Otra vez yo por aquí, pese a que dije que no estaría presente hasta terminar la temporada 2 de Academia Sanctuary, no sé si eso sea bueno o malo. En fin, mientras dure hay que aprovechar.
Como ustedes sabrán, cada fin de temporada trae fin a un ciclo, a un arco argumental me refiero, y con cada inicio de temporada se le da inicio a un nuevo arco argumental. ¿A dónde quiero llegar con esto? Pues a que este capítulo podrá parecerles lento, pero eso es porque se trata de un arco introductorio.
Pero antes de comenzar, necesito hacer algunas aclaraciones. No sé si se han dado cuenta, pero la estructura de esta historia se divide de la siguiente manera:
Temporada 1 = Saga de los Aqueos, donde el principal antagonista era Paris (Hades), y se contaba la historia de diversos mitos que apenas y tenían que ver con Troya en los primeros 5 capítulos, para la otra mitad de la temporada, los otros 5 capítulos, se habló más de la guerra, y en cómo evitarla.
Temporada 2 = Años 1, donde la principal antagonista era Creúsa (Afrodita), ¿se dieron cuenta como Paris (Hades) desapareció en la segunda temporada? Era porque Creúsa (Afrodita), era la nueva antagonista. Así mismo, como pasó con Paris en la primera temporada, entregándole la batuta a Creúsa para la segunda, este capítulo pretende traspasar la batuta nuevamente pero esta vez de Creúsa, al nuevo antagonista de la Temporada 3.
Adicional a lo anterior, cada temporada está dividida en 2 arcos argumentales:
Capítulos del 1 al 5 = La presentación de los héroes.
Capítulos del 5 al 10 = El rapto de Helena.
Capítulos del 11 al 15 = La llegada a Troya.
Capítulos del 16 al 20 = La llegada de los Daimones.
Para algunos todo esto puede parecerles obvio, para otros no, pero me pareció importante hacer la aclaración.
Otra aclaración que necesito hacer es sobre los roles protagónicos. Puede parecer que Odiseo y Diomedes son los favoritos, pero eso es porque tienen más mito de donde cortar. Aunque sus arcos argumentales de peso ya se terminaron con la muerte de Palamedes (al menos de aquí hasta el año 8), lo que significa que también es tiempo de cambio de batuta de protagonistas. A partir del capítulo 22, los protagonistas serán otros, así que no vayan a pensar que ya volví a bancar a Aquiles (a quien dejé fuera a propósito para terminar con el arco argumental de Odiseo y Diomedes), tan solo preparo el escenario para su regreso como protagonista.
Por último, sé que el capítulo anterior fue muy crudo para muchos, pero igual que con la violación de Anficlas, no puedo modificar el mito, solo darle mi toque personal. Odiseo realmente complotea para asesinar a Palamedes, así que, lo siento si destruí la imagen del héroe valeroso, culpen a Homero, no a mí.
Bien, creo que ya me explayé mucho. ¡A contestar reviews!
dafguerrero: Ya sé, yo también estoy desilusionado de Odiseo, pero como dije allí arriba, culpa a Homero. La imagen de Atenea como una diosa de paz la inventó kuramada, esa imagen no existe en el mito, así que es trabajo de Aquiles romper esa imagen y convertir a Shana en una diosa de la guerra, y poco a poco irá entrando en ese papel. Sobre Palamedes, nuevamente, era un conquistador, de eso no se salva, pero en las guerras era muy buen elemento, ahora sin él comienza lo que se conoce como el declive Aqueo. ¿A que creías que Afrodita era solamente el alivio cómico? Pues no, siempre estuvo planeado que ella fuera la antagonista maestra, pero ha llegado el momento de ponerla a descansar, digo, está embarazada, no puedo tenerla trabajando en una guerra en ese estado. Paris no existe, solo existe Hades, no le eches la culpa a Paris, pobre, es solo un contenedor, y si Hades no se mostró muy participativo es porque quería concentrar la atención de Creúsa. ¿Cómo que no te gustaba Héctor? Si Héctor es el único que no ha descansado, pobre, 2 años saliendo a la guerra sin tregua, hasta Aquiles descansa, pobre Héctor. Y la Geist de Guerras de Troya es Anficlas, lo siento pero no habrá Academia Troya, jajaja.
TsukihimePrincess: Jajaja Anna de Shaman King, jajajajaja, pues no sabría decirte pero creo que Anficlas es un poco más expresiva. O, créeme que Anficlas va a abusar mucho de su nueva posición de poder, eso tenlo por seguro. ¿Amistad pasional de Odiseo y Palamedes para con Diomedes? Jajaja, no admitimos yaoi en esta historia, solo a Pandaro y a Tersites, así que créeme que no va por allí la cosa, y solo porque el sindicato me lo exigió, bueno a que le tiro, me gustó lo de Pandaro queriéndose violar a Trolio, es mi alivio cómico junto con lo de Aquiles transexual, jajajajaja. La evolución de Shana se verá en esta temporada, tu tranquila y yo nervioso.
midusa: ¡Tas viva! ¡Yay! Ya sé que Guerras de Troya es tu historia favorita, espero disfrutes de este capítulo, aunque no me dejas reviews en Academia Sanctuary, eso es cruel midusa-chan. Creo que estoy explotando el mito de Anficlas más de lo debido, pero bueno, qué puedo decir, también tengo que meterle mi toque personal a la historia. Anficlas es la primera Mulan. A Cassandra de la prometo para la segunda mitad de la temporada, lo siento, pero ella sigue buscando el templo en el que será violada (Casandra: ¡Aquí es! Apolo: Lo siento Casandra, tu Agamenón se encuentra en otro castillo, digo templo), algo así. Precisamente por eso edité Guerras Doradas, porque Eneas en esa historia era un narsista bueno para nada, nada que ver con el Eneas de Guerras de Troya, también Menelao era un patán, Áyax un patán, Agamenón un patán, espera ese quedó igual, pero Néstor definitivamente no era un patán. Ya sé que siempre te adelantas pero ah yo ya me preparé para eso, porque ni en la Illiada ni en la Odisea viene esta parte de la guerra de Troya que es más histórica que mitológica, prepárate para ser sorprendida. Lo de Shana se está cocinando actualmente, paciencia por favor.
DianaArtemisa: Algo me dice que no vas a disfrutar de este arco argumental, probablemente por tu nombre de pila. Con gusto resuelvo dudas, tu pregunta, tu pregunta. Lo de Egialea se verá pronto también, créeme, aunque dudo que te agrade. Si tienes preguntas tu pregunta, si puedo las responderé, sin arruinar tramas claro.
Dragon 1983: A Pentesilea no le gusta tu review, jajaja, y perdón por romper tu burbuja pero, si mal no recuerdo Pentesilea nunca amó a Aquiles, de hecho era al revés, sé de buena fuente que a Pentesilea le gustaba alguien más. No he visto Fate Go, pero me llama la atención. Le das mucho crédito a Artemisa, ella sí es mi alivio cómico, jajaja, espero que disfrutes de su participación. Poseidón es, y siempre será, un cabron, eso ya debería de haber quedado claro, que sea bueno en esta historia no lo hace un angelito. Que bueno que disfrutaste el capítulo, aquí te va uno más recién salido del horno, ni editado está.
Tita: Esperemos que sigas superando tu pereza de escribir reviews, puede que yo supere más seguido mi pereza de actualizar. Ahora a contestarte:
1) ¿En qué parte debes hacer hincapié? Pues en el pie, da bum ts, ok, mal chiste. Umm... en la actitud de Aquiles a con Shana supongo.
2) Pentesilea aún no es la reina de las amazonas, y Pentesilea no tendrá un papel muy relevante aún, estará allí pero no será la prioridad. Espero eso no te decepcione.
3) Anficlas es la mujer de Diomedes, lo de Egialea termina en tragedia, no lo digo yo, lo dice Homero.
4) Pandaro sigue bancado de momento, pero me dio risa a mí también ponerlo, jajaja. Y definitivamente Aquiles le está coqueteando a Shana, eso responde el punto número 1.
5) No entendí, ¿se merecía la muerte Palamedes o no? En cuanto a Menelao, estoy trabajando en cambiarle un poco la fachada de malo, ¿se nota?
6) Pues la relación de Afrodita si está medio rara pero… no podía hacer nada al respecto, me gustó eso de que cada dios tuviera su recipiente, aunque dudo que la verdadera Creúsa esté muy de acuerdo.
7) ¿Némesis es del de Resident Evil que dice: "S.T.A.R.S"?
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Dos.
Capítulo 1: Consecuencias y Nuevos Comienzos.
Costas de Troya, Campamento Aqueo. Año 1,194 A.C.
—¡Verdad! —resonó la voz de Palamedes, con sus ojos llorosos, y con un hilo de sangre cayéndole de los labios gracias a sus pulmones perforados por ser impactado en numerosas ocasiones por los soldados Aqueos, mientras su pueblo, los Nauplios, lloraban por su castigo—. ¡Hoy lloro por ti, que has muerto antes que yo! —finalizó, mientras miraba a un último soldado, uno de los suyos, un Nauplio, quien lo veía con ojos llorosos, rodeaba la piedra con su cosmos, y lanzaba la misma con tan tremenda fuerza, que destrozó el cráneo de Palamedes—. Gracias… Éax… —susurró al final, mientras la última gota de su sangre caía al suelo, y él yacía sin vida, empalado a las costas de Troya.
—Juro que vengaré tu muerte… hermano… —lloró Éax, el hermano menor de Palamedes, y quien por amor a su hermano se había convertido en su asesino al rodear con su cosmos la piedra que utilizó para destrozarle el cráneo—. Odiseo… —lloró Éax, furioso—. Juro que pagarás por esto —se dijo a sí mismo, momentos antes de que se escuchara la conmoción de los soldados Aqueos por ver el navío principal de Argos, siendo estrellado con violencia contra las rocas de una isla, hasta ese entonces invisible, y que había aparecido o tal vez emergido de las profundidades del océano para estrellarse con la flota de Diomedes.
—¡Diomedeeeees! —resonó el grito de Shana, y de inmediato se vio un resplandor plateado correr por la playa, saltar en la forma de un cometa plateado que iluminaba la noche, hasta donde Diomedes se aferraba al mástil y al cuerpo inconsciente de Anficlas. El cometa plateado aterrizó violentamente a su lado, terminando con Odiseo de Altar aferrándose a la mano de Diomedes de Escorpio, y a una posición más estable en el mástil.
—¡No te sueltes! —le gritaba Odiseo mientras encajaba sus uñas afiladas en contra de la madera del mástil, algo que Odiseo repudiaba, pero que necesitaba en esos momentos para salvarle la vida a su hermano juramentado—. ¡Si caes al agua no importa si tu cosmos es el de un Caballero Dorado, la Armadura te llevará al fondo! ¡Hombres de Ítaca, a los barcos! ¡Salven a los de Armadura primero! —ordenó Odiseo, y sus hombres comenzaron a adentrarse al mar, sacando a un medio ahogado Antíloco, quien se aferraba a Orsedice, a Teucro, a Esténelo y a Euríalo. El resto de los que iban en el barco en su mayoría sabía nadar, eran hombres de Argos después de todo, entrenados para ser invencibles, por lo que el número de bajas fue mínimo.
—Artemisa desea a Diomedes muerto, y yo voy a cumplir su encomienda —enunció Pentesilea desde la isla que había aparecido en medio del mar, vistiendo una armadura de Oro Blanco, que brillaba con la intensidad de la Luna misma. Preparó su gran hacha de batalla, de la misma extensión de una lanza pero que en lugar de punta tenía una hoja bien afilada, y se lanzó a dar muerte a Odiseo, a Diomedes, y a la inconsciente de Anficlas, más un Dragón de cosmos la atrapó en pleno vuelo y la hundió en el mar, mientras Aquiles saltaba con Shana en sus brazos tras haber pateado con su Dragón de cosmos a Pentesilea, y aterrizaba grácilmente sobre las playas de Troya.
—¿Estás bien? —le preguntó Aquiles a Shana, quien por la impresión no podía quitarle la vista de encima, mientras Aquiles la ponía a salvo—. No concibo el que los declares miembros de tu familia, pero no significa que voy a permitir que mueran —preparó su cosmos Aquiles, aguardando a las orillas de la playa, y reaccionando a tiempo, cuando Pentesilea salió del agua pese a haberse hundido con todo y armadura, y lanzó un tremendo ataque con su hacha, mismo que Aquiles recibió con sus espada dorada—. Eres buena… lo que esperaba de una semidiosa… —sonrió Aquiles, evadiendo el hacha de Pentesilea, quien por poco le corta la cabeza.
—¿Lo notaste? —sonrió Pentesilea con arrogancia también—. Yo no puedo ahogarme aún si mi Lunalite me lleva al fondo. Soy superior a ti, sucio mortal, no solo por mi proceder divino sino por ser mujer. Los hombres… son basura —se abalanzó Pentesilea, y Aquiles bloqueó con su espada, sintiendo entonces el dolor de sus heridas por la batalla de hacía ya bastante tiempo con Trolio, que no terminaron de sanar, pero que al ver a Shana, a Aquiles no le importaba, y combatía, como si el dolor no existiera.
