Dedicado para todas esas mujeres que hacen magia con sus manos en la masa, y sobre todo a Antonia y Mari, que aunque se vayan, siempre están.
ÑUELOS CON SABOR A HIEL
Me gusta comer. Como dicen en mi pueblo, tengo buen saque, y no soy delicada en lo que respecta a la comida. Sin embargo, no me precio de ser una gran cocinera, principalmente por falta de talento para planificar las compras. Una vez que me meto en faena, puedo producir algunos platos apreciables; pero casi nunca enciendo los fogones, un día porque me falta el jengibre, otro porque olvidé comprar suficiente carne, otro porque los tomates no están en su punto.
De modo que, siendo una persona de buen apetito y mala cabeza para la cocina, disfrutaba como un boggart en un desván cada vez que me alojaba en casa de Christine Burbage, a la vuelta de cada una de mis misiones pro-muggles. La madre de Charity tenía unas manos prodigiosas para convertir en una sabrosa delicia cualquier alimento de lo más vulgar: nunca he probado un pollo en salsa como el suyo, e incluso una simple tortilla, cocinada por ella, era un acontecimiento.
De modo que cuando aquella tarde de finales de primavera me invitó a ayudarla a preparar rosquillas de aceite, una especialidad de la rama española de su familia mágica, no le costó convencerme para que la ayudara. Yo pensaba que, si el que parte y reparte se queda con la mejor parte, iba a disfrutar bastante de ayudarla. Así que me remangué la túnica, me coloqué un delantal y procedí a ir mezclando los ingredientes que ella seleccionaba previamente: la harina, los huevos, el azúcar, el aceite,…
-El secreto es la matalauva, le da un olor y un regusto muy especial, que no se acostumbra a probar por aquí….
Las anécdotas fluían mientras amasábamos la masa para formar rosquillas. Así, le conté de aquella vez que, siendo muy pequeña, había confundido una caja de carísimos polvos de cuerno de unicornio que mi padre guardaba para sus pociones, con una de peladuras de manzana, y la había tirado a la basura. Los gritos de mi padre aún retumbaban por la casa, le aseguré. A la recíproca, ella me hablaba de Charity, y de lo difícil que había sido para ella empezar el primer curso en Hogwarts cuando su padre aun era profesor allí. Muchos alumnos, y no solo los inevitablemente altivos Slytherin, la habían mirado por encima del hombro, dando por hecho que, al ser mestiza, su único mérito para asistir al más prestigioso colegio de magia británico era la de tener un padre profesor.
-Eran tiempos duros aquellos, Willa, tanto como estos. Voldemort siempre pareció respetar Hogwarts, pero ni siquiera allí mi niña podía sentirse segura. Afortunadamente, primero la acompañaba su padre, y cuando él se retiró, fue Albus quien ejerció su influencia para proteger a Charity.
Me sorprendió que se refiriera con esa familiaridad a Dumbledore. El anciano director de Hogwarts siempre había sido un enigma para mí: a pesar de su aspecto afable, jamás había pensado que tuviera vida fuera de los muros del castillo. Obviamente estaba bien relacionado en el ministerio, el Wizengamot y demás, pero, como yo bien sabía, una cosa son las relaciones de interés puramente laboral, y otra la verdadera amistad o el cariño. Que una mujer como la señora Burbage hablara con ese afecto de él, me descubría una nueva dimensión de Albus Dumbledore.
-Y bien, ahora que están fritas, con cuidado de no quemarnos, hay que bañarlas en miel. Así. Procura que la miel esté densa, porque con el calor de la rosquilla se fundirá lo justo.- uniendo la acción a la palabra, Christine me mostraba cómo darle el toque final a los dulces muggles que, francamente, tenían un aspecto de lo más tentador. Se me estaba haciendo la boca agua.
En ese momento, un patronus entró por la ventana. Era la paloma plateada de Charity, que planeó sobre la mesa de la cocina para acabar posándose en el pico del barreño donde habíamos mezclado la masa. Nunca me acostumbraría a escuchar hablar a la mágica imagen con su voz cálida y melodiosa.
-Alerta máxima. Ataque de mortífagos en Hogwarts. Severus se ha marchado con ellos. Dumbledore ha muerto. Ocultaos hasta próximas noticias.
La señora Burbage y yo nos miramos, incapaces de hablar. Si había mortífagos en Hogwarts, es que algo iba muy mal. Si Severus Snape se había ido con los mortífagos, es que había llegado la hora de quitarse las caretas y tomar posiciones. Si Dumbledore había muerto…. No quería ni pensar lo que eso significaba, pero una cosa estaba muy clara. La época de las misiones secretas había terminado. La guerra había empezado.
Christine Burbage se sentó pesadamente en una banqueta de la cocina, tomó una rosquilla ya fría del plato, y me ofreció otra.
-Come algo, Willa, cariño. No creo que vuelvas a probar unos buñuelos como estos en bastante tiempo.
Tenía razón, y los nervios siempre me dan hambre. Me senté y comí.
