad… - sugirió Luna. Aquellas palabras sacaron un resoplido desde los labios de la chica inglesa.
- Ya le di tres y en cada una supo muy bien cómo humillarme.- respondió posando la mirada sobre el mesón. No podía abandonar su condenado orgullo. Tratando de no extender la despedida, la joven abrazó a cada una de sus amigas americanas por segundos indefinidos. Las había aprendido a querer tanto que ya las estaba extrañando. Cogió su maleta, se colgó su mochila al hombro y caminó hacia la salida del CoffeHouse. Tonks la llamó antes de que cruzara la puerta. La aludida volteó hacia ella.
- Cuando de verdad amas a alguien las oportunidades no se cuentan- le dijo y con ello Hermione se mostró pensativa sin saber qué decir. Siguió su camino hasta salir de la taberna rumbo al aeropuerto.
Esas palabras quedaron resonando en los oídos de la joven como sirenas de ambulancia. Sabía muy en el fondo que Tonks tenía razón, pero su dolorosa decepción tomó el control de sus acciones. Una turbulencia la sacó de sus remembranzas aferrándose a los brazos de su asiento. Odiaba volar lamentando no haber tomado alguna píldora para dormir antes de abordar. Cuando el movimiento pasó, respiró aliviada e inmediatamente recordó los abrazos protectores de Harry, aquellos abrazos que la hacían sentir fuerte, segura y cálida. Se soltó el cinturón con las manos temblorosas y caminó hasta el baño de pasajeros para calmarse. Sentía que el avión cada vez se encogía y sacudía más al pasar de las horas.
En Nueva York, por otro lado, Harry hizo guardia al apartamento de Hermione como un vigía el resto del día. Se instaló frente a su ventana con las cortinas abiertas de par en par seguro de que la vería regresar en algún minuto. De nada le sirvió, la joven había abandonado el lugar después de dejarle la maqueta en la puerta y una nota que dolía como puñaladas. El director de la Facultad de Arquitectura, Kingsley Shacklebolt, intentó convencer a Hermione de que se quedara, le prometió hablar con el profesor Severus Snape para que accediera a concederle una nueva fecha de presentación. Ella no aceptó, no quería caridad de ningún tipo. Harry se enteró de esto al día siguiente. El joven, prácticamente tirado en la silla al otro lado del escritorio del facultativo, lo escuchó sin ninguna expresión definida en su rostro. Fue como si estuviera sumergido en un estado de shock permanente. El hombre le hablaba notando el desgaste en su semblante y la barba descuidada que comenzaba a brotar en sus mejillas.
- ¿Qué fue lo que pasó entre la señorita Granger y tú?- preguntó Shacklebolt. Harry llevó su mirada verde hacia la ventana del despacho y respiró hondo para despejar de su garganta el nudo apretado que lo estrangulaba.
- Algo que por enamorado no pude controlar, señor- contestó y el director alzó sus cejas sorprendido por su honestidad.
- ¿Y qué harás ahora? La señorita Granger no quiso que interviniera en este asunto.
- Lo sé. Ella no es de las que ruegan oportunidades.- al decirlo, el corazón le dolió con mayor intensidad. Saber que la conocía como a nadie fue ácido en sus venas.
Harry estuvo encerrado en su apartamento una semana sin ver la luz del día. Lo único que tenía a su lado en la cama era la maqueta del proyecto y su celular que no dejaba tranquilo marcando el número de Hermione una y otra vez. Ella, lógicamente, no respondía. Max lo miraba desde el umbral de la habitación. El canino estaba preocupado por su amo, trataba de animarlo con la correa en su hocico pero ya los paseos a Central Park parecían haber quedado atrás. Sirius, acompañado por Ron, Lupin y las chicas, casi echó abajo la puerta para poder entrar. Una vez allí, notaron que la oscuridad reinaba el lugar y lo allanaron como un batallón de soldados rusos. Invadieron la alcoba del moreno viéndolo derrotado sobre el colchón cual muñeco de trapo. Tonks abrió las cortinas y las ventanas encandilando a todos en el interior. Harry frunció el ceño cubriéndose los ojos con una almohada.
- No seas imbécil- le arrojó la tabernera- Ya la cagaste y ahora quieres hundirte en la mierda, ¿no?
- Largo de aquí- les ordenó Harry escuchándose contenido debido a su cara cubierta. Sirius le quitó la almohada y se sentó a un lado de él con una expresión de suma paternidad. La misma que quizás James hubiese aplicado en aquellas circunstancias.
- ¡Harry, debes dejar de condenarte por lo que pasó!- le dijo duramente- ¡Cometiste un error, pero remédialo, ocúpate de ello!
- ¡Ya es tarde!- explotó el ojiverde. Hacía días que no hablaba por lo que su voz sonó ronca y desafinada.- ¡Ella se fue! ¡No me queda nada!- aquella afirmación provocó que todos los presentes lo miraran con los ojos desorbitados. Nadie dijo nada durante pesados segundos, analizando, recordando cómo era Harry antes de conocer a Hermione. No, no pudieron precisarlo. Ambos se habían convertido en uno solo de manera sorprendente. Sirius no pudo evitar evocar la plática sostenida con su ahijado meses atrás, cuando llegó fastidiado a su taller mecánico quejándose de una inglesa arrogante como compañera de clase. Lamentó que la impetuosidad del amor lo gobernara en un mal momento. Ron fue el único que se atrevió a dar un paso hacia la cama y romper con la pausa.
