Capítulo 19
Emma alzó la mirada cuando Regina entró en el despacho, y un aleteo en el estómago comenzó a bajarle hasta el vientre cuando cerró la puerta con pestillo a sus espaldas. Emma sabía lo que eso significaba. Se lo quedó mirando con prudencia cuando este se encaminó hacia ella con los ojos brillándole de lujuria y necesidad.
—Regina —comenzó—. David está aquí. Quiero decir, que ha vuelto antes.
Ella se paró, tiró de ella hasta levantarla de su silla y la empujó hacia su propia mesa.
—Ni David, ni Ash me molestarán cuando tengo la puerta cerrada. Están ocupados haciendo planes para su cena de negocios de esta noche.
Las frases sonaron entrecortadas, como si no le gustara tener que dar explicaciones. De acuerdo, pero a ella no la iba a sorprender su hermano al intentar abrir la puerta cuando Regina le estaba haciendo Dios sabía qué tras esa puerta cerrada. David y Ash estaban acostumbrados a tener pleno acceso al despacho de Regina. No tenía ni idea de cómo iban a continuar su affaire en la oficina cuando su hermano estaba por ahí pululando.
Regina alargó la mano hasta meterla por debajo de su falda, y se quedó paralizada cuando se encontró con la tela de las bragas. Mierda. Se había olvidado. Ni siquiera había pensado en ello. Ponerse bragas era una costumbre. ¿Quién narices piensa en no ponérselas? Había estado cansada por las incesantes órdenes de Regina la noche anterior, y se le había ido de la cabeza el no ponerse ropa interior.
—Quítatelas —le ordenó—. La falda también, y dóblate por encima de la mesa. Te dije lo que ocurriría, Emma. Oh, mierda.
El culo aún lo tenía dolorido de la noche anterior, ¿y ahora pensaba en azotarla otra vez? De mala gana, se bajó las bragas y las dejó caer al suelo. Luego se bajó la falda y se quedó desnuda de cintura para abajo. Entonces, con un suspiro, se inclinó sobre la mesa.
—Más —le volvió a ordenar—. Pega la cara contra la madera y deja el culo en pompa para que lo vea.
Emma obedeció cerrando los ojos y preguntándose por centésima vez si se había vuelto loca de remate. Para su completa sorpresa, los dedos de Regina, bien lubricados, se deslizaron entre los cachetes de su trasero y empujaron contra su ano. Despegó los dedos para buscar más lubricante y los volvió a presionar con suavidad por toda la entrada de su culo.
—¡Regina! —soltó Emma con un grito ahogado.
—Shh —la regañó—. Ni una palabra. Tengo un juguete anal que voy a meterte en el culo. Lo llevarás durante todo el día, y antes de que te vayas a casa vendrás a mí para que te lo quite. Mañana por la mañana cuando vengas al trabajo, lo primero que harás será enseñarme ese bonito culo que tienes para que te lo vuelva a meter. Lo llevarás todo el tiempo mientras estés trabajando, y solo te lo quitarás cuando el día termine. Cada día te pondré uno de mayor tamaño hasta que esté segura de que puedes acoger mi strap on favorito dentro de tu culo. Regina continuó hablando mientras presionaba la redonda punta del juguete contra su ano — Relájate y respira, Emma —le dijo—. No lo hagas más difícil de lo que es. Qué fácil era decirlo para ella. Nadie le estaba doblando y le estaba metiendo objetos extraños en el culo.
Aun así, cogió aire, lo soltó e intentó relajarse lo mejor que pudo. En el momento en que lo hizo, Regina lo introdujo en ella con un firme empujón. Emma ahogó un grito cuando se vio atacada por la ardiente sensación de estar completamente llena. Se retorció y movió, pero lo único que obtuvo fue una cachetada en el culo por su esfuerzo. Y Dios… esa cachetada fue abrumadora, porque hizo que el extraño objeto se sacudiera. Lo escuchó alejarse y abrir un armario. Luego oyó los pasos acercarse al volver de nuevo. A Emma se le quedó el aire en la garganta cuando sintió una punta de… ¿cuero?… deslizarse por todo su trasero de forma sensual. Entonces sintió una quemazón en las nalgas y pegó un aullido a la vez que se levantaba de la mesa.
—Abajo —le ordenó bruscamente—. Quédate ahí, Emma. Soporta tu castigo como una niña buena y se te compensará.
