Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia lo diré al final.
CAPITULO 19
EDWARD POV
Mientras caminaba a casa tras pasar por casa de Emmett y Rosalie antes de que se fueran de luna de miel, disfruté del silencio. Un silencio pacífico. El tipo de silencio que te permite escuchar cómo las hojas canturrean la canción del viento. No era el tipo de vacío espantoso que sabía que me esperaba en casa. Kate nunca había aceptado el trato de silencio. En realidad, nunca nos habíamos peleado mucho, hasta la noche que volví de la boda.
Ella quería retomar la discusión sobre tener hijos, así que le dije que la una de la madrugada no era el momento y me fui a dormir. Durante tres días no dejé de mirar el calendario, rezando porque comenzara la gira veraniega y pudiera escapar del escrutinio constante. Lancé las llaves tras entrar en casa y vi a Kate acurrucada en el sofá de la sala de estar, limpiándose los ojos con un pañuelo.
Pareció sorprenderse cuando entré y se dio la vuelta hacia la ventana que da al sur. Apartándose de mí. Sentí una pesadez en el pecho al verla así. Podía manejar la ira silenciosa. Pero no podía aguantar escuchar las lágrimas que caían y llenaban el espacio a su alrededor. Ahora no sólo estaba cabreada. Estaba dolida.
—Kate. —Exhalé lentamente y me dirigí al sofá, sentándome con cuidado a su lado. Aún no se había quitado el pijama y tenía el cabello revuelto.
—Déjame sola, Edward. Por favor. —Su voz temblaba, igual que su cabeza y sus rodillas. La ignoré y le puse la mano sobre la espalda suavemente. —He dicho que me dejes sola —repitió sin dudar.
Quité la mano de su espalda, junté ambas ante mí y me incliné hacia delante apoyando los codos sobre las rodillas.
—No te voy a dejar sola, Kate. Eres mi mujer y estás molesta. Quiero hablar contigo sobre lo que te esté molestando lo bastante para haber mantenido este sitio en silencio durante los últimos tres días.
Kate soltó una suave risita, sarcástica.
— ¿Tres días de silencio son demasiado para ti, pero yo tengo que sonreír y aguantar vivir con un fantasma durante los últimos cinco años?
— ¿Perdona?
—Podía aceptar a Isabella Swan, Edward. Su existencia en este mundo, tu historia con ella…
—No tengo ninguna historia con Isabella, Kate —mentí.
— ¡Sigues sin querer admitirlo! La mejor estudiante del Conservatorio lo deja al comenzar su último año y tú dimites una semana después. No te atrevas a decirme que no hay nada entre vosotros, Edward. Especialmente cuando media clase de Fundamentos de Glen Wild os vio liándoos en la calle. —Con una burla malhumorada, Kate se recostó y se cruzó de brazos.
Tomé una bocanada intensa para mantener la paciencia, y miré a Kate lentamente.
—Ya hemos hablado de los motivos por los que dimití en el Conservatorio. Hace ya cinco años de eso. Lo que no entiendo es a qué te refieres con su fantasma.
Sin decir nada, Kate se puso en pie y caminó hacia el piano de cola mignon al lado de la ventana, pasó los dedos por la madera negra brillante antes de hablar mirando por la ventana.
—Había escuchado rumores, como todo el mundo. Pero pensé que sólo eran rumores. Eres un buen hombre, Edward, con una ética firme. Sabía que nunca pondrías en peligro tu carrera acostándote con una estudiante. Cuando me mandaste a paseo en Lenox aquel verano, sabía que habíamos terminado. No estabas interesado en nadie, mucho menos en mí. No habías tenido novia desde que tú estudiabas en el Conservatorio. —Kate se encogió de hombros y se volvió hacia mí, apoyándose contra el piano—. Entonces la besaste. En medio de Boston, para que todos lo vieran.
Tragué saliva, asintiendo. No podía refutar nada de todo eso, especialmente porque nunca le dije que me acosté con Isabella.