- Levántate de esa cama- le exigió sin alzar la voz. Harry negó con la cabeza.- Levántate… - el aludido volvió a negarse y el pelirrojo, sin esperarse, tomó la maqueta entre sus manos y salió corriendo del cuarto. El moreno brincó casi catapultado de la cama para alcanzarlo. Temió que lanzara el prototipo por la ventana o que lo destruyera a patadas como pensó hacerlo él miles de veces. Se le apretó el estómago. Lo persiguió por la sala unos instantes bajo los ladridos excitados de Max.
- ¡Devuélvemela, Ron!- gritaba el joven. Su mejor amigo no le hacía caso. Cuando pudo atraparlo y lucharon la propiedad de la maqueta unos segundos, el sonido del timbre en la puerta del apartamento los interrumpió. Ginny, bajo una calma inesperada, cruzó la estancia para poder abrir. Se trataba de Lee Jordan, el administrador de las apuestas en la universidad. Saludó cordialmente al entrar viendo que Harry y Ron estaban enredados entre forcejeos y empujones. Frunció el ceño ante la insólita escena. El ojiverde soltó a su mejor amigo casi de inmediato de verlo llegar. Tuvo el impulso de echarlo de su apartamento de manera categórica pero se recordó que no había sido culpa de él lo ocurrido. Sería demasiado energúmeno de su parte. Jordan lo saludó y extrajo del bolsillo interior de su abrigo un sobre blanco. Estiró el brazo para entregárselo. - ¿Qué es esto?- quiso saber Harry recibiéndolo.
- El dinero de la carrera. Ganaste, ¿te acuerdas?- dijo el joven sonriendo anchamente- Veinticinco mil dólares.
- No los quiero- determinó el moreno devolviéndoselo. Jordan quedó boquiabierto pesando que había escuchado mal.- Ya me oíste, no quiero el dinero.
Para Harry sería como seguir metiendo la pata. Si bien deseaba ese dinero fácil como un comienzo, ahora sólo lo veía como el culpable de su desgracia. El rostro de Hermione se materializó en su mente y no pudo evitar sentir más rabia con ella y consigo mismo. ¿Por qué se había ido aquella manera? ¿Acaso no sabía que la necesitaba tanto como el aire? Tuvo ganas de dejarse caer de regreso a su cama. Le pesaba el cuerpo, el alma, cada extremidad convertida aparentemente en metal. Estuvo a punto de girar sobre sus talones para volver a su cuarto cuando una frase dicha por Lee Jordan la noche de la carrera se le vino a la mente. No supo por qué pero la recordó con suma claridad y eso lo congeló en el acto. Miró al muchacho frente a él aún bajo una expresión de perplejidad en sus ojos. Harry sintió el vaivén de la anticipación en sus entrañas y decidió preguntar.
- La noche de la competencia me dijiste que alguien había preguntado por mí en la universidad… - le contextualizó, el chico asintió sin problemas.- ¿Quién fue?
- ¡Ah, eso! No tenía idea que conocías a Cormac McLaggen.- ese nombre fue una completa bomba nuclear bajo ese techo. Harry se sintió mareado. Jordan continuó- Me preguntó si sabía quién eras tú y yo le respondí. Me dio su autógrafo…
- ¿Le contaste de las carreras en motocicleta?
- Por supuesto, de hecho le aconsejé que apostara por ti ya que eres uno de los mejores… - desde ese momento en adelante, Harry no escuchó nada más que su propia respiración entrecortada. Muchos supuestos le bombardearon la cabeza pero sólo una certeza: McLaggen fue quien urdió todo el asunto, por eso la cantidad de dinero, él puede costearlo; por eso la llegada tan precisa de la policía, él debió averiguar dónde se llevaría a cabo la carrera y una sola llamada a la estación fue suficiente. Harry no tuvo problemas para deducir que ese inglés había indagado en la universidad todos los detalles que le serían de utilidad para arruinarle la vida. Maldita sea su suerte. Tuvo que echar mano de todo su auto control para no romper la puerta de un solo puñetazo. McLaggen había sido más astuto que él.
Hermione sintió un golpeteo suave en la puerta de su habitación. Recostada de lado en su cama, alzó su cabeza para ver a su padre ingresando con una bandeja en sus manos. Con sumo cuidado, el hombre dejó el refrigerio en la mesita de noche y se sentó a su lado. Amorosamente, la observó unos segundos y le acarició el cabello como cuando era una niña. La castaña cerró sus ojos al sentir su caricia tratando de no volver a llorar. Estaba aburrida de hacerlo. Habían pasado siete malditos días en que sus ojos se habían revelado contra sí y expulsado litros y litros de lágrimas por un hombre que la había defraudado como nadie. La joven había llegado a su casa con maleta y mochila al hombro, sin dar mayores explicaciones. Los señores Granger, sorprendidos, intentaron saber lo que había sucedido para que regresara tan pronto de Norteamérica, pero ella no les respondió. Subió a su alcoba a paso cansino y agotado. Ambos conocían a su hija, insistirle sólo sería un caso perdido, no existía persona más testaruda que ella por lo que le dieron su espacio y tranquilidad necesaria. Durante esa semana, la castaña se encerró en la lectura ávida y el trabajo. Decidida a recuperar el tiempo, realizó los trámites pertinentes para volver a Cambridge y terminar su último semestre a como dé lugar. Su carrera era crucial para ella. Afortunadamente, su impecable expediente siempre fue admirado en aquella universidad. Tenía la esperanza que su traspié en la beca no fuera más que una nimiedad frente a sus otros logros durante cuatro años. Cuando terminó de enviar los correos oficiales a las autoridades que conocía en la institución, se dedicó a retocar su proyecto personal como forma de distraerse de tantos recuerdos que la perseguían. Lamentablemente eso no la pudo apaciguar. La casa de sus sueños ahora tenía el rostro de Harry impreso por todas partes.