—¡Rápido Toante! —gritaba Odiseo, mientras sus garras perdían el agarre en el mástil, y Toante de Pegaso y Podarces de Dragón ayudaban a Diomedes a colocar a Anficlas sana y salva en el bote, aunque tras haberlo hecho, Diomedes resbaló y cayó al agua, horrorizando a Odiseo—. ¡Diomedes! —gritó, se quitó su Armadura de Plata lo más rápido que pudo, y la lanzó dentro de la embarcación, entonces saltó al agua, y comenzó a nadar lo más rápido que podía.
Entre lo oscuro de la noche que extrañamente no estaba iluminada por la Luna llena como debería de estarlo tomando en cuenta las estaciones, y por la profundidad del mar, Odiseo apenas y podía ver a Diomedes, quien intentaba mantenerse a flote pese a que su Armadura Dorada lo hundía más y más. Odiseo vio a Diomedes abrir la boca, intentando respirar donde no existía el aire, y comenzar a hundirse sin oponer resistencia. Pero entonces Odiseo lo alcanzó, y pataleó con todas sus fuerzas hasta sacar su cabeza a la superficie.
—¡Respira! —gritó Odiseo, pero Diomedes no reaccionaba, por lo que rápidamente lo llevó hasta el bote, donde Toante y Podarces los ayudaron a ambos a entrar, y una adolorida Anficlas despertaba lentamente para encontrar a Diomedes inconsciente en el bote—. ¡No está respirando! —se horrorizó Odiseo.
—¡Quítate! —gritó Anficlas, quitándole la protección del pecho de su Armadura a Diomedes y golpeándole el pecho, pero no reaccionaba—. ¡Maldita sea! ¡Respira! —continuó empujando, hasta que Diomedes vomitó agua y comenzó a respirar—. ¡Imbécil! —le gritó Anficlas mientras lloraba de miedo, y Diomedes se retorcía intentando llenarse los pulmones de aire—. ¡Explícame como sobrevives a Héctor, a Eneas y a mí, pero te caes al agua y apenas la libras! ¡De haber sabido que era tan fácil deshacerme de ti, te arrojo a los mares de Chipre! —enfureció.
—Yo también te amo… —se burló Diomedes, ruborizando a Anficlas, y sobresaltando a Odiseo, quien apuntó a Anficlas, luego a Diomedes, luego a Anficlas otra vez—. ¡Después hacemos las presentaciones! ¡Hay que sacar a mi gente del agua! —aseguró.
—Estamos en eso —apuntó Odiseo a los hombres de Ítaca, quienes ya tenían a la tripulación de Diomedes a salvo, y lideraban a los botes de regreso a la playa, donde los Aqueos comenzaban a recibirlos. Éax, el hermano de Palamedes, recibió a Diomedes a su llegada.
—Éax, que gusto —comenzó Diomedes, y cuando vio la armadura de los Nauplios vistiendo a Éax, Odiseo se preocupó—. Busca a Palamedes, necesito a los hombres de Nauplia realizando un perímetro alrededor de esa cosa que se alzó del mar, quiero el lugar sitiado, y una unidad de reconocimiento en sus playas mientras descargamos los víveres de los navíos de Argos, Tebas y Calidón, y pídele que envíe una guardia a mi lado, ayudaremos a Aquiles —le pidió.
—Eso es imposible, mi señor Diomedes —argumentó Éax, y Diomedes lo miró con preocupación—. La alianza entre Argos y Nauplia se ha terminado, los vínculos de amistad no existen más. Nauplia no volverá a entablar relaciones comerciales con Argos, Tebas o Calidón, a no ser que los 3 reinos rompan relaciones comerciales con Ítaca también —enunció Éax, y Diomedes lo miró, incrédulo.
—¿De qué estás hablando? ¿Palamedes y Odiseo siguen discutiendo? ¡Tráelo ante mí y le daré uno de los sermones que a tu hermano tanto fastidian! —ordenó Diomedes, y la respuesta de Éax fue la de hacerse a un lado, y dejar ver a Diomedes al cadáver de Palamedes, siendo desamarrado por los Nauplios, quienes lloraban la muerte de su príncipe—. ¿Palamedes? —se dijo a sí mismo Diomedes, y Odiseo desvió la mirada—. ¡Palamedes! —gritó, pero los soldados de Nauplia todos tomaron las armas, y las apuntaron en dirección a Diomedes—. ¡Como rey de Argos! ¡Y principal embajador comercial de Nauplia! ¡Les ordeno que bajen las armas! —gritó Diomedes, estaba furioso.
—¿No entendió el mensaje, mi rey? —preguntó Éax, y Diomedes lo miró fijamente—. Sin Palamedes, ahora yo soy el príncipe de Nauplia, y he decretado que hasta que Odiseo e Ítaca sean castigados, ya no existen lazos comerciales o de amistad entre Nauplia, y cualquier reino que tenga algo que ver con Argos —sentenció, y Éax entonces se dirigió a Agamenón—. 80 barcos zarparon de Nauplia y de sus tierras aliadas, a acompañar a Diomedes en su empresa, por los lazos de amistad solamente. Ningún Nauplio prestó juramento, ningún Nauplio debe lealtad a Esparta, y por consecuencia, ningún Nauplio permanecerá en Troya… nos vamos… —finalizó Éax, y Agamenón suspiró.
—Tienen mi permiso de irse… —reverenció—. Lucharon y murieron con nosotros, solo por Diomedes… que Poseidón les dé mares en calma a su regreso a casa —finalizó Agamenón, mirando a Poseidón a su lado, quien asintió a los comentarios del Rey Supremo. Éax reverenció, y se retiró—. Bienvenido seas, Diomedes… aunque has regresados en tiempos oscuros… pero pese a las palabras de Éax, Odiseo nada tiene que ver con… —intentó decir.
—Mi señor… no es de usted de quien necesito escuchar esta explicación… —enunció Diomedes, y Agamenón guardó silencio, y asintió, retirándose mientras un furioso Diomedes miraba a Odiseo con tal desprecio, que hasta Anficlas se hizo a un lado y lo dejó pasar, mientras Diomedes tomaba a Odiseo del cuello, y lo forzaba a encararlo—. No quiero explicaciones… solo dime… bajo juramento a Athena… si la muerte de Palamedes es o no es tu culpa. ¡Quiero la verdad, Odiseo! —le recriminó, y mientras lo hacía, Odiseo notó a Shana allí parada, a escasos metros de ambos, con el corazón en pena.
—Te ofrezco mi vida en compensación… —ofreció Odiseo, y Diomedes se mordió los labios con ira—. Haré cualquier cosa por merecer tu perdón —suplicó, y en respuesta, Diomedes comenzó a estrujarle el cuello, forzándolo a arrodillarse en la arena. Shana intentó ir a separarlos, pero nuevamente encontró a Poseidón interponiéndose en su camino, mientras Diomedes liberaba toda su ira, y Odiseo comenzaba a sangrar por nariz y boca—. Diomedes… —intentó decir Odiseo.
—Descuida… no vales la pena… —respondió Diomedes, lanzando a Odiseo al suelo—. A un verdadero hombre le abría cortado la garganta… pero tú no eres un hombre… solo eres un cobarde… —finalizó Diomedes, hiriendo a Odiseo profundamente—. Jamás vuelvas a llamarme tu amigo, ¿lo has entendido? No eres más mi hermano… —terminó de decir, y comenzó a retirarse, dejando a Odiseo en la arena, y lamentándose.
—Dio-Diomedes… —intentó decir Anficlas, pero Diomedes la ignoró—. Espera, Diomedes. ¿Estás hablando enserio? Odiseo es… —intentó decir Anficlas, ganándose una mirada vacía y de repudio por parte de Diomedes, una mirada que Anficlas conocía bien. La mirada de alguien que odiaba profundamente y sin consuelo—. Será después… —terminó Anficlas, y permitió a Diomedes retirarse, aunque no tardó en ir tras él.
Shana entonces se quedó allí, junto a Poseidón, y mirando a Odiseo, quien no era más que una sombra del hombre que alguna vez fue. Quería hablar con él, consolarlo, quería ir tras Diomedes también y llorar a su lado. Pero en su lugar se mantuvo pensativa, y mirando en la dirección a donde las explosiones de cosmos revelaban a otro de sus favoritos, quien había intentado abrirle los ojos, y por quien Shana sentía que tenía un deber como diosa.
—¡Tigre Descendente de Pelión! —gritaba Aquiles, lanzando sus puñetazos contra Pentesilea, quien los evadía con la misma gracia y elegancia de la que Aquiles era capaz. Tan veloz había sido el combate entre ambos que sin importar que los Mirmidones liderados por Patroclo y por Fénix quisieran acercarse, estos solo podían ver, sin poder hacer nada más, el como la Amazona y el Pélida se perseguían el uno a la otra intentando golpearse, pero siendo incapaces de doblegarse el uno a la otra, aunque Aquiles se sentía humillado de todas formas—. Me estás fastidiando —enunció Aquiles con molestia.
—Y tú tienes un rostro tan femenino que podría tomarte como a mi esclavo —le respondió Pentesilea, molestando a Aquiles, y ambos se separaron y respiraron pesadamente, intentando ganar bocanadas de aire tras tan tremendo combate—. Nada me gustaría más que matarte aquí y ahora, Aquiles. Te he observado desde que inició esta absurda guerra, desde Temiscira, invisible para los ojos de los mortales a no ser que sea Artemisa quien quiera que se muestre. Por 2 años he deseado combatirte y asesinarte, pero Artemisa solo me permitió una prueba de tu poder. No es el momento de que las Amazonas entremos a la Guerra de Troya, solo estamos aquí para cortarles el paso por el mar —aseguró.
—¿Significa eso que solo te enfrentas a mí porque querías medir tus fuerzas conmigo? —se molestó Aquiles, y guardó sus armas, sorprendiendo a Pentesilea—. Que pérdida de tiempo. No hay gloria en enfrentar a un oponente si no es a muerte. Para prácticas de batalla tengo al imbécil de Patroclo —enunció Aquiles con molestia.
—Este imbécil se hizo cargo de tus Mirmidones mientras dormías, princesita —se quejó Patroclo, pero Aquiles lo ignoró—. No estás recuperado, te veo combatir y te veo hacer muecas de dolor. Necesitas descansar —aseguró.
—Héctor no ha descansado ni un solo día, y a partir de ahora, yo tampoco —fue la respuesta de Aquiles, quien entonces sintió el cosmos de Pentesilea incinerarse, y siendo apuntado en su dirección—. No me hagas perder mi tiempo —agregó Aquiles.
—Qué curioso que menciones el tiempo, porque el tiempo que Artemisa me permitió combatirte se termina, y aún no he reclamado mi victoria —le comentó Pentesilea con una sonrisa—. Te propongo algo, Aquiles. Un solo embiste, con todas nuestras fuerzas. Si ganas, ante la ley de las Amazonas me entregaré a ti como tu amante —aseguró, y Aquiles la miró de reojo, con una mezcla de incredulidad y molestia—. Si yo gano, tus Mirmidones se mantendrán fuera de los territorios Troyanos… digamos… por 2 años… —se burló.
—¿Y por qué accedería a semejante tontería? —enfureció Aquiles, mirando a Pentesilea con desprecio—. Lamento decirte que ya hay una mujer a la que amo, así que no tengo nada que ganar de esto —sentenció.
—Entonces no te molestará que te vea como a un cobarde, ¿verdad? —se burló Pentesilea, molestando a Aquiles en gran medida, quien sacó su espada—. ¿Tengo tu palabra entonces? ¡Fuera de los territorios Troyanos por 2 años! —exclamó.
—Aquiles… —se molestó Fénix, y Aquiles lo miró de reojo—. No hagas una tontería. Debes traer gloria en la Guerra de Troya, no entregarte a las artimañas de una mujer —enunció Fénix.
—Lo dices como si pudiera vencerme —se burló Aquiles, y Fénix se cruzó de brazos, aunque se mordió los labios en señal de preocupación—. Prepárate a ser mi calienta camas personal, Pentesilea, aunque lamento decirte que no voy a amarte, solo a usarte para mi placer mortal —se burló.
—Eso está por verse —prosiguió Pentesilea, preparando su hacha. Ambos elevaron sus respectivos cosmos, y se miraron fijamente. La tierra temblaba con la intensidad del poder de ambos, pero ninguno se movía. Se analizaban, se estudiaban. Pentesilea fue la primera en moverse, y en ese momento Aquiles pensó que tenía la victoria, más la velocidad de la Amazona superó la suya, y el hacha de Pentesilea se clavó en su pecho, sorprendiendo al Mirmidón—. Yo gano… —susurró Pentesilea, pateó a Aquiles al suelo, y la sangre negra emanó nuevamente, preocupando a Fénix, quien fue en su auxilio—. 2 años… Aquiles… —fue la respuesta de Pentesilea cuando vio a Aquiles ponerse de pie con su espada en mano pese a la herida—. Si no cumples… sabré que eres un hombre cobarde… aunque por ser hombre de todas formas ya eres basura para mí… —se acomodó su hacha Pentesilea, y caminó tranquilamente en dirección al palacio Troyano, mientras un furioso Aquiles la miraba retirarse mientras se mordía los labios.
—No vamos a salir de Troya por 2 años, ¿verdad? —se preguntó Patroclo, y un furioso Aquiles lo ignoró y se retiró sumamente molesto—. ¿Verdad? —preguntó Patroclo a Fénix, quien suspiró en señal de molestia—. ¿Verdad? —preguntó a quien fuera, pero nadie le respondió.
