Estoy aquí! :D De verdad que siento haber tardado tanto, este año tenía mi último curso en el instituto y todo mi tiempo estaba ocupado con los estudios. Pero todo ha salido bien, he aprobado todo y ya estoy en la nuiversidad! (yuuujuuu!). Aprovechando que en estas vacaciones de verano ya podía hacer lo que me daba la gana sin tener que estudiar o hacer deberes (jeje XD), aproveché para releer mi historia y hacer algunos arreglos. Así que vengo con novedades muy importantes ^^:
1ª - Me he cambiado el nick. :) Después de pensarlo bien, ahora me llamo AngiAN (lo admito, no es muy imortante XD).
2ª - Después de releer todos los capítulos que publiqué aquí, no sé como puñetas no me di cuenta de los errores que tenía! :S Madre mía... En la vida me habían dado tantos sustos. No sé si porque la página de Fanfiction hizo algunos cambios y me lo cambió todo o en el momento en el que lo escribí era malísima, pero nunca había visto tantas faltas de ortografía! XD Puedo asegurar que he retocado cada capítulo al milímetro y ahora están más decentes que antes. Si hay algún error, perdonádmelo please. ^^' Me ha costado mucho retocarlos...
3ª - Y por fin está aquí el capítulo 21! :D Cómo es el nuevo, he permitido que sea un poco más largo (hubo un momento en el que tuve que decir "ya vale" porque era demasiado largo XD) y un poco más romántico (en este capi ha salido mi vena cursi, lo admito XD). Espero que lo disfrutéís. ;)
Y bueno, creo que no hay ninguna novedad más... Ahora estoy pensando el siguiente capítulo, y no creo que tarde mucho en publicarlo. :) Disfrutad con Ezio y Helena! ;)
Ezio intentó calmarse y devolvió la carta a Enzo. Este la cogió con expresión de desconcierto y miró apenado a Ezio. Nunca había visto a nadie desmoronarse de esa manera.
- Ezio, lo siento mucho. Yo…
- Tranquilo, no pasa nada. – respondió Ezio intentando sonar calmado, cosa que no consiguió. – Solo necesito pensar con claridad.
Se impuso el silencio. Mientras Enzo releía la carta con mucha atención, Ezio miró el suelo pensativo y a la vez triste. Ese trozo de papel le había confirmado que su madre estaba viva, pero también había confirmado que estaba en grave peligro. Detrás de ellos se acercó Helena con expresión alegre.
- ¡Os estaba buscando! – dijo con una sonrisa, pero su expresión cambió al ver a Ezio. Se sentó junto a él y lo miró preocupada. - ¿Qué ocurre?
- Es una historia muy complicada. – dijo Enzo sin apartar la vista de la carta. Se lo explicó todo y esta, mientras le oía, miró a Ezio muy triste.
- Ezio…
- Mañana hablaré con Marco y los demás y debatiremos sobre qué hacer. – con esto Enzo se marchó y los dejó solos. Helena se acercó más a Ezio y cogió su mano.
- ¿Estás bien?
- No… Pero se me pasará. – dijo con tono triste y suspiró. – Solo necesito aclarar algunas cosas… y esperar.
- Estará bien. Tu madre es una mujer fuerte, como tú.
- Sí, seguro. – dijo con una sonrisa de esperanza.
- ¿Cómo es tu madre? – preguntó de repente Helena.
- Es dulce, fuerte, amable… - Ezio meditó unos segundos y sonrió dulcemente. – Y tiene muy mal genio. Me acuerdo me regañaba por las tonterías que hacía.
- Ya te dije que era muy típico de ti meterte en líos . – dijo Helena con tono burlón.
- Debo admitir que era un poco problemático. – dijo entre risas. – Pero a pesar de los problemas siempre, cuando me sentía solo o triste ella siempre estaba cerca de mí para apoyarme y me animaba.
- Porque te quiere. – añadió Helena suavemente. Pero Ezio miró el suelo y se entristeció.
- Si la hubiera protegido, estaría a salvo.
- Ezio no es culpa tuya. – replicó ella rápidamente.
- Aún así… - insistió él pero Helena se lo impidió abrazándolo.
- Ella estará bien y pronto estará con nosotros a salvo. Te lo prometo.
- Gracias. – la abrazó y apoyó la cabeza en su hombro, cerca del pecho. El sonido. Oyó los latidos de su corazón y se relajó.cEl sonido era tan relajante que podría pasarse toda la noche así.
- Ezio.