- Tienes que comer algo, hija- le pidió su padre y ella se negó, enfática.- ¿Quieres contarme lo que sucedió? Tu madre y yo estamos preocupados.- La joven rodó en el colchón quedando de espaldas mirando el techo. Tenía la terrible sensación de que un bloque de concreto le aplastaba el cuerpo. Meditó unos segundos y luego, como una hemorragia necesaria, le relató todo desde la primera presentación fallida en la clase de Diseño Urbano, hasta la dolorosa llamada telefónica de Harry desde la estación de policía. El señor Granger la escuchaba con atención recordando el día en que ella volvió a casa para visitarlo luego de su infarto coronario. Él le había preguntado sobre algún neoyorquino que la hubiera encantado y la joven sólo hizo mención de un "amigo-vecino-compañero de universidad", nada más. Ahora veía en sus ojos ambarinos algo muy parecido al amor. El brillo en sus pupilas era indiscutible. Después de una pausa que creyó apropiada, habló - ¿Y qué harás ahora?
- Volver a Cambridge este mismo semestre. Nueva York fue un grave error para mi carrera.- Hermione sabía que esas palabras las decía el despecho conjunto el orgullo.
- Deberías tomarte un tiempo, pensarlo bien.- ella se negó, enfática. Necesitaba mantenerse ocupada, casi de manera desesperada o de lo contrario respondería ese celular que cada veinte minutos repicaba sobre su colchón…
Hacía muchísimo tiempo que Harry no visitaba la tumba de su amigo Neville Longbottom, no por desconsiderado o por haberlo olvidado, sino que el dolor de entrar a un cementerio lo anulaba por completo. Aquella mañana el moreno se decidió y condujo su motocicleta, algo maltratada por la última caída, hasta el camposanto y compró distintos tipos de plantas en flor, las favoritas del botánico. Al llegar hasta la lápida de mármol blanco, dejó los maceteros alrededor y se incorporó nuevamente. La tranquilidad de ese sitio era lo único que agradecía en silencio. El cantar de las aves, el roce de las hojas con el viento, el crujido de las ramas en las alturas. Parecía que Nueva York bajaba la voz en esos momentos de introspección.
El joven se sentó en la hierba y conversó con su amigo por largas horas. Le relató todo lo acontecido creyendo escucharlo en sus respuestas: Pero Harry, sabías que tenías un compromiso al día siguiente, no debiste correr ese riesgo innecesario, el moreno se sonrió. Neville jamás tuvo miedo de enfrentar a los amigos. Lo sé, Neville, pero el amor me cegó, respondió murmurando y encendió un cigarrillo. ¿Y cuál es el plan ahora?, imaginó que preguntaría. Harry miró hacia la verja lejana de la entrada y detuvo sus ojos en su motocicleta, estacionada a un lado de la acera. Brillante, lustrosa, hermosa. Suspiró y alzó su mentón: Hacer lo que debí haber hecho hace mucho tiempo. Se despidió de su amigo incorporándose ágilmente para caminar hacia la salida.
Sirius trabajaba afanosamente en su taller mecánico cuando llegó su ahijado. Tenía dos nuevas motocicletas qué reparar mientras que su auto clásico pedía a gritos una mantención. El moreno lo saludó dejando el casco sobre la mesa grasienta y llena de piezas a medio limpiar. El mecánico sabía que traía algo entre manos, lo conocía muy bien. Siempre llegaba a su taller para pedirle algo o para confesarse como feligrés ante un cura en día domingo. Sirius dejó de hacer lo que estaba haciendo, limpió sus manos con un paño que bien pudo ensuciarlas más y se apoyó en su auto. No tuvo que preguntarle nada, sólo lo miró. Harry rió brevemente al entender que su padrino lo conocía mejor que nadie… bueno, casi nadie.
- Quiero que arregles mi motocicleta y la dejes como nueva. Voy a venderla.- su audacia lo desconcertó.
- Pero si amas tu motocicleta.
- Amo más a alguien- dijo sin pensarlo. Sirius lo comprendió pero le hizo ver que tenía mucho trabajo pendiente. El moreno no se movió ni cambió la expresión de su rostro. Parecía una estatua de ceño fruncido y labios tensos. - ¿Me ayudarás sí o no?- Sirius estudió su mirada una última vez para finalmente asentir. No podía negarle nada al que consideraba su propio hijo, lo sentía casi tan horrible como traicionarlo.
- ¿Qué tienes en mente?- Harry sonrió. Era la primera vez que sonreía desde hacía muchos días.
- Hacer las cosas bien… el tiempo que me tome…- y sin agregar nada más, se pusieron manos a la obra.
