Hermione se dio la vuelta cautelosamente, sabiendo que no podría reaccionar cuando tuviera a aquella mujer frente a ella, y cuando sus ojos castaños se encontraron con los azules de aquella señora pelirroja, tragó saliva y su respiración comenzó a ser agitada.

—Oh, ¡por Merlín! ¡Eres tú! —Molly Weasley se abalanzó sobre ella y la abrazó, y Hermione se sintió querida de nuevo; a pesar de que la señora Weasley no era de su familia, había sido otra madre para ella.

Se separaron y la señora Weasley se quedó contemplándola sin dejar de sostenerla con las manos, aferrándola para sí de vez en cuando como si temiera que se fuera a escapar. Y en parte es lo que hubiera deseado, pues se hallaban cara a cara y Hermione no sabía qué decir. Sin embargo, abrió la boca esperando que alguna palabra saliera de ella.

—Señora Weasley… hola —. Sonrió forzadamente; aquella mujer la invitaba siempre a sonreír, pero dadas las circunstancias no le apetecía mucho tener en la cabeza pensamientos positivos.

La mujer se quedó paralizada un momento, mirándola de hito en hito como si no creyera que la tuviera delante, y habló, realmente emocionada.

—Hija… ¿qué te ha pasado? ¿Dónde has estado?— La mujer tenía demasiadas cosas que preguntar, estaba ansiosa por saber y se le notaba porque al hablar, su voz era entrecortada.

—No puedo hablar señora Weasley, pero quiero que sepa que nunca me olvido de todos vosotros—. La chica quería largarse a toda costa, no porque la presencia de la madre de Ron la incomodara, sino porque si permanecía mucho tiempo allí sabía que esa mujer iba a convencerla para que no se alejara de ellos nunca más. Y ahora tenía algo que averiguar.

Se abrazaron por un momento, y enseguida Hermione se alejó todo lo deprisa que pudo, ante la atónita mirada de la señora Weasley, para quien todo había pasado demasiado rápido. Hermione avanzó, esquivando a la gente, y luchando por no girarse y volver por donde había venido. Volvió la cabeza en un arrebato pero la mujer ya no estaba, así que retomó su camino de nuevo, pero al hacerlo se topó de bruces con una pareja que no pasaba desapercibida: tenían un aspecto tal que bien podían pasar por hermanos.

—Granger —Lucius Malfoy se la quedó mirando altivo, y el desprecio que sentía por la joven se reflejaba en sus ojos—. ¿Qué haces aquí?

—Podría preguntar lo mismo, señor Malfoy, pero como no me interesa no voy a hacerlo— Sonrió con sorna, ante la cara de impotencia de Lucius. Su esposa lo tranquilizó agarrándolo del brazo—. Si me disculpan…

Estaba siendo una tarde de encuentros fugaces e inesperados, tan inesperados que Hermione aún no asimilaba que se hubiera encontrado con la señora Weasley. Sabía que se exponía a ello, y más si se acercaba al escaparate de Sortilegios Weasley, donde la mujer seguramente estaría cada poco. No había sido una buena idea hacerlo, y todo porque seguro que después de aquello, la noticia de que Hermione seguía viva correría como la pólvora, cosa que no quería que se supiese.

Una vez en la acera de enfrente, lo mejor iba a ser volver a casa, al menos así no se expondría a ser

reconocida por alguien más. Sin embargo, cuando caminaba hacia la salida, sintió cómo una marabunta de gente no la dejaba salir y la empujaba hacia el otro callejón tan oscuro y tétrico, como si estuviera siendo manejada cual marioneta. Se mordió el labio con fuerza e intentó apartar de su lado a los que transitaban por el suelo empedrado, pero fue inútil.

Desde su posición escuchó una risa familiar, una carcajada desquiciada que sólo podía ser de Bellatrix. ¿Estaría ocupada ayudando a su querido sobrino a arreglar el dichoso armario para así cometer un crimen que Hermione no podía evitar? Así lo creía y se le revolvieron las tripas, pero continuó caminando hacia la oscuridad de la calle. Entre las sensaciones que le inspiraba el callejón Knocturn no se encontraba el sosiego. El aire estaba tan viciado que le costaba respirar por entre aquellas paredes tan juntas, y las personas que vagabundeaban por allí, sentadas en cada recodo, la contemplaban con gran interés. Sin embargo, avanzó con decisión sin perder de vista cada detalle de su entorno.

Hermione no sabía hacia donde se dirigía, solamente pensaba en liberar su mente de todo lo que la abrumaba y de los sucesos que habían acontecido en aquel día, aunque difícilmente iba a poder hacerlo si aquella mujer se encontraba allí. Tenía hambre, y a medida que caminaba el ambiente era cada vez más incómodo. Dejó de oír la risa contundente, pero una mujer cubierta con una andrajosa capa la seguía sin disimulo y Hermione comenzaba a estar asustada, a pesar de que se estaba acostumbrando a lidiar con gente peligrosa.

