Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18


Recomiendo: Swept Away – The XX

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Capítulo 20:

Vulnerable

"Yo llegué a apartarme cuando pensaba en ti

(…) Tú tomas todo y luego lo alejas

Te perdí, rindiéndome antes de comenzar el juego"

Me sentía acompañada y aliviada, como si un poco de aire entrara en mis pulmones. Quería que me sostuviera fuerte hasta que mis huesos sonaran, hasta que no quedaran pedazos de mí desarmados por el miedo…

Todd.

—Tranquila, nos iremos juntos a mi coche y nos marcharemos al hospital. Ven.

Tomó mi mano y me condujo a su Cadillac a paso rápido. Me abrió la puerta y yo me metí en silencio, mirándolo darse la vuelta y conducir raudo, con ambas manos muy sujetas al volante. Yo aún temblaba y me costaba hilar palabras de forma coherente.

—¿Dónde está? —me preguntó en voz baja, mirándome con sus intensos ojos verdes.

—En… en el hospital presbiteriano —musité.

Asintió y emprendió rumbo hacia el otro lado de la ciudad, mientras yo miraba hacia el frente con los ojos escocidos.

"¿Bree habrá llamado a mi padre? ¿A mis hermanos?", pensaba a cada rato, mientras me debatía si hacerlo yo mientras tanto. Sin embargo, durante el viaje no fui capaz de mover ningún músculo de mi cuerpo.

Edward no me decía nada y se lo agradecía montones, solo bastaba con que estuviera y me mirara de vez en cuando.

Aparcó rápidamente en el primer espacio que encontró entre los estacionamientos y de inmediato me acompañó hacia adentro. Por su rostro noté que no le gustaban los hospitales, lo que me llamó un poco la atención en medio del caos que había en mi cabeza. En la recepción no fui capaz de hablar, tenía la garganta tan contraída que el ejercicio se me hacía muy complicado. Entonces, Edward lo hizo por mí, haciendo uso de su serenidad.

Él aún tomaba mi mano.

—Todd Swan está aún en sala de reanimación —informó la mujer, mirándonos con un poco de tristeza—. Esperen afuera, el médico saldrá en cualquier momento.

Mi respiración se hizo aún más pesada a medida que avanzábamos hacia ese lugar, que quedaba muy cerca de urgencias. Busqué a Bree y la encontré rezando, sentada en una de las butacas. Con el corazón en la mano me acerqué a ella, mientras Edward me pisaba los talones.

—¡Señorita! —exclamó, levantándose del asiento. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Dio un movimiento de cabeza al ver a Edward, saludándolo de forma esporádica—. Lo siento, de verdad, lo siento muchísimo —decía, mientras movía las manos como en una plegaria.

Moví la cabeza en negativo, pues no necesitaba hacer esto.

—¿Qué le pasó? —pregunté en un hilo de voz.

Miró hacia el suelo, un tanto culpable.

—Estaba dándole la cena cuando él me pidió comer solo, como es frecuente. Como ya llevaba tiempo suplicándomelo fui incapaz de decirle que no. —Bree volvió a llorar a medida que recordaba, lo que me impedía mantener el control—. Cuando probaba uno de los tantos bocados, un pedazo se atoró en la garganta. Intenté sacárselo, pero el intento fue en vano. Señorita, perdóneme.

Asentí, mientras sentía el corazón latir más y más fuerte.

La enfermedad de Todd le provocaba ciertas limitaciones que él quería dejar a un lado. Como la parálisis se encontraba en ciertas partes de la médula, la zona cervical resultaba complicada. Su trastorno de la deglución era lo más difícil, cuando era más pequeño temíamos que fuera a pasar algo como esto, y ahora que tenía 7 mi mayor miedo había ocurrido.

—Ve a descansar, Bree, por favor —le pedí, sentándome en la silla.

Bree iba a refutar, pero la mirada de Edward le hizo marcharse casi enseguida. Él, que de pronto se había convertido en mi mayor compañía, se sentó a mi lado. Pude ver la preocupación en su rostro, algo de miedo y también su búsqueda de mi mirada, como si quisiera decirme algo.

Los minutos siguieron pasando de forma muy lenta, lo único que podía hacer era mirar el reloj que había en la pared del frente. Mi atención se iba directamente en contar cada segundo que pasaba y cómo el minutero se movía. A medida que el tiempo seguía transcurriendo, enviaba plegarias internas a quien fuera a escuchar, pidiendo con toda mi desesperación que Todd estuviera bien. Me angustiaba que cada minuto que pasara no tuviera la más mínima noción de su estado.

Un médico muy joven salió por las puertas restringidas, mirando entre las pocas personas que se encontraban en la sala de espera. Me levanté de inmediato y Edward hizo lo mismo que yo. Depositó su mano en mi espalda con cuidado mientras caminábamos hasta el profesional, como si me estuviera asegurando que no estaba sola.

—¿Son los padres? —nos preguntó.

—No, soy su hermana y él es un amigo de la familia.

Asintió y suspiró. Parecía muy cansado.

—El pequeño llegó asfixiado, pero hemos logrado quitar parte de la comida que se había alojado en sus vías respiratorias. Sin embargo, es muy probable que haya aspirado gran parte de lo que estaba consumiendo antes de llevar al ahogo, por lo que es necesario hacer más estudios ante una eventual neumonía.

Tragué e hice un mohín angustiado. ¿Qué quería decir…?

—¿Cómo está él? —me atreví a preguntar.

—De momento el pequeño Todd está grave, pero estamos intentando estabilizarlo. Debemos manejar la hipoxemia y la saturación, sobre todo si se nos presenta una infección. Será trasladado a la Unidad de Cuidados Intensivos y conectado a un ventilador mecánico mientras recupera la capacidad respiratoria. Los siguientes dos días son clave. Le haremos evaluaciones neurológicas para comprobar si existe algún daño producto de la falta de oxígeno.

Asentí, mientras analizaba lo que acababa de decirme una y otra vez.

El médico se marchó, dejándome con una sensación muy amarga en el pecho. ¿Qué iba a hacer ahora? Si Todd se…

Cerré los ojos ante el abismo de aquella posibilidad. Si algo más le sucedía a mi hermano yo realmente me moriría.

—Tranquila, él estará bien —me dijo Edward, poniendo sus manos en mis hombros.

Me imaginaba a Todd tan pequeñito en esa camilla, quizá solo, intentando respirar. La sola imagen me hizo estremecer, tanto que las lágrimas se me hacían imposibles de controlar, aun cuando intentaba no largarme a llorar. Pero fue imposible.

De pronto estallé en un llanto desconsolado, vivo y fuerte.

Edward me miró a los ojos, era la primera vez que me veía llorar, al menos de esta manera. Se veía sorprendido y tenso, sin embargo, lo primero que hizo fue llevar sus pulgares a mi rostro y limpiar mis mejillas, mientras yo seguía dejando ir mis lágrimas. Entonces me apretó contra él, procurando darme su calor.

—No quiero que le pase nada, Edward —sollocé.

—Shh… Estará bien, es un niño fuerte —me susurró al oído.

La melosa voz que emanó de él resultó tan tranquilizadora como abismante. Me separé un poco para mirarlo a los ojos, mientras aún salían lágrimas de los míos. En un sorpresivo movimiento besó mi frente con suavidad, como si temiera lastimarme.

—Gracias por acompañarme, de verdad —murmuré con sinceridad, mirándolo a los ojos.

Él solo asintió, aún conmigo entre sus brazos, de manera que el intenso frío que había en mi interior poco a poco fue desapareciendo.

Nuestra cercanía volvió a unirnos en una conexión visual que poco a poco se volvió intensa, tanto que comencé a sentirme prisionera de sus ojos verdes. De inmediato recordé que estábamos abrazados, incapaces de seguir hablando. Entonces me apoyé en su pecho y dimensioné que, de pronto, volvíamos a estar juntos sin remedio.

—Vamos al servicio crítico —me dijo.

Caminamos hacia la UCI pediátrica en completo silencio. Él mantuvo una distancia por respeto pero, si era sincera conmigo misma, no quería que existieran esos centímetros entre ambos.