Agosto, seis meses después…
"Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos" (Cantar de los Cantares 8:7)
Ginny Weasley y Draco Malfoy consolidaron su relación mudándose juntos a un apartamento en el centro de Nueva York. Luego de tanto tira y encoge, ambos jóvenes hicieron caso omiso a la testarudez del padre del blondo, alquilando un piso cerca del Estadio de los Yankees en el lado este. La pelirroja estaba dichosa y enamorada, sin embargo jamás perdió de vista todo lo que tuvo que pasar para darse cuenta. Aquel día del 11 de agosto era especial. Ginny cumplía años y toda su familia la visitaría para cenar y celebrar. Draco la había agasajado el día entero. La había invitado a desayunar en Central Park, recorrieron el extenso paisaje verde hasta llegar a un punto exacto en donde el rubio tenía preparado un picnic bajo la sombra de los árboles. La muchacha se colgó de su cuello para llenarlo de besos. Feliz cumpleaños, mi vida, le sopló al oído. Ginny se estremeció y lo estrechó contra su cuerpo, Muchas gracias, le respondió y procedieron a tomar ubicación sobre la ancha manta.
Esa tarde, Draco fue quien cocinó para los invitados. Empecinado en hacerlo perfectamente, el joven siguió al pie de la letra una receta de salmón y champiñones sin saltarse ningún paso. El apartamento se llenó del exquisito aroma de las especias y la cocción de ellas en vino blanco. La pelirroja, sentada en la mesa de la cocina, lo miraba entretenida mientras bebía una copa. Jamás imaginó que ese rubio, antes tan rudo y arrogante, pudiese esconder esa parte cariñosa y delicada de su personalidad. Hizo un balance de los últimos meses y recordó a su querido amigo Neville Longbottom. Lo extrañaba, extrañaba su compañía y su plática. ¿Qué hubiera sucedido si Neville me hubiese dicho sobre sus sentimientos?, se preguntó internamente. De pronto, la sonrisa de sus labios fue apagándose poco a poco. Quizás le hubiera roto el corazón, ella lo quería mucho pero amar era algo totalmente distinto. Se sintió una pésima persona al meditar aquello.
- ¿Qué pasa?- le preguntó Draco mientras se lavaba las manos.
- Estaba pensando en Neville- dijo Ginny sin mentiras ni evasiones. El rubio se tornó serio y se acercó a ella.- Recordé la razón por la cual se enfrentó contigo…
- Lo lamento…
- No fue tu culpa- respondió la joven y se puso de pie para abrazarlo- Prométeme que iremos a verlo cada vez que podamos.- Draco asintió sin vacilar. La besó brevemente en los labios.
La familia Weasley llegó al apartamento de los chicos cerca de las siete de la tarde. Ron y Luna llegaron cargados de pañales y empujando un coche. La rubia había dado a luz a su retoño hacía tres semanas y no cabían en sí de felicidad. Habían tenido un varón de tres kilos y medio al nacer y de un color indefinido en el cabello. Parecía ser un cobre lavado debido a la mezcla perfecta del pelirrojo con el rubio de sus padres. El pequeño Alan, que fue como lo nombraron, iluminó un poco el periodo de tensión e incertidumbre que se había instalado en el grupo de amigos luego de que Hermione hubiera abandonado el país y dejado a un Harry muerto en vida atrás. Ginny tomó a su sobrino en brazos despertándolo de su somnolencia. Arthur y Molly Weasley llenaron a la menor de sus hijos de regalos de cumpleaños. Siempre había sido la más consentida de todos en la familia. Arthur saludó a Draco con el debido respeto que merece el dueño de casa. El rubio lo saludó de regreso con una sincera sonrisa en los labios. La incomodidad entre ellos iba desapareciendo a pasos agigantados. Molly, en cambio, lo abrazó apretadamente para luego felicitarlo por el delicioso aroma que expelía la cena. Cerca de las ocho, el grupo completo tomó lugar en la mesa redonda. Ron servía vino en las copas mientras que su blondo cuñado servía las porciones en los platos. De repente, el sonido en la puerta advirtió visita. Draco dejó los cubiertos y cruzó la estancia para atender. Al abrir, su aliento se le estancó en la garganta.
- Papá… mamá… ¿qué están haciendo aquí?- al otro lado del umbral, Lucius Malfoy acompañado de su esposa Narcisa, llevaban una botella de coñac y un ramo de rosas entre sus brazos. El joven creyó que se había golpeado la cabeza y estaba desvariando.
- La cumpleañera nos llamó para invitarnos- dijo la mujer para acto seguido besar a su hijo en la frente y entrar al apartamento sin esperar respuesta. Lucius se quedó mirando a su único hijo, serio e impasible.
- No hemos sabido de ti en meses- le recriminó el hombre y Draco bajó la mirada. – Sí que sabes cómo castigarme, ¿verdad?
- ¿Qué querías que hiciera? Traté de hacerte partícipe de mi vida con Ginny pero…
- Lo sé, lo sé… y aquí estoy, ¿puedo pasar?- el chico le sonrió y dio un paso a un lado para dejarle el camino libre. Lucius cruzó la puerta recibiendo la mirada sorprendida de Arthur Weasley. Allí estaban, dos empresarios que por malas decisiones de negocio lograron esparcir un odio que no incumbía a los demás. El pelirrojo se puso de pie sin disimular su enfado.
- ¿A qué has venido?- le bramó. Ron y Draco se prepararon para separarlos si la cosa se salía de control. Sin embargo, Lucius alzó las manos en señal de tregua. Arthur lo miró con desconfianza.
