21. Yo también te amo

La respuesta que temía recibir llegó. No quería escucharla pronunciar aquellas palabras: se sentía con el deber de ayudarme. No quería ser el deber de nadie.

Quiero ser aquel deseo que nunca ha tenido hacia otro ser humano a parte de su hijo. Quiero ser aquella fuerza que le permita decirme "me has devuelto la vida que ni siquiera creía tener". Un deber no puede hacer pensar en esto, un deber es un peso, una piedra, dolor, lágrimas. Algo de lo que liberarse.

Así que, en el mismo momento que le gritaba a la cara, con toda la rabia que tenía en el cuerpo, mi disgusto, había decidido quitarle aquel peso. La amaba demasiado para dejarla soportando ese peso después de que, con esfuerzo, había logrado quitarle de encima aquella piedra que llevaba el nombre de su hijo, infeliz y mudo.

En sus ojos se reflejaba su fracaso como mujer, como médico, y sobre todo, como amiga. Su deseo de control que la caracterizaba había explotado conmigo, en su intento de expiar una culpa que se había autoimpuesto. Así, contra mi voluntad, había tenido que alejarla para darme tiempo de comprender si la idea que me había hecho de ella era equivocada y si tenía frente a mí solo a otra Elisabeth, bajo la ropa de otra mujer.

Y así, al igual que no había sido fácil para ella ver su fracaso, del mismo modo no había sido fácil para mí: le había dejado libertad de elección en todos los detalles de su vida, incluso cuando hubiera merecido una explicación, o por lo menos una conversación sobre lo sucedido algunos meses antes. No quería forzarla de ningún modo, pero no quería tampoco que dejara de lado un sentimiento que estaba claro que sentía y que, sencillamente no sabía gestionar. Porque la verdad era esta: esos sentimientos nuevos, hacia una mujer, hacia mí, la asustaban, y yo la comprendía, pero solo hablando conmigo habría podido darle un sentido a todo.

Decido tomarme mi tiempo, continuando desarrollando todas mis tareas cotidianas, como la fisioterapia, y continuar con mis ejercicios para fortalecer la pierna. Mi fisioterapeuta, en estos meses, se ha vuelto un objeto de desahogo y consuelo al mismo tiempo: a él le había pedido que le dejara claro a Regina que no me esforzaba bastante en los ejercicios, porque le quería dar una sorpresa antes de Navidad, justo a tiempo para su cumpleaños. Porque ya lograba mantenerme en pie desde mucho antes de que mi madre y después Regina vinieran a darme la reprimenda.

Pero continuar esperando a que Regina diera un paso hacia mí o que comprendiera mi punto de vista es absurdo, el ansia me está comiendo viva, y aumenta siempre más el deseo de volver a verla y recobrar mis tardes junto a Henry, aunque mi madre me había sustituido magníficamente en ese sentido. Así que, aunque me considere una muchacha inmadura, decido ir a enfrentarme a ella, quitarme finalmente este peso del corazón, teniendo en cuenta que probablemente recibiría de ella el enésimo y doloroso rechazo. Al menos sería el último.

Han pasado diez días desde la última vez que la vi, y hoy es la víspera de Navidad.

Y es también el cumpleaños de Regina.

Necesito verla, abrazarla, admirar su rostro y finalmente dar aire a mis pulmones.

Recogida la casa, con lentitud y esfuerzo, me tiro literalmente dentro de la bañera.

La pesadez de la última semana me ha dificultado mi sueño, por las continuas peleas con mi madre que continuaba pretendiendo que volviera a casa, por la bronca con Regina y por la escasa, si no inexistente confianza que ambas tienen en mí.

Solo quería darles una sorpresa, llegando a la cena de Navidad sobre mis piernas, y hacerles partícipes a ellos también de esto, pero los últimos sucesos casi me hacen perder el deseo de verlos y sorprenderlos.

No es verdad. Quisiera verla sonreír por mí, por Henry. Por haber encontrado una familia que la ama de verdad.