La entrada a las salas estaba cerrada, por lo que sólo restaba esperar afuera, donde las butacas se veían solitarias. Al principio me rehusé a sentarme, pero de un momento a otro sentí mucho cansancio y me dejé caer con rapidez. Edward se sentó a mi lado, suspiró y yo lo seguí; de pronto nos habían comido la lengua.

En un momento recordé a papá y a los demás, quienes no tenían idea de lo que había ocurrido. Como me costaba mucho hablar me decidí por hacerlo solo con Charlie, quien me contestó al cuarto intento. Lo único que fue capaz de responder era que vendría lo más pronto posible.

—Si quieres puedo llamar a Alice —me dijo Edward en tono amable mientras yo guardaba mi teléfono en el bolsillo de mi abrigo.

—Descuida, de seguro papá llamará a todos —respondí—. Gracias.

Él asintió.

Apegué mi cabeza en la pared, mientras miraba a Edward juguetear con un barquito pequeño que había sacado de su bolsillo.

—¿Y eso? —inquirí.

Él me sonrió y me lo entregó como si se tratara de un tesoro.

—Me lo regaló tu hermano.

—¿De verdad?

—Lo hizo cuando fuimos a pescar —murmuró.

Eso había ocurrido hace unos días atrás.

—Todd no suele regalar sus barquitos a cualquier persona —le comenté con una sonrisa.

Edward me miró los labios por un momento hasta subir lentamente a mis ojos.

—Soy un afortunado entonces.

—Ya lo sabes, le has caído muy bien. Creo que ya te ha tomado muchísimo cariño.

Moví el barquito entre mis dedos y los ojos volvieron a escocer de tan solo recordar a mi hermano. Se lo entregué a Edward, quien al recibirlo tocó mi mano con lentitud.

—Bella, si quieres algo, lo que sea, sólo pídemelo, ¿sí?

Pestañeé, de pronto muy sensible.

—Que te quedes conmigo, al menos… hasta que los demás lleguen —susurré.

Él me contempló, muy cerca de mí, y en un instante sonrió, dándome mucho valor.

—No tienes que pedirlo, me lo planteé en cuanto llegamos aquí.

Suspiré muy profundo, de esos largos y lastimeros.

De un momento a otro todo había dado un giro sin piedad. En unas horas iba a abordar un avión, iba a irme y también dejaría de ver a Edward, todo por 45 días. Eso ya no iba a suceder, porque me quedaría aquí y porque él estaba conmigo.

Vi salir a una enfermera desde UCI pediátrica. Me levanté y caminé rápido hasta ella, tomándola desde el brazo para llamar su atención. Esta era mi oportunidad.

—Buenas noches, señorita, estoy esperando noticias de mi hermano, ¡ni siquiera he podido verlo!

Ella elevó las cejas, sorprendida y empática.

—¿Quién es su hermano? —inquirió.

—Todd Swan.

Ella suspiró, recordando perfectamente.

—El pequeño Todd —musitó—. No puedo permitirle la entrada, no hasta que esté lo más estable posible.

Su respuesta me hizo sentir desesperación y angustia. ¿Cómo podría soportar todas estas horas hasta saber su real estado?

—La ventilación mecánica le está ayudando a respirar. Es un estado crítico, lo mejor es que usted intente tranquilizarse hasta que…

—¿No puede permitírselo un momento? ¿Aunque sea uno? —interrumpió Edward, llamando nuestras atenciones.

La enfermera se sorprendió.

—Solo un minuto, pasado el minuto se marchará, téngalo por seguro —volvió a decir con ímpetu.

Ella nos miró a ambos y entonces asintió, frunciendo los labios.

—Solo un minuto —repitió con algo de severidad—. Señorita, pase por favor.

Pero antes de hacerlo me frené, incapaz de seguir. ¿Era capaz de verlo en el estado en que se encontrara? ¿Era capaz de contenerme como la mujer fuerte que era, aun cuando me destruiría mi impotencia por no poder hacer algo más por él? Dios, no podía hacerlo, no podía verlo sufrir más.

—Si te acompañara, ¿podrías hacerlo? —me preguntó Edward.

Me giré a mirarlo, solo un poco. Entonces fue suficiente para asentir. Algo en él me generaba tanta seguridad que no podía comprenderlo. Era como si de pronto Edward me recompusiera sin remedio.

La enfermera nos permitió la entrada a una sala grande, en donde no había habitaciones, solo un conjunto de camas que se separaban entre sí por máquinas llenas de cables y tubos. El único sonido que se oía era el de esas mismas máquinas, que contabilizaban y evaluaban las constantes vitales de cada niño que había ahí.

Edward me vio dubitativa, así que él mismo tiró de mí con suavidad, poniendo su mano en mi espalda.

La enfermera nos llevó hasta la última cama, desde donde se veía a Todd bocarriba, con un tubo en sus vías aéreas, conectada a una máquina que emitía un ligero sonido. Su aspecto lucía tan inocente y vulnerable, como si fuera a desarmarse en cualquier momento. Me llevé una mano a la boca para ahogar un pequeño quejido de dolor, el que provenía desde lo más interno de mí.

—Oh, Todd —musité, repasando cada uno de los detalles que había en él, grabándome su indefensión, aun cuando las lágrimas acumuladas en mis ojos me impedían verlo con nitidez.

Toqué sus labios, que estaban semi azules por la falta de oxígeno. Fue inevitable que comenzara a sentirme inútil, pues no sabía qué hacer para que Todd mejorara. Llegué a su frente y la acaricié con lentitud, buscando la forma de brindarle calor.

—¿Por qué teníamos que ser parte de una batalla sin fin? —le pregunté en voz baja, acomodándome a su lado—. No quiero perderte, me muero si eso ocurre. Tú no querías que me fuera, vaya forma de retenerme, ¿eh? —Mi intento de humor negro me hizo sonreír con cierta levedad, a pesar de mi lucha por no echarme a llorar—. Por favor, abre tus ojitos, escúchame y sigue conmigo, hagamos de este nuevo obstáculo un recuerdo y un miedo pasajero, por favor. —Mi voz fue bajando lentamente hasta el susurro ininteligible. En mi garganta solo había un grueso nudo que me costaba incluso la respiración.

—Señorita, ya es hora de marcharse —me recordó la enfermera.

Asentí, pero no quería irme. ¿Cómo dejarlo aquí, tan solo? Una vez lo abandonaron y yo prometí que no iba a hacerlo nunca.

Vi la mano de Edward acercarse a la mejilla de Todd, la cual acarició con lentitud y cariño. Su mirada tan paternal me conmovió de tal manera que no fui capaz de seguir aguantándome las lágrimas.

—Ven, vamos afuera, Todd está en buenas manos —me susurró él al oído.

Me mordí el labio inferior y entonces asentí a regañadientes.

Caminamos juntos a la salida, mientras yo sentía que una parte de mi alma se quedaba en esa sala. Una vez afuera me aferré a la pared y me eché a llorar con fuerza, con el ardor de la tristeza y la impotencia en cada rincón de mi cuerpo. Edward me sostuvo un momento, aunque tan tenso como nunca, como si verme tan descompuesta… lo descompusiera a él. Sus ojos verdes estaban tristes, amargos y súbitamente tan humanos como jamás lo había visto. Era ese Edward que sentía, no el frío e irónico que hace poco me había hecho trizas la cabeza.

Él se dio cuenta de mi mirada, por lo que desvió ligeramente la suya.

—Llora, llora todo lo que puedas, te hará bien —exclamó, alejándose un poco.

Caminé hasta las butacas y en el momento en que me senté, todo el peso del día cayó de golpe. Sentí los pasos de Edward que venían y luego lo vi agacharse frente a mí para acomodarse a mi altura.

—¿Quieres algo para beber? ¿Un café, un té…? ¿Agua? —inquirió.

Sus ojos verdes parecían estar luchando con dos emociones que no pude descifrar, lo único que sabía era que estaba intentando hacerme sentir bien.

—Un té, por favor —murmuré, pasándome el dorso de la mano por la nariz.

Del bolsillo interior de su blazer sacó un pañuelo de tela color azul claro. Lo llevó a mis mejillas y me las secó, procurando hacerlo lento y suave.