- Tranquilo, Weasley. He venido en son de paz. Tu hija nos llamó pidiéndonos venir.- Ginny sonrió de inmediato, buscando un par de sillas extras y ubicarlas en la mesa. El rubio continuó- Debo decir que es una excelente muchacha. No quise aceptar esta relación debido a nuestra rivalidad, pero con todo el tiempo que ha pasado sin ver a mi único hijo, me di cuenta que el miedo a perderlo resultaba superior a cualquier enfado. Ellos se aman, y aunque no me agrade prefiero apoyarlos que estar al margen de su felicidad por añejas discusiones.- Narcisa se acercó a su esposo tomando su mano. Arthur lo observaba como si tratara de leer algún mensaje subliminal entre líneas. Todavía lo miraba con el ceño a medio fruncir sin ocultar el recelo que le inspiraba. Intercambió miradas con su mujer y después de largos segundos, dejó caer sus hombros y contestó.
- Por primera vez estamos de acuerdo en algo, Malfoy- dijo estirando su mano hacia Lucius. El hombre impecablemente trajeado, la estrechó con firmeza. No hubo simpatía, no hubo mucha interacción, sólo firmeza.
- Otra cosa… - agregó el empresario mirando a su hijo- Esto no significa que vuelvas a sacar mi Audi sin mi permiso ¿está claro?- Draco rió asintiendo e invitándolo a tomar asiento.
La cena para tranquilidad de los jóvenes, se desenvolvió sin alteraciones. La plática en la mesa se centró en el recién llegado a la familia, Alan Weasley. El pequeño dormía al interior del coche sin interrumpir su sueño en ningún momento. Luna bromeaba que había heredado ese pesado letargo de su padre. Puede pasar el tren de la 6th avenida por encima de él y ni enterado, dijo mientras que Ron sentía sus orejas enrojecidas. El pelirrojo estaba feliz, sin embargo la ausencia de ciertas personas lo hizo ponerse un poco melancólico. Le hubiera encantado tener al resto de sus amigos cenando con ellos. Los últimos meses habían sido de decisiones importantes y a la vez desconcertantes. Deseó que todo estuviera saliendo de acuerdo al plan. Fue cosa de coincidencia, mientras Ron pensaba en su mejor amigo, el teléfono rompió la conversación y fue él mismo quien se levantó de su silla para contestar. Al escuchar la voz de Harry al otro lado del auricular no dudó en bombardearlo con preguntas. Lo extrañaba muchísimo y la expectativa era insoportable. El moreno se oía cansado, como si hubieran pasado años y recorrido el mundo completo con sólo una mochila al hombro. Ron lo escuchaba ávidamente sin querer soltar la bocina, Luna y Ginny se habían acercado para escuchar también.
- ¿Cómo va todo por allá, amigo?- preguntó el joven.
- Bien, trabajando como mulas- contestó Harry- Sirius, Remus y Tonks han sido de valiosa ayuda… claro que hay una personita que sólo sabe dar órdenes- Ron no tuvo que preguntar quién, supo de inmediato que aludía a Tonks por el lejano reclamo que escuchó de ella al otro lado. El ojiverde preguntó por su ahijado recién nacido a quien aún no conocía. Lamentó no haber estado presente el día de su nacimiento pero tenía que arreglar su vida a punta de perseverancia primero. Continuó– Llamé para saludar a Ginny por su cumpleaños, ¿está por ahí?
- Está a mi lado, escuchando- informó su amigo y la pelirroja le quitó el teléfono casi a golpes.
- ¡Hola, Harry, gracias por llamar! ¿Tú estás bien?
- Pregúntale si ya se encontró con Hermione- intervino Luna sin preámbulos ni pelos en la lengua. La pelirroja no supo si hacerle caso o no. No obstante, Harry alcanzó a escuchar y respondió contenidamente que aún no…
El vuelo desde Nueva York hacia el aeropuerto Shoreham en Brighton, Inglaterra, duró las horas correspondientes de un trayecto normal, sin complicaciones; pero un chico de ojos verdes perdía la paciencia cada diez minutos revisando documentos y planos que había diseñado. Harry quería tocar tierra inglesa lo antes posible. Habían pasado cerca de tres meses desde que Hermione se había ido y durante esas semanas, no se detuvo ni un solo día en trámites y diligencias burocráticas. Después de esa semana en que estuvo derribado en su cama sin querer saber nada del mundo, el joven se reactivó gracias a la conclusión de que Cormac McLaggen lo había planeado todo. Fue como una inyección de adrenalina directo al corazón y a las ganas.
Harry vendió su motocicleta, sacó sus ahorros del banco y alquiló su apartamento de la calle 71th oeste para gestionar la documentación necesaria y convencer a su padrino, Tonks y Remus de que lo acompañaran a Inglaterra a construir una casa. La tabernera, sentada en una de las mesas de su local, lo miró con los ojos abiertos de par en par creyendo que el chico había perdido por completo la cabeza. Sirius sabía que su ahijado hablaba muy en serio y Remus Lupin se reclinó en su asiento bajo un semblante pensativo. El moreno desplegó un plano sobre la mesa y el arquitecto inglés vio el diseño perfecto de un inmueble estilo europeo. Recorrió cada rincón del esquema bajo su ojo profesional y celebró al muchacho por el excelente nivel que mostraba su proyecto. Revisó la superficie, las instalaciones eléctricas, de gas, la carpintería, albañilería, todo. Se sintió orgulloso a pesar de no haberlo tenido como alumno. Harry le agradeció. A Luna le faltaban tres meses para dar a luz, Ron debía estar con ella, Ginny estaba sumergida en su mudanza con Draco, por lo que el grupo se reducía a ellos tres. Les suplicó su ayuda luego de casi diez minutos de silencio.