- ¿Sí?
- ¿Te importaría apartarte un poco? Me estas haciendo daño. – Ezio se apartó al darse cuenta de que estaba pisándole el pelo y Helenna se lo apartó hacia atrás.
- Lo siento. – ella sonrió con tranquilidad y Ezio la miró fijamente. Le había crecido el pelo hasta casi la mitad de su espalda y las puntas de varios mechones formaban pequeños tirabuzones. La luz de la luna daba un toque plateado a su piel pálida y sus ojos azules tenían un brillo especial. Ezio cogió un de sus mechones y lo acarició suavemente. Helena lo miró curiosa.
- ¿En qué piensas?
- Hueles a rosas, igual que en la noche del carnaval. – dijo enigmáticamente. Puso el mechón detrás de su oreja y acarició la suave línia de su mandíbula hasta llegar a la barbilla y y levantó su rostro lentamente.
- "Es tan bella…" – pensó él.
- ¿Y te gusta? – preguntó ella con una media sonrisa.
- Me encanta. – la besó suavemente y antes de que Helena pudiera reaccionar, ya estaba tumbada en la hierba besando apasionadamente a Ezio. Aunque el suelo estaba frío, el calor que le daba Ezio era tan embriagador que la invadió lentamente un dulce sopor. Se fue adormeciendo poco a poco y las fuerzas la abandonaron. Por ello tener los brazos de Ezio rodeándola le gustaba. Éste se separó un poco y la miró con ternura.
- ¿Estas cansada?
- Sí. Hoy ha sido un día muy agotador. – murmuró dando un bostezo.
- Duérmete. – dijo él con una sonrisa mientras acariciaba su mejilla. Helena bostezó por segunda vez y se acurrucó más cerca de él mientras este la llevaba en brazos.
Helena soñaba que estaba en el taller de Leonardo examinando unas páginas del códice. Mientras Leo y Ezio hablaban, ella notó algo raro en los documentos. No sabía que era, pero había algo que la inquietaba. De repente oyó un llanto y la escena cambió, dando paso a una sala de una casa en llamas. Observó desconcertada las llamas y miró a una niña arrodillada junto a un cuerpo. Se acercó lentamente mientras la observaba y por el movimiento que hacia con los hombros, supo que estaba llorando. Tenía el pelo oscuro y rizado pero deshecho y un vestido azul sucio por el humo. Cuando la niña levantó su rostro, Helena la reconoció y intentó retroceder. Era ella cuando tenía 5 años, arrodillada junto al cuerpo muerto de su padre. Tuvo ganas de gritar al volver a sentir el miedo y la desesperación de aquella desgracia. Entonces se despertó sobresaltada y miró a su alrededor con nerviosismo. Se calmó al ver que estaba en su habitación y se pasó una mano por la cara, intentando calmar su respiración. Entonces vio a Ezio durmiendo a su lado. Tenía el ceño fruncido y parecía tenso por la forma de apretar la mandíbula. Acarició suavemente su mejilla y se relajó. Helena sonrió y vio como los primeros rayos de luz se filtraban por la ventana. Se levantó y se cambió de ropa en silencio. Después salió sigilosamente de la habitación y bajó las escaleras. Al entrar en la cocina vio a Maria en la cocina que a pesar de ser muy temprano, estaba llena de energía.
- ¡Buenos días!
- ¿Qué haces despierta tan temprano?
- Alguien tiene que preparar el desayuno. – respondió con ironía. – Y no me sorprende verte aquí. Tu caballo está fuera.
- ¿Sabías que salía a estas horas?
- Sí, y Marco también lo sabe. Lo supimos desde la primera vez que lo viste. – dijo con una sonrisa dulce. – Tardaré un poco en prepararlo todo pero no es necesario que me ayudes. Tómate tu tiempo.
- Gracias Maria.
Salió por la puerta principal y vio un corcel negro atado a un poste. Era grande y delgado pero de aspecto fuerte. Tenía una mancha blanca en el hocico que le daban un toque más dulce y tenía puesta la silla y las riendas. Helena miró con cariño.
- Tres años y no has cambiado nada.
Se acercó y acarició su hocico con ternura. Marco se lo había regalado nada más cumplir los 10 años, poco después de llegar a la casa, y en aquel momento era un pequeño potro. Marco lo rescató de un establo abandonado y dijo que ella lo ayudaría a ser fuerte. Ella mismo se encargó de cuidarlo y, como dijo Marco, lo convirtió en un caballo fuerte y también fue su amigo más fiel durante mucho tiempo. Después tuvo que dejarlo allí cuando se marchó a Florencia y tenía la sensación de que después de mucho tiempo su amigo ya no se acordaría de ella.
