Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Nolebucgrl, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Nolebucgrl, I just translate.


A todos los chicos de los que me enamoré

Capítulo 16

Recibí una rosa en cada una de mis clases de la tarde y para el final del día ya tenía mi florero bastante lleno. Até el globo en la parte superior del florero como precaución. No quería que se me fuera volando en el instante en que saliera.

—¿Necesitas ayuda?

Sonreí ante el sonido de su voz.

—¿No deberías estar en la práctica?

—Hoy no.

Me giré y vi a Edward recargado en el casillero junto al mío, se veía tan apuesto como Jake Ryan recargado en su Porsche mientras esperaba a Sam afuera de la iglesia.

—Es el cumpleaños de mi chica.

No podía negar el estremecimiento que pasó a través de mí ante sus palabras.

—Por alguna razón no creo que tu entrenador vea eso como una excusa valida.

La sonrisa de Edward apareció mientras tomaba el florero de mis manos.

—Si alguien pregunta, tenía una cita con el dentista a la que no podía faltar por nada.

¡Ja! ¡Lo sabía!

—Le mentiste a tu entrenador. Qué malo, Edward.

Se rio mientras me atrapaba con sus brazos a cada lado de mi casillero.

—Veamos entonces qué podemos hacer al respecto.

Y luego me estaba besando, era tan caliente y maravilloso como lo había sido antes ese mismo día. Gemí cuando mi boca se abrió a la suya y su lengua entró en ella. La mitad inferior de su cuerpo se presionó contra el mío y, oh Dios, estaba duro, me sentí caliente y como si flotara de nuevo.

Edward se apartó y me sonrió.

—Creo que eso cuenta como una inspección profunda de mi boca, ¿no crees?

¡No podía haber dicho eso! Pero sí lo dijo. Golpeé su brazo y él se rio mientras se apartaba para que yo pudiera cerrar mi casillero. Deslizó su brazo, que no sostenía mi globo y flores, alrededor de mi cintura y me reí cuando su mano se metió en mi bolsillo trasero.

Nos dirigimos al estacionamiento y caí en cuenta que no podíamos irnos.

—¿Qué hay sobre Alice?

Edward me guío al lado del pasajero y me abrió la puerta.

—La recogeremos frente a su escuela. Quiero llevarte de nuevo a mi lugar secreto.

Bueno… eso sonaba interesante. Y prometedor, ya que en esta ocasión yo no estaría llorando por otro chico.

—Bien.

Manejó hacia el mismo lugar donde se había parado antes y me guío a través de los árboles, sosteniendo mi mano durante todo el tiempo. Pensé que era algo raro que trajera su mochila, pero tal vez querría hacer algo de tarea mientras esperábamos y se escondía de su entrenador.

Nos sentamos en el mismo tronco que antes, y Edward sonrío mientras se quitaba la mochila de los hombros.

—Pensé en darte tus regalos en privado.

Hmm.

—¿Por qué en privado?

Edward se rio entre dientes mientras sacaba un paquete plano de su mochila y me lo entregaba. Estaba muy bien envuelto en un papel brillante de color morado.

—Ya verás.

Supuse que sí. No iba hacer más preguntas cuando podía sólo abrirlo, así que lo hice y sí, ahora sabía por qué quería dármelo estando a solas.

—¿Una agenda?

Me lanzó una sonrisita juguetona.

—Un diario. Con candado. Supuse que a partir de ahora tal vez querrías esconder tus pensamientos del resto del mundo.

Dios. Sí, si tan sólo hubiera sido lo suficientemente lista como para no escribir cartas y añadirles la dirección.

Edward estiró la mano y tiró de un mechón de mi cabello.

—A menos de que, claro, esos pensamientos sean sobre mí. Me puedes escribir una carta cuando quieras.

