Adaptación del libro de Emma Mars.
Capítulo 20
Rachel suspiró y meneó la cabeza intentando tranquilizarse. Necesitaba tener la mente fría y centrarse en lo que estaba a punto de hacer. Su corazón empezó a palpitar con fuerza cuando se detuvo a medio metro de aquella puerta. Si el reencuentro con Noah había sido la cosa más difícil que había hecho en su vida, aquella iba a ser la segunda más difícil.
Revisó por enésima vez el papel que llevaba en la mano para asegurarse de que era la puerta correcta. Después echó un último vistazo por encima de su hombro para comprobar que su guardaespaldas estaba detrás de ella. Tenía órdenes específicas de no llamar la atención, y por el momento lo estaba consiguiendo, vestido con aquel atuendo informal.
Allá vamos.
Respiró profundamente antes de extender el brazo y poner la mano en el pomo de la puerta, preguntándose qué pasaría a continuación. A lo largo de aquellas semanas se había imaginado la escena en multitud de ocasiones, pero ninguna le parecía real. A veces en sus fantasías desbordaba confianza, y otras acababa arrepintiéndose, con la sensación de que no había sido, después de todo, la mejor idea.
Pero ahora ya era tarde para echarse atrás. Rachel tan solo esperaba estar haciendo lo correcto. Abrió la puerta y al principio nadie pareció notar su presencia. Algunas chicas se giraron en su dirección, pero solo una de ellas la siguió con la mirada mientras se dirigía hacia los pupitres, seguida de su guardaespaldas.
Eligió un asiento en un extremo de la clase, junto a una muchacha de aspecto pusilánime, que tenía el pelo sujeto en dos infantiles coletas y llevaba un desfasado jersey a rombos. El reloj que había sobre el marco de la puerta indicaba que eran las nueve en punto, casi la hora. Rachel podía sentir su corazón en la garganta, acelerándose a medida que el segundero se desplazaba por la esfera redonda. Intentó calmarse leyendo uno de sus libros, pero el murmullo de voces empezó a crecer a su alrededor, hasta que los cuchicheos se convirtieron en un zumbido parecido al de las abejas y fue incapaz de leer una sola línea más.
—Perdona, tú eres Rachel Berry, ¿verdad?
Se giró y vio a un chico un par de años más joven que ella, sonriéndole con descaro. Era un muchacho de lo más común, uno de tantos como los que había conocido en el instituto, a los que les traicionaba su exceso de autoestima. Estaba a punto de contestarle que se perdiera en el otro extremo del aula, pero ella entró en ese momento y eso fue suficiente para que el muchacho se evaporara. El resto de los estudiantes ocuparon su sitio rápidamente y Rachel sintió que le faltaba aire en los pulmones cuando por fin la vio.
Quinn caminaba hasta la mesa que presidía el aula.
Y estaba preciosa.
Hacía varias semanas que no se veían, pero Rachel no había olvidado el balanceo de sus caderas, la fina línea de su cintura, la curva de sus pechos... Le bastó con mirarla para que todos los sentimientos que había ignorado antes de la boda volvieran a despertarse con fuerza en su interior. La vio situarse delante del escritorio y encarar a la clase. Tomando aire, se presentó a los alumnos del nuevo curso.
—Buenos días a todos y bienvenidos. Soy la profesora Fabray y este año seré la encargada de impartirles esta asignatura. Tengo por costumbre que mis alumnos se conozcan unos a otros, así que les pido que cuando diga su nombre, por favor se levanten y se presenten brevemente.
Quinn iba vestida con una falda de tubo negro y una ajustada camisa blanca. Tenía el pelo recogido en una coleta y varios mechones revueltos se escapaban de ella. El atuendo entero le daba un aspecto serio, pero también sexy, y a Rachel no se le escaparon las miradas de apreciación de algunos de sus compañeros de clase. Lejos de hacerla sentirse incómoda, simplemente pensó en lo mucho que entendía a aquellos muchachos. Quinn era en clase tal y como la había imaginado. Intentaba con todas sus fuerzas ocultar sus encantos tras aquellas prendas recatadas, pero su feminidad y su innegable atractivo físico acababan traicionándola. Su vestimenta conseguía acrecentar el deseo de cruzar aquella habitación y hacerle el amor allí mismo.
Rachel cabeceó, intentando deshacerse de aquellos pensamientos. Quedaba todavía un mundo hasta la letra de su apellido, y quería estar en plena posesión de sus facultades cuando llegara el momento.
Quinn todavía no había notado su presencia. Estaba demasiado concentrada escuchando las presentaciones de los alumnos y eso le concedía unos minutos para observarla sin que lo notase, para planear qué iba a decir, cómo iba a presentarse.
El siguiente turno fue del muchacho que antes se había acercado a ella.