—Te lo traeré enseguida —dijo, levantándose y yendo hacia algún lado del hospital.

Yo lo quedé mirando, atenta y con el corazón cálido, porque a pesar de todo me sentía muy acompañada.

Estaba somnolienta, mirando hacia la ventana más cercana. Un humeante té llamó mi atención; era Edward, cumpliendo su promesa de traérmelo.

—La cafetería más cercana estaba unos pisos más abajo, por eso la demora —me comentó, sentándose a mi lado.

—Gracias.

El sabor del té me hizo dar cuenta de que no había comido nada en muchas horas, aunado a mi nerviosismo por el viaje que tendría en unas horas más. Sin embargo, no sentía hambre, era como si mi estómago estuviera anudado.

—Ten —dije, entregándole el pañuelo—. Ya estoy mejor.

Él negó, sonriendo.

—Quédatelo, siempre cabe la posibilidad de que lo vuelvas a necesitar.

Asentí, sonriendo también.

—¿Sabes, Edward? Todd tiene muchos sueños, más que cualquier niño —murmuré. Edward prestó atención, contemplándome—. Luché muchísimo para que pudiera llegar a ser quien es hoy, ¿por qué el destino es tan injusto?

El cobrizo acercó su mano a mi cabello, pero no se atrevió a tocarme, parecía temeroso de hacerlo. Tragué y luego le di un sorbo a mi té, un poco decepcionada.

—La vida siempre nos recuerda qué tan fuerte somos. —Hizo una pausa calmada—. A los débiles las vidas se las sirven en charola de plata, a los fuertes les hacen luchar. El sacrificio es duro mientras se batalla, pero una vez que ese mismo sacrificio rinde sus frutos, nada más importa. Todd es un niño singular, sé lo mucho que les ha costado llegar a esto, pero estoy seguro que esta no es más que otra prueba para demostrar cuán fuertes son ambos.

La profundidad de sus palabras me resultó conmovedora, haciendo gala de su madurez y su experiencia. Me pregunté si en su interior aguardaba una parte llena de sacrificios, como un valiente, o si era ese débil al cual la vida lo trató con esa misma charola de plata que él decía.

—¿Por qué no te gustan los hospitales? —me atreví a preguntar. Volvió a tensarse.

—Porque aquí vi morir a mi hermana —musitó, mirando la inmensidad de los pasillos—. Era este mismo lugar… —Suspiró, sonriendo con pesar—. Al fondo está la sala de UCI adultos, donde la vida parece irse casi a cada segundo.

Era la primera vez que lo veía tan nostálgico y tan triste, hasta el punto en que sus ojos parecían al borde de las lágrimas.

—Siento haberte preguntado eso —musité con sinceridad.

Negó, quitándole importancia.

—Eso sucedió hace mucho tiempo, 20 años no son en vano.

Pero a pesar de sus palabras, me pude dar cuenta que 20 años eran muy pocos para olvidar, su mirada no mentía.

El té fue suficiente para relajarme un poco, tanto que el cansancio primó de forma rápida.

—Necesitas descansar —me hizo saber.

—Sí, pero la pared no es muy cómoda para cerrar un poco los ojitos.

—Tienes razón. —Se quedó un momento en silencio—. Pero yo puedo ser tu soporte.

Me reí.

—¿No te molesta?

Negó al instante, mirándome con mucha paz.

Entonces me apoyé despacio en su hombro y él pasó un brazo por los míos, aferrándome a su calor. Cerré los ojos y en un segundo me fui quedando dormida, mientras sentía cómo sus dedos me acariciaban el cabello.

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¿Dónde estaba?

Pestañeé y me removí un poco confusa, sintiendo un calor inconfundible. Estaba durmiendo en el hombro de él.

—Te has quedado dormida muy rápido —murmuró, hablándome muy cerca.

—¿Cuánto tiempo?

—Una hora.

Bostecé y él sonrió, sin quitarme los ojos de encima. Yo aún estaba apoyada en su cuerpo, muy cómoda y tranquila; no quería separarme.

—Me respiraste todo el tiempo en el cuello —me contó—, fue difícil.

—¿Por qué? —inquirí.

Antes de que pudiera contestar, vi emerger a papá y a Sue del ascensor más próximo. Nos separamos de manera rápida y nos levantamos de la silla, algo tensos.

—¡Isabella! —exclamó Charlie, quien ni siquiera se percató de nuestra cercanía. Parecía que lo único que había en su mente era su hijo menor.

Al juzgar por la expresión de Sue, que también parecía muy preocupada, tampoco había visto nada.

—Papá, Sue —dije, desperezándose con rapidez.

Enseguida fui a abrazarlos.

—Dime, ¿cómo ocurrió? —inquirió él, intentando mantener la calma.

Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras relataba lo acontecido, por lo que vi a Edward un paso adelante. Al instante frenó, como si se diera cuenta de lo que estaba a punto de hacer.

—Cuando acababa de recibir la noticia de Todd, fue el Sr. Cullen quien me llamó —le conté. Tanto Charlie como Sue se giraron a mirarlo.

—Quería comentarle uno que otro asunto de la boda antes que se marchara —añadió el cobrizo.

—No dudó en traerme hasta aquí, estaba tan desesperada y angustiada que de haberme venido sola probablemente me habría perdido entre el gentío.

Charlie le tendió una mano, su expresión era de total gratitud y el aludido se la apretó, no sin antes darme una pequeña mirada.

—Muchas gracias, Edward, no tengo cómo agradecerte lo que hiciste, vives al otro lado de la ciudad y aun así la acompañaste.

—No fue ninguna molestia, en cuanto supe que Todd estaba en el hospital no lo pensé dos veces —murmuré—. Además, ya somos prácticamente de la misma familia.

Se sonrieron, especialmente papá, que no daba más de la gratitud.

—¿Cómo está? —preguntó Jasper, tirando de la mano de Alice.

—Conectado a ventilación, apenas he podido verlo…

—Sabía que la niñera era una mala elección —regañó Emmett, quien había llegado hace poco más de 10 minutos con Rosalie.

—No es momento para buscar culpables —señaló Charlie—. Ella ha sido una excelente niñera, tanto Bella como yo lo sabemos.

Emmett se dejó caer en una de las sillas, mientras el llanto comenzaba a apoderarse de él. Jasper se acercó y palpó su espalda, acompañándose en su dolor. Yo preferí dejarlos solos y mis ojos buscaron a Edward, que estaba parado a un lado de la pared, mirando a mis hermanos con un dolor muy duro en sus cuencas.

Desde que había pisado el hospital parecía muy triste.

—Lo sé, es tan triste —le dijo Alice en medio de un suspiro, apoyándose a su lado.

Él le pasó un brazo por sus hombros y la acercó a él.

—Sabes que no me gusta visitar hospitales.

Asintió.

Sue venía llegando de hablar con una de las enfermeras que aguardaban en la estación, pero a juzgar por su rostro, no traía buenas noticias. Charlie corrió hacia ella, así como yo y todos los demás.

—Aún no nos dejarán verlo, Todd se mantiene en vilo por esta noche. Creo que es buena idea que vayas a descansar, Bella, ya has pasado demasiadas horas aquí —me dijo.

Yo negué de inmediato. No iba a dejarlo.

—¡Estoy bien!

—Al menos vamos a bebernos un café a la cafetería, ¿sí? —dijo Alice—. Rose, tú también.

—Ni lo dudes. No quiero que mi amiga absorba todo esto sola —respondió mi rubia amiga de inmediato, apegando su mejilla a la mía.

Yo las miré, agradecida, y no pude negarme.

—Yo las acompaño, creo que es buena idea que Charlie y los demás se queden un momento a solas —exclamó Edward de pronto—. Yo invito.

Me quedé con media sonrisa saliendo de mis labios y asentí.

—Te hará bien, ¡vamos! —le instó Rosalie, tomando su mano para levantarla de la butaca.

Yo me senté en un sofá muy bonito, esperando con paciencia. De pronto, Edward puso un cupcake amarillo frente a mis ojos.

—¡Es amarillo! —exclamé, pasando el dedo por la crema y luego metiéndomelo a la boca.

Mi pequeño atisbo de alegría lo hizo sonreír. Bueno, yo ni en los peores momentos dejaba que el pesimismo me ganara.