—Aunque en aquel momento tú y yo sólo llevábamos saliendo algunos meses, me dolió. Pensar en que besaras a Isabella… o a cualquiera, en realidad. Ya me gustabas mucho antes, pero tú no estabas interesado en mí.
No sabía a dónde quería ir a parar con todo eso, pero sentí la necesidad de ponerme en pie y acercarme a ella, junto al Steinway que presidía la discusión.
—Kate, te quiero… —Mi voz se apagó mientras la tomaba de las manos.
— ¿Entonces por qué nunca he tenido al Edward que Isabella Swan si pudo tener? ¿El que iría a bailar sin tener que persuadirle durante horas? ¿El que me agarraría en una esquina concurrida y me besaría como si nadie nos viera? —Separé los labios para replicar, pero siguió hablando—. Me he quedado con tu fantasma. Nunca sabré por qué esa chica consiguió esa parte de ti que nadie había visto antes…
— ¿Entonces por qué te casaste conmigo? —espeté sin tacto alguno.
— ¡Porque te amo! —Nuevas lágrimas cayeron por sus mejillas drenadas—. Eres inteligente, apasionado, talentoso… Cuando empezamos a salir decías las cosas adecuadas, hacías las cosas adecuadas y me hiciste creer que habías cambiado. Que habías dejado atrás lo que pasara entre tú e Isabella.
Sacudió las manos, liberándolas de las mías, y se las llevó a los labios, bajando la mirada. Me esforcé mucho los meses siguientes a la desaparición de Isabella para recuperar la normalidad. Para recordarme por qué nunca me relacionaba con nadie. Me distraía demasiado de mi carrera. Aunque con Kate estaba seguro. Ella entendía mi compromiso con mi arte y nunca se quejaba de las largas horas que dedicaba. Era paciente y cariñosa y no se interponía en la búsqueda de mis objetivos.
— ¿Qué te hace pensar que no he cambiado? —pregunté, incrédulo.
—La mirada que tenías cuando la viste en la boda. Parecía que hubieras visto a un fantasma y entonces me di cuenta de que yo había estado viviendo con uno.
Frustrado por sus acusaciones, me pasé una mano por el cabello y me di la vuelta, caminando al otro lado de la sala de estar.
—Sí, fue sorprendente. No había visto ni hablado con Isabella en cinco años, lo sabes. Pero es una tontería que te plantes ahí y afirmes que me olvido de toda nuestra relación por la forma en que la miraba, Kate. Te quiero.
La cara de Kate cambió. Calmada, caminó hacia mí y levantó la mirada, con los ojos bien abiertos.
—Entonces formemos una familia, Edward. Tengamos un bebé.
— ¡Maldita sea, Kate! —hablé a través de los dientes bien cerrados.
Dio un paso atrás y frunció el ceño.
— ¿Qué?
—No te vas a aprovechar de esta situación para chantajearme emocionalmente y obligarme a tener un hijo contigo.
Me di la vuelta rápidamente sobre mis talones y me dirigí a la cocina para buscar algo para beber. Y espacio. Kate gritaba detrás de mí mientras me seguía.
— ¿Me tomas el pelo, Edward? ¿Crees que te estoy chantajeando?
Cerré la nevera de un portazo después de sacar una botella y grité:
—Entonces explícate. ¡Explícame cómo esa estúpida historia sobre una estudiante que besé hace cinco años ha provocado que me pidas que ceda a tener hijos!
Kate se sobresaltó.
— ¿Ceder? —replicó gritando—. Es lo que hacen las personas cuando se casan, Edward. ¡Se casan y forman una maldita familia!
— ¡No! —Golpeé el puño sobre la isla de granito—. Eso es lo que hacen las personas que quieren tener hijos, Kate. Personas que lo hablaron cuando salían, cuando estaban comprometidos. ¡Nosotros nunca lo hablamos! Hablamos de viajar y de comprar una segunda casa en algún sitio…
—Tú hablaste de eso.
— ¿Qué? —pregunté, dando un sorbo de agua al fin.