- Me alegro de verte Fiore. – dijo dándole un beso. El corcel respondió frotando el hocico en su hombro de Helena.
- ¿Aún te acuerdas de mí? – esta vez el animal le dio un empujón y ella se rió. Desató las riendas del poste y montó en su lomo.
- Vamos a ver a papá y mamá.
Dirigió a Fiore lejos de la casa en un pequeño rincón cubierto de hierba que rebosaba tranquilidad. Había un enorme árbol situado al lado de una fuente donde surgía agua clara y cristalina. Cerca del árbol había una pequeña tumba que había hecho la propia Helena en honor a sus padres. Era un pequeño montón de tierra con una cruz de madera hecha con dos trozos de madera y unas flores que ya estaban marchitas. Bajó al suelo y dejó a Fiore junto al árbol. Después cogió unas flores y las puso en lugar de las que estaban marchitas. Se sentó delante de la tumba y sonrió dulcemente pero algo triste.
- Papá, mamá, ya estoy aquí.
- ¿Papá y mamá? – repitió una voz a sus espaldas. Se giró sobresaltada y vio a Ezio mirándola con curiosidad.
- ¡Ezio! ¡¿Qué haces aquí?
- Después de que te marcharas me desperté y te seguí. Si te he molestado…
- No, tranquilo. Puedes quedarte si quieres. – tras decir eso, Ezio se sentó a su lado y miró la tumba con curiosidad.
- Así que esta es la razón por la que te has levantado tan temprano.
- Aquí el ambiente es mucho más tranquilo y me ayuda a pensar.
- ¿Pensar?
- Bueno, eso y… Hablar. Hago como si hablara con mis padres sobre cosas que me han pasado. Sé que parece una tontería… - dijo muy tímida pero Ezio la interrumpió.
- No lo es. De hecho pienso que es una de cosas más bonitas que se pueden hacer. – dijo con una sonrisa dulce.
- Gracias. – agradeció con un rubor en las mejillas.
- ¿Les has hablado de mí?
- Pues… No.
- Me parece muy mal por tu parte. – dijo haciéndose el ofendido.
- Solo estamos aquí dos días. ¡Dame un respiro!
- Vale.
Ezio la miró expectante y Helena negó con la cabeza al darse cuenta de lo que quería.
- No voy a hablar de ti ahora mismo. – dijo decidida cruzándose de brazos.
- ¡Venga! – replicó Ezio haciendo pucheros. Helena siguió negando con la cabeza aunque con una sonrisa divertida.
- Tus lloriqueos no servirán de nada, así que deja de insistir.
- Cuando quieres eres aburrida. – dijo mirándola de reojo.
- Cuando quieres eres un pesado y no voy a cambiar de idea. – Ezio inspiró profundamente y se cruzó de brazos.
- Está bien, me rindo. Pero no te librarás de mí tan fácilmente.
- Haz lo que quieras.
- Mira, hagamos un trato: para después del entrenamiento te reto a un duelo.
- ¿Un duelo? – repitió ocultando una sonrisa.
- Sí. Quien gane pedirá lo que quiera al perdedor. ¿Trato hecho?
- Trato hecho. – dijo con una sonrisa pícara. – Lamentarás haberme ofrecido ese trato.
- Y te quejas de que soy yo el engreído… - replicó con una sonrisa.
- No volvamos a eso. – le advirtió. Se acercó a Fiore y acarició su hocico.
- Bonito caballo.
- Gracias, pero no vas a montarlo.
- No le voy a hacer nada.
- Lo sé, pero no vas a montarlo.
- Vale, iré andando.
Ezio se alejó después de lanzarle una mirada divertida. Helena soltó una risita y lo siguió llevando a Fiore de las riendas. Dejaron al caballo en el establo y al entrar dentro, vieron a Maria algo seria.
- ¿Qué ocurre María? – preguntó Helena preocupada.
- Enzo ha llamado a Marco y muy serios se han encerrado en el sótano y sin decir ni una palabra. Solo se ponen así cuando ha ocurrido algo malo. – dijo muy preocupada. Ezio y Helena se miraron y se pusieron tensos.
- Déjales. Ya sabes como son a veces. – dijo Helena intentando disimular su tensión y hablando calmada.