Ella cerró los ojos con fuerza y lloriqueó cuando recibió otro golpe con la fusta. Tenía que ser una fusta; crujía y lo sentía como un cinturón, pero era pequeño y no cubría tanta piel de su trasero de una sola vez. Un ligero gemido escapó de su garganta cuando la morena la volvió a sacudir. El dildo anal la estaba volviendo loca. La piel se estiraba a su alrededor, le ardía cada golpe. Se estaba poniendo a cien y eso la enfurecía. Estaba tan mojada que era un milagro que no estuviera chorreando. Regina se detuvo un momento y luego tiró ligeramente del dildo. Apenas se lo sacó del cuerpo antes de volvérselo a hundir en su interior. Emma no podía quedarse quieta. La estaba volviendo loca. Toda ella estaba ardiendo. Le hervía el cuerpo. Era como estar quemándose sin tener alivio ninguno. Se preparó para recibir otro latigazo, pero este nunca llegó. Escuchó el sonido de una cremallera bajándose, y entonces sintió las duras manos de Regina en sus piernas para girarla de manera que su espalda fuera ahora la que estuviera pegada a la mesa. Las piernas le colgaban por el borde de la mesa antes de que ella se las cogiera y las pusiera por encima de sus brazos para colocarse entre ellas. Madre de Dios… Se la iba a follar con el dildo metido en el culo. Era como acoger dos miembros al mismo tiempo; ni en sus fantasías más salvajes lo había considerado nunca. La punta redondeada de su strap on presionó contra la abertura de su cuerpo, que el dildo hacía que fuera más pequeña. Regina empujó y se impuso en el interior de su cuerpo.
—Tócate —le dijo con una voz forzada —. Usa los dedos, Emma. Haz que me sea más fácil poseerte. Quiero que esto sea bueno para ti. No quiero hacerte daño.
Ella alargó la mano hacia abajo y deslizó los dedos por encima de su clítoris. Dios, la sensación era tan buena.
—Eso es —dijo Regina con un ronroneo—. Nos vas a acoger entero, nena. Sigue tocándote. Haz que sea placentero para ti.
La morena introdujo el strap on a medias y luego embistió de nuevo y se hundió por completo en su interior. Emma casi se levantó por encima de la mesa y contuvo un grito en la garganta. Tuvo que apartar la mano porque casi se corrió en el sitio y ella quería que esto durara. Quería disfrutar de cada segundo. Era completamente indecente, una carrera directa al orgasmo. Regina la poseyó con fuerza y sin descanso, la embestía con un ritmo vigoroso y rápido que la estaba haciendo jadear con cada respiración que daba.
—Si no te das prisa te voy a dejar atrás —dijo Regina con voz ronca—. Vamos, Emma. No me queda mucho. Ella se precipitó a masajearse el clítoris con el dedo otra vez en círculos.
—Oh, Dios… oh, Dios… —coreó.
—Eso es, nena. Eso es. Me voy a correr.
Esas palabras ilícitas y obscenas la llevaron justo al límite. Arqueó la espalda y la otra mano se fue directa a la mesa mientras se corría. El sudor le inundaba la frente y su rostro denotaba esfuerzo, pero cuando Regina abrió los ojos, estos brillaron con una pasión primitiva. Durante un momento largo se quedó ahí, mirándola y pegando las caderas contra su trasero. Luego se salió y la dejó relajada y saciada encima de la mesa.
—Eres tan preciosa —gruñó—.Tu sexo hinchado … como tiene que ser.
Oh, dios, le encantaba cuando le hablaba así. Emma se estremeció y su sexo se encogió.
—Por Dios, Emma. Me pones cachonda.
Regina le bajó las piernas y alargó la mano hasta sus brazos para alzarla y bajarla de la mesa.
—Ve a lavarte —le dijo con voz ronca—. Déjate el dildo puesto hasta que yo te lo quite.
Con las piernas que le temblaban, Emma se dirigió al cuarto de baño con el dildo ardiéndole y excitándola de nuevo mientras andaba. La presión era abrumadora y maravillosa. En el mismo instante en que salió del baño, Regina estaba ahí esperándola. Se la pegó contra el pecho y le dio un beso castigador que la dejó sin aliento.
—No me vuelvas a desobedecer —le advirtió.
—Lo siento —le dijo con suavidad—. Se me olvidó.
Los ojos de Regina brillaron mientras la miraban a la cara.
—Apuesto a que no se te olvidará la próxima vez.