—¿Sí? —No podría decir por qué sus palabras me afectaban. Pero sabía que cualquier pensamiento que tuviera ahora iba a ser sobre Edward. Él había llegado y se había adueñado de todo, haciéndome ver que lo que creí sentir por Emmett era más bien lo que quería para mí. Y ahora, de una extraña y retorcida forma, lo tenía.

—Oh, sí. Me encantaría echar un vistazo a lo que hay dentro de esa cabecita tuya.

No, probablemente no le encantaría. Era un lugar confuso para estar, especialmente en estos días. Pero podía contarle una parte de ello.

—Me encanta. Y a pesar de que esas cartas me trajeron mucha vergüenza, no estaría aquí contigo ahora si alguien no las hubiera encontrado y enviado, y entonces no habría tenido el mejor cumpleaños de mi vida.

Edward sonrió y se inclinó para dejar un suave beso sobre mis labios.

—No puedo lamentar eso tampoco.

Teníamos que hablar. Lo sabía. No había razón para besarnos cuando sólo estábamos nosotros, pero la verdad era que no quería regresar a esa regla. Y temía que hablar sobre lo que fuera que se estuviera convirtiendo esto iba a terminarlo antes de empezar. No quería eso. Quería esto, lo que sea que fuera. Podía darme en el culo al final, pero estaba determinada a disfrutarlo mientras pudiera.

—¿Bella? ¿Estás bien?

Cierto. Ahora no era el momento de perderme en pensamientos sobre lo que pudiera ser esta relación.

—Sí. Lo siento. Sólo estaba pensando en cómo quería comenzar hoy con el diario. Hablando de comenzar bien.

Edward tocio y pude haber jurado que lo escuché murmurar algo, pero no estaba segura.

—¿Qué?

—Nada. —Sonrió—. Algo para mi diario.

Muy bien.

—Pues, como sea, ha sido un gran día.

—Todavía no termina. —Sacó una pequeña caja de su mochila y me la entregó—. Este es tu verdadero regalo de mi parte.

—¡Edward! ¡Ya me has dado suficiente!

Negó con la cabeza.

—Todos merecen tener un increíble cumpleaños. Sé que este es tu primer cumpleaños sin Rose, y has tenido unas semanas un tanto locas, quería consentirte un poco. No hay nada de malo con eso, ¿cierto?

¿Alguna vez creí que era superficial por salir con Tanya? Eso sólo demostraba que no había sabido lo verdaderamente increíble que era el verdadero Edward. Y lo idiota que era Tanya por terminar con él. Me trataba como una reina y ni siquiera éramos… bueno, no sabía qué éramos. Pero, aun así, ¿cómo podía ella pensar que otro chico la trataría mejor? Supongo que debería alegrarme que ella fuera una idiota.

Edward estaba esperando expectante, así que abrí la pequeña caja con el mismo gusto que había abierto la otra. Adentro había una caja de satín para joyería que hizo que mi corazón latiera un poco más rápido. No miré a Edward mientras abría la caja.

Oh, ¡era muy lindo! El collar plateado tenía un pendiente en forma de libro, tenía intrincados grabados en forma de líneas y flores. Los tracé con mis dedos antes de verlo.

—Es precioso.

Sonrió mientras estiraba la mano y sacaba la cadena de la cajita. Abrió la tapa del libro y tuve que sonreír cuando vi una foto de nosotros adentro. Era de la cafetería, cuando le había dado de mis zanahoritas. No tenía ni idea de quién había tomado la foto, pero nos veíamos tan calientes como yo me había sentido en su momento. Nuestro porno de zanahorias había sido capturado por alguien más.

—¿Quién tomó la foto?

Se rio entre dientes y negó con la cabeza.

—Juré mantenerlo en secreto.

Entonces…

—Angela.

Edward sacudió la cabeza e hizo el gesto de sellarse los labios. Como sea. De todas formas, hablaría pronto con ella. Tenía que averiguar más de la situación de Ben.

—Siempre puedes cambiar la foto. Sólo pensé que sería algo divertido. —Se encogió de hombros, sin verme a los ojos.