—Mi nombre es Jake Caitlin, pero está usted tan buena que puede llamarme como quiera— afirmó con descaro.
El resto de los alumnos se rio con el comentario, incluida Rachel, que se tapó la boca con la mano para evitar que se le notara. Si conocía un poco a Quinn, sabía que a ella no le había hecho gracia que un alumno se mostrara así de irrespetuoso en clase. Esperaba que se ruborizara visiblemente, pero en lugar de eso, le dedicó al muchacho una mirada cínica, por encima de sus gafas.
—Bien, ya que me da carta blanca en el asunto, a partir de ahora le llamaremos Sr. Suspenso. ¿Le parece bien, señor Caitlin? Siéntese, por favor.
Quinn siguió con el siguiente nombre de la lista.
—Corcoran, Rachel.
Rachel sintió el corazón luchando por salir por su garganta. Intentó ponerse en pie, pero estaba tan nerviosa que sus piernas no le respondían.
— ¿Corcoran, Rachel?— preguntó de nuevo Quinn, esta vez observando con detenimiento el aula. Cuando estaba a punto de hacer una marca con su bolígrafo al lado de su nombre, Rachel por fin consiguió levantarse y los murmullos de los estudiantes empezaron a crecer a su alrededor.
—Presente.
Quinn palideció nada más verla. Su sorpresa fue tan grande que el bolígrafo que había estado sosteniendo se cayó sobre la mesa.
El silencio en la clase se hizo tan denso que Rachel sintió que podía palparlo con sus manos y tuvo que esforzarse para hablar. Se obligó a sí misma a imaginar que se encontraba en un oscuro teatro, el único lugar en el que experimentaría un silencio tan rotundo como aquel, todos los ojos posados en ella.
—Soy Rachel Corcoran, aunque la mayoría de la gente me conoce como, Rachel Berry. Supongo que tengo dos propósitos para este año. Uno es aprender todo lo que pueda y el otro... estar más cerca de personas que me importan.
Rachel había ensayado muchos discursos para hablar de nuevo con Quinn. Su espejo había aguantado largas peroratas en las que ella le confesaba cómo se sentía y lo mucho que la había echado de menos, pero ninguno sonaba tan sincero como lo que acababa de decir.
El gesto inicial de sorpresa de Quinn dio entonces paso a uno más serio y distante. Rachel comprendió que estaba intentando adoptar una actitud profesional.
—Muy bien, señorita Corcoran. Muchas gracias y bienvenida— dijo, antes de seguir leyendo la lista. —Davis, Paul.
….
El corazón de Quinn todavía palpitaba a gran velocidad cuando entró en su despacho. Había salido de clase tan rápido que ahora sentía que le faltaba el aliento. Se sentó en su silla, aturdida, los pensamientos girando a tantas revoluciones en su cabeza que estaba mareada.
Esto es una pesadilla. Tiene que ser una pesadilla.
Rachel estaba en su universidad, en su clase, era una de sus alumnas. Tenía que tratarse de un error. No podía ser que Rachel se hubiera matriculado, dejando de lado su carrera cinematográfica.
Con dedos temblorosos revisó de nuevo el listado de sus alumnos de aquel año. Y vio que su nombre estaba allí, limpio y claro: Rachel Corcoran. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo había pasado por alto aquel nombre?
Apoyó los codos en el escritorio y escondió la cabeza entre sus brazos, hundiendo los dedos en su melena. Cerró los ojos para intentar recuperar el control de su cuerpo, aunque sin demasiado éxito. Después de tanto tiempo, le parecía increíble su reacción.
Su mente rebobinó una y otra vez el momento en el que había leído su nombre y Rachel se había levantado. Quinn todavía podía sentir la llamada de su cuerpo, el pulso acelerado, el pánico que la dominó en ese momento. Si su mera presencia podía conseguir algo así, ¿cómo iba a soportar estar cerca de ella? ¿Cómo haría para inclinarse sobre su hombro cada vez que tuviera que explicarle algún pasaje complicado? ¿De qué manera iba a soportar recibirla en su despacho, cuando las cortinas estuvieran bajadas y nadie pudiera verlas?
Una pesadilla. Tiene que ser una pesadilla.
Sacudió la cabeza, ignorando el sudor frío que empezaba a perlar su frente y su espalda. Quedaba menos de media hora para que comenzara su siguiente clase. Necesitaba recuperar la tranquilidad, necesitaba calmarse y tener la mente despejada.
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, con la firme determinación de meditar el tema más adelante. Quedaba la posibilidad de pedir un traslado o incluso un año sabático que la alejara de allí. Quinn siempre había tenido ganas de escribir un libro, y un año sabático era el momento perfecto para hacerlo. Estaba pensando en ello cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta, sobresaltándola. Abrió los ojos y dirigió la mirada hacia la entrada de su despacho. Cuando la puerta se abrió, supo que estaba perdida.