—Tú hablaste de esas cosas, Edward. Hablaste de viajar por el mundo, con la esperanza de poder tocar con una orquesta en el extranjero durante un tiempo. Hablaste de comprar una segunda casa en las montañas de Berkshire. Nunca me preguntaste qué opinaba yo de todo eso. O qué quería. Pensabas más en si retomarías las lecciones con el chico ciego de lo que pensabas en arreglar nuestro matrimonio.
Sacudí la cabeza violentamente. Ella sabía que yo no me sentía capacitado para enseñar a Robert.
—Lo primero, ese chico ciego tiene nombre y es un músico consumado que necesita alguien avanzado para seguir con sus lecciones. Segundo. Estabas de acuerdo con lo que decía, Kate. Nunca te opusiste a nada. Y, sabiendo lo que yo quería, te casaste conmigo igualmente, sin mencionar nunca tu deseo de tener hijos. ¿Qué esperabas de mí?
Kate puso los ojos en blanco.
—Esperaba más. Esperaba una relación. —Sus palabras contenían desprecio mientras me atravesaba con la mirada.
—No tengo tiempo para esto, debo practicar. —Suspiré y salí de la cocina, dirigiéndome a mi habitación de prácticas.
— ¿Disculpa? ¿Aún sigues pensando en ir a esa gira? —chilló.
Me detuve abruptamente y me di la vuelta igual de rápido.
—No —espeté—, no pienso en ir. Voy a ir. Las prácticas empiezan en unos días y nos vamos a final de la próxima semana, durante todo junio y julio.
—Eres un cabrón egoísta, ¿lo sabías? —Su desdeño hacia mí era palpable.
Me pellizqué la nariz y suspiré.
—Quizá deberías quedarte en casa de Emmett y Rosalie unos días.
Jadeó.
— ¿Qué acabas de decir?
—Esto no lo vamos a resolver hoy y me niego a estar todos los días en esta casa incómodo y sintiendo que me menosprecian. Emmett y Rosalie estarán fuera de la ciudad las próximas dos semanas. Volverán a casa unos días después de que yo me vaya de gira.
—No me voy a ir.
—Es mi casa, Kate.
—Oh, que te den, Edward. Es nuestra casa. Estamos casados.
Kate nunca blasfemaba y la convicción de sus palabras me irritaba.
—Vale. Me iré yo.
Fui a la habitación de prácticas, saqué la caja de mi violonchelo y caminé a la puerta.
—Sólo tú y tu violonchelo, ¿eh? Sorpresa, sorpresa.
Kate no me siguió por el pasillo. Se apoyó contra la pared y observó cómo me iba. Sin hablar más con ella, cerré la puerta de golpe tras de mí y me dirigí a casa de Emmett y Rosalie. En cuanto me instalé en su sala de estar, coloqué mi iPod en la base dock de la estantería y apreté el botón de reproducir. Al cabo de unos segundos, estaba tocando el Assobio a Jato junto al sonido de Isabella tocando la flauta durante su breve último curso.
Nos habíamos grabado tocando el uno al otro para poder practicar en nuestro tiempo libre. Algún tiempo después de que se fuera pasé la grabación de CD a mi iPod, y ésa era la primera vez que la reproducía. Cerré los ojos mientras avanzaba por cada medida de la canción. Veía a Isabella fruncir el ceño, con mechones de su cabello dorado cayendo por su cara mientras mantenía todos los tempos que yo marcaba. Quería tocar más fuerte y rápido que la grabación, pero mantuve el ritmo de Isabella, permitiendo que su tempo uniforme me inundara, que calmara el rencor que sentía hacia Kate.
Cómo osaba Kate aprovecharse de sus inseguridades para hacerme sentir culpable y obligarme a tener hijos con ella. Apareció sudor en mis cejas y cayó fríamente por el costado de mi cara mientras volvía a pensar en las aulas de práctica del Conservatorio donde Isabella y yo nos robamos muchos besos. Demasiados. Sacudí la cabeza ligeramente y volví a pensar en Kate. Quizá fui innecesariamente cruel al sugerirle que se fuera de casa durante unos días. Yo era quien tenía el problema.
