Si lo ocurrido con Casius no era motivo suficiente para largarse y dejar a los mortifagos, no sabía entonces que lo era. Simplemente tendría que esperar a que la mayor parte de ellos estuviese dormida y largarse sin mirar atrás; no estaba dispuesto a que lo mataran de una forma que sabía, sería dolorosa. Además, necesitaba comunicarle a la orden del fénix la lamentable noticia de que ningún estúpido licántropo abandonaría al jodido loco homicida.
—Lupin.
Levantó la mirada en dirección a la gruesa voz que lo llamaba. Jan lo observaba con ese brillo infernal que caracterizaba a sus ojos inyectados en sangre, era como mirar a un loco peligroso sin tratamiento.
—¿Sí? —inquirió Remus con inocencia.
El hombre escupió a un lado suyo y se limpió la boca con la manga de su mugrosa túnica.
—Hoy es mi turno de cazar… y quiero que vengas conmigo —sonrió burlonamente —. Esta vez quiero que tú me enseñes tus tácticas para matar a un muggle.
Remus se levantó de su tan acostumbrada piedra y se estiró teatralmente.
—Encantado —respondió con una voz casi tan maniática como la de Jan.
El lobo lo miró con recelo y un atisbo de temor cruzó sus ojos.
Lupin disfrutó con la mirada del licántropo. Dentro de él se había encendido algo similar a la locura desde el mismo instante en que vio el amoratado cuerpo de Casius. Tal vez pudiera devolverles el favor a los malditos, dejándoles a Jan en algún potrero solitario, en iguales o peores condiciones que su pobre aliado.
—¿Vienes? —dijo Remus pasando por el lado de Jan, rumbo a la salida.
Jan no contestó, pero lo siguió todo el camino desde la ratonera donde vivían, hasta llegar a las granjas muggles que asaltaban en busca de comida. Pudo notar con regocijo la tensión que emanaba de su "hermano" mientras caminaban a través del húmedo pasto.
Remus se detuvo de repente, con lo que Jan se adelantó un par de pasos antes de darse cuenta de que estaba caminando solo. El hombre frenó y se giró, una mirada de desconcierto en su cara.
—¿Qué ocurre, Lupin?
—Renuncio.
Remus metió la mano en el bolsillo de su túnica, sujetando con fuerza su varita, dirigiéndola disimuladamente hacia Jan.
—¿Qué cosa?
Jan pareció más desconcertado aún.
—Que renuncio, Jan —Remus sonrió sin ganas, probablemente su mueca parecería más propia de Severus que suya.
Jan frunció el ceño para después soltar una carcajada que resonó en el silencio del atardecer. Por lo visto se lo había tomado a broma. No podía decir que no lo entendía, ¿Quién en su sano juicio pensaría que Remus Lupin, un hombre calmado y sumiso, renunciaría a quienes le ofrecían protección?
—Ya decía yo que tenías gran sentido del humor, Lupin —el hombre respiró hondo, recuperando el aliento que había perdido en su carcajada —. Ahora muévete, tenemos que conseguir alguna vaca grande y eso.
Remus sacó su varita, negando con la cabeza. Apuntó directo al pecho de Jan, arrancándole al tipo una horrorizada mueca.
—No más vacas —afirmó sin dejar de apuntarlo —. No más muggles muertos… no más amigos muertos…
—¿Pero qué mierda pretendes? —chilló Jan con las manos en alto.
Esa era una buena pregunta. ¿Qué pretendía realmente? No podía responder a eso, ni él mismo sabía que era lo que pretendía al apuntar a Jan con su varita… Bueno, antes lo sabía, ahora, no estaba seguro… ¿Acaso planeaba matarlo de verdad? ¡Ja! Como si pudiera matar a alguien de mentiras. Estuvo a punto de soltar una carcajada por su ocurrencia; ese tipo de cosas se le ocurrían a Tonks, no a él.
—Quizás hacerte lo que ustedes le hicieron a Casius —respondió con el mismo tono de voz que utilizaba en sus clases de defensa contra las artes oscuras. Casi se sintió hablando con Hermione en alguno de sus ejercicios prácticos.
—¿Por qué? ¡Casius era un traidor! —dijo Jan con voz temblorosa —. Se merecía lo que Greyback le hizo.
—En realidad Casius era un buen tipo. Los superaba por mucho a ustedes —dijo Remus. Si Sirius estuviese allí, se burlaría de él por estar hablando como una colegiala en medio de un discurso de graduación.
Los ojos de Jan se ensancharon, incrédulos.
—¿El traidor eras tú, entonces? —inquirió Jan.
Remus se encogió de hombros.
—¿Sí o no, Lupin?
—Puede, pero no vas a poder decírselo a nadie.
Remus se preparó para lanzar alguna maldición que le permitiera resarcir un poco el daño que le causaron los lobos matando a Casius. Vio el terror reflejado en los ojos de Jan. Abrió la boca para decir en voz alta su hechizo… Tal vez fue el rostro atemorizado de Jan, o simplemente era demasiado cobarde para dañar a otros sin que lo estuviesen atacando, pero de su boca no salió el anhelado Crucio, sino el triste maleficio de la lengua atada.
—Puedes irte al infierno ahora, Jan —dijo Remus antes de girar en el sitio, desvaneciéndose rumbo al único lugar que le quedaba por ahora: la ruinosa casa de sus padres.