Y eso independientemente de lo que suceda entre ella y yo.

Mi madre la estima como mujer y como médico, Neal adora a Henry y Henry adora a Neal.

Espero ardientemente que mi madre haya logrado seguir mis indicaciones como habíamos acordado, al menos eso me lo debe. Y espero que Regina haya aceptado la invitación de mi madre para la cena.

Me quedo en remojo al menos una hora en un agua con aroma a manzana.

Me recuerda a Regina y no sé ni por qué. He colocado algunas velas con el mismo aroma por todo el baño, y la débil luz emanada de estas es la única fuente de iluminación de la estancia. Siento los tensos músculos relajarse y, como en cada baño o ducha, me rozo las cicatrices que marcan mi abdomen y repaso en mi mente los fotogramas de aquel día. Los ojos llenos de rabia de Marian, los aterrorizados de Regina. El ardor en el abdomen y el sabor metálico en la boca después del primer disparo. No había tenido miedo después del disparo, eso lo recuerdo a la perfección. La visión, aunque nublada, de Regina me había dado valor para no dejarme arrastrar por la desesperación. Las lágrimas que sentía deslizarse por la parte externa de mis ojos siempre las asocié al dolor que estaba sintiendo, no al miedo que aquel dolor me estaba provocando, sino a las consecuencias que podría haber.

Esternón, ombligo, pubis. Acaricio con delicadeza aquella herida de guerra y sonrío cuando aquel movimiento me provoca cosquillas. Cinco meses después aún está muy sensibles. Un poco más a la derecha, los dos pequeños y profundos agujeros de las balas. Estos son definitivamente antiestéticos, se parecen a los agujeros que Neal me obliga a hacer cada vez que estamos en la playa, en la arena. Después, él se mete dentro y mi padre y yo debemos cubrirlo de arena y descascararlo (hacia lo llamaba él) como un pequeño caracol de mar. Así queda siempre un agujero a la mitad, irregular y peligroso. Como aquellas dos cicatrices.

Un escalofrío me azota intensamente, hasta el punto de hacerme temblar, así que decido salir de la bañera, envolverme en el albornoz y acurrucarme al lado de la pequeña estufa de mi habitación, donde todos los días pensaba en los males del mundo. O, más en pequeño, en los míos.

Ya han pasado de las cinco, me doy cuenta de que han pasado horas sin que mirara el teléfono y lo cojo de la cómoda. Un sms de mi madre me tranquiliza sobre la presencia de Regina y Henry esta noche en la cena, asegurándome que Henry ya estaba con ellos, así que tendría algunas horas libres para estar a solas con Regina, en su casa, y definir finalmente su posición.

O felicitarla simplemente.

Los rizos rubios caen suavemente hacia un lado y el vestido negro, el usado en mi fiesta de regreso, cada vez me gusta más. Quiero que este vestido me acompañe en los momentos importantes de mi vida, y nada es más importante que Regina en este momento.

Timbre.

Alguien ha llamado al timbre, y yo…no quiero que nadie me vea caminar, aún no. Me acerco lentamente a la puerta antes de preguntar

«¿Quién es?»

«Emma, soy yo, Regina. Sé que estás enfadada, pero ¿puedes abrir la puerta, por favor? Tengo que hablar contigo…y no te daré reprimendas»

Contengo la respiración, como si dar aire a mis pulmones me fuera a hacer perder media silaba de sus palabras, pronunciadas de forma tan calmada y sincera que me dolía.

Velozmente me siento en la silla de ruedas, antes de acercarme al umbral y quitar todos los cerrojos de seguridad que había puesto. Incluso los de mi corazón.

Retrocedo con la silla mientras su imagen aparece frente a mis ojos. Su rostro es un compendio de incomodidad y preocupación. Lleva con cansancio sus 34 años, no le han sido bastantes para soportar las injusticas de la vida.

Quisiera sonreírle y tranquilizarla, pero tengo que continuar recitando mi parte, ya que ella ha destrozado, de nuevo, mis planes.