Décima ciudadela, Ilión. Sala del consejo Troyano.
—Todo está saliendo mejor de lo que me había imaginado —habló Creúsa con orgullo, mirando dentro de varias esferas de vientos rosados, a los 80 navíos de Nauplia regresando a casa. Veía también a Temiscira en medio del mar y justo detrás del campamento Aqueo, a Aquiles refunfuñando y dándole órdenes a los Mirmidones de dejar tierras Troyanas por 2 años, y a Diomedes y Odiseo destrozados en sus respectivos corazones—. ¿Ven cómo se usa el poder de los Daimones? El pánico y el terror obligan a los mortales a actuar imprudentemente. Pequeñas discusiones de nada sirven, el verdadero móvil de los mortales es el miedo. Miedo a ser remplazado por un enemigo ante los ojos de tu mejor amigo, miedo a que las masacres continúen por las sádicas ordenes de un genio militar, miedo a que una diosa de paz se transforme en una diosa belicosa, y miedo a que tarde o temprano seas atrapado por una flecha perdida, y no vuelvas a ver jamás a tu amada esposa y a tu hijo. Odiseo es un ser lleno de miedo, y con el incentivo correcto, fácilmente manipulable —terminó de decir, mientras los Daimones intercambiaban miradas de incredulidad—. ¡Y ahora que las Amazonas están de nuestro lado, Eneas volverá a hacerme cariñitos! ¡Ojojojo! —se rio con fuerza, más entonces recordó la presencia de Artemisa—. No es como que sepas qué se siente, claro… guardiana de las vírgenes… —se apenó Creúsa.
—Las Amazonas no irán a la guerra —comentó Artemisa, y Creúsa parpadeó un par de veces ante la mención—. Accedí a levantar Temiscira y mantener a los Aqueos fuera de los mares para que así no puedan abastecerse… pero los Aqueos no son mis enemigos, me han rendido tributo, solo mantengo a Temiscira en su lugar. Y Pentesilea solo combatió a Aquiles por su deseo propio y porque me lo pidió, no porque sea su instrucción involucrarse con los Aqueos —aclaró.
—¿Qué dices? —enfureció Creúsa, y miró a Enio, quien palideció al sentir la ira de Afrodita respaldando el cosmos de Creúsa—. ¡Me dijiste que Hades te pidió involucrar a las Amazonas! —enfureció.
—Así fue —escucharon todos la voz de Paris, quien llegaba con una agotada Helena, realmente Perséfone, quien estaba nuevamente embarazada—. Pero más importante que las Amazonas, mi verdadero deseo era tener a Artemisa de mí lado en esta guerra —aseguró Paris con una sonrisa, caminando en dirección a la diosa de la Luna y mirándola fijamente—. Artemisa —reverenció.
—No quiero —respondió Artemisa de forma infantil, sobresaltando a Paris, quien no se esperaba una respuesta de ese tipo—. Castigar a Diomedes, puedo hacerlo, y puedo aceptarlo. Pero, ¿por qué habría de ayudarte? —preguntó Artemisa con desdén.
—Artemisa, Artemisa —continuó Paris de forma arrogante—. Tienes toda la razón, ¿por qué ayudarme a mí, Hades, a derrotar a Athena en mi guerra eterna? Convencer a Ares es simple, siempre que sea hacer la guerra contra Athena, Ares estará interesado. ¿Afrodita? Siempre que esté Ares involucrado, Afrodita está también —aclaró, y Creúsa asintió.
—Aunque mi cariñito está sellado en el Rio Escamandro —se susurró a sí misma—. Y desde que conocí a Eneas hay más razones para mí para estar en esta guerra que Ares solamente —aclaró Creúsa en ese momento.
—¿Y piensas que yo voy a estar en esta guerra de tu lado solo porque mi campeón le juró lealtad a Athena e irrespetó la maldición que le puso Apolo? —preguntó Artemisa, y Paris sonrió—. No lo haré —volvió a decir ella.
—Artemisa, no creerías que solo te llamaría para castigar a Diomedes, ¿o sí? —preguntó Paris, y Artemisa se cruzó de brazos en señal de molestia—. Déjame mostrarte… quien más está de nuestro lado —presentó Paris, y una inmensa luz y un relámpago se hicieron presentes en la sala del trono, asustando a Artemisa mientras un ser de luz y electricidad, violenta e impasible, la miraba fijamente. Un ser tan poderoso, que era imposible siquiera que usase un contenedor, ya que no habría mortal capaz de soportar tanto poder.
—¿Zeus? —se impresionó Artemisa, mientras los ojos de relámpago de Zeus la miraban fijamente, aunque momentáneamente, pues tan rápido como Zeus se hizo presente, el rey de los dioses desapareció—. ¿Zeus? ¿Por qué Zeus está del lado de los Troyanos? ¡Athena está del lado de los Aqueos! ¡No debería Zeus…! —se impresionó Artemisa.
—La estirpe de Príamo es muy importante para Zeus, además de que Zeus piensa que la causa de Menelao es injusta —aclaró Paris, sintiéndose orgulloso—. Pero lo de Zeus no es un rol activo, nunca lo es. Mi hermano simplemente prefiere verme a mí triunfar sobre Poseidón a quien desprecia, incluya esto derrotar a Athena o no, es algo que no le interesa. Zeus solo quiere que yo destruya a Poseidón —aclaró Paris, y Artemisa le asintió, consternada—. Y es aquí donde te pregunto, Artemisa. ¿No querías ser tú la favorita de Zeus? —preguntó Paris con malicia.
—¡Soy la favorita de Zeus! —enunció ella, furiosa—. Cuando tenía 3 años le pedí a mi padre que me concediera 9 deseos, y él con mucho gusto me los concedió —agregó con orgullo, y tanto Paris como Creúsa intercambiaron miradas, sorprendidos por lo infantil de Artemisa—. Tener miles de nombres para diferenciarme de Apolo, y así nacieron las fases de la Luna —enumero, y continuó—. Poder dar luz a los mortales aún en la noche, así nació la luz nocturna de la Luna —prosiguió ella con orgullo—. Tener el mejor arco y flecha para poder cazar, y una túnica que me llegara a los pies y me hiciese invisible ante mis presas —enunció los deseo respectivamente—. Tener a 70 hijas de Okéanos, todas de 9 años, para que fueran mi coro —continuó ella.
—Lo que me hizo trabajar mucho a mí contaminando a Okéanos de una inmensa lujuria —susurró Creúsa, y Paris comprendió la absurda petición de Artemisa que desencadenó una lujuria muy problemática en Okéanos hace mucho tiempo.
—También pedí 20 ninfas para que cuidaran de mis perritos, y de mi arco y mis flechas cuando descansara, aunque no recuerdo si todas tenían 9 años —se preguntó Artemisa, lo que molestó a Paris.
—El de 3 cabezas no te gustó y me lo dejaste para cuidarlo, lo recuerdo —se molestó Paris, recordando a Cerberos, uno de los canes que Artemisa cuidó cuando era cachorro, y a quien desechó cuando creció.
—Y como no soy egoísta… —prosiguió ignorando a Paris, lo que lo molestó—. Pedí gobernar sobre las montañas y no tener una ciudad como la mocosa de Athena —prosiguió Artemisa, y Paris de inmediato intentó regresar al tema del favoritismo de Zeus que siempre se disputaban Artemisa y Athena, pero Artemisa estaba muy adentrada en su plática—. También pedí ayudar a las mujeres con sus dolores de parto —aseguró.
—¡Lo que no haces bien! —enfureció Creúsa, recortando al bebé que llevaba en el vientre y que este estaba muy próximo a nacer—. Pero, ¿cómo vas a saberlo si nunca has tenido un hijo? Yo sí voy a tener un parto humano y sí me va a doler —le enunció en señal de molestia, pero Artemisa la ignoró.
—Y por supuesto, tanto mis 70 coristas, y mis 20 ninfas, así como yo, seríamos liberadas de nuestra lujuria para ser siempre vírgenes y puras —finalizó Artemisa con orgullo, y esta vez Creúsa estalló en tal rabia, que sobresaltó a Artemisa.
—¿Dónde crees que Zeus colocó toda esa lujuria? ¡Y luego me preguntan por qué soy como soy! —enfureció Afrodita—. ¡No solo la de Artemisa! ¡También tengo la de Athena! ¡Yo soy la mártir aquí! Por cada señorita pureza, ¿quién creen que tiene que compensar? —se molestó.
—Silencio, Afrodita —continuó Paris—. Yo no pongo en duda el que seas la favorita de Zeus, Artemisa. ¿Pero no estaría más complacido Zeus si me ayudas a derrotar a su hija Athena, y a Poseidón? —le preguntó, y Artemisa lo pensó—. Además, no tienes que llevar a tus Amazonas a la guerra si no quieres, solo debes hacerme un diminuto favor en esta guerra, y habrás ayudado a mi causa, y enorgullecido a Zeus —insistió Hades.
—Bueno… supongo que no tengo mucho cariño por Athena… —prosiguió Artemisa nerviosamente—. Y si no involucra en poner en riesgo a mis Amazonas… supongo que… podría cooperar. ¿Qué tengo que hacer? —preguntó.
—Que tus Amazonas hundan cualquier navío Aqueo que vean, pero permitan a los navíos Troyanos navegar —fue la primera petición de Hades, y Artemisa asintió—. Que las mareas jamás beneficien a los Aqueos, y no puedan pescar —fue la segunda petición de Hades, y Artemisa nuevamente asintió—. Que se castiguen a los Aqueos por cada insulto a los juramentos de castidad —prosiguió.
—Eso no tienes ni que decírmelo… puedo defender mis propios juramentos yo misma —aseguró Artemisa, y Hades sonrió, sabiendo que tras apelar a los juramentos de Artemisa, la diosa de la Luna y de la Virginidad sería más accesible—. ¿Qué más quieres de mí? —preguntó.
—Encontrar a Apolo —finalizó, y Artemisa se impresionó—. Apolo odia a Zeus, y cuando Zeus se alió a mi causa, Apolo abandonó esta guerra. Además de que Apolo no pretendía participar en una guerra en contra de Artemisa —continuó Paris, paseándose por la sala del trono—. Pero Casandra, antes de partir, hizo varias predicciones. Una de ellas decía, que si los 4 caballos de Apolo participan en la guerra de Troya, los Aqueos serán derrotados. No entendí a qué se refería, hasta que los Daimones siguieron a Odiseo a Tracia, y Reso le hizo la confesión de que esos 4 caballos eran los 4 Glories del carruaje de Apolo. Quiero esas Glories… y quiero a Apolo de nuestro lado. Tú eres su hermana, y sé que tú sabes cómo encontrarlo. Convence a Apolo de unirse a nosotros… y habremos ganado esta guerra —aseguró Paris, y Artemisa lo pensó.
—Haré lo que pueda —accedió ella, y comenzó a retirarse, pero Creúsa se posó en su camino—. ¿Disculpa? Me estás acortando el camino, hazte a un lado por favor —enunció Artemisa al ver a Creúsa con una sonrisa llena de malicia.
—¿No te estás olvidando de algo, Artemisa? —posó Creúsa, y apuntó a Paris, a Helena, y a sí misma—. Si vas a participar en esta guerra, necesitas un cuerpo anfitrión —sonrió Creúsa con malicia, preocupando a Artemisa—. De esos a los que yo les causo cosquillas ya sabes dónde, diosa virgen —se burló Afrodita.
—¡No voy a usar un contenedor! —se defendió Artemisa, y entonces Paris tronó los dedos, y Fryodor de Mandrágora, su torturador de prisioneros, trajo ante Artemisa el cuerpo malherido de una de las hijas de Príamo, a quien Artemisa vio con preocupación, mientras la débil mujer de cabellera dorada y ojos azules la miraba con miedo—. ¡Al menos podrían decirle a Hefestos que me fabricara un contenedor en lugar de usar un cuerpo mortal! —se estremeció.
—Mi marido está del lado de los Aqueos, ahora entra —ordenó Creúsa, y una molesta Artemisa suspiró en señal de derrota, y su cosmos se unió al de la hija de Príamo, quien perdió su propia identidad mientras el alma de Artemisa entraba por su boca, reemplazando a su alma para dar lugar a una entidad nueva que era cuerpo de mortal, y alma de diosa—. Pero si te ves horrible, cuñada mía —se burló Creúsa, y Artemisa la miró con desdén desde el interior de su nuevo cuerpo—. Ahora tu nombre es Ilíona. Por cierto, estás casada con un rey de Tracia, quien te informo que es demasiado devoto a mí —se burló Creúsa.
—¡Me metiste a un cuerpo no virgen! —enfureció Ilíona, y Creúsa se burló de las desdichas de Artemisa—. Jamás en mi vida… me había sentido tan insultada. ¡Exijo me den otro cuerpo! —exigió en su furia Ilíona.
—Ya no quedan hijas de Príamo que utilizar —comentó Paris, e Ilíona lloró al saber que tendría que arreglárselas para no complacer a un marido que aparentemente ya tenía—. Además, como esposa de Poliméstor, rey de los Bistones de Tracia, quienes ya fueron insultados por la conquista de Eyón gracias a Palamedes, te encargarás de unir a los pueblos de Tracia en un solo ejército —aseguró Paris.