— ¿Qué haces aquí?— preguntó de manera hostil.
—Invitarte a cenar, si me dejas.
Quinn observó a Rachel con detenimiento por primera vez. Estaba un poco desmejorada, pero las ganas de estrecharla entre sus brazos seguían intactas. Si acaso, se intensificaron todavía más al ver que la actriz la miraba con aquel gesto entre triste y desvalido. Enfadada consigo misma, se aclaró la voz y volvió a adquirir el tono de profesora que tanto le gustaba emplear.
—Rachel, no me hace gracia. Este es mi lugar de trabajo.
—Lo sé. Ahora también es el mío.
— ¿Perdona?
—He pensado que estaría bien darle un empujón a mis estudios.
Quinn sintió pánico al escuchar esa respuesta. En el fondo tenía la esperanza de que todo aquello se tratara de una broma pesada.
—En esta universidad, precisamente.
— ¿Por qué no?— preguntó Rachel, sonriendo. —Esta universidad es tan buena como cualquier otra. Además, aquí conozco a más gente.
— ¿Y qué hay de tu carrera? ¿De tus planes de futuro?
—Eso puede esperar— afirmó con tranquilidad. En ese momento Rachel miró hacia el exterior de la oficina y saludó con la mano a alguien.
Quinn se mordió el labio inferior, temiéndose lo peor. Tenía la esperanza de que no se tratara de Noah, pero era más un anhelo que un pensamiento lógico. Definitivamente, no era así como se había imaginado el reencuentro con su ex novio.
Noah llamó un par de veces a la puerta antes de asomar la cabeza y dedicarles una radiante sonrisa.
— ¡Hey, hola! ¿Tienes planes para comer?— le preguntó Rachel.
—Hola a las dos— les dijo. —Estaba a punto de preguntarte lo mismo. Quinn, ¿qué tal el verano? ¿Te apuntas a comer con nosotros?
Quinn los miró a los dos con desconcierto, primero a uno, después a otro. En ese momento estaba demasiado confundida para pensar con claridad. Por un segundo, fue como si los tres se hubieran retrotraído al primer día en la casa de Rachel, cuando todos eran felices y el papel de cada uno estaba claro. Pero eso solo consiguió aumentar su incomodidad, haciéndole sentir que le faltaba el aire. Necesitaba salir de allí cuanto antes.
—No, gracias, tengo planes. Si me disculpáis, llego tarde a mi próxima clase. Nos vemos.— Quinn recogió su maletín y salió de la oficina rápidamente, sin darles opción a hablar.
Cuando los dos primos se quedaron solos, Noah le dedicó una mirada de reproche a Rachel.
— ¿Qué le has dicho?
—Nada, que quería invitarla a cenar.
—Rachel...
—Ya lo sé, debería haber ido con más calma. Pero es que no me ha dado opción a explicarme. ¿No ves lo rápido que se ha ido?— protestó la actriz. —Noah, ¿qué voy a hacer? ¡Ella me odia! A lo mejor esto no ha sido una buena idea.|
Noah echó una mirada al exterior de la oficina, todavía sorprendido de que Quinn ni siquiera se hubiera molestado en cerrar la puerta con llave. Después acarició el hombro de su prima con cariño.
—Ella no te odia. Yo creo que el problema es todo lo contrario. Tranquila. Quinn es una mujer inteligente. Acabará dándose cuenta ella sola.
…..
Quinn se sentía tan alterada que casi provocó una colisión entre dos coches por cruzar la calle en rojo. Cuando salió de su despacho, sus pensamientos comenzaron a bullir en un bucle sin fin en el que se mezclaban el recuerdo de Rachel, sentada en aquel pupitre de su clase, y la extraña actitud de Noah, todo combinado en un cóctel carente de lógica.
Él había actuado como si no hubiera pasado nada. Como si estuvieran al principio de sus vacaciones, cuando todo era felicidad y Rachel era una cara bonita más de las revistas. ¿Qué era todo aquello? ¿Por qué Noah no se comportaba como lo habría hecho cualquier novio despechado? ¿Y qué pasaba con Rachel? ¿Había decidido volver, así, de pronto, para invitarla a cenar? Ahora se trataba de una mujer casada. Si Quinn ya tenía problemas para imaginarse involucrada sentimentalmente con una mujer, de ninguna manera barajaba la posibilidad de hacerlo con una casada.
La estupidez de toda la escena la hizo caminar con impaciencia, de un lado a otro del andén del metro. En aquel momento necesitaba más que nunca la cordura de una amiga y estaba a tres paradas de conseguirlo. Afortunadamente, el metro no se demoró demasiado y Quinn se dejó arrastrar por la corriente de cuerpos para entrar en el vagón.