La chica miró de reojo a aquella mujer, que parecía no querer quitarle el ojo de encima, e introdujo su mano derecha en su túnica, asió fuertemente su varita y, con un movimiento limpio y rápido, la sacó profiriendo un hechizo que por desgracia no dio a su objetivo. Hermione se escondió tras la esquina de Borgin y Burkes mientras la mujer, cuya capa se había caído dejando ver su desencajado rostro, no cejaba en su empeño de matar a la chica, pues de su boca no salía más que la maldición asesina una y otra vez, que por suerte rebotaba en las paredes del callejón.

Fue algo visto y no visto.

—¿Por qué estás aquí, sucia? ¿No ves que estás interrumpiendo nuestro trabajo?— Su voz dejaba ver a una desquiciada Bellatrix.

—¡Si me matas no podré marcharme!— Hermione había dicho aquello más por hacer que aquella loca entendiera la lógica, más que por hacer un chiste de todo eso.

Sin embargo, lejos de responder, Bellatrix profirió una de sus sonoras risotadas, mientras se apoyaba en una pared y se agarraba el abdomen, lo que evidenciaba que todo aquello le resultaba más que divertido. Hermione ya no sabía qué hacer para que esa arpía la dejara tranquila, pues siempre aprovechaba cualquier ocasión para humillarla, y ya de paso, acabar con ella.

Dado que había perdido la confianza de Voldemort, ahora Hermione no era su protegida, de modo que Bellatrix podía regocijarse mientras hacía todo lo posible por hacer de su vida un infierno. Decidió, tras varios minutos oyendo nada más que las carcajadas de aquella loca, desaparecerse; pero algo mejor se le ocurrió:

- Quizá… ¡quizá pueda ayudaros con el armario! –Lo dijo sin reflexionar demasiado las consecuencias de lo que acababa de decir.

Bellatrix se mostró dubitativa unos segundos, pero finalmente accedió y asintió, y eso sólo quería decir que necesitaban ayuda desesperadamente, aunque fuera de una sangre sucia. Hermione reapareció saliendo de detrás de la pared, con las manos en alto para que la mujer viera que no tenía intenciones ocultas, pero Bellatrix ya no se fijaba en ella sino en que la marca comenzaba a dolerle y se movía; Hermione no se había percatado de que la suya también se contorsionaba en su antebrazo.

—Te has librado, sucia —. Sonrió con malicia y se desapareció, al igual que los mortífagos que se hallaban dentro de la tienda.

Comenzaba a oscurecer, Hermione no había comido nada desde por la mañana y para colmo, el Señor Tenebroso la reclamaba de nuevo; pero era la oportunidad que buscaba para comprobar si su intuición iba por buen camino, así que se despareció y al instante aterrizó, tras dar unas cuantas vueltas que consiguieron revolverle el estómago como nunca, ante la mansión de los Malfoy. Aquella casa parecía más bien un palacio, al menos por fuera, y Hermione estaba segura de que también por dentro, pues los Malfoy no iban a perder la oportunidad de ostentar más que nadie.

Caminó hacia la verja que protegía la mansión, la cual se abrió a su paso, y contempló los cuidados jardines que flanqueaban aquellas paredes. Entró con sumo cuidado y comprobó que no estaba errada en sus pensamientos: una larga mesa de madera se hallaba colocada en medio de una sala enorme, iluminada por unos cuantos candelabros que teñían la estancia de tonos lúgubres, y en ella ya estaban sentados gran parte de sus compañeros. Voldemort la vio entrar y la invitó a sentarse con un gesto de la mano, que Hermione supo agradecer inclinando la cabeza.

Cuando llegó el resto de la comitiva, el Señor Tenebroso se dispuso a lanzar su acostumbrada perorata:

—Como bien sabéis, por motivos de seguridad hemos tenido que trasladarnos a la mansión de nuestro amigo Lucius, que tan amablemente nos la ha ofrecido—. Lucius ni siquiera lo miraba y temblaba de pies a cabeza. Estaba muy demacrado, al igual que su esposa y su hijo Draco.

Voldemort continúo hablando largo rato, pero Hermione no lo escuchaba: estaba demasiado concentrada intentando escuchar cualquier ruido que le indicara que allí podría encontrarse Barty, por pequeño que fuera. Sin embargo, era imposible oír nada, así que intentó prestar atención a lo que Voldemort decía, la reunión terminó, otra de esas reuniones tan insulsas e inútiles que Hermione se preguntaba si realmente Voldemort sabía lo que estaba haciendo, la chica se dispuso a salir con todos los demás. Pero no iba a abandonar la mansión, no de momento al menos: asegurándose de que nadie la veía, se alejó todo lo posible de sus compañeros y se internó en otra sala, otra de las enormes estancias de aquella increíble vivienda. Barty debía de estar en algún sótano o bodega, no iban a dejarlo al descubierto para que nadie lo viera, así que corrió mirando en derredor y entrando y saliendo constantemente de las habitaciones; pero dio tantas vueltas que temió haberse perdido.

El miedo a ser descubierta era cada vez mayor, pero Hermione no cejó en su empeño y siguió buscando, aunque ya llevaba un buen rato haciéndolo. Sin embargo, cuando ya empezaba a desesperarse, un grito casi agónico proveniente de la sala en la que había entrado la llenó de esperanza y de temor.