—Mmm… amarillo, ¿tú sabías que era su color favorito? —le preguntó Rose de forma directa y sin rodeos, mientras se llevaba una galleta a la boca.

Edward carraspeó, tiró de su traje y se sentó en el sofá que había frente a mí con naturalidad.

—Creo haberlo oído en algún momento y, bueno, si sirve para ver sonreír a la Srta. Swan, estoy por pagado —dijo frente a su humeante noisette.

Yo enarqué una ceja y me hice la desentendida, aun cuando no dejábamos de mirarnos.

—¿De qué hablan? —inquirió Alice, que venía llegando del baño.

—Nada importante —afirmó Rose, cruzándose de piernas—. ¿Cómo te sientes, cariño? —me preguntó, acariciando mi espalda.

—Mucho mejor, este Vienés me ha hecho entrar en calor —susurré, quitándome el abrigo con lentitud.

Tanto Alice como Rosalie se miraron a los ojos al ver que yo solo llevaba un pijama delgado bajo el abrigo. No recordaba haber salido tan deprisa, sin vestirme.

—Sí que has salido apurada de tu departamento —bromeó Rosalie, quitándole importancia.

Me encogí ligeramente de hombros.

—Ni siquiera me di cuenta.

—Te traeré algo para cambiarte —exclamó Alice—. Si no te irás a tu departamento hasta mañana, será mejor que te cambies con algo más cómodo y más abrigado, comenzará a hacer frío.

—Tranquila, estoy bien, no tienes que molestarte en ir a mi departamento —repliqué.

—Alice tiene razón, así aprovecha de traer tu amado cepillo de dientes y de ver que Señor Calabaza está bien —dijo la rubia, acariciando mi cabello.

—¿Irán ambas? —preguntó, cediendo a la insistencia.

—Iré yo… y Alice —exclamó Edward, llamando la atención de todas—. Tengo que ir a mi departamento y así aprovecho el viaje.

Yo asentí y bajé la mirada a mi café.

¿Eso significaba que se iba?

Después de un rato, tanto Alice como Rose se fueron hacia el mostrador a comprar galletas para los demás. Yo me mantuve en silencio, mirando mi taza vacía, absorta en algunos pensamientos.

—Deberías hablar con tu jefe, mañana te ibas, es bueno que sepa lo que pasó —me recordó.

Vaya, lo había olvidado nuevamente.

—Carajo —fue lo único que dije, llevándome una mano a la frente.

—Espero que ese Vulturi comprenda por lo que estás pasando. —Me miraba serio, frunciendo el ceño y algo malhumorado de recordar a un Vulturi.

—¿Por qué lo dices? Él ha sido muy bueno conmigo.

Suspiró.

—Aro Vulturi no es santo de mi devoción, menos aún la tracalada que había en su familia. Espero que ese hombre no sea un jefe tirano y egoísta, son calificativos bastante comunes en su estirpe.

Me quedé intrigada por lo que dijo. ¿Qué le sucedía con los Vulturi?

No pudimos seguir hablando, pues Aro me había contestado. Él entendió mi situación y no tuvo reparos en ofrecerme su apoyo. Al menos tenía un peso menos encima.

Cuando guardaba mi móvil, Edward levantó la mano para pagar. Una mesera joven y amable se nos acercó, mirando más de la cuenta al guapo maduro que tenía en frente.

No la culpaba.

En el momento en que se fue, Edward iba a levantarse, pero yo tomé su mano para que no lo hiciera aún.

—Gracias —susurré.

Él frunció levemente el ceño.

—¿Por qué?

—Por el cupcake —señalé—. Estaba rico.

Respiró hondo y me sonrió, llevando unos dedos a mi barbilla para tirarla con suavidad.

—De nada.

Nos separamos y las chicas se acercaron, ya listas con las galletas.

Pasaba de las 3 de la madrugada cuando caí en cuenta de que efectivamente las buenas noticias tardarían en llegar.

Papá y Sue se habían quedado dormidos en una esquina, tapados con la chaqueta de él, mientras que Rose y Emmett se habían ido junto a Jasper a buscar algo de ropa tanto para ellos, pues iban a pasar la noche aquí y luego se irían temprano a la florería.

Yo estaba parada frente a una ventanita, mirando a la sorpresiva lluvia. Parecía que el cielo lloraba una noche llena de sentimientos.

De reojo vi que venían dos personas. Al girarme vi que se trataba de Alice y de Edward, quien le pisaba los talones. Fue inevitable que sintiera alegría, especialmente por el último, quien además venía con ropa limpia para mí.

—Vinieron —exclamé—. Creí que lo harían mañana.

—Nos demoramos porque aproveché de alimentar a Señor Calabaza y ordenar un poco la ropa —me informó Alice.

—Mentira, se quedó combinando la ropa —la acusó su tío.

—Oye, eso es secreto —le refutó ella.

Edward se rio y yo lo contemplé hasta que él lo notó y yo desvié mi mirada.

—No iba a quedarme tranquilo hasta que usted tuviera su ropa. Tome. —Edward me entregó el pequeño bolso y yo lo apreté contra mi pecho, muy sonriente.

—Gracias —le dije a ambos—. Iré a cambiarme. Ten, toma mi chaqueta.

Palpé mis bolsillos para sacar mi móvil antes de quitarme la prenda y en el acto encontré el reloj que Edward me había regalado para mi cumpleaños. Con la noticia de hoy ni siquiera me di cuenta que lo había traído conmigo. Los dos lo notaron, Alice abrió los ojos de manera exagerada y Edward frunció ligeramente el ceño.

—¿Y eso? —me preguntó mi amiga de inmediato—. Por Dios, es hermoso, ¿quién te lo regaló? No me lo digas, fue Trace.

Suspiré, temerosa de ver a Edward, porque cada vez que se lo nombraban se ponía como un león furioso.

—N—no fue él.

—¿Entonces? ¡Es que está divino! Este hombre se esmeró, definitivamente. Mira como brilla… Demonios. —Alice estiró su mano, pero yo se lo quité, celosa de él—. Malvada.

Lo miré unos segundos y luego lo hice con Edward, que tenía los brazos cruzados, esperando a lo que fuera a decir.

—Sí, se esmeró, ¿no crees? —Me mordí el labio inferior—. Es el reloj más hermoso que he visto.

Edward sonrió de manera leve, lo que por poco me hace sonreír a mí.

—No, ¡y tiene tu nombre grabado! ¡Isabella Swan dime quién es! —exclamó.

Yo suspiré, porque no podía ser franca. El hombre que me había dado un detalle tan impresionante era su propio tío.

Edward notó mi cansancio frente a su insistencia.

—Alice, es suficiente, mantengamos la vida privada de la Srta. Swan al margen, su hermano está grave —ordenó de manera autoritaria.

Era la primera vez que lo veía usando su autoridad frente a su sobrina, y si era franca, daba un poco de miedo.

—Bien, lo siento, mi tío tiene razón. —Ella hizo un puchero y me besó la mejilla—. Pero algún día debes contarme quién es él.

Suspiré. Eso quizá nunca iba a suceder.

Mi amiga moría de sueño, así que se disculpó para irse a su departamento. Edward iba a dejarla sana y salva, así que era hora de despedirse.

—Mañana tengo trabajo —susurró muy cerca.

Asentí.

—Comprendo, tampoco es tu obligación quedarte conmigo toda la noche. Ve a descansar.

—Pero es lo que quiero.

Nos quedamos mirando, conectados una vez más.

—¿Volverás?

Asintió.

—No pronto, mañana tengo todo el día ocupado y el siguiente probablemente también.

Intenté no hacer ningún gesto de desilusión, pero fue inevitable.

—Prometo que volveré, tan pronto como pueda.

Asentí.

—Hazlo cuando puedas.

Se acercó y me besó la frente de forma apremiante.

—Estaré pendiente de ti y de Todd. Nos vemos luego.

—Gracias por todo, Edward, de verdad.

Se quedó un momento oliéndome mientras sus manos instintivamente me abrazaban con añoranza. Luego se separó y se fue, caminando a paso lento hacia la salida. Pero, antes de marcharse definitivamente, se giró a mirarme.

