Aviso: Habrán algunas escenas de sexo explícito, pero NO vulgar, así como también algunas palabras altisonantes en momentos requeridos durante la trama, pero NO serán frecuentes, si entiendes que esto es un inconveniente para ti, tienes la libertad de abandonar la lectura cuando gustes.
Inocente
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 21
—¿Tú qué, Candy?
—Me... me voy, lo siento...— Se giró, dispuesta a salir corriendo.
—No tan rápido, linda. ¿Piensas que me creí eso de que venías a saludar?— La sujetó tras la puerta, haciendo que a la vez ésta se cerrara.
—No... no vine para eso...—admitió, pero no podía mirarlo a los ojos, su cuerpo imponente era suficiente para asfixiarla.
—¿Y para qué viniste?—Puso sus manos sobre sus caderas, como antes, su aliento acariciándole el cuello, su dureza rozando su vientre.
—A... a que lo intentemos otra vez, vine a devolverte todo lo que te quitamos...
Se quedó mirándola un rato largo, con intensidad, sus ojos por fin se miraban como antes, llenos de pasión, de deseo, sus corazones latían con el mismo anhelo de antes, pero cuando el beso comenzó, no se escuchó nada más que sus respiraciones.
Él la había esperado tanto, jamás había conocido el deseo con ninguna mujer como con ella, era un química que tenían que no habían conseguido con nadie más. Sentía que vivía de nuevo con sus besos ardientes, violentos, posesivos, sus manos abarcando cada rincón de su piel.
—¿Estás segura?— Se detuvo un momento.
—Absolutamente. Quiero que me ames, Terry, ámame...— Sus ojos fueron una playa inquieta que lo invitaban a calmar sus aguas, a nevegar en ella.
—Siempre te amé.
Besando su cuello, le iba desabotonando la blusa, cada botón acrecentaba sus ansias. La lengua de él rozando su piel era exquisita, había olvidado lo que era morir de deseo por mucho tiempo. Tocó su torso duro, acarició con sus uñas la piel morena de su vientre plano y duro, cuando él acarició sus senos, ella gimió en su boca, sintiendo sus labios despedazar los suyos.
Le quitó el sostén, dejándola desnuda de la cintura para arriba, sus pechos estaban más grandes y llenos de lo que él recordaba, los abarcó con sus manos, los besó y los chupó, ella pensó que moriría ahí mismo.
Estaba tan excitado, los recuerdos de ella no le hacían justicia a la rama erguida y poderoza que la rozaba, le bajó los calzoncillos, necesitaba tocarlo, acariciarlo, lo deseaba a morir. Acariciaba su miembro de arriba hacia abajo, sintiendo la pegajocidad de la sustancia cristalina que salía de él y él luchaba con el botón y la cremallera del jean de ella hasta que pudo deshacerse de él.
Sus bragas de encaje turquesa lo volvieron loco, el tono en su piel nívea quedaba divino, parecía una sirena. Se la colgó a la cintura y se apoyó de la pared, besaba, lamía y succionaba sus pechos mientras una mano juguetona se colaba entre sus bragas para acariciar su sexo.
—Terry... ¡Ahh!
—Si dices mi nombre así una vez más, te tomaré ahora mismo.
—Hazlo.— Le suplicó entre jadeos.
—No... todavía no...
—Por favor...
Casi lloraba, porque sus dedos estaban tocando zonas que podían electrocutarla. Sus pezones estaban como rocas, su feminidad muy húmeda, su olor característico estaba llevando a Terry a la perdición, despertando sus instintos más salvajes.
Estaba tan endemoniadamente excitado, sus ganas de poseerla eran demasiado grandes, le corrió las bragas hacia un lado y entró en ella de un tirón, fue la gloria para ambos.
Cada beso, cada caricia, cada embestida era un pedazo de cielo. ¿Cómo habían sobrevivido tanto tiempo sin eso?
—Terry...
—¿Qué pasa, mi amor?— Su voz era dificultosa, no dejaba de moverse en su interior.
—Voy a correrme, Terry...— Arrastró su nombre en medio de un torrente de convulsiones en las que se le fueron los ojos y su cuerpo vibrante temblaba, a Terry le costó sostenerla porque no pudo aguantarse más y terminó explotando en ella casi al mismo tiempo.