Cuando empujó la puerta de la peluquería tenía la esperanza de que Santana no tuviera demasiados clientes. El establecimiento llevaba pocas horas abierto al público, así que a lo mejor tenía suerte. Respiró con alivio al ver que Santana se encontraba sola, ordenando una pila de toallas. Su amiga le dedicó una radiante sonrisa nada más verla.
— ¡Sabía que vendrías cuando lo vieras!— exclamó, soltando la pila de toallas para acercarse a ella.
Quinn palideció.
— ¿Tú lo sabías?
— ¡Claro! ¡Está en todas las noticias!
—Santana, ¿de qué estás hablando?
Su amiga esbozó un gesto de desconcierto.
—No, Quinn, ¿de qué estás hablando tú?— Se dirigió hacia el revistero de la peluquería, extrajo uno de los ejemplares y se lo tendió. —Yo estoy hablando de esto— le dijo.
Quinn no tuvo que buscar mucho para saber a qué se refería su amiga. El titular de la portada aseguraba que Rachel Berry se había separado de Finn Hudson. Era una noticia oficial, confirmada por la pareja.
La impresión que le provocó leer aquello hizo que le flaquearan las rodillas y tuvo que tomar asiento en uno de los sillones.
—Está en todas partes— le explicó su amiga. —Esta mañana, cuando el chico del reparto me las trajo, pensé que vendrías nada más enterarte.
—No tenía ni idea— afirmó Quinn.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿Qué ha pasado?
En ese momento empezó a sonar la melodía del móvil de Quinn, que se lanzó en picado sobre su bolso. Le hizo un gesto a su amiga para que permaneciera en silencio y contestó rápidamente.
—Profesora Sylvester, buenos días.
A Santana le bastó con escuchar aquel nombre para comprender que se trataba de una llamada importante. La directora del departamento de Quinn solamente llamaba por temas urgentes.
—Sí, señora, ya sabe que no me hubiese ido si no se tratara una emergencia— siguió diciendo. —No, no se preocupe, mañana estaré en condiciones de volver a clase. Solo me encuentro indispuesta. Sí, gracias por preocuparse. Hasta mañana.
Quinn colgó el teléfono y suspiró, aliviada.
—Creo que es la primera vez que te veo mentir a tu directora de departamento.
—Lo sé, y me siento fatal por ello.
Era la primera vez en tres años que Quinn llamaba para decir que se encontraba enferma y que no iba a poder impartir su siguiente clase. Su directora había contactado con ella para interesarse por su salud.
Santana se dirigió a la puerta y echó el pestillo. Después bajó la cortinilla.
—Empieza por el principio— le dijo. —¿Qué ha pasado?
—Es Rachel. Se ha matriculado en la universidad. Ahora es alumna mía.
Santana abrió los ojos y silbó con sorpresa.
— ¿Es en serio?— preguntó, dejándose caer en el sofá, al lado de Quinn.
—Totalmente en serio.
—Wow.
— ¡Lo sé!
—Esto sí que no me lo esperaba.
—Dímelo a mí. Cuando venía hacia aquí estaba enfadada porque pensaba que era una mujer casada, pero ahora... Santana, ¿qué voy a hacer?
Su amiga le tomó las manos y la miró fijamente a los ojos.
— ¿Qué es lo que quieres hacer? Quinn, no es una coincidencia que se haya matriculado en tu universidad, eso ya lo sabes.
— ¿Tú crees?
Su amiga asintió varias veces, como si no pudiera creer que estuviera tan ciega para no verlo.
— ¿Pero y qué pasa con Noah?
— ¿Qué pasa con él?
Quinn se puso en pie y empezó a caminar de un lado a otro con nerviosismo. Ella era una persona extremadamente racional. No le costaba enfrentarse a las cosas. Siempre que tomaba decisiones lo hacía basándose en el supuesto más lógico. Pero por primera vez en su vida, no estaba segura de cuál era la correcta. O si había lógica en todo ese escenario. Aquel era un sentimiento nuevo para ella, y no precisamente agradable.
—Estoy hecha un lío. ¿Recuerdas lo que hablamos de que no sabía cómo se iba a comportar cuando me viera?— Santana asintió de nuevo. —Pues al parecer ha decidido estar encantador. Hoy se ha portado como si no hubiera ocurrido nada, San.
— ¿Y tú qué has hecho?
—No he sabido qué decir, me ha entrado un ataque de pánico y he venido hasta aquí.
Santana se levantó del sofá, cogió su chaqueta del perchero en el que solía colgar los abrigos de sus clientas y rodeó a Quinn por los hombros. Ella recibió el abrazo como una niña que necesitara protección.
—Venga, te invito a un café y lo hablamos— le dijo, apagando el cuadro de luces de la peluquería. —Total, hoy no tengo clientela. Ni casi ningún día, para ser sinceras. Vamos.