—Deberías usar ese reloj. —Sonrió.

Me mordí el labio inferior.

—Ayúdame a ponérmelo.

Edward vino hacia mí, muy decidido, y tomó el reloj con cuidado.

—¿Prometes no quitártelo?

—Lo prometo. Acabo de asumir que soy la dueña de algo tan lindo, debes entenderme.

Sus ojos verdes me recorrían a medida que me ponía su regalo, tomándome la mano en el instante. Cuando estuvo listo, entrelazó sus dedos con los míos.

—Hasta pronto, Bella.

—Hasta pronto.

Lo último que vi fue su cabello cobre y su altura, desapareciendo por el ascensor.

Respiré hondo y me fui a sentar con papá, que seguía durmiendo plácidamente.

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Todd llevaba tres días en estado crítico y yo no daba más de la angustia. Cada momento que pasaba sentía que dejaba mi corazón en la incertidumbre. Sentía tanto dolor, tanta inquietud… No quería ni imaginarme qué pasaría conmigo si él simplemente no mejoraba.

Todos nos turnábamos para hacer vigilia, esperando noticias alentadoras que no llegaban. Al menos me sentía acompañada, porque todos quienes me importaban habían venido a ayudar, excepto Edward, que desde que se fue por última vez no había vuelto. Lo único que me mantenía conectada a él era la llamada que me había hecho anoche, preguntándome cómo estaba.

Lo extrañaba… Realmente lo extrañaba.

Ya pasaba de las 12 de la tarde y se suponía que hoy el médico nos daría noticias. Como yo estaba muy cansada, Emmett y Rose vinieron para que yo pudiera despejarme, así que aproveché de darme una vuelta por la plazoleta del hospital, donde las flores hacían un perfecto equilibrio para mi paz.

Cuando estaba sacando mis audífonos para escuchar algo de música, vi que alguien se paraba detrás de mí y me ofrecía una petunia preciosa. Sonreí y busqué al dueño del gesto, encontrándome con sus ojos verdes, expectantes y sinceros.

—Hola —me saludó con timidez.

Sentí lágrimas en mis ojos, porque de toda la presión que significaba estar pendiente de mi hermano, su llegada siempre significaba alegría y paz. ¿Cómo lo hacía?

—Hola —susurré—. ¿Es para mí?

Asintió.

—La vi y te recordé.

—Gracias.

Le dio la vuelta a la banca y se sentó a mi lado. Al instante me miró con seriedad.

—Bella, lamento no haber venido antes, entre el trabajo y lo mucho que me cuesta pisar este lugar, la situación se complicó para mí.

—Descuida, ya sé que tienes una vida, no es tu obligación, te lo dije.

Bajó la mirada hacia mis manos, que acariciaban la flor con delicadeza.

—¿Cómo está él?

—Sin ventilación mecánica, al menos —conté con los ojos un tanto llorosos—. Aún no sabemos si mejorará.

Edward asintió, muy consciente, y noté su tristeza ante la idea.

—Sé que es una pregunta ridícula en estos casos, pero ¿cómo estás?

Me encogí de hombros.

—¿Has dormido?

Lo miré, culpable. No quería mentirle, pero tampoco asumir que no había descansado bien durante estos días.

—¿Y has comido algo?

Me sonrojé como una niña pequeña frente a su padre.

—Bella —intentó regañarme.

—Estoy bien…

—No te hace bien descuidarte de esta manera. Piensa en Todd, ¿de verdad querrías que tu pequeño hermano te vea así?

Me toqué la cara.

—Me veo muy mal.

Sonrió.

—No, claro que no, te ves her… —Apretó los labios—. Sólo te notas cansada, no me gusta verte así. ¿Puedo invitarte a despejarte un momento? Te haría bien.

Por primera vez en todos estos días sentí entusiasmo.

—¿Adónde me quieres llevar?

Me tendió su mano, sólo una invitación al misterio.

Se la apreté a los segundos.

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Edward me hizo parar frente a un bonito restaurante de comida orgánica. Su fachada era pintoresca, como si estuviéramos en Italia, con una bicicleta con flores de adorno y el resto de ramos esparcidos por las ventanas.

—Es precioso —destaqué, maravillada.

—Un poco de aire y comida liviana no te haría mal, ¿no?

Nos sentamos en una de las mesas que había en la terraza y Edward de inmediato pidió la orden. Yo estaba demasiado fatigada para elegir.

—No he dejado de pensar en tu paradero de no haber ocurrido lo de Todd —me dijo de pronto.

Yo dejé a un lado el popote y tragué el resto del zumo.

—Sí, estaría en Canadá —reflexioné.

Tragó y juntó sus manos sobre la mesa, cerca de las mías.

—Ibas a irte, definitivamente.

Me toqué el cabello, nerviosa de recordar, frágil ante los recuerdos.

—Pero no lo hice.

—De haber sido otra la situación, estaría muy agradecido de que te quedaras, pero… —Frunció el ceño y suspiró—. No lo estoy. No había sido consciente de lo mucho que detesto verte sufrir —confesó—, supongo que habría preferido verte feliz en tu viaje laboral que en esto, y con Todd debatiéndose la vida.

Edward era franco, su mirada parecía finalmente desnuda, transparentándome todo su pesar.

—Iba a llamarte —dije.

—¿Cómo…?

—Iba a llamarte, antes de marcharme.

Su ceño se frunció aún más.

—Segundos antes de recibir la llamada de la niñera, iba a llamarte, quería despedirme de ti. Te fuiste tan rápido de mi cumpleaños, no podía ser esa una despedida luego de todo lo que pasamos.

Él jugaba con la galleta de su café, como si no supiera qué decir al respecto. A los dos nos estaba costando comunicarnos bien.

—Yo te llamé para eso —dijo al fin—. Incluso, estaba manejando hacia tu departamento para verte cuando me contaste lo que ocurría.

Vaya, ¿quién lo habría imaginado? Ambos queríamos decir adiós de la mejor manera posible. ¿Cómo era que el destino nos seguía uniendo de esta forma?

—Por eso no demoraste mucho en llegar.

Asintió.

—Estaba cerca de tu barrio. Antes de llamarte, sentí que algo estaba ocurriéndote y necesité comprobarlo, yendo hacia ti.

Acerqué mi mano a la suya, que descansaba aún sobre la mesa y él la buscó también, apretándomela con necesidad.

—En estos momentos me pregunto qué habría hecho sin ti —susurré.

—Bella, si necesitas ayuda para pagar esa hospitalización, yo puedo hacerlo.

Bajé los hombros, no muy contenta de oírlo.

—Imaginé que no te gustaría la idea, pero…

—No puedo abusar de eso, ni siquiera lo pienses.

Él me sonrió y acarició mi mano aferrada a la suya con su pulgar.

—¿Por qué eres tan…? —Se rio.

Le hice una mala cara y su risa se intensificó.

—¿Tan qué?

—Eres muy orgullosa.

—Y tú también.

Estiró los labios, pensando en ello.

—Bueno, también.

—Algo más en común —exclamé.

La mesera nos interrumpió con el almuerzo, que venía fresco y con un increíble aroma. Cuando ella puso mi plato frente a mí, noté los detalles que Edward siempre solía regalarme en cosas simples y cotidianas. Era una crema de verduras con muchos colores, con una florecilla pequeña en el medio. Fue inevitable que sintiera ganas de ir hacia él, subirme a sus brazos y quedarme ahí, agradeciéndole todos sus gestos.

—Que lo disfruten —nos dijo la chica antes de marcharse.

Edward aún tomaba mi mano, como si consolara a mi corazón de todo lo que estaba sucediendo, de todos los pesares y de lo que podría venir con mi hermano.

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Regresamos al hospital cuando no quedaba nadie de mi familia. Tanto Charlie como Sue habían ido a la florería y mis hermanos estaban enfrascados en el suyo también. Como Aro me había dado el permiso del mes sin goce de sueldo, la situación estaba libre para mí.

—¿No debes trabajar? Ya pasa de las 3 —señalé, mirando mi reloj.

Negó, despreocupado.

—Cancelé todo para estar aquí.

Sonreí.

—Todd te importa mucho, ¿no?