Yo era quien se resistía a la idea de formar una familia. Tanto si Kate lo admitía como si no, esa gira nos daría tiempo a ambos para tranquilizarnos y replantearnos nuestros objetivos. Confiaba en que para cuando yo volviera en agosto, pudiéramos empezar de nuevo, con claras expectativas de avanzar.
Cuando llegaba al final del Assobio, el recuerdo de la sonrisa de Isabella cada vez que completábamos la pieza con éxito me dejó sin aliento, y enfadado. Aparté mi violonchelo y caminé hacia el iHome, arranqué bruscamente mi iPhone y lo lancé contra la pared soltando un gruñido. Fui a donde había caído en el suelo, me arrodillé y lo recogí. Busqué la grabación de Isabella y la borré tan rápido como pude.
ISABELLA POV
— ¿Estáis seguros de esto, chicos? Me siento un poco rara.
Estaba sentada frente a Nathan y Tanya en una pequeña cafetería de Andover, dudando sobre la decisión de unirme a la gira veraniega de las Cinco Grandes.
— ¿Qué diablos te echa para atrás? —rió Tanya—. Acabas de volver de Moscú y no tienes ningún plan para el verano. Al menos esto te dará algo en lo que centrarte. Y hará que sigas tocando.
— ¿No puedes venir tú también? —La miré suplicando.
—Me encantaría, lo sabes. Hubiera hecho la audición si no me hubiera comprometido ya a dar tantas lecciones privadas este verano. Comienzan justo cuando termina la escuela.
Tanya era la directora de banda de una escuela de secundaria de Andover y parecía que amaba completamente su trabajo. Nathan fingió dolor.
— ¿Qué? ¿Yo no soy suficiente?
Reí.
—No, estoy encantada porque vayas. Pero… es eso. Como ha dicho Tanya, ella tendría que hacer una audición. Rosalie dijo que yo podría simplemente… sustituirla.
Sacudí la cabeza pensando en la breve conversación que tuve con Rosalie el día después de su boda. Me dijo que los organizadores de la gira estarían más que felices si yo la sustituía, especialmente porque toqué en el Ballet de Bolshoi, y sabían que había seguido practicando.
—Vamos —Nathan inclinó la cabeza a un lado como hacía siempre que era dulce—, ¿no crees que los organizadores, los de Boston al menos, estarán encantados de volver a ponerte las manos encima?
— ¿Qué significa eso? —pregunté, mordiéndome la mejilla por dentro.
Tanya sonrió.
—Isabella.
—Tanya —repliqué juguetonamente.
—Te adoran —ella siguió hablando cálidamente—. No sólo porque tengas un talento increíble, aunque es buena parte del motivo. Cuando te fuiste fue como si el quarterback estrella rechazara un contrato con la NFL de tropecientos mil dólares, o algo. Podrías haber elegido la orquesta que quisieras y todas estaban esperando que decidieras.
Suspiré, recordando los muchos correos electrónicos y cartas que había recibido durante los últimos cinco años pidiéndome que practicara o hiciera la audición con orquestas desde Boston hasta San Francisco. Algunos los ignoré, otros los rechacé educadamente. No era lo que quería entonces.
—No decimos que vayan a pasarse el verano vigilándote, Isabella —irrumpió Nathan—. Pero si te lo tomas en serio durante esta gira, bien podrías volver a poder elegir… si es lo que quieres.
—Vale, vale, lo haré. —Sonreí, sentía mariposas en el estómago por actuar con los mejores músicos de élite de Estados Unidos.
— ¡Sí! —Nathan chocó la mano conmigo. Sería genial pasar el verano poniéndome al día con él, también—. Básicamente seremos los miembros más jóvenes de las orquestas de todas formas, puesto que seremos quienes las dirijan de aquí a pocos años. Así que estaremos bien acompañados. Y por fin podrás conocer a Christine.