- Lo sé. Pero ya me han dado muchos sustos y no quiero otro. – dijo cada vez más preocupada. – El desayuno está en la mesa si queréis comer.
Los dos se sentaron en silencio y comieron mientras Maria limpiaba la cocina algo distraída. Solo se oían los gritos y las exclamaciones de los aprendices mientras entrenaban y las ordenes de sus maestros. Mientras saboreaba un panecillo, Helena miró varias veces a Ezio sin poder evitar preocuparse. Estaba muy serio tenía la vista clavada en la manzana que había cogido y a la que solo había dado 2 pequeños mordiscos. Helena acercó su silla un pco más cerca de la suya y lo miró fijamente.
- Sé como te sientes y tienes que ser paciente. Pero debes animarte un poco.
- Ya. Estoy bien… - no pudo terminar cuando Helena le metió la manzana en la boca.
- ¡Entonces come y cambia la cara! – replicó con reproche. – No quiero verte así.
- Ezio se quitó la manzana de la boca y soltó una pequeña risa.
- Lo siento. – cogió su mano y la acarició suavemente. Helena sonrió aliviada y acarició su rostro. Entonces miró a un lado y vio a Maria observándoles fijamente, como si intentara no perderse ningún detalle.
- Eh… Podéis seguir. Yo estaba… Limpiando.
Helena se rió y se levantó para marcharse. Ezio la siguió y justo al salir por la puerta que daba a la parte trasera, le dio un beso.
- Gracias. – dijo él con ternura y la adelantó. Al pasar a su lado acarició su mano. Helena suspiró y lo siguió con una sonrisa.
- Tienes una capacidad impresionante para hacer sentir bien a una mujer.
- Ya lo sé. – respondió Ezio lanzándole un guiño. Se acercaron a la zona de entrenamiento y vieron a Estefan dirigiendo a varios jóvenes.
- Pero si están aquí los dos tortolitos. – murmuró con ironía al verles. – Llegáis 2 minutos tarde, así que hoy entrenaréis el doble.
- ¿Siempre es así de…? – preguntó Ezio en un susurro, pero Helena se adelantó.
- ¿Idiota? Ya te acostumbrarás.
- Te he oído "prodigio". – la avisó el otro mirándola de reojo.
- ¿Y crees que me importa? – replicó muy desafiante. Estefan la miró enfurecido y se giró hacia los jóvenes con los brazos cruzados. Ezio siguió la escena sorprendido. Estaba claro que entre ellos dos había ocurrido algo y no muy bueno. Se alejaron de él y se acercaron a la zona que los aprendices utilizaban para la escalada. Había un grupo de jóvenes que observaban la enorme pared.
- ¿Vamos a entrenar con ellos? - preguntó Ezio.
- Algo así. Hoy nos toca ser sus maestros.
- Qué bien... - murmuró Ezio. Helena se adelantó y puso una gran sonrisa.
- Bien chicos. Hoy vamos a entrenar la escalada. – se acercó a la pared, pero uno de los chicos la detuvo. – Eh, señora…
- Helena. – lo cortó ella con el ceño fruncido. – No me hagas más mayor de lo que soy.
- Lo siento. - se disculpó muy nervioso. - Helena… ¿Cómo vamos a escalar si nadie ha llegado hasta arriba?
- Pues… - dudó ella.
- Es verdad. – dijo otro chico. - ¿Cómo vamos a practicar si no podemos llegar?
- "Ah, no. No os vais a librar del entrenamiento." – pensó con el ceño fruncido.
- Una de las cosas que hay entrenar en la escalada es la rapidez para buscar nuevas formas de avanzar. Aunque no subáis hasta arriba, practicaréis eso.
Con esto, Helena se alejó hacia el pequeño vallado de madera que estaba allí y donde Ezio se había apoyado. Miraba pensativo la pared.
- ¿Nadie ha conseguido llegar hasta el tejado?
- No. Las ventanas del ultimo piso están demasiado lejos para llegar y a nadie se le ha ocurrido alguna manera de llegar hasta arriba.
- A ver… Tengo una idea. – dijo con una sonrisa. - ¿Puedo intentarlo?
- Claro. Es un entrenamiento. – respondió igualmente. Ezio se alejó y se frotó las manos mientras se acercaba a una pared. Helena lo observó con curiosidad pero vio como uno de los aprendices se caía al suelo nada más empezar a escalar. Ella suspiró y se fue hacia el chico.
- Esto va a ser muy entretenido. – murmuró con cara de aburrimiento.