Suspiró y me miró mucho tiempo, como si repasara los detalles de mi rostro.

—Sí —respondió al fin.

Caminamos hacia la sala y nos acercamos a su cama. A nuestro alrededor habían más niños en su misma situación, quienes se encontraban con sus padres. Miré un momento a Edward y noté lo mucho que miraba, incómodo y pensativo.

Se me apretó el corazón.

—Si quieres quedarte afuera, yo entenderé, no quiero que te sientas incómodo.

Él me miró y negó.

—Descuida, me importa más quedarme aquí, contigo.

Sonreí.

—Lo veo de mejor color.

—¿Lo crees?

—Lo creo. Todd mejorará, ya lo verás.

Al oírlo, mis cuencas se llenaron de lágrimas, pero las reprimí.

—No sabía que eras optimista —susurré, dejando escapar una sonrisilla.

—En realidad, la más optimista aquí eres tú.

—Ahora, con Todd así, me invade tanto el miedo que no sé cómo serlo.

—Bueno, con mi optimismo es suficiente, ¿no crees? Yo lo seré por ambos.

Pestañeé con rapidez mientras nos mirábamos, atentos al otro.

El sonido de una tos y un pequeño quejido nos llamó la atención de inmediato. Era Todd, que tenía los ojos muy abiertos. Había despertado.

—¡Todd! —exclamé con los ojos bañados en lágrimas.

Él pestañeó un par de veces, luego miró a su alrededor, comprobando dónde estaba.

—Llamaré a la enfermera —exclamó Edward, yéndose.

Sostuve a Todd entre mis brazos, que se movía con algo de ansiedad en la cama repleta de mangueras y tubos.

—Tranquilo, estás conmigo —le susurré al oído.

Hizo el intento de hablarme, pero luego emitió un quejido de dolor.

—No, no me digas nada. Shh —siseé.

Como pude lo abracé, aliviada de que haya despertado. "Gracias Dios", dije internamente.

Edward regresó a los segundos junto a una de las enfermeras. Ella de inmediato se acercó y con dulzura me pidió que le permitiera un momento. Pero Todd me tenía la mano muy apretada, no quería que me alejara de él.

—Estaré aquí —le aseguré.

Mientras la enfermera evaluaba la condición de Todd, otra enfermera dio aviso al médico, el que llegó a los pocos minutos.

—Nuestro pequeño ha reaccionado al fin —exclamó él, evaluando su función neurológica.

—¿Qué pasará con Todd? ¿Estará bien? —inquirí, presa de la curiosidad y la preocupación.

Tanto el médico como las enfermeras me sonrieron de forma tranquila, pero no surtió efecto en mí.

—Aún es muy pronto para dilucidarlo, estamos haciendo lo posible —me dijo él de forma paciente.

Edward se acercó a mí y tomó mi muñeca con suavidad.

—Déjales hacer lo que mejor saben —dijo.

Lo miré a sus ojos verdes, y por alguna razón, sus palabras resultaron más verídicas y tranquilizadores que la de los mismos profesionales.

Entonces le hice caso y permití que ellos hicieran lo que debían.

—Comienza a verse mucho mejor —exclamó Edward entrando a la habitación.

Todd dormía profundamente, aún con la cánula nasal conectada al oxígeno central. Y era verdad, tenía mejor aspecto.

Los médicos ya le habían hecho una resonancia magnética con el fin de descartar alguna secuela o problema neurológico producto de la asfixia, pero hasta el momento su evolución iba de maravillas, lo que me hacía enormemente feliz.

—Y la habitación está mucho mejor —destacó, observando con total curiosidad la pequeña habitación individual, con las paredes cubiertas de caricaturas y colores.

Como Todd estaba reaccionando adecuadamente a los cuidados, ya no era primordial que se quedara en UCI, por lo que nos habían trasladado a hospitalización pediátrica.

—¿Ahora te sientes más cómodo? —le pregunté.

—¿Por qué? —inquirió, apoyándose en la pared.

—Ya no es tan mortificante como la UCI, ¿eh? Todo es tan lleno de colores, tan íntimo… Todd está mejor. —Suspiré—. Estuve aterrada por días, hasta se me pasaba por la cabeza que él no volvería a estar bien. —Se acercó hacia la otra silla y se sentó en ella con la mirada fija en mí—. Suelo ser una mujer tan optimista como fantasiosa, pero ahora de verdad tuve miedo, nunca había pasado por esto. Imagino lo horrible que sería si fuera su madre —me largué a reír.

Edward no me decía nada, solo me contemplaba de manera intensa con sus ojos verdes.

—Bueno, creo que mi optimismo surtió efecto —afirmó.

Todd comenzó a abrir los ojos con cierta pereza, el sonido de nuestras voces debió despertarlo. Él se restregó el rostro y enseguida notó que estábamos mirándolo.

—No puedes hablar —señalé con suavidad—, será mejor que lo evitemos por un par de días, ¿no crees?

Él me hizo un puchero y luego miró a Edward, como si buscara apoyo de él.

—Tu hermana tiene razón —ratificó el cobrizo, moviendo la cabeza en positivo—. Tu garganta está irritada y te dolerá si intentas decir algo, hazle caso y esperemos unos días, ¿bien?

Asintió con lentitud y luego se cruzó de brazos como pudo, metiéndose a la cama con algo de victimismo.

El médico entró nuevamente para ver a Todd, así que mientras lo evaluaba, Edward y yo nos movimos hacia un extremo, observando lo que ocurría.

—¡Muy bien! Su garganta sigue bastante irritada, por lo que sería bueno seguir manteniéndose sin hablar por unos días más. —Se acercó a nosotros con una sonrisa amable—. El niño tendrá algunos problemas para deglutir, por lo que es importante evaluar la posibilidad de que se presente otra aspiración. De cualquier forma, está progresando bastante bien, si eso ocurre es muy probable que pueda irse de alta la otra semana…

—Eso es estupendo —exclamé con una sonrisa.

—Tranquila, aún es muy pronto. Debemos hacerle más estudios y descartar cualquier complicación. De cualquier manera, si el niño sigue evolucionando de esta forma, tenga por seguro que estará perfecto para la próxima semana.

En cuanto el médico se fue, Edward se quedó mirándome por un buen rato.

—¿Qué ocurre? —inquirí.

—Tus ojos han vuelto a brillar —destacó. Luego, sin permitirme reaccionar, acercó sus labios a mi oído y susurró—: aunque debo serte sincero, me gustan tus ojos de cualquier manera. —Al separarse solo me hizo un guiño y caminó hacia la cama, en donde Todd parecía más concentrado en mirar sus vías venosas.

Tomé un respiro y me acerqué a ellos, dejando pasar aquel pequeño gesto, aún conservando una sonrisa en mis labios.

Después de un rato, Todd parecía más ansioso por comunicarse, lo que se le hacía bastante complicado. Su rostro descompuesto solo me indicaba que tenía mucho dolor, pero no sabía cómo preguntárselo.

—Debe ser el pecho —murmuró Edward—. La reanimación debió dejarlo delicado, es normal que lo sienta.

Suspiré y besé la frente de Todd, cuidadosa de no tocar su tórax. Quizá era buena idea avisarle a la enfermera.

—¿Crees que sea eso? —le pregunté.

Edward asintió.

—No sabía que eras un entendido en estos temas —destaqué de buen humor.

—Solía interesarme la medicina cuando era más joven —se largó a reír—. Cosas de adolescentes.

Todd comenzó un torpe intento por comunicarse con nosotros, sin embargo no entendía en absoluto sus gestos.

—¿Saben? Tengo una idea genial. ¿Qué te parece si creamos un método especial de comunicación entre tú y todos nosotros? —señaló Edward, buscando algo en su abrigo.

Mi hermano asintió, entusiasmado.

—Qué aburrido es hacer gestos sin que te entiendan, ¿no? ¡Aquí lo tengo! —exclamó, sacando una agenda de cuero pequeña y un lápiz dorado muy elegante. Noté que en la portada de su agenda estaba escrito su nombre—. En esta agenda escribirás todo lo que quieras decirnos, ¿bien?