¿Le dolía la idea de que yo no quisiera mantener la foto? Tonto.

—Es una foto increíble. Me encanta. Y el pendiente. Es maravilloso. Gracias. —Esta vez, yo lo besé a él. Era mi agradecimiento después de todo.

Me sonrió cuando nos separamos.

—Ven. Déjame ponértelo.

Ahogué una risita cuando luchó con el broche por unos minutos antes de finalmente abrirlo. Me apartó el cabello hacia un lado y aseguró el collar alrededor de mi cuello.

—Listo. —Le dio un toque ligero al pendiente antes de sonreírme—. Perfecto.

Sí. Él lo era.

—Lo es. Gracias.

Edward se paró y me puso de pie.

—Necesitamos ir por Alice para festejar el resto de tu cumpleaños.

No pude evitarlo, lancé mis brazos alrededor de sus hombros y me presioné contra él en un fuerte abrazo.

—No puedo creer que tengo más cosas que celebrar.

Edward me sonrió antes de inclinarse y besar la punta de mi nariz.

—Créelo. Nos está esperando un pastel mitad fresa y mitad chocolate en la pastelería.

Me encantaba que se hubiera rendido ante la exigencia de Alice de que el pastel fuera mitad y mitad.

—Bueno, vayamos por mi hermana y mi pastel entonces.

Se rio y se apartó, sólo para tomar mi mano en la suya.

—Como desee la cumpleañera.

¿Me atrevería a desear más que esto? Parecía egoísta, pero eso era lo que quería. Por primera vez, sabría qué iba a desear cuando apagara las velas.

Xoxoxoxoxoxoxox

—¿Te gustó tu globo? ¿Y las rosas? —preguntó Alice, iba saltando en el asiento trasero mientras sostenía ambas cosas en sus manos.

—Sí. Edward me dio un cumpleaños maravilloso.

—¡Sí! Le dije que te encantaría.

Le lancé una mirada a Edward, que se rio y sacudió la cabeza.

—Lo juro, fueron ideas mías. Alice sólo eligió el globo.

Ella se rio.

—¡Elegí el más grande!

Por supuesto que sí.

—Aunque no me quiso contar todo. Tenía miedo de que arruinaría la sorpresa.

Me reí.

—Me sorprende que no hayas dicho nada. Especialmente sobre el almuerzo.

—¿Qué pasó en el almuerzo?

Otra mirada hacia Edward me hizo ganarme una sonrisa presumida.

—Esa idea fue toda mía. Cat no sabe nada al respecto.

Me encantaba eso. Quiero decir, me agradaba que incluyera a mi hermanita en los planes de cumpleaños, pero en serio me gustaba que lo que pasó en el almuerzo hubiera sido su idea.

—Se sentó en una de las mesas con un pastel y recreó el final de Dieciséis velas para mí. —Sabía exactamente qué le iba a causar eso al corazón romántico de mi hermana y, efectivamente, soltó un gritito.

—¡Oh dios mío! ¿Frente a toda la escuela? ¡Qué genial!

Tuve que reírme de lo presumido que se veía Edward, regodeándose en los cumplidos por su idea.

—Fue lo mejor.

Edward se paró frente a mi casa, y todos agarramos las cosas del cumpleaños. Yo llevaba mi diario y las flores, Ali traía el globo y Edward cargaba el pastel que era demasiado grande para cuatro personas. Comeríamos pastel toda la semana. Claro que eso nunca sería un problema.

Papá abrió la puerta y nos sonrió mientras caminábamos hacia la entrada.

—Bueno, ¡miren todo esto!

Me sonrojé mientras señalaba a Edward.

—Papá, este es Edward, el que está detrás del globo y las flores. Edward, este es mi papá.

—Hola Jefe. —Edward movió el pastel a su mano izquierda para poder tomar la mano de mi papá con la derecha.