«Hola Emma»

Asiente ligeramente, mientras inspecciona el interior de la casa.

«Hola Regina» responde poco convencida

«¿Puedo entrar?» pregunta tímidamente

«Si no te fastidia estar al lado de una discapacitada, adelante»

Sí, lo sé, he exagerado. Pero me lo ha puesto en bandeja de plata y quiero que comprenda que no me he olvidado de las palabras de nuestro último encuentro.

«Tocada y hundida, gracias» responde sarcásticamente

Avanza hacia mí antes de cerrar la puerta a sus espaldas.

La estancia ya está impregnada de su perfume y mi concentración vacila. Cierro los ojos y me doy la vuelta, llevando conmigo la silla móvil.

«Adelante, siéntate. Puedes dejar el abrigo en el sofá si tienes calor»

Vuelvo a poner mi mirada sobre ella, está petrificada frente a mí, con los ojos brillantes y la respiración agitada.

«¿Ha pasado algo, Regina?» mantengo quieto el brazo que quiere extenderse hacia ella, para aferrarle la mano y apretársela.

Dice que no con la cabeza, antes de suspirar profundamente, dar un paso hacia mí y comenzar a hablar.

«¿Sabes Emma? En estos meses he intentado de todos los modos posibles decirte cómo junto a ti, a pesar de mí, me siento verdadera»

La saliva se seca. Y el corazón…el corazón puedo compararlo a una de esas bolitas de goma que botan como locas por horas.

Tensa y preocupada, esboza una leve sonrisa, hacia el lado de su cicatriz. Yo aprieto fuerte los puños.

«Siento mucho lo que pasó la última vez. Siento haberte tratado como a una niña, sé bien que no lo eres, en fin mírate» alarga la mano hacia mí, dando un paso hacia delante y rozándome el rostro

«Eres lo que toda madre puede desear, lo que todo hombre o mujer puede querer. Eres fuerte, eres consciente de tus elecciones, de tus capacidades, de tus acciones. Has reunido en ti la fuerza de mil huracanes y de esa manera me has arrollado»

Silencio.

Continúa abriendo y cerrando los labios, buscando palabras que parecen escapársele con cada toma de aire.

Y dado que a mí el aire comienza a faltarme, decido ayudarla, de alguna manera.

«Regina. Yo me he impuesto estar alejada de ti, pero aunque no lo hubiera hecho, tú me habrías alejado de todas maneras. De los huracanes no se puede escapar…así que lo máximo que he sido…fue una ráfaga de viento» digo convencida

Con la mirada baja, gesticula buscando palabras que puedan contrarrestar las mías.

La amo.

Sin embargo, non logro demostrárselo. Amo sus defectos tremendamente invisibles a los ojos de los otros. Su modo de hablar y actuar, y aquella mirada que encierra algo bueno, lo bueno que nunca ha encontrado. Estamos vivas y estamos aquí, solo deberemos volver a renacer juntas.

«¿Qué has hecho en estos días?»

«Te he esperado, Regina. No logro hacer otra que esperarte últimamente. ¿Y tú?»

Completamente aturdida con mi respuesta, vuelve a sonreír.

«Nada. He deseado volver aquí»

«¿Por mí?» pregunto tímidamente

«Sí, por ti. Todo lo que hago está ligado a ti. Lloro por ti, río por ti. Tengo miedo por ti. Me vuelvo un plomo por ti. Me transformo en la peor mama aprensiva por ti, y sé que no puedo y no quiero para nada tener ese papel. Me desnudé de verdad por ti cuando comprendí que aquellos miedos que tenía, contigo, daban menos miedo. ¡Me he puesto en duda a mí misma por ti!» la voz, antes sutil y débil, alza el tono.

Sus manos se juntan como en un rezo, junto a sus labios. Está tan bella como atormentada.