- Sabes que tengo que cerrar el semestre en la universidad, Harry- le recordó Lupin. El joven asintió.
- Lo sé, pero pronto comenzarán las vacaciones. Necesito de tu experiencia y asesoría- respondió con un dejo de ansiedad- Por favor. Los necesito- Remus lo meditó un momento, miró a Tonks a su lado y no faltaron palabras entre ellos para comunicarse.
- Los alcanzaré allá.- accedió y el ojiverde le palmoteó la espalda en agradecimiento.
- ¿Te das cuenta que tendré que encargarle a alguien mi taberna, Harry? ¡Jamás la he dejado sola!- refutó Tonks.
- Viajarás gratis a Inglaterra.
- De acuerdo- dijo automáticamente consiguiendo la risa de todos en la mesa.
Las semanas siguientes fueron de coordinaciones. Dinero, permisos, certificados, boletos, hospedaje, etc. A principios de mayo, Harry, Sirius y Tonks tomaron el primer vuelo de la mañana. El joven se despidió de Max por unas horas y lo vio alejarse dentro de su jaula en dirección a la bodega del avión, no quiso dejarlo en la ciudad, lo echaría de menos. Fue entonces donde emprendieron la travesía de volver un sueño realidad en Brighton, Inglaterra. Lo primero que hicieron al aterrizar fue buscar alojamiento en la misma ciudad por unos días. Harry tramitó desde Nueva York el remate de una casa en East Dr frente a Queen's Park. Logró un precio justo, compró los materiales y contrató dos albañiles de buenas referencias gracias a Remus Lupin. Y así, siguiendo el prototipo diseñado originalmente por Hermione, el trabajo de construcción se comenzó destruyendo.
El mes de mayo pasó rápido, casi como un mero trámite del tiempo y el espacio. Harry y compañía dedicaron sus esfuerzos en echar abajo paredes y tejados para despejar lo que sería la nueva edificación. Sirius observaba a su ahijado y nunca lo había visto tan motivado. Se levantaba al alba y se acostaba a altas horas de la madrugada, todos los días, cada día de los meses que pasaban como vertientes de agua bajo los puentes. De seguro si James y Lily pudieran verlo, se sentirían orgullosos de su pasión y entrega a la hora de amar. A mitad de junio, Remus Lupin llegó a Brighton para unirse a la construcción. Para su sorpresa, el grupo había avanzado bastante en pocas semanas. El experimentado arquitecto se dedicó a revisar las instalaciones más complejas, corrigiendo uno que otro detalle. Sirius estuvo concentrado en el techo y sus terminaciones mientras que Tonks le gritaba instrucciones como una ingeniera. Max, por otro lado, estaba en enloquecido. Todo un mundo de nuevos aromas por explorar. Aquel canino de amarillo pelaje corría por las extensiones del Queen's Park, alterando la eterna paz de los alrededores con sus ladridos.
Fue a principios de agosto, cuando el sol imperaba en el cielo y el calor atravesaba las ropas y la piel para apoderarse de la sangre, que Harry se desvió ligeramente de su cometido encandilado por la rabia. Tanto trabajo a cuestas lo había hecho olvidar a cierto inglés con el cual debía ajustar una cuenta. Durante un descanso de azulejos en el baño, el moreno leía el periódico fumando un cigarro cuando el nombre de Cormac McLaggen lo llevó a atorarse con el humo. Consumió el articulo con avidez enterándose que el equipo del Chelsea F.C celebraría un evento en el "Under the Bridge", espacio ubicado debajo de la East Stand. "Todas sus estrellas estarán presentes…", decía la noticia y Harry no tuvo que pensarlo dos veces. Tenía que poner en su lugar a ese imbécil de una vez por todas. Se excusó con sus amigos cerca de las ocho de la noche, se mudó de ropa y se dirigió a Londres en un bus que tardó casi dos horas en llegar.
Dar con el salón de eventos no fue difícil. Toda la atención de la prensa estaba dirigida hacia las nuevas contrataciones del equipo de fútbol soccer y en las estrellas consagradas, como McLaggen. Harry se apostó en la entrada, mezclado entre la gente como un espía. La alfombra roja se estiraba hacia la entrada dejando una pasarela libre a los jugadores y personajes de la farándula invitados. El moreno esperó hasta poder escabullirse entre la muchedumbre. El salón era espacioso, con un espléndido escenario y pantallas por doquier. El americano se paseó de un lado a otro escrutando los rostros de todos los comensales hasta dar con el que buscaba. Ahí estaba ese futbolista entrometido, dando una entrevista a una periodista frente a una cámara de televisión. Harry no pudo contenerse. A pasos firmes se abrió camino empujando a todos importándole una mierda. Cormac, al verlo, no pudo ocultar su sorpresa.
- Qué bien lo hiciste ¿verdad?- le refutó el ojiverde en la cara- Tuviste que meterte en lo que teníamos con Hermione. No pudiste soportar haberla perdido frente a un pobre diablo como yo, ¿no?- la periodista, aprovechando el escándalo, no cortó la transmisión en ningún momento. El aludido fingió desentendimiento.