—Por favor, dime Charlie. Es un placer conocerte oficialmente, Edward. —Ante la mirada de confusión en Edward, mi papá continuó—: De vez en cuando hago consultas con tu papá sobre algunos casos.

Noté que la sonrisa de Edward pareció congelarse mientras asentía tensamente.

—Oh.

—Papá, ¿podrías tomar el pastel de las manos de Edward?

Se apuró en hacerlo.

—¡Claro! Entra, Edward. Lamento no haber estado aquí para conocerte el otro día.

La sonrisa de Edward se veía más natural ahora.

—No hay problema. Dudo que las películas fueran de tu agrado.

Papá se rio.

—Tengo tres hijas. No hay ninguna película infantil o de chicas que no haya visto. Pero mejor tú que yo, hijo.

Dejó el pastel en la cocina.

—El asador se está calentando. ¿Cómo te gustan los cortes, Edward?

—Término medio.

Papá sonrió.

—Buen chico. —Le palmeó la espalda—. Toma asiento. Abriremos los regalos de una vez mientras espero a que el carbón esté en su punto.

Edward se sentó junto a mí en el sofá, con Alice en mi otro lado. Volvió a meter la mano en su mochila y sacó otro paquete. ¿En serio?

—Edward… —comencé, pero alzó una mano.

—Este es de Alice. Yo no tuve nada que ver con él. —Ante la risita de mi hermana, sonrió—. Bueno, tuve muy poco que ver con él. —Le entregó el regalo a ella.

Oh, Dios. Papá entró a la sala con la bolsa que Emmett me había dado de parte de Rose, junto con una bolsa de regalo que no había visto antes.

—¿Quién primero? —preguntó, como si no supiéramos quién estaba a punto de ofrecerse como voluntaria.

—¡Yo! —gritó Ali, prácticamente golpeándome con la caja que había recibido de Edward.

Me reí entre dientes y sonreí cuando vi que estaba envuelto con el mismo papel con el que habían estado envueltos los dos regalos de Edward.

—¿Le pagaste a alguien para que los envolviera?

Edward negó con la cabeza.

—¿Tú?

—Sí, yo.

Maldición. Este chico hasta podía envolver bien los regalos.

—¿Hay algo en lo que no seas bueno?

Eso sólo me hizo ganarme una sonrisa presumida. Suspiré y comencé a quitar la envoltura, revelando una caja blanca. ¿Ropa? Abrí la tapa y, vaya. Era un hermoso vestido, hecho de encaje azul oscuro, estilo halter que se envolvía en un círculo alrededor del cuello.

—Es hermoso. —Toqué el encaje, asombrada por lo bonito que era. Aunque no tenía idea de qué había hecho que Alice me regalara semejante cosa—. No sé cuándo podré usarlo.

—¡Yo sí! —Lanzó sus brazos alrededor de mi cuello—. Edward me dijo que quiere llevarte al baile de Bienvenida en un par de semanas, ¡así que lo elegí para que lo usaras! ¿Lo hice bien? ¿Realmente te gusta?

—Me encanta, Ali. —Le regresé el abrazo, lanzándole una mirada sobre mi hombro a Edward, que se veía bastante orgulloso de sí mismo.

—Está en la lista —murmuró en voz baja, y supe que me tenía con eso. Por supuesto, no besarse también estaba en la lista y habíamos lanzado esa por la ventana, aunque tal vez debería agregarla de nuevo a la lista ya que me chantajeó limpiamente para ir al estúpido baile.

—¡Sí! ¡Edward me dijo que vas a ser una de las princesas del baile!

Oh, dios.

—Él no puede saberlo, Ali. —E iba a sobornar a Eric para que de alguna forma me sacara de ahí. Haría lo que fuera necesario, incluso hasta lo dejaría usar la chaqueta de Edward. Bien, tal vez no tanto.

—Sí, sí lo sé.

—Calla —le advertí, soltando a Ali y lanzándole una mirada a Edward.