«Regina…»

«No, tú no entiendes. Yo estaba aterrorizada. Pero concretamente mi miedo te lo lancé a ti la semana pasada cuando casi te obligué a recorrer más rápidamente un sendero que solo tú podías construir, no conozco otro modo de amar a las personas, el sentimiento de culpa está en primer lugar, y las personas están a mi lado porque quieren algo de mí, siempre. ¡Mi madre quería el dinero, Robin, mi cuerpo, en cambio tú, tú no quieres nada y yo no sé gestionar relaciones en que la otra persona no quiere nada de mí sino mi bienestar o mi sonrisa o todas las cosas hermosas que se deberían pensar y querer!» se gira de repente y me da la espalda, y se echa a llorar.

Aprieto los labios en una mueca dolorosa, retengo las lágrimas que quisiera versar junto a ella. Escucharla admitir que no sabe gestionar esos sentimientos me hace respirar, me hace comprender que su interés morboso por mi salud es el único modo que conoce para demostrarme interés porque continúa teniendo miedo de que yo quiera otra cosa de ella.

En cierto sentido es así. Quisiera que me mirase a los ojos sin tener miedo de la enésima traición, quisiera que comprendiese que lo único que quiero son sus sonrisas. Ya tendremos muchas ocasiones para escupirnos miedos y sentimientos de culpa, pero ahora, ahora, debemos solo apretarnos las manos y encontrar la feliz certeza de que nos hemos elegido.

Regina, me he cruzado con millones de ojos, pero ninguno de ellos me hace sentir en casa como los tuyos lo hacen.

La observo desde mi emplazamiento especial, emplazamiento que me ha hecho comprender que nada ha sido previsto o debido, emplazamiento que creía que ya no podía abandonar y que a veces me hacía sentir inútil y poco digna de atención. Han sido meses difíciles y todavía lo serán, pero el rostro escondido tras los hombros de aquella mujer que tenía delante se había convertido en el primer motivo para respirar. El primer motivo para llegar a ser algo más, para demostrar que podría ser aquello que quería.

Aparto lentamente las piernas de los apoyapiés de la silla, los levanto delicadamente, atenta a no hacer demasiado ruido. Con la ayuda de los brazos me pongo en pie y doy medio paso hacia delante antes de pronunciar de nuevo su nombre.

«Regina…»

¡Qué pasa, Emma!»

Las palabras mueren en sus labios apenas se gira y recojo su estupor con una enorme sonrisa.

Su mirada vaga inquieta entre mi rostro y las piernas que comienzo a mover hacia ella.

«No, para. Caminas, ¿desde cuándo caminas? ¿Por qué caminas?» comienza a preguntar sin control

«Shhh» le digo, cogiendo el móvil y poniendo la canción que ella misma había usado para traerme de vuelta a la vida.

Las palabras de aquella canción resuenan en la estancia, y ella comprende.

Cuando nos separa solo una respiración y sus ojos ya son un lago de lágrimas, retomo la palabra.

«Feliz cumpleaños, Regina» digo «Quería decírtelo mirándote a los ojos, quería hacer especial esta Navidad, tu cumpleaños, tu vida, por una vez»

Baja los parpados y dos lágrimas se deslizan por sus mejillas. La mirada no habla, pero dice tantas cosas. Su mirada me ha vuelto fuerte e indefensa al mismo tiempo y he tenido que bajarla, al inicio. He tenido que aprender a sostener esa mirada llena de dolor y de vida perdida detrás de personas que no la han merecido. Detrás de aquel pecho y de aquellos labios que besar con sabor a manzana se encerraba siempre con llave una pequeña y despechada niña de cinco años. Niña que siempre ha dicho no…y conmigo ha aprendido a decir sí. En realidad esperaba solo un gesto de afecto, puro, sincero, como una madre que te arropa.

Es magia incomprendida, y conmigo, comprendería cómo usarla.

«Si quisieras, si supieras verme, te dejaré tanto de mí que me sentirás y te sentirás bajo la piel, también cuando no estemos físicamente juntas. Si solo te vieras como te veo yo…»

Me echa los brazos al cuello, en un abrazo liberador.