—Pero si solo iba a ayudarte a encontrar a Apolo —sentenció Ilíona con ojos llorosos—. Esto no era parte del plan, Hades —se estremeció Ilíona, y sorbió por la nariz—. Ya no quiero hacer esto —aseguró ella, y entonces notó que algo le caía de la nariz—. ¿Qué es esto? —pregunto.
—Los mortales los llaman… mocos… —agregó Creúsa sombríamente, disfrutando todo lo que ocurría—. ¡Olvidaba que es tu primera vez en un cuerpo mortal! Tal vez deba juguetear con tus deseos mortales, después de todo, soy la diosa de las entrepiernas —se burló Creúsa, haciendo a Ilíona llorar en señal de preocupación—. Por cierto, tienes un hijo que no es tu hijo, es tu hermano pero lo tratas como tu hijo —comentó Creúsa, e Ilíona se preocupó aún más—. Y a tu hermano, que no es tu hermano sino que es tu hijo, lo tratas como a un hermano. Por favor date prisa en memorizarlo todo y entenderlo —se burló ella.
—¿Por qué? —preguntó Ilíona contrariada, sumando sus reacciones a la alegría de Creúsa, quien se doblaba de la risa—. ¿Por qué Ilíona trataría a su hermano como a su hijo y a su hijo como a su hermano? ¡No entiendo! —se preocupó Ilíona.
—Ahora tú eres Ilíona y tendrás que averiguarlo —le espetó Paris, e Ilíona continuó llorando—. Y sobre unir a los pueblos Tracios. En Tracia se venera a Apolo. Cuando vea que una hija de Príamo reúne a su pueblo bajo el estandarte de Troya, seguramente saldrá a cuestionarte. Trata de ser lo más convincente posible —finalizó Paris, tomando a Helena de la cintura—. Ahora, si me disculpan, voy a hacer más pequeños Paris, deberías intentarlo, tu cuerpo no es virgen después de todo —sonrió Paris y se retiró.
—¡No significa que vaya a entregarme a los inmundos placeres de los mortales! —enfureció Ilíona, notando la risa malévola de Creúsa, quien de seguro se aprovecharía de la situación, y entonces Ilíona se arrodilló y continuó llorando—. Papi Zeus, Hades y Afrodita me están molestando —se quejó sonoramente Ilíona, pero nadie estaba allí para atenderla.
Playa de Troya. Costas de Temiscira.
—¡Escudos! —gritó Odiseo, y los hombres de Ítaca inmediatamente subieron sus escudos, defendiéndose de la lluvia de flechas que lanzaban las Amazonas desde las costas y acantilados de Temiscira, a la que Odiseo había sido enviado a investigar, o mejor dicho, se había autoimpuesto la tarea de investigar para de esa forma evitar verse con Diomedes a toda costa—. ¡Mantengan la línea! —ordenaba Odiseo, pero eran demasiadas flechas, y algunos de sus hombres comenzaron a sucumbir bajo el fuego de las mismas—. ¡Retirada! —ordenó Odiseo, y los remeros comenzaron a alejar los barcos de las flechas y a retirarse de camino a la costa, donde Odiseo notó a Diomedes mirándolo desde la orilla, con Anficlas a escasos metros de donde él estaba.
—Esas flechas… recorren una distancia inclusive superior a la de cualquier arquero Ítaquense —dedujo Anficlas con tan solo ver la distancia que recorrían las flechas desde la lejanía—. No sé si es por el material de la cuerda o de la flecha, o si se trata de la fuerza de tiro de las Amazonas. Pero jamás había visto a ningún arquero lanzar tan lejos —concluyó, y entonces notó que Diomedes no le estaba poniendo atención, y que tan solo miraba a Odiseo a la distancia—. Umm… oh, creo que vi a Lodis por allí, tal vez vaya y le diga que me haga el amor como la amorosa esposa que es, después de todo es su deber a con su marido, que soy yo —agregó Anficlas a manera de burla, pero Diomedes nuevamente no reaccionó—. ¡Ya estuvo! —gritó entonces, tomó a Diomedes del brazo, y lo azotó contra la arena con fuerza, a momento que Shana llegaba, tras haberse escabullido de su tío Poseidón, para poder hablar con Diomedes a solas, solo que no se esperaba ver a Anficlas, a quien no le habían presentado.
—¿Qué te pasa? —se quejó Diomedes, mirando a la furiosa de Anficlas desde el suelo, quien estaba cruzada de brazos y pateaba a Diomedes al suelo para que le prestara toda su atención—. ¿Por qué me golpeas así? —se quejó nuevamente.
—Primero… llegamos a Troya y no dices ni una sola palabra tras casi asesinar a quien días antes me decías era tu hermano juramentado —enunció Anficlas, preocupando a Diomedes—. Segundo… no das órdenes a tus hombres, quienes no supieron si montar campamento o no, además de que sin decir nada permitieron a los Nauplios, a quienes tú comandabas, irse de Troya, cortando los números Aqueos por 80 barcos. ¡80! ¡Son casi 800 soldados! —prosiguió en su rabieta Anficlas—. Tercero… una vez la tienda estuvo construida, te vas directo a dormir sin explicarme nada a mí, que te guste o no soy tu mujer, quien te recuerdo no tiene absolutamente a nadie con quien conversar además de ti, ya que Lodis tiene un resfriado por el chapuzón de anoche. Me levanto, actuando como la concubina preocupada, e intento hacer conversación, y tú solo vienes a la playa a observar a Odiseo con tu mirada perdida y sin decir una sola palabra. ¡Soy tu concubina ahora por violación! ¡Y dijiste que te harías responsable del bebé que llevo dentro! —le apuntó Anficlas, pero antes de que Diomedes pudiera responderle, el de cabellera escarlata se horrorizó.
—¿Concubina? ¿Violación? ¿Bebé? —se estremeció Shana, tambaleándose por la enorme cantidad de información, y tanto Anficlas como Diomedes se preocuparon cuando la vieron colapsar—. De la Athena de ayer a la Athena de mañana… estoy lista para entregar la batuta —se dijo a sí misma Shana, y Anficlas apuntó con incredulidad a la mujer en el suelo.
—Oh, ella es Shana, mi hija adoptiva y reencarnación de la diosa Atenea, la diosa de la Sabiduría en la Guerra. Shana, ella es tu nueva madrastra, Anficlas, llévense bien por favor —hizo las presentaciones Diomedes, y ambas se miraron la una a la otra.
—¿Madrastra? —enunció Shana en una mezcla de sorpresa y rabieta—. ¿Cómo que madrastra? ¡No se supone que tengas concubinas! ¡Estás casado! ¡Yo misma presencié tu boda! ¿Y qué es eso de que embarazaste a tu concubina? —enfureció.
—¿Adoptaste a la diosa de la Sabiduría en la Guerra? ¿Esta mocosa es la diosa de la Sabiduría en la Guerra? ¿Soy la madrastra de la diosa de la Sabiduría en la Guerra? —se preguntó Anficlas, palideciendo por la noticia—. ¿Qué parte de nunca he tenido una familia convencional no entendiste? ¿Madrastra de una diosa? ¡Además, se ve que es mayor que yo! ¿Cómo voy a ser su madrastra? ¿Y qué es eso de que la diosa Athena fue a tu boda? —insistió Anficlas, más entonces tanto ella como Shana miraron a Diomedes, y notaron que aún estaba abatido—. ¿Diomedes? —comenzó Anficlas, y bajó la mirada—. Perdón por azotarte —comentó Anficlas contrariada, y entonces miró a Shana—. ¿Y ahora? —preguntó.
—No tengo la menor idea… —confesó Shana, y entonces le miró al vientre—. ¿De verdad estás…? Tú sabes… —apuntó Shana en señal de incredulidad, y con el rostro ruborizado por tener que hacer semejante pregunta.
—Pues si no lo estaba cuando me violó, definitivamente ya lo estoy por los intentos diarios —confesó, sobresaltando a Shana por el descarado comentario—. Además no he tenido mi Luna de Sangre —aclaró Anficlas, y Shana no sabía cómo recibir semejantes noticias, pero concentrándose en la parte más importante, encaró a Diomedes.
—¿La violaste? —gritó Shana, despertando a Diomedes nuevamente de su trance—. ¿Cómo puedes estar así de consternado por las acciones de Odiseo si tú eres igualmente un monstruo? —se quejó Shana con lágrimas en los ojos, y aquello devastó a Diomedes, quien bajó la mirada dolido por lo que acababa de escuchar.
—Diosa Athena… tranquila… él se está haciendo responsable… —intentó calmar las aguas Anficlas, y entonces se arrodilló junto a un Diomedes sentado en la arena y deprimido—. Estoy segura de que Odiseo se está haciendo responsable también, ¿no cuenta eso? —preguntó Anficlas, y Diomedes lo pensó.
—No sé qué pensar… —fue la respuesta de Diomedes, y tanto Shana como Anficlas lo miraron con preocupación, e incluso Shana se sentó al otro lado de Diomedes—. Palamedes… era mi amigo también. Sé que Odiseo y él se odiaban pero jamás creí… quiero perdonarlo pero no sé cómo —prosiguió Diomedes, mirando a Odiseo desembarcando—. Jamás podrá volver a ser igual que antes —concluyó Diomedes, ignorando a Odiseo, quien simplemente bajó la cabeza y siguió con su camino.
—Lo que hizo Odiseo… fue horrible… —comenzó Shana, y Anficlas hizo una mueca, no sabiendo de qué se trataba—. Odiseo inculpó a Palamedes de alta traición, y fue condenado a muerte por empedramiento —le explicó Shana, y Diomedes se puso de pie inmediatamente, y comenzó a alejarse de ambas—. ¡Tenías que saberlo! —enunció Shana, siguiendo a Diomedes.
—¿Intentas decirme que Odiseo quería que el castigo de Palamedes fuera la muerte? ¡Gracias por hacerme sentir aún peor! ¡Mi hermano conspiró en la muerte de un amigo muy allegado de mí! —prosiguió Diomedes en su rabieta.
—Tu hermano de cosmos hizo lo que tenía que hacer por evitar más masacres —escuchó Diomedes a Menelao, a quien Diomedes miró fijamente y con desdén—. No consiento la muerte de Palamedes pero estaba fuera de control. Muchos estaban muriendo, pueblos enteros fueron saqueados, algunos neutrales, solo por víveres —explicó Menelao.
—¡Estamos en guerra! ¡Saquear otros reinos es una necesidad! —fue la respuesta de Diomedes, y Anficlas lo miró con desdén—. ¡No lo niegues! ¡Era necesario! —le apuntó Diomedes con molestia, y Menelao la observó con curiosidad.
—Hola, mucho gusto. Anficlas, anteriormente Ethon de Ethon, Estrella Terrestre del Talento, Rey de Chipre, ahora concubina de Diomedes por derecho de esclavitud —se presentó Anficlas, y Menelao hizo una mueca—. Sí, dije rey, por años me hice pasar por hombre y como el hijo adoptivo de Héctor, soy Troyana por cierto, una bastarda, y tengo una esposa, Lodis —finalizó.
—¿Rey? ¿Esposa? ¿Tengo 2 madrastras? Espera, con Egialea son 3 —se perturbó nuevamente Shana, y Anficlas asintió nuevamente—. ¿Hijastra de Héctor? —y Anficlas volvió a asentir—. ¡Eso hace a toda la familia de Príamo mi familia! —se horrorizó.
—Eso no es importante de momento, mi señora —le explicó Menelao, y Shana intentó mantener la concentración—. Diomedes, si tan solo me escucharas por unos instantes. Entiendo tu molestia, pero si supieras lo que yo sé. Palamedes quería conspirar para que Argos fuera a la guerra contra Micenas —intentó explicarle.
—Y yo estoy pintado, ¿verdad? —se fastidió Diomedes, y Menelao suspiró en preocupación—. No solo me consterna el hecho de que sepas esto, que no sé si sea cierto o no, pero yo soy el rey de Argos, de Tebas por derecho de conquista, y de Calidón por derecho de herencia, y aún si Palamedes colocaba dicha proposición sobre mi mesa, quien decide el destino de Argos, de Tebas, y de Calidón, soy yo —se apuntó Diomedes, y Menelao intentó refutar—. Además, si yo quisiera aplasto a Micenas y a Esparta, no necesito a Palamedes para decirme que puedo o no hacerlo —recriminó.
—¿Debo preocuparme por esa respuesta? —preguntó Menelao entonces, a lo que Diomedes respondió apuntándole al cuello con su lanza—. ¡Diomedes! ¡Escucha a la razón! —intentó convencerlo Menelao nuevamente.
—No, tú escúchame a mí, Menelao —prosiguió Diomedes violentamente—. En estos momentos no sé en quien puedo y en quien no puedo confiar. Estoy herido profundamente, y sea o no sea cierto lo que dices sobre Palamedes, él era mi amigo, y nadie puede devolvérmelo —aseguró.
—¡Odiseo también es tu amigo! —le gritó Menelao, pero Diomedes lo ignoró mientras entraba en su tienda—. ¡Comprendo tu descontento! ¡Pero Odiseo hizo lo que debía hacerse para salvar esta empresa de las masacres actuales! —insistió.