- No sé de lo que hablas…
- ¿No? ¿Acaso no te diste el trabajo de averiguar sobre mí en Nueva York?- Cormac se vio acorralado, sintiendo todas las miradas sobre ellos. Los nervios de la culpabilidad lo hicieron titubear un segundo. Harry volvió a atacar- ¿Acaso no apostaste dinero en las carreras para luego echarme a la policía encima?
- Hey, tú elegiste competir, yo sólo aposté. Nadie te obligó, mucho menos a un día de esa puta presentación suya…- Harry alzó sus cejas. Justo lo que quería escuchar. Todo lo que había supuesto calzaba como un rompecabezas.
- Lo sabías muy bien, infeliz… - el moreno lo tomó de la ropa a la altura del pecho pero varias manos le impidieron darle un golpe en la quijada. Miró la cara de asustado y avergonzado en el rubio deportista y su ira se desinfló como balón pinchado. Sintió lástima. Se dio cuenta que el pobre diablo no era él sino que el mismo McLaggen, arruinando campos ajenos para sembrar el suyo. Harry lo soltó lentamente, rumiando entre dientes. No quería pasar la noche en una cárcel británica. Ya suficiente había tenido en Nueva York decepcionando a quien lo amaba. – No me ensuciaré las manos contigo, no vales la pena. Hagas lo que hagas, ella no volverá a ti… y ante eso puedes apostar lo que quieras.- habiendo dicho eso, el joven caminó fuera del salón a largos trancos, escoltado por los guardias para prevenir que siguiera con el escándalo…
El romper de las olas provocaba el estremecimiento de la piel de Hermione. Hacía mucho tiempo que no visitaba Brighton y luego del papeleo en la Universidad de Cambridge, optó por alejarse un poco de la urbanidad y apreciar la costa como cuando era una niña. El rector del establecimiento educacional se declaró muy desilusionado de ella cuando la tuvo enfrente. Esperaba resultados óptimos de la alumna más prometedora de su generación pero todo había sido en vano ante sus ojos. Hermione lo escuchó con la cabeza inclinada. Su plática más que sermón logró el cometido de hacerla evocar todo lo vivido en la ciudad norteamericana. El apartamento en la 71th oeste, esa ventana que conectaba su rutina con la de Harry, las conversaciones en el CoffeHouse, los paseos por las avenidas, las noches compartidas... Lo extrañaba, pero las consecuencias de sus promesas incumplidas seguían abofeteándola sin descanso. Temía que nunca pudiera tener su diploma, que por alguna razón la seguridad en sí misma se hubiera evaporado. Debió haber escuchado su lado profesional, exigido sin descanso otro compañero de proyecto… No, sabes que no hubiera sido lo mismo, se oyó claramente desde su interior.
Recargada en la baranda a un costado de Madeira Dr, la castaña inhalaba a todo pulmón el delicioso aroma de la brisa marina. Había olvidado lo que ese lugar significaba para ella. Después de semanas sin recibir más llamadas a su celular por parte de Harry, la desazón y la incertidumbre albergaron su corazón. Tuvo la horrenda idea de que el moreno la había olvidado, que la había dejado ir para intentarlo por fin con Cho Chang, esa chica caprichosa que no sabía lo que quería. ¿No fue por eso que te fuiste? ¿Para que todo se olvidara?, se reprochó a sí misma. ¿Era posible sentir claustrofobia frente a la generosidad de la costa? La joven estaba perdida, lo sabía. Trataba de desviar su atención hacia su carrera, hacia el cumplimiento de un objetivo para no pensar en él. No obstante, el subconsciente era un puto traidor. Por las noches, no podía dejar de recordar al ojiverde, en la forma que había descubierto zonas explosivas en su piel, nuevos besos, nuevas caricias. Lo veía por todas partes. Pudo escapar físicamente, pero todo lo demás todavía estaba en Nueva York. Sí hasta sentía los ladridos de Max mientras subía por la Egremont Place y admiraba sus blancas residenciales. Creyó que se había vuelto loca de añoranza. Alzó la vista y justo en la intersección con Park Hill un labrador pasó corriendo hacia la derecha y perderse de vista. Hermione frunció el ceño pero no le dio importancia. A pasos distraídos, siguió su camino por la West Dr a un costado del hermoso Queen's Park. Se internó por sus verdes parajes hasta tomar asiento en una banca frente a la laguna. Se quedó allí unos instantes escuchando el cantar de las aves. De repente, el labrador apareció nuevamente espantando a los conejos y a los pájaros en su camino. Corría de aquí para allá con una energía increíble. Hermione agudizó su vista convencida de que era idéntico a Max. No podía ser. Pocos segundos después, el can advirtió su presencia y corrió hacia ella, eufórico. La castaña se puso de pie en el acto recibiendo las lamidas ya conocidas de ese animal.
- ¡Max!... ¡Eres tú! ¿Qué haces aquí?- preguntó emocionada mirando los alrededores buscando a una sola persona- ¿Dónde está Harry?- El labrador le dio una última lamida en su mano y reanudó su carrera en dirección hacia el este. Hermione corrió con todas sus fuerzas para seguirlo. Después de varios metros a lo largo del prado, la joven se detuvo contra la verja que cerraba el parque y separaba la avenida.
