En septiembre de 1847, lo único que separaba a los estadounidenses de la capital era la academia militar de Chapultepec.
La ocupación del territorio mexicano estaba casi completa, Alfred había visto caer ciudad tras ciudad mientras se acercaban a la capital. Pensó que la guerra finalmente había terminado, pero grande fue su sorpresa al darse cuenta de que aun faltaba para que esta horrible guerra llegara a su fin.
El norteamericano corría entre algunos árboles, era la mañana del 13 de septiembre y había recibido órdenes de atacar uno de los últimos lugares que aun resistían. Miró sobre su hombro, estaba flaqueado por muchos hombres que subían a cuestas entre los árboles. Avanzó un poco más hasta que lo vio. Imponente y majestuoso: El castillo de Chapultepec.
María rondaba el castillo, acompañada de otros muchos soldados, la gran mayoría apenas niños del colegio militar. Estaba física y anímicamente agotada por lo que esa guerra le estaba costando. Maldecía el día que tuvo que entregarle sus anteojos a su vecino pensando que la dejaría en paz sólo para ver cómo ambicionaba cada vez más territorio suyo.
Los estadounidenses se prepararon para bombardear el castillo, sólo esperaban su señal. Se le hizo un nudo en la garganta al angloparlante, no quería hacerlo pero tenía órdenes que seguir. Respiró hondo mirando el castillo completo por última vez. Bajó la mirada, no quería ver el primer ataque y así pronunció con voz seca- Fire!
Entonces la mexicana escuchó el fuerte estruendo de los cañones y sintió que el castillo se tambaleaba- ¿Tú aquí...? -murmuró para sí misma, horrorizada de que las tropas invasoras hubieran llegado hasta su capital, pero no pensaba amilanarse. De inmediato ordenó a todos los soldados que la acompañaban para que respondieran al ataque, aunque ni ella misma sabía cómo. Desenfundando su sable, bajó corriendo hasta la entrada del castillo, lista para enfrentarse con el norteamericano.
-¡Now! – Alfred hizo una señal a sus soldados para que lo siguieran a la entrada del castillo mientras seguía escuchando los estruendos que provocaban los cañones. Sentía la adrenalina correr por su cuerpo mientras la distancia entre ellos y la entrada disminuía, fue entonces cuando la vio, no dejaría que nadie la tocara, ella era suya- ¡María! -le gritó sacando su espada-¡Ríndete y no te haré más daño!
Ella miró como a sus lados entraban los soldados norteamericanos sin prestarle atención, atacando con saña a sus pobres acompañantes, pero no podía dedicarles más tiempo, estaba por fin enfrente a su enemigo una vez más
- ¡Tú! -alzó su arma- ¡Primero muerta! –corrió y dejó caer el sable con todas sus fuerzas sobre él. El rubio levantó su arma y rechazó el ataque
- As you wish...-dijo y sujetando su espada con ambas manos, le soltó una dura estocada, fue entonces cuando se distrajo, su mirada se dirigió a una de las torres del castillo, de ahí caía un niño envuelto en lo que parecía ser la bandera de la nación. Pero su distracción le costó caro porque ella le hizo un profundo corte en el brazo. El americano retrocedió
-¡¿YOU HAVE KIDS HERE?! ¡¿Are you crazy?!-la miró como si estuviera completamente loca.
Ella retrocedió chocando de espaldas contra el muro del castillo mientras bloqueaba la entrada con su sable. También escuchó los gritos y volvió sus ojos hacia arriba
- Mis niños... ¡HIJO DE LA...! -ciega de ira por lo que acababa de ver, se abalanzó sobre él y le dio un golpe con su arma en el brazo, hiriéndolo- ¡Es todo lo que me queda, y no te hagas el inocente!
-Yo no sabía que tenías niños aquí! -exclamó sorprendido. Según había escuchado, los cadetes de ese colegio habían sido desalojados por el director, según él solo debía haber soldados en ese lugar. Levantó su arma y la atacó- ¡¿Por qué no los obligaste a irse?! ¡Debiste saber que unos niños no nos detendrían! - los disparos y los gritos ahogaron el eco de ambos metales al chocar. Esa guerra debía acabar ahí.
-¡Ellos no quisieron irse, no creas que no lo intenté! -estaba muy alterada y cada vez más molesta, tanto que no notó que estaba perdiendo fuerzas. Al verse su capital atacada simplemente su fuerza estaba reduciéndose mucho- ¡Sí, ya veo... ya veo que no sabes de piedad, idiota! -siguió peleando tanto como podía, intentando volver a herirlo con su sable
El estadounidense podía ver como ella se debilitaba con cada momento que pasaba, y él sabía por qué, en su mente habían quedado registradas cada una de las muertes del pueblo mexicano.
-¡Ríndete ya!-le lanzó una fuerte estocada haciéndola retroceder.
La morena retrocedió por temor a que la espada fuera a herirla pero le dirigió una mirada rabiosa a su contrincante, respirando con dificultad y temblando un poco a causa de la debilidad
-¡No! ¡AH! -se agachó hacia un lado para evitar el ataque pero la espada le hizo un rasguño en un costado y ella cayó al suelo. El ojiazul aprovechó que ella había caído al suelo para pisarle la mano que traía la espada
-Has perdido... acéptalo... -le apuntó con su espada al abdomen. Los disparos comenzaban a cesar al igual que las bombas. El castillo era suyo.
¡Aaay...! –la chica entrecerró los ojos tratando de aguantar el dolor, pero era imposible, estaba mucho más dolorida de lo que parecía- No... No lo voy a aceptar... ¡nunca, nunca!- El ojiazul puso su espada en el cinto y le arrebató el sable a la chica
-Irónico, que sea tu propia arma la que ahora se encuentra contra ti... -le apuntó con su sable- Game over...- ella permaneció callada respirando con pesadez y sin moverse del suelo, mirando cada uno de los movimientos del norteamericano. Aún a riesgo de salir herida, se atrevió y lanzó una patada a la mano con la que él sostenía su sable
-¡No toques mis cosas, gringo infeliz!-le espetó furiosa tomándolo por sorpresa haciendo que el sable saliera volando de su mano
-Estoy impresionado, aun puedes seguir después de tanto... bueno, si así lo deseas... –el angloparlante sacó su propia espada y le hizo un rápido corte en el brazo y otro en la pierna.
-Hey, no... ¡AAAAY! –Ella giró con mucha dificultad, sin importarle que estaba sangrando y empezó a arrastrarse lentamente boca abajo para apartarse de él
Él se acercó un poco más cuando los soldados estadounidenses comenzaron a salir del castillo, algunos con cadáveres de sus compañeros y otros con prisioneros que se habían rendido. El ojiazul guardó su espada, la batalla había terminado aunque la mexicana no quisiera aceptarlo.
-María... I'm sorry... -sabía que se iba a ganar una cascada de insultos por eso pero debía decirlo porque era la verdad- Esto no debió pasar… yo solo…
México vio como pasaban a su lado todos los soldados del ejército enemigo llevándose a los prisioneros y a los muertos. Sintió una punzada muy fuerte de odio hacia su vecino, como nunca la había sentido y se volvió bruscamente a él- Te odio...- y esas palabras destruyeron al americano más que cualquier arma.
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