Christine era la novia de Nathan desde hacía seis meses. Estaba en la orquesta de Chicago con él. Se graduó en Eastman el mismo año que Nathan se graduó en el Conservatorio y era una de los dos intérpretes de arpa de la Sinfónica de Chicago. Nathan parecía completamente enamorado. Sonreí.
—Eso sería genial. Bueno —suspiré—, supongo que debería llamar al número que me dio Rosalie y organizarme. Nate, no te quedarás en el hotel las próximas dos semanas, ¿verdad? Deberíamos quedarnos en casa de Rosalie. Dijo que la llamara si lo hacíamos y que diría a la asistenta que no vaya.
Tanya jugaba con su servilleta mientras hablaba.
—No te quedarás con…
—No —la interrumpí. Ella y Nathan se miraron de reojo—. No quiero hablar de eso ahora mismo, ¿vale?
—Vale —se encogió de hombros—, hablemos de qué vamos a comprar en la licorería esta tarde. No os vais a quedar en casa de Rosalie o en un hotel. Podéis quedaros conmigo. Tengo una casa, ¿os acordáis? Soy una adulta y todo eso.
Todos reímos. Por primera vez en varios años, aparte de mi experiencia en el Bolshoi, me sentía emocionada por mis perspectivas para el final del verano. Varias horas después, estaba sentada en una mesa fuera del Hyatt Boston Harbor, mirando el agua. Una brisa refrescante sopló por mi cabello mientras bebía un Sauvignon Blanc chileno, observando los diminutos botes moviéndose por el puerto. A esa distancia, la ciudad se veía preciosa. Pacífica y acogedora.
Al ver Boston desde esa distancia me acordé de por qué elegí el Conservatorio de Nueva Inglaterra en lugar de Juilliard, a pesar del seductor paquete de becas que ofrecían. Incluso Nathan se fue de su amada Chicago para ir allí. Con la mezcla adecuada de historia estadounidense y entusiasmo contemporáneo, una vez creí que podría llamar hogar a Boston. Pese a todos mis esfuerzos, me resultaba imposible separar Boston de Edward Cullen. Estaba contemplando el lugar donde me rompieron el corazón.
—Isabella, querida, podríamos haber quedado en algún lugar de la ciudad.
Mi madre se sentó corriendo en su asiento, llegaba quince minutos tarde a nuestra cita y pidió una bebida a una camarera que pasaba. Llevaba un vestido negro sin mangas con una falda de tubo, que remarcaba su constitución delgada, calzaba unas bailarinas rojas brillantes y llevaba un cinturón de charol a juego rodeándole la cintura. Diría que era demasiado para ir a tomar unas copas, pero yo había heredado su estilo, y había empezado a imitarlo durante los últimos años, especialmente durante el tiempo que pasé en Moscú. Yo estaba jugando con la parte baja de mi falda gris cuando le hablé.
—Sabes que me encanta este paisaje, Madre. —Suspiré y di otro sorbo a mi copa.
— ¿Cómo fue la boda de Emmett y Rosalie?
—Encantadora —contesté sonriendo.
— ¿Edward Cullen… estuvo allí?
—No sé por qué tienes que mirarme de esa manera —comenté sobre su mirada acusadora—. Pero sí, estuvo. Era el padrino.
Era curioso que cinco años después, reunirme con mi madre en Boston también hiciera que mi madre pensara en Edward. No se puso nada contenta al descubrir lo que pasó entre Edward y yo, aunque sólo sabía lo del beso. Cuando me fui de Boston a casa de Nathan, me lo sonsacó una noche, hablando por teléfono.
Enfurecida, amenazó con llamar a la escuela y hacer que lo despidieran antes de que apenas pudiera convencerla de que él no era el motivo por el que me iba. No estoy segura de si se lo creyó, porque yo misma no pude desgranar todas las razones por las que me iba, pero se lo creyó lo bastante para no llevar a cabo sus amenazas.