—Puedes negarlo todo lo que quieras. Va a pasar. Irás paseando junto a mí en el convertible a medio tiempo.

Bueno, eso no sonaba tan mal.

—¿Eso es todo?

Se encogió de hombros.

—Te dan una flor, una tiara y un listón para usarlo. Compartimos un baile. Es básicamente eso.

No sonaba tan horrible. Especialmente la parte de bailar con Edward.

—Bien, supongo.

—¡Sí! —Ali se rio y aplaudió.

—Supongo que eso explica la primera parte de mi regalo. —Papá entregó la bolsa de regalo.

Metí la mano y saqué una caja de zapatos, que para mi sorpresa, sí contenía zapatos. Zapatos azul oscuro que parecían estar hechos para el vestido. Tenían piedritas brillantes en la parte que pasaba sobre el pie, eran abiertos y tenía tiras que se ataban a un costado.

—Se llaman zapatillas abiertas —pronunció Alice con orgullo, sin dejar dudas sobre quién eligió los zapatos, no es que lo dudara.

Miré a mi papá, que se veía avergonzado.

—Alice ya los tenía apartados en la tienda. Yo sólo di mi nombre y pagué.

Me reí de su incomodidad.

—Gracias, papá. Espero poder caminar en ellos.

—No te dejaré caer —prometió Edward, pasando su brazo a mi alrededor.

Ya que creía en él, me relajé en su abrazo.

—Hiciste cómplice de tus planes a mi familia, Cullen.

Sonrió.

—Así es, Swan. Pero, para ser justos, Alice sugirió por su cuenta el vestido y los zapatos cuando le mencioné que planeaba llevarte al baile.

—Me facilitó las cosas. —Papá me dio una tarjeta—. Aquí está el resto.

Sonreí por la dulce tarjeta que había elegido, que decía algo sobre la mujercita que era. Y la tarjeta de regalo para la librería era justo de mi estilo.

—Gracias, papá. —Me paré y le di un abrazo.

—De nada, pequeña. —Me despeinó el cabello y me entregó el regalo de Rose—. Veamos qué te dio tu hermana.

Rose. Era lo que faltaba. Y a ella le hubiera encantado todo este día que me habían dado. No podía esperar para contarle sobre ello.

La primera parte del regalo era una sudadera de Oxford. La nota que venía con ella decía que quería que tuviera conmigo un pequeño pedazo del lugar donde estaba ella. La amé. También era color azul oscuro, que era uno de mis colores favoritos. Mis dos hermanas me conocían bien.

El otro regalo era un brazalete, con tres corazones: uno color rosa, otro plateado y otro dorado. La nota que lo acompañaba hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.

Lado a lado, o a millas de distancia, las hermanas siempre estarán conectadas por el corazón.

—Oh, ¿esos tres corazones son por nosotras tres? —preguntó Ali, se veía complacida.

—Por supuesto. Sin importar a dónde vaya una de nosotras, siempre seremos hermanas y mejores amigas. —Abracé a Ali, deseando que Rose estuviera aquí para abrazarla también.

—Bueno, Edward, ¿qué te parece si dejamos a las chicas para que hablen de vestidos y bailes, y vamos a poner esos cortes en el asador? —preguntó papá.

—Claro. —Edward tocó mi mejilla—. ¿Estás bien? —preguntó con suavidad.

Asentí. Realmente estaba bien. Sólo que extrañaba a Rose. Y deseaba que ella pudiera estar aquí para hablar de este increíble día y este chico igualmente increíble que había estado alborotando mis emociones.

—Sí. Estaré bien.

—Bien. —Siguió a mi papá hacia la cocina para sacar la carne.

Ali me sonrió.

—Realmente le gustas.

—Realmente me gusta también.

Tal vez demasiado, pero esperaba que no fuera el caso. Si los deseos de cumpleaños se hacían realidad, tal vez él sería mío de verdad. Eso esperaba.