—¿Eso piensas? —regresó Diomedes—. ¿Por qué no le dices a Agamenón lo que me acabas de decir a mí? ¿No será que es porque eres igual de culpable por encubrimiento? ¡Vaya realidad! ¡Los reyes decidiendo lo que es mejor para la empresa! —se burló Diomedes.
—¡Lo dice el Epígono que ordenó masacrar a toda la ciudad de Tebas cuando esta ya estaba rendida y por eso fue maldito por Apolo! —sentenció Menelao, y entonces pasó algo que nadie se esperaba. Diomedes tomó a Menelao del rostro y lo azotó con fuerza contra la arena—. ¡Diomedes! —gritó Menelao desde el suelo, no pudiéndose quitar a Diomedes de encima.
—Sí… es verdad… yo soy igual o más despiadado que todos ustedes… —sentenció Diomedes, quien entonces se vio rodeado de lanzas de todos los Aqueos que presenciaron su ataque sobre Menelao—. ¡Masacré a toda una ciudad! ¡Niños, mujeres, ancianos! ¡Todo porque asesinaron a mi padre, Tideo! ¡Quien resultó ser un caníbal! ¿Cuántas más piedras debo cargar para que los dioses me perdonen? ¡No lo sé! ¡No puedo cambiar el pasado pero puedo cambiar mi futuro! —enfureció Diomedes.
—Entonces Odiseo tiene el mismo derecho… —comentó Anficlas, y Diomedes la observó con detenimiento, y soltó la cabeza de Menelao, quien tras recuperarse, hizo una seña a sus hombres para que se retiraran. Diomedes entonces miró a Anficlas fijamente—. Yo te veo… y no veo a un asesino despiadado. Veo a un hombre que cometió errores, y que vive para enmendarlos. ¿Acaso no es por eso que tu pueblo te ama? Tanto… como para mantener sus lanzas en contra de las espaldas de todos los soldados Aqueos —reveló Anficlas, y Diomedes entonces notó las armaduras doradas de los Calidonios, las negras de Argos, y las rojas de Tebas, todas adornando a sus respectivos pueblos, y a sus soldados saliendo a la protección de su rey—. Tebanos… —prosiguió Anficlas—. Frente a ustedes está el Epígono que masacró a su pueblo… aun así, ¿mantendrían sus armas alzadas? —preguntó Anficlas, y ni un solo Tebano bajó las armas—. Eso pensé… —se acercó Anficlas a Diomedes—. Diomedes es una persona buena, capaz de hacer que su pueblo, y una víctima de violación, lo amen. ¿Por qué solo tú tienes ese derecho? ¿No se merece Odiseo la oportunidad de ganarse tu perdón? —volvió a preguntar, y Diomedes lo pensó—. Antes de que digas cualquier cosa… no estoy diciendo que Odiseo no se merezca una paliza —aclaró, mirando a Odiseo entre la multitud—. Pero puedes perdonarlo… —continuó, y Diomedes miró a Odiseo entre el público.
—Va a tomarme mucho tiempo… —lo miró Diomedes, y Odiseo se acercó—. Me heriste… muy profundo… jamás me había sentido tan lastimado… —y Odiseo asintió, manteniendo su silencio—. Ya pensaré en cómo vas a enmendarte —finalizó Diomedes, se dio la media vuelta, y regresó a su tienda, Odiseo entonces hizo una reverencia, y la mantuvo, hasta que la multitud comenzó a dispersarse. Menelao también reverenció, y se retiró de igual manera, dejando a un Odiseo perturbado, y arrepentido, enfrente de la tienda de Diomedes. Tras unos instantes sin embargo, se dio la media vuelta, y encaró a Anficlas.
—Yo… —intentó decir Odiseo, pero Anficlas lo había tomado del brazo, y lo había azotado con fuerza en la arena, sorprendiendo al Caballero de Plata, ya que no sentía un cosmos en Anficlas y aun así ella lo derribó—. ¿Qué te pasa? —se quejó Odiseo, mirando a Anficlas.
—Haz silencio, perro… —insultó, y Odiseo se puso nervioso—. No te volverás a acercar a Diomedes, hasta que sea él quien te pide que te acerques. ¿Lo has entendido? De ahora en adelante eres un perro cuyo amo está enojado porque has mordido su mano. Hasta encontrar su perdón… a chillar fuera de mi vista… —le ordenó Anficlas, y Odiseo se mordió los labios, asintió, y se retiró—. Las cosas que hago por el imbécil de Diomedes —se ruborizó, y entonces notó a Shana, aun viéndola con sorpresa—. ¿Tú qué? Diosa o no, no te soy devota —le preguntó.
—No… es solo que… jamás había conocido a una mujer tan violenta… —le mencionó, y Anficlas hizo una mueca, se dio la vuelta, y se preparó a retirarse—. Espera por favor —le pidió, y Anficlas la miró de reojo—. Por favor entréname… —suplicó, y Anficlas se sorprendió—. ¡Enséñame a ser una diosa de la Guerra! —volvió a pedir, y Anficlas no supo qué decir.
Novena ciudadela, Tros. Aposentos de Ilíona.
—Despacio, despacio, la sensación no me es agradable —se quejaba Ilíona, mientras su Amazona, Pentesilea, quien ya se mostraba humillada por tener que servir como una simple criada personal de Ilíona, le abrochaba las sandalias a una Ilíona que desconocía en su totalidad el cómo amarrarlas—. Siento una presión que me molesta bastante, no es una sensación para nada placentera. ¿Qué es esto que me molesta tanto y me saca las lágrimas? —preguntó.
—En vista de que su pierna está toda roja porque apreté muy fuerte las riendas… supongo que dolor… —comentó Pentesilea, notando el como la pierna de Ilíona se tornaba morada por haberla apretado con mucha fuerza.
—¡El dolor no es una sensación grata para mí! —lloró Ilíona, y una preocupada Creúsa fue en su auxilio y le arregló las riendas—. Gracias… —reverenció ella con ojos llorosos, preocupando a Creúsa por lo complicado que estaba resultando todo esto.
—¿Acaso fui yo tan inocente la primera vez que tomé posesión de un cuerpo mortal? —se preocupó Creúsa, suspiró, y miró a Pentesilea con molestia—. Sé que eres una Amazona, y guerrera por excelencia, pero no puedes dejar que Artemisa pierda una pierna solo porque estás molesta tras ser ordenada a actuar como criada personal —aseguró Creúsa.
—¡No hay nada glorioso en ser una simple criada! —enfureció Pentesilea—. Yo debería estar combatiendo a los Aqueos, perforándoles los cráneos, mutilándoles los miembros —se fastidió, y Creúsa volvió a suspirar en señal de molestia—. ¿Qué hay de glorioso en esto? —enfureció.
—¿Quieres ser la reina de las Amazonas? —se fastidió Creúsa, encarándola, y sorprendiendo a Pentesilea—. Entonces haz lo que yo te diga y algún día serás la reina. De momento no puedo dejar a la Luna sin supervisión —le exigió Creúsa, apuntando a Artemisa.
—Afrodita… siento un cosquilleo allí donde tú dominas… —se molestó Ilíona—. ¡Si este es uno de tus trucos para que yo me entregue a un mortal te juro que…! —intentó decir, pero la sensación le era muy molesta, e Ilíona se estaba ruborizando.
—Créeme que llegará el momento en que me aprovecharé de eso pero esta vez no soy yo —le sonrió Creúsa de forma pícara, y miró a un cántaro en el suelo y cerca de una cortina—. Te levantas el chitón, te pones en cuclillas, y allí disparas —le explicó.
—¿Disparar qué? —se perturbó Ilíona—. ¿De allí abajo salen flechas? —volvió a preguntar, a lo que Creúsa se atacó de risa y comenzó a tomarse el estómago con fuerza—. ¡No entiendo cómo funcionan los mortales! —lloró Ilíona, y Pentesilea miró a Creúsa con desprecio, y la apuntó con suma molestia.
—Reina de las Amazonas, no lo olvides —le recordó Creúsa, y Pentesilea se mordió los labios con molestia—. Ahora, enséñale a Ilíona a usar el urinal —ordenó, y una resignada Pentesilea accedió en señal de molestia, mientras Creúsa salía de la habitación—. Ah, recuerdo mi primera posesión… fue con la amante de un tal Adonis… ese viril y macho tan hermoso —se dijo a sí misma, y entonces encontró a Eneas frente a ella—. ¡Aaaaah! ¿Qué escuchaste? —se sobresaltó.
—¿Eh? Oh, hola Creúsa —se frotó la frente Eneas, y Creúsa supo que había esquivado una flecha por muy poco—. Yo tan solo… he tenido mucho en qué pensar últimamente. Paris es Hades, los Daimones hacen cosas a mis espaldas, una isla aparece de la nada, Héctor fue herido y no quiere quedarse a descansar… —se dijo a sí mismo Eneas, y Creúsa notó sus horribles ojeras—. No me hagas caso —suspiró Eneas, y Creúsa asintió en ese momento—. De verdad lo siento pero tus cariñitos tendrán que esperar nuevamente. Príamo solicitó audiencia en el consejo para definir la situación de Tracia en esta guerra. Aparentemente, los Aqueos volvieron a invadir territorios neutrales —le explicó Eneas, y pese a que Creúsa ya lo sabía, tuvo que fingir demencia.
—Oh, mi Eneas… —fingió ella con ojos llorosos, preocupando a Eneas—. Las preocupaciones que te aquejan lastiman a tu señora. Por favor permite a otros hacerse cargo de tu ejército. Lapix, mi médico personal que tú me has asignado ha dicho que dentro de poco nacerá tu primogénito… no me obligues… a cuidar de un bebé sin la presencia de su padre —fingió que lloraba Creúsa, y Eneas se sobresaltó.
—Vida mía, amor de mis amores, yo entiendo que mi primogénito esté por nacer pero la guerra… —intentó decir, cuando encontró el guante de Héctor tomándole de la hombrera—. La guerra… —intentó decir Eneas nuevamente.
—Está bajo control —espetó Héctor, y Eneas le miró el brazo malherido, recubierto de vendajes—. Esto no es nada, solo un golpe de suerte de ese imbécil de Palamedes. Solo me duele no poder vengarme, los espías lo han declarado muerto, por empedramiento. Algo debió haber hecho para enfurecer a Agamenón —aseguró Héctor.
—Mayor razón para que los Troyanos y los Dárdanos se unan a terminar con esto —exclamó Eneas, molestando a Creúsa, quien había perdido a Eneas nuevamente en una conversación militar—. Sin uno de los 2 maestros de las tácticas de guerra… —intentó decir.
—Lo solucionaremos, Eneas —insistió Héctor, y Eneas intentó quejarse—. Vas a ser padre, ¿comprendes? Tu lugar está al lado de mi hermana. Tomate unos días, cuida de ella, conoce a tu hijo. Así cuando lo hayas hecho, volverás con más determinación para la batalla —aseguró Héctor, pero Eneas intentó quejarse.
—Pero si tú no has descansado un solo día desde que esta guerra comenzó… —intentó persuadirlo Eneas—. ¿Y tu esposa? ¿Y tu hijo? —preguntó Eneas, y Héctor tan solo le sonrió.
—Sería imprudente de mi parte tener un hijo en medio de una guerra… —se susurró a sí mismo, y entonces recordó a Anficlas—. Quiero decir… mi hijo… no he recibido noticias de él aún desde que nos enteramos de la caída de Chipre… pero confío en que está con vida y bien —aseguró Héctor.
—Héctor… tú al igual que yo viste los navíos de Argos —comentó Eneas en preocupación—. Tu hijo bien podría… —pero Héctor lo detuvo, y no se dijo más sobre el tema—. Lo entiendo entonces… Héctor… pasaré tiempo con mi amada Creúsa, y con mi hijo cuando nazca —aceptó Eneas, y Creúsa exclamó orgullosa.
—¡Sexo marital! —gritó con fuerza, y Eneas la miró con desdén—. No puedo por el bebé, ¿verdad? —preguntó, y Eneas asintió—. Pero ya tengo varias Lunas sin cariñitos… —lloró ella, y Eneas se preocupó. Intentó hablar, pero un grito descomunal se escuchó dentro de la habitación de Ilíona.
—¡Afrodita! ¡Los mortales hacen ríos! —llegó llorando Ilíona, sobresaltando a Eneas y a Héctor—. ¡Ya no quiero ser una mortal! —continuó gritando Ilíona en terror, y Pentesilea salió tras ella y la tomó del brazo para volver a meterla en la habitación, cuando notó a Héctor.
—¿Se encuentra bien mi hermana? —preguntó Héctor, y tras escuchar la pregunta, el corazón de Pentesilea dio un vuelco, y Creúsa sintió en su cosmos algo que jamás pensó sentir, pasión por parte de Pentesilea—. ¿Tú eres? —preguntó Héctor.
—¡Pe-Pentesilea! —se presentó—. Guardaespaldas y criada personal de mi señorita Ilíona, de su hermana, cuidaré bien de su hermana, quiero decir, yo… usted… con su permiso —reverenció, tiró de Ilíona, y la metió en la habitación.