La entrada de un ser brillante la sacó de su estado de sopor. Dio un bote en su sillón, por poco tumbando a Cornualles. El gato se aferró a sus vaqueros con las uñas, alcanzando a arañar sus muslos.
—¡Ay! —chilló, sujetando al gato para impedir que siguiera lastimando su piel, en el momento en que el patronus abría su boca.
—Vigilancia extra en la entrada del castillo esta noche a las ocho —dijo el ser brillante con la voz de Dumbledore —. Confirma tu asistencia.
El patronus desapareció en unas cuantas volutas de humo. Se sintió tonta, sujetando a un gato minúsculo y mirando con la boca abierta el lugar donde se había posado el patronus. Miró a Cornualles.
—Casi me dejas sin piernas, gato burro —le reprochó al gato con cara de pocos amigos.
Cornualles echó las orejas hacia atrás, pareciendo avergonzado por su actitud.
—Oh, no —murmuró pegando al gato contra su pecho —. Lo siento, lo siento. No es tu culpa.
Si alguien la viese creería que estaba volviéndose loca de atar. Ahora hablaba con su estúpido gato, mientras lo abrazaba tratando de hacerlo sentir mejor.
—Necesito un psiquiatra —susurró levantándose y dejando el gato en el sillón.
Tomó su varita de la mesa que había frente al sillón, y, con un gesto entre acongojado y fastidiado, conjuró su patronus respuesta para Dumbledore. El bicho enorme de cuatro patas salió disparado de la punta de su varita, yendo a cumplir con su cometido a toda velocidad.
El gatito la miró con sus enormes ojos verdes, sentándose en una pose bastante elegante para ser un triste gato recogido de un callejón. Por alguna razón, sintió que el jodido gato estaba mejor vestido que ella, y eso que el puto gato no llevaba ropa puesta; pero claro, bastaba con su estúpido pelaje en forma de esmoquin para sentirse como un indigente junto a él.
—Sí que necesito a un psiquiatra —repitió metiéndose al baño para darse una larga ducha con agua caliente.
—Meow.
El lloro del gato llegó amortiguado a través de la puerta del baño.
—Ahora no, Cornualles —dijo quitándose la remera —. Cuando salga te doy de comer. Ándate a dormir mientras.
—Meow —repitió el gato a modo de respuesta.
—Huy que emocionante —dijo Tonks a su reflejo en el espejo del baño —. Primero amanezco desnuda y con mordidas en el cuello y después hablo con gatos… que cosa más fantástica.
Se dio una muy larga ducha, con agua tan caliente que bien habría podido pelar media docena de pollos con ella. A Cornualles les gustaría comerse media docena de pollos, pensó mientras se sacaba el champú por lo que parecía ser la quinta vez.
Sacudió la cabeza sonriendo. Estaba tostándose; definitivamente una persona normal no pensaría en pollos pelados y en lo que le gustaría a su gato. Dejó de pensar en el gato y sus pollos, preguntándose por qué querría Dumbledore protección extra en los terrenos del colegio. Normalmente bastaba con un grupo de aurores en Hogsmeade y san se acabó; tal vez planeaba dejar el castillo solo un rato.
Había revisado minuciosamente cada rincón de la vieja casa de sus padres. La protección anti intrusos todavía funcionaba a la perfección, aunque la casa estaba completamente llena de polvo y el papel tapiz estaba pidiendo a gritos ser cambiado. Quitó las sabanas -que antaño fueron blancas- de los muebles, casi ahogándose con todo el polvo que se le coló por la nariz. Por fin, después de despejar un poco la sala de estar, se dejó caer pesadamente en el sofá, sacando su varita de la túnica y conjurando un patronus dirigido a Dumbledore. Allí explicó brevemente sus motivos para abandonar el clan de los lobos, esperando que el anciano director lo entendiese.
—Tonks —murmuró restregándose sus cansados ojos.
Cerró los ojos solo unas milésimas de segundo, cuando la profunda voz de Albus Dumbledore lo sobresaltó. Abrió los ojos de golpe, creyendo que el anciano se había materializado en el lugar. Sonrió sintiéndose un poco tonto al ver el patronus en forma de fénix.
—En parte me alegra contar contigo esta noche, Remus —dijo el fénix —. A las ocho ven al castillo a hacer guardia. Cuento contigo.
Suspiró, sintiéndose un poco harto de no tener un minuto de paz. Cuanto deseaba que su vida fuese normal, tener una familia, un trabajo, algo por lo que vivir el día a día sin preocupaciones. Se juró a sí mismo que en cuanto terminara la guerra se daría unas muy largas vacaciones, entre más lejos mejor. Quizás Sudamérica sería un buen sitio para olvidarse de todo, alguna jungla donde la civilización no hubiese llegado. De hecho, ¿Por qué no irse de paseo con algún grupo de indígenas en el Amazonas brasileño? Nada se lo impediría.
Se levantó del sofá, dispuesto a marcharse al castillo temprano, preguntándose quienes estarían haciendo guardia esa noche y rogando con todas las fuerzas que Tonks no hiciese parte de esa misión; no estaba seguro de lo que haría al verla de nuevo. De hecho, no estaba seguro de poder mirarla a los ojos después de borrarle la memoria y salir corriendo como el mayor de los pervertidos.