«Te amo, Emma» dice de sopetón, mientras mi corazón se para. Solo sus brazos me mantienen en pie.

«¿Cómo, perdón?» pregunto yo, incrédula, alejándome de ella lo suficiente para mirarla a los ojos

«Te amo, Emma. Hace meses que te amo, pero no tenía el valor de decírtelo porque…porque mi vida siempre ha sido una mierda y no quería inmiscuirte en mis problemas. Pero te metiste delante de aquellas balas y tu coma finalmente despertó mi corazón…pero por la canción que estamos escuchando, creo que tú ya sabes todo esto, ¿no es verdad?»

Me ha seducido. Caí a sus pies como una quinceañera presa de las alocadas hormonas. La he visto llorar, beber café, desesperarse por Henry, desesperarse por mí, para después volver a ser la mujer inalcanzable. He sido, durante casi un año, un inconsciente títere de sus miradas, de sus cálidas manos, de su corazón destrozado. Ahora aquel corazón me lo ha dado a mí y haría de todo para levantarme y hacerlo latir de mejor modo

«Sí, lo sabía. Pero quería que lo dijeses cuando fuera capaz de escuchar y de querer»

Esta vez soy yo quien avanzo los labios hacia ella para besarla, concediéndome aquel paso que nunca había tenido el valor de dar por primera vez, demasiado cohibida por el poder que ella tenía sobre mí: aquel de rechazarme en cualquier momento.

Me concentro primero en el labio superior, después en el inferior, disfrutando de la liberadora certidumbre de que, de ahora en adelante, podría hacer míos sus labios y toda ella cuando me viniera en gana.

El beso comienza lento y profundo, y así permanece por todo el tiempo, incluso cuando la empujo, inevitablemente hacia mi habitación. Cada pequeño botón de aquel abrigo que tenía puesto salta, y la prenda se desliza hacia abajo, dejándome delante una de las visiones más celestiales cuyo derecho a observar me ha sido concedido. Sus labios, posados en mi cuello, acompañan el movimiento de sus manos que encuentran el único e insignificante botón que tiene mi vestido, tras la nuca. Así, agarrándolo desde la cintura, me lo quita, tirándolo a un punto impreciso de la habitación.

Su vestido rojo fuego obtiene el mismo fin poco después. Decido dejar donde está aquel sujetador negro que la vuelve aún más excitante.

Piernas entrecruzadas, dedos entrecruzados, ojos clavados.

Sus dedos se hunden en mí, primero inexpertos y después seguros y decididos, como si hubieran sido creados para aquella parte de mi cuerpo. Me concedo a ella, saciándome todo el tiempo con los ojos lujuriosos que capturan su reflejo en los míos. Quisiera restituirle el mismo placer, pero mis muñecas están bloqueadas por un fuerte agarre de su mano izquierda, obligándome a permanecer quieta bajo el preciso toque de ella.

Lo único que todavía puedo mover son las piernas, así que meto una entre las suyas, advirtiendo inmediatamente aquella inevitable y placentera sensación cálida y húmeda, aunque escondida aún por el tanga.

Continúa torturando mis pechos, ora añadiendo pequeños mordiscos, ora estimulando los pezones con la lengua. No existe tortura más placentera que esta.

Cuando siento aquel calor familiar ascender dentro de mí, me muevo e invierto las posiciones, eliminando aquel tanga y colocando, como la primera vez, sus piernas detrás de mi espalda.

Así me apodero, con si fuese la primera vez, de su parte más preciada.

Ninguna acción es suficiente para mudar en concreto lo que siento en aquel momento. Pero cuando vuelve a acariciarme, en ese momento nuestros cuerpos se tensan y me lanzo sobre su boca, sofocando y controlando los gemidos y jadeos de placer que nos envuelven a ambas.

Me dejo caer su cuerpo desnudo.

Después escucho provenir de ella una ligera risa

Frunzo la frente antes de mirarla a los ojos, sosteniéndome con ambos brazos colocados a los lados de su rostro. Mis cabellos le rozan el cuello.