Si ya había quedado sin aliento por tratar de darle alcance a ese perro, los pulmones de la joven quedaron totalmente desprovistos de aire cuando vio ante ella la construcción de una casa idéntica a la que había soñado por años. No podía creer lo que estaba viendo. Tardó más de cinco minutos en mover una extremidad de su cuerpo y atravesó la verja tropezando torpemente. La casa estaba escudada por andamios y cuerdas por todas partes, pero obviando aquello, era tan hermosa como la imaginó. Max ladró un par de veces lograron que desde el segundo piso, la cabeza de Harry se asomara por una de las ventanas preguntando cuál era el alboroto. El ojiverde al ver a Hermione de pie frente al inmueble creyó que se trataba de un espejismo, de una proyección de su mente maquiavélica y tuvo que pestañear varias veces. Los albañiles alertaron la llegada de una muchacha y Harry descendió por los tablones de las armaduras hasta plantar sus pies sobre la tierra. Avanzó hacia ella empujando el aire ubicado entre ambos. Hermione no podía quitarle la vista de encima como tampoco podía dejar de apreciar la edificación que se erigía con nobleza.
- No puedo creerlo…- fue lo único que logró decir después de una eternidad de silencio. Harry limpió un poco su cara salpicada de pasta muro y pintura.
- ¿Cómo supiste que estaba aquí?
- No lo sabía… vi a Max y…- el moreno miró a su mascota con cierto reproche.
- Siempre te encuentra- dijo, sonriendo. La pareja intercambió miradas elocuentes sin saber qué más decirse. Habían pasado seis meses, seis meses en que uno creía que ser profesional era lo más importante mientras que al otro le carcomía la consciencia por ser la razón de no haberlo conseguido. No obstante, en silencio se preguntaron cuál había sido el verdadero proyecto después de todo: ellos o la presentación para Snape. Frente a frente, esa duda parecía tan obvia de responder que hasta daba risa. – Quería que la vieras terminada…- habló Harry por fin refiriéndose a la casa a sus espaldas.
- Es hermosa, ¿Cómo…? - respondió a medias la castaña sin poder evitar la ancha sonrisa en sus labios. – No puedo creer que la recordaras con tanto detalle.- ¿Adónde se fueron todas las palabras que Hermione pensaba decirle? Nada. Ya no existían más en ella, se habían esfumado. Perdió la voz testaruda y sólo quiso transmitirle lo mucho que lo había extrañado con el cuerpo, con la boca, con el aliento. Harry, por su parte, sentía escocer sus manos por tocar su cabello, por restar la distancia; fue como verla desde su ventana en la 71th oeste, con una escalera de incendios entre ellos. Harry recordó lo sucedido con Cormac unos días antes y decidió no ponerla al tanto. Ese inglés resultaba ser muy insignificante como para nombrarlo en ese especial momento. No quiso delegar o repartir culpas que sabía eran sólo suyas. Ahora la tenía allí, de pie frente a él, admirando lo que tanto sudor le había costado. Tres meses de trabajo se vieron saldados con sólo presenciar esa emoción indescriptible en sus ojos ambarinos.
- Es para ti. Ven a conocerla- le dijo, invitándola a pasar con un ademán de su mano. Hermione accedió e ingresaron por la puerta ubicada a un costado. La joven se dio el tiempo de recorrerla a gusto. Todo era perfecto, cada habitación, cada revestimiento, cada escalón, cada viga y ventana. Las lágrimas no tardaron en rodar por sus mejillas, absolutamente emocionada. Harry rompió la expectativa volviendo a hablar- Una vez me dijiste que desde pequeña te gustaba la idea de vivir en Brighton, ¿lo recuerdas? – claro que Hermione lo recordaba, y muy bien por lo demás. Había sido el mismo día en que se reconciliaron haciendo el amor contra la nevera de su cocina. El rubor tiñó sus mejillas.
- Sí, por supuesto que lo recuerdo… ¿Cómo conseguiste hacerla? ¿Cómo lograste...?
- Con mucho esfuerzo, querida- intervino Tonks, quien entraba a la sala acompañada de Remus y Sirius- Y prácticamente esclavizando a sus amigos, debo añadir.- Hermione se mostró sorprendida de verlos también allí bajo ese mismo techo. - ¿Y bien? ¿Te gusta o no? Aún nos faltan algunos detalles pero…
- ¡Me encanta!- le interrumpió la joven. Harry por fin pudo dejar caer sus hombros para relajarse. Sólo eso quería escuchar de ella, nada más.- ¿Por qué lo has hecho?
- Porque te amo…- le dijo sencillamente- ¿Acaso necesitas preguntarlo? - Hermione rió, vencida. No pudo debatirle nada al respecto. Volvió a mirar a su alrededor en 360 grados y se sintió dentro de una perfecta ilusión. Sin planearlo, se dirigió al moreno con una mirada distinta y lo atrajo por las solapas de su camisa manchada para besarlo de lleno en los labios. Aquel increíble regalo tuvo el efecto implacable de recordarle que era ése y no otro el verdadero proyecto de ambos. Harry recibió su boca convencido de haber muerto y llegado al cielo. La abrazó por la cintura como si temiera perder la razón al no hacerlo. La había extrañado tanto durante esas semanas que le dolían los labios en contacto con los suyos. Por unos minutos, olvidaron por completo que estaban en presencia de más personas. Sirius carraspeó, incómodo.
- De acuerdo, ya basta. Todavía falta pintar varios muros así que… cada uno coja una brocha y terminemos de una vez- Harry y Hermione rieron al escucharlo y sin hacerle mucho caso, volvieron a besarse intensamente. Podían pintar en otro momento.
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