Pero no era suficiente. No había tenido suficiente de ella, ni ella de él. Sus cuerpos aún no habían sido saciados y él aún se hallaba excitado, aún se mostraba su potencia erguida. La llevó a la cama y allí terminó por arrancarle las bragas que ya estaban de más. No había mejor lencería que su piel lozana y perfecta, si silueta ahora más voluptuosa. Tomó sus preciosos pies, con los cuales se había obsesionado y se los besó, succionó sus dedos y ella no se había sentido tan venerada y adorada.
Pasó sus manos por todo su contorno, desde sus pies hasta sus piernas y muslos, apretando sus caderas, masajeando sus senos y besando el vientre hermoso y esbelto, deteniéndose ahí.
—No vuelvas a hacerme eso, Candy. No quiero perderte nunca más.
Se colocó sobre ella, y ella separó las piernas por instinto, esperándolo con ansias. Sus jadeos eran tan intensos, su forma sin hablar de pedir más, Terry le agarró los glútelos y le levantó las caderas para entrar más profundo, más fuerte y más rápido.
—¡Ohh!— Terry, otra vez...— Entrelazó sus manos con las suyas, los brazos de ella quedaron aprisionados y él seguía moviéndose deliciosamente, aún cuando ella ya se había corrido una segunda vez.
—Sigue haciendo eso, Candy...
—¿El qué?
—Quiero que sigas haciendo presión con tu vagina... como si me succionaras con ella...
—No sabía que yo hacía eso... ¿Así?
—Sí, así...— Su cara se nubló y se transformó en éxtasis al llegar a un clímax alucinante, vertiéndose una vez más en el refugio de su cuerpo.
Quedó agotado, sobre ella, satisfecho, feliz. Fue a retirarse para no hacerle daño con su peso.
—Todavía no. Quiero que te quedes así un momento más.— Le besó la frente brillante por el sudor y atravesó sus dedos en su pelo para luego acariciar su espalda con las uñas.
—Te amo, Candy.
—Yo también te amo, Terry, Jack, quien seas.
Él levantó la cabeza para mirarla, la encontró sonriente, segura, plena, como antes.
—¡Jazmine! La olvidamos...— Terry se puso de pie y dio con sus calzoncillos, Candy salió envuelta en las sábanas, al llegar a la habitación de la nena, la encontraron muy entretenida sacando todas las toallitas húmedas del recipiente, muerta de la risa con su travesura.
—Jijijeje.— Los saludó con su dulce carcajada.
—Tú también te la estabas pasando bien, eh.— Terry la sacó de la cuna.
—Debe estar hambrienta la pobre...
—Seguramente. Ve a tomar un baño, Jazmine y yo prepararemos el almuerzo.
—¿Jazmine y tú? Suerte con eso, chef.— Candy le dio una nalgada a Terry y se fue.
Todo estaba lleno de hermosos recuerdos. Mientras se duchaba, el agua y el jabón no borraban del todo los rastros de haber sido suya. Aún podía sentir sus manos, sus labios, porque vivían en sincronía, en su alma, ella seguía siendo suya.
Se bañó de la cabeza a los pies, era increíble que todo siguiera como antes, su shampoo aún estaba ahí... era como si ella nunca hubiera dejado ese lugar. Salió del baño y se comenzaba a secar, buscando qué se podría poner. Asaltó el armario de Terry y sacó una camisa suya, fue a su gaveta por ropa interior, le sorprendió encontrar allí unas bragas. La sacó y la contempló un rato, debió haberla dejado en una de tantas veces que había sido suya en aquellos buenos tiempos, se la puso y se cubrió con su camisa, luego pasó a desenredarse el pelo.
—¿La están pasando bien?
—Nos las apañamos, ¿verdad, princesa?— Jazmine sonrió con la boquita sucia de la salsa marinara de los coditos que Terry había hecho con carne molida.
—Nunca la había visto comer con tanto interés...
—Pues con esos frasquitos de comida de presidio que tú le das...
—Esas comidas tienen lo que ella necesita para...
—Para indigestarse.
—Puedes irte a la mierda, Terry.— Le respondió muerta de risa mientras buscaba platos para servir la comida de ellos.
Mientras alcazaba los platos y los vasos con dificultad, de pronto se asustó, sintió que se elevaba, Terry se la había sentado en sus hombros y ella alcanzó lo que necesitaba.
—¿Recuerdas esto?— Le preguntó aún sin bajarla.
—¡Claro que me acuerdo!— Contestó sonriendo cuando él la bajó, se quedaron mirándose, él le dio un beso corto y espontáneo.