Todd, que no dejaba de sonreír, tomó la agenda y el lápiz con esa torpeza tan propia de él y enseguida comenzó a escribir algo. Al instante se lo entregó y Edward sonrió también, para luego entregármelo a mí.

"Gracias", decía.

La enfermera administraba tranquilamente el medicamento de Todd mientras canturreaba con alegría, esa era la única manera de disminuir los dolores que la reanimación le había brindado, ya que era un procedimiento muy violento, sobre todo para él.

Papá y Sue lo acompañaban de forma sagrada, cuidándolo con esmero y dedicación. Al menos él iba evolucionando de manera favorable.

—¿Has tomado algo de aire? —me preguntó Alice, quien había llegado hace muy poco del trabajo. Se había convertido en una compañera más para mí, no había dejado de venir en ningún momento.

—La verdad sí —le respondí con sinceridad—, ahora que él está mejor, todos estamos más dispuestos a tomar aire.

Ella medio sonrió y me pasó la mano por la espalda.

Ya había pasado casi dos semanas desde el terrible suceso, pero la verdad es que para mí parecían meses o años. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida y eso ya era mucho decir. Sabía que para todos también había sido uno de sus peores terrores, sobre todo para papá, que a momentos se le hacía muy difícil poder venir a verlo, el trabajo ahora lo estaba consumiendo más de lo que debería, sobre todo porque los gastos en la hospitalización de Todd se estaban haciendo cada vez más insostenibles; Charlie no tenía seguro y el mío no suponía ninguna ayuda. La buena noticia era que las mejoras en mi hermano se estaban dando tan rápidamente que, si todo salía bien con los resultados de los últimos exámenes, él podría irse a casa en un par de días más, lo que me tenía muy feliz.

Miré a Todd, que estaba escribiendo con su mano libre en la pizarra que el mismo Edward le había traído para que pudiera comunicarse. La pequeña y elegante agenda no fue suficiente para todas las palabras que él quería decir.

"Gracias", le escribió con su mejor letra. La enfermera sonrió y le correspondió con un "de nada".

Edward venía todo lo que podía, lo que a Todd le alegraba muchísimo. Bueno, él se mostraba así con todos los que venían a verlo, pero con Edward resultaba realmente especial. Cada vez me convencía más de que ambos se habían convertido en verdaderos amigos. Y no voy a mentir, para mí tenerlo aquí también era especial, me alegraba y siempre era atento a todo lo que estuviera pasándome, preocupado de que comiera y descansara.

—Qué pensativa —exclamó esa voz cálida y masculina, justo detrás de mí.

Me di la vuelta con el corazón en la boca y entonces me encontré con sus ojos verdes.

—¡Hola! —lo saludé.

—Hola. ¿Interrumpo algún plan macabro en esa cabecita? Parecías tan concentrada en ti misma.

Sonreí.

—Sólo… repasaba lo sucedido en los últimos días.

Los dos miramos hacia el lado, buscando a Alice por algún lado. No estaba.

—¿Estás mejor?

Asentí.

—¿Todd va bien?

—Excelente —susurré.

Me acarició un lado de la cabeza, bajando con lentitud por mi cabello mientras nos mirábamos.

—Te ves bien mejor ahora, mucho más feliz.

—Sólo quiero que esto acabe y llevármelo a casa.

—Lo sé, ya llegará ese momento, puedo sentirlo. Aunque creo que ya se me están acabando las excusas para llevarte a comer, se estaba convirtiendo en nuestro pasatiempo juntos.

Iba a responderle que no necesitaba excusas, porque yo iría en el momento en que me lo propusiera, pero de reojo noté que Alice venía ya de vuelta.

—¡Llegaste! —le dijo ella a su tío, echándose a sus brazos con entusiasmo—. Justo estaba hablando de ti con Charlotte. Me llamó recién.

Edward la miró de forma escrutadora y algo tenso.

—Mmm… ¿Y qué hablaron?

Me mantuve en silencio, actuando como si aquello no me importara. ¡Ni siquiera me había acordado de ella en todo este tiempo y justo ahora tenía que aparecer!

—Del viaje. Me contó que antes de marcharse fuiste a verla, imagino que querías despedirte, especialmente de Peter.

Fruncí el ceño y lo miré, intentando no enojarme por lo que había escuchado. Pero no había caso, Charlotte no era alguien a quien apreciaría ni en mis mejores sueños.

¿Por qué había ido a verla? ¿Qué diantres tenía que hablar con ella?

Intenté mantener la compostura cuando recordé la última discusión que tuvimos ella y yo y la sarta de tonterías que me dijo en torno a su embarazo. No quería envenenarme la cabeza con respecto a Edward, menos darle en el gusto a esa mujer con sus malas palabras.

—Ah, sí, claro, necesitaba despedirme de ambos. —Carraspeó.

De reojo noté que me miraba, pero yo preferí no hacerlo para no levantar sospechas con Alice.

—Me parece tan triste que se vayan. Pero bueno, la llamaré en un rato para saber cómo está el pequeño Jace; tuvo que cortarme porque tenía que subir al coche junto a Peter.

En ese momento, papá y Sue salieron rápidamente de la sala de Todd. Sus expresiones lo decían todo, estaban blancos como la cal.

—¿Qué ocurre? —les pregunté preocupada.

—Quil acaba de llamarme —exclamó Charlie.

Quil era el chico que ayudaba a papá y a Sue en la florería.

—Asaltaron el negocio —contó.

Cerré los ojos, sintiendo el balde de agua fría. Por Dios, ¿por qué ahora?

—Sue y yo iremos a ver qué ocurrió, porque de momento lo único que sabemos es que Quil está bien, pero que se llevaron todo el dinero de la caja fuerte.

Me pasé una mano por la frente. ¿Ahora cómo íbamos a solventar los gastos de Todd? ¡Demonios!

—¿Necesitan ayuda? ¿Algo? Cualquier cosa pueden pedirla, por favor —dijo Edward de inmediato.

—No, tranquilo, de momento sería estupendo que ustedes se queden aquí, apoyando a Bella. —Papá me miró con tristeza, como si comprendiera mis preocupaciones, pues él debía tener las mismas.

—No lo dude, Sr. Swan, pero ante cualquier situación, por favor, avísenos, ¿sí? —les hizo saber Alice.

Tanto Sue como Charlie asintieron y luego se marcharon, dejándonos a los tres en parálisis.

—Esto no pudo ser peor —señalé, agotada.

¿Por qué justo ahora tenía que suceder algo como esto? Era injusto. La vida me estaba viendo la cara desde hace tiempo, ¡ya no tenía fuerzas!

—Amiga, sé que es complejo, pero ahora lo importante es Todd, ¿no crees? —Alice me pasó las manos por los hombros, buscando generar calor.

Vi a Edward de reojo, mirando hacia otra dirección con los ojos perdidos.

—Sí, tienes razón, sólo estoy pensando cómo pagar todo esto. Quizá tenga que pedir algún préstamo bancario.

—Descuida, Isabella, ya habrá manera de encontrar cómo pagar esto, ya lo verás —exclamó él, agachándose frente a mí.

Alice asintió, dándole la razón.

La llegada del broncopulmonar y el pediatra nos interrumpió. Enseguida me acerqué; tenía el corazón en la boca.

—¿Cómo ha estado el pequeño dormilón? —inquirió uno de ellos.

—Ha estado muy bien de ánimo, pero hace poco tuvo fiebre y ha estado con tos. Supuse que sería algo pasajero, dado que de lo demás ha estado muy bien —expliqué con sequedad.

El médico asintió y suspiró. Oh no.

—Los últimos exámenes no han arrojado buenos resultados —me contó.

La preocupación se cernió en mí de forma rápida.

—La química sanguínea nos ha evidenciado una infección creciente y con la última radiografía de tórax pudimos apreciar una neumonía que podría traer bastantes problemas a Todd de no tratarse urgentemente, sobre todo si su garganta está afectada. No queremos volver a tener problemas con su oxigenación.

Me aguanté una maldición y las intensas ganas de llorar, pero no de tristeza sino de rabia, ¿por qué nos estaba pasando esto? No era justo. Me dejé caer en la silla y ahí aguardé un momento, pensando en qué iba a hacer con Todd nuevamente en el hospital. Además de su estrés, sus ganas de ver el sol y su tristeza por no sentirse bien, los gastos se estaban haciendo tan insostenibles que ya no tenía cómo arreglármelas.