«Si te digo una cosa nunca la creerías» me dice divertida

«No sé si tener o no miedo de esta confesión, ¿sabes?»

«Bueno, no voy a quita el miedo rápidamente: este es el tercer orgasmo de mi vida. El segundo fue contigo, la primera vez…el primero y único con Robin, cuando concebimos a Henry. Después una serie de actos insatisfactorios»

Me cuenta eso, absolutamente inverosímil, con la sonrisa en los labios: está realmente divertida.

Yo estoy indignada. ¿Cómo las mujeres complacen a sus hombres sin exigir el mismo placer que ellas les dan?

«¿Cómo has podido soportar todo lo que te ha hecho?» añado posando mis labios en su frente

«Estaba Henry…»

Dos palabras, un nombre.

«Mierda, ¿qué hora es?» exclamo de repente, bajando de la cama de un salto y asustando literalmente a la criatura que aun yacía en la cama. Miro alrededor buscando mi teléfono.

«¡Son las siete!» desorbito los ojos, y Regina me imita

«¡Tu madre comenzará a odiarme desee hoy!» añade, mientras tambaleándose un poco intentaba volver a ponerse el vestido. Yo, mientras, hago lo mismo, con la diferencia de que debo apoyar el culo en una superficie plana si quiero vestirme sin arriesgarme a una fractura.

«¿Ahora puedo preguntarte cómo estás? Por la pierna, quiero decir…» pregunta vacilante

«Estoy bien…de vez en cuando cede, pero cada día está más fuerte. Aguanto siempre más en pie y solo me duele por la noche si he exagerado mucho durante el día, ¡me pondré como nueva!»

Como respuesta, asiente sonriendo, antes de alargar la mano a la que me aferro para ponerme en pie.

La beso. Después me quedo ahí observándola el poco tiempo que basta para perder la razón.

La amo con el corazón, el alma y los huesos. Sin vacilaciones o perplejidad, sin miedos de adolescentes. La miro a los ojos y me doy cuenta de que tengo un mundo entero para descubrir y espero que me conceda toda la vida para hacerlo. Descubrir cada angosto precipicio y encontrar en cada uno de ellos aquel rinconcito de paz creado a posta para mí por ella misma, donde podré sentarme a contemplarla.

Frente al espejo del baño se arregla el maquillaje, mientras yo parto de cero.

Aquel pequeño atisbo de cotidianidad hace que mi corazón se sobresalte. Creo que para ella es lo mismo al notar el rubor de sus mejillas.

Al contrario de lo que yo misma habría imaginado, recorremos el camino desde mi casa a casa de mis padres en total silencio, mirándonos de vez en cuando y robando leves caricias a nuestras manos.

Al llegar frente a la puerta, me doy cuenta de su nerviosismo. La respiración acelerada es una máscara no bien puesta sobre su rostro. Así que, golpeada de nuevo por la certidumbre de la situación, aferro su mano y cruzo los dedos con los suyos.

Baja la mirada hacia nuestras manos antes de devolverme el apretón.

Con la única mano libre, agarró su mentón y la acerco a mí, creando el enésimo contacto entre nuestros labios.

«Yo también te amo, Regina» pronuncio aquellas palabras cuando nuestros ojos se encuentran una vez más.

Sonríe y su respiración se calma, mientras la mía sufre una repentina aceleración.

El tiempo se detiene para ambas.

Después las manillas vuelven a correr.

Nuestras vidas están comenzando, de nuevo. Con la diferencia de que ahora, por primera vez, ya no seremos esclavas del tiempo pasado.

Mi madre abre la puerta y su sonrisa al verme en pie, sobre mis piernas, se convierte en la guinda del pastel.

Ahora mi Navidad es finalmente perfecta.

Sobre nuestros refugios destruidos

Sobre nuestros faros derrumbados

Sobre los muros de nuestro tormento

Escribiremos nuestros nombres (Paul Eluard)

FIN