—Hmm —se detuvo brevemente para mostrar su sonrisa escénica mientras aceptaba el Manhattan que le traía la camarera—, ¿hablaste con él?
—Madre —suspiré—, fue hace cinco años. Supéralo. Yo lo he hecho.
—No suenas muy convencida…
— ¡Por el amor de Dios, Madre, olvídalo! —Mi voz sonó un poco más fuerte de lo que yo, o mi madre, esperábamos, y las personas de la mesa de al lado alzaron la mirada. Avergonzada, agarré mi copa de vino y le di un largo trago, cambiando la mirada a las diminutas crestas blancas que subían y bajaban en el mar.
— ¿Así que has decidido unirte a esa gira de las Cinco Grandes, he oído? —inquirió mi madre tras una pausa de silencio aceptable.
La mandíbula me falló y se abrió lo bastante para que ella levantara la ceja sorprendida.
— ¿Cómo has…? —mi voz se apagó, realmente no necesitaba una respuesta. Sus contactos en la industria musical estadounidense llegaban tan lejos que apenas me sorprendía que hubiera descubierto la decisión que había tomado sólo unas horas antes—. No importa.
— ¿Y debo entender que, dado que estamos teniendo esta conversación aquí, y no en Moscú, has elegido dejar el Bolshoi?
Asentí sin intentar disimular mi exhalación exagerada.
—Estamos en el descanso de verano, madre. No estoy segura de cuáles serán mis planes.
Chasqueó la lengua contra los dientes y sacudió la cabeza, mirando al otro lado del puente con una expresión amarga.
—No puedes sentar la cabeza y ya está, ¿verdad?
—Es interesante que tú digas eso.
Dejé la copa cuidadosamente y me preparé para su contraataque.
—Jovencita, yo de ti vigilaría el tono.
—Bueno, hemos dejado claro que no soy tú, ¿no?
Hacía un año que no veía a mi madre y me estaba arrepintiendo muy rápido de haberla invitado a tomar algo. Aunque ahora necesitaría un chapuzón muy largo y frío para escaparme. Mi madre se puso en pie con elegancia y se llevó el bolso bajo el brazo.
—No tengo que aguantar esta actitud tuya, Isabella. Me voy.
Después de que se diera media vuelta y avanzara un paso, la detuve.
—Vaya, cada vez es más fácil para ti. —Mi pulso se aceleró mientras me preparaba para lo que le diría a continuación—. Seguir tu camino. ¿Es lo que le dijiste a papá cuando le dejaste el año pasado? ¿Qué necesitabas seguir tu camino?
Se dio la vuelta lentamente y me miró fijamente más alterada de lo que la había visto nunca. Sus ojos azules se oscurecieron y abrió la boca completamente. Había dejado a Renée Dwyer sin palabras. Nunca había hablado de que ella se fuera. Al menos, no con ella. No sólo no la había visto en un año, tampoco había hablado con ella. Aunque recibí llamadas de los dos el día que ella se fue, resultó que contesté la llamada de mi padre primero y me contó la versión cruda de los hechos.
«Ella quería más», me dijo. Más que el hecho de que mi padre renunciara a su carrera para criarme mientras ella viajaba por el mundo haciendo lo que amaba. Más que tener a todo el mundo de la ópera adorándola. Más que hacer exactamente lo que quería, cuando quería. Más que tener a mi padre esperándola amorosamente durante dos décadas y recibiéndola en casa con los brazos abiertos para continuar su vida juntos.
Hizo las maletas y se mudó a Boston. A la puta Boston. La ciudad que yo amaba. Seguí su ejemplo, me eché el bolso al hombro y me puse en pie para irme. Cuando llegué a donde ella estaba, sorprendida e inmóvil por mis palabras, me acerqué para que sólo ella pudiera oírme.
—Me voy. Madre.
Mientras caminaba por el vestíbulo del hotel y salía al aparcamiento, no me giré para ver cuánto tiempo se quedó ella allí. En ese momento, no me importaba si se quedaba allí para siempre. Sola.