—Eso… es bastante interesante… —sonrió Creúsa, y Eneas y Héctor intercambiaron miradas—. Pero no te quitaremos más tiempo, hermano, la reunión del consejo ya casi empieza después de todo. Veré que Ilíona y Pentesilea estén presentes, adiós —finalizó Creúsa, entrando a la habitación, y dejando a Héctor y a Eneas confundidos, quienes decidieron ignorar la situación, y seguir con sus caminos.
Campamento Aqueo.
—¡No lo haré! —exclamó Anficlas con fuerza, pese a que tenía a una diosa suplicándole—. ¡Me niego rotundamente! ¡Si Diomedes se entera de que entreno a la diosa de la Sabiduría en la Guerra, quien además es su hija por adopción, me irá igual o peor que a Odiseo! ¡Así que búscate a otra que yo no lo hago! —aseguró.
—Solo hay concubinas y esclavas en el campamento Aqueo. Tú eres la única guerrera aquí —intentó convencerla Shana, pero Anficlas tan solo se cruzó de brazos, y se negó—. Por favor… te lo pido como tu hijastra —suplicó.
—Eres la diosa de la Guerra, ¿no deberías saber de guerra ya? —se fastidió Anficlas, y Shana se apenó—. ¡Tú inventaste la guerra! ¿Qué podría enseñarte yo? —le preguntó Anficlas contrariada.
—Yo inventé la Sabiduría en la Guerra —se defendió Shana—. Además no fui yo exactamente, sino Atenea… es difícil de explicar, pero yo no nací exactamente con los conocimientos belicosos, y Diomedes se niega a dármelos —insistió.
—Con justa razón, una enclenque como tú sería mutilada —se quejó Anficlas nuevamente, y Shana se miró a los brazos, notando que eran bastante flacos, al menos en comparación con los ligeramente tonificados de Anficlas—. Además, tu padre se encargó de destrozarme el cosmos. No puedo sentir el cosmos, mucho menos manipularlo. Así que es imposible, imposible —insistió Anficlas con su negativa.
—¿Tenías el cosmos de un Espectro? —preguntó Shana, y Anficlas asintió—. ¿Moriste siendo una Espectro? —preguntó nuevamente, y Anficlas se fastidió, pero negó con la cabeza—. ¿Es esta tu primera vida? —preguntó, y Anficlas alzó una ceja—. Esa estuvo más difícil, ¿verdad? A lo que me refiero es: ¿recuerdas el Inframundo? —le preguntó, y Anficlas hizo una mueca, y lo negó—. ¡Entonces tiene solución! —espetó con alegría, preocupando a Anficlas—. ¿No lo entiendes? Si hubieras muerto como Espectro, serías inalcanzable. Pero esta es tu primera vida, tu alma no ha sido reciclada, eso significa que Hades no es tu dueño, puedes jurarle lealtad a Athena y volver a obtener un cosmos —aclaró ella.
—¿Lealtad? —se perturbó Anficlas, y Shana asintió—. ¿A una diosa de la Guerra que no sabe hacer la guerra? —preguntó, y Shana bajó la cabeza sabiendo que sonaba como una ridiculez—. Umm… pero sin cosmos… me siento como una inútil… —dedujo Anficlas, y Shana se emocionó—. Cuando Diomedes me destruyó el cosmos… yo simplemente quería que terminara con mi vida para dejar de sufrir… no me hubiera molestado ser un Espectro de Hades… después de todo, nadie quiere a una bastarda como yo… —agregó ella con molestia—. Ahora que no tengo eso… solo me queda ser una concubina cualquiera… como todas las calienta camas de este lugar… —miró Anficlas a Orsedice, guiando a Antíloco por los campamentos de los Mirmidones, y notó que las mujeres no eran más que ayudantes para sus maridos—. Extraño ser hombre… —se molestó.
—Nunca has sido hombre… —le espetó Shana, y Anficlas la ignoró—. Puedes recuperar tu cosmos… puedo enseñarte como… —insistió Shana, pero Anficlas nuevamente la ignoró—. Es eso… o limitarte a ser la concubina de Diomedes… servirle siempre donde él lo necesite, complacerlo siempre cuando él lo quiera, y reemplazarte cuando encuentre a otra mejor —exclamó, y notó la ira de Anficlas, sobresaltándose—. Así pasó con Egialea —le mencionó.
—De modo que… piensas que Diomedes terminará desechándome también —se molestó Anficlas, y Shana se horrorizó, cuando vio entonces las lágrimas de Anficlas, y su temor pasó a convertirse en preocupación—. No va a pasar… es lo único que me queda… ¿entiendes? —le mencionó Anficlas, y Shana se preocupó por ella, y comenzó a abrazarla—. Si pierdo a Diomedes también… de verdad no tendré nada… no puedo permitirme eso… —agregó ella, dolida.
—No sé qué tanto has sufrido, Anficlas… —le mencionó Shana, mientras Anficlas se secaba las lágrimas—. Pero sé que no eres una mujer ordinaria. Sé que puedes hacer cosas extraordinarias… pero… solo puedes hacerlas si me permites ayudarte —prosiguió Shana, y Anficlas la miró fijamente—. Podemos ayudarnos mutuamente… ¿quieres? —preguntó Shana, y Anficlas meditó al respecto.
Décima ciudadela, Illión.
—¡No! —gritó Pentesilea con fuerza, sobresaltando tanto a Creúsa como a Ilíona—. ¡No tengo sentimientos por Héctor! ¡Los hombres son basura! —insistió Pentesilea, mientras el grupo de 3 mujeres se dirigía a la sala del trono.
—No seas obstinada, a mí no me engañas —aseguró Creúsa, y Pentesilea aceleró el paso, obligando a Creúsa a apresurar el suyo, y ambas dejaron atrás a una Ilíona que respiraba pesadamente, por vez primera sabiendo lo que era hacer un esfuerzo—. ¡El amor de Héctor y el trono de Temiscira! ¡Es mi última oferta! ¡Ayuda a Ilíona a encontrar a Apolo y convencerlo de unirse a la guerra y ambos serán tuyos! —le aseguró.
—¡Que no me gusta Héctor! —gritó Pentesilea, y al doblar la esquina encontró a Héctor charlando con un par de Espectros, y tras verlo, Pentesilea se estremeció, y Creúsa sonrió con malicia—. Señor Héctor… —susurró Pentesilea, y Héctor la notó.
—La criada de Ilíona, ¿verdad? —preguntó Héctor, y Pentesilea balbuceó un par de ocasiones, pero terminó asintiendo—. Deípilo, ella es Pentesilea —presentó Héctor—. Estarás a su cargo y bajo el de tu hermana Ilíona de ahora en adelante. Príamo ya ha perdido a muchos hijos, y desea salvarte de esta guerra —le explicó Héctor, y el Espectro de cabellera rubia y ojos azules intentó quejarse—. Es una orden —se apresuró a decir Héctor—. Pentesilea, por órdenes del rey Príamo, Deípilo de Trauco, Estrella Terrestre de la Retirada, y hermano de Ilíona, está ahora bajo tu protección —le explicó Héctor, y el Espectro asintió, sintiéndose traicionado.
—¡Me dejaron atrás! —exclamó Ilíona en señal de molestia, sobresaltando a Pentesilea, mientras la diosa de la Luna y la Virginidad se estremecía por el esfuerzo—. ¿Y tú eres? —preguntó Ilíona tras notar a Deípilo.
—¿Cómo que quien soy, hermana? —preguntó el Espectro, y la mente de Artemisa se llenó de imágenes de la mente de Ilíona, recordándole sobre la identidad del joven.
—¡Aaaaah! ¡Mi hermano que no es mi hermano y que es mi hijo! —exclamó Ilíona temblando por la sorpresa de saber la identidad del Espectro, pero todos los presentes comenzaron a pensar que estaba lunática—. ¡Y ese es Polidoro! ¡Mi hijo que no es mi hijo y que es mi hermano! —apuntó Ilíona a otro Espectro, de cabellera rojiza y ojos color de esmeralda, quien se mostró conmocionado por lo que estaba escuchando.
—No entiendo muy bien lo que está pasando —mencionó Héctor, mirando a Pentesilea, quien estaba igualmente confundida—. Supongo entonces que no lo conoces —dedujo Héctor, presentando al joven de cabellera escarlata—. Polidoro de Abubilla, Estrella Terrestre del Robo e hijo de Ilíona —presentó Héctor, aunque Pentesilea desconocía si era hijo o hermano por todas las confusiones—. Por instrucciones de Príamo, ambos acompañaran a Ilíona de regreso a Tracia, aprovechando que los Aqueos están distraídos con la isla que apareció en el mar—. Les explicó Héctor—. Cuento contigo, Deípilo. Unirás a los pueblos de Tracia y nos enviarás ayuda en cuanto puedas. Cuida bien de Ilíona, sobrino —pidió Héctor, despidiéndose del Espectro y retirándose, dejando a una Pentesilea impresionada, quien entonces sintió la mirada picara de Creúsa, y se molestó.
—¿Tenemos un trato? —preguntó Creúsa, y una avergonzada Pentesilea miró a Deípilo y a Polidoro, sabiendo que eran demasiadas las molestias, pero recordando a Héctor, y ruborizándose, tomó la mano de Creúsa y cerró el trato—. El hermano debe vivir, para que Troya no caiga —le susurró, y Pentesilea intentó deducir cuál de los 2 era el que debía conservar la vida, pero cuando se viró a cuestionar a Creúsa, ella ya no estaba.
Campamento Aqueo. Tienda del consejo.
—Disculpen la demora —enunció Shana, entrando en la tienda del consejo, y notando desconcertada el que Odiseo y Diomedes estaban sentados en tronos opuestos, uno mirando al otro, con Odiseo bajando la mirada apenado, y Diomedes mirándolo fijamente y en descontento—. ¿Siguen? —pregunto Shana a Menelao en un susurro, quien suspiró y asintió.
—No es tan marcado como al principio, pero… en definitiva tomará mucho tiempo —aseguró Menelao, y Shana asintió, caminando hasta donde el trono de Poseidón, y sentándose a su lado.
—Ya que estamos todos presentes, podemos comenzar —aclaró Agamenón, y para sorpresa de todos, invitó con la mirada a Calcas a proceder. El adivino no había tenido un rol muy activo en las pláticas de guerra, pero cuando participaba, todos atendían a sus predicciones—. En vista de que hemos iniciado con el segundo año de esta empresa… creí necesario el consultar a Calcas, si los dioses están de acuerdo —continuó Agamenón, y tanto Poseidón como Shana asintieron.
—He consultado los secretos de la Copa, mis reyes —comenzó Calcas, y todos prestaron atención—. El nombre de la isla es Temiscira, y ha aparecido detrás de nuestros campamentos gracias a Artemisa, quien ofendida, ha abandonado a los Aqueos en favor de los Troyanos —explicó, y los presentes se horrorizaron.
—Orden —pidió Agamenón, aunque la noticia consternaba a él más que a nadie más. Después de todo, Agamenón había dado a su hija Ifigenia en sacrificio para Artemisa—. ¿Qué quieres decir con que Artemisa nos ha abandonado, Calcas? —preguntó Agamenón.
—Temiscira, la Isla de las Amazonas… —continuó Calcas, desprendiéndose de su Armadura de Plata, que transformada en la Copa, comenzó a inundar a Calcas de nuevas visiones—. Visitada solo 2 veces por 3 hombres, una vez por Belerofonte, el héroe que en su Pegaso negro hizo la guerra a las Amazonas, y por Heracles y Teseo en una segunda ocasión, pretendiendo hacerse con el cinturón de poder de la reina Hipólita, quien actualmente vive aún, tan joven y bella como durante la generación de Heracles —les explicó, y en las aguas de la Copa se vio el pasado, y a Enio, la Daimón, solicitando de Hipólita y de Artemisa, en ese momento en la isla, audiencia con el príncipe Paris—. Pero las Amazonas no están en guerra con los Aqueos, Hipólita tiene sentimientos encontrados sobre esta alianza tan sutil. Hace años, cuando Príamo era joven, las Amazonas aparecieron en estas aguas como ahora hacen, e hicieron la guerra a Troya. Un joven Príamo, en alianza con los Frigios, defendió a Troya, y con la espada al cuello de la reina Hipólita le hizo jurar que las Amazonas jamás levantarían sus armas en contra de Troya nuevamente. Este juramento se hizo en el nombre de Artemisa, por lo que la presencia de las Amazonas solamente puede significar una cosa: no están aquí para atacar Troya, están aquí en contra de los Aqueos, pero por el repudio de Hipólita por Príamo, tampoco harán confrontación directa. Las Amazonas tan solo hundirán a todo barco Aqueo que surque las aguas del Helesponto, permitiendo a los navíos Troyanos continuar a la mar. Pero fuera de eso son neutrales, Hipólita desprecia a Príamo, y solo actúa bajo juramento a Artemisa —aseguró Calcas.
—Pero eso significa de todas formas, que aliados o no de Troya, nos cortarán el acceso a suministros —comentó Idomeneo, y las miradas de preocupación de los presentes no se hicieron esperar—. Al sur solo está Chipre, ya saqueada por Diomedes, y no podemos enviar navíos a Hélade. Con la deserción de los Nauplios eso solo alentaría a otros a volver a casa. No podemos continuar las incursiones a la mar —aseguró Idomeneo.