Almorzaron entre risas, como si todo estuviera normal, como antes. Hablaron del trabajo de él, de las clases de ella, incluso de la vida de ambos tras la separación.
—No debí irme. Debí quedarme contigo y consolarte, yo... debí entenderte, pero...
—Shhh. Ya pasó, mi amor. Ya estás aquí y yo no te dejaré irte nunca. Te encerraré bajo llave, pero no te dejaré escapar.
—Te robé momentos de Jazmine que no volverán...
—Yo te robé tu inocencia diciéndote muchas mentiras, mis intenciones no fueron buenas al principio, Candy. Estamos a mano.
—¿Y tú crees que pueda funcionar esta vez?
—Daremos lo mejor de nosotros para que sea así.
Estaban en el salón los tres, Terry tenía a ambas chicas sentadas sobre su regazo, ambas inquietas y revoltosas.
—Jazmine, no te pongas pesada.— Le había dado por hacer pataletas sin motivo y los estaba volviendo locos.
—Eso es que tiene sueño, le gusta ponerse insufrible a esta hora.
—Como su madre.— Candy le dio un codazo mientras se acomodaba a la niña en su pecho.
En todo, Terry se quedaba embelezado mirándola. No podía creer que todo eso le estuviera pasando.
—Te ves tan hermosa, Candy.
—¿De verdad?
—Nunca me imaginé que fueras una madre tan buena, lo haces tan bien.
—Vivo enamorada de este pedacito de mujer que me saca de quicio a veces.
—Algo debía heredar de ti, ¡ouch!— Se ganó otro codazo.
Al rato, puso a Jazmine en su cuna y se fue a su cuarto, estaba cansada también. Entró al baño y mientras estaba inclinada en el lavabo lavándose los dientes sintió unas fuertes manos que acorralaban su cintura y algo duro acariciar su trasero.
—Terry... jajaja. Espera, déjame enjuagarme la boca, jajajaja.
—No hay forma en que me pueda saciar de ti.
La desnudó otra vez, pieza por pieza mientras la llevaba a la cama. Mil besos, mil caricias, mil te amos, palabras de perdón, promesas de futuro se hicieron infinitas veces esa noche.
—Es mi turno de hacerte suplicar por más.— Le dijo y se escurrió hasta la piecera de la cama, sólo necesitaría su boca...
Se preguntaba desde cuándo se había vuelto tan experta, o tal vez eran sus ansias por ella, el eterno deseo, pero la niña estaba llevándolo al cielo.
—Candy, por favor, ven, te necesito.
—Aún no termino...— Siguió enfrascada, haciéndole el amor con su boca, torturándolo, desesperándolo.
—Candy... no puedo aguantarme más...
—No lo hagas.— Le dio una mirada cargada de malicia y lujuria.
Fue como un desafío, él se valió de su fuerza, la retiró de ahí, la puso a gatas y como el macho dominante que era, le demostró una vez más quién tenía el control.
—Terry...— Debía ser un pecado la forma en que dijo su nombre, lo hizo terminar una vez más, al punto de debilitarlo.
Se fueron al baño, una ducha juntos, hacía tanto desde la última...
—Candy, lo siento, pero no puedo controlar esto...
Excitado nuevamente, así enjabonada y escurridiza, la cargó y entró en ella, bajo la ducha.
—No puedo yo tampoco... soy tuya, Terry... ¡oh!
—Eres mía...—apretó fuerte su trasero mientras se descargaba por completo en ella.
—Tuya...
Se metieron a la cama ya satisfechos. Ella no podía creer que estaba duermiendo de nuevo en su pecho, él no creía que ella había vuelto.
—Candy... ¿Viniste esta vez para quedarte, verdad?— El miedo lo atacó un momento.
—Para siempre, Terry. Tuya siempre.— Murmuró con un bostezo y se quedó dormida, acomodada en su pecho, refugiada en su cuerpo, bajo las alas de su protección
Fin
¡Hola!
Mis niñas, disculpen la espera de lo que se suponía que era un marathon, los virus volvieron a hacer su aparición y como si no fuera suficiente, el internet se fue por toda la noche y me fue imposible subir el capítulo. Bueno, ya llegamos al final y tan pronto me sea posible subiré un epílogo más detallado.
Les mando un beso y todo mi cariño, gracias por sus comentarios y disculpen la espera.
Wendy