—Sin embargo, no todo es tan malo —susurró el broncopulmonar con una sonrisa—. La situación de Todd, si bien es frágil y delicada, puede perfectamente tratarse en casa. —Abrí los ojos desmesuradamente y finalmente sonreí—. Solo hay algo importante, los gastos de oxígeno podrían resultar contraproducentes —dijo enfático.

Me quedé un momento pensando en ello. ¿Qué más podía hacer? No tenía otra opción, no podía permitir que Todd se quedara en un lugar desconocido si tenía la posibilidad de cobijarlo conmigo en mi departamento. Papá entendería, estaba segura de ello.

—Descuide, prefiero tener a mi hermano en casa —murmuré.

—Está bien. La prescripción estará en la recepción y la coordinación con ambulancia puede discutirla con la enfermera. Le daremos el alta de inmediato —me comunicó el pediatra.

Los médicos se marcharon tan rápido como llegaron, no sin antes desearnos mucho éxito en lo que vendría.

—¡Todd está de alta! —exclamé, abrazando a Alice con mucha fuerza.

—Yo sabía que eso ocurriría —destacó Edward detrás de nosotras.

Me solté de mi amiga y también lo abracé a él, olvidándome de su sobrina y de todos los demás. Estaba tan feliz que no me importaba demostrarlo, menos con Edward.

Luego de que Alice se fue por asuntos de trabajo, llamé a Sue para saber las buenas nuevas y, la verdad, no esperaba noticias alentadoras, porque en definitiva no lo eran. Robaron absolutamente todo en la caja fuerte, por lo que mi padre estaba de brazos cruzados. Al menos la noticia del alta nos había hecho felices a todos.

—Sí, un poco de ropa de Todd estaría bien, yo buscaré más cuando todo esté más tranquilo. Claro, Sue, yo te esperaré. No hay problema, en 20 minutos está bien.

Cuando corté me fui a la sala de Todd y descubrí a Edward jugando con mi él. Los dos reían, más animados que nunca. Me apoyé en el umbral y me quedé un buen rato disfrutando de la escena, maravillada con lo lindos que se veían ambos.

—¿Disfrutando los últimos momentos en el hospital? —les pregunté.

Los dos se miraron y luego sonrieron.

—Pues sí, queríamos tener un momento antes de que se vaya —dijo el cobrizo.

Todd escribió en su pizarra y nos mostró su mensaje.

"¿Ya no veré más a tío Edward?".

Él y yo nos miramos y yo no pude negarme a tamaña idea en mi cabeza.

—Claro que no —respondí—, él está invitado a mi departamento las veces que quiera ir a verte. Pero con prudencia, tío Edward es un trabajólico, dejémosle su espacio.

Sonreí mientras él me miraba con los ojos entrecerrados y la diversión impuesta en su rostro.

La enfermera se acercó para alistar a Todd así que Edward y yo salimos un momento. Cuando nos enfrentamos al silencio, él no esperó mucho para tomarme de la mano y acercarme a un pasillo cercano.

—¿Estás mejor? Ha pasado muchas cosas en estas últimas horas.

Asentí.

—Intento mantener la calma, por él, pero no voy a negarte que estoy muy asustada por los gastos.

—Ya te dije que yo puedo ayudar, para mí no es ningún problema…

—Edward, no, no puedo deberte algo así.

Él suspiró y cerró los ojos.

—No me deberías nada.

—Sabes que no me gusta que los demás me ayuden…

—Lo sé y comienzo a acostumbrarme a tu cabecita dura —respondió, volviendo al buen humor.

Me cobijó una mejilla y a los segundos me besó la frente, sosteniéndome con suavidad.

—Edward, lo que Alice dijo hoy sobre…

—Charlotte, ¿no?

Asentí.

—Sé que debemos hablar de eso, te prometo que será la primera conversación que tendremos cuando salgamos de este hospital.

Nos miramos a los ojos, pero luego desvié mi atención en su pecho.

—Hey, sé que tienes muchas dudas, pero puedes confiar en mí.

Suspiré.

—Me asusta saber.

—Lo sé.

Me dejé caer en su torso y él me apretó contra sí, poniendo su barbilla en mis cabellos. Cuando su aroma me cruzó, tuve que mirarlo de cerca, quería sentir también su respiración. Edward ya lo hacía, quizá desde antes, su brillo me lo decía. Tomó mi quijada con suavidad y entonces cerré los ojos, deseosa y con el estómago estremecido. Nos besamos, sucumbiendo sin remedio a lo que tanto necesitábamos del otro, manteniendo un ritmo suave, palpable y lleno de pasión.

Extrañaba su sabor y todo lo que significaba.

Cuando nos separamos, recordando nuestro contexto, sentí que respiró con fuerza, como si tomara valor para alejarse. Y vaya que lo necesitábamos.

—¡Bella, qué bueno que te encuentro! Traje la ropa de Todd —exclamó Sue, mirando hacia el pasillo con curiosidad.

Yo di un respingo y Edward carraspeó.

—Te busqué por todos lados —añadió, sonriendo de oreja a oreja.

No había visto nada.

—Estábamos hablando de Todd, yo estaba un poco nerviosa debido a lo de la florería.

—Le comenté que ante cualquier situación yo puedo ayudarles, pero es un poco terca. En cuanto sea correcto, iré a hablar con Charlie Swan personalmente —afirmó Edward.

Sue asintió, aún sonriente.

—Bien, dame la ropa, así puedo ir a vestirlo y tú acompañar a papá.

Edward se refugió en su móvil, donde comenzó a teclear con rapidez, así que Sue y yo nos fuimos caminando por el pasillo hacia la sala.

—Todd y él se han vuelto muy buenos amigos —me dijo Sue.

—Como uña y carne —susurré, levantando las cejas.

Antes de que pudiéramos entrar, Sue me tomó del brazo.

—¿Me acompañas más allá un momento?

Asentí, un poco extrañada.

Caminamos en silencio hasta que perdimos a Edward de vista. Yo miré a Sue, esperando a que hablara, pero parecía muy tensa.

—Bella.

—¿Sí?

—El trabajo tiene a tu padre muy ocupado y a mí también, y peor ahora que ha pasado esto de Todd y el asalto a la florería. Pero a diferencia de Charlie, eso no es suficiente para no darme cuenta de las cosas que suceden a mi alrededor.

La miré sin entender, ¿a qué se refería?

—¿Desde cuándo Edward y tú son amantes?


Buenas noches, chicas, les traigo un nuevo capítulo que, si bien no tiene la intensidad de algunos anteriores, sí conlleva varios mensajes y... uff, Sue

Ahora bien, quiero comentarles algo que ya muchas leyeron en mi grupo de facebook, pero que necesito replicar aquí. Últimamente he estado muy desanimada y con poca inspiración debido a dos cosas principales: primero, he recibido mensajes de personas que al parecer no comprenden el trasfondo de lo que ocurre con mis personajes, que si bien tienen una diferencia de edad, lo principal es la carga de prejuicios que sus propias familias tienen aún sin saber que ellos están juntos, además de eso, he recibido malos comentarios, nada constructivos, que duelen y que me he visto en la necesidad de borrar, es triste y a mí me ha hecho replantearme muchas veces si seguir en esta plataforma. Lo segundo, es que también he recibido muchos mensajes privados de personas que ansían un capítulo nuevo, pero que jamás han escrito un review o han dado un me gusta en los grupos en los que publico semana a semana una nueva actualización. Chicas, ¡nuestra mejor paga es un gracias! Un review, me gusta y/o comentario nos ayuda mucho a nosotras las autoras que día a día usamos nuestro tiempecito para darles un momento de entretención, con los menos errores posibles y con imágenes entretenidas, que insisto, son sólo para ustedes

Sin más que agregar, sólo me resta agradecer a las personas que capítulo tras capítulo escriben un comentario, no saben lo mucho que lo agradezco, de verdad

La próxima semana estaré en unas mini vacaciones, así que la próxima actualización será entre sábado y domingo de la semana que viene

Cariños a todas

Baisers!