—Eso solo deja atacar Tracia por la vía terrestre —comentó Acamante, y Odiseo notó que si bien Palamedes ya no estaba, la conversación sobre los ataques a territorios neutrales continuaría con o sin él—. La aparición de Temiscira descarta en su totalidad la idea original de cosechar. Esto nos deja solo la alternativa violenta —prosiguió Acamante.
—Solo si las tribus Tracias son aliadas a Troya —habló Odiseo, y de inmediato Diomedes lo miró fijamente. Tras sentir la mirada, Odiseo se estremeció, pero se concentró para poder continuar—. Eyón… era territorio neutral… —continuó Odiseo, sintiendo a su vez que se excusaba ante Diomedes—. Con el ataque de los Nauplios a Eyón, estén o no estén en el bando Aqueo por lo que pasó con Palamedes… —continuó con preocupación, mirando de tanto en tanto a Diomedes para analizar sus reacciones, pero Diomedes se mantenía inexpresivo—. En su momento, Tracia era neutral, pero ahora los pueblos Tracios nos verán como enemigos. Tenemos que identificar a esos pueblos aliados de Troya… solo a ellos hay que atacarlos, a los demás… deberíamos dejarlos tranquilos… —comentó Odiseo, miró a Diomedes, y el de Escorpio tan solo cerró los ojos, y meditó al respecto.
—A riesgo de continuar con las conversaciones incomodas… —interrumpió Menelao, y Diomedes lo miró fijamente—. Palamedes trajo víveres para varias Lunas, estos víveres, sumados a los tesoros que Diomedes trajo de Chipre, servirán para mantener a los Aqueos abastecidos por un largo tiempo, pero nos hemos ganado enemigos importantes por nuestra imprudencia. Primero Dárdanos… y ahora Tracia… —concluyó Menelao.
—Tracia ya era enemiga… al menos en parte… —espetó Agamenón, meditando al respecto—. Con el rio Simois envenenado, Troya no podía plantar… pero ese rio ya debe estar cerca de purificarse, y a no ser que enviemos a Anfímaco nuevamente a su casi muerte, y que los Troyanos no hayan aprendido a mantener vigilado el cauce, pronto comenzarán a cosechar —explicó Agamenón, y el grupo meditó al respecto—. Y con los Aqueos controlando el mar, no había otra forma de abastecerse que el comercio terrestre. Nuestros hombres rapiñaron algunas caravanas, ellos son los Tracios que son nuestros enemigos. Acamante… —pidió Agamenón.
—Lesbos, Focea, Colofón, Esmirna, Clazomene, Cima, Egialo, Tinos, Adramitio, Dide, Endium, Lineón, Colona, Lirnesos, Antandros, y otras varias menos importantes —comenzó Acamante, lo que solo deprimió a Odiseo. Pueblos comerciantes, que solo hacían lo que debían para ganarse la vida, serían atacados y saqueados por el bien de los Aqueos—. Todos estos pueblos se encuentran en la misma zona, pero en el Quersoneso están los comerciantes más activos de todos, los Bistones —prosiguió el de Cáncer—. Una incursión al Quersoneso, sería casi tan complicada como asediar a todos los pueblos que mencioné antes. Por ultimo tenemos un grupo de comerciantes más… complejo… —prosiguió Acamante, y Agamenón alzó la ceja en señal de curiosidad—. Del otro lado del mar, hay una Tebas como la Tebas de Hélade —comentó, ganándose la atención de Diomedes—. Esta Tebas pertenece, junto con otras ciudades importantes, a una tierra llamada Egipto, gobernada por un Faraón de nombre Ramsés III, quien es un aliado importante de Troya, tanto comercial como militarmente. Hemos recibido reportes de nuestros espías costeros, de que del otro lado del mar los navíos de la Tebas de Egipto se han estado movilizando hasta nuestra posición, siguiendo el rastro dejado por la conquista de Chipre —miró Acamante a Diomedes, quien mantuvo su silencio, pensativo—. La Tebas de Egipto seguramente, ha levantado sus defensas por la incursión de Diomedes —aseguró Acamante.
—No hay incursión que no tenga efectos colaterales —les recordó Menelao—. Es el cómo actuamos ante los efectos colaterales lo que hace la diferencia. Tenemos entonces 4 enemigos… —concluyó—. Troya, que pronto podrá cosechar y abastecerse a sí misma de alimento… los comerciantes del sur de Asia Menor que abastecen comercialmente a Troya… las tribus Tracias en el Quersoneso, los Bistones… y la conglomeración de pueblos Egipcios de Ramsés III… por donde lo veamos… tenemos las de perder… —se preocupó Menelao.
—Si el curso de esta guerra sigue como hasta ahora… van a sitiarnos… —se preocupó Agamenón, preocupado por su empresa—. Atacar Tracia… fue probablemente un error… —aseguró, mirando a Odiseo, comprendiendo que habían errado en las incursiones contra territorios neutrales, más entonces, Diomedes se puso de pie.
—Acobardarse ahora… será la ruina de los Aqueos —enunció Diomedes, mirando a Odiseo directamente, quien se preguntó la razón—. No te he perdonado… pero obviamente requiero de tu ayuda. Yo soy el militar, tú el estratega —le explicó—. Vamos a atacar las 4 regiones al mismo tiempo, ¿quieres enmendarte a mis ojos? Dame un plan de batalla que garantice el éxito de 4 ataques simultáneos —pidió Diomedes.
—¿4 ataques simultáneos? ¿Estás demente? —preguntó Odiseo, notando la mirada de determinación de Diomedes—. ¿Sabes lo que me estás pidiendo? Me estás pidiendo la conquista… de más de la mitad de Asia Menor… y de un reino del otro lado del mar que apenas y conocemos… —le recriminó Odiseo.
—Te estoy pidiendo… que cumplas con lo que se espera de ti, ahora que la carga de la planeación recae en su totalidad en ti —le espetó Diomedes con autoridad, y Odiseo comenzó a pensar en una solución.
—Argos… Tebas y Calidón… —comenzó Odiseo, y todos lo escucharon—. Teóricamente hablando, serían capaces de soportar los envistes Troyanos y Dárdanos evitando las bajas al mínimo. No sería suficiente para derrotar a Troya, si no lo es con la ayuda del resto de los reinos, mucho menos por sí mismos. Pero los 3 reinos apoyados por unos cuantos más… deberían ser suficientes para soportar el ataque Troyano, sin asegurar conquista —le espetó.
—Ítaca respaldará a mis 3 reinos entonces… lo de la conquista, déjamelo a mí —aseguró Diomedes, y miró a Agamenón directamente—. Si el Rey Supremo, los miembros del consejo, y mis dioses, lo aceptan… el asedio a Troya continuará únicamente con los reinos bajo mi mando y de Odiseo, permitiendo al resto de los 30 reinos dispersarse en la conquista de Asia Menor, del Quersoneso, y de Egipto —solicitó Diomedes.
—¿Dejar la mayor parte de los embistes en contra de Diomedes y Odiseo? —se preocupó Menelao—. No lo consiento, son muy pocas fuerzas. ¿Quién los suplirá cuando sus hombres estén cansados? —preguntó.
—Micenas, Pilos y Esparta —fue la respuesta de Agamenón, mirando a Diomedes fijamente, y sonriendo—. He visto esa mirada antes… Diomedes… es la misma del día en que Micenas conquistó Argos… —y aquello sorprendió a los presentes, y todos miraron a Agamenón—. «Tengo el poder militar de aplastarte, rey tirano… pero me inclinaré por la paz», ¿no fue eso lo que me dijiste? Incluso en ese momento, sabías que podías derrotar a Micenas si te lo proponías —le sonrió Agamenón, y Diomedes asintió—. Bajo esa determinación, y con Micenas, Pilos y Esparta de respaldo, ¿qué debe hacerse para conquistar el resto de los reinos? —preguntó a Odiseo.
—¿Qué debe hacerse dice? Si ya es una locura, así como está —se estremeció de temor Odiseo, pero meditó al respecto—. Ftía… —concluyó—. Ftía tiene a los Mirmidones… cualquier Mirmidón… valdría por 100 soldados. Si las incursiones son bien planeadas, las tribus de Asia Menor que son pacíficas en su mayoría, sucumbirían a incursiones reducidas, pero efectivas —concluyó Odiseo, y entonces alguien entró en la tienda.
—Me parece bien… —exclamó Aquiles, molestando a Agamenón. Después de todo Aquiles había espiado la conversación, y había entrado sin permiso alguno—. De todas formas iba a pedir permiso de ausentarme de Troya por 2 años… —aseguró Aquiles, mirando a Shana, quien se mostró confundida por la mirada—. Cuando regrese serás una diosa verdadera, ¿verdad? —le preguntó Aquiles, y Shana no supo cómo contestar, pero asintió en ese momento—. Rey Supremo… si realizo incursiones bien planeadas, me tomará 2 años conquistar todas las tierras de Asia Menor… si ganan la guerra en contra de Troya en ese tiempo, será por cortar los suministros de Asia Menor en mi conquista —se apuntó Aquiles, con una creciente sonrisa.
—Umm… tú no deberías estar en este consejo —se molestó Agamenón, y Aquiles le sonrió con malicia—. ¡Y la guerra terminará en menos de ese tiempo! ¡Anda! ¡Tienes mi permiso! ¡Solo mantén a los Tracios alejados de Troya! —ordenó, Aquiles reverenció, y sin decir más, salió de la Tienda del Consejo—. Acamante… haz la anotación de mantener vigías fuera de la Tienda del Consejo —pidió, y Acamante obedeció.
—Entonces ya tenemos 2 de los 4 frentes cubiertos… —aclaró Diomedes, y miró a Odiseo nuevamente—. ¿Cómo debe dividirse el resto de los pueblos, Odiseo? —preguntó directamente, y Odiseo se preocupó.
—Obligarme a esto es… una locura… estas poniendo a todas las almas Aqueas a merced de mi planeación… —y Diomedes asintió, por lo que Odiseo comprendió que este era su castigo—. Áyax y los Salaminos… apoyados por Acamante y Atenas… y por los co-reyes de Élide… serían suficientes para mantener un asedio en contra de las tribus Tracias del Quersoneso —miró Odiseo a Acamante, quien le regresó una mirada de determinación.
—Así será —exclamó Acamante, y Odiseo supo que lo estaba culpando también por la muerte de Palamedes—. Los Atenienses están descansados, apenas y hemos participado en la guerra, y con mis habilidades de levantar las almas en contra de sus propios aliados, ayudaremos a Áyax a abrirse paso por el Quersoneso —finalizó Acamante.
—Eso deja únicamente a Egipto como el problema —miró nuevamente Diomedes a Odiseo, quien estaba hecho un manojo de nervios—. ¿Quién debe aventurarse a una tierra inexplorada, y enfrentar a una civilización de la que no conocemos absolutamente nada? —preguntó.
—Esto es demasiado, Diomedes… si no hemos logrado conquistar Troya, ¿qué te hace pensar que el continente del otro lado del mar será más sencillo? —le preguntó Odiseo, a lo que Diomedes respondió mirándolo con determinación.
—El Odiseo en el que confiaba me daría una respuesta concreta. ¿Quieres que vuelva a confiar en ti? ¡Entonces respóndeme con la determinación que necesito para ganar esta guerra! —recriminó Diomedes, y Odiseo comprendió por qué Palamedes era tan descorazonado como siempre había sido. Palamedes era el maestro de la guerra, quien ayudó a Diomedes a conquistar Tebas la de las 7 Puertas contra todo pronóstico y con planes descabellados y suicidas. Diomedes había perdido a ese gran genio táctico, ahora Odiseo debía convertirse en ese genio táctico. Solo así Diomedes comenzaría a perdonarlo.
—Muchos van a morir… —le enunció con temor, pero a Diomedes parecía no preocuparle—. Es inaudito… vas a exponerte al mayor peligro de todos —le aseguró—. Si me pides dividir las fuerzas aún más… los otros regresarán, pero tu gente… —insistió.
—No solo será mi gente… porque vas a estar en el frente conmigo… tú y los de Ítaca… —le apuntó—. Tú y yo… Odiseo… absorberemos todo el daño de este plan… ahora enuncia al pueblo que cruzará al otro lado del rio… y no estará aquí para defender a mis pueblos… ni al tuyo —finalizó, y Odiseo suspiró, derrotado.
—Creta —lo miró con determinación, y esta vez todos en el consejo palidecieron—. Gracias a Creta y su poderío militar, gracias a la protección de Poseidón, es que las bajas se han mantenido al mínimo. Sin Creta no hubiéramos salido de Aullis, sin Poseidón, Shana no sabría cómo ser una diosa… estaremos perdiendo nuestra garantía de supervivencia, pero, solo Creta, los Generales Marinos, y Poseidón, podrían conquistar una tierra de la que nada conocemos —finalizó Odiseo.
—Si Creta va a Egipto… nadie los protegerá de los vientos de Afrodita… ni de las mareas de Artemisa. ¿Están seguros? —les preguntó Poseidón, quien miró entonces a Shana—. Además… Shana estaría sola contra Hades, y Ares si llegase a despertar. No olviden que mientras más lejos de mi tridente… más pronto despertará Ares —les recordó Poseidón.
—Si despierta… se arrepentirá… —concluyó Diomedes, mirando a Odiseo—. Porque voy a desatar toda mi ira sobre Troya… y tú vas a estar allí para asegurarte de que siga con vida cuando todo esto termine… solo así, te ganarás mi perdón —enunció, y Odiseo suspiró.
—Mejor mátame de una buena vez… —bajó la cabeza Odiseo, pero se puso de pie, y encaró a Diomedes—. Tienes mi palabra… Diomedes… no voy a defraudarte… y no voy a rendirme hasta recuperar a mi hermano —reverenció Odiseo.
—Ya eres mi hermano… —le enunció Diomedes, sorprendiendo a Odiseo—. Tan solo te castigo por lo que hiciste. Más te vale mantenernos con vida, porque no voy a estarte cuidando, y si mueres… iré por ti al Hades y te despedazaré el alma —finalizó, y salió de la tienda.
—Eso… ha sido bastante extraño… —confesó Agamenón, y todos en el consejo miraron a Odiseo—. ¿Debo preocuparme? —Odiseo entonces suspiró, y movió su cabeza en negación—. Entonces, si no hay más peticiones ni recomendaciones… daremos por concluida la reunión e iniciaremos los preparativos para… —intentó decir Agamenón, más de pronto encontró a Shana alzando la mano—. Los… dioses no tienen que pedir permiso… mi señora… —enunció.
—Para esto sí… —se apenó Shana, y Agamenón se preguntó la razón—. Tengo una solicitud personal que hacerle, Rey Supremo… y solo usted puede ayudarme con ella —fue su extraña explicación.
Puertas de Ilo.
—De manera que, ¿este es mi reino? —se preocupó Ilíona, a quien Pentesilea había ayudado a acomodarse sobre un caballo blanco, mientras ella, usando una armadura azul igual a la de su pueblo, era recibida por una escolta Tracia que la saludaba con orgullo.
—¿Te encuentras bien, hermana? —preguntó Deípilo, su hijo que había sido criado como su hermano, por una razón que Ilíona aún no había logrado descifrar—. Tiene bastante tiempo que no visito Bistones. Me he entrenado bajo las órdenes de Héctor por tanto tiempo. Pensé que este día jamás llegaría. ¿Cómo es Bistones, hermana? —preguntó.
—La verdad no puse atención —se zafó a su manera Ilíona, preocupando a Deípilo—. Umm… no puedo siquiera hacerme a la idea de ser mortal ahora… y tengo que preocuparme por el por qué me llamas hermana… —se perturbó Ilíona.
—Madre… —habló Polidoro, molestando a Ilíona aún más—. Lo lamento, Deípilo… desde iniciado el asedio que nos mantuvo prisioneros en Troya, mi madre ha intentado pensar lo menos posible en Bistones… es probable que tenga la mente bloqueada al respecto —le explicó con nerviosismo, molestando aún más a Ilíona.
—Mi hijo fue criado como mi hermano y mi hermano como mi hijo… ni Delfos me ayudaría a solucionar este acertijo… —se fastidió Ilíona aún más, y entonces miro a Pentesilea—. Ayúdame… —suplicó.
—Andando… —la ignoró, molestando a Ilíona aún más, mientras Pentesilea guiaba la marcha en dirección a los puertos, ahora protegidos por las Amazonas de Temiscira, notando en el trayecto, que los Aqueos acampando en la playa parecían estarse reuniendo para una incursión—. Se están movilizando… —dedujo Pentesilea.
—¿Estarán regresando a casa? —se preguntó Deípilo, y Pentesilea se molestó por su presencia. Indudablemente sentía desprecio por los hombres—. Ayer observamos a varios navíos dejando las costas, eran tantos que comenzaba a correr la voz de que los Aqueos se rendían.
—Y nosotros los Bistones… por tanto tiempo hemos estado alejados de esta horrible guerra —comentó Polidoro, mirando a Deípilo—. Te envidio tanto, tío. Poder combatir en la guerra, mientras los Tracios se mantenían neutrales —se apenó.
—Todos somos enemigos de los Aqueos a nuestra manera, sobrino —contestó Deípilo, perturbando, confundiendo, y molestando Ilíona aún más, y ambos la miraron en señal de preocupación.
—¡No empiecen con tío y sobrino, suficiente con hermano e hijo tengo… ¿o era al revés? —se estremeció Ilíona, y el par de Espectros compartió miradas de preocupación—. Pero… volviendo al tema… —miró Ilíona a Diomedes, sobre su auriga, y preparando a los ejércitos de Argos, de Tebas, y de Calidón—. No parece que vayan a rendirse… —sospechó Ilíona.
—¡Eso es porque no lo están haciendo! ¡Nos vamos! ¡Rápido! —gritó Pentesilea, emprendiendo la huida, sabiendo que se aproximaba un ataque Aqueo, liderado por Diomedes, el otro guerrero además de Aquiles que podía preocupar a Pentesilea.
Campamento Aqueo.
—¡Que no vas! —se quejaba Diomedes, armándose de palabras con Anficlas frente a los ejércitos de Argos, Tebas y Calidón, mientras Anficlas lo encaraba con una armadura de Argos puesta y lanza en mano—. ¡No tienes dominio en el cosmos! ¡Te quedas y punto final! —aclaró Diomedes con molestia.
—¡Solo 48 individuos tienen dominio en el cosmos en todo el ejército Aqueo! ¡Menos si contamos a los muertos! —continuó quejándose Anficlas, pero Diomedes se negó rotundamente—. ¡Voy a ir! ¡Quieras o no! —sentenció.
—¡Eres una Troyana! ¡Además de una concubina! —le recriminó Diomedes, molestando a Anficlas—. No vas a ir, no eres de fiar —le enunció nuevamente.
—¿Qué no soy de fiar? ¡Tú eres el que se acuesta con el enemigo! —le recordó Anficlas, molestando a Diomedes aún más—. ¡No le debo lealtad a un reino que me trató como menos que basura! ¿Por qué le tienes miedo a que vaya a la guerra? ¡Soy una guerrera! —insistió.
—¡Eres la madre de mi hijo! —le gritó Diomedes, y Anficlas lo comprendió—. No solo eso… eres importante para mí… y no voy a poder concentrarme contigo en el campo de batalla… si tuvieras cosmos… —intentó explicarle.
—Tú me lo quitaste… —se molestó Anficlas, y Diomedes bajó la mirada—. Adelante… vete… no soy más que una buena para nada que solo sirve para tener hijos… —se molestó ella, dándose la vuelta.
—Eso no es… —intentó decir Diomedes, pero Anficlas le dio la espalda—. Yo más que nadie… sé lo fuerte que eres… —le confesó—. Pero no soportaría perder a nadie más… lo lamento… —subió Diomedes a su auriga, tirado por Esténelo—. Nos vamos… —ordenó, y su ejército comenzó a marchar a la guerra, dejando atrás a una furiosa Anficlas, quien lanzó su casco al suelo y lo pateó con fuerza, antes de soltar un grito de odio.
—¿Por qué nací mujer? —se molestó ella, y comenzó a regresar a los campamentos Aqueos, encontrando a Shana y a Agamenón en el camino—. ¿Ahora qué? —se fastidió.
—Ahora, cumplo con mi parte del trato —mencionó Shana, pidiéndole a Agamenón que la ayudara, solo entonces Anficlas notó que Agamenón cargaba una caja de Pandora—. Ella es Anficlas, concubina de Diomedes, anteriormente conocida como el Rey Ethon de Chipre, hijo adoptivo de Héctor, Rey de Chipre por matrimonio con Lodis, la hija del fallecido rey Cíniras, a quien tú mataste por cierto… lo que ahora que lo menciono hace esto una pésima idea —recordó Shana, sobresaltando tanto a Agamenón como a Anficlas.
—¿Rey Ethon de Chipre? —se impresionó Agamenón, y Anficlas lo miró con desprecio tras la confesión de Shana de que Agamenón había matado a Cíniras, quien había sido más un padre para ella que nadie—. Escucha… perdí una hija en esta guerra —intentó decir.
—Yo perdí un padre, bajo su espada —se molestó Anficlas, y ambos desviaron miradas sintiéndose incomodos—. ¿Qué significa esto, Athena? —le preguntó Anficlas.
—Significa que me estoy ablandando —confesó Agamenón, colocando la Caja del Zodiaco frente a Anficlas—. Esta… es la Armadura de Plata que pertenecía a mi hija, Ifigenia… la diosa Athena pensó que sería buena idea el entregártela… —le explicó Agamenón, y Anficlas miró a la caja con curiosidad—. Esta Armadura… significa mucho para mí… y sé que yo no soy nadie para ti, pero… lo que intento decir es que… no sé lo que quiero decir… —se deprimió Agamenón.
—Extrañas a tu hija, ¿verdad? —preguntó Anficlas, y Agamenón suspiró—. El Rey Supremo… cargando con este dolor, y aun así… —se mordió los labios Anficlas, y suspiró también—. Será un honor… vestir esta Armadura… Rey Supremo Agamenón —reverenció Anficlas, para sorpresa de Shana y de Agamenón—. Por favor permítame… enorgullecer la memoria de su hija… trayendo gloria en su nombre… —le pidió con determinación, y Agamenón se conmovió.
—Enorgulléceme… —le entregó la Caja del Zodiaco, con lágrimas en sus ojos—. Será un honor… el ver la Armadura de Plata de mi hija… nuevamente en el campo de batalla donde pertenece… —y Anficlas tomó la otra rienda de la Armadura de Plata, y entre ambos pasó algo que llenó un vacío en el interior de los corazones de cada uno—. ¡Patea sus traseros! —sonrió Agamenón.
—No sabrán qué los golpeó —sonrió ella, y la Armadura de Plata aceptó a Anficlas, restaurando su cosmos, y vistiéndola como la nueva Caballero de Plata del Águila—. Siento el cosmos nuevamente… pero… es cálido… y hermoso… —sonrió Anficlas, mirando su nueva Armadura.
—No me has jurado lealtad… claro está… —se apenó Shana, y Anficlas la miró con curiosidad—. Pero supongo… que de todas formas mi cosmos confía en ti… —le sonrió, y Anficlas se arrodilló.
—Tiene mi lealtad… —aceptó Anficlas, y Shana la miró, sintiéndose conmovida, y asintió—. ¡Ahora! —se tronó los nudillos Anficlas, materializando una lanza de plata en su mano—. ¡Es hora de que Troya se arrepienta de lo que dejó ir! —corrió Anficlas con su lanza en mano, a las puertas de Troya, que se abrían escupiendo los ejércitos liderados por Héctor.
—¡Gloria a quien me traiga la cabeza de Diomedes de Escorpio! —gritó Héctor, liderando la marcha como era de esperarse, ignorando sus heridas, con Cebríones, su auriga, conduciendo en dirección a Diomedes, quien lo miraba con fiereza—. ¡Eso si no traigo su cabeza yo mismo! —saltó Héctor, Diomedes abandonó su auriga de igual manera, y ambas lanzas chocaron en sus puntas, como hicieren la primera vez que se enfrentaron, y la explosión de cosmos resultante, derribó a gran parte de ambos ejércitos—. Tan glorioso como te recuerdo… Diomedes… —empujó su lanza Héctor, y Diomedes regresó la afrenta—. Ahora dime, ¿qué hiciste con Ethon? —enfureció Héctor.
—Me pregunto… si te dijera que me acosté con Ethon, ¿cuál sería tu reacción? —preguntó Diomedes, enfureciendo a Héctor—. ¿Ahora me pregunto por tu reacción cuando sepas que espera un hijo mío? —se burló Diomedes, y un furioso Héctor comenzó a lanzar estocadas, y las puntas de ambas lanzas chocaron varias veces, todas terminando en perfecto equilibrio, mientras Diomedes se regocijaba en el odio de Héctor—. Eso es, Héctor. ¡Ódiame! ¡Porque por cada día que respire, Anficlas yacerá conmigo! —se burló él.
—¡Más te vale que eso sea cierto! ¡Meteoros del Águila! —escucharon ambos, y de inmediato Héctor fue brutalmente impactado por una lluvia de meteoros, que lo lanzó por las planicies Troyanas—. Eso… es por utilizarme… —enunció Anficlas, llegando ante Diomedes y tronándose los nudillos, sobresaltando al de Escorpio, quien no lo podía creer—. ¡Y esto es por hacerme pensar que me amabas como a una hija! ¡Cometa Resplandeciente! —volvió a gritar, y un sorprendido Héctor fue impactado de lleno por el cometa, derribado, y su sangre comenzó a caerle de los labios por la fuerza de Anficlas—. Ni una palabra… —apuntó Anficlas, deteniendo las intenciones de Diomedes—. Nadie… ni siquiera tú… va a arrebatarme la gloria… —le aseguró, preparó su lanza, y lideró la afrenta—. ¡Por Athena! —gritó Anficlas.
—¡Por Athena! —gritó el ejército entero, y se lanzó en contra de los Troyanos, para sorpresa de Héctor, quien podía ver que, pese a las bajas, las líneas de los Aqueos estaban más fuertes que nunca.
—¡Por Troya! —gritó Héctor, y sus hombres lo siguieron—. ¡No me importa si los dioses desean esta guerra o no! ¡No me importa a cuantos deba matar, ni sus reyes, ni sus reinos! ¡Yo soy Héctor el guardián de Troya! ¡Y los dioses recordarán mi nombre! ¡Ataquen! —gritó Héctor, y la guerra aparentemente interminable, se tornó